Pasión por el cine. Las películas que hacían llorar a Borges, sus favoritas y la que lo aterrorizó.

Fue un confeso amante de las películas de Von Sternberg, escribió críticas en Sur y fue guionista de varias películas, entre ellas Invasión, que hizo junto con Adolfo Bioy Casares.

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“He sentido el enfermizo placer del horror, como lo siente todo el mundo, y me doy cuenta de que es una debilidad mía. Pero, en el caso de Psicosis me interesa la ingeniosa y a la vez patética idea de alguien que cree ser la persona que él ha matado. Es otra variación sobre el tema del doble, que es tan atractivo. En ese film un muchacho mata a su madre. Luego guarda el cadáver y cree a veces ser su propia madre y llega a desdoblarse y a mantener diálogos con ella y, al final, la madre traiciona al hijo, lo acusa de haber cometido los crímenes que ella ha cometido. Pero la madre no sabe que ella es el hijo”, le comentó Jorge Luis Borges a su buena amiga, la también escritora María Esther Vázquez, quien rescató la anécdota en Borges, sus días y su tiempo.

Borges nació cuatro años después del mismísimo cinematógrafo, si tomamos como fecha de inicio del séptimo arte, a la primera proyección de los hermanos Lumiere, en París, el 28 de diciembre de 1895. 

En una nota publicada en el diario El País de España, el 29 de agosto de 1983, el escritor narró anécdotas de los primeros tiempos del cine, de cómo su abuela llegó un día a casa y dijo que había visto en una pantalla a unos caballos metiéndose en el río y mojándose el pelaje. En ese mismo artículo se ríe al comentar que un amigo no podía seguir el argumento de las películas “porque me decía que cómo puede uno ver a un hombre sentado y después verle sólo la cabeza y luego una mano que toma un revólver. Ese hombre no entendía lo que ahora cualquier chico pequeño sabe: qué es el lenguaje cinematográfico”.

«Me aterroricé con Psicosis. La vi tres o cuatro veces y sabía cuál era el momento justo en el que debía cerrar los ojos para no ver a la madre», contó el escritor. (archivo)

El autor de El Aleph fue un apasionado por el cine, en este arte encontró una manera de narrar. 

“En 1935, en el prólogo a la Historia universal de la infamia, Borges reconocía que sus primeros ejercicios de ficción derivaban del cine, del director estadounidense de origen austriaco, Josef von Sternberg –destaca Edgardo Cozarinsky en ya su mítico libro Borges y el cine–; en 1940, en la Antología de la literatura fantástica, uno de los siete renglones informativos sobre su persona anunciaba: ‘escribe en vano argumentos para el cinematógrafo’. La relación de Borges y el cine ha sido tan laberíntica como la de sus personajes con el tiempo”. 

Disfrutaba de su lugar como espectador, lo siguió siendo a pesar de su ceguera. Entre 1931 y 1944 publicó en Sur, la revista fundada por Victoria Ocampo sobre diferentes films, muchas de estas reseñas, son ya hitos, como la dedicada a El ciudadano y King Kong. Firmó argumentos, pensó ideas para películas, a veces a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares.

En una entrevista firmada por Ronald Christ en The Paris Review, el escritor argentino resaltó su fascinación por el cine y el carácter épico que este arte representa: “Durante este siglo… la tradición épica ha sido salvada para el mundo por Hollywood, por improbable que parezca. 

Cuando fui a París, sentí que deseaba escandalizar a la gente, y cuando me preguntaron –sabían que me interesaba el cine, o que me había interesado, porque apenas si veo ahora– y me preguntaron ‘¿Qué clase de películas le gustan?’, yo dije ingenuamente: ‘Las que más disfruto son los westerns’”.

«Se trata de un film fantástico y de un tipo de fantasía que puede calificarse de nueva. No se trata de una ficción científica a la manera de Wells o de Bradbury», dijo Borges de Invasión (archivo)

Su amor por aquél género tenía una clara razón de ser y bien se lo comentó a Maruja Torres en la nota mencionada del diario El País: “Lo que a mí me gusta más son los westerns, que salvaron la épica en un tiempo como el nuestro en que ha desaparecido. Aunque las películas del Oeste no tenían nada que ver con la realidad, porque yo hablé con gente vieja, en Texas, y me decían que en un salón nunca entraban todos vestidos de cowboy a la vez. Uno llegaba con un sombrero, el otro con una pistola, el otro con unas botas… 

Pasa como con los gauchos, que en el folklore siempre lo han llevado todo puesto, pero en la vida uno tenía un poncho, el otro un facón, el otro chiri bombachas…”

En los meses de julio y agosto de 1979, Jorge Luis Borges –que cumplía 80 años– fue entrevistado por Antonio Carrizo para el programa La vida y el canto. Se transmitió en diez emisiones por Radio Rivadavia. En aquellas charlas que se publicaron con el título Borges, el memorioso, el autor de Las ruinas circulares recordó: “Bueno, cuando yo frecuentaba el cinematógrafo cuando mis ojos podían ver, a mí me gustaban mucho dos tipos de películas: los westerns y las películas de gánsteres. Sobre todo, los de Josef von Sternberg. Yo pensaba: Qué raro, los escritores han olvidado que uno de sus deberes es la épica y aquí está Hollywood que comercialmente, ha mantenido la épica. En una época en que está olvidada por los escritores; o casi olvidada.

 Y Hollywood ha salvado ese género. Ese género que la humanidad necesita, además. Usted ve que las películas de cowboys son populares en todo el mundo. ¿Por qué? Bueno, porque está lo épico en ellas. Está el coraje, está el jinete, está la llanura también. Todo eso las acerca. y sobre todo a nosotros, sobre todo a los argentinos”.

"El cine era para Borges algo paralelo a la vida"

«El cine era para Borges algo paralelo a la vida»

El melodrama no le era ajeno. “Derramaba lágrimas con los westerns y las películas de gangsters. Sollozó al final de Ángeles con caras sucias, cuando James Cagney acepta comportarse como un cobarde a la hora de ser conducido a la silla eléctrica, para que los chicos que lo idolatran dejen de admirarlo -describe Alberto Manguel en su libro Con Borges donde narra parte de lo que vivió cerca del escritor-. Frente a la vastedad de la pampa (cuya visión afecta a los argentinos –decía–, tanto como la del mar afecta a los ingleses), una lágrima rodaba por su mejilla y él murmuraba: ‘¡Carajo, la patria!’”

Ángeles con caras sucias (1938) de Michael Curtiz (El Despotricador Cinéfilo)

El realizador Von Sternberg, fue su preferido, una fuente de inspiración. “Hay un cuento, Hombre de la Esquina Rosada, que escribí voluntariamente como una serie de imágenes –le dijo al crítico de arte francés George Charbonnier, conversación que se reproduce en El Escritor y su obra. En ese tiempo admiraba mucho a un director que ahora se ha olvidado, Josef von Sternberg. No sé si lo ha conocido, quizás era de una época anterior a la suya; hizo muy buenas películas de gángsters con George Bancroft, William Powell… Hizo películas que se llamaron Underworld (La ley del hampa, 1927) The Docks of New York (Los muelles de Nueva York, 1928), The Drag Net (La batida, 1928). Eran muy buenas, sorprendentes, y quise escribir mi historia a su manera. Antes que nada, visual. En el momento que Sternberg alcanzó la cima del cine llegó el cine sonoro. Hubo que volver a empezar, se hicieron óperas para ser oídas y se lo olvidó. Enseguida Sternberg hizo películas bastante mediocres con Marlene Dietrich. Estas son más conocidas que las otras, las principales que eran fuertes, lacónicas”.

«En el momento que von Sternberg alcanzó la cima del cine llegó el cine sonoro. Hubo que volver a empezar, se hicieron óperas para ser oídas y se lo olvidó. Enseguida Sternberg hizo películas bastante mediocres con Marlene Dietrich. Estas son más conocidas que las otras», comentó Borges. El ángel azul (1930), un clásico de von Sternberg lanzó la carrera de Dietrich.

La admiración por von Sternberg lo llevó a Borges a lamentar la actuación del mismísimo Carlos Gardel en el entreacto de una función: “Recuerdo que habíamos visto un film de Joseph von Sternberg, con [Carlos] Mastronardi. Ese film era La batida o La ley del hampa. Teníamos una impresión épica. Habíamos visto el film, habíamos sido espectadores de esa valentía… los balazos, todo eso… ese mundo de los malevos norteamericanos. Después iba a cantar Gardel y nosotros pensamos: ‘la zamba, qué triste. Después de ver esto estar oyendo, –dijimos, sin ninguna reverencia–, a ese maricón’. Y nos fuimos y no lo vimos”, le confesó a Antonio Carrizo.

En el invierno de 1931, en el número 3 de Sur, Jorge Luis Borges escribe con el título Films la opinión de los estrenos recientes. “El mejor, a considerable distancia de los otros: El asesino Karamasoff (…) Yo desconozco la espaciosa novela de la que fue excavado este film: culpa feliz que me ha permitido gozarlo, sin la continua tentación de superponer el espectáculo actual sobre la recordada lectura, a ver si coincidían. Así, con inmaculada prescindencia de sus profanaciones nefandas y de sus meritorias fidelidades –ambas importantes–, el presente film es poderosísimo”.

Underworld (La ley del hampa) es una de las películas favoritas de Borges. Este film mudo de 1927, dirigido por Josef von Sternberg es considerado el predecesor del género de gánsteres

Underworld (La ley del hampa) es una de las películas favoritas de Borges. Este film mudo de 1927, dirigido por Josef von Sternberg es considerado el predecesor del género de gánsteres. (archivo)

En ese mismo texto hace referencia a Luces de la ciudad, de Charles Chaplin: “ha conocido el aplauso incondicional de todos nuestros críticos; verdad es que su impresa aclamación es más bien una prueba de nuestros reprochable servicios telegráficos y postales, que un acto personal, presuntuoso. ¿Quién iba a atreverse a ignorar que Charles Chaplin es uno de los dioses más seguros de la mitología de nuestro tiempo, un colega de las inmóviles pesadillas de Chirico, de las fervientes ametralladoras de Scarface Al, del universo finito, aunque limitado de las espaldas cenitales de Greta Garbo, de los tapiados ojos de Gandhi? ¿Quién a desconocer que su novísima comédie larmoyante era de antemano asombrosa? 

En realidad, en la que creo realidad, este visitadísimo film del espléndido inventor y protagonista de La quimera del oro, no pasa de una lánguida antología de pequeños percances, impuestos a una historia sentimental (…). Salvo la ciega luminosa, que tiene lo extraordinario de la hermosura y salvo el mismo Charly, siempre tan disfrazado y tan tenue, todos sus personajes son temerariamente normales”.

Un film abrumador, así tituló la reseña dedicada a El ciudadano, publicada en agosto de 1941, en la revista Sur número 83. “Citizen Kane (cuyo nombre en la República Argentina es El Ciudadano) tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos. Es formulable así: un vano millonario acumula estatuas, huertos, palacios, piletas de natación, diamantes, vehículos, bibliotecas, hombres y mujeres; a semejanza de un coleccionista anterior (cuyas observaciones es tradicional atribuir al Espíritu Santo) descubre que esas misceláneas y plétoras son vanidad de vanidades y todo vanidad; en el instante de la muerte, anhela un solo objeto del universo ¡un trineo debidamente pobre con el que en su niñez ha jugado! El segundo es muy superior. Une al recuerdo de Kohelet el de otro nihilista: Franz Kafka.

En Sur publicó la crítica a Luces de la ciudad, film de Chaplin: "Este visitadísimo film del espléndido inventor y protagonista de La quimera del oro, no pasa de una lánguida antología de pequeños percances, impuestos a una historia sentimental"

En Sur publicó la crítica a Luces de la ciudad, film de Chaplin: «Este visitadísimo film del espléndido inventor y protagonista de La quimera del oro, no pasa de una lánguida antología de pequeños percances, impuestos a una historia sentimental». (archivo)

El tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso filme The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico. Abrumadora e infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos invita a combinarlos y a reconstruirlo. Las formas de la multiplicidad, de la inconexión, abundan en el film (…) Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como ‘perduran’ ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra.”

Welles se refirió a la crítica de Borges en uno de los encuentros con Henry Jaglom que quedó inmortalizado en Mis almuerzos con Orson Welles. “Siempre supe que al propio Borges no le había gustado. Dijo que era pedante, que es una cosa muy extraña de decir al respecto, y que se trataba de un laberinto. Y lo peor de un laberinto es que no hay manera de salir. Y esta es una película de laberinto sin salida. Borges es medio ciego. Nunca olvides eso. Pero sabes, yo podría entender que él y Sartre simplemente odiaban a Kane. En sus mentes, ellos veían –y atacaban– algo más. El problema son ellos, no mi obra”.

"Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como 'perduran' ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever", escribió de El Ciudadano, la película de Orson Welles

«Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como ‘perduran’ ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever», escribió de El Ciudadano, la película de Orson Welles. Archive Photos

Lo que no le comentaron a Welles es que Borges volvió a ver el film y esto le dijo al académico estadounidense Richard Burgin y puede leerse en Conversations with Jorge Luis Borges (1969): “La vi apenas estrenada y no me gustó. Me pareció una imitación de Josef von Sternberg. Me pareció que von Sternberg lo hacía mejor. Entonces volví a verla y pensé, bueno, Orson Welles ha inventado el cine moderno”.

Otra de las reseñas inolvidables es la que hizo de King Kong (1933), versión dirigida por Merian C. Cooper y Ernst B. Schoedsack. “Un mono de catorce metros de altura (algunos entusiastas dicen que quince), es evidentemente encantador, pero tal vez no basta. No es un mono jugoso; es un reseco y polvoroso artificio de movimientos esquinados y torpes. Su única virtud –la estatura– parece no haber impresionado mucho al fotógrafo, que se obstina en no retratarlo de abajo sino de arriba –enfoque a todas luces desacertado, que invalida y anula su elevación. Falta añadir que es jorobado y de piernas chuecas: rasgos que lo achican también. Para que nada tenga de extraordinario, lo hacen luchar con monstruos muchos más raros que él, y le destinan alojamiento en falsas cavernas de catedralicio grande, donde se pierde su afanosa estatura. Un amor carnal o romántico por Miss Fay Wray perfecciona la ruina de ese gorila monumental y también la del film”.

La cinematografía de Alfred Hitchcock llamaba su atención y no siempre con buenos resultados. Sobre Sabotaje, escribió en 1937: “Destreza fotográfica, torpeza cinematográfica: tales son los juicios tranquilos que me inspiran el último film de Hitchcock…”. El año anterior, elogió al cineasta británico al comentar Los 39 escalones: “…de una novela de aventuras del todo lánguida, Hitchcock ha sacado un buen film. Ha inventado episodios. Ha puesto felicidades y travesuras donde el original sólo contenía heroísmo. Ha intercalado un buen erotic relief nada sentimental. Ha intercalado un personaje agradabilísimo, Mr. Memory…”

"No es un mono jugoso; es un reseco y polvoroso artificio de movimientos esquinados y torpes", escribió de King Kong

«No es un mono jugoso; es un reseco y polvoroso artificio de movimientos esquinados y torpes», escribió de King Kong. (archivo)

En cuanto a las producciones argentinas, Borges dejó bien en claro que estaba lejos de “Idolatrar un adefesio porque es autóctono, dormir por la patria, agradecer el tedio cuando es de elaboración nacional, me parece un absurdo”. En abril de 1937 con ironía comentó el film Los muchachos de antes no usaban gomina, de Manuel Romero: “Es indudablemente uno de los mejores filmes argentinos que he visto: vale decir, uno de los peores del mundo. El diálogo es del todo increíble. Los personajes –doctores, patoteros, compadrones de 1906– hablan y viven en función de su diferencia con el año 1937. No existen fuera del color local y del color temporal. Hay una pelea a trompadas y otra a cuchillo. Los actores no saben cantar, ni boxear, lo cual desluce un poco esos espectáculos (…) El héroe, que debería ser emblemático de la antigua virtud –y de la antigua incredulidad– es un porteño ya italianizado, harto sensible a los bochornosos estímulos del patriotismo apócrifo y del tango sentimental”.

Sus historias también fueron llevadas al cine. En una entrevista que le concedió a Raquel Ángel y que se incluye en el libro El otro Borges (Equis Ediciones), el escritor argentino señaló: “Podría decirse que el cine me ha aportado el mundo visual. Sin embargo, no se ha hecho ningún buen film con mis cuentos salvo Hombre de la esquina rosada, de René Mugica, que es superior al texto mío, después, Torre Nilsson realizó otro titulado cacofónicamente Días de Odio”.

"Es indudablemente uno de los mejores filmes argentinos que he visto: vale decir, uno de los peores del mundo", sentenció

«Es indudablemente uno de los mejores filmes argentinos que he visto: vale decir, uno de los peores del mundo», sentenció. (archivo)

– ¿Ese era Emma Zunz, no? Quiso saber la periodista

– Sí, Emma Zunz. O, más bien lo que quedó de Emma Zunz. Él me pidió disculpas, después. Yo le dije: ´Realmente, Torre Nilsson, no sé cómo ha podido hacer este film´.

– ¿Usted allí colaboró en el guion?

– No, de ningún modo. ¡Cómo voy a colaborar en semejante disparate! Me dijeron que, por razones comerciales, convenía poner que yo había intervenido. Pero no tuve nada que ver. Inventaron escenas del todo inverosímiles como las de Emma Zunz viviendo una historia de amor y paseando con su amante por el Parque Lezama… debe ser por esa idea del cine argentino de que si no hay una historia sentimental el film será un fracaso. El cine argentino es tan cursi ¿no? Nada de eso está en el cuento. Yo creo que Torre Nilsson era muy chambón….

La adaptación de La intrusa, llevada a la pantalla por Carlos Hugo Christensen (1979) enojó a Borges quien no ahorró en comentarios negativos ante las preguntas de María Esther Vázquez: “Es ridícula. Hay una actriz que se ha resignado a que la fotografíen desnuda, y hay dos señores también desnudos que avanzan de cada lado y entonces inventan la forma más incómoda del acto sexual: que sea simultáneo. Al decir yo en el cuento que ellos la compartieron no quiero decir al mismo tiempo”.

"Podría decirse que el cine me ha aportado el mundo visual. Sin embargo, no se ha hecho ningún buen film con mis cuentos salvo Hombre de la esquina rosada, de René Mugica, que es superior al texto mío", reconoció

«Podría decirse que el cine me ha aportado el mundo visual. Sin embargo, no se ha hecho ningún buen film con mis cuentos salvo Hombre de la esquina rosada, de René Mugica, que es superior al texto mío», reconoció. (archivo)

– ¿Hasta dónde es perniciosa la censura?

– En el caso de una película mía que estrenaron me parece laudable la censura. Christensen ha tomado un cuento mío, y lo ha enriquecido introduciéndole la sodomía y el incesto.

– Este es un caso muy especial, ninguna persona sensata puede apoyar la censura.

– Ah, no, no, no. Yo digo que éste, por excepción, es el único acierto en la historia universal.

«La intrusa «/ película de Carlos Hugo Christiensen 1979

“Creo que mi amistad con Borges procede de una primera conversación, ocurrida en 1931 o 32, en el trayecto entre San Isidro y Buenos Aires. Borges era entonces uno de nuestros jóvenes escritores de mayor renombre y yo un muchacho con un libro publicado en secreto”, recordó Adolfo Bioy Casares. Juntos compartieron la escritura de cuentos, relatos, prólogos y realizaron cuatro guiones cinematográficos: Invasión (1969), Les autres (1974), ambas dirigidas por Hugo Santiago; Los orilleros (1975), realizada por Ricardo Luna, y El paraíso de los creyentes, este último no se llevó a la pantalla, pero fue publicado a mediados de la década de 1950.

Se acercaba el casamiento de Borges y debían entregar el guion de Invasión a Hugo Santiago. En la selección de los fragmentos de los diarios íntimos de Bioy donde habla de Borges, curada por Daniel Martino, el autor de La invención de Morel pensaba constantemente en la idea de renunciar: “No pecamos de soberbia, pero realmente es un poco estúpido denigrar en estas invenciones el precioso tiempo. Por si acaso, no hemos aceptado el adelanto de trescientos mil pesos que una noche pedimos para iniciar el trabajo. No queremos que nada nos ate”

Se acercaba el casamiento de Borges y debían entregar el guion de Invasión a Hugo Santiago. Bioy llegó a pensar en renunciar.

Se acercaba el casamiento de Borges y debían entregar el guion de Invasión a Hugo Santiago. Bioy llegó a pensar en renunciar. A4045 Javier Moreno – dpa

En la primera edición de la Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes, celebrada en mayo de 1969, se estrenó Invasión. La sinopsis escrita por Borges decía así: “La leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes. Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita”.

La película fue un fracaso comercial, con el tiempo se convirtió en una obra clave del cine argentino. En Siete conversaciones con Borges, de Fernando Sorrentino, el autor de Ficciones definió a Invasión de esta manera: “Se trata de un film fantástico y de un tipo de fantasía que puede calificarse de nueva. No se trata de una ficción científica a la manera de Wells o de Bradbury. Tampoco hay elementos sobrenaturales. Se trata de una situación fantástica: una ciudad que está sitiada por invasores poderosos y defendida, no se sabe por qué, por un grupo de civiles… Yo he querido que el film sea finalmente épico; es decir, lo que los hombres hacen es épico, pero ellos no son héroes. Y creo que en esto consiste la épica; porque, si los personajes de la épica son personas dotadas de fuerzas excepcionales o de virtudes mágicas, entonces lo que hacen no tiene mayor valor. En cambio, aquí tenemos a un grupo de hombres, no todos jóvenes, bastante banales algunos, hay alguno que es padre de familia, y esta gente está a la altura de esa misión que han elegido”. En plena dictadura militar, Invasión fue prohibida y ocho rollos del negativo original desaparecieron en 1978. En 2004, se dio con una copia de 35 milímetros y pudo ser restaurada.

Escena de «Alphaville» (1965) – Jean-Luc Godard

El universo creado por Jorge Luis Borges es una fuente inagotable para realizadores de todas las épocas. Estas son algunas películas que hacen referencia a la obra o a la propia figura del escritor argentino.

En Alphaville (1965), Jean-Luc Godard muestra a una sociedad futura de características totalitarias, donde es obligatorio sacrificar la libertad y los sentimientos para conseguir la felicidad y el bien común. El film es considerado como uno de los primeros ejemplos del sub-género ciberpunk. Anna Karina, Eddie Constantine y Akim Tamiroff son los protagonistas de esta historia que tiene como antagonista una máquina que cita parte del ensayo Nueva refutación del tiempo: “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Alpha 60″. En el original es poema finaliza de esta manera: “El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”.

En 1970 se estrenó La estrategia de la araña, de Bernardo Bertolucci. La película está basada en el cuento El tema del traidor y del héroe. “Para Bertolucci –explica Edgardo Cozarinsky– el film se asemeja a una terapia psicoanalítica. Del cuento original, explica ‘no atrajo mi atención el reflejarse cíclico de las cosas, que es muy borgiano’. El tema del film, en realidad, es una especie de viaje al reino de los muertos”.

Performance – Theatrical Trailer

Con citas a los cuentos Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y El sur, Donald Cammell y Nicolas Roeg dirigieron Performance (1970). Protagonizada por James Fox y Mick Jagger, la película está repleta de referencias explícitas: laberintos, espejos, libros, lecturas. Una de esas referencias y que bien vale la destacar es cuando le disparan a Mick Jagger en la cara y el proyectil choca contra un retrato de Borges que termina partiéndose en pedazos.

En el ya clásico El nombre de la rosa (1980), de Jean-Jacques Annaud, basada en la novela homónima de Umberto Eco, el film hace referencias varias al autor de La biblioteca de Babel, sino que además lo emula a través del personaje de Jorge de Burgos, un viejo y ciego monje de la abadía, guardián de la biblioteca. “Al igual que los pintores del Renacimiento, que colocaban su retrato o el de sus amigos, yo puse el nombre de Borges, como una manera de rendirle homenaje”, admitió Eco en una entrevista.

Umberto Eco homenajea a Borges en El nombre de la rosa

Umberto Eco homenajea a Borges en El nombre de la rosa. (archivo)

Edgardo Cozarinsky en el film Guerreros y cautivas (1990), hace referencia a La cautiva en esta historia que está ambientada en 1890, durante la última etapa de la Conquista del Desierto en la Patagonia. En El sur (1992), el director Carlos Saura se inspiró en el cuento Sur para mostrar a un bibliotecario que sueña con dejar Buenos Aires e ir al sur de Argentina, donde pasó su niñez.

Aficionado a la literatura borgeana, Christopher Nolan confesó en reiteradas ocasiones su fascinación por el escritor argentino. Sus películas suelen recurrir a temas como el infinito, la eternidad, el doble, la totalidad, lo onírico y dimensión filosófica. En una entrevista en The New York Times, el periodista Dave Itzoff, le pregunta a Nolan a quién leí mientras preparaba El origen (Inception, 2010): “¿A Freud? ¿A Philip K. Dick?” A lo que Nolan respondió: “Borges. Me gustaría pensar que esta es una película que él seguramente disfrutaría [risas]. Me gusta pensar eso. Eso suena como una referencia pomposa de alguna manera, pero La verdad es que él tomó algunos conceptos filosóficos increíblemente extraños y los transformó en cuentos muy digeribles. Como el hombre que enfrenta al pelotón de fusilamiento y quiere más tiempo para terminar la historia que está urdiendo en su cabeza, algo que se le concede mientras las balas viajan desde el arma hacia él. Matrix es un gran ejemplo en este sentido. Es un fenómeno extraordinario y palpable, que llevó a todo tipo de gente a preguntarse: “¿Qué pasa si esto no es real? Aquí hay conceptos filosóficos muy complejos y, en otro sentido, también explicaciones muy simples.

"Me gustaría pensar que esta es una película que él seguramente disfrutaría [risas]", dijo Christopher Nolan, el director de El origen, film que protagoniza Leonardo Di Caprio

«Me gustaría pensar que esta es una película que él seguramente disfrutaría [risas]», dijo Christopher Nolan, el director de El origen, film que protagoniza Leonardo Di Caprio. Archivo

Ya en Memento, su segunda película, Nolan aseguraba en una entrevista a Movieline: “Soy un gran fan de Borges. Memento es un primo extraño de Funes el memorioso -sobre un hombre que recuerda todo, que no puede olvidar nada. es un poco una inversión de eso. Lo que buscaba era una especie de precisión de una historia de Borges. Yo creo que su escritura se presta naturalmente a una interpretación cinematográfica porque es todo sobre eficiencia y precisión, el esqueleto de una idea”.

En Interestelar (2014), Nolan explora la idea acerca de la existencia de universos distintos al nuestro, en los que todas las realidades ocurren a la vez. Como Borges, lo pone en palabras del sabio Albert: “El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esta trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos”.

En Interestelar Nolan explora la idea acerca de la existencia de universos distintos al nuestro, en los que todas las realidades ocurren a la vez. Matthew McConaughey recibe indicaciones del director

En Interestelar Nolan explora la idea acerca de la existencia de universos distintos al nuestro, en los que todas las realidades ocurren a la vez. Matthew McConaughey recibe indicaciones del director. Archivo

“Me pide que lo acompañe al cine, a ver un musical: West Side Story -recuerda Manguel en su libro- Lo ha visto muchísimas veces y nunca parece aburrirse de él. En camino, canturrea María y señala que el nombre de la amada deja de ser un mero nombre para convertirse en una fórmula divina: Beatrice, Julieta, Lesbia, Laura. ‘Al final, todo estará contaminado por ese nombre’, dice. ‘Por supuesto, quizá no produciría el mismo efecto si el nombre de la chica fuese Gumersinda, ¿no? O Bustefrieda. O Berta-la-de-los-pies-grandes’, bromea y ríe por lo bajo.”

¿Todavía va al cine?, le preguntó Dick Cavett, reconocido periodista de la televisión estadounidense, el 5 de mayo de 1980 (la entrevista se reproduce en el libro Borges: El misterio esencial. Conversaciones en universidades de los Estados Unidos, de Willis Barnstone con traducción y notas de Martín Hadis.

Natalie Wood en West Side Story, el musical que Borges vio  muchísimas veces y nunca pareció aburrirse de él

Natalie Wood en West Side Story, el musical que Borges vio muchísimas veces y nunca pareció aburrirse de él. Archivo.

– Sí, pero solo puedo oír las voces.

– Me sorprendió enterarme de su interés por el cine

– Recuerdo muy buenas películas que parecen haber sido olvidadas (…) Vi repetidamente una y otra vez el excelente film El ciudadano.

– Es una de esas películas que todos ven una y otra vez

Y me aterroricé con Psicosis. La vi tres o cuatro veces y sabía cuál era el momento justo en el que debía cerrar los ojos para no ver a la madre.

Imagen de portada: El escritor con Hugo Santiago, el director de fotografía Ricardo Aronovich y Lautaro Murúa, durante el rodaje de Invasión (archivo)

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Por Fabiana Scherer. 22 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Libros/Cinematografía/Jorge Luis Borges.

 

“El primero que tomó a Borges como personaje fue Borges”

Aníbal Jarkowski nació en Lanús, en el conurbano bonaerense, en el año 1960. Licenciado en Letras y experto en literatura argentina, es escritor, crítico literario y docente. 

Durante varios años trabajó con Beatriz Sarlo en la cátedra de Literatura Argentina contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y enseña literatura en la escuela secundaria desde mediados de los años 80. 

Autor de ensayos publicados en las más prestigiosas revistas en lengua española y de cursos sobre diversos autores y obras argentinos, es autor de las novelas Rojo amor, Tres y El trabajo, esta última particularmente bien recibida en su momento por la crítica y estudiada por su tratamiento de temas como el desempleo, la crisis económica, el deseo de los hombres y el cuerpo de las mujeres como moneda de cambio para conseguir un puesto.

La editorial Bajo la luna acaba de publicar Si, la nueva novela de Jarkowski, basada en hechos reales cuyo centro es la vida de Jorge Luis Borges, su especial relación con la periodista, escritora y traductora argentina Estela Canto (él, enamorado y ella, no) y su trabajo en la Biblioteca Miguel Cané de Boedo, que terminó con su renuncia, en 1946, cuando le anunciaron que habían decidido designarlo inspector del mercado de aves y huevos de Buenos Aires. 

Estela Canto escribió en su libro Borges a contraluz sobre el vínculo que la unió a Borges (“La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba. Sus besos torpes, bruscos, siempre a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía.”) Borges le dedicó varias cartas y ni más ni menos que “El Aleph”, tal vez su cuento más famoso. No solo se lo dedicó, le regaló el manuscrito, que fue vendido por ella muchos años después a Sotheby’s, que lo subastó. La puja fue ganada por la Biblioteca Nacional de Madrid, en cuyos fondos descansa ahora el manuscrito.

En “Sí, una novela exquisita, Jarkowski reconstruye con sutileza, ironía y gran destreza narrativa este período de la vida del mayor escritor argentino.

En la sección Libros que sí, Hinde recomendó “La villa”, de César Aira (Emecé), “Huaco retrato”, de Gabriela Wiener (PRH) y “Sol mayor. La vida de Martha Argerich”, de Adriana Riva y Josefina Schargorodsky (Diente de león) y en Bienvenidos, habló de “Mi hermano, James Joyce”, de Stanislaus Joyce (Adriana Hidalgo), “Montauk” de Max Frisch (Pinka) y “Café contado”, de Carlos Cantini.

En Mesita de luz, Paula Puebla, autora de la novela Una vida en presente (2018) y del libro de ensayos Maldita tú eres (2019) y acaba de publicar por Tusquets la novela «El cuerpo es quien recuerda» nos cuenta que libros está leyendo y En Voz alta, Camila Fabbri, escritora, directora de teatro y actriz que acaba de publicar el volumen de cuentos «Estamos a salvo» leyó un fragmento del cuento «Nocaut» del libro «El cielo de los animales» de David James Poissant.

Imagen de portada: Anibal Jarkowski.

FUENTE RESPONSABLE: Radio Nacional. Argentina. 11 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Jorge Luis Borges/Anibal Jarkowski.

Mirando con Bioy Casares «El show de Benny Hill».

En los años 80, el autor de esta nota mantuvo habituales encuentros con Adolfo Bioy Casares, a los que solía sumarse su esposa, Silvina Ocampo. Lo que comenzó con una entrevista para una revista de cine se fue convirtiendo en charlas de café en La Biela y hasta veladas televisivas con el programa del genial humorista inglés.

Lo conocí a mediados de 1983, mientras esperábamos ser atendidos en un almacén de Recoleta. Ese encuentro se vio favorecido debido a que yo, por alguna maniobra del azar, llevaba un gastado ejemplar de “La invención de Morel”, que él observó de soslayo con un deleite casi infantil.

No recuerdo las primeras palabras que cruzamos, pero sí que no tardé en pedirle un entrevista para una publicación de cine que editaba un amigo mío; el ímpetu de mis 25 años parecía divertirlo. Adolfo Bioy Casares aceptó. Y fijamos una cita para la tarde siguiente.

Éramos vecinos; yo vivía a una cuadra, en un pequeño departamento que se divisaba desde el ventanal del mítico cuarto piso del edificio de la calle Posadas 1650, descripto en tantas crónicas.

Bioy, tras recibirme, se dejó caer en desvencijado sillón; de a ratos, inclinaba la mirada hacia los cristales para contemplar la plaza San Martín de Tours, en cuya loma correteaban algunos perros de raza. Prendí el grabador mientras una criada servía dos tazas de té.

El dueño de casa era preciso en sus respuestas y, a la vez, expansivo; pasaba del cine a sus escritores favoritos, daba saltos en el tiempo y remataba sus dichos con una risita que le iluminaba el rostro. Parecía redactar todo lo que salía de sus labios.

Como excusándose, admitió que al ver “Oblomov”, el filme de Nikita Mijalkov, se durmió en la butaca; en cambio, había disfrutado con “Pretty Baby”, de Louis Malle. Confesó que de joven solía enamorarse de las actrices que veía en la pantalla; especialmente, de la ya olvidada Louise. Brooks. Y no ocultó el pánico que le causaban los guionistas que pretendían adaptar sus obras.

Tampoco fue benévolo con los críticos literarios; entonces denostó con notable énfasis a una tal Ana María Barrenechea, calificándola como “menos inteligente que simpática, y eso que tenía un carácter no muy agradable”.

Al concluir la entrevista, Bioy consultó de soslayo un reloj de bolsillo y, sorprendentemente, dijo:

–Con Silvina vamos a ver por televisión “El Show de Benny Hill”. Lo invito a que nos acompañe.

En rigor a la verdad, esa entrevista jamás fue publicada. Pero a partir de entonces, todos los jueves por la noche acudía a lo de Bioy para ver a Benny Hill. Hasta noviembre, cuando la tira inglesa fue remplazada por un ciclo con Graciela Dufau, que ni siquiera nuestra incipiente amistad justificaba.

Pincha el siguiente link; para ver el vídeo. Muchas gracias.

Benny Hill – Food Love Story

El 4 de abril de 1984 yo desayunaba en la confitería La Rambla, situada en la esquina de Posadas y Ayacucho, cuando advertí que Bioy pasaba por la puerta; él también me vio y, entonces, entró. 

En aquellos días se desarrollaba la Feria del Libro en un predio aledaño al Italpark, por lo que no fue extraño que de pronto apareciera Manuel Mujica Láinez, quien se sentó con nosotros. Y también se sumó el actor José María Vilches, célebre por su obra teatral “El Bululú”.

Dos días después, la tapa del el diario “Crónica” informó acerca de la muerte de “Manucho” por un paro cardíaco en su estancia de Alta Gracia; más abajo, otro título daba cuenta de la muerte de Vilches, ocurrida a su vez en un accidente rutero camino a Mar del Plata. Quedé estupefacto, y decidí aliviar esa impresión tomando un whisky en el mismo lugar donde había estado con esos dos hombres por primera y última vez.

La casualidad hizo que a mitad de camino me cruzara con Bioy, quien también estaba conmocionado. Sus únicas palabras, antes de seguir cada uno su camino, fueron:

–Vio que desafortunada nuestra mesa del otro día.

Desde entonces evitábamos La Rambla como lugar de encuentro y, de tanto en tanto, yo lo llamaba y él me invitaba a su casa o nos citábamos alguna mañana en La Biela, que él frecuentaba antes del almuerzo en Lola. Una vez allí se le acercó un hombre con un saludo exageradamente ceremonioso, que Bioy retribuyó con sorprendida cortesía; era Jorge Asís, quien por entonces ya había comenzado a emigrar del café La Paz a los bares de Recoleta.

Luego, en tono confidencial, Bioy comentó:

–Un librero amigo me dijo que el material de este muchacho se vende sólo para regalo.

En el atardecer del 14 de junio de 1986, los noticieros comenzaron a informar sobre la muerte de Jorge Luis Borges, ocurrida en la lejana Ginebra.

Poco después llegó “Cachi” a mi casa. Se trataba de un psicólogo algo extravagante, que desde hacía años corregía un ensayo suyo sobre las Eddas. Se lo veía exaltado. Yo, como al pasar, le mencioné con cierta pesadumbre lo de Borges. Y ese era justamente el motivo de su exaltación.

–Me lo acabo de cruzar a Bioy y le comenté el asunto –alcanzó a decir, atragantándose con las palabras –. Por la cara que puso, me di cuenta de que el pobre no sabía nada. Fui yo el que le dio la noticia.

En sus “Diarios íntimos”, compilados por Daniel Martino y publicados en 2001, Bioy se refiere a semejante episodio con las siguientes palabras: “Un individuo joven, con cara de pájaro, que después supe que era el autor de un estudio sobre las Eddas que me mandaron hace unos meses, me saludó y me dijo, como disculpándose: ‘Hoy es un día muy especial’. Cuando por segunda vez dijo esa frase le pregunté: ‘¿Por qué?’. ‘Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra’. Seguí mi camino, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges”.

La pareja de escritores en la biblioteca de su piso en Recoleta. Bioy murió en 1999, a sus 84 años. Silvina, con la que compartió más de medio siglo, falleció en 1993.

Con el tiempo, nuestros encuentros se hicieron más espaciados. Bioy ya no invitaba a casi nadie a su hogar, tal vez por pudor de exhibir el deterioro de Silvina Ocampo, quien ya sufría un avanzado mal de Alzheimer. Bioy mismo lucía más viejo y encorvado.

 

Una noche, a fines de 1990, me invitó a comer a Lola. Allí, una señora lo confundió con el escritor Marco Denevi, y eso distrajo su alicaído ánimo.

Ella, pese al calor, comía sin haberse sacado su tapado de visón, y Bioy me confió al oído:

–Esta mujer hace de la peletería una milicia.

Después, por pura formalidad, le pregunté cómo estaba Silvina.

Su respuesta fue demoledora:

–A veces está bien. Pero otras veces cree que está en un barco. Es muy desagradable…

Entonces, hizo una pausa, antes de continuar:

–¿Leyó usted alguna vez aquel poema de Walt Wittman, que dice: “El movimiento que articula un dedo logra superar a la mejor máquina inventada  por el hombre”? Bueno, la miro a Silvina, recuerdo ese poema idiota y pienso que sólo a Dios se le puede ocurrir una máquina con hueso, sangre, carne y grasa”

Aquella fue la última vez que lo vi.

Ahora, que ya no está entre nosotros, pienso que haberlo conocido fue un extraño y maravilloso beneficio.

Imagen de portada: Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y… Benny Hill. (Ilustración de Osvaldo Révora)

FUENTE RESPONSABLE: Télam Digital. Por  RICARDO RAGENDORFER. 8 de julio de 2022.

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Hotel Jousten: la princesa de los cuentos de Borges y su palacio en el bajo porteño.

En el comienzo de la historia del hotel Jousten hay una princesa y un terreno baldío; en el último capítulo, la puesta en valor de un espléndido edificio en la esquina de 25 de Mayo y Corrientes, pleno bajo porteño. 

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea por favor adonde se encuentre escrito en azul. Muchas gracias.

Anclado sobre la barranca, justo ahí donde cae suave la pendiente en dirección al río, el Jousten emerge renovado entre las arquitecturas de gran porte que hacen al paisaje de la zona, felizmente viva tras el largo silencio que impuso la pandemia. Nada es para siempre, aunque la vigencia del hotel desmienta ese mantra. Hace casi un siglo que está intacto, y ahí.

La espléndida fachada del Hotel sigue intacta

La espléndida fachada del Hotel sigue intacta.Hotel Jousten

“Aprovechamos la época de crisis de salud pública, donde nos vimos obligados a cerrar, para remodelar el hotel: en las áreas públicas como el bar, el restaurante, el lobby, y, además, se realizó una nueva decoración en las habitaciones. De esta manera, ya se encuentra operativo, ofreciendo el servicio de calidad de siempre en espacios totalmente renovados”, asegura Diego Chourrout, director general y a cargo de la gestión del NH Collection Jousten, cadena a la que pertenece desde 1998. La propuesta elaborada por el estudio TBC, Interior Design + Architecture, con sede en Madrid, buscó rescatar los aspectos originales de la propiedad combinándolos con materiales y piezas contemporáneas adecuadas a las exigencias del viajero post covid, que ya no es exclusivamente corporativo. Los pasillos que enhebran las antiguas habitaciones -distribuidas en nueve pisos, más una torre central en el remate – ahora son íntimos y coloridos gracias a detalles como las alfombras con estampas vegetales de Christian Lacroix y unas confortables poltronas en las áreas de descanso.

En las habitaciones predominan muebles de perfecta factura y en los sectores comunes se privilegiaron los tonos dorados, espejos y asientos de diseño que invitan a disfrutar un café o un trago after office sin necesidad de estar hospedado, una decisión que seguramente hubieran aplaudido sus primeros proyectistas.

Tonos cálidos, espejos y muebles confortables en el nuevo lobby

Tonos cálidos, espejos y muebles confortables en el nuevo lobby. Hotel Jousten

Una historia con acento francés

Hacia 1925 María Lidia Lloveras Doufur, princesa de Faucigny Lucinge, soñaba con reproducir en Buenos Aires su château francés. La “Colorada Lloveras” (como se la conocía en su juventud, por su cabellera rojiza) había heredado de sus padres unas cuantas propiedades y terrenos desparramados sobre la avenida Corrientes (entonces más angosta) entre el Obelisco y Leandro Alem; pero no queda claro si en esa esquina estaba originalmente su residencia y si ésta fue demolida luego para levantar el emprendimiento. 

Lo cierto es que encargó los planos al cuñado de su hermana, el arquitecto e ingeniero Raúl Pérez Irigoyen y a su socio Luciano Chersanaz. La obra comenzó al año siguiente y finalizó en 1928 con la inauguración del entonces presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear.

Vistas espectaculares al rio y Puerto Madero

Vistas espectaculares al rio y Puerto Madero. Hotel Jousten

Las crónicas de la época recuerdan la elegancia de su interior: mayólicas de España, columnas talladas en yeso; pisos y escaleras de mármol traído de una cantera de las afueras de Carrara, Italia, pasamanos de hierro forjado hecho por dos herreros de renombre internacional. El mobiliario y la decoración eran de la antigua casa Nordiska, nada menos.

La fachada es notoria desde cualquier ángulo, y en especial vista dentro del conjunto vecino: su aire neoplateresco, una versión del barroco español, destaca entre la silueta lacia del Comega y el lenguaje clásico de la Bolsa de Comercio, obra de Alejandro Christophersen. 

Un gran arco de acceso, custodiado por dos soldados de armadura realizados en bajorrelieve, invitaban a subir las escaleras hacia la planta baja del Jousten. Al principio de los tiempos, a la derecha se ubicaba el salón para señoras y, del lado izquierdo, el de lectura, mientras un pasillo hacia el fondo conducía al subsuelo donde funcionaba el famoso restaurante El Faisán que, por estar sobre una marcada pendiente, asomaba hacia el este. 

En el primer piso se disponían la sala de desayuno junto a la cocina y el salón de fiestas hacia 25 de Mayo. Dicen que en la esquina hubo un local comercial con ingreso propio, y que en la azotea del piso 9 hubo un bar y restaurante con terraza al aire libre, espacio que más tarde sería destinado a las suites.

Nuevo mobiliario en las habitaciones

Nuevo mobiliario en las habitaciones. Hotel Jousten

Una princesa venida a menos

Amiga del escritor Jorge Luis Borges, y musa de varios de sus relatos, María Lidia no tuvo precisamente un final de cuentos. Había sido inmensamente rica pero su marido el príncipe había dilapidado su fortuna, dejándola sin un peso. 

En Borges a contraluz, la escritora Estela Canto revisa algunos pasajes más tristes de la vida de esta princesa porteña, que para entonces ya había perdido el hotel. “Como ya dije, Borges tomó la costumbre de quedarse a comer afuera, después de sus conferencias, con algunas de sus amigas más asiduas. Las favoritas éramos la princesa de Faucigny-Lucinge, Ema Risso Platero, Delfina Mitre, a quien él llamaba ‘la mística práctica’, y yo. 

Bor­ges tenía una especial debilidad por la princesa y creo que, al nombrarla, sacó del olvido a una persona que, a su manera, fue importante para él. María Lidia Lloveras, princesa de Faucigny-Lucinge, era una mujer más bien baja, algo entrada en carnes, de más de cincuenta años, con el pelo teñido de un tono rojizo. En su juventud la llamaban ‘la Colorada Lloveras’. Buena parte de las manzanas de la calle Corrientes, en el tramo comprendido entre Leandro Alem y el Obelisco, le había pertenecido. 

Con esto, su pelo rojo y su trato amable, no tuvo dificultades en conquistar uno de los primeros tí­tulos nobiliarios de Francia. Su marido, Bertrand de Fau­cigny-Lucinge, recuperó al casarse su estatus principesco y se dedicó a dilapidar las rentas de la princesa.

Pero en la Argentina sucedió algo peor. Como apoderado y adminis­trador de su fortuna, había nombrado a un po­lítico conservador de renombre. 

Este caballero no demoró en hacer que pasaran a su cuenta personal las cuantiosas propiedades de la princesa ausente. El príncipe, viendo que las rentas disminuían, abandonó a su mujer, o tal vez ella, alarmada, lo abandonó. 

De todos modos, tuvo que volver sola a la Argentina y, tras perder algunos pleitos, vivía aho­ra de una modesta pensión y de la ayuda que le prestaban sus amigas” recuerda el texto. “Era una mujer espontá­nea, cordial, que soportaba con estoicismo la pérdida de su fortuna, algo penoso en todas partes, catastrófico en la Argentina. La princesa era despreciada por haber perdido esa for­tuna. La sociedad prefería olvidarla. Borges compensa­ba esto de alguna manera. Él siempre la llamó ‘princesa’ y nunca se tomó la li­bertad de tutearla, como era costumbre entonces en ciertos medios”.

Una barra nueva en la city

Una barra nueva en la city. Hotel Jousten

Segundas oportunidades

Ni un cazafortunas, ni una dictadura, ni una pandemia pudieron con el edificio. Las topadoras podrían haberlo volteado en 1980, cuando cerró sus puertas porque el gobierno de facto no atraía a los turistas. 

La propiedad entró en una larga y triste decadencia, hasta que en 1998 la cadena española se hizo cargo del negocio. Su renacer fue una suerte de lección en medio de la voracidad de los desarrollistas por cada metro cuadrado de la ciudad.

Hacia el 2000, una respetuosa restauración le devolvió el brillo, al punto de alcanzar la distinción de la Sociedad Central de Arquitectos y ser declarado Testimonio Vivo de la Memoria Ciudadana por haber mantenido su carácter y aspecto originales, mérito de los estudios de arquitectura Urgell-Fazio-Penedo-Urgell, Fernández-Otero y Caparra-Entelman y Asociados; y de la constructora RT Construcciones. La fachada sigue intacta, solo perdió las rejas artísticas del acceso y el local en la ochava, reemplazando la puerta por una ventana que hoy permite agradables visuales desde el nuevo bar. Una segunda oportunidad que Buenos Aires y los vecinos agradecen…

Imagen de portada: La espléndida fachada del Hotel sigue intacta. Hotel Jousten.

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Argentina. Por Marina Gambier. 28 de junio 2022.

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Siglo XX: la épica del escritor

En el siglo XX los escritores fueron referentes de una sabiduría basada en el poder de la letra. Hoy, su importancia ha disminuido. El culto al genio ha desaparecido.

Cuando yo estudiaba Letras en los años ochenta, Mario Vargas Llosa visitó Caracas y ofreció una charla en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela. El auditorio estaba a reventar de gente, especialmente de estudiantes. 

Años antes, Julio Cortázar había llenado el Aula Magna de la misma casa de estudios, con un aforo de unas tres mil personas. Los escritores eran una suerte de estrellas de rock: convocaban multitudes, se entrevistaban con presidentes, hablaban para la televisión y eran escuchados hasta por la gente que no los había leído. 

En los años cuarenta, Rómulo Gallegos se convirtió en el primer jefe de Estado venezolano elegido por votación universal, directa y secreta; su fama de escritor constituyó la mejor carta de presentación. El ciclo novelesco de Gallegos resultaba inaccesible para un gran número de venezolanos analfabetas, pero igual se sabía quién era el autor de Doña Bárbara.

Gabriel García Márquez se tuteaba con dictadores como Fidel Castro y era el ídolo del primer mandatario estadounidense Bill Clinton, por no hablar de sus entrevistas a presidentes como Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez. Gabriela Mistral y Pablo Neruda, premios Nobel, contaban con un público popular que recitaba sus versos de memoria. Los funerales de Víctor Hugo en Francia y de Amado Nervo en México convocaron multitudes. Octavio Paz y Carlos Fuentes fueron referencias internacionales, con todos los amores y odios que ello despertaba; también los franceses Jean Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir.

Que Boris Pasternak no recibiera la autorización de la Rusia soviética para recibir el premio Nobel causó consternación. Pasternak, al igual que Anna Ajmátova, vivieron el acoso del poder, inconforme con su obra. Los seguidores de la poeta memorizaban sus poemas aprendidos de copias manuscritas porque se le prohibió publicar. 

La importancia concedida a los escritores durante la dictadura de Stalin, quien los definió con la infeliz metáfora de ingenieros del alma, significó paralelamente la ruina personal de muchas voces y su prestigio internacional. No es casualidad que León Trotsky, nada más y nada menos que jefe del ejército rojo en los años veinte del siglo pasado, les concediera un rol preferente en la construcción del socialismo y escribiera sobre el tema. 

Los afanes de control de las dictaduras de distinto signo señalaban, paradójicamente, su respeto a los efectos de la literatura como práctica cultural. Como bien señala Mercedes Monmany en Sin tiempo para el adiós, el ascenso de Hitler empujó al exilio a lo mejor de la literatura alemana de esa época, con nombres como Thomas Mann o Stefan Zweig; sus textos caerían en el mismo saco en el que cayeron las esculturas y pinturas presentadas en la exposición de arte degenerado, organizada por los propios nazis. Leerlos a escondidas significaba un acto de resistencia.

Instituciones educativas, gobiernos, editoriales, medios de comunicación y público se daban la mano al concederle a la imaginación literaria una comprensión superior del mundo; el arte y la literatura formarían las sensibilidades de los hombres y mujeres de las naciones emergentes y consolidadas, de los países revolucionarios y de las elites intelectuales. Los escritores se convirtieron en faro y guía de la nación y la juventud, maestros de una sabiduría basada en el poder de la letra, depositaria del destino de la cultura. 

Con la crisis de la esperanza infinita que significó el siglo XX en el mundo y con el auge de los medios de comunicación, la importancia de la literatura y de los escritores disminuyó. Por ejemplo, la revolución bolivariana jamás se interesó en los escritores. Los medios de comunicación, en especial la televisión, copaban su atención, a diferencia de su régimen homólogo cubano, siempre atento a lo dicho y escrito por sus narradores y poetas. 

Solo los países más absurdamente autoritarios siguen pendientes de estos temas, al estilo del chino o del nicaragüense, capaz de prohibir la última novela de Sergio Ramírez.

Sería muy fácil afirmar que esta pérdida de relevancia cultural se conecta con el cuestionamiento del rol del intelectual en la esfera pública. Tiene relación, pero va más lejos: el culto al genio ha desaparecido. 

La exaltación de la inteligencia y el talento, propia del ideario romántico decimonónico, que atravesó el siglo veinte en manifestaciones tan distintas como la ciencia, el arte, la literatura y el pensamiento, ya solo se manifiesta en la adoración de las figuras deportivas. El cuerpo es el depositario del talento comprobable, parece decirnos esta época. 

En otras áreas la legitimación es mucho más relativa, con la excepción de la ciencia, cuya dificultad la deja fuera del alcance de la mayoría. Todos somos artistas, escritores y pensadores: las redes sociales, los blogs y la “fan fiction” desarrollada a partir de obras como las del ciclo de Harry Potter (J.K. Rowling) así lo indica. 

Cualquier youtuber que escriba un libro tiene mucho más lectores que un escritor o escritora de lo que convencionalmente se considera literatura.

La pulcritud ideológica de izquierda y de derecha exige a los escritores de fama mundial ser comedidos y cuidadosos en sus opiniones. 

Gente que jamás ha leído a Vargas Llosa lo condena por sus ideas políticas, lo cual me recuerda a algunos comunistas risibles que no leían a Jorge Luis Borges, considerado un hombre de derecha. No importa su genio, porque el genio es visto con desconfianza y la mediocridad es virtud. 

Por supuesto, sigue existiendo un público literario exigente y con lecturas, respaldado por editoriales interesadas en este tipo de arte verbal; se trata de un circuito minoritario amparado por revistas y suplementos culturales a los que se les van recortando las páginas. 

Como decía Borges en su ensayo “Los clásicos”, los grandes nombres de la literatura del pasado pueden devenir en páginas muertas. Ya está pasando: ¿acaso James Joyce o Proust, exaltados por su audacia verbal, son leídos en las escuelas de Letras y los postgrados de literatura? Crear un nuevo mundo con la palabra es ahora prerrogativa, como dije en el primer artículo de esta serie “La literatura no es lo que era”, de los escritores arraigados en los mitos del pasado, estilo George R. R. Martin (Canción de hielo y fuego).

No hay nostalgia ni crítica en mi comentario, solo constatación. Se trata del fin de una épica del artista y del escritor, propia de una época histórica que creyó en el poder de la innovación simbólica tanto como creyó en el poder de la política para reconstruir un mundo a la medida de los deseos de los hombres y mujeres comunes.

Imagen de portada:Gabriel Sozzi, CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Edición México. Por Gisela Kozak Rovero.Escritora y profesora universitaria venezolana. Su último libro es Casa Ciudad (cuentos). Reside en la Ciudad de México. Junio 2022

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¿Qué pasó con los dos primeros libros de Jorge Luis Borges?

El destino de un volumen de poemas y otro de ensayos, escritos antes de que el autor cumpliera 20 años, se han transformado en grandes enigmas para sus biógrafos y estudiosos.

En 1914, la familia conformada por el abogado y profesor Jorge Guillermo Borges, su esposa Leonor Acevedo Suárez y sus dos hijos adolescentes, Norah y Jorge Luis, viajaron a Europa para que el jefe de familia se sometiera a una nueva terapia oftalmológica que frenara la ceguera progresiva que lo afectaba. Pero no funcionó.

Atrapados en el viejo continente cuando se desató la Primera Guerra Mundial, se refugiaron en Suiza, que permanecía neutral, donde pasaron varios años. Al declararse el armisticio, se trasladaron a España, fijando residencia primero en Barcelona y luego en Palma de Mallorca.

Además de textos y algunos poemas sueltos, el joven Jorge Luis, que todavía no cumplía 20 años pero ya se vinculaba a los círculos ultraístas españoles, escribió dos libros que nunca alcanzaron a publicarse: ‘Los naipes del tahúr’, de ensayos literarios y políticos, y ‘Los himnos rojos’, poemas dedicados a la recién triunfante Revolución Rusa, a la que la mayor parte de los intelectuales de la época le dedicaban textos y versos de esperanza.

Estos primeros libros de Borges, previos a ‘Fervor de Buenos Aires’, aparecen mencionados o tangencialmente mencionados en ‘Un ensayo autobiográfico’, texto escrito por Borges y traducido al inglés por Norman Thomas de Giovanni, su asistente y traductor, y publicado en ese idioma en la edición de la revista The New Yorker del 19 de septiembre de 1970.

De ‘Los naipes del tahúr’ se sabe que, según su autor, el manuscrito fue destruido al retornar a Buenos Aires, al no encontrar editor; sin embargo, se cree que podría haber sobrevivido alguna copia. Y de ‘Los himnos o ritmos rojos’ solo se conserva ‘Rusia’, poema en prosa publicado en la revista madrileña Grecia del 1 de septiembre de 1920.

RUSIA

La trinchera avanzada es en la estepa un barco al abordaje con gallardetes de hurras: mediodías estallan en los ojos. Bajo estandartes de silencio pasan las muchedumbres y el sol crucificado en los ponientes se pluraliza en la vocinglería de las torres del Kremlin. [sic] El mar vendrá nadando a esos ejércitos que envolverán sus torsos en todas las praderas del continente. En el cuerno salvaje de un arco iris clamaremos su gesta bayonetas que portan en la punta las mañanas.

Algunos estudiosos de la obra de Borges sugieren que otros textos de aquel primer poemario aparecieron en ‘Fervor de Buenos Aires’, que su autor hizo imprimir en 1923.

Además, el escritor argentino hace alusión a ‘Los himnos rojos’ o ‘Los ritmos rojos’ en el cuento ‘El otro’, aparecido en 1975 en el volumen ‘El libro de arena’. Se trata de un libro que el joven Borges está escribiendo y, según asegura textualmente al viejo Borges, “cantaría la fraternidad de todos los hombres”, hermanado con los oprimidos y parias del mundo.

Como se señaló, ambos volúmenes se han perdido en las sombras de la historia, aunque se asegura que nunca ha cesado la tarea detectivesca que permita hallarlos en algún anaquel de una biblioteca improbable. Por cierto, un buen argumento para otro cuento borgeano que, quizá, alguien escriba alguna vez.

Los libros perdidos de Borges

Imagen de portada: Jorge Luis Borges en 1921

FUENTE RESPONSABLE: M1. Por Gustavo H. Mayares. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Historia/Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges en su segunda visita al Chaco

El destacado literato disertó el 26 de abril de 1968 en el salón de actos del diario «El Territorio».

La conferencia era parte del Ciclo Cultural 1968, con el auspicio de Olivetti Argentina. Decía la crónica: «Una numerosa concurrencia, como pocas veces se ha visto en nuestra casa, siguió las palabras de Borges, que desarrolló el tema «La literatura fantástica» Con anterioridad, el escritor mantuvo un contacto con la prensa, oportunidad en que dirigió un mensaje a la juventud argentina».

Transformaciones

«Tenemos nosotros, por un lado, la literatura realista, que trata de asuntos comunes, y del otro, la literatura fantástica, cuyo límite sólo lo encontramos en las posibilidades de la imaginación. Pero los temas de la literatura fantástica no son ilimitados, como podría parecer. Son unos pocos, y yo tomaré algunos para ejemplificarlos. 

«Uno de los más antiguos es el de la transformación; las metamorfosis del poeta Ovidio, por ejemplo. Nuestro lobizón, el tapiango, el werewrold, etc. 

Harto conocido es «Die Verwandiung», la metamorfosis, de Kafka. Menos conocido es el cuento «Lady in the Fox» (La dama en la zorra) del inglés David Gardner. Todo es trivial en esta narración, el lugar y los personajes. 

Ya Wells dijo que para convencer sólo debe haber un hecho excepcional. El señor Fox comprueba que su esposa se ha convertido en zorra, la reconoce por la mirada, todavía humana. Después de algunas alternativas, entre las que se cuenta la fuga de la zorra, su posterior encuentro en el gallinero masacrado, una nueva fuga, el señor Fox la halla en el campo rodeada por su cría, prueba de la convivencia marital con un zorro. El hombre regresa a su casa y organiza una cacería con perros. Estos dan caza a la zorra y la despedazan. Así termina el cuento. 

«Wells tiene un relato en el cual el tema es también la transformación. Un estudiante —joven, honesto y sano— conoce a Mr. Elveshan, que lo nombrara heredero universal. Van a un bar y el estudiante cree notar —ya no está seguro, porque lo real y la alucinación se confunden— que el hombre vierte un líquido en su copa. 

Después el joven sufre la metamorfosis, se convierte en Mr. Elveshan y comprende que su alma fue trasladada a un cuerpo decrépito. Escribe su historia y se envenena. La idea de la transformación es una idea verdadera, como que los años nos van transformando a todos». 

Sueño y realidad

«La confusión de lo onírico con lo real, del sueño con la vigilia, es otro de los temas fantásticos. Tomaré un cuento de «Las mil y una noches», la historia de un hombre que sueña una voz que le incita a que vaya a Isfaján, en Persia, pues si lo hace encontrará un tesoro. El hombre va. Una circunstancia lo lleva ante el juez de Isfaján y debe explicar las causas de su viaje. El juez, al oírlas, ríe. Él tuvo un sueño semejante: debía encontrar un tesoro oculto al pie de una higuera, detrás de un aljibe. El viajero comprende. Al regresar halla el tesoro bajo la higuera de su casa. 

«Un místico chino del siglo V a.C., Chuang Tzu, soñó que era una mariposa y que al despertar no sabía si había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre. Hasta la mariposa está bien elegida en este cuento, porque concuerda con el carácter onírico de nuestra vida. 

Wells escribió «El hombre invisible». El protagonista es un estudiante de medicina que logra el líquido mágico, pero luego ve sus limitaciones. Debe salir a la calle desnudo, a pesar del frío, porque sus ropas no son invisibles: la calle lo aterra, deja sus huellas en la nieve, los autos no lo ven. Finalmente, se disfraza para ocultar que es invisible. Va a otro pueblo y cuenta a un amigo su situación. Deciden instaurar una época de terror. Asaltan. El comisario halla la solución al problema: los perros. Al final lo alcanzan y lo matan, y en el proceso de corrupción el cuerpo se hace visible.

El tiempo

«Los juegos con el tiempo son también otro tema de la literatura fantástica. «La máquina del Tiempo» fue escrita, también, por Wells. El personaje dice que hay una cuarta dimensión, que es el tiempo. Procura demostrarlo científicamente. Trae la máquina y hace una demostración a sus amigos.

Envía la máquina al pasado y ésta desaparece. Los otros se van y el viajero del tiempo («The time travaller») dice que viajó al futuro y que llegó a un jardín donde hay seres más pequeños y delicados que los actuales, que se llaman eloi. No trabajan y se alimentan de frutas. De noche baja a un pozo, a un mundo subterráneo, el mundo de los morlocks, que son los descendientes de los descendientes de los proletarios actuales, que de tanto trabajar en la oscuridad se han vuelto ciegos. El viajero del tiempo desaparece y el autor se pregunta si viajó a un remoto pasado o hacia un remoto porvenir. 

«La máquina del tiempo sirvió de inspiración a Henry James para «El sentido del pasado», la historia de un joven norteamericano que va a Londres, a la casa de sus antepasados, y ve un cuadro inconcluso; el retrato lo sorprende porque es el suyo propio. Lee los volúmenes de la biblioteca y piensa que un esfuerzo mental lograría llevarlo al pasado. De repente se halla en el siglo XVII, con las ropas mismas del cuadro. Un artista hace su retrato y él le advierte que no podrá terminarlo. Lo sabe porque vio el cuadro en el siglo XX. Después entra al escritorio, se apagan los candelabros y se encuentra vestido, a la usanza del siglo XX».

Otras dimensiones

«Otro tema puede ser la presencia de seres sobrenaturales. Voy a referir una leyenda noruega. Habla de un rey cristiano y de su corte. Al palacio llega un viejo, una noche de invierno. El arpa, según la costumbre nórdica, pasa de mano en mano. Cuando llega al viejo, éste canta la historia del nacimiento del dios Odín. Cuando Odín nació, se presentaron dos hadas y le presagiaron grandes venturas. Llegó una tercera, que no había sido invitada, y sacó una vela. La encendió y dijo: «La vida de este niño durará lo que dure esta vela».

Los padres de Odín apagan la vela para que el niño no muera. La gente que escucha se ríe, no cree en lo que dice la canción. El viejo saca una vela y la enciende: «Aquí tienen la prueba», dice, y se marcha. Cuando la vela se apaga, los hombres salen buscarlo y lo hallan muerto, junto a su caballo. El que refirió la historia era el propio Odín. 

Tendríamos otros temas, el del doble, sugerido acaso por los espejos. «William Wilson», de Edgar Alan Poe, «El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde: el de las acciones paralelas, el hecho de que algo ocurre en un lugar y está ocurriendo de otro modo, en otro lugar, por ejemplo esta leyenda irlandesa medieval: hay dos reyes cuyos ejércitos están combatiendo, enfrentados. Los reyes juegan al ajedrez. Uno dice al otro, al atardecer. «jaque mate» y en ese momento llega un mensajero y comunica que su ejército fue derrotado. La batalla habla sido librada en el tablero de ajedrez y no en el valle». 

«¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Creo que reside en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, si no símbolos de nuestra vida, de lo inestable y misterioso de nuestra vida. 

Y pasamos a la filosofía, a sus hipótesis, tanto más extrañas que la literatura fantástica. La Idea platónica, la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño… Podemos preguntarnos, y no solo literariamente. ¿El Universo, nuestra vida, pertenece al género real o al género fantástico?

Mensaje a los chaqueños

«No sé qué puedo decirles. Pero creo haber notado aquí una voluntad de ser chaqueños o ser correntinos, y creo que es un error. Me parece que ocurre lo mismo que querría Marechal que ocurriera. Creo que no debemos esforzarnos en ser de una región país, porque ya lo somos. Creo que si un poeta chaqueño piensa que es chaqueño, eso puede, más bien, invalidar su trabajo, porque tendrá que ceñirse al preconcepto que él tiene de lo que es o debe ser un chaqueño. En cambio sí se olvida que es chaqueño y obra con espontaneidad, podría serlo de un modo más espontáneo y más pleno. 

«Yo escribí «Fervor de Buenos Aires». Allí yo quise hacer poesía de Buenos Aires. De ese libro dijeron que había fracasado y luego escribí un cuento: «La muerte y la brújula», en el cual yo usaba a Buenos Aires como un punto de partida para una especie de pesadilla y me dijeron que ahí estaba Buenos Aires mejor que en otros textos míos en que se mencionaban lugares, en que se acumulaba el color local, y pienso que debe suceder lo mismo con una región».

Imagen de portada: Gentileza de NORTE. Provincia de Chaco. Argentina

FUENTE RESPONSABLE: NORTE. Provincia de Chaco. Argentina. Por Roly Pérez Beveraggi. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Jorge Luis Borges

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cuento latinoamericano: trece poéticas que fundaron y renovaron el género (II)

Presentamos la segunda parte de una serie de entregas que publicaremos a diario sobre poéticas que han sido cruciales para el desarrollo del cuento en América Latina. Continuamos con las poéticas modernas desde Jorge Luis Borges.

En la imagen Jorge Luis Borges. El autor afirmó en su libro El aprendizaje del escritor que “cuando uno odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente, y, en ese sentido, uno se convierte en su esclavo. Lo mismo ocurre cuando nos enamoramos”.

Lado A: poéticas modernas

II. Un agujero negro (Jorge Luis Borges)

Borges es toda la literatura argentina, dice Alan Pauls. Si lo suscribimos, vemos a Borges omnipresente en la llamada “literatura fantástica”, aunque al unir esas dos palabras parece que destapáramos la caja la Pandora. 

Salto, por ahora, sobre el problema de lo fantástico en el cuento latinoamericano del siglo XX para poner a la vista solo un aspecto particular del fantástico en la cuentística de Borges, seguramente la de mayor gravitación en el universo literario de América Latina. 

Borges como agujero negro, digamos…

En sus clases para la Televisión Pública, en 2013, Piglia explica una distinción fundamental respecto de la literatura fantástica. Según él, en sentido clásico, la categoría se refiere a la novela gótica del siglo XIX, con sus mecanismos y formulaciones. 

En seguida, Piglia aclara que Borges no escribió literatura fantástica en ese sentido (aunque así la haya denominado él propio Borges, seguramente en un gesto de profunda ironía), sino que practicó la ficción especulativa o, si se quiere, la literatura conceptual. Es en esta franja de la vastísima obra de Borges donde mejor se ubica “El inmortal”.

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Le invitamos a leer: El cuento latinoamericano: trece poéticas que fundaron y renovaron el género (I)

La posición de Borges en el desarrollo del cuento literario moderno encarna un cuestionamiento —en la misma línea de Quiroga, pero ante las problemáticas de una modernidad posterior— que enfrenta radicalmente la tentativa de un posible orden universal. 

En sus textos de los años treinta, Borges ya no solo discute la inconcebible condición unívoca del mundo problematizada ya por Quiroga, sino que desestabiliza toda tentativa de orden mediante el juego especulativo-conceptual. La especulación borgeana la vemos en la exploración de sistemas complejos que sostienen la trama y que incluyen, por ejemplo, indagar en las posibilidades lingüísticas de los libros de una biblioteca inabarcable, transitar laberintos temporales, entrever las vicisitudes de la memoria total, sortear un universo alterno que surge de una enciclopedia apócrifa, explorar el pensamiento en bucle durante la ejecución de un hombre a manos del Tercer Reich, acceder a un excepcional palimpsesto del Quijote o, como es el caso de “El inmortal”, sondear la condición humana de la finitud y su contrario.

El procedimiento conceptual —al que Borges llega de la mano de Macedonio Fernández— con frecuencia deviene en paradoja. La especulación borgeana confirma su toma de posición estética: lo que en Quiroga fue cuestionamiento se convierte ahora en renuncia categórica. 

Esto se explica mejor si consideramos el profundo convencimiento del autor sobre la imposibilidad de representar la realidad, bien sea mediante un sistema fundado en la mera percepción o bien mediante uno que se sustenta en la lógica de la razón, tal y como lo plantea Beatriz Sarlo en Borges, un escritor en las orillas (1995).

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La estudiosa esclarece que la condición paradójica en la obra de Borges es un mecanismo que usa el autor, a causa de su interés por considerar, de forma simultánea, las posibilidades (e imposibilidades) que puedan suponer los distintos sistemas de representación de la realidad. Las paradojas no solo trabajan con las inconsistencias o las contradicciones, sino que, obedeciendo a una sólida coherencia formal, indican los límites de la lógica (sus escándalos) cuando se trata de aprehender la naturaleza de lo real y organizar un diseño ideal cuya pretensión sea representarlo.

Borges desenmascara la posibilidad fraudulenta de la representación lógica o perceptiva y anuncia las contradicciones entre la realidad y el discurso que pretende abarcarla. El cuento “El inmortal” es muestra de esa constante perturbación. 

En La fórmula de la inmortalidad, Guillermo Martínez menciona que la tesis de las dos historias de Piglia tendría un antecedente en Borges, en su prólogo a Los nombres de la muerte, de María Esther Vázquez (1964). Sin embargo, el precedente es anterior. En el ensayo “El arte narrativo y la magia” (1932), Borges analiza ya la manera como Chesterton construye escenas que operan como presagio de eventos que serán definitorios en el desarrollo argumental de una ficción. La aparente profecía (que puede ser un acto, una palabra, una imagen, etc.) es el mecanismo mediante el cual se cifra un sentido oculto de la historia, que luego se revelará como cumplimiento del vaticinio secreto. 

Este mecanismo podría tener formas como las de la imaginación proléptica (Bloom) de los personajes de Shakespeare. Es decir, un efecto de epifanía y de correspondencia interna, para Borges, es condición sine qua non del genio narrador. “Todo episodio —dice Borges— en un cuidadoso relato es de proyección ulterior”. El plano de esa proyección en Borges es la especulación narrativa propia de su poética, en la que reside también su innovación estructural del cuento moderno, su forma de cifrar los sentidos ocultos.

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Imagen de portada: Gentileza de El Magazín Cultural

FUENTE RESPONSABLE: El Magazín Cultural. El cuento latinoamericano. Por Alejandro Alba García.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poética moderna/Jorge Luis Borges.

¿Por qué Borges no ganó el Nobel de Literatura?

Las verdaderas razones por las que el poeta y escritor argentino estaba condenado a no recibir el codiciado galardón.

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Es casi vox populi que Jorge Luis Borges no obtuvo el Premio Nobel de Literatura por razones más políticas antes que estéticas. Nadie duda que él y su obra lo merecían, pero sus actitudes personales ante el mundo que le tocó vivir habrían sido un escollo insalvable para que la Academia Sueca le otorgara el codiciado galardón.

Fue nominado año tras año pero nunca logró pasar el filtro ético que los académicos del país escandinavo imponían y en muchos sentidos siguen sosteniendo; un filtro que, según se supo más tarde, en tiempos recientes, los propios miembros tampoco hubieran superado, teniendo en cuenta las denuncias que pesan sobre algunos de ellos.

Fue en 2018 cuando todo estallaba: denuncias de abuso sexual, filtraciones sobre ganadores (hasta para el Nobel hay apuestas en línea) y sospechas sobre sus finanzas, terminaron con la renuncia de varios de sus miembros e hicieron temblar hasta sus cimientos al majestuoso edificio ubicado en Estocolmo y a la propia institución fundada en 1786.

Sin embargo y más allá de los escándalos que salpicaron a la Academia, recientes revelaciones dan cuenta de que, en realidad, las probabilidades de que el autor de ‘El Aleph’ obtuviera el codiciado premio eran prácticamente nulas desde mediados de los 60, al menos; casi desde el principio. Y no justamente por las razones ya mencionadas.

María Esther Vázquez, autora del libro ‘Borges, esplendor y derrota’, editado por Tusquets, cuenta que en 1964 acompañó a Borges a Estocolmo para participar en una cena con escritores suecos. Allí, Artur Lundkvist leyó un poema de su propia autoría sobre el cual el escritor argentino no tuvo piedad: lo ridiculizó frente a varios invitados, quienes poco más tarde le fueron con el chisme al sueco.

Poeta, escritor y traductor, Lundkvist (1906-1991) era -y sigue siendo- muy reconocido en su país. De hecho, había traducido e introducido en Europa al mismísimo Borges, de quien era profundo admirador. Su desazón, obviamente, fue suprema, y lo demostró desde 1968, cuando ingresó como miembro y secretario permanente de la Academia, hasta su muerte, bloqueando sistemáticamente las nominaciones del escritor argentino.

Vale advertir, no obstante, que Borges no hizo en adelante demasiado para ganarse las simpatías de la ‘progresía’ dominante por entonces entre las paredes del majestuoso edificio que se levanta en la capital sueca. Todo lo contrario, su ética no le impidió recibir con alegría y satisfacción otros premios de manos ensangrentadas.

El 21 de septiembre de 1976, en medio de la década más oscura y sangrienta que haya vivido Sudamérica en toda su historia, el autor de ‘Ficciones’ se presentaba en Santiago de Chile para recibir de manos de Augusto Pinochet el doctorado honoris causa en la universidad del país trasandino. “Aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”, decía el argentino.

Más tarde, Borges se reunió con el dictador chileno y declaró a la prensa de ese país: “Él es una excelente persona, por su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho”. De modo que no había marcha atrás: ni la Academia ni ninguna institución democrática podría premiar al poeta argentino tras semejantes dichos, con esa actitud ante la realidad política y social del continente.

“La Academia Sueca nunca le dará el Nobel a Borges… La sociedad sueca no puede premiar a alguien con esos antecedentes”, cuenta el escritor chileno Volodia Teitelboim, autor de ‘Los dos Borges’ (Sudamericana), que le dijo Lundkvist en 1980. El mismo que había sido ridiculizado por Borges 16 años antes, el mismo que ya era secretario permanente de la Academia.

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Las verdaderas razones por las que no le dieron a Borges el Nobel de Literatura

Imagen de portada: Gentileza de M1

FUENTE RESPONSABLE: M1. Por Gustavo H. Mayares

Jorge Luis Borges/Premio Nobel/Literatura

¿Qué pensaba en realidad Jorge Luis Borges del ‘Ulises’ y de James Joyce? 

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«Es una idiotez»

En su centenario, la novela del irlandés vuelve a reeditarse con el sospechoso aval del escritor argentino, pero… ¿le gustaba de verdad?

Hay pocas dudas de que Jorge Luis Borges es uno de los más grandes prescriptores y avalistas de la literatura universal, salvoconducto lector sin cuyo pase ningún libro puede adquirir condición de auténtico clásico. El escritor argentino logró algo más que legar a la posteridad un puñado de cuentos y ensayos inolvidables, también se impuso como la quintaesencia simbólica del acto de leer, del libro, de esa biblioteca de Babel de infinitos anaqueles inagotables. No es extraño que sus citas se multipliquen en las contras y fajas publicitarias de otros títulos como sello de validación definitivo: esto hay que leerlo, lo dijo Borges. Pero es necesario recordar que muchas aquellas citas eran de circunstancias, cortesías o, sencillamente, malinterpretaciones.

El centenario de la publicación del ‘Ulises’ de James Joyce ha vuelto a desempolvar las disposiciones borgeanas. La nueva edición de la célebre traducción de José María Valverde revisada por Andreu Jaume, por ejemplo, lleva repetida en faja y contra esta misma cita del autor de ‘ El Aleph ‘: «Si tuviera que perderse todo lo que se llama literatura moderna y hubiera que salvar dos libros, esos dos libros que podríamos elegir en todo el mundo sería en primer término el ‘Ulises’ y luego el ‘Finnegans Wake, de Joyce». Hay también un poema titulado ‘Jame Joyce’ en el que Borges concluye «Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día», lo que no deja de ser un curioso elogio.

Extracto de la faja de la nueva edición del 'Ulises' de Joyce en Lumen.

Extracto de la faja de la nueva edición del ‘Ulises’ de Joyce en Lumen.

Sin embargo, una conferencia de 1960 en la Universidad de La Plata, Borges lamentaba: » Joyce empezó escribiendo poemas. Estos poemas son realmente extraordinarios. Es una lástima que Joyce, que tomó significativamente el nombre de Dedalus, se dedicara a construir laberintos, a construir vastos laberintos en los que él mismo se perdió y en los que sus lectores se pierden». Ya tres décadas antes, un joven Borges que reconocía no haber podido terminar el ‘Ulises’, se permitía bromear así: «Si Shakespeare —según su propia metáfora— puso en la vuelta de un reloj de arena las proezas de los años, Joyce invierte el procedimiento y despliega la única jornada de su héroe sobre muchas jornadas de lector. (No he dicho muchas siestas)».

Conferencia de Borges sobre James Joyce y el ‘Ulises’

Pero donde mejor descubriremos lo que verdaderamente pensaba Borges del ‘Ulises’ en concreto y de su autor, en general’, lo encontramos en ese libro maravilloso y divertidísimo en el que el también escritor Adolfo Bioy Casares recogió minuciosamente los diálogos privados con su inseparable amigo Borges que se sucedieron durante décadas. Basta con dirigirse al índice onomástico y comprobar el resultado. Atiendan.

– «Qué error el de Joyce haber escrito un libro tan detallado». «Su estética es espantosa con momentos agradables».

Adolfo Bioy Casares - 'Borges'. (Destino)Adolfo Bioy Casares – ‘Borges’. (Destino)- 

«Las ideas de Joyce no eran lúcidas. Los cuentos de ‘ Dublineses ‘ son muy bobos». «Los libros de Joyce son una idiotez pero permiten el comentario de los críticos». – «El ‘Ulises’ carece de todas las virtudes que requiere una novela». «Es un libro que muchos han comprado y nadie ha leído. Parece que hay que leerlo todo al mismo tiempo. ¿Cómo se hace eso? Tal vez Dios pueda hacerlo». – «Joyce demuestra que en esta época puedes publicar cualquier cosa sin cubrirte de oprobio».

Imagen de portada: Gentileza de Getty/Sophie Bassouls

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Daniel Arjona. Febrero 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/James Joyce/Ulises/Jorge Luis Borges