No es solo el tigre: razones para leer bien a Eduardo Lizalde.

Poeta fundamental del siglo XX, Eduardo Lizalde deja una obra tan original como derivativa, tan sincera como absurda, que recuerda que cualquier concepto o ideología puede ser articulado efectivamente si se dice bien.

Nuestro último encuentro fue en la fila de solicitudes para el pasaporte.

Llegué, más o menos peinado, al módulo de la Villa Olímpica para renovar mi documento y ahí estaba él, saliendo con su porte inconfundible y con el barítono que tantas veces he escuchado en lecturas, conferencias, entrevistas, videos de YouTube, parodias ebrias hechas por amigos, y demás. 

Si alguien me preguntara con qué celebridad me he encontrado más frecuentemente, no dudaría en responder “Eduardo Lizalde”, aunque mi interlocutor no supiera de quién hablo o, como mi madre, lo confundiera con su hermano. El tigre, como le dicen, es una presencia constante en mi vida: admiré su poesía, como mis amigos, en preparatoria y licenciatura. Leí El tigre en la casa, La zorra enferma, Cada cosa es Babel, Tercera Tenochtitlan y hasta Algaida con cierta devoción entre 2012 y 2014, en plena gestación de mi voz escritural. 

No puedo dejar de decir, sin embargo, que la influencia del poeta venía conjunta con la primera escuela literaria que tuve: talleres y lecturas de poetas que lo tomaban como modelo a seguir e, intentando remedar sus textos con lenguajes y estrategias similares, caían en una afectación bastante patética. La única persona que podía escribir como Lizalde, en realidad, era él mismo.

Eventualmente, con el proceso de maduración y reconocimiento del gusto que lleva todo aquél que le invierte demasiada energía a un propósito vacuo, me fui dando cuenta de las fisuras en su poesía. 

La obra joven del poeta –como lo escuché lamentar en 2015, en su discurso al recibir el doctorado honoris causa de la Facultad de Filosofía y Letras­– está bordada con la fenotípica machista tan reconocible de “lo mexicano”, se reviste de tropos nihilistas que podrían salir del cuaderno de un adolescente (“si estas líneas fueran gotas, serían orines”) y hay que confesar que su reimaginación del lenguaje poético grecolatino, otrora rupturista e innovadora, ha envejecido muy mal. 

Sin embargo, de lo mismo y más podríamos acusar a poetas de su generación, anteriores y actuales (los veo, Papasquiaro y Efraín Huerta), sin que alguno de ellos llegue a la relevancia literaria, a la creatividad irredenta con el lenguaje, que lucen sus poemas. Como también hicieron Gerardo Deniz, Rosario Castellanos o Tomás Segovia, él estableció una interpelación profunda con la poesía como discurso, llegando a profundidades filosóficas de una manera excepcional que no se queda solo en el nivel simbólico: Lizalde juega con las ideas y con el lenguaje, construye un mundo contradictorio donde nada vale la pena, pero aun así hay que seguir viviendo.

Para entender a profundidad su obra, habría que pensar en su persona lírica no tanto como un “yo”, sino como la suma de conclusiones derrotistas de la poesía misma hasta el siglo XX. Su obra, animada tanto por el fulgor de lo erudito como por la carcajada joyceana hacia el vacío, está plagada de referencias, formalidades, sátiras directas y veladas que construyen un imaginario tan complejo como divertido.

Por ejemplo, pensemos en Al margen de un tratado, una de sus mejores obras (y por lo mismo, una de las menos leídas). En este libro, Lizalde se enfrenta con el Tractatus de Wittgenstein de una manera suelta, que a veces corresponde, a veces cuestiona y a veces increpa al filósofo creando un espacio en donde el poema funciona como ensayo de ideas, incluso como tesis epistemológica, décadas antes de que ese modo de proceder se pusiera de moda en el mercado estadounidense. 

En lugar de un Yo lírico exacto, lo que leemos es una serie de fragmentos que se interrogan entre ellos sobre la verticalidad de la relación entre palabra e imagen, sobre la posibilidad de decir “algo” claramente, y en fin, convienen frente a la imposibilidad de razonar “esa sabrosa tautología del ser” que es la existencia. 

¿Podemos conocernos a nosotros mismos a partir de las palabras?, el libro parece preguntarnos, y por respuesta nos otorga un profundo no: las cosas no llegan a una explicación definitiva e incluso Wittgenstein se desdijo de su tratado. La complejidad de este ejercicio demuestra que hay algo más allá de la rabia de los primeros libros lizaldeanos: pervive un pensamiento en el que la poesía no sirve solo para ella misma, sino que es un medio de interpretación del mundo que no sirve de nada pero, al descreer de toda razón absoluta, comunica al cuerpo con el confort precario de escribir.

Al mismo tiempo que trenzaba filosofía con poesía, demostrando cómo hacer un poema-ensayo antes de que existiera la fórmula de Maggie Nelson, Lizalde tenía un conocimiento profundo de las fuentes que construyen e interpelan a “lo mexicano”. 

Del surrealismo trasnochado del poeticismo al resentimiento juvenil de El tigre en la casa, de la precisión satírica y acérbica de Tabernarios y eróticos a la intensidad poliédrica y erudita que exhibe en sus traducciones como Otros tigres y su versión de Las rosas de Rilke, lo guía el mismo ímpetu poético: una voz tan propia, tan segura y tan aterrizada en el espacio cognitivo de “lo mexicano” como la de un Juan Gabriel o un José Alfredo que, al mismo tiempo, se encuentra en una voz profundamente intelectual y culta, y aún más, encuentra el sentido del humor para reconocer tamaña paradoja. 

Su poesía, como pocas, toca las sensibilidades de lo culto y lo popular, y disgrega el abismo entre ambas construcciones hasta que no queda más que un espacio de reconocimiento en el que lo uno y lo otro, lo familiar y lo desconocido, lo inmediato y lo arcano, dialogan para problematizar qué es la poesía, qué el lenguaje, y qué es lo que estamos haciendo en este mundo incierto como bolsas de carne que se han nombrado “mexicanas.”

Hasta ayer, podíamos decir con seguridad que Lizalde es el mayor poeta vivo de México, y ese sentir rompía gustos, géneros y mafias literarias. 

Su influencia está marcada tanto en los centros como en la periferia, y su obra tan original como derivativa, tan sesgada y passé como renovadora y estimulante, tan sincera e íntima como performática y absurda, nos recuerda que el quehacer poético es, a fin de cuentas, un trabajo que se ejerce desde el lenguaje: cualquier ideología, cualquier concepto, puede ser articulado efectivamente si se dice bien. 

En estos momentos, cuando hemos perdido a nuestro poeta mayor, habrá que recordar que la escritura es un juego de palabras y, por lo tanto, no existen fieles ni clérigos de su obra. Los intentos de apropiación que enuncien a Lizalde solamente como “El tigre” que escribía poemas rancios desde la masculinidad hegemónica muestran parcialmente un trabajo que cuestiona la escritura misma, el de un renovador del decir poético en la literatura mexicana. Después, acaso, de Octavio Paz y Abigael Bohórquez, Eduardo Lizalde es el poeta fundamental de nuestro siglo XX.

Para cerrar este recuento, me quiero acordar de una escena: en una lectura-homenaje que se hizo a la par entre Ernesto Cardenal y Lizalde, el primero acaparó el micrófono, declamando uno por uno y con las mismas interjecciones los poemas que ya había enunciado en el homenaje que, un par de años atrás, se le ofreció en Bellas Artes. La reacción del público, como siempre en un evento así, fue de vituperio. 

Lizalde, en los escasos minutos que le quedaban después del lucimiento de la lumbrera nicaragüense, dijo que no tenía mucho que decir y procedió a recitar un poema que desconfiaba de Dios, de las grandes narrativas y los discursos salvadores que el otro poeta enunciaba como promesa. 

Yo, en mi cinismo universitario que ya había pasado exactamente por la misma experiencia que ofrecía el anterior, recibí el poema de Lizalde como si fuera un ansiolítico. 

Eso es lo que me queda del poeta: voluntad de, frente a los grandes discursos, imponerse a ejercer algo de malicia, una búsqueda por cuestionar y deconstruir, un encontrarle los tres pies al gato del lenguaje que sobrevive a la vida misma: una voluntad por ejercer el odio libremente. 

Atesoro haber vivido en el tiempo en que vivió Eduardo Lizalde, haber coincidido con él en filas burocráticas, calles, homenajes y lecturas, y reclamo la pertenencia de su legado a quienes buscan una poesía antidogmática y rupturista desde el conocimiento del yo y la materialidad del lenguaje, en lugar de los rimadores rancios que, con una idea formada a través de poemas escogidos y hechos un ovillo de redes sociales subsistentes de poesía de la experiencia chafa, se proclaman como sus herederos. 

Me gusta pensar que lo que nos quedará de Lizalde no son tales espacios agotados y vanos, sino la energía misma, la voluntad que propulsa sus poemas al presente y abre caminos para resistir nuestra ridícula, tautológica existencia.

Imagen de portada: Foto: Abril Cabrera A. / Secretaría de Cultura, CC BY-SA 2.0 , via Wikimedia Commons.

FUENTE RESPONSABLE:Letras Libres. Por Cruz Flores. Mayo 2022

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