Borges, el sendero que se bifurca en jardines (y 2)

Viene de «Borges, el sendero que se bifurca en jardines (I)»

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Consigo, por medio de una librera de Mendoza, el ansiado cuaderno Cinco poemas, lo último que publicó Jorge Luis Borges en los días mismos en los que se moría. La historia ha trascendido por un libro emocionante de Héctor Abad Faciolince, cuyo padre fue asesinado el mismo día que en una radio leyó un soneto de Borges que no aparece en su Poesía completa. 

El soneto formaba parte de un cuaderno publicado por unos muchachos en Mendoza; al parecer estuvieron una tarde con Borges y consiguieron copias de esos sonetos últimos, todos espléndidos. Al parecer, los originales se perdieron. 

La historia teje toda una trama que invita a pensar —por la navaja de Ockham— que en realidad son imitaciones, textos apócrifos. De hecho, un poeta colombiano, Alvarado de apellido, bastante buen prosista por las cosas suyas a las que he logrado asomarme, se colgó la medalla de haberlos escrito. 

La cronología es la siguiente:

-En 1986 muere Borges.

-Unos días después, aparece el cuaderno en Mendoza en Ediciones Anónimas, en las que unos jóvenes creyentes en que la poesía no tiene autor iban juntando piezas que le parecían memorables sin pararse a decir quiénes eran los autores: hicieron una excepción con Borges y firmaron esos sonetos últimos.

-Las Obras completas de Borges no admiten en ninguna de sus ediciones los sonetos del cuaderno.

-El padre de Héctor Abad lee uno de los sonetos en la radio, no directamente del cuaderno de Mendoza, sino de un periódico que, al dar noticia del cuaderno de Mendoza, reproduce el último de los sonetos.

-Matan al padre de Héctor Abad, que llevaba en un bolsillo de la chaqueta el soneto que leyó en la radio.

-Héctor Abad, muchos años después, escribe su libro sobre su padre.

-Al reseñarlo, el poeta colombiano Alvarado informa de que el soneto no era de Borges, sino suyo.

-Héctor Abad inicia una búsqueda y da con Jaime Flores, que firmaba la nota inicial del cuaderno de Mendoza y, años después, lo contará todo en el libro Los falsificadores de Borges dando por seguro que los sonetos son de Borges. El libro, a fuerza de ser minucioso, acaba siendo sometido por el fárrago: consigue marear y para cuando lo terminamos no sabemos si ha demostrado que los sonetos son de Borges o no. Ha conseguido que nos dé exactamente igual. 

Porque, a pesar del testimonio de Flores y de la convicción de Abad, aún no se han dado por buenos esos sonetos como obra de Borges, a pesar de que si algo son es precisamente buenos. Quiero decir, que no se ha aceptado la autoría de Borges, aunque parezcan de Borges: en realidad, podría decirse sencillamente que son del taller de Borges, los ha escrito alguien —¿quién?— que conoce perfectamente los recursos de Borges, que imitando a Borges ha alcanzado a componer algunas de las mejores piezas de Borges. 

Ni idea de si fue Alvarado; Flores da pruebas convincentes de que no fue él. Ni idea de quién pudo escribirlos, ya que Flores asegura que él no fue (pero está en su derecho de mentirle al tribunal y ello agrandaría su magnificencia): lo que es seguro es que no parece muy convincente que Borges los entregara a unos desconocidos como generosa colaboración con unos muchachos de Mendoza que pretendían encerrarlos en un cuaderno y no guardara copia alguna. No parece nada convincente que en sus archivos —ya para las fechas de las que estamos hablando, bien custodiados por María Kodama— no hubiese rastro de esos poemas.

Hoy, los cinco imponentes sonetos no han conseguido que se encienda la luz verde de las autoridades borgianas para incluirlos en su corpus poético. 

¿Es necesario que se reconozca la autoría borgiana para estremecerse con versos tan memorables? 

Desde luego que no. El milagro Borges está ahí, precisamente, en el hecho de que alguien, imitando, consiga algunas de sus piezas más intensas y sabias. Que alguno de los mejores poemas de Borges no los escribió Borges es cosa sabida. Y que ese alguien permanezca invisible no deja de ser uno de los mejores cuentos de Borges.

*

No se ha medido convenientemente la influencia de Cansinos en Borges. Es verdad que a Cansinos el primero en reclamarlo como un grande es Borges, aunque esa reclamación no tuvo mayor repercusión; de haberla tenido, no hubiéramos esperado hasta la publicación de la inédita y monumental La novela de un literato para rescatar a Cansinos, que solo empezó a balbucear su resurrección cuando Juan Manuel Bonet publicó la reedición de El movimiento V.P. en 1978 y Abelardo Linares su cuaderno sobre Cansinos.

Borges había declarado su condición de discípulo de Cansinos mucho antes, en los años sesenta, en casi todas las entrevistas que le hacían y le invitaban a recorrer su propia trayectoria y ningún editor se dio por aludido ni se puso a asomarse a aquel autor, al que Borges se refería como su maestro cuando hablaba de España, poniéndolo por delante de todos. 

Todo el mundo dio por hecho que era un ardid del Borges ya célebre y celebrado para destacar de la literatura española a un autor olvidado y no tener que rendir alabanzas a ninguno de los que compusieran el canon. Pero basta asomarse al primer capítulo de El movimiento V.P. o a algunas páginas del mejor libro de Cansinos, su defensa estética de la pena de muerte y de la figura del verdugo, para oír una voz que nos suena «borgiana».

El propio Borges estudió a Kafka y sus precursores; no hay mayor prueba de excelencia para un autor que influir no en discípulos venideros, sino en maestros silenciados: conseguir que aquellos de quienes proceden suenen a ti, de manera que se le dé la vuelta al tiempo y que acontezca el espejismo magnífico de que alguien como sir Thomas Browne nos parezca borgiano, no solo en el capítulo admirable que Borges y Bioy tradujeron de Hydriotaphia, Urn Burial. 

Cansinos era demasiado verborreico, es verdad, pero, en algunos textos, en un capítulo dedicado a la superioridad del relato corto sobre la novela que está en Los temas literarios y su interpretación, por ejemplo, es imposible no sentir que se está leyendo a Borges; aunque, para cuando se publicó ese texto, Borges apenas había empezado a escribir artículos.

A pesar de sus aventuras en el torbellino de las vanguardias —y episodios a los que tampoco hay que darle mucha mecha, como el apedreamiento de la casa del sevillano Luis Montoto junto a otros hooligans ultraístas—, Borges era poco vanguardista. 

Sí, impulsó una revista mural, pero cada vez que, más adelante, se le presenta la oportunidad de juzgar juguetes de vanguardia, no desaprovecha la ocasión. 

Por ejemplo, en la reseña de un curioso artefacto editorial, una novedosa novela negra que, en vez de contar una historia presentándonos el crimen y la investigación, lo que hace es presentarnos dentro de un sobre todas las pruebas que recopila la policía para que el lector se convierta en detective y resuelva él mismo el caso. Borges se ríe de la idea e inventa algunas disparatadas evoluciones de la idea (basta imaginar qué inventarán los editores cuando hagan lo mismo con la novela erótica). 

A Borges, que la literatura escape de la forma libro le parece un chiste de pésimo gusto. Poemas impresos en carteles, como los de Descripción del cielo, de Hidalgo, o en una sábana de cinco metros, como los de Oquendo de Amat, no le arrancan más que una sonrisa aviesa, le sirven para afilar su ironía: «Los poemas son incómodos de leer, y no sé si es por el formato», dirá sobre alguno de ellos. 

Ni siquiera tenía la piedad de recordar que el primer libro de uno de sus autores favoritos, Rudyard Kipling, se adelantó a los riesgos editoriales de la vanguardia, pues sus «Departmental Ditties» salieron en un libro que era un sobre lacrado, el nombre del autor iba en el remite, y los poemas estaban impresos en papel timbrado, como si fuesen documentos administrativos. 

Solo hay que ver el tratamiento que hace de las insensateces de la vanguardia en su glorioso libro en colaboración con Bioy Casares, Crónicas de Bustos Domecq. Ahí se ríe de arquitectos, de pintores, de poetas, representando toda una época por sus números circenses, concediéndole genialidad a un enjambre de payasos, llevando la paradoja del artista a su extremo: nuestra época ha aceptado que importa más la pose del artista, sus ocurrencias irrelevantes, que sus obras, y se ha encontrado con que los artistas más notables no son más que meros productores de boutades. No es de extrañar que sea el libro más divertido de la literatura en español del siglo XX.

Tampoco le gustaba la ostentación a Borges, y tuvo que padecerla cuando el editor italiano Ricci hizo una edición lujosa de El congreso del mundo. Sabemos por el testimonio de alguien que lo visitaba que cuando lo recibió Borges no pudo reprimirse un: «Pero esto no es un libro, esto es una caja de bombones». Los libros de Borges por lo general —sobre todo los de la fase final— son bastante feos. Se salvan desde luego los primeros, tanto Fervor de Buenos Aires como Luna de enfrente como Cuaderno San Martín. 

También, claro, los elegantes tomos publicados por Sur; cuando en los años sesenta publica su primera Antología, Victoria Ocampo decide aprovechar la creciente fama de Borges y le coloca al libro una sobrecubierta con el rostro del autor. La salva de libros de poemas publicados por Emecé en los sesenta y setenta, desde El otro, el mismo a La rosa secreta, pasando por las reediciones de sus primeros tres libros, y de obras tan notables como La moneda de hierro o Historia de la noche, quedan bonitos todos juntos por la variedad de colores, pero es mejor abrirlos sin prestar atención a las ilustraciones que, queriendo enriquecerlos, los empobrecen: son ilustraciones espantosas que te sacan del mundo de Borges para incrustarse en el del mal gusto de la época en que los libros aparecieron. 

Quién sabe: a lo mejor las grandes novelas y los grandes libros de poemas y relatos se escriben solo para que los lectores sientan algún interés por quienes los escribieron y encuentren una justificación radiante para llegar a lo que verdaderamente tasa sus grandezas: sus papeles íntimos, sus diarios, su correspondencia. 

Confieso haber sido incapaz de releer Salambó, de Flaubert, ni siquiera he llegado a terminar Madame Bovary, y me divierten mucho los primeros capítulos de Bouvard y Pécuchet, pero no lo acabo nunca, y sin embargo no me canso de visitar la correspondencia de Flaubert, tanta página admirable que escribió sin pensar jamás en que serían reveladas a gente distinta a la que estaba destinada. 

La montaña mágica es para mí un libro imposible de escalar, pero los diarios de Thomas Mann no me decepcionan nunca, sé que si abro alguno de sus tomos por cualquier página echaré la tarde en él (y será una tarde muy grata). Así, conforme pasa el tiempo, a menudo deja uno sin terminar la lectura de las piezas que dieron fama mundial a Borges, pero no se cansa de indagar o curiosear en sus notas de lectura, en sus declaraciones —Borges terminó siendo más un autor oral que escrito—, todas llenas de pistas, de ideas que no necesitaban desarrollarse para relampaguear en tus adentros.

Imagen de portada: Jorge Luis Borges, 1980. Fotografía: François Lochon / Getty.

FUENTE RESPONSABLE: JOT DOWN. Por Juan Bonilla.

Sociedad y Cultura/Literatura/Adolfo Bioy Casares/Diálogos/Jorge Luis Borges/

Borges, el sendero que se bifurca en jardines (1).

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El Borges de Adolfo Bioy Casares, tan monumental, atrae y repugna por igual: es un espectáculo morboso. Utilizando una palabra que, en este libro de más de mil páginas, hecho con las anotaciones que Bioy hacía en su diario referidas a sus encuentros con Jorge Luis Borges, se adjudica a cualquier libro que les desagrada —todo libro que contenga escenas eróticas entra dentro de tan severa consideración—: es una inmundicia. Hasta en poemas a los que dan su aprobado encuentran momentos que consideran baratos o lastimosos: del retrato de Antonio Machado, por ejemplo, Borges desaprueba por vanidoso lo de «torpe desaliño involuntario»; por blando, «las flechas que me asignó Cupido»; y también el «casi» de «casi desnudo como los hijos de la mar». Pero lo más desagradable sea acaso ver a Borges en la intimidad reduciendo a la nada a autores a los que uno leyó —en aquella época en la que confundió a Borges con la literatura— por expresa alabanza de Borges. No hay apenas autor que se salve…, ni siquiera los que él reivindicó de manera infatigable. 

Yo no sé si Bioy, al hacer esas anotaciones que se compilaron a su muerte, tenía en mente el Eckermann de las Conversaciones con Goethe o el Boswell que levantó un monumento a Samuel Johnson: quizá, quién sabe, estaba convencido de que, por póstumo que saliera, alguien recogería esa siembra espigando en sus diarios todo lo referido a Borges —que iba a cenar a su casa casi cada día durante años— y de algún modo se vengaría de él, de su maestro, sabedor de que, cuando ha pasado el tiempo suficiente, y ante una gran figura, ya se lee mucho más sobre esa gran figura que las producciones que elaborara; hoy se lee mucho más el libro de Eckermann sobre Goethe o el de Boswell sobre Johnson que a Goethe y a Johnson: parece claro que los clásicos no son aquellos autores a los que todas las generaciones leen, sino los autores acerca de cuyas vidas no cesa el interés y producen un imponente número de páginas que suman más lectores que las obras que escribieran. Sería una venganza sonriente, desde luego, con ese punto de mala uva que se permitía Bioy. Un antológico modo de matar al maestro, porque de los muchos retratos que se han hecho de Borges no creo que haya ninguno en el que este salga peor parado que en el tocho descomunal de Bioy.

*

En Textos recobrados —volumen que, como indica el título, compila artículos, conferencias, intervenciones que no se recogieron antes— está la transcripción de una charla sobre Mastronardi en la que Borges está a punto de ceder a las lágrimas cuando comenta algunos versos del poeta recién desaparecido, rememora algunas circunstancias que compartieron, alaba su escrupulosidad en la composición de poemas y parece sincero cuando exalta la intensidad de algunas imágenes encendidas en sus versos. Si comparamos la fecha de la charla con los apuntes de Bioy, no hay pruebas de que estuviera actuando, de que esa tristeza y esa emoción no fueran auténticas, porque para las fechas en que da la conferencia, las anotaciones de Bioy prescinden por completo de Mastronardi. Lo cierto es que cada vez que Mastronardi sale en el libro es para ser minuciosamente censurado. En algún momento, tanto Bioy como Borges acuerdan que solo deberían tenerse en cuenta, para enjuiciar a cualquier escritor, sus momentos felices. Los momentos desdichados no debían ensuciar a los mejores. Y, sin embargo, no hay página en las mil seiscientas del tomo en que no se utilice precisamente ese recurso de medir la valía de un poeta o un escritor por sus desdichas. Bioy y Borges gozan repitiendo desdichas de todo el mundo: uno no puede sino envidiar la capacidad de memoria de ambos para retener las debilidades ajenas. Es evidente que una cosa es la conversación privada, los comentarios de sobremesa, el chismorreo en el que con descendemos a la pulla o el chiste, y muy otra cosa lo que uno escribe para el público y firma, o incluso recita en público. En eso estamos de acuerdo. Pero aun así, cuesta creer que, cuando muere Cansinos, Borges sea capaz de dedicarle dos artículos en la prensa reconociéndolo como maestro y espléndido artífice y recomendando que se le comience a leer por Los temas literarios y su interpretación o El divino fracaso, y luego acudiera a cenar con Bioy y, al comentar la muerte de Cansinos, le dijera que el hombre no produjo una sola página que valiera algo o recordara el chistecito de su madre, para quien El divino fracaso podría haberse titulado sencillamente «El fracaso».

*

La madre de Borges: Leonor Acevedo. He aquí un detalle emocionante. Poco antes de morir, cuando ya hace una década que Borges es universalmente celebrado, una gran editorial le propone que escoja cien libros para hacer una «Biblioteca Personal»: su trabajo consistiría en decir los títulos y escribir un prefacio para cada obra (algunos títulos, como los Evangelios apócrifos, constaban de varios volúmenes). Solo alcanzó a escribir setenta y pico prólogos, circularon luego de su muerte tres o cuatro títulos más sin prólogo suyo, pero perteneciendo a la «Biblioteca Personal»: dado que sin los prólogos de Borges los libros no se vendían, la editorial interrumpió la publicación de la colección y se recogieron en un tomo todos los prólogos que Borges escribió. Al final de ese tomo comparecen como «Libros que fueron preseleccionados por Borges y eliminados de la selección definitiva» una treintena de títulos entre los que están Dante y El islam de Asín Palacios, un estudio de los años treinta que demuestra que muchos círculos dantescos estaban en la tradición árabe, una novela de ciencia ficción como Hacedor de estrellas, una antología de cuentos de Horacio Quiroga —sobre el que tampoco hay frase amable en el Borges de Bioy—, un estudio sobre los presocráticos… Llama la atención ahí un libro: Cuentos para ser leídos antes de medianoche, de un tal S. V. Bennett. Hará mal el curioso en indagar el rastro de ese nombre, porque está mal escrito: es Benét. Stephen Vincent Benét, todoterreno típico de las letras estadounidenses del siglo XX, capaz de escribir novelas históricas, ensayos divulgativos —en español solo se tradujo un libro suyo: Historia sucinta de los Estados Unidos— y relatos de fantasía. ¿Tan buen cuentista era como para que Borges le hiciera sitio en los cien libros de su «Biblioteca Personal» y lo colocara al lado de Chesterton? Lo cierto es que era un gran cuentista, sí, o al menos a mí me lo parece. Sus mejores relatos se recopilan en varias antologías de las que destacan Thirteen O’Clock y Tales Before Midnight, la que Borges destinaba a su «Biblioteca Personal». En el Borges de Bioy hay una mención al escritor estadounidense. Borges vuelve de uno de sus cursos en Austin y pone al día a Bioy de novedades en la valoración de los escritores de allá. Le dice, por ejemplo: O. Henry ha caído en la bolsa de valores y prefieren a Ring Lardner. Bioy le contesta: pues en eso llevan razón. Ahí le dice Borges: S. V. Benét tiene cuentos ingeniosos, ¿te acordás de él? Y la nota se interrumpe sin que Bioy conteste. 

Debía de acordarse, porque la revista Sur publicó un cuento de Benét, un cuento del que lo más destacable es que lo tradujo Leonor Acevedo, y a la hora de componer su «Biblioteca Personal» decidió hacerle sitio a un cuentista del que lo mejor era que su madre había traducido la única pieza narrativa que podía leerse en español.

Borges defiende, en alguna página del tomo de Bioy y ante el escritor Manuel Peyrou, al escritor francés Henri Barbusse. Opina que, como testimonio de la Gran Guerra, El fuego es una novela muy superior a Sin novedad en el frente, de Remarque, y añade que, en cualquier caso, Barbusse es autor de una obra maestra titulada El infierno. Peyrou muestra curiosidad por ese libro que no conoce y Borges lo resume: cualquiera que lea ese resumen pensará inmediatamente en que lo que Borges le está contando a Peyrou es El Aleph. En el libro de Barbusse, el inquilino de un cuarto de pensión puede mirar gracias a un agujerito lo que acontece en el cuarto vecino. Durante la sucesión de capítulos describirá escenas amorosas, peleas sentimentales, horas somnolientas de un solitario, en fin, la vida de los otros compilada en esa cabalgata de jornadas en las que en el cuarto vecino se va cediendo la presencia de muy distintos personajes: el cuarto vecino es el mundo, lo contiene todo en su reducido espacio: tristezas, alegrías, pasiones, llantos de soledad, violencias esporádicas, confesiones intempestivas, bebés que no pueden dormir y no dejan dormir, soldados que hacen noche antes de volver a la guerra. Y como fuera del mundo, el ojo del protagonista, alguien de quien no sabemos nada, solo que tiene la sensación de haber sido condecorado con la posibilidad de asomarse al infierno, esas vidas de los otros que se iluminan durante una sola jornada y luego se apagan para siempre.

Sin duda, años más tarde de leer la novela de Barbusse, Borges supo sintetizarla en un punto mágico que englobaba todo lo que existió, lo que existe y lo que existirá, logrando uno de sus cuentos más celebrados; aunque confieso que no creo que sea de los mejores suyos, pues necesita muchas páginas para alcanzar el instante decisivo, casi diría que El Aleph estaba llamado a ser uno de los micros que componen El hacedor, pero por una vez Borges se permitió el lujo de agrandar una ocurrencia que mejora, y cuánto, la fatiga con la que uno acaba terminando El infierno de Barbusse. Igualmente, a pesar de que dijera que era el peor libro de Unamuno, porque no tenía sentido reescribir El Quijote de manera menos encantadora que como lo escribió Cervantes, ¿no está en esa reseña de Vida de Don Quijote y Sancho de Unamuno el germen evidente de Pierre Menard?

Hoy voy a ser Borges, me dije. Tiene un apunte, defendiendo la María de Jorge Isaacs, en el que escrupulosamente detalla la hora de inicio de lectura de la novela, que leyó seguida durante una tarde-noche, y la hora de terminación. Su veredicto es tajante: no es una obra maestra, pero los que la atacan como ejemplo de cursilería, de sentimentalismo trasnochado, los que le discuten su calidad, acaso no reparan en que ese sentimentalismo es idéntico al de tantas películas de Hollywood que arrancan aplausos de las plateas. O sea, acusar a Isaacs de «romántico» desde el romanticismo evidente que perjudica o engrandece a las principales producciones que se consumen en la hora en que Borges escribe, le parece, con toda razón, una insensatez. Pero es que, además, si por romántico se entiende a Byron o a Heine, si el romanticismo es la exaltación del borde y el abismo lo que cuenta, Isaacs ni siquiera es demasiado romántico.

Expone Borges un ejemplo simple cuando, ante una cacería en la que cualquier romántico hubiera aprovechado para llenar de colores exóticos y grandilocuentes la situación narrada, Isaacs pasa como de puntillas, como quitándole toda importancia a lo narrado. También valora lo que pesa, durante la lectura, el hecho de que el narrador se enfrente a la narración dando por sabido que la protagonista del relato ya está muerta: no va a morir durante la narración, es un flashback que no comete la trampa de que el lector tenga la menor esperanza de que la protagonista sobreviva.

Cuando alcanzo el final de la novela, poco antes de las nueve, como Borges cuando la leyó, reconozco que las pinceladas con que el argentino vindicó la novela del romántico —un best seller al que naturalmente no se le perdonó haber vendido durante décadas tantos miles de ejemplares— han influido en mi lectura, y que he insistido en terminarla solo por ver si el reloj de Borges y el mío coincidían. No me parece, como a él, ninguna obra maestra, pero tampoco me parece un pestiño: es de muy grata lectura, tiene escenas de viva melancolía y medida emoción. Y es otro libro que le debo a Borges.

Imagen de portada: Jorge Luis Borges y Leonor Acevedo Suarez, 1963. Fotografía: Getty.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down. Por Juan Bonilla. 

Sociedad y Cultura/Adolfo Bioy Casares/Jorge Luis Borges/Diálogos/Literatura.

Borges, la reinvención de la literatura, de Julio Premat.

Sitiar a Borges

“La revisión permanente a la que Borges somete sus textos. Insisto en la palabra somete porque esos textos de alguna manera están constantemente violentados por ese lector que es Borges: revisar; esa revisión continua de los textos de Borges es un trabajo que no se ha hecho todavía…”.

Enrique Pezzoni 1

Sobre Borges y su obra todo parece haberse escrito. Sin embargo, en la matriz fundante y dinámica de sus textos, algo del orden de lo inacabado, de lo que solicita relectura y reescritura, impulsa a volver la mirada allí, donde respira la zona más inquietante de la literatura argentina.

Volver, como hace Premat en su Borges, para situarlo o, tal vez, sitiarlo: merodear lo leído para encontrarle nuevo sitio en la perspectiva del siglo XXI, reescribirlo desde otro lugar para aproximarse a su escritura movible, escurridiza. Sitiar a Borges como empresa imposible, pero fascinante, parece ser la invitación crítica. Desandar la propuesta de Pezzoni, sometiendo los textos de Borges a una lectura que desea abordar una obra que escamotea toda afirmación definitiva. Esa es la tarea que asume Premat en un impecable trabajo de aproximación crítica.

Desde la introducción, el despliegue de algunas hipótesis de lectura avanza en ese acercamiento: la radicalidad sobre la originalidad en la que Borges se parapeta para discutir la noción de autor y de texto, la mirada crítica sobre el arte en general, las paradójicas herencias culturales y los linajes familiares como material literario, la interrogación sobre la producción desde las orillas de la cultura occidental. Pero también, y aquí la primera afirmación que se constituye en gesto crítico de la operación de sitiar a Borges, Premat señala a Proust y a Kafka, junto a Borges, como hacedores de las invenciones más brillantes de la literatura del siglo XX: lo que en el francés fue convertir su biografía hacia la muerte en novela y en el checo una inacabada escritura de la subordinación al infinito, en el argentino será la invención del “sur”, de una ciudad y de él mismo como autor de ese universo de libros imaginarios que componen un ilusorio Libro Total. Tres invenciones que disparan la producción literaria del mundo y del siglo hacia nuevos horizontes: lo proustiano, lo kafkiano, lo borgeano.

Invenciones

Inventar un Buenos Aires y un escritor que escriba esa invención es una tarea inusitada. Premat agrega, al arsenal que el joven Borges trae desde Europa —vanguardias poéticas, Valéry, Assens—, dos nombres que su escritura transforma en productivos símbolos de lo que quiere configurar: Carriego (el suburbio como referencia) y Macedonio Fernández (la nadería de la personalidad, el cruce de filosofía, humor y literatura). A eso sumará la filiación desde la saga familiar: los dos linajes, al decir de Piglia, con sus héroes épicos y literarios. el sur, como zona del espacio y el tiempo de la escritura borgeana, obedece las reglas de su creador y dice, a partir de la poesía y el ensayo, una palabra nueva desde la orilla occidental.

Hacia fines de los treinta Borges tiene un accidente que lo lleva a un sanatorio; el hecho da origen al cuento “El sur”, según la propia versión del autor en el prólogo de Ficciones. Premat desconfía. El inicio de la narrativa borgeana, insinúa, podría deberse a otro acontecimiento biográfico: la muerte del padre, ocurrida en esos años. La perspectiva psicoanalítica ayuda a profundizar la hipótesis: la muerte del padre, el accidente como castigo edípico, la liberación que el accidente significa como liberación del magisterio de un padre escritor y la culpa sentida por su muerte.

Así, quien se inventa como escritor de una ciudad en el sur de Occidente se reinventa ahora como cuentista. Pero no escribe lo que la tradición sugería en esos años ni lo que el mandato cultural entendía como una adecuada narración. Escribe “Pierre Menard, autor del Quijote”, buscando lo que el crítico llama “la voz definitiva, el escritor que se encuentra a sí mismo”.2

Pierre Menard plantea, desde el análisis que propone Premat, que reescribir nunca es una reproducción respetuosa, que la escritura de Menard socava las formas habituales del pensamiento y los paradigmas epistemológicos respetados, que trabajar lo fantástico puede no tener relación con lo sobrenatural sino con la descripción de un imposible (por ejemplo: escribir lo que ya está escrito). Acierta Premat cuando recuerda el comentario de Foucault: “Borges plantea la imposibilidad de pensar esto”3 porque ese registro de lo imposible atraviesa la obra del autor de El Aleph. Desde Pierre Menard vislumbramos, como lectores, otro imposible: “Un escritor puede reescribir un clásico, siendo un autor marginal, que incluso lo puede escribir mejor”.4

La idea del texto inconcluso como valor se vigoriza, en verdad, desde Pierre Menard. En la matriz de la nueva concepción, además de la noción del lenguaje como tejido donde se disipa y revierte la figura del autor en su omnipresencia, aparece la apertura textual bajo la forma incompleta, necesariamente abierta cuando no fragmentaria, de lo inconcluso del texto, que reclama ser reescrito. Este deslizamiento del paradigma tradicional de obra/decodificación analítica a texto/diseminación de lo escribible, desencadena en una trama que adquiere otro cuerpo, otro movimiento, otro espesor.

En este sentido subraya Premat que “la técnica del anacronismo deliberado y las atribuciones erróneas” que postula Borges configura una nueva escritura, al anular la identidad estable del autor y dispersar la serie cronológica. Y concluye: “La literatura es un espacio curvo en el que las relaciones más inesperadas y paradójicas son posibles”.5

Una de esas relaciones, “inesperada y paradójica”, es el universo de Tlön:6 la invención (otra vez la invención radical) de un mundo virtual desde el espacio de una enciclopedia apócrifa. Un universo literario. Si Pierre Menard puso en circulación la lectura como reescritura, el cosmos tlöniano postula la noción del libro como eje de innumerables relaciones y como territorio en el que la escritura puede reemplazar a la realidad, como se puede leer en el inquietante final del cuento.

Releyendo lo que “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” insinúa y expone, Premat dice:

La interpretación más evidente del cuento, la que supone que Tlön es una imagen deformada de nuestro propio mundo, en vez de proponer una explicación tranquilizadora, agrava, al contrario, su dimensión inquietante. Nuestro mundo, aunque no lo sepamos, ya es un mundo de delirio totalitario, una ficción de pesadilla.7

Ese escenario paradojal, que desde la perspectiva de Premat es el mecanismo sobre el que gravita toda la escritura borgeana, cobra productividad cuando la narrativa avanza hacia lo biográfico, que nunca es, para Borges, una acumulación lógica sino (nuevamente) una paradoja, un juego de contrarios, como en el caso de Dahlmann, entre el criollismo y el romanticismo alemán.8 Esta cuestión cifra y expande su sentido en “Historia del guerrero y la cautiva”,9 al contraponer y cruzar civilización y barbarie; en “Funes el memorioso”, donde la memoria absoluta es perturbada por el destino, o en “El milagro secreto”,10 que tensiona el tiempo cotidiano con el tiempo creativo. En estos textos y muchos otros Borges reescribe la historia universal, sacude sus perfiles de certeza y referencia, somete toda afirmación sobre el pasado desde una formulación narrativa que la disuelve y altera o invierte sus sentidos, como en “Tema del traidor y del héroe”.11

El ombligo, la traición, lo ineluctable

Las últimas operaciones paradojales de Borges se pueden rastrear, nos recuerda Premat, a partir de El hacedor. La ceguera, como tema del “Poema de los dones” (“Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez / los libros y la noche”)12 y el desdoblamiento, como deconstrucción del concepto de sujeto único, tal como se deja leer en “Borges y yo”13 (“No sé cuál de los dos escribe esta página”).

Contenidas y cobijadas en ese mecanismo permanente de tensionar los opuestos y resemantizar no sólo las nociones del arte y la cultura sino también los datos y las significaciones del pasado histórico y literario, se inscribe lo que Premat subraya hacia el final de su trabajo:

Borges funda una tradición porque, desde la biblioteca, la dinamita y la niega. Borges es ese autor cada vez más subversivo. Si se dijo: Borges traduce la tradición, deberíamos decir, a partir de lecturas como las de Piglia o Pezzoni, Borges traiciona la tradición.14

El subrayado de Premat, en este sentido, es atendible. Volviendo a su perspectiva psicoanalítica, entiende que la referencia de Borges al “ombligo de Adán”, en “La creación y P. H. Gosse” indica lo que Freud llamó “lo ininterpretable del sueño”, que en la producción de Borges será comienzo y expansión de todas sus creaciones y obsesiones. En ese mismo texto, por ejemplo, dispara la posibilidad de entender el mundo como eterno o, como supone Russell, “creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que recuerda un pasado ilusorio”.15

Es la misma perspectiva que elige para cerrar su análisis cuando advierte que Borges se enfrenta a lo ineluctable (la noción de lo real en los escritos de Lacan) en “Nueva refutación del tiempo”, ese texto singular y estremecedor:

No es la fatalidad de lo que se trata, figura mítica que también interviene en sus ficciones, ni tampoco de la tramposa expansión de la determinación mágica del origen; es algo exterior a la ficción, algo indecible, inalcanzable, pero activo —como lo real en la visión del psicoanálisis lacaniano. Por supuesto, la literatura propone, de la mano de Borges, una revisión o apertura del sentido de la historia, una discusión de sus verdades, pero no del suceder en sí.16

Por eso el libro de Premat termina con la cita de “Nueva refutación del tiempo” (“El mundo, desgraciadamente es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”), dejándole a la palabra del mismo Borges, creador de universos imaginarios, escritor jamás sitiado, la referencia final de lo ineluctable.

Notas

  1. Annick, Louis (compilador): Enrique Pezzoni, lector de Borges. Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
  2. Premat, Julio: Borges, la reinvención de la literatura. Buenos Aires, Paidós, 2022. Pág. 71.
  3. Foucault, Michel: Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1968.
  4. Premat, Julio: op. cit. Pág. 88.
  5. Premat, Julio: op. cit. Pág. 93.
  6. Borges, Jorge Luis: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en Ficciones, 1944.
  7. Premat, Julio: op. cit. Pág. 285.
  8. Borges, Jorge Luis: “El sur”, en Ficciones, 1944.
  9. Borges, Jorge Luis: “Historia del guerrero y la cautiva”, en El Aleph, 1949.
  10. Borges, Jorge Luis: “Funes el memorioso” y “El milagro secreto”, en Ficciones, 1944.
  11. Borges, Jorge Luis: “Tema del traidor y del héroe”, en Ficciones, 1944.
  12. Borges, Jorge Luis: “Poema de los dones”, en El hacedor, 1960.
  13. Borges, Jorge Luis: “Borges y yo”, en El hacedor, 1960.
  14. Premat, Julio: op. cit. Pág. 239.
  15. Borges, Jorge Luis: “La creación y P. H. Gosse”, en Otras inquisiciones, 1952.
  16. Premat, Julio: op. cit. Pág. 292.

Imagen: Cubierta de portada de “Borges La reinvención de la Literatura.

FUENTE RESPONSABLE: Letralia. Tierra de Letras. Por Sergio G. Colautti*. Escritor argentino (Río Tercero, Córdoba, 1959). Docente de literatura desde 1983. Ha publicado el libro de cuentos Nada que escribir (Tinta Libre, 2021) y los libros de ensayos Apuntes sobre narrativa argentina actual (Río Tercero, 1992), La mirada insomne (Córdoba, 2005), La escritura presente (Río Tercero, 2009), El relato futuro (Madrid, 2015), Saer: la vacilación de lo real (Río Tercero, 2016) y La lectura incesante (Córdoba, 2018). Además, ha sido colaborador de medios como La Voz, Tribuna (Río Tercero), Corredor Mediterráneo (Río Cuarto), Etcétera (Universidad Nacional de Córdoba, UNC), Argus-a (Buenos Aires), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (España) y Escritores.org (Buenos Aires), entre otros. Desde 2020 es columnista radial de MestizaRock FM (Río Tercero) y participa del Colectivo Cultural y Educativo de Río Tercero.12 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Nuestros escritores/Jorge Luis Borges.

Mario Vargas Llosa: “Tengo la impresión de que Borges encontró en María Kodama una liberación”.

Assouline publica el volumen Jorge Luis Borges & María Kodama, de Cristina Carrillo. Un libro centrado en el amor entre el escritor y la discípula que Mario Vargas Llosa y Luis Alberto de Cuenca intentan descifrar para Álvaro Cortina Urdampilleta.

Todos los que vieron a Borges en esos últimos años de su vida tuvieron la impresión, a mi juicio justa, de un ser más joven, más alegre y hasta incluso disfrazado. Lo cual revela una liberación, de la señora Kodama no pudo ser el estimulante», observa en exclusiva para Vanity Fair el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. 

Es una de las historias de amor más comentadas de la historia de la literatura: la del genio invidente Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986) y la jovencísima discípula María Kodama (Buenos Aires, 1937), pero al mismo tiempo sigue siendo de las más desconocidas. Ahora que se publica Jorge Luis Borges & María Kodama (Assouline), a cargo de Cristina Carrillo, resulta más fácil ponderar el lugar de esta relación amorosa, que se prolongó desde 1953 hasta la muerte de Borges, en los últimos títulos de una carrera literaria inmensa que parecía, en principio, poco propicia para las efusiones sentimentales.

Al hablar de la vida privada de Jorge Luis Borges, los curiosos se suelen acordar de su mucama, Epifanía Úveda, alias “Fanny”. Esta empleada doméstica tenía numerosos comentarios curiosos y divertidos sobre el señorito Borges. En una biografía, Fanny resumía así la relación —que acabaría siendo segundo matrimonio para Borges— entre el escritor y la estudiante argentino-japonesa: “A María Kodama nunca la vio, ya había perdido la vista. Me preguntó: ‘Dígame, Fanny, ¿cómo es María?’. Yo le dije: ‘Fea no es, linda tampoco’. Ella nunca vivió en la casa, entraba si yo le abría la puerta».

PRESENTE ETERNO – Jorge Luis Borges y María Kodama, en Nueva York en 1985. FERDINANDO SCIANNA / MAGNUM PHOTOS / CONTACTO FOTO,FERDINANDO SCIANNA / MAGNUM PHOT

Kodama, fundadora y presidenta de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges es, dependiendo de a qué estudioso de Borges se le pregunte, un personaje misterioso, uno polémico, un fractal desconocido, o a veces todo a la vez. Un accidente del azar que comienza cuando ella tenía 16 años y él cincuenta y tantos, en una librería de la calle Florida de Buenos Aires. 

Para entonces, el autor de Ficciones y El aleph era ya ciego, como lo fue su padre. Y aquel encuentro de 1953 fue poco memorable. En todo caso, ya como director de la Biblioteca Nacional de Argentina, desde 1955, Borges formó un grupo de estudios del anglosajón. Del que formó parte Kodama, convirtiéndose así en discípula del escritor. 

Según testimonio, parece, de la propia Kodama, la relación comenzó en su primer viaje juntos a Islandia. La literatura épica medieval nórdica siempre estuvo revoloteando entre estos dos filólogos. Como se dice en Jorge Luis Borges & María Kodama, en este viaje, en 1971, el gran genio ciego, que acababa de salir de un matrimonio de tres años, al parecer infeliz, con Elsa Astete Millán, dio un primer paso. Algo de esto se refleja en su poema posterior Gunnar Thorgilsson: “Yo quiero recordar aquel beso / con que me besabas en Islandia”.

Años después, en 1979, en su segundo viaje a la isla para recibir la Orden del Halcón, “ellos se casaron solo simbólicamente, sin efectos legales, según el culto ancestral a Odín, oficiado por un sacerdote pagano”, escribe Carrillo en el libro que nos ocupa. Para entonces, ya eran colaboradores: habían elaborado Breve antología anglosajona (también traducirían un libro mitológico de la Edda menor). Se casaron legalmente el 26 de abril de 1986, dos meses antes de la muerte del genio.

“Yo tengo la impresión de que Borges, que se pasó una buena parte de su vida paralizado por su madre [Leonor Acevedo], encontró en María Kodama una liberación, pese a las diferencias de años entre los dos”, considera Vargas Llosa. Desde mediados de los setenta hasta la muerte del escritor en Ginebra, Kodama estuvo a su lado. Aunque su figura es algo controvertida entre borgianos, la opinión del peruano sobre ella no podría ser más favorable.

La pareja en un viaje a Palermo. FERDINANDO SCIANNA / MAGNUM PHOTOS / CONTACTO FOTO, FERDINANDO SCIANNA / MAGNUM PHOT

Con los reyes de España en 1980. EFE/ALBUM

En la ceremonia de entrega del Premio Cervantes en 1980. EFE/ALBUM

El premio Nobel (que nos dedica su tiempo con una gentileza extrema, mientras se recupera de la COVID-19) publicó recientemente Medio siglo con Borges (Alfaguara), con un texto sobre esta precisa liberación del gran Borges.

Se trata del artículo El viaje en globo, una referencia a una famosa foto, incluida en Jorge Luis Borges & María Kodama: la pareja subida a un globo aerostático sobre Napa Valley, California. El libro de Assouline atesora un valioso material gráfico (fotos de Xul Solar, el pintor amigo de Borges y ocasional ilustrador; documentos de la juventud del escritor, de su familia, de Buenos Aires…), pero quizá la gracia de Jorge Luis Borges & María Kodama está en las fotografías del prodigioso invidente que dictaba sus versos a aquella compañera vestidos con kimono, en Japón, o entre dromedarios, junto a las pirámides de Sakkara, paseando en la ribera del Sena, y otra famosa en el milenario laberinto de Creta.

María Kodama en 2007. MARIANA ELIANO/GETTY IMAGES

En ella, el viejo escritor argentino, con el bastón de ciego y la mirada perdida, aparece en el laberinto de Knossos, en la isla de Creta. La imagen data del año 1984. Aunque es natural concebir la obra de Borges como un mundo sofisticadísimo erigido para dar la espalda a la vida y a sus zafiedades, hay que reconocer que, en este caso, fue la vida la que lo acabó dirigiendo a una de sus quimeras más fantásticas: ahí encontramos al gran poeta de los laberintos en la que fue la casa del Minotauro, de nombre Asterión. Borges, solo, en el laberinto, ¿hay una imagen más simbólica de su quehacer literario?

Borges, que era muy enamoradizo, ya había perdido la vista cuando conoció a Kodama. FUNDACIÓN INTERNACIONAL JORGE LUIS BORGES

En el santuario de Izumo, en Japón, en 1984. FUNDACIÓN INTERNACIONAL JORGE LUIS BORGES

En ese mismo año, en el laberinto de Knossos.  FUNDACIÓN INTERNACIONAL JORGE LUIS BORGES

Efectivamente, este autor frecuentó las imágenes de los laberintos, así como las de los espejos y los tigres. Sus célebres narraciones, sus ensayos y sus meditativos poemas están atravesados por una elegante sensación de irrealidad. En sus escritos escasea la descripción psicológica de los personajes, más allá de lo esquemático, y abundan los enigmas, las aporías filosóficas, las tierras exóticas, los espías, los templos arcaicos, la filología inglesa; Borges nos traslada ante gentes inmortales, gentes soñadas por otras gentes y conjetura universos paralelos. 

Acaso, entre todas, es la existencia del infinito la idea más dilecta del autor de El hacedor; así como la refutación del yo y de la libertad. Es algo inusitado, aunque no imposible, encontrar en alguna de las serenas y fatalistas páginas de Borges un signo de exclamación o una consideración política. ¿Qué hay del amor? ¿Es este universo literario un territorio propicio para las efusiones sentimentales entre personajes? En principio, no es el amor un asunto muy borgiano, pero es tiempo de ponderar tal aserción abriendo la lujosa edición de Jorge Luis Borges & María Kodama. Nótese, antes de nada, que en 1984 el escritor no se perdió solo en las ruinas del laberinto cretense del Minotauro: lo acompañaba Kodama, María Kodama.

“María Kodama, a pesar de las críticas recibidas, fue una compañera ideal de Borges”

XOSÉ CARLOS CANEIRO

La imagen de aquel instante de 1984 de Borges en la ruina del vetusto laberinto minoico procede de Atlas, un libro de prosas ilustradas, que narra una serie de los mentados viajes por el universo mundo. 

Leemos en Atlas, de ese mismo año: sobre el dédalo de Creta, observa el genio de Buenos Aires, “cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos en aquella mañana y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto”. El tiempo, el cosmos, la galaxia son laberintos, y viceversa, no obstante, el poeta se encuentra ahora, en el vientre del laberinto del Minotauro, en 1984, acaso extraviado… pero en compañía.

¿De dónde viene la polémica con Kodama, entonces? 

El biógrafo Xosé Carlos Caneiro nos lo cuenta: “[Kodama estaba] preocupada en todo momento por su salud, por sus apetencias, por su inspiración. María Kodama, a pesar de tantas críticas recibidas, fue una compañera ideal para los últimos años de Borges. Dicen que su compañía le valió la enemistad de muchos de sus íntimos. 

¿Cómo saberlo? Jorge Luis Borges se fue alejando paulatinamente de cuatro de los amigos que […] habían estado siempre a su lado: María Esther Vázquez, Silvina Ocampo, [Adolfo] Bioy Casares o Vlady Kociancich. La biografía de la primera resulta clara en cuanto a los motivos. Solo uno: María Kodama. 

Y sin ningún tipo de prudencia, afirma [Vázquez] taxativa: ‘La verdad, vivía muy solo. Muchos de sus amigos habían muerto y los pocos que le quedaban habían sido desplazados […]’. Sin embargo, Borges no estaba solo, esa es la realidad. Lo acompañaba siempre María Kodama. A quien amaba. Y también Fanny, su inseparable Fanny”, corrige Caneiro. Según observaba Fanny, en este tiempo, Borges vestía mucho mejor.

 

Laberinto de la Massone diseñado por Borges y Franco María Ricci.

Libro de Assouline: Jorge Luis Borges & María Kodama.

¿Tiene esta cierta plenitud sentimental efecto en la obra de Borges? 

Ciertamente, aquel profesor universitario y bibliotecario jubilado desde 1973, huérfano de madre desde 1975, ya estaba más que hecho. Desde hacía décadas Borges era Borges, no puede hablarse de grandes cambios. 

Aunque esta sección de la obra literaria del gran escritor es un retorno a viejos temas, la calidad de sus títulos es más que notable: El libro de arena, Historia de la noche, La memoria de Shakespeare, el mentado Atlas y su último libro, el poemario Los conjurados, de 1985, atesoran piezas maestras, de un estilo acaso menos hermético que el Borges más célebre (el de Ficciones, por ejemplo). Y en esas páginas se encuentra, cada tanto, a Kodama, lazarilla en el laberinto. En el comienzo de Los conjurados, por ejemplo:

“De usted es este libro, María Kodama. ¿Sería preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas?”.

Luis Alberto de Cuenca, poeta y miembro de la Real Academia de la Historia, nos confía unas consideraciones también preciosas: “Quizá Borges no sea considerado uno de los poetas llamados del amor, pero hay que decir que cuando lo hace, lo aborda de una manera profunda y exquisita. 

Tiene alguno de los poemas más bellos sobre el amor”. Añade este escritor archiborgiano: “Fue muy enamoradizo”.

En efecto, en su obra delicada y preciosa, los biógrafos descubren mujeres entre bambalinas: al inicio, en su poemario modernista, Margarita Guerrero.

En la madurez, Estela Canto. En realidad, por la vida de este genio pasan muchas mujeres, ya sea como enamoradas ideales o como colaboradoras literarias (Delia Ingenieros, Luisa Mercedes Levinson, Betina Edelberg). Nunca como amantes. Entre todas estas, además, habrá que recordar a su primera mujer, Elsa. 

Pues bien, tras este trenzado de melancolías eróticas, llega 1971, cuando Kodama resulta ser el único amor correspondido del maestro… además de guía en viajes innumerables, de Japón a Madrid, de Madrid a California, de California a Islandia, y de título de honoris causa en honoris causa.

Vargas Llosa encuentra que en la obra escrita del último Borges se trasluce una felicidad desconocida en el autor: “La explicación es que María Kodama, la frágil, discreta y misteriosa muchacha argentino-japonesa, su exalumna […] por fin lo ha aceptado y el anciano escribidor goza, por primera vez en la vida, sin duda, de un amor correspondido”. 

Por su parte, De Cuenca señala que la poesía del Borges en su etapa de los setenta y ochenta es tan fabulosa como la de las décadas anteriores. 

“En ficción es otra cosa, pero en poesía Borges para mí está igual de fresco e igual de vivo al inicio, en los años veinte, que al final de su carrera, en los ochenta”, considera. 

Para este buen conocedor de la obra del argentino, la obra de Borges no envejece con el cuerpo de Borges, especialmente en su lírica: “Vive en un presente eterno. Todos hemos empezado por sus cuentos, pero me gusta más como poeta que como narrador”. María Kodama, por cierto, también empezó a leer a Borges por sus cuentos. En el volumen de Assouline se nos relata el primer embrujo del estiloso Borges a través de la prosa, la irrepetible y enigmática prosa, de sus cuentos. Kodama leyó de niña Las ruinas circulares.

Palacio de los normandos en Palermo. FERDINANDO SCIANNA / FOTOWARE FOTOSTATION

Hay numerosas musas en esta poesía, entre la mentada Concepción Guerrero, de su primer poemario (Fervor de Buenos Aires), y, al otro lado de la vida, 60 años después, Kodama, aura romántica de Los conjurados y de Atlas, compañera final del laberinto del cosmos, como lo fue del laberinto de Knossos, en Creta. 

Al inicio de la obra de 1984 leemos estas líneas que dictó Borges: “María Kodama y yo hemos compartido con alegría y con asombro el hallazgo de sonidos, de idiomas, de crepúsculos, de ciudades, de jardines y de personas, siempre distintas y únicas. Estas páginas querrían ser monumentos de esa larga aventura que prosigue”.

 

Imagen de portada: La pareja en 1980.MANDA ORTEGA/FUNDACIÓN INTERNACIONAL JORGE LUIS BORGES

FUENTE RESPONSABLE: Vanity Fair. Por Álvaro Cortina Urdampilleta. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Cristina Carrillo/Jorge Luis Borges/María Kodama.

 

 

 

Daniel Balderston, tras los manuscritos y textos privados de Borges.

En «El método Borges» (Editorial Ampersand) y «Lo marginal es lo más bello. Borges en sus manuscritos» (Eudeba), sus dos últimos libros, el investigador estadounidense llevó adelante un trabajo de crítica genética con los originales del gran autor argentino.

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Una vez más, el crítico, docente e investigador norteamericano Daniel Balderston estuvo en Buenos Aires para hablar del tema que lo atrapó hace más de cuatro décadas: la escritura de Borges.  

Como director del Borges Center y la revista Variaciones Borges de la Universidad de Pittsburgh, llevó adelante un trabajo de crítica genética con los manuscritos de este célebre autor que nunca aprendió a escribir a máquina.

El resultado es lo que considera el trabajo más importante de su carrera. Se trata del análisis de los principales manuscritos borgeanos reunidos en El método Borges, que publicó en nuestro país la editorial Ampersand, y su continuación, Lo marginal es lo más bello. Borges en sus manuscritos, recién publicado por Eudeba. Este último incluye cuadernos nuevos y es el producto del trabajo de un grupo de investigadores de varias partes del mundo que él coordinó.

-Según contás en El método Borges, sus manuscritos están bastante desperdigados. ¿Cómo es posible que al día de hoy el “archivo Borges” sea una tarea pendiente?

-Porque en vida de Borges los manuscritos se dispersaron, él no estaba demasiado interesado en conservar sus archivos, se deshacía de cosas. Pero también se nota en sus notas donde cuenta que regalaba sus manuscritos, muchas veces, a la gente a la que iban dedicados los textos. No me voy a meter en cuestiones de política patrimonial, pero sí podría decir que ha habido cosas que han llegado a venderse en las últimas décadas, cuando ya era una celebridad. Y el problema ahí es el valor. El manuscrito de un texto muy menor, desconocido, “Cuentos del Turkestán”, se vendió recientemente en París en una subasta por 10.000 euros. Entonces, cuando sus textos mayores pueden venderse por cientos de miles de dólares, hacer una recolección de las cosas que vayan apareciendo en el mercado es una tarea que sobrepasa las posibilidades individuales o colectivas.

-¿Qué pasó con los manuscritos de El tamaño de mi esperanza y de Inquisiciones, los libros de los que se arrepintió y que no incluyó en sus Obras completas?

-Sobreviven distintas versiones de parte de estos libros. El manuscrito de “La nadería de la personalidad” está en la biblioteca de mi universidad y otros textos de esta época están en manos de coleccionistas particulares. En el libro analizo dos manuscritos muy interesantes de principios de los años ‘20, “Judería” y “Trincheras” que él guardó y fue corrigiendo e incluso, poniéndoles fechas adicionales a esos poemas, cuando le cambia el nombre “Judería” por “Judengasse” en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, con plena conciencia de lo que estaba pasando. Es decir, en algunos casos él mismo guardaba y retocaba sus textos y esos materiales son absolutamente fascinantes.

-Fue un descubrimiento para mí enterarme de la existencia de Pierre Menard y que además fuera el autor de un libro de grafología. Me pareció que era algo en lo que había que detenerse.

-Existió y era un médico que había publicado artículos en revistas surrealistas sobre temas muy diversos, que quería aplicar el método grafológico al psicoanálisis y estuvo en contacto con Freud en Viena. Todo un personaje.

-A partir de los manuscritos en los que trabajaste, escritos en imprenta y con esa letra minúscula, en cuadernos escolares, ¿qué dice su caligrafía de su literatura?

-Lo primero que se puede ver en esos manuscritos es algo que planteó el crítico argentino Norman Di Giovanni. Él dijo que lo que se ve en esa letra de imprenta es la falta de escolaridad en el sistema educativo argentino ya que pasó su infancia y adolescencia en Ginebra, donde nunca se recibió de bachiller. Y en el sistema escolar es muy importante la letra cursiva. Creo que Borges se fue encerrando en su propio proceso de escritura, que esa letra microscópica solo servía para él mismo. Esos primeros borradores son, obviamente, para él. Los segundos borradores, pasados en limpio, están en una letra más grande, legible y con menos alternativas, es decir, que las segundas o terceras versiones se escribieron ya para llevar a la redacción de un diario o una revista. Los primeros borradores con múltiples opciones son característicos de sus borradores iniciales.

-Esta elección deliberada por la manuscritura, ¿tiene que ver con su modo de pensar, de elaborar sus textos de modo espacial, sin plan, sin esquemas?

-Él dice que la literatura consiste en borradores, que no hay texto definitivo. Entonces, las características que vamos viendo en sus cuadernos son consistentes con esa idea. La descripción de los cuadernos de Pierre Menard, con su “letra de insecto, papel cuadriculado y peculiares símbolos geométricos”, nos habla de sus propios textos, caóticos y enmarañados.

-El análisis de su forma de composición nos muestra que la obra de Borges es una obra abierta, en proceso, ya desde los inicios. ¿Borges se adelantó 30 años a las formulaciones de Barthes, del posestructuralismo?

-Yo diría que solo escribió un libro como tal, que es Evaristo Carriego. Todo lo demás son misceláneas, fragmentos que se retoman, reaparecen más tarde. Aún los libros iniciales son menos homogéneos de lo que declaran ser. Y sí, se adelantó incluso a la intertextualidad, que es un concepto que Kristeva saca de Bajtín, que lo estaba planteando en la Unión Soviética pero, obviamente, no había ningún contacto entre ellos. Es un teórico de vanguardia y un escritor muy radical, por cierto. No es un escritor que se aferre a las expectativas genéricas. Pensemos en lo que hace con el cuento policial. El escribe mucho sobre las leyes del género. En “Los laberintos policiales y Chesterton” dice: las seis reglas del policial son éstas y después las viola todas, como en “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Emma Zunz”, “La muerte y la brújula”, “La forma de la espada” y antes en “Hombre de la esquina rosada”. El único cuento policial clásico es “Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”, donde los detectives amateurs, después del crimen, lo reconstruyen proponiendo dos hipótesis.

-Siguiendo con su anacronismo: ¿Borges fue el primer crítico de Kafka?

-Bueno, llegó a ver los textos de Kafka publicados en revistas alemanas en los años 16, 17 y 18. Su relación con el universo Kafka ya se nota en sus textos de los 20, cuando Kafka vivía pero todavía no era Kafka.

-Otro de los lugares donde escribía eran los libros de su biblioteca. ¿La biblioteca personal, más que soporte bibliográfico era una extensión de su obra?

-Hay excesivas bibliotecas en Borges, hay libros que le prestan, otros que regala, hay anotaciones de él en libros de sus amigos. Y sí, esas notas escritas en los libros tienen mucho que ver con las fichas bibliográficas de los cuadernos que venimos estudiando en los últimos dos años con un equipo de Mar del Plata y varios investigadores de todas partes del mundo, pero no tenemos acceso a la totalidad de los cuadernos ni de los libros anotados.

-Pensando en su disputa con el nacionalismo y su postulación de la literatura como libre juego de la imaginación, ¿Borges tuvo continuadores?

-Nacionalismo cultural hay mucho en la obra de él hasta cierto punto. Sin duda, cuando habla de eso en “El escritor argentino y la tradición” en 1951, lo que hay es una autocrítica de sus posiciones de décadas anteriores. Él es muy consciente de haber contribuido a ciertas ideas alrededor de lo nacional, con el culto a lo criollo y se muestra arrepentido de ciertas posiciones. Cuando habla ahí de “La muerte y la brújula” como un mejor acercamiento a la ciudad de Buenos Aires de los años ‘20, queda muy claro que estaba haciendo una autocrítica personal, pero también podemos decir, una crítica que tenía que ver con la coyuntura del peronismo. 

En “El fin”, el cuento donde hace mucha investigación sobre el Martín Fierro y la pulpería, uno de los textos consultados es una novela de Enrique Amorim, de donde saca la palabra “catre”, una referencia muy específica de la concepción por parte de los pulperos con mujeres de la zona, de hijos bastardos. Pero también está contando un diálogo entre Fierro y Moreno en relación a un diálogo de las sagas islandesas que había citado extensamente en Antiguas literaturas germánicas, escrito con Delia Ingenieros en 1951. O sea que está escribiendo un final posible para la vida Martín Fierro desde las técnicas narrativas de la saga islandesa.

-¿De quién fue el error en la cita sobre la ausencia de camellos en el Corán, de Gibbon o de Borges?

-Gibbon, en Decadencia y caída del Imperio Romano, en el tomo quinto, dice que Mahoma prefería la leche de vaca a la leche de camella pero no dice que no hay camellos en el Corán y Borges, brillantemente, inventa eso. 

Es un error, porque muchos, después, han encontrado camellos en el Corán pero, ese salto imaginativo es una referencia muy específica que él saca de contexto para su propio uso. Es una idea brillante, aunque no sea exacta, la ausencia del color local para crear un texto que tiene que ver con las circunstancias de su producción.

-¿Existe algún escritor en el mundo con una obra importante, con ese nivel de erudición?

-Fernando Pessoa, aunque un poco a la inversa. Porque Borges publica sus textos al poco tiempo de haberlos escrito, en cambio Pessoa no publica la mayor parte de su obra en vida.

Borges en su laberinto escrito a mano

La historia de los manuscritos de Borges parece salida de un cuento borgeano. En ellos abundan descripciones de manuscritos que son una descripción de los suyos propios, en un juego de espejos que no hace más que replicar, en su forma, la idea de infinito. Algo que se puede comprobar en el manuscrito de “El jardín de senderos que se bifurcan” al que le faltan dos páginas, como ocurre con el escrito por Yu Tsun, el protagonista del cuento.

Y este trabajo permite ver el origen de las citas y alusiones de gran parte de la obra de Borges, echando por tierra la teoría que sostenía que lo suyo era pura erudición inventada y exhibiendo el uso estratégico que hacía de las citas.

Pero también permite ver el proceso compositivo de Borges: un armado de red de citas de su propia obra, de lecturas, de fuentes (los rastros que deja en sus trabajos) y de variantes que le dan cohesión a una obra hecha de fragmentos. Borges publicó más de 2.700 textos que no eran otra cosa que fragmentos provisorios de un todo, ya que la reescritura incesante, para él, era el texto ideal.

Una escritura sin esquemas, en progreso, que se iba armando a medida que se sumaban las variantes para crear, como la define Balderston, una escritura de la incertidumbre.

Imagen de portada: Daniel Balderston. Foto: Diego Diaz

FUENTE RESPONSABLE: Tiempo Argentino. Por María Eugenia Villalonga. 28 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Jorge Luis Borges/Ensayo/Daniel Balderston

 

Nubes: Dos poemas de Borges sobre la impermanencia y la fugacidad de la vida.

ESTOS DOS POEMAS DE BORGES EXPRESAN CON MAESTRÍA LA CONDICIÓN FUGITIVA Y CAMBIANTE DE LA VIDA.

Una de las cualidades de la vida más difíciles de entender para los seres humanos es su condición impermanente o, dicho de otro modo, que en la vida todo está cambiando todo el tiempo, que el cambio es la única constante. 

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Necesidad como tiene el entendimiento humano de la repetición, la estructura, el patrón y demás formas del pensamiento orientadas a eliminar la singularidad en favor de lo general, la impermanencia de la vida es una de las grandes pérdidas para la experiencia vital. Ya Nietzsche, en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y en algunos otros pasajes de su obra, se lamentó furibundamente de que el ser humano, en su afán de conceptualizar la realidad (para entenderla mejor), precisamente terminó por extirpar toda la vitalidad de la vida en sí, sustituyendo toda la exuberancia, diversidad y aun intensidad de ésta, por un caparazón hueco hecho de términos y palabras. Dice Nietzsche en ese texto:

Pero pensemos sobre todo en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe ser apropiada al mismo tiempo para innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, esto es, jamás idénticas estrictamente hablando; así pues, ha de ser apropiada para casos claramente diferentes. Todo concepto se forma igualando lo no-igual. 

(Cabe anotar al margen, sólo como observación, que este extrañamiento es también tema de uno de los mejores cuentos de Borges: “Funes el memorioso”.)

Con todo, aun cuando la propia inercia del pensamiento parece llevarnos a esa “momificación” de la realidad, según Nietzsche, lo cierto es que se trata de una tendencia que es necesario remontar. La propia vida nos lleva a ello. Como bien señala una de las enseñanzas budistas fundamentales, vivir aferrados a la permanencia en un mundo impermanente es una causa garantizada de sufrimiento y, al contrario, tomar conciencia de dicha impermanencia es el primer paso de una toma de conciencia general y de efectos trascendentes para nuestra experiencia de vida.

Los poemas de Jorge Luis Borges que presentamos a continuación tienen ese motivo central, expresado a través de una imagen sumamente afín y elocuente: las nubes, uno de los símbolos por antonomasia de lo fugitivo y lo cambiante de la vida, capaces de transformarse en casi cualquier cosa, hacer volar nuestra imaginación… y desaparecer al instante siguiente.

NUBES (I)

No habrá una sola cosa que no sea

una nube. Lo son las catedrales

de vasta piedra y bíblicos cristales

que el tiempo allanará. Lo es la Odisea,

que cambia como el mar. Algo hay distinto

cada vez que la abrimos. El reflejo

de tu cara ya es otro en el espejo

y el día es un dudoso laberinto.

Somos los que se van. La numerosa

nube que se deshace en el poniente

es nuestra imagen. Incesantemente

la rosa se convierte en otra rosa.

Eres nube, eres mar, eres olvido.

Eres también aquello que has perdido.

NUBES (II)

Por el aire andan plácidas montañas

o cordilleras trágicas de sombra

que oscurecen el día. Se las nombra

nubes. Las formas suelen ser extrañas.

Shakespeare observó una. Parecía

un dragón. Esa nube de una tarde

en su palabra resplandece y arde

y la seguimos viendo todavía.

¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura

del azar? Quizá Dios las necesita

para la ejecución de Su infinita

obra y son hilos de la trama oscura.

Quizá la nube sea no menos vana

que el hombre que la mira en la mañana.

Ambos poemas se publicaron originalmente en el libro Los conjurados, publicado por Alianza Editorial en 1985.

Imagen de portada: John Constable, ‘Wivenhoe Park, Essex’ (1816; detalle)

FUENTE RESPONSABLE: PijamaSurf. Por Juan Pablo Carrillo Hernández. 24 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Literatura/En memoria/Jorge Luis Borges

 

Cómo hizo Borges para afrontar su ceguera y no abandonar su pasión: los libros.

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En 1977 Jorge Luis Borges realizó un ciclo de conferencias en el teatro bonaerense Coliseo y dedicó su último discurso a la ceguera, en la que habló sobre su «modesta ceguera personal»: total de un ojo y parcial del otro.

En su charla, el escritor planteó que vivía en un mundo de colores y no en esa «ceguera perfecta en que piensa la gente», ya que, según dijo, comenzó a perder la vista cuando empezó a ver. Así, refiere a que «ese lento crepúsculo» inició cuando nació y se extendió durante más de medio siglo «sin momentos dramáticos».

Cabe resaltar que heredó la enfermedad de su familia paterna, ya que su bisabuelo, su abuela y su padre también la tuvieron.

A sus 78 años, reveló que todavía podía descifrar algunos colores, entre los que señaló el verde, el azul y el amarillo, color que «nunca le fue infiel», según expresó, y recordó su devoción de niño por quedarse en el zoológico ante la jaula de tigres y leopardos admirando «el oro» de aquellos animales.

Comentó que la gente se equivoca cuando imagina al ciego «encerrado en un mundo negro», y agregó que extrañaba el color negro y el rojo. Así, reveló que el mundo del ciego es un mundo de neblina verdosa o azulada y «vagamente luminosa» y remarcó que dicho mundo «no es la noche que la gente supone».

El escritor señala un quiebre en 1955 «para los propósitos de la conferencia» y lo marca como el año en que supo que ya había perdido su vista «de lector y de escritor». Particularmente es el año en que la «Revolución Libertadora», tras el golpe a Juan Domingo Perón, lo nombró director de la Biblioteca Nacional.

Lo primero que hizo en su cargo fue averiguar que había 900 mil volúmenes. «Poco a poco fui comprendiendo la extraña ironía de los hechos. Yo siempre me había imaginado el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Era el centro de 900 mil volúmenes y comprobé que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos», sostuvo. Así, Borges se dio cuenta realmente que la lectura de los libros le estaba prohibida.

«Cuando comprobé que ahí estaban los libros y que tenía que preguntar a mis amigos el nombre de ellos, recordé una frase que decía que cuando algo concluye, debemos pensar que algo comienza«, reflexionó, y a partir de allí, decidió dedicarse de lleno al estudio de la lengua y literatura anglosajona y reemplazó el mundo de las apariencias por el mundo de lo audible.

«Escribí muchos poemas basados en esos temas y sobre todo gocé de esas literaturas. No permití que la ceguera me acobardara«, aseguró. Además, siguió escribiendo y publicando libros durante sus años de oscuridad y hasta el fin de su vida.

En esa línea, explicó que la ceguera no fue para él una desdicha total y que no se la debe ver «de un modo patético», sino como un modo de vida

Además, añadió que «ser ciego tiene sus ventajas» y reconoció que le debe a su afección el estudio, el conocimiento y el goce de diversas cosas, entre las que destacó su libro «Elogio de la sombra», en el que escribió un poema (con el mismo nombre) que alude a su ceguera.

En la conferencia, Borges refiere que la poesía no debe ser visual, sino auditiva, y evoca a Homero, el autor de «La Ilíada» y «La Odisea», quien también era ciego y también nombró a otros célebres escritores universales que tuvieron el mismo destino de no ver y que ello no les impidió seguir su curso en el mundo de las letras.

«¿Quién puede conocerse más que un ciego?», preguntó sin dar lugar a respuestas. «Para la tarea del artista, la ceguera no es del todo una desdicha: puede ser un instrumento», aseguró.

Señaló que «un escritor, o todo hombre», debe pensar que todo lo que le ocurre es un instrumento y que todas las cosas le han sido dadas para un fin, y en el caso del artista, según Borges, le ha sido dado «como arcilla, como material para su arte y tiene que aprovecharlo»

«Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutes, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo. Si el ciego piensa así, está salvado. La ceguera es un don«, consideró.

Para dar fin a su conferencia, dijo: «He querido mostrar que la ceguera no es una total desventura, sino que debe ser un instrumento más entre los muchos, tan extraños, que el destino o el azar nos deparan».

Dos poemas de Borges que aluden a su ceguera 

«El oro de los tigres»: Da cuenta de esa «relación amistosa» entre el amor y la fidelidad que le brindó el color amarillo en el curso de su vida y la devoción que tenía hacia los tigres.

El oro de los tigres (Jorge Luis Borges) – Recitado por Oscar Martínez

«Poema de los dones»: Lo escribió en el año 1955, cuando, al ser nombrado director de la Biblioteca Nacional, se dio cuenta de la ironía que era el centro de 900 mil libros y no podía leerlos.

Poema de los dones – Jorge Luis Borges

Imagen de portada: Jorge Luis Borges y su ceguera, ese lento crepúsculo.

FUENTE RESPONSABLE: Diversidad. Por Juan Esteves. 24 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/En memoria/Jorge Luis Borges

Día del Lector: claves para leer y disfrutar a Borges.

Se celebra por los 123 años del nacimiento el escritor más célebre de Argentina. Daniel Mecca, periodista y escritor, otorga algunas claves para conocerlo mejor. 

Este martes se celebra el Día del Lector por los 123 años del nacimiento de Jorge Luis Borges, el escritor más célebre de Argentina. No es casualidad, ya que el autor se vanagloriaba de ser un lector antes que un escritor. 

Según Daniel Mecca, periodista, escritor y coordinador del festival #BorgesPalooza, el primer paso para acercarse al emblemático escritor es «sacarse el miedo de leer a Borges». 

«Las alusiones ‘eruditas’ de Borges no direccionan una sola lectura. No es que si uno no entiende las citas eruditas, se queda afuera. Son parte de ese movimiento de fragmentación y de irritación que genera Borges al leerlo», dice en una de sus clases sobre el escritor.

Para Mecca, la obra del autor se puede dividir en dos ramas: la de los cuchilleros y la de la biblioteca. 

“Él expone en sus textos la civilización y la barbarie y es en esa apertura donde Jorge Luis se convierte en Borges”

La parte de la biblioteca incluye obras como «El Aleph», «La biblioteca de Babel», «El libro de Arena» y «Funes el memorioso», entre otros.

Aquí desarrolla algunas de sus ideas más abstractas, de la física cuántica a paradojas filosóficas griegas, y la forma en la que la ficción altera la realidad, con un vasto conocimiento de la cultura universal. 

Por otro lado, según Mecca, la parte de «los cuchilleros» abarca títulos como «Hombre de la esquina rosa», «Biografía de Tadeo Isidoro de la Cruz», «El fin» o «La intrusa» , ligados a la tradición nacional, al compadrito porteño.

Según Daniel Mecca, periodista, escritor y coordinador del festival #BorgesPalooza, el primer paso para acercarse al emblemático escritor es «sacarse el miedo de leer a Borges». 

«Borges explora los movimientos identitarios de la independencia, la época en la que se debatía lo que sería el destino identitario de la patria. Él entendía que la literatura es un factor clave para decir quiénes somos», cuenta el periodista. 

«En esa discusión, él mismo supo decir ‘qué distinto hubiera sido el país si el libro canónico de la patria era el Facundo y no el Martín Fierro’, pero no desde una mirada europeizante. Él expone en sus textos la civilización y la barbarie y es en esa apertura donde Jorge Luis se convierte en Borges», explica. 

Daniel Mecca es periodista, escritor, docente y poeta, organizador del #BorgesPalooza. Administra el newsletter “Poesía por WhatsApp” y “Poesía sin corona”, una comunidad virtual de poetas. También los podcast: “El resto es literatura y “Poesía por WhatsaApp (lectura de poemas)”. Actualmente da seminarios sobre Borges.

Imagen de portada: Jorge Luis Borges

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas. Por Daniel Mecca. 24 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Genios virtuosos/Jorge Luis Borges

 

10 perlitas imperdibles de Jorge Luis Borges en el Día del Lector.

Por favor; cliquea en cada link (azul) si deseas conocer las respuestas de Jorge Luis Borges. Muchas gracias.

El autor de «El Aleph» dejó un puñado de frases que reflejan su elocuencia y su genio y que lectores de todas las latitudes vienen memorizando hace años.   

Este martes se celebró el Día del Lector por los 123 años del nacimiento de Jorge Luis Borges, el escritor más célebre de Argentina. No es casualidad, ya que el autor se vanagloriaba de ser un lector antes que un escritor. 

El autor de «El Aleph» dejó un puñado de frases que reflejan su elocuencia y su genio y que lectores de todas las latitudes vienen memorizando hace años.

Sobre la vida: «Es una interesante aventura en la que estamos comprometidos. Moriremos emprendiendo esa aventura, con feliz o adversa fortuna».

¿Qué es para usted la vida Borges ?

Sobre la muerte: «Para mí la muerte es una gran esperanza. La idea de que voy a morir enteramente es un gran consuelo».

¿Tiene miedo a la muerte, señor Borges ? – Entrevista a Jorge Luis Borges

Sobre el amor y la amistad: «La amistad no necesita frecuencia, el amor sí. La amistad puede prescindir de frecuencia, en cambio el amor no, el amor está lleno de ansiedades, de dudas, un día de ausencia puede ser terrible. Yo tengo amigos íntimos a quienes veo tres o cuatro veces al año. La amistad puede prescindir de la confidencia, el amor no, si no hay una confidencia, uno ya lo siente como una traición».

El amor y la amistad, segun Borges

Sobre la lectura: «Si un libro les aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, ni porque es moderno, ni porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo, no lo lean, ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad. Lean buscando la felicidad personal, es el único modo de leer».

La triste lectura universitaria según Borges

Sobre sus sentimientos: «Soy desagradablemente sentimental. Soy un hombre muy sensible. Cuando escribo, trato de tener cierto pudor, y como escribo por medio de símbolos y nunca me confieso directamente, la gente supone que esa álgebra corresponde a una frialdad, pero no es así. Es lo contrario, esa álgebra es una forma del pudor y de la emoción».

Jorge Luis Borges: «Soy desagradablemente sentimental» (1976)

Sobre la democracia: «Es un abuso de la estadística, nada más. No creo en la posibilidad de una democracia argentina».

JORGE LUIS BORGES SOBRE LA DEMOCRACIA ARGENTINA

Sobre el fútbol: «Juegos tan estúpidos como el fútbol».

La opinion de Jorge Luis Borges sobre el futbol

Sobre «Cien años de soledad»: «Yo pienso que García Márquez es un gran escritor. Cien Años de Soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años hubiera sido suficiente». 

Sobre el peronismo: «No me he ocupado de política y no entiendo de ella, pero entiendo de ética. Aquel era un gobierno deshonesto y desear aquello era desear la deshonestidad. Además, era un gobierno muy cruel y muy arbitrario. Sobre todo deshonesto».

Borges sobre el peronismo: «era un gobierno deshonesto, cruel y arbitrario…»

Sobre el odio: «El tratar de olvidar puede ser una forma de odio. El que odia está destruyéndose, de modo que el odio realmente se vuelve contra uno mismo. Por eso conviene no odiar».

Imagen de portada: Jorge Luis Borges

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas. 24 de agosto de 2022.

Sociedad y Cultura/En memoria/ Jorge Luis Borges/Día del Lector/123 Aniversario de su Natalicio/

 

 

La única casa de Borges que es museo reabre sus puertas con murales, fotos y enciclopedias.

Un típico chalet de la década 40 fue comprado por la madre de Borges, Leonor Acevedo, para vivir con su hija Norah. Allí pasaba los veranos el autor de «El Aleph», y será reinagurada el próximo 28 de agosto.

Única vivienda que habitó el autor de “Ficciones” recuperada para ser exhibida al público, la Casa Borges ubicada en la localidad bonaerense de Adrogué será reinaugurada el próximo 28 de agosto en un nuevo ciclo que permitirá sumergirse en un Borges retratado como un «vecino de Adrogué», conocer el lugar que inspiró varios de sus cuentos, recorrer su habitación, contemplar llamativos murales y hasta una intervención artística realizada con enciclopedias, esos tomos condensadores de conocimiento que el escritor solía definir como «selva de selvas».

Se trata de un típico chalet de la década del 40, ubicado en Diagonal Brown 301 de Adrogué, en el municipio de Almirante Brown, que fue comprado por la madre de Borges, Leonor Acevedo, para vivir con su hija Norah. Allí pasaba los veranos el autor de «El Aleph», quien amaba esa localidad que había disfrutado en su infancia y en la que comenzaron a definirse elementos característicos de su obra, como su obsesión por los laberintos y los espejos.

«En cualquier parte del mundo que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptus, estoy en Adrogué (…) Adrogué era eso: un largo laberinto tranquilo, de quintas, un laberinto de vastas noches quietas (…) Así es mi recuerdo de Adrogué: las quintas, los coches en la plaza, las largas verjas, lo fácil que era perderse», relataría Borges en la conferencia titulada «Adrogué en mis libros», que brindó el 19 de marzo de 1977 en la localidad de Burzaco y que fue publicada en el suplemento cultural del diario Tribuna de Adrogué el 7 de abril de ese año.

Era rotundo al afirmar también que «muchos argumentos, muchas escenas, muchos poemas que he imaginado, nacieron en Adrogué o se sitúan en ella».

 Foto Camila Godoy

/ Foto Camila Godoy

Quien recorra la Casa Borges podrá conocer más sobre este vínculo que el escritor tenía con esta localidad del sur bonaerense, donde de niño había aprendido a andar en bicicleta y ya adulto supo construir amistades que lo recordaban por su particular sentido del humor y sus respuestas rápidas e irónicas.

«La Casa Borges es la única casa en el mundo que habiendo sido habitada por el escritor abrió sus puertas a la comunidad», explica a Télam Sandra Agis, directora de Patrimonio Cultural del municipio de Almirante Brown.

Cuenta que el chalet «es una casa muy austera, muy de la época, está ubicado enfrente de la plaza principal, donde está el Palacio Municipal, la Iglesia, la escuela. La habitación que da frente a esa plaza fue fuente de inspiración en Borges cuando habla de las anclas, ya que desde esa ventana se ve la estatua en honor a Almirante Brown».

Durante la infancia del escritor, la familia alquilaba en los veranos la quinta «La Rosalinda», en Adrogué. Más adelante se alojaron en un establecimiento que ya no está en pie, el Hotel La Delicia, que Borges gustaba de nombrar en plural -«Las Delicias»-, donde había un salón de espejos que llamó la atención del escritor.

«Las estatuas de tan mal gusto y tan cursis que ya resultaban lindas. Recuerdo la terraza y un gran salón de espejos. Los espejos son otro tema que vuelve continuamente a mi obra. Sin duda me miré en aquellos espejos infinitos», recordó el escritor en otro tramo de aquella charla.

Sobre la casa

En 1944 Leonor Acevedo compró el chalet de Adrogué para vivir con su hija Norah y en él se alojaba Borges cuando las visitaba. «Posteriormente la casa fue vendida a un marino, que lo dejaba ingresar y lo llevaba a su cuarto cuando el escritor volvía a Adrogué», apunta Agis.

En el 2011 el municipio compró la propiedad con la finalidad de convertirla en Museo y visibilizar desde allí el vínculo real y afectivo que Borges tuvo con Adrogué. Lo inauguró en el 2014 y tras una puesta en valor será reinaugurado el próximo 28 de agosto, en el marco del festejo por el natalicio del escritor.

«Quien visite la Casa Borges verá un recorrido visual, una línea de tiempo con fotos del escritor, algunas de Sara Facio, de Julie Méndez Ezcurra; entrás y vas leyendo en las paredes esas fotografías que relacionan a Borges con Almirante Brown», detalla Agis, en alusión a fotos que lo retratan frente a la municipalidad de Almirante Brown, en el chalet, o paseando con amigos, entre otras.

En la sala principal de la casa, el visitante se encontrará con una foto gigante de Borges junto a la única estatua que quedó del hotel La Delicia, de Diana la Cazadora, hoy emplazada en el Paseo La Delicia y ubicado en el centro de Adrogué.

 Foto Camila Godoy

/ Foto Camila Godoy

«La gente queda impactada. Luego hay una habitación, una sala audiovisual, donde uno puede sentarse y ver el video institucional de la casa y hay una biblioteca con libros donados por la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno y por María Kodama», asegura Agis y destaca que en la biblioteca de la casa «hay una computadora que conecta con el Borges Center de la Universidad de Pittsburgh».

«Afuera el visitante verá una estatua de Borges y los 4 murales pintados por artistas plásticos y una estatua del escritor, que están en el frente y el patio, que serán restaurados el domingo 28 de agosto», precisa.

Especialmente impactante es uno de esos murales donde se ve a Borges caminando, de espaldas y con su bastón, por un sendero rodeado de árboles junto a un tigre de Bengala. Imposible no recordar los versos de «El oro de los tigres».

Agis precisa que el próximo 28 de agosto, organizado por el Instituto de Estudios Históricos y Patrimonio Cultural del municipio, cuyo presidente es Emilio Klubus, será inaugurada una galería construida en un sector de la propiedad con el objetivo, de potenciar «la visibilización del lugar, ya que se ve de muchos ángulos. 

También la idea de que haya muestras artísticas trae otro público que de esta forma lo amplía. Una galería que invita a acercarse, como un llamador que se verá desde la plaza».

 Foto Camila Godoy

/ Foto Camila Godoy

«Muchas veces notamos que algunos se sienten inhibidos de ingresar a la Casa Borges, pensando que van a tener que pasar un cuestionario sobre Borges y no es así», dice.

El sábado 27 de agosto, previo a la reinauguración de la Casa Borges, se abrirá la muestra Diccionar, que se extenderá hasta octubre próximo y podrá ser recorrida de lunes a viernes de 8 a 14. «Es una muestra que traje del Centro Cultural San Martín, 12 artistas, entre ellos Carlos Kravetz, Néstor Goyanes, Florencia Salas, Diego Cossettini, que en pandemia intervinieron 12 enciclopedias», se entusiasma. Y acota: «qué mejor que poner enciclopedias en la casa de Borges».

En aquella conferencia de marzo de 1977, el escritor explica su amor por las enciclopedias y afirma que «si tuviera que elegir un libro para una isla desierta haría trampa y me llevaría la Enciclopedia Británica: ahí hay lectura para siempre (…) pensé que la lectura de una enciclopedia es la más grata que puede haber. No hablo de las de ahora, que son libros de consulta sino de las del siglo XIX, que eran obras de lectura, selva de selvas».

Esa fascinación por las enciclopedias fue plasmada en el cuento «Tlon, Uqbar, Orbis tertius».

«Pensé si una enciclopedia es grata, mucho más lo será una que en lugar de revelarnos la historia o la geografía reales nos enseñara la historia, la geografía, y la filosofía, la metafísica y las religiones y herejías de un país imaginario», se explaya Borges en esa conferencia, donde también dice que ese cuento lo escribió en Adrogué.

 Foto Camila Godoy

/ Foto Camila Godoy

También reconoce influencias de esa localidad en su cuento «La muerte y la brújula», que describe una serie de crímenes en puntos cardinales, el último de los cuales, lo sitúa en Adrogué.

«Cuando llegué al sur pensé en Adrogué. Triste Le Roy es el lugar donde se desarrolló la última escena del cuento. Era el hotel Las Delicias de Adrogué. ́La muerte y la brújula ́se sitúa pues en Adrogué», relata Borges sobre ese cuento donde no faltan los eucaliptus y la referencias a la estatua de Diana, las escalinatas y la terraza de ese hotel adroguense.

El mismo domingo 28, el Instituto de la Cultura de la provincia de Buenos Aires colocará un placa, también escrita en sistema Braille, que recordará la remodelación.

Con narradoras que recorrerán el patio, música, danzas gauchescas y tangos la Casa Borges, volverá a abrir sus puertas para revivir al escritor en los años que habitó en Adrogué y hacer presente lo que él sentía sobre esta ciudad.

«De algún modo siempre estuve aquí, siempre estoy aquí. Los lugares se llevan, los lugares están en uno. Sigo entre los eucaliptus y en el laberinto», afirmaba Borges en aquella conferencia.

Imagen de portada: Borges; «muchos argumentos, muchas escenas, muchos poemas que he imaginado, nacieron en Adrogué o se sitúan en ella» / Foto Camila Godoy

FUENTE RESPONSABLE: Télam. Por DIANA LÓPEZ GIJSBERTS. 20 de agosto 2022.

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