12 frases magníficas de Jorge Luis Borges.

El autor del Aleph dejó un puñado de frases que reflejan su elocuencia y su genio y que lectores de todas las latitudes vienen memorizando hace años.

Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón.
Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.
No eres ambicioso: te contentas con ser feliz.
La duda es uno de los nombres de la inteligencia.
Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta. Me gusta tanto que no me gusta que le guste a otras personas. Es un amor así, celoso.
Todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia. Lo que importa es lo que se hace con ellas.
El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: “Es envidiable”.
Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.
Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.
Yo siempre seré el futuro Nobel. Debe ser una tradición escandinava.
He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.
Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Lineas

Literatura/Genios Virtuosos/Nuestros escritores/Jorge Luis Borges.

La primera milonga que escribió Borges.

En un epílogo reproducido en ‘Textos recobrados’ su amigo Carlos Guastavino, le sugirió escribir milongas: “si usted me entrega una milonga, yo le pongo música”

No sé si la escribí o la escribieron los muertos que andan por mi sangre.

“Lo representativo de veras es la milonga. Su versión corriente es un infinito saludo, una ceremoniosa gestación de ripios zalameros, corroborados por el grave latido de la guitarra. Alguna vez narra sin apuro cosas de sangre, duelos que tienen tiempo, muertes de valerosa charlada provocación: otra, le da por simular el tema del destino.(…)” Así escribía Jorge Luis Borges en Evaristo Carriego.

Parece que son muchas las personas que hablan de la incursión de Borges en el tango, unos acertados, otros, no sé; pero lo que sí tengo muy seguro es que el escritor disfrutaba con las milongas, y consultaba sobre sus héroes, el de esta nota se llama Jacinto Chiclana.

Estamos pues frente a la primera milonga que escribió Borges y se sabe por un Epílogo reproducido en Textos recobrados (1956-1986) que su amigo Carlos Guastavino, alguna vez le sugirió escribir milongas:  “si usted me entrega una milonga, yo le pongo música”.

Pasa algún tiempo y cuenta el escritor la génesis de esta milonga con palabras que llevan a darnos cuenta del sentido y la emoción con que la plasmó en versos: “No sé si la escribí o la escribieron los muertos que andan por mi sangre. Casi puedo afirmar que se escribió sola. Di con la tranquila entonación y con el tranquilo vocabulario de la primera copla: lo demás ya estaba hecho”. Y vamos a acercarnos a ella:

“Me acuerdo. Fue en Balvanera,

en una noche lejana

que alguien dejó caer el nombre

de un tal Jacinto Chiclana.(…)”

Encuentro una estrofa que le da un matiz al poema, y hablo de la sombra proyectada en esta historia bajo el farol amarillo que además señala la hora del día, o mejor el instante, la noche, y como si fueran sombras chinescas las siluetas se baten en el duelo, y la penumbra resalta el brillo del cuchillo refulgiendo en sus movimientos o lances inesperados como se deslizan las víboras, un símil acertado para este momento de la lucha y para quienes fueron diestros en el manejo de la daga.

“No veo los rasgos. Veo,

Bajo el farol amarillo,

El choque de hombres o sombras

Y esa víbora, el cuchillo.(…)”

Quienes hayan pasado por la lectura cuidadosa del compadraje contado por Borges tendrán que coincidir con el autor en que los duelos son recuerdos y hechos de valentía de un pasado que resulta elegíaco y que sin embargo, vive en el presente, ya lo dijo en su poema, “una fábula al tiempo” que hoy se busca en la leyenda.

“Algo se dijo también

de una esquina y un cuchillo;

los años nos dejan ver

el entrevero(1) y el brillo. (…)”

Ahora hay que ver el verso “lo que se cifra en el nombre” y para esto debo remitirme al cuento El Sur con su protagonista Juan Dahlmann quien resolvió comer en un almacén a su regreso a casa convaleciente de una septicemia y acompañado de un ejemplar de Las Mil y una noches. 

Allí al pie de la ventana estaba su mesa y hasta él llegaban bolitas de miga que alguien del lugar le había tirado, sin embargo, los ignoró y abrió su libro, después volvió a sentir el mismo objeto  para molestarlo, Dahlmann vio hombres que reían en otra mesa y pensó que habiendo superado una enfermedad no era prudente enfrentarlos, entonces salió tranquilo del almacén, digo yo, pero cuando el dueño del local pronunció su nombre: Dahlmann, para advertirle de no dejarse provocar de esos mozos, hay una  reacción: “Antes, la provocación de los peones era una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos”.(2)

Dahalmann , secretario de una biblioteca municipal recibe la daga que le ha tirado un gaucho viejo “como para que aceptara el duelo” la recoge, después de pensar lo que podría pasar “Empuña con firmeza el cuchillo que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”.

Volvamos a la milonga:

“Sólo Dios puede saber

la laya fiel de aquel hombre;

señores, yo estoy cantando

lo que se cifra en el nombre. (…)”

Borges cuenta el germen de esta primera milonga y es el hecho de haber recordado el nombre Jacinto Chiclana en “una vaga historia de que lo mataron peleando con muchos”.

“Entre las cosas hay una

de la que no se arrepiente

nadie en la tierra. Esa cosa

es haber sido valiente.(…)”

Y ya de salida de esta nota insisto en subrayar la importancia de la valentía para Jorge Luis Borges, puesto que con ese imaginario cierra su poema El tango donde invita a participar en un verso el acto de morir peleando, como lo hubiera soñado Dahlmann, y como le ocurrió al héroe de esta milonga.

“Siempre el coraje es mejor,

la esperanza nunca es vana;

vaya pues esta milonga

para Jacinto Chiclana”

(1) Enfrentamiento, combate.

(2) El Sur. Borges, Jorge Luis. Obras completas. Editorial Emecé.

Imagen de portada:Wikimedia

FUENTE RESPONSABLE: Las 2 orillas. Por Laura Cecilia Bedoya Ángel. Noviembre 2021.

Argentina/Artes/Buenos Aires/Cultura/Jorge Luis Borges/ Literatura/ Milonga

Libro de diálogos de Borges y Osvaldo Ferrari llegó a Japón.

De Argentina al mundo

Las conversaciones entre ambos, que originalmente fueron emitidas semanalmente por Radio Municipal y publicadas también por el diario Tiempo Argentino, habían sido publicadas en tres volúmenes -«Borges en diálogo», «Libro de diálogos» y «Diálogos últimos»- y durante diez años enfrentaron a Ferrari con la viuda del escritor, María Kodama, quien reclamaba para sí los derechos sobre los diálogos en su calidad de «heredera universal» de la obra de Borges.

Un volumen que compila los diálogos que Jorge Luis Borges mantuvo con el periodista Osvaldo Ferrari, quien lo entrevistó reiteradamente desde marzo de 1984 hasta poco antes de su muerte en junio de 1986 se acaban de editar en Japón en una singular edición que incluye un mapa de la Argentina con sus provincias en versión japonesa y hasta una genealogía de la familia de autor de «Ficciones».fueron emitidas semanalmente por Radio Municipal y publicadas también por el diario Tiempo Argentino, habían sido publicadas en tres volúmenes -«Borges en diálogo», «Libro de diálogos» y «Diálogos últimos»- y durante diez años enfrentaron a Ferrari con la viuda del escritor, María Kodama, quien reclamaba para sí los derechos sobre los diálogos en su calidad de «heredera universal» de la obra de Borges.

Finalmente, tras varios años de litigio en 1997 la causa judicial llegó a la Corte Suprema, que terminó dándole la razón al periodista y validó la publicación de los textos que acaban de llegar a Japón, país que fascinaba al autor de «El Aleph» y que visitó en dos oportunidades, en 1979 y 1984, atraído por sus jardines, templos y representaciones de arte tradicional japonés, que recorrió a través del sonido y el tacto debido a su ceguera.

La admiración de Borges por Japón comenzó con los cuentos sobre ese país que le leía su abuela, continuó con clásicos de la literatura nipona como el Genji Monogatari y desembocó en esos dos viajes en los que pudo conocer la espiritualidad y amor por la estética de la cultura nipona.

Según Ferrari, en estos diálogos que entablaron desde marzo de 1984 hasta el 21 de octubre de 1985, el escritor se extendió con naturalidad en temas como la religión, la política, la cultura y la actualidad, «pero siempre desde la literatura, que era aquello a lo que dedicó su vida».

La consigna fundante que guió estas charlas radiofónicas que Borges mantuvo semanalmente con el periodista fue que los temas no fueran acordados antes, sino al iniciarse el programa, de tal manera que el diálogo fuera espontáneo. 

A partir de esta condición, el escritor se dejó llevar por el flujo de las palabras y habló sobre los más diversos tópicos y asuntos, algunos de ellos inevitablemente «borgeanos», como los tigres, los laberintos y las armas, la identidad de los argentinos, la literatura, el amor, el grupo Florida, el grupo Boedo y la revista Sur, la mitologías y el budismo, entre otros.

También intercambiaron sobre el I Ching, el humor, Estados Unidos, Quevedo, Macedonio Fernández, Victoria Ocampo, Melville, Pedro Henríquez Ureña, Edgar Allan Poe, la causalidad, el desierto, la luna, la política, el tiempo, Jesucristo, la ciencia ficción.

Ya traducidos al inglés, italiano, francés, alemán, portugués, polaco, ruso y chino, la edición japonesa estuvo a cargo del sello Kokusho Kankokai, que presenta, entre otras particularidades, el mapa de la argentina con sus provincias en versión japonesa, y hasta una genealogía de la familia Borges en ese idioma.

La flamante edición, en cuya original tapa aparece la imagen de un cofre donde en el centro hay una biblioteca, reúne por primera vez los tres libros originales en un solo volumen de tapa dura, lo que totaliza 118 diálogos entre Borges y Ferrari.

Ferrari nació en Buenos Aires en 1948. Poeta y ensayista, publicó tres libros de poesía: «Poemas de vida» (1974), «Poemas autobiográficos» (1981) y «Poemas existenciales» (2012). Sus ensayos han sido publicados por diarios y revistas literarias del país y del exterior.

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas – Noviembre 2021

Jorge Luis Borges en Japón – Literatura – Genios Virtuosos

 

 

Quién era Jorge Luis Borges, en doce definiciones brillantes.

El autor de “Ficciones” dejó tras su muerte algunos conceptos que forman parte del patrimonio cultural de los argentinos. Aquí una docena de ellos.

La vasta cultura y la inteligencia de Jorge Luis Borges asombraron a los lectores de todo el mundo. Pero también se condensaron en algunos conceptos que surgen cuando se lo evoca. 

Algunos de ellos, incluso, pueden recordarse en algunas de las entrevistas y charlas que el autor de «Historia Universal de la Infamia» concedió a medios de todo el mundo.

El amor y la amistad

«He pensado alguna vez que, quizás una persona que esté enamorada vea a la otra como Dios la ve, es decir, la ve del mejor modo posible. Uno está enamorado cuando se da cuenta de que la otra persona es única».

Borges en París junto a su última esposa, María Kodama.

«La amistad no necesita frecuencia, el amor sí, pero la amistad no».

Si te interesa conocer el pensamiento de Jorge Luis Borgues, por favor cliquea en los links publicados. Muchas gracias.

El amor y la amistad, segun Borges

FOTO: Quién era Jorge Luis Borges, en doce definiciones brillantes

FOTO: Sus obras más conocidas, Ficciones y El Aleph, cuentos que exploran ideas filosóficas

FOTO: Sus obras más conocidas, Ficciones y El Aleph, cuentos que exploran ideas filosóficas

FOTO: Borges, junto a un retrato de su abuelo.

FOTO: En compañía de algunas admiradoras.

FOTO: Borges nació el 24 de agosto de 1899.

La felicidad

“A veces me siento incalculablemente feliz, y le doy la bienvenida a la felicidad, porque no sé de dónde viene, pero creo que debería ser bienvenida de todos modos”, opinó Borges en una entrevista en la televisión norteamericana en 1977.

Ser lector

«Dejo que otros se enorgullezcan de cuántas páginas han escrito; prefiero jactarme de las que he leído», opinaba el reconocido escritor.

Entrevista a Jorge Luis Borges (1982)

La dictadura

«Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan la servidumbre, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez», manifestó el escritor en una entrevista con con Joaquín Soler Serrano en la Televisión Española, en 1976.

Más tarde, volvió a expresarse en el mismo sentido, en 1985, sobre los desaparecidos durante el régimen militar en Argentina.

Jorge Luis Borges en 1985 sobre los desaparecidos.

FOTO: Sus obras más conocidas, Ficciones y El Aleph, cuentos que exploran ideas filosóficas

FOTO: Borges, junto a un retrato de su abuelo.

La muerte

«Cuando los escritores mueren se convierten en libros, que, después de todo, no es una encarnación tan mala», afirmó. 

La fe

«Ser un agnóstico significa que todas las cosas son posibles, incluso Dios, incluso la Santísima Trinidad. Este mundo es tan extraño que cualquier cosa puede suceder o puede no suceder. Ser un agnóstico me hace vivir en un mundo más grande, más fantástico, casi misterioso. Me hace más tolerante».

Conferencia «Siete Noches», sobre la Poesía

¿Qué es la Poesía?: conferencia de Jorge Luis Borges (Siete Noches V)

La patria

«Yo no la entiendo a mi patria pero le tengo un gran amor y tengo la esperanza de que algún día pueda cumplir el gran destino que fue suyo”.

El tango

«El tango es una expresión directa de algo que los poetas a menudo han tratado de expresar con palabras: la creencia de que una pelea puede ser una celebración».

El Tango, Cuatro Conferencias por Jorge Luis Borges

La ceguera

«La ceguera no es la tiniebla; es una forma de la soledad»

AV-2223 [Jorge Luis Borges en la conferencia sobre la ceguera]

El dólar

«Los dólares son esos imprudentes billetes americanos que tienen diverso valor y el mismo tamaño». 

Los vicios

«Yo no bebo, no fumo, no escucho la radio, no me drogo, como poco. Yo diría que mis únicos vicios son El Quijote, La divina comedia y no incurrir en la lectura de Enrique Larreta ni de Benavente».

Imagen de portada: Archivo

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas. Libros y apuntes. Agosto 2021

Jorge Luis Borges/Genios Virtuosos/Definiciones/Literatura/Vídeos

 

 

 

JORGE LUIS BORGES “Soy simplemente el que soy”

Aunque hace tiempo ya que se trata de un género literario en sí mismo, la entrevista con Borges no deja de deparar asombros y sorpresas. Por ello, la publicación de Borges: el misterio esencial. Conversaciones en universidades de Estados Unidos (Sudamericana), con traducción y notas de Martín Hadis y edición y fotografías de Willis Barnstone, constituye un documento medular para seguir ensanchando su legado. En exclusiva, reproducimos cuatro poemas (que nutren el volumen) del notable autor argentino, comentados por él mismo.

Este libro recoge el conjunto de diálogos con Borges que tuvo lugar en los Estados Unidos en los años 1976 y 1980 (Universidades de Indiana y Chicago, Massachusetts Institute of Technology, PEN Club de Nueva York, así como el ocurrido en el Show de Dick Cavett).

Editado originalmente por Willis Barnstone, traducido y anotado por Martín Hadis (editor del memorable Borges Profesor, reeditado por Sudamericana en 2020), en estas conversaciones se repiten los tópicos del Borges que reconocemos de manera oral: los límites entre la realidad y la ficción, las pesadillas, los sueños, el “otro” y el doble, Stevenson, Chesterton, Kipling, y autores norteamericanos como Robert Frost, Emily Dickinson y Walt Whitman.

Sin embargo, y dada la inmensa metaliteratura y libros de entrevistas que abundan sobre el escritor argentino, hay un capítulo que se destaca en el volumen. Se trata de un diálogo en la Universidad de Indiana (marzo de 1980), donde Scott Sanders, Willis Barnstone, Luis Beltrán, Miguel Enguídanos y Jorge Onclander leen varios poemas de Borges en voz alta. 

Luego de cada lectura, Borges comenta sus propios textos. De esta forma nos acercamos a cimientos más firmes, nos sumergimos dentro capas más serias y formativas.

Así puede leerse el poema “Fragmento”, donde Borges habría encarcelado una de sus pasiones más altas: las kenningar y el inglés y escandinavo antiguo, dando un poema donde lo que exclusivamente importa es el sonido y no su significado: “mi único intento de escribir un poema que fuera a la vez hermoso y sin sentido”. 

Lo mismo ocurre con “Poema conjetural”, siempre leído desde sus cimientos ideológicos, nunca estéticos: “El argumento de este poema pertenece a Robert Browning. Cuando leemos los monólogos románticos de Browning, podemos seguir los sentimientos de un hombre”. 

El monólogo de Browning fue muy explotado por aquellos que –durante la misma época– sentaron las bases de la poesía moderna, como Ezra Pound o T.S. Eliot. De hecho, “la imaginación auditiva” de Eliot (explotada y trabajada por autores como Seamus Heaney), mucho tiene que ver con la primacía de la aliteración de los sonidos sobre el sentido.

Generalmente asociada con formas métricas convencionales del español, la poesía de Borges supo entrar en diálogo con la modernidad, con el anglosajón antiguo, con el inglés moderno, lo que quiere decir que finalmente optó por elevar la categoría de poesía sobre cualquier idioma. 

Así leemos respecto a la sentencia final del poema “Un libro”: “Pensé en escribir un poema sobre ese hecho tan simple: que un libro es, hasta la llegada del lector, un mero objeto físico (…). Y dado que tenía que elegir un libro específico, pensé en Macbeth (…). Entonces pensé, bueno, está este volumen; dentro de este volumen se encuentra la tragedia de Macbeth, todo ese caos, ese alboroto, las tres brujas, ‘las weird sisters’. Y Weird no es un adjetivo en este caso. Weird es un sustantivo que desciende de la palabra anglosajona wyrd, ‘destino’. Las brujas son también el destino, las ‘weird sisters’, las hermanas del destino. Y ese libro está como muerto, este libro yace sin vida; está al acecho esperándonos. Entonces escribí la última línea del poema: ‘Duerme y espera’”. 

En exclusiva para PERFIL, aquí se reproducen algunos fragmentos y poemas del ya citado capítulo cuatro, titulado “Soy simplemente el que soy”. 

 

EL MAR

El otro, el mismo (1964)

Antes que el sueño (o el terror) tejiera 

Mitologías y cosmogonías, 

Antes que el tiempo se acuñara en días, 

El mar, el siempre mar, ya estaba y era. 

¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento 

Y antiguo ser que roe los pilares 

De la tierra y es uno y muchos mares 

Y abismo y resplandor y azar y viento? 

Quien lo mira lo ve por vez primera, 

Siempre. Con el asombro que las cosas 

Elementales dejan, las hermosas 

Tardes, la luna, el fuego de una hoguera. 

¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día 

Ulterior que sucede a la agonía. 

    

Creo que este poema debe ser bueno ya que el tema es el mar. El mar ha maravillado a los poetas desde Homero, y en la poesía inglesa encontramos el sentir del mar desde sus mismos comienzos. Figura ya en los primeros versos del Beowulf, en los que el poeta menciona el barco de Scyld Scefing, rey de Dinamarca, y nos dice que ese rey fue lanzado al mar en esa nave. Luego el poeta nos dice que lo enviaron lejos, sobre el poder de las olas. De manera que el mar ha estado siempre con nosotros. El mar es, además, mucho más misterioso que la tierra. Y no creo que uno pueda hablar del mar sin acordarse de ese primer capítulo de Moby Dick. Ahí también sentimos el misterio del mar. 

¿Qué es lo que he querido hacer con este poema? Bueno, creo que solo he intentado reescribir esos poemas acerca del mar. Recuerdo a Camões, por supuesto –“Por mares nunca antes navegados”–, recuerdo la Odisea, y tantos otros mares. El mar siempre nos cautiva. Sigue siendo un misterio para nosotros. No sabemos qué es, o como yo digo en el poema, quién es, ya que no sabemos quiénes somos nosotros mismos: ese es otro misterio. He escrito muchos poemas sobre el mar. Este en particular sea acaso digno de la atención que ustedes generosamente le brindan. No creo que pueda agregar nada más acerca de este poema, ya que no se trata de un poema intelectual. Y es mejor así: es un poema surgido de una emoción, así que no puede ser demasiado malo.

 

G.A. BÜRGER

Historia de la noche (1977)

No acabo de entender 

por qué me afectan de este modo las cosas 

que le sucedieron a Bürger 

(sus dos fechas están en la enciclopedia) 

en una de las ciudades de la llanura, 

junto al río que tiene una sola margen 

en la que crece la palmera, no el pino. 

Al igual de todos los hombres, 

dijo y oyó mentiras, 

fue traicionado y fue traidor, 

agonizó de amor muchas veces 

y, tras la noche del insomnio, 

vio los cristales grises del alba, 

pero mereció la gran voz de Shakespeare 

(en la que están las otras) 

y la de Angelus Silesius de Breslau 

y con falso descuido limó algún verso, 

en el estilo de su época. 

Sabía que el presente no es otra cosa 

que una partícula fugaz del pasado 

que estamos hechos de olvido: 

sabiduría tan inútil 

como los corolarios de Spinoza 

o las magias del miedo. 

En la ciudad junto al río inmóvil, 

unos dos mil años después de la muerte de un dios 

(la historia que refiero es antigua), 

Bürger está solo y ahora, 

precisamente ahora, lima unos versos.

 

Estos versos me fueron dados una tarde en mi departamento en Buenos Aires. Me sentía triste, angustiado y abrumado, y me dije: “¿Por qué razón debería preocuparme lo que le sucede a Borges? Después de todo, Borges no existe, es una mera ficción”. Y entonces pensé en escribir este poema. Y pensé en mí mismo desde una perspectiva etimológica –yo tiendo a pensar de manera etimológica– y me dije: mi nombre, un apellido portugués muy común, Borges, significa “burgués”, “habitante de un burgo”. Luego pensé en un poeta alemán, un poeta alemán bastante conocido cuyas obras, supongo, he leído. Su nombre es igual al mío: Bürger. Y entonces se me ocurrió un truco literario: decidí escribir un poema sobre Bürger. Pero a medida que el lector avanzara, iría descubriendo que Bürger no es Bürger, sino Borges. Los dos tenemos, al fin de cuentas, el mismo nombre. Y entonces comencé hablando de una ciudad en la llanura. Acaso esa llanura representa mejor a los países bajos que a Alemania, pero en todo caso alude, también, a la provincia de Buenos Aires. Y dejé entonces una pista para el lector, hablé de la palmera en lugar del pino, y luego hablé de un río, un río con una sola margen, y recordé ese hermoso título que lleva un libro de Mallea, La ciudad junto al río inmóvil, y lo incluí en ese verso. El lector se da cuenta al final de que el poema no es sobre Bürger sino sobre mí, y encontrará acaso, también, que el truco es legítimo. Espero que funcione. 

 

BORGES Y YO

El hacedor (1960)

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el Correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página. 

 

Acabamos de oír el gran nombre, acaso el gran nombre olvidado, de Robert Louis Stevenson. Sin duda todos ustedes recuerdan que escribió Jekyll y Hyde, y es de Jekyll y Hyde que proviene esta página. Pero en la fábula de Stevenson la diferencia entre Jekyll y Hyde es que a Jekyll lo conforma, como a todos nosotros, una mezcla de bondad y de maldad, mientras que Hyde está conformado por maldad pura. Y por maldad Stevenson no entendió la lujuria, ya que no la consideraba algo malo, sino la crueldad. Pensó que la crueldad era el pecado prohibido, el pecado que ni el Espíritu Santo perdonaría. Este es, claro, el mismo argumento que Oscar Wilde utiliza en El retrato de Dorian Gray, creo que con menos eficacia que Stevenson, pero en el caso de este texto la diferencia entre “Borges” y “yo” es otra. Ya que en este texto, “Borges” representa todo lo que yo detesto. Representa la publicidad, el ser fotografiado, tener que dar entrevistas, la política, las opiniones (ya que todas las opiniones son superficiales). Y representa también a esas dos nulidades, esos dos grandes impostores, como los llamaba Kipling, el fracaso y el éxito, “podemos encontrarnos con el triunfo y el desastre, y tratar a ambos de igual modo”. “Borges” representa todo eso. Mientras que el “yo”, digamos –ya que el título del texto es “Borges y yo”–, el “yo” de este texto representa no al hombre público sino a mi “yo” privado, a mi realidad, ya que todas las demás cosas que acabo de mencionar, entre ellas la fama, son para mí irreales. Las cosas verdaderas que uno hace son sentir, soñar, escribir, pero no publicar, ya que eso le pertenece, creo, a “Borges”, no a mi verdadero “yo”. Hay que evitar caer en todas esas trampas. Yo sé, por supuesto, que el “yo” ha sido refutado por muchos filósofos. Por ejemplo, por Hume, por Schopenhauer, por Moore, por Macedonio Fernández, por Frances Herbert Bradley. Y sin embargo, creo que podemos pensar en el “yo” como si fuera una cosa. Y noto que en este instante acude en mi ayuda nada menos que William Shakespeare. Recordemos al Sargento Parolles. Parolles era un miles gloriosus, un cobarde. Fue degradado: la gente se dio cuenta de que no era, en realidad, valiente. Y entonces Shakespeare lo ilumina con su luz, y hace que el Sargento Parolles diga: “Captain I’ll be no more / simply the thing I am / shall make me live”. “No seré capitán, simplemente la cosa que soy me hará vivir”. Y eso nos remite, claro, a las grandes palabras de Dios: “Soy el que soy”, Ego sum qui sum. Bueno, yo creo que soy simplemente el que soy, esa cosa íntima y secreta. Quizás algún día averigüe quién es Borges, en lugar de qué es. 

 

LA LUNA

La moneda de hierro (1976)

 

A María Kodama 

Hay tanta soledad en ese oro. 

La luna de las noches no es la luna 

que vio el primer Adán. Los largos siglos 

de la vigilia humana la han colmado 

de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo. 

 

Acaso nos es dado hacernos algunas preguntas. Creo que la poesía, la memoria, el olvido, han enriquecido a la palabra “luna”. Me pregunto si la palabra moon, esa morosa palabra inglesa, es exactamente la misma que la luna del castellano o el latín. Creo que debe haber una ligera diferencia, y esa ligera diferencia puede ser a la vez, y al fin de cuentas, crucial. Pero en este caso pensé en las generaciones de hombres que han contemplado largamente la luna, pensando en ella y plasmándola en distintos mitos, por ejemplo, en el mito de Endimión en Latmos. Y luego pensé para mis adentros: al mirar la luna no estoy mirando solamente a un objeto luminoso suspendido en el cielo. Estoy también mirando a la luna de Virgilio, de Shakespeare, de Verlaine, de Góngora. entonces escribí ese poema. Creo que hay que prestar especial atención a la primera línea –Hay tanta soledad en ese oro–, ya que sin ella el poema perdería la gracia; bueno, quizás, al fin de cuentas, ya la haya perdido. Porque después de todo, escribir poesía es algo muy misterioso. El poeta no debe influir en lo que escribe, no debe intervenir en sus escritos. Debe dejar que estos se escriban solos, que el Espíritu Santo o la Musa o eso que ahora llaman, tristemente, el inconsciente, lo guíen, y de esta manera logrará, tal vez, escribir poesía. Quizá incluso yo haya logrado, de este modo, escribir un buen poema.

Imagen de portada: Gentileza de Editorial Perfil

FUENTE RESPONSABLE: Editorial Perfil Por Juan Arabia

Borges Jorge Luis/Literatura/Genios virtuosos

 

Borges y La Prensa

Los volúmenes de «Textos Recobrados» reúnen las colaboraciones de Jorge Luis Borges en diversos diarios, revistas, libros y folletos e integra la obra del escritor compilada después de su fallecimiento.

Borges y La Prensa

En esta ocasión y en el mes aniversario del diario, nos vamos a referir a un artículo suyo que fue publicado La Prensa, bajo el título «La presencia de Buenos Aires en la poesía», y que forma parte de los escritos mencionados. En esta primera etapa, sólo abordaremos a dos autores.­

En dicho escrito, Borges describe de manera ligera las sensaciones que él percibe mientras recorre algunos barrios porteños. Y es ahí donde reflexiona que «lo indesmentible es que la realidad de Buenos Aires también es realidad de poesía». Es a partir de ese instante cuando cree necesario rememorar -de forma muy sintética- sobre algunos poetas primitivos.­

El primero que evoca es al poeta argentino Domingo Martinto.­

De sus obras, Borges escoge a `Divagando», escrita antes del año 1890, la cual, según palabras de Borges, refleja un «desganado paseo por las orillas de Buenos Aires». Y que si bien la misma contiene una estructura «floja» y «borrosa», rescata que el autor ha sabido «nombrar cosas nuestras», pues para Borges, «nombrar, en los comienzos de la literatura, equivale a crear».­

El segundo escritor abordado es Eduardo Wilde, a quien lo exhibe como «otro fundador literario de Buenos Aires». 

El texto que trata se llama `Sin Rumbo’ y pertenece a la obra Prometeo & Cía. A ese ejemplar nos lo presenta como un «libro aporteñado, andariego y admirable por muchos lados», que «eterniza otra caminata por las orillas». 

Sobre él, Borges nos narra: «Wilde camina de día, cuando el sol saca los arrabales a la vergüenza pública y el pastito brilla en los huecos. Wilde se va por el lado de los callejones y los desmontes y llega a un almacén, ¿cuándo no?».­

Aquí nos parece preciso hacer un paréntesis para poner énfasis sobre la pregunta que se hace el futuro autor de «El tamaño de mi esperanza» en torno al «almacén», puesto que es un tema recurrente en la bibliografía de Wilde, basta con leer las primeras páginas de Aguas abajo, uno de los clásicos de Wilde, para darnos cuenta de que el literato ejemplifica el concepto de felicidad al sostener que «un almacenero es feliz porque durante la semana se lo pasa esperando el domingo para cerrar su tienda y salir a pasear».­

Prosiguiendo con la composición primaria de Wilde («Sin Rumbo»), Borges recogerá la siguiente frase: «Los perros flacos trotaban apurados, ladeandose contra las paredes, y se paraban de tiempo en tiempo a oler el horizonte, o mirar con curiosidad a los paseantes». 

El entusiasmo que le causó a Borges haber leído estas líneas, le provocó la idea de tachar un par de composiciones suyas que tenía en aquel tiempo sobre el barrio de Villa Ortúzar, para así «poner en su lugar la sola sentencia de Wilde: perros oliendo el horizonte, que es significativa apretadamente de la grandeza y de la desolación del suburbio». Por el momento, hemos esquematizado la analogía que presenta Borges entre Domingo Martinto, prosista contemporáneo de Rafael Obligado, y Eduardo Wilde, médico cirujano y exponente de la Generación del 80.­

­Como detalle anecdótico, cabe señalar que el artículo al que hemos hecho referencia fue publicado el 11 de julio de 1926. 

Un año después, en 1927, Borges iba a dictar una conferencia en el Instituto Popular de Conferencias de La Prensa, la misma se titulaba «El idioma de los argentinos», y tuvo que ser leída por un amigo de él -Manuel Rojas Silveyra-. Borges adujo que tenía problemas de visión y que no iba a poder leer bien, sin embargo eso fue una excusa, puesto que fue su timidez lo que le impidió que pudiera disertar en público. Ese ensayo fue incluido al año siguiente en un libro suyo de título homónimo. Aquí uno observa cómo y de qué manera se contrastaba la personalidad del escritor con lo que él narraba. No se asemejaba a aquel muchacho que había visto bailar en la vereda a «esos tangos de Arolas y de Greco». Continuar ejemplificando con diversos contrastes significa agotar la memoria de don Ireneo Funes. Sin duda, estos matices han sido -en parte- los precursores de la invención del poema «Borges y yo».

Imagen de portada: Gentileza de Diario Panorama

FUENTE RESPONSABLE: Diario Panorama. Por Eduardo A. Fusero

Jorge Luis Borges/Genios Virtuosos

PERSPECTIVAS LITERATURA Las uñas de Borges

En «Las uñas», texto que pertenece a El hacedor, Borges habla de los dedos de sus pies, a los que «no les interesa otra cosa que emitir uñas: láminas córneas, semitransparentes y elásticas» (Jorge Luis Borges, Obras completas 1923-1972, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 785). «Guardados» en La Recoleta, sus pies «continuarán su terco trabajo, hasta que los modere la corrupción». Sí, las uñas (y la barba de su cara) seguirán creciendo en su muerte. Así lo sentencia el poeta, a modo de mínima profecía. Quién sabe si pensó en cortárselas antes de morir. Cortárselas para entregárselas a Naglfar, la nave de la mitología nórdica hecha enteramente de las uñas de los muertos.(i)

Borges debió conocer las profecías nórdicas de las Eddas y no es extraño que escribiera sobre las uñas, si consideramos su profundo conocimiento de la mitología escandinava. Posiblemente sabía que en el Völuspá de la Edda poética, la völva o vidente le anuncia a Odín que, llegado el tiempo aciago del Ragnarök, Naglfar navegará las aguas rumbo hacia Vígríðr, el campo de batalla donde morirán los dioses.

En El hacedor hay un texto titulado, precisamente, «Ragnarök». Allí los dioses, harapientos y vencidos, aparecen en un sueño sobre la tarima del Aula Magna de la Universidad de Buenos Aires, donde son baleados por Borges y la multitud.

Así visto, la muerte y el sueño se relacionan estrechamente, y el fin del mundo de igual manera. El hacedor, este libro maravilloso que mezcla géneros, y uno de los más personales de Borges, cierra con un poema, «Arte poética», que en la segunda estrofa, se lee así:

Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche, que se llama sueño.

Otro poema, «Ein Traum», publicado en La moneda de hierro (1976), también refiere a la muerte y al fin del mundo como pertenecientes al territorio onírico.

Si deseas conocer mas sobre este tema; por favor cliquea donde dice «según testimonio de la señora María Kodama». Muchas gracias.

El poema, por cierto, según testimonio de la señora María Kodama, le fue dictado a Borges en sueños:

Una mañana nos despertamos en Estados Unidos y él me dijo que iba a dictar un poema, al que le puso un título en alemán, «Ein Traum», que quiere decir un sueño. 

Es un poema muy breve donde el protagonista es Kafka. Borges siempre corregía, vivía corrigiendo. Ese poema me llamó la atención porque al cabo de dos reediciones no lo había corregido. Entonces yo le pregunté: «Pero Borges, qué extraño. Corriges todo y eso no». Y él me dijo: «Ah, no puedo, porque ese poema no es mío, ese poema me lo dictó Kafka en un sueño. No es mío, es de Kafka, entonces yo no lo puedo tocar». Y es el único poema en toda su obra que jamás fue corregido.

El enigmático poema fue dictado y también protagonizado por Kafka. Veamos:

Lo sabían los tres.

Ella era la compañera de Kafka.

Kafka la había soñado.

Lo sabían los tres.

Él era el amigo de Kafka.

Kafka lo había soñado.

Lo sabían los tres.

La mujer le dijo al amigo:

Quiero que esta noche me quieras.

Lo sabían los tres.

El hombre le contestó: Si pecamos,

Kafka dejará de soñarnos.

Uno lo supo.

No había nadie más en la tierra.

Kafka dijo:

Ahora que se fueron los dos he quedado solo.

Dejaré de soñarme.

«No había nadie más en la tierra»; mire qué significativo este verso. El mundo se extingue cuando se acaba el amor, cuando llega la traición, cuando el que sueña deja de soñar a los otros. Soñar ya no vale la pena. Despertar ya ha sido, la traición descubierta es el despertar, de modo que lo que debe ocurrir ya no es la vigilia, sino el dejarse de soñar a sí mismo. Dejarse de soñar, irse, ¿a dónde? Tiene usted dos opciones: al otro sueño que es la realidad, o al otro sueño que es la muerte.

Nótese: el Ragnarök de Borges acontece en lo onírico, y el desvanecimiento de la Tierra de «Ein Traum» ocurre en el mismo ámbito. Con todo, la vigilia también es sueño. La diferencia: la vigilia sueña que no es sueño, que es realidad y verdad. ¿Qué es si no la profecía predictiva? Un sueño del futuro que no quiere ser sueño, un sueño de futuro que juega a ser futura realidad, verdad anticipada.

Podemos decir entonces que Borges jugó a hacer una pequeña profecía de su muerte. Quizás pensaba en las revelaciones escandinavas cuando lo hizo. La barroca (y en cierto modo kitsch) tumba que lo cobija en el cementerio de Plainpalais en Ginebra, puede dar fe de su pasión por los poemas éddicos.

Por un lado de la lápida –reminiscencia a lo Disney de una estela rúnica–, puede verse una nave vikinga con vela desplegada; por el otro, siete guerreros blandiendo espadas. La inscripción que acompaña a los guerreros está en inglés antiguo y dice: «And ne forthedon na». «Y que no temieran», es la traducción. Se trata de una frase que se encuentra en el poema anglosajón conocido como «La batalla de Maldon». El poema, del que se ha perdido el principio y el final, relata la llegada de una flota vikinga a Essex y su desembarco en el islote de Northey, en medio del Blackwater. Entre el islote y tierra firme había apenas un istmo que fue bloqueado justo antes de la llegada del enemigo por el ealdorman Byrhtnoth y sus hombres. Ante el inminente enfrentamiento, Byrhtnoth comenzó a arengar a sus guerreros. Sobre su caballo, les hablaba de cómo debían apostarse (eran jóvenes y campesinos la mayoría), y los exhortaba a que se mantuvieran prestos con los escudos, «con sus puños firmes y que no temieran». No obstante, la batalla se inclinó hacia los nórdicos, quienes finalmente atravesaron el istmo. Torpe pero heroico, Byrhtnoth murió en el campo.

Tumba de Jorge Luis Borges en el Cimetière des Rois en Ginebra, Suiza. Fotografía de Wikimedia Commons.

¿Por qué Borges elige este poema para su tumba? ¿O por qué lo hace Kodama, viuda omnipresente? 

Quizás, especulo, porque enfrenta –une– a los anglosajones y a los vikingos. Borges había sido un enfático admirador de ambas lenguas y literaturas. De hecho, el reverso de los guerreros lo ocupa el grabado de una nave vikinga con las velas desplegadas. La frase que acompaña la imagen, «Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert», está en nórdico antiguo. Nos hallamos ante un verso de la saga islandesa Volsunga, y su traducción es la siguiente: «Tomó la espada Gram y la colocó entre ellos desenvainada».

Las palabras hacen referencia a la trágica historia de Sigurd y Brynhild. Sigurd, hijo de Sigmund, nieto de Volsung, de regreso de matar al dragón Fafnir, se encuentra con un castillo rodeado de fuego. Allí descubre a una doncella que duerme dentro de su armadura. Ella despierta, dice llamarse Brynhild y cuenta su desdicha. Dos reyes se encontraban en lucha, Helm Gunnar y Agnar. Helm Gunnar era el mayor y el más grande guerrero, Odín lo favorecía. Pero ella hirió a Helm Gunnar y le dio la victoria a Agnar.

 Enfurecido, Odín la punzó con la espina del sueño, y en aquel estado había permanecido hasta el encuentro con Sigurd. Él, de súbito enamorado, promete esponsales. Luego se marcha y llega al reino de Heimir, quien se ha casado con Bekkhild, hermana de Brynhild. Cierta tarde de cacería, Sigurd ve en la ventana de una torre a una bella doncella y pregunta por ella. Le responden que es Brynhild, una dama guerrera que se ha ido a vivir allí recientemente. 

El héroe la visita y de nuevo descubren su amor, pero ella profetiza que jamás vivirán juntos y que él contraerá nupcias con Gudrun, hija del poderoso rey Gjuki.

Al cabo de un tiempo, Sigurd arriba al mismísimo reino de Gjuki. Grimhild, la mujer del soberano, ve en el famoso héroe al futuro marido de su hija y le brinda una cerveza que le hace olvidar cualquier otro amor. Sigurd, en efecto, contrajo esponsales con Gudrun. La reina decide que también debe casar a Gunnar, su primer hijo; así que lo envía junto con Sigurd donde el rey Budli, padre de Brynhild, a cuyo reino ella ha vuelto. Al llegar, se enteran de que la princesa guerrera se ha encerrado en una fortaleza rodeada de llamas. Sigurd toma el anillo de su cuñado y también su forma física y, montado sobre su caballo, atraviesa las llamas. Brynhild, al ver que el valiente extraño (recordemos que tiene la forma de Gunnar) ha superado tan grande obstáculo, lo recibe gratamente. Pasan juntos tres noches, compartiendo la misma cama. No obstante, en cada ocasión, Sigurd, fiel a su cuñado y a su esposa, interpone la fabulosa espada Gram entre él y Brynhild. Al cabo, Gunnar desposa a Brynhild.

Cierto día, Gudrun y Brynhild comienzan a discutir sobre la valentía de sus maridos. Brynhild no cesa de elogiar a Gunnar, el osado que atravesó el fuego. Gudrun, exasperada, se atreve a soltar la verdad: quien en realidad cabalgó a través del muro de llamas fue su marido Sigurd. Al sentirse traicionada, Brynhild cae en un arrebato de ira y le exige a Gunnar que repare con la muerte de Sigurd lo que ella considera una afrenta. Gunnar, astuto y cobarde, le da de comer a Guttorm, su hermano menor, un guisado de serpiente y piel de lobo. Colmado de feracidad, Guttorm entra en la habitación donde duerme Sigurd y lo atraviesa con una espada. Brynhild, al escuchar los llantos de Gudrun, comienza a reír a carcajadas, pero pronto se desespera y, enamorada de quien acaba de morir, se clava ella misma una espada. En los funerales, los cadáveres de Sigurd y Brynhild son quemados en la misma pira.

Esta historia de amor y muerte hizo sin duda las delicias de Borges, tanto que, inspirada en ella, escribió un relato. «Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert» es la frase que usó el autor como epígrafe de «Ulrica», segunda narración de El libro de arena. 

No por casualidad, en la tumba, debajo de la inscripción del Volsunga, se encuentra también la frase: «De Ulrica a Javier Otárola». ¿Qué enigma es este? Pues ninguno muy complejo. Quien haya leído el relato en cuestión sabrá que trata sobre el encuentro amoroso en la ciudad fortaleza de York de una joven noruega de nombre Ulrica con un ya maduro profesor colombiano de nombre Javier Otárola. 

La crónica abarca, como dice el narrador «una noche y una mañana» (El libro de arena, Buenos Aires, Editorial Alianza, 1998, p. 9). Durante la noche se conocen, en la mañana salen a caminar luego del desayuno. Son turistas, y eso hacen los turistas. Ella es una noruega alta, ligera, de ojos grises y con un aire de tranquilo misterio, tal como la describe Otárola. Por el camino hablan de los noruegos y de Inglaterra. Ella dice «Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse».

¿Me he alejado de las uñas? No, pues no nos hemos alejado de la muerte ni de la profecía, tampoco del sueño.

En cierto momento Ulrica le promete que al llegar a la posada ella será suya. Otárola comenta que todo aquello es como un sueño. Ulrica anuncia que pronto oirán un pájaro cantar y, en efecto, se escucha al pájaro. Otárola dirá que en esas tierras piensan que quien «está por morir prevé el futuro.» Ulrica responde: «Y yo estoy por morir». Nada más dicen. Luego ella le pide que repita su nombre y acota que prefiere llamarlo Sigurd. Otárola replica que la llamará entonces Brynhild. Hablan de la saga, menosprecian al texto de Los nibelungos, que dañó la bella saga islandesa, y a poco él observa que ella camina como si quisiera que entre ellos dos hubiera una espada en el lecho.

Así, como vemos, en «Ulrica» está el sueño del amor, el mismo del poema de Kafka, y la muerte, que es como un sueño. Y el futuro, la profecía, otra forma de sueño.

Brynhild preconiza la tragedia de su amor, Ulrica predice el canto de un pájaro, Borges adelanta que sus uñas y su barba seguirán creciendo, y que será enterrado en La Recoleta. Con el sitio se equivocó. Con las uñas, dicen que en realidad no crecen después de la muerte, sino que la piel se encoge por deshidratación. Las explicaciones científicas a veces entorpecen el ensueño de la poesía.

Con todo, Borges no dejó de escribir sobre las uñas. No una, sino dos veces, porque en La cifra, entre esos «Diecisiete haiku» que escribió, el número 10, dice así:

El hombre ha muerto.

La barba no lo sabe.

Crecen las uñas.

***

[Este texto forma parte de Gabinete del ocio (Caracas, Abediciones, 2019)]

***

(i) En La rama dorada, Frazer nos describe los objetos tabulados. La cabeza del hombre, dice el autor, es particularmente sagrada. Hay pueblos que le atribuyen –o le atribuían– la existencia en ella de un espíritu –un ente– muy sensible al daño o al irrespeto. De modo que quien tocaba la cabeza cometía un gravísimo error. El corte de pelo, por lo tanto, era una operación delicada que debía ser hecha por personas especiales. El peligro estaba allí siempre. Por un lado, el espíritu podía enojarse; por otro, el cabello cortado, por conexión simpatética, participaba de la esencia de la persona, y del espíritu incluso, y esto era más que delicado, pues los mechones de pelos o los recortes de las uñas, si caían en malas manos, podían ser utilizados para embrujar a la persona. También por conexión simpatética, el acto de cortar cualquier otro «accidente» del cuerpo (por decirlo en términos filosóficos) traía gran dificultad o peligro. De allí que se extendiera la idea hacia las uñas. Luego, imaginar una nave que guardara en tierras ultraterrenas los cortes de uñas de los muertos, no resulta, disculpen el término, descabellado.

Imagen de portada: Gentileza de PRODAVINCI

FUENTE RESPONSABLE:  PRODAVINCI Por Fedosy Santaella

Virginia Woolf y Jorge Luis Borges, dos poemas para surcar el cielo.

Me gustaría dedicarme a coleccionar nubes, catalogarlas en figuras imposibles y archivarlas en una mente poco entrenada para el placer de contemplar la belleza efímera, esa que se transforma con el viento.

Sería una buena tarea la de escudriñar las formas de estos seres etéreos que vagan entre el cielo y la tierra. Me encantaría que me enseñaran a distinguir cada pequeño mechón de algodón que forman paisajes callados encima de nuestras cabezas. Saber algo más de ellas, por qué descargan su ira, por qué se empeñan en esconder soles de invierno, de qué están hechas, a qué suenan y si sienten algo cuando las atravesamos con aviones inoportunos en latitudes, destinos y horarios.

   

jorge fin nubes

Pintura de Jorge Fin

Quizá me haga miembro del original club conocido como ‘Cloud Watchers’ (observadores de nubes), nombre que incluso ha dado título a una colección pictórica de quien posiblemente sea el miembro más activo de los cloud watchers: Jorge Fin, el ‘pintor de nubes ‘. Un club está dado al mero hecho de mirar, de observar, de ponerles formas a un estado de ánimo, a un momento. 

Volamos, una vez más, a la palabra en voz de dos relatores de la vida.  Las nubes alimentan la imaginación colectiva, las observamos para tratar de revelar sus misterios. Hoy queremos observarlas a través de sus palabras. 

jorge fin nubes1

Pintura de Jorge Fin

Jorge Luis Borges, “Nubes”

No habrá una sola cosa que no sea

una nube. Lo son las catedrales

de vasta piedra y bíblicos cristales

que el tiempo allanará. Lo es la Odisea,

que cambia como el mar. Algo hay distinto

cada vez que la abrimos. El reflejo

de tu cara ya es otro en el espejo

y el día es un dudoso laberinto.

Somos los que se van. La numerosa

nube que se deshace en el poniente

es nuestra imagen. Incesantemente

la rosa se convierte en otra rosa.

Eres nube, eres mar, eres olvido.

Eres también aquello que has perdido. 

jorge fin nubes3

Pintura de Jorge Fin

Virginia Woolf, fragmentos de Las olas

Allí estaban las nubes grises y flotantes y el árbol clavado, el árbol implacable con su corteza de plata cincelada.

El borbollón de mi vida era infructuoso. Yo no podía pasar al otro lado.

Él disipa las nubes de polvo que se agitan en mi espíritu trémulo, ignominiosamente agitado, y el recuerdo de las danzas alrededor del Árbol de Pascua de los regalos envueltos en papel.

Se diría que el mundo entero estuviese hecho de flotantes líneas curvas: los árboles en la tierra y en el cielo las nubes.

A través de las ramas de los árboles contemplo el cielo.

Parece que la partida se estuviera jugando allá arriba.

Débilmente, entre las suaves nubes blancas, escuchó el grito de: «¡Correr!» o «¡Arbitraje!».

Las nubes parecen perder guedejas de blancura a medida que la brisa las va despeinando.

Si aquel azul pudiera durar eternamente, si aquel hueco entre las nubes pudiera durar eternamente, si este instante pudiera durar eternamente…

Tomo a los árboles y a las nubes como testigos de mi completa integración. 

Imagen de portada: Gentileza Cultura Inquieta – Por Jorge Fin

FUENTE RESPONSABLE: Cultura Inquieta por Silvia Garcia

Literatura/Genios virtuosos/Virginia Woolf/Jorge Luis Borges

Un lugar emblemático de Buenos Aires del ayer …

La Martona.

Fue fundada hacia 1890 por Vicente L. Casares. 

Llegó a ser una de las empresas lácteas más grandes del mundo, y reunió a dos grandes de la literatura en un irónico opúsculo sobre la leche cuajada.

Vicente Lorenzo Casares nació en Buenos Aires en el seno de una familia radicada en 1806, dedicada a actividades comerciales y navieras. 

En 1866, a sus 18 años, en terrenos que pertenecían a sus abuelos, fundó la Estancia San Martín, en Cañuelas. En 1871 realizó la primera exportación de trigo a Europa, cosechado de campos cercados a la actual estación Vicente Casares, del Ferrocarril del Sud. Para desarrollar la primera industria lechera local, emprendió negocios que no prosperaron. 

Decidió entonces visitar Estados Unidos y Europa, donde adquirió experiencia y conocimientos.

Vicente L. Casares, fundador de La Martona

Vicente L. Casares, fundador de La Martona

Archivo General de la Nación AR_AGN_DF_CC_0330_CC_418746

Así, en 1889, fundó La Martona, con una audaz propuesta: organizar una empresa integrada, que atendiera las diversas etapas que involucran a la leche: la agropecuaria, la industrial y la comercial. Casares fue el prototipo del hombre de su época. No sólo fue protagonista en el quehacer productivo, sino también en política, donde desempeñó altos cargos en diversas instituciones.

En la dilatada historia de La Martona, hay dos etapas muy definidas. La pionera, plena de audacia, creatividad y trabajo, y la otra, de consolidación y crecimiento, ya de la mano de su hijo, Vicente Rufino, que tomó las riendas al morir su padre, en 1910.

Sector de leche maternizada en la planta de Cañuelas

Sector de leche maternizada en la planta de Cañuelas.

Harry Grant Olds. Colección César Gotta.

Vicente Rufino le imprimió grandes cambios, que modernizan y agilizan la estructura de la empresa. Unida desde 1885 por el Ferrocarril del Sud a la ciudad de Buenos Aires, la leche llegaba fresca en sólo dos horas, lo que aseguraba óptimas condiciones de salubridad. 

Mediante un exclusivo sistema de comercialización, creó lecherías o “bares lácteos” en locales con estética art nouveau, con cuidados mostradores de mármol, paredes revestidas en blancos azulejos y personal que atendía estrictas normas de higiene. Allí se despachaban todos los productos de la marca, y se impuso la costumbre de tomar leche fría como bebida refrescante. Tuvo numerosos puntos de venta, unidos a una eficiente red de distribución, y la moderna publicidad con un logo inconfundible, que recordaba la antigua marca de ganado el gato con la leyenda “San Martín en Cañuelas”.

Vicente R. Casares, hijo del fundador y continuador de su obra.

Vicente R. Casares, hijo del fundador y continuador de su obra.

Archivo General de la Nación. ID: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-422-75249

Un pleito por una letra

En 1905, Caras y Caretas comentó el éxito que tuvo La Martona contra un competidor que quería copiarlo y utilizaba, aparentemente, la misma estética, con el mero cambio de una vocal (La Martina). 

La nota argüía que “cualquiera distingue la i de la o”, pero parece hacerlo adrede para asegurar que: “Nadie va a confundir un despacho de La Martona, tan conocidos de todo el mundo por su aspecto atrayente y su limpieza exagerada, ni sus carritos modelo que tan familiares son a la vista de todo el público con otros de otra empresa por más letreros parecidos que les pongan, porque nada se hace con imitar rótulos, cuando no se imita lo inimitable que son estos locales ejemplares y sus productos superiores.”

Las lecherías se ubicaban, por motivos comerciales, estratégicamente y en esquinas.

Las lecherías se ubicaban, por motivos comerciales, estratégicamente y en esquinas.Harry G. Olds. Colección César Gotta.

Según una publicación del Ministerio de Fomento de 1913, La Martona se adelantó a todas las capitales europeas en cuanto al “tratamiento higiénico” de la leche, excepto a Copenhague.

Por su parte, un informe de Manuel Bernárdez, periodista de El Diario, decía que, al comenzar el siglo XX, se consumían diariamente en la ciudad de Buenos Aires unos 200.000 litros de leche, pero “la venta de leche higiénica que se puede beber sin peligro no excede de 40.000 litros”. 

Aseguraba que solo tres empresas –La Martona, La Marina y Granja Blanca– vendían leche higiénica. Y que el resto de las leches que se comercializaban diariamente en Buenos Aires (y representaban cuatro quintos del consumo), eran “sencillamente inaceptables para la alimentación, como lo ha demostrado en un estudio decisivo lleno de autoridad y elocuencia profesional la comisión de médicos nombrada por la intendencia municipal e integrada por los doctores Piñero, Podestá, Aráoz Alfaro y Even”.

Vicente L. Casares, un "prócer" de la leche con mucha actuación pública.

Vicente L. Casares, un «prócer» de la leche con mucha actuación pública.PBT 1908.

Todo queda en familia

El nombre de La Martona llegó en honor de Marta Casares Lynch, nacida un año antes, en 1888. Ella fue la madre de Adolfo Bioy Casares, y por eso su tío le encargó al joven escritor, en 1935, que escribiera un opúsculo a favor de su predecesor del yogur, la exitosa “leche cuajada”. 

Para hacerlo, Bioy convocó a su amigo Jorge Luis Borges y, créase o no, La leche cuajada de La Martona es la primera colaboración conjunta de los grandes de las letras. 

Según afirman Marcela Croce y Gastón Gallo en Enciclopedia Borges “ya puede apreciarse cierta línea humorística que tendrá ulterior desarrollo en los textos de Bustos Domecq” (N de la R: el seudónimo que compartieron). 

En efecto, el texto en su versión completa tiene sutilezas donde se los reconoce cabalmente. Como cuando dice, al hablar de los beneficios de la cuajada: “Otro longevo memorable, George Bernard Shaw, piensa que el promedio vital debe ascender a 300 años y que si la humanidad no alcanza esa cifra, «nunca llegaremos a adultos y moriremos puerilmente a los 80 años, con un palo de golf en la mano».

Borges, Bioy y sus primeros trabajos juntos. No estaban firmados, pero Bioy se refirió a ellos en varias entrevistas posteriores recordándolos con humor

Borges, Bioy y sus primeros trabajos juntos. No estaban firmados, pero Bioy se refirió a ellos en varias entrevistas posteriores recordándoles con humor.

El mismo Bioy comenta el episodio del opúsculo publicitario en sus Memorias (Barcelona, Tusquets, 1994, p.76): “Un tío mío, Miguel Casares, vicepresidente de La Martona, me encargó que escribiera un folleto sobre las virtudes terapéuticas y saludables del yogur. Enseguida le pregunté a Borges si quería colaborar, y me contestó que sí. 

Pagaban mejor ese trabajo que cualquier colaboración que hacíamos en los diarios. Nos fuimos los dos a Pardo, Cuartel VII del Partido de Las Flores, en la provincia de Buenos Aires. 

Era invierno. Hacía mucho frío. Trabajamos ocho días. La casa –que era de mis antepasados– tenía sólo dos o tres cuartos habitables. Pero para mí era como volver al ‘paraíso perdido’ de mi niñez, en medio de los grandes jarrones con plantas, y el piano. 

Me acuerdo que tomábamos todo el tiempo cocoa bien cargada –que hacíamos con agua, no con leche– y que bebíamos muy caliente. De tan cargada que la hacíamos, la cuchara se nos quedaba parada. 

Entre la bibliografía que consultamos, había un libro que hablaba de una población búlgara donde la gente vivía hasta los 160 años. Entonces se nos ocurrió inventar el nombre de una familia –la familia Petkof– donde sus miembros vivieron muchos años. Creíamos que así –con nombre– todo sería más creíble. Fue nuestra perdición. Nadie nos creyó una sola línea. 

El invento nos había desacreditado mucho. Ahí comprendimos con Borges que en la Argentina está afianzada para siempre la superstición de la bibliografía. Quisimos entonces inventar otra cosa para nosotros. Un cuento, por ejemplo, donde el tema era un nazi que tenía un jardín de infantes para niños, con el único fin de ir eliminándolos de a poco. (…) Fue el primer cuento de H. Bustos Domecq. Después vinieron, sí, los otros.”

Emblemática lechería La Martona

Emblemática lechería La Martona

Archivo General de la Nación. ID: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-564-12702

Sin embargo, según publica Daniel Martino, albacea y editor de los papeles privados de Bioy, en borges bioy casares se hicieron al menos dos ediciones del folleto, el primero con ilustración de Silvina Ocampo. 

Y hubo uno más, sobre el huevo. Según el mismo Bioy (Clarín, el 16 de diciembre de 1976), en su primera versión sostenía que “el consumo no afectaba el hígado, siempre y cuando no se superará una dosis diaria de 30 huevos”.

Con todo, el futuro de la dupla Bioy-Borges se proyectó mejor que la de La Martona que dejó de operar en manos de los descendientes de Casares en 1978. ¿Logrará la memoria emotiva que perduren en el recuerdo las lecherías?

Agradecimiento: Daniel Martino, Facundo Calabró, Daniel G. La Moglie

Imagen de portada: Gentileza de La Nación

FUENTE RESPONSABLE: La Nación por Soledad Gil/Gustavo Raik

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