¿Cuánto tiempo llevas sin terminar un libro? Cinco novelas que te harán reengancharte a la lectura.

SIEMPRE HAY TIEMPO PARA LEER

Recomendamos cinco estupendos libros, de géneros y estilos muy variados, que son ideales para recuperar la pasión por la lectura.

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Leer es una de las actividades más valiosas que existen en el mundo, tanto por las ideas y riqueza intelectual que nos transmiten como por el placer de adentrarnos en los mundos que proponen sus autores, y además porque nos ayudan a mantener la mente activa. 

Sin embargo, muchas personas reducen el tiempo que dedican a la lectura con el paso de los años, y algunas abandonan esta afición por completo. Las obligaciones laborales y familiares, así como las numerosas distracciones de la vida moderna (como por ejemplo los teléfonos móviles y las redes sociales), hacen que cada vez tengamos menos tiempo para leer un buen libro. 

Sin embargo, al final la tan socorrida frase de «es que no tengo tiempo» es solo una excusa, porque si algo de verdad nos interesa sólo hay que saber darle prioridad para encontrar los huecos diarios en los que entregarnos a ello. Además, un libro (o un lector de libros electrónicos) es fácil de llevar con nosotros a cualquier parte, y es una actividad que nos puede amenizar momentos de espera o trayectos en transporte público.

A veces, solo hace falta toparse con un libro que consiga atraparnos para retomar el interés por esta afición tan beneficiosa y enriquecedora. Os proponemos cinco libros de estilos diferentes y variados: estamos seguros de que como mínimo alguno de ellos os puede servir para volver a despertar en vosotros la pasión por la literatura, para que una vez empecéis no queráis parar ni dejarlo a medias, y que para cuando lo acabéis sintáis el deseo de empezar otro libro.

George R. R. Martin – Fuego y sangre

Fantasía. Esta precuela de Juego de tronos narra varias generaciones y reinados de la casa Targaryen, empezando por la conquista de Poniente por el primer Aegon junto a sus hermanas/esposas y sus respectivos dragones. Buena parte del libro está dedicada a los sucesos que estamos viendo en la serie La casa del dragón de HBO, por lo que si leéis este libro podréis descubrir de primera mano cómo se va a desarrollar el conflicto que enfrenta a diferentes ramas de la familia Targaryen, además de conocer a muchos otros personajes fascinantes que vivieron antes y después.

Su historia comienza unos 300 años antes de Juego de tronos, y acaba unos 150 años antes (habrá una segunda parte para terminar de contar la historia de la dinastía Targaryen). Al ser una precuela, no hace falta que hayáis leído antes otros libros de Canción de hielo y fuego, y si os gusta la fantasía y ya habéis disfrutado de las series de este universo, os aseguramos que lo vais a gozar con este libro.

Luz Gabás – Lejos de Luisiana

Novela histórica y romántica. Con este libro apostaréis sobre seguro, porque hablamos de la obra que ha ganado el último Premio Planeta. Su autora es la aragonesa Luz Gabás, que además de su trayectoria como escritora y filóloga también fue alcaldesa del municipio de Benasque entre 2011 y 2015.

Está ambientada en Norteamérica en el siglo XVIII, en un contexto de disputas coloniales entre franceses y españoles, así como el origen de la independencia de Estados Unidos de los ingleses y las luchas de los nativos por sobrevivir. La historia se centra en la familia Girard, durante las cuatro décadas en las que España poseyó las tierras de Luisiana.

J. D. Salinger – El guardián entre el centeno

Coming-of-age. Un libro que todo el mundo debería leer al menos una vez en la vida, y que además se lee rápido porque pese a que es de 1951 está escrito de forma muy sencilla y amena, y además es corto (algo más de 200 páginas, dependiendo de la edición).

Narra en primera persona los días que pasa el protagonista Holden Caulfield en Nueva York tras ser expulsado de su instituto, y nos hace simpatizar con un joven individuo que es problemático pero con un gran corazón, que se resiste a la pérdida de inocencia que suele conllevar la madurez y cuyas inquietudes le hacen preguntarse cosas que a la mayoría de la gente no le preocupan, como por ejemplo: ¿dónde van los patos del lago de Central Park en invierno, cuando se congela?

Frank Herbert – Dune

Ciencia ficción. Muchos consideran que este libro es la mejor obra maestra del género de ciencia ficción de la historia. Es de 1965, pero sus temas siguen siendo muy vigentes y su historia está muy de actualidad gracias a las películas dirigidas por Denis Villeneuve y la serie precuela que hay en preparación para HBO Max. Leer ahora esta joya de libro es una idea excelente, ya que así podréis terminarlo antes de que salga la segunda película de Villeneuve en noviembre, que adapta la segunda mitad de la novela.

En un futuro distante, la familia noble Atreides (incluyendo el joven Paul) debe trasladarse de un planeta de grandes océanos a un mundo totalmente desértico llamado Arrakis, también conocido como Dune. Este lugar es la fuente de la especia, la sustancia más valiosa del universo (que en este caso podría considerarse una analogía del petróleo en nuestro mundo). Su fascinante historia aborda temas como la religión, la ecología o la política. Si al acabarlo queréis más (lo cual es probable), hay otros cinco libros de la saga escritos por Frank Herbert, además de numerosas precuelas y secuelas escritas por su hijo en colaboración con otro autor.

Annie Ernaux – Los años

Novela autobiográfica. Esta autora francesa es la más reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura, y Los años (publicado originalmente en 2008) es para muchos el más importante de su larga carrera, y una puerta de entrada ideal a su obra.

En el libro, Ernaux hace un relato autobiográfico en tercera persona sobre la época transcurrida entre 1941 y 2006, unos años en los que tanto ella como quienes le rodeaban y Francia en su conjunto experimentaron todo tipo de cambios y acontecimientos.

Imagen de portada: Leer es una actividad que siempre debería tener nuestra prioridad (Pixabay/suju-foto)

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Por Roberto Ruiz Anderson. 26 de febrero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Libros/El placer de la lectura

Leopoldo Alas, La Regenta y el obispo.

El mundo del arte es un terreno abonado para las relaciones complicadas, donde suelen prodigarse las envidias, los ninguneos y las traiciones. El artista ingenuo no suele sobrevivir a las voraces depredaciones de sus contemporáneos, aunque, en algunos casos, los más singulares, pueda hacerlo su obra.

Quizá la rivalidad más conocida a nivel popular sea la mantenida por Mozart y Salieri, pasando este último, tal vez injustamente, a ser un arquetipo de impotente artista envidioso. 

En este caso el origen que dio pábulo a esta relación tumultuosa se debe a dos delirios simétricos y complementarios: el que tuvo Mozart antes de morir, debido a la fiebre propiciada por la neumonía que le consumía y en la que trasladó que había sido envenenado; y el que tuvo Salieri en su lecho de muerte, 34 años después, totalmente senil, en el que pregonó disparatadamente que había matado a Mozart. 

Mimbres suficientes para hilvanar una historia de desencuentros, envidias y traiciones que no parecen corresponderse con los hechos contrastados, pero que han dado pábulo a las versiones de Aleksandr Pushkin y de Nikolái Rimski-Kórsakov, así como a las recreaciones de finales del pasado siglo, una de ellas cinematográfica de notable éxito, de Peter Shaffer y del Milos Forman.

Un caso menos conocido, pero mucho más relevante para la vida y la obra de su autor, así como para los avatares ulteriores de su familia, es la mantenida por Leopoldo Alas Clarín y el obispo de Oviedo, Ramón Martínez Vigil. 

Este obispo, misterioso, culto, intrigante, fue el verdadero antagonista de Leopoldo Alas Clarín, su máximo oponente y detractor. El mitrado fue el primero en hacer una lectura ideológica de La Regenta —nada más aparecer su primer volumen, sin esperar a la publicación del segundo—, que no solo predeterminó su recepción en Oviedo, sino que reforzó su condición de novela de clave a nivel nacional; así como igualmente fue el solapado responsable del subrepticio edicto que decretó la damnatio memoriae sobre el legado intelectual de Leopoldo Alas Clarín.

Una damnatio memoriae todavía vigente, cuyo influjo puede seguirse en las sucesivas corporaciones del Ayuntamiento de Oviedo —43 desde la muerte de Leopoldo Alas Clarín—, sin que ninguna de ellas, me recuerda José Galán, le haya brindado «el reconocimiento institucional que se le debe». 

Tampoco existe un lugar de recepción que acoja y recoja el universo clariniano en Oviedo, como sucede en otras ciudades de España y de Europa con sus autores dilectos. 

El visitante que quiera conocer dónde escribió Alas Clarín La Regenta se encuentra sin ninguna orientación oficial y sin indicación alguna en el edificio de la calle Uría donde compuso su memorable novela, así como tampoco de los diferentes lugares donde vivió Leopoldo Alas y elaboró Su único hijo. Tampoco, y esto no puede considerarse un símbolo menor, se ha repuesto La imagen de la verdad desnuda de hipocresía en la trasera del monumento del Campo San Francisco. 

Pero, todavía existe otro solapamiento más sutil y, por lo tanto, más oprobioso, que hace más patentes las subrepticias restricciones devenidas de la damnatio memoriae decretada por fray Ramón Martínez Vigil y sus adláteres, por mucho que a los estudiosos siga sorprendiendo su tácita influencia —aunque de manera más tamizada— en Oviedo. 

Uno de ellos, quizá el más llamativo, se encuentra en el entorno de los premios Príncipe de Asturias, ahora Princesa de Asturias. Sabido es que los discursos del rey, luego leídos por el príncipe (ahora por la princesa), siempre han tenido, dada su importancia, una cuidadosa elaboración, por lo que tradicionalmente se ha tenido en cuenta para ciertos aspectos el asesoramiento de un núcleo importante de personalidades de Oviedo. 

Pues bien, en casi 40 años de premios se han citado escritores asturianos de diferente hondura y enjundia, pero en ninguno de ellos se ha hecho una mención, una referencia, al escritor más relevante que ha dado Asturias y que no es otro que el silenciado Leopoldo Alas Clarín. Ciertamente, hubo un tiempo en donde el marco histórico era favorable para estos silencios, pero ahora también los inveterados reductos de estas retardatarias élites encuentran fácilmente acomodo en un contexto igualmente afín: el de los tiempos líquidos bajo el predominio de lo cursi.

El lector foráneo de La Regenta no encontrará en Oviedo apenas memoria de Alas Clarín, salvo los renglones de su novela, inscritos con indeleble tinta en sus calles, pero siempre podrá sentarse, para descansar de su infructuosa y ardua búsqueda, en uno de los bancos recientemente inaugurados en el entorno comercial de la antigua estación del Vasco, en donde podrá leer con sorpresa, sobreimpresos, una serie de poemas. 

Algunos, los menos, de verdaderos poetas (supongo que para justificar el engendro), del resto, mejor guardar un piadoso y compasivo silencio. El lector foráneo, sin salir de su asombro, buscará todavía algún texto de Alas Clarín, pero solo encontrará anodinos versos dignos de Trifón Cármenes.  Un despropósito.

No es extraño, sobre todo teniendo en cuenta su incidencia en la obra de Leopoldo Alas Clarín (tanto en la recepción de La Regenta como en el resto de su producción literaria y periodística, así como en sus derivadas de índole social, cuyo interés transciende lo meramente literario), que los estudiosos de su obra se hayan centrado últimamente en la enigmática y escurridiza figura de fray Ramón Martínez Vigil. 

Un personaje determinante, no solo para Alas Clarín, sino para la conflictiva relación que el sector dominante de la ciudad ha mantenido hasta la fecha con la figura y la obra del escritor ovetense. 

En esta personalidad catedralicia, y en su relación con Alas Clarín, se centra el último estudio realizado por Yvan Lissorgues y Jean François Botrel, reconocidos hispanistas y especialistas en la obra del hacedor de Guimarán.  

Los dos estudiosos, a los que los consumados clarinistas reconocen como máximas autoridades en la materia, se han unido para escribir este libro conjuntamente, titulado Leopoldo Alas, La Régente et L’ÉVÊQUE (Leopoldo alas: La Regenta y el obispo). 

Este hecho, por sí mismo, lo convierte en excepcional; debido a que los dos investigadores, después de una larga indagación clariniana (por ejemplo, la biografía de Yvan Lissorgues resulta indispensable para cualquier acercamiento al autor de La Regenta: Leopoldo Alas, Clarín, en sus palabras; o el Clarín periodista de Jean-François Botrel), sienten la necesidad de profundizar en esta relación, la mayoría de las veces subrepticia, que ha condicionado la percepción de la obra clariniana, especialmente en Oviedo.

El libro, escrito a cuatro manos, sorprende por su amenidad y por las numerosas cuestiones que ilumina y documenta, a veces por primera vez. 

Los dos profesores analizan el contexto en el que se ha desarrollado la memorable obra clariniana, describiéndonos no solo al escritor —del que nos desvelan su intimidad creativa—, sino al comprometido profesor universitario. Leopoldo Alas Clarín cobra vida en estas páginas, los dos especialistas nos devuelven íntegras sus inquietudes, anhelos y preocupaciones, así como el latido social de aquel Oviedo que, sorprendentemente, nos resulta tan parecido al actual. 

Los dos investigadores llegan a preguntarse sobre ¿quién era Ramón Martínez Vigil?, el poliédrico obispo de Oviedo. A despejar estos interrogantes y a secuenciar sus múltiples facetas, así como a interpretar y discernir las relaciones, a veces tortuosas, que mantuvo con el escritor a lo largo del tiempo, se han aplicado con concreción los dos investigadores. 

Leopoldo Alas: La Regenta y el obispo, además de un lúcido relato, es una presentación de pruebas, tal vez para que los investigadores continúen ahondando en esta relación tan controvertida, en la que los especialistas no acaban de ponerse de acuerdo.

Yvan Lissorgues y Jean-François Botrel dejan abiertas las posibles interpretaciones, si bien parecen inclinarse por la presuposición de que los dos agonistas consiguieran finalmente eliminar asperezas, aunque quizá porque Alas Clarín desconociese los solapados movimientos realizados en contra de sus intereses por el obispo de Oviedo, quien no dudó en poner en juego, en más de una ocasión, su cátedra universitaria. 

Y es que el mundo del arte, aunque fray Ramón Martínez Vigil no fuera un declarado artista, sino un alambicado obispo, es un terreno abonado para las relaciones complicadas, donde suelen prodigarse las envidias, los ninguneos y las traiciones.

El libro, todavía no traducido y publicado en España, es todo un acontecimiento investigador y literario, al darse cita dos maestros, dos ilustres investigadores y especialistas en la obra de Leopoldo Alas Clarín —Yvan Lissorgues y Jean-François Botrel, quienes deliberadamente parecen querer culminar conjuntamente su periplo clariniano con esta obra: Leopoldo Alas, La Régente et L’ÉVÊQUE—, para esclarecer la soterrada relación de Alas Clarín con su obispo.

La literatura también tiene sus reparadores contrastes y sus felices paradojas, como si el amor declarado por el autor de La Regenta a la patria de Renan y de Zola le fuera devuelto con creces por estos eximios hispanistas.

Imagen de portada: La Regenta y el Obispo

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Ricardo Labra. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 25 de febrero 2023.

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La historia de Alexander Selkirk, el marinero abandonado en una isla desierta que inspiró la novela Robinson Crusoe.

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“Cinco años padecí mirando eternas / cosas de soledad y de infinito, / que ahora son esa historia que repito, / ya como una obsesión, en las tabernas”

Estos versos corresponden a un soneto que Jorge Luis Borges dedicó a un famoso marino escocés de principios del siglo XVIII que también había inspirado al escritor inglés Daniel Defoe para publicar, en 1719, su exitosa novela The life and strange surprizing adventures of Robinson Crusoe, más conocida por el título abreviado con el nombre de su protagonista. 

Se llamaba Alexander Selkirk y, pese a haber tenido que sobrevivir casi un lustro a base de ingenio en una isla desierta, no se trataba de un náufrago exactamente, como veremos a continuación.

En la obra de Defoe sí empieza todo con un naufragio, la del barco esclavista en el que navega el personaje, a la altura de Venezuela. 

Narrando su experiencia en primera persona, en forma de cartas, pasa un tiempo mucho mayor en la isla, veintiocho años, bien es cierto que parte de ellos acompañado de un indígena al que bautiza Viernes, evangelizándolo y enseñándole la lengua inglesa. 

Finalmente, consigue salvar a una tripulación del abandono por parte de un grupo de amotinados, apoderándose del navío y regresando a Inglaterra. Allí descubre que todos le daban por muerto y, por tanto, no ha recibido nada del testamento paterno, por lo que importa sus beneficios de una propiedad que tenía en Brasil, primero a Portugal y de allí a Gran Bretaña, en una especie de epílogo con más aventuras.

Robinson Crusoe fue la más afortunada de las numerosas historias sobre náufragos que circulaban desde que en 1609 el Inca Garcilaso reseñase, en su obra Comentarios Reales de los Incas, la del español Pedro Serrano. 

Fue éste un capitán español cuyo patache se hundió en 1526, durante una singladura entre La Habana y Cartagena de Indias, salvándose únicamente él al conseguir alcanzar a nado un atolón caribeño del colombiano archipiélago de San Andrés. 

Serrano, cuyo apellido da hoy nombre a ese lugar (cayo o banco Serrana) sobrevivió allí ocho años (los últimos seis en compañía de un náufrago de otro barco) hasta su rescate en 1532.

Ubicación del Banco Serrana en el Caribe/Imagen: Google Maps

Daniel Defoe pudo conocer esa odisea, ya que era comerciante de vinos y eso le llevó a visitar alguna vez España, donde, al mismo tiempo, quizá descubrió otro libro con argumento parecido: Ḥayy ibn Yaqẓān (El filósofo autodidacta), del andalusí del siglo XII Ibn Tufail, también conocido como Abubacer o Abentofail, un erudito natural de Guadix que recurrió a la historia de un niño que crece en soledad en una isla del océano Índico, criado por una gacela, para teorizar sobre el desarrollo del intelecto; un tema que ya había empleado también Avempace en Tadbir al-mutawahhid («El régimen del solitario»).

Los expertos en la literatura de Defoe opinan que no debió tener una fuente de inspiración única para Robinson Crusoe. 

La de Alexander Selkirk simplemente sería la más reciente y, dado que se convirtió en el trending topic del momento en Inglaterra, narrada además en los relatos que hicieron en 1712 Edward Cooke (un ex-compañero de tripulación de Selkirk) en A voyage to the South Sea, and round the world y el ensayista Sir Richard Steele en un artículo para el periódico The Englishman, entre otros, constituiría únicamente la chispa definitiva para acometer un argumento que ya debía de rondarle la cabeza. 

De ahí detalles como que su protagonista vista pieles, pese a que Defoe sitúa la isla en el Caribe tropical.

Daniel Defoe en un retrato anónimo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Alexander Selcraig, que tal era el verdadero apellido del personaje histórico, nació en 1676 en Lower Largo, un pueblo de la costa oriental de Escocia donde todavía se conserva su casa familiar junto a una estatua en su memoria y un cartel señalizando la dirección y las siete mil quinientas millas de distancia a que se encuentra la isla de Juan Fernández, el sitio donde pasó aquellos años de soledad. 

Era hijo de un zapatero-curtidor que no fue capaz de domar el carácter rebelde y pendenciero que le llevó a abandonar muy joven el hogar paterno para enrolarse en un barco y orientar su vida al proceloso oficio de la piratería.

En 1703 se incorporó a la expedición que preparaba el corsario William Dampier, un marino formado en la Royal Navy pero reconvertido en bucanero y, como tal, integrante de los ataques llevados a cabo entre 1678 y 1699 contra los virreinatos españoles de América a las órdenes sucesivas de capitanes como Bartholomew Sharp, John Cooke, Edward Davies y Charles Swan. 

En esas correrías dio la vuelta al mundo y alcanzó prestigio suficiente como para que en 1701, con el estallido de la Guerra de Sucesión española, el Almirantazgo le adjudicase la misión de hostigar los intereses ultramarinos de España y Francia.

Para ello recibió dos buques, el St. George, de veintiséis cañones, y el Cinque Ports, de dieciséis. Selkirk fue destinado a este último, a las órdenes del capitán Thomas Stradling, zarpando de Kinsale en septiembre de 1703 y capturando tres pequeñas embarcaciones hispanas antes de poner rumbo al Pacífico, doblar el cabo de Hornos y enfrentarse al St. Joseph, un pesado buque francés que pudo escapar y advertir a las autoridades virreinales. 

Eso permitió que los británicos fracasasen en un intento de asalto a la localidad minera de Santa María, en Panamá, aunque a cambio apresaron al mercante Asunción, cuyo mando le fue entregado a Selkirk.

Ubicación del archipiélago de Juan Fernández/Imagen: TUBS en Wikimedia Commons

Sin embargo, eso obligaba a repartir a los hombres y provisiones entre tres naves, por lo que Dampier decidió abandonar el Asunción. 

Selkirk volvió pues al Cinque Ports y ahí empezaron los problemas: en septiembre de 1704, Stradling recaló en el archipiélago de Juan Fernández, situado a unos seiscientos setenta kilómetros al oeste de Chile y que llevaba el nombre del marino español que lo descubrió en 1574. 

Era un conjunto de islas deshabitadas que solían servir de refugio a piratas y corsarios, así que no había nada que temer en ese sentido; fue otro enemigo, minúsculo pero igualmente peligroso, el que iba a precipitar los acontecimientos.

La idea de Stradling era abastecerse allí de agua y víveres, tras lo cual volvería a hacerse a la mar. Pero Selkirk le advirtió de que el casco estaba muy corroído por la broma (Teredo navalis), un molusco bivalvo vermiforme que se adhiere a la madera de los barcos para alimentarse de su celulosa, obligando a realizar una carena o limpieza cada cierto tiempo. 

El capitán no consideró necesaria la operación y siguió con su intención de levar anclas, encontrándose con la negativa de Selkirk a embarcarse. Stradling, seguramente furioso, lo tomó al pie de la letra y mandó que le dejaran allí. El otro se arrepintió al instante, pero su superior quiso dar un escarmiento; no había vuelta atrás.

Selkirk fue desembarcado en la isla que los españoles llamaban Más a Tierra (o Más A Tierra, rebautizada Robinson Crusoe en 1966) con algunos útiles para poder sobrevivir: ropa, herramientas (hacha, cuchillo, martillo), enseres (olla, tetera, vaso), tabaco, una manta, un mosquete con provisión de pólvora y unos libros, entre ellos -algo importante para la mentalidad de entonces- un ejemplar de la Biblia. 

Acto seguido, el Cinque Ports zarpó, dejando atrás al nuevo y solitario habitante de aquel pedazo de tierra de apenas cuarenta y ocho kilómetros cuadrados y clima subtropical. Nadie se imaginaba que con ello le estaba salvando la vida. Y es que, tal como había advertido Selkirk, el barco se deshizo días después frente a la costa colombiana y se fue a pique, acabando los supervivientes en una prisión de Lima.

Selkirk capturando una cabra. Grabado del libro The life and adventures of Alexander Selkirk, the real Robinson Crusoe; a narrative founded on facts/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Entretanto, él se dispuso a iniciar aquel cautiverio en libertad que tenía por delante, instalándose en la playa y alimentándose de langostas mientras oteaba el mar hora tras hora, día tras día, con la esperanza de ver recortarse alguna vela en el horizonte. 

No sólo no fue así sino que tuvo que trasladarse al interior de la isla cuando llegó la temporada de apareamiento de los leones marinos y cientos de ejemplares tomaron la playa. El cambio fue para mejor porque pudo diversificar su dieta con frutas, verduras, frutos secos, nabos, pimienta y, sobre todo, carne, ya que había cabras asilvestradas dejadas por otros marineros y reproducidas de forma natural que, además, le proporcionaron leche.

No obstante, la suya no era una existencia fácil. 

Cuando agotó la pólvora se vio obligado a perseguir a sus presas cuchillo en mano y una vez se despeñó por un acantilado, salvando la vida gracias a que el animal tras el que iba cayó antes y amortiguó el golpe con su cuerpo. 

Asimismo, construyó un par de cabañas con madera de anacahuita (un tipo de árbol, no muy grande, típico de la mitad meridional de Sudamérica), usando una como cocina y la otra de dormitorio, pero no pudo dormir con tranquilidad hasta que se las arregló para atrapar y domesticar un par de gatos salvajes que en lo sucesivo protegieron su sueño de los ataques nocturnos de las ratas.

Otro grabado del mismo libro. en este caso, Selkirk aparece leyendo la Biblia en una de sus cabañas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por otra parte, la ropa pronto se deterioró y terminó vistiendo pieles de cabra, que cosió utilizando un clavo como aguja, recordando las enseñanzas de su padre cuando intentó iniciarlo en el oficio de zapatero. 

De los zapatos, por cierto, prescindió cuando quedaron inservibles; no los intentó sustituir porque sus pies ya se habían encallecido lo suficiente como para andar descalzo. 

En cuanto a la mente, la lectura de la Biblia le sirvió tanto de entretenimiento como de consuelo, aparte de favorecer que no olvidase el idioma; porque, al contrario que Robinson Crusoe, nunca tuvo ningún Viernes con quien hablar.

Irónicamente podía haber salido antes de allí porque en dos ocasiones recalaron barcos, pero ambos resultaron ser españoles, lo que le hubiera supuesto un destino peor que la isla al tratarse de un escocés protestante y pirata. 

De hecho, los marineros de uno de ellos le vieron y trataron de atraparlo, pero él logró despistarlos y esconderse en la espesura; al parecer alguno llegó a orinar al pie de uno de los árboles donde Selkirk se había encaramado para esconderse, sin llegar a percatarse de su presencia. Al final, los buques se fueron y él siguió esperando, esperando… y pasaron cuatro años y cuatro meses, hasta que el 2 de febrero de 1709 se produjo el ansiado milagro.

Dos fragatas llamadas Duke y Duchess fondearon frente a la isla y enviaron a tierra una chalupa con un destacamento para abastecerse de agua y comida fresca, ya que algunos miembros de sus tripulaciones padecían escorbuto (una enfermedad típica de los marineros, producida por la carencia de vitamina C a causa de las estancias prolongadas en alta mar) y llevaban ya siete hombres muertos. 

Al frente de ese retén estaba Thomas Dover, un médico inglés de familia acomodada que se había embarcado por mediación de un vecino marino que tenía en Bristol, Woodes Rogers, que era precisamente el capitán del Duke.

Vista de la Isla Robinson Crusoe | foto Serpentus en Wikimedia Commons

Rogers, que navegaba desde niño, contrató en 1707 al mencionado William Dampier, amigo de su padre, como piloto para una expedición de corso contra los españoles (la Guerra de Sucesión aún seguía). 

Dampier aceptó para intentar lavar su imagen, ya que se le culpaba extraoficialmente del hundimiento del Cinque Ports por no haber revisado el casco antes de partir de Kinsale y además había perdido también su propio barco en un motín. 

Esta vez sólo ejercía de piloto, pero tampoco se libró de problemas: muchos marineros eran holandeses y daneses que desertaron a la primera de cambio, otros se amotinaron cuando el capitán les impidió atacar un barco sueco (neutral, por tanto) y cruzar el Paso de Drake (el Mar de Hoces español) resultó muy difícil porque las corrientes les arrastraban hacia la Antártida.

La idea de visitar en el archipiélago de Juan Fernández tenía como objeto hacer acopio de lima, con cuyo zumo podrían continuar sin tener más víctimas del escorbuto. 

Sin embargo, cuando avistaron la isla a lo lejos y vieron una columna de humo temieron que hubiera españoles, razón por la que Rogers envió a Thomas Dover a investigar. 

El galeno quedó sorprendido ante aquel hombre de «aspecto salvaje», en sus propias palabras, y el mismo Rogers, al regresar a Gran Bretaña, escribiría un informe sobre el asunto que a buen seguro leyó su amigo Daniel Defoe. 

Selkirk, un poco confuso al principio -aunque impresionó a los recién llegados con su paz de espíritu-, les ayudó a capturar cabras y recolectar fruta.

Thomas Dovers lleva a Selkirk a bordo del Duke. Ilustración de la obra de Robert C. Leslie Desperate Journeys, Abandoned Souls: True Stories of Castaways and Other Survivors (1859)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Cuando levaron anclas el 14 de febrero, lo llevaron consigo en el Duke. 

Ahora bien, el destino no era un puerto británico todavía, puesto que estaban en misión de guerra y continuaron atacando embarcaciones españolas. Es más, una de ellas, rebautizada Increase, fue puesta a las órdenes de Selkirk, que retomó con ganas su actividad corsaria como si quisiera recuperar aquellos cuatro años y cuatro meses perdidos. 

Así fue cómo, con una flotilla de botes, remontó el río Guayas y cayó por sorpresa sobre Guayaquil, pactando con el gobernador la entrega de un rescate; a sus marineros les pareció insuficiente y profanaron los cuerpos del cementerio en busca de joyas, lo que iba a desatar una epidemia a bordo saldada con la muerte de seis de ellos.

La tensión entre marinería y oficialidad no se apaciguó hasta el avistamiento del Nuestra Señora de la Encarnación y Desengaño , un navío español que navegaba acompañado de otro llamado Nuestra Señora de Begoña. 

El primero fue capturado -se lo rebautizó con el nombre de Bachelor-, pero el precio resultó alto porque el segundo se defendió bravamente y no sólo pudo escapar sino que produjo daños al Duke y el Duchess. 

Selkirk pasó a ser piloto de Rogers y aquella improvisada escuadra de cuatro naves puso rumbo a la Baja California, donde apresó al Galeón de Manila a costa de muchas bajas. Luego cruzaron el Pacífico hasta Batavia; allí vendieron uno de los barcos y Rogers se curó una herida de bala que le había alcanzado el paladar.

Como la East India Company prohibía comerciar con los holandeses porque tenía el monopolio, el retorno a Inglaterra en octubre de 1711 -circunnavegando el cabo de Buena Esperanza y dando pues la vuelta al mundo- se enturbió con un pleito que concluyó con una indemnización a dicha compañía. 

Rogers vio cómo sus ganancias se reducían tanto que quedó endeudado, aunque por contra alcanzó notorio prestigio por dar la vuelta al mundo perdiendo pocos marineros y lo contó en un libro que tituló A cruising voyage round the world, casi igual que el de Cooke que reseñábamos al comienzo y que se le adelantó en publicación, si bien tuvo menos éxito que el de Rogers, quien además llegó a ser gobernador de las Bahamas.

Placa erigida por la Royal Navy en memoria de Selkirk en la isla donde estuvo | foto dominio público en Wikimedia Commons

La razón de que el capitán obtuviera más lectores fue que contó con mayor detalle y emotividad el rescate de Selkirk, que Cooke trató bastante por encima y con cierta frialdad. 

Como decíamos, la historia de aquel hombre que no había podido regresar hasta ocho años después apasionó a la opinión pública, pero él se encontraba ahora en una posición delicada: la parte que le correspondía de la expedición, unas ochocientas libras, estaba en el aire por el litigio con la East India Company y él mismo declaró que nunca fue «tan feliz como cuando no valía ni un centavo». La adaptación a la vida resultó difícil y, al parecer, pasó un par de años en prisión por agredir a un carpintero de Bristol.

Al salir en libertad volvió a su pueblo natal, donde en 1717 se casó con una lechera llamada Sophia Bruce, estableciéndose el matrimonio en Londres. 

Poco después él se alistaba en la Royal Navy y debió quedar viudo, ya que en 1720 contrajo segundas nupcias con Frances Candis, una posadera de Plymouth también viuda. 

Luego embarcó en el HMS Weymouth, un navío de sesenta cañones que en 1741 participaría en el desastroso asedio a Cartagena de Indias, pero que de momento estaba destinado a combatir la piratería en la costa atlántica africana. Los desembarcos eventuales en zonas plagadas de mosquitos hicieron que la fiebre amarilla se extendiera entre la tripulación, diezmando a parte de ella.

Entre los caídos estuvo Selkirk; era el 13 de diciembre de 1721 y su cuerpo fue entregado a la mar. 

Quizá le hubiera hecho ilusión saber que casi tres siglos más tarde, en 2005, una expedición arqueológica dirigida por el japonés Daisuke Takahashi excavaba en el área de la isla Robinson Crusoe donde se cree que construyó sus cabañas y encontró fragmentos de cobre de un calibrador (un instrumento náutico) dieciochesco que debió de pertenecerle. 

O puede que le agradase más enterarse de que la isla mayor del archipiélago, Más Afuera (que él nunca vio siquiera porque se halla a ciento ochenta kilómetros de donde estuvo), lleva hoy su nombre.


Fuentes: Daniel Defoe, Aventuras de Robinson Crusoe | Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios Reales de los Incas | Jorge Luis Borges, El otro, el mismo | Woodes Rogers, A cruising voyage round the world | Edward Cooke, A voyage to the South Sea, and round the world | William Clark Russell, William Dampier | Richard Wilson, The man who was Robinson Crusoe | Wikipedia

Imagen de portada: Estatua de Selkirk en su localidad natal | foto Arcaist en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Jorge Álvarez. 8 de febrero 2023.

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La «América profunda» de Rodolfo Kusch renace en ciclos y libros.

Más allá de las recientes jornadas realizadas en Jujuy o en el CCK sobre su obra, en el centenario del natalicio del filósofo y escritor Rodolfo Kusch su pensamiento cobra vigencia en el libro «El teatrar de Rodolfo Kusch» desde una dimensión poco abordada de su quehacer, la de su dramaturgia, donde al igual que en su producción ensayística buscar dar cuenta de una América profunda, desechando la idea de un teatro burgués al que critica por reproducir modelos ajenos y darle la espalda a lo identitario.

Filósofo, antropólogo y dramaturgo, y uno de los olvidados por la academia durante bastante tiempo, Günter Rodolfo Kusch (1922-1979) es considerado uno de los fundadores de la Filosofía de la Liberación y un anticipador de la corriente intercultural de la filosofía y las ciencias sociales contemporáneas a partir de sus investigaciones y ensayos sobre la cultura popular, ideas que condensó en textos como «La seducción de la barbarie» (1953) o «América profunda» (1962).

Con una obra situada en el pensamiento popular e indígena americano, dedicó gran parte de sus 57 años de vida a describir esa América profunda, como él la llamaba, una obsesión que lo llevó a realizar trabajos de campo en el noroeste argentino, en Bolivia y Perú, lugares donde también se desempeñó como profesor de filosofía y antropología. Su decir lúcido pero indócil provocó que en 1976 le revocaran sus cargos en la Universidad Nacional de Salta, por lo que decidió mudarse a Maimará (Jujuy), un pequeño pueblo en el corazón de la Quebrada de Humahuaca, desde donde continuó trabajando y escribiendo.

A cien años de su nacimiento, su pensamiento fue retomado recientemente en dos ciclos -uno realizado en el CCK y otro en Maimará (Jujuy)- pero además junio, mes de su fallecimiento, fue declarado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, de donde egresó en 1948, como el «Mes de Rodolfo Kusch».

La revalidación de sus aportes se prolonga ahora en «El teatrar de Rodolfo Kusch», texto publicado por el Centro Cultural de la Cooperación «Floreal Gorini» (CCC) y realizado por Jorge Dubatti y Juan Pablo Pérez, que se presenta como un homenaje al pensamiento del filósofo argentino, que incluye textos de ambos investigadores y prólogo del dramaturgo Mauricio Kartún.

«Hacer arte supone una revelación, porque implica sacar a relucir la verdad, que yace en lo más profundo del país, para llevarla a la escena, al papel o al cuadro. Pero hacer eso entre nosotros significa crearlo todo de nuevo», dice Kusch en «Traición o cultura» (1960), mientras plantea la necesidad de una «revolución cultural», como parte de sus reflexiones críticas que mantienen su vigencia en esa búsqueda de la esencia geográfica, humana, en eterna disputa.

Y si bien con el tiempo nuevos conceptos se trasladan al habla cotidiana y las expresiones artísticas, tal vez, podría imaginarse al autor disertando sobre la deconstrucción de Jacques Derrida, el pensamiento situado, el compost y el residuo (Donna Haraway), o bien la tan en boga «cancelación» cultural. Una actualidad que también se soslaya en esa crítica a la clase media y la academia acomodaticia que lo hace hablar del «blanco descastado de los suburbios, el mestizo y el indio».

El flamante libro rescata el Manifiesto Arte de América de 1959, «un texto que invita a repensar la historia del teatro argentino» como dice Dubatti, y que pone en palabras el quehacer del grupo fundado en 1957 del cual Kusch es su voz, a través de sus doce propósitos.

Además, incluye prefacios de las obras de teatro «Tango», «Credo rante» y «La muerte del Chacho» o textos como «El sentido de lo trágico en el arte indígena», donde contrapone la concepción trágica griega y occidental que sanciona, a ese otro «teatro sin sanción», y revela una naturaleza ante la cual hay respuestas comunitarias que distan de la idea de dominio que predomina en economías y políticas.

Y como antecedente, este teatrar que evade lo formal, tiene en «Arte, Estética, Literatura y Teatro en Rodolfo Kusch», reeditado en pandemia y coordinado por el investigador José Tasat y Pérez, textos sobre esa obra temprana del autor que nunca abandonó, pero que fue eclipsada por la filosófica.

El libro surgió como un «repensar un repertorio de trabajo y producción de Kusch que arranca tempranamente con la literatura y la estética en los años 40 y 50 y que tiene continuidad hasta principios de los 70», en paralelo a su trabajo filosófico, cuenta Pérez en diálogo con Télam. Y prosigue: «Nunca dejó de lado la reflexión y los modos de producir y pensar en distintos lenguajes y disciplinas, la condición de lo artístico para pensar lo americano».

«El fútbol es hoy un deporte de élite en cuanto a su recepción, consumo, participación. Ha dejado, bastante más allá de lo masivo, de ser popular en los términos en que lo plantea Kusch»

Juan Pablo Pérez

«Entre 1956 y 1960 escribe sus cuatro obras de teatro, pensándolas desde lo popular, lo americano con cierto cruce de la historia con la memoria oral», a la que se suma «una pieza tardía, ‘Cafetín’ (1965), su última obra que nunca publicó y que de algún modo estaba dialogando con las experiencia de finales de los 60 y principios de los 70 que después se transformaron en los audiovisuales a los que llama ‘puchometrajes'», señala.

La propuesta del libro responde a adentrarse «en esa producción y reflexión teatral, en otros modos de hacer y de pensar el lenguaje de lo americano», desde el teatro y las artes visuales.

Es así que a través del teatro como disparador se concentraron «en la segunda mitad de los años 50 que llevó a Kusch a posicionarse como dramaturgo, como una de las facetas del intelectual que no sólo debe pensar la realidad desde la filosofía o la literatura, sino también desde la dramaturgia», explica Pérez.

¿Cómo se repiensa el concepto de teatralidad que se inscribe en el título del libro? «El término es de Mauricio Kartún y el propósito era jugar con esa idea de que el teatro ‘teatra’, entonces el teatrar en Rodolfo Kusch también aborda en su concepto otra dramaturgia en torno a a pensar un arte americano y popular, que el autor plantea en algunos pasajes y en algunos aforismos del Manifiesto colectivo de Arte de América que no firma, por lo cual no fue recopilado en las obras completas».

Sin embargo, ese texto tiene la impronta de su escritura, «su mirada crítica de pensar que el teatro o el arte o la estética pueden estar a la misma altura de pensar las experiencias, las vivencias y las prácticas asociadas a la vida cotidiana, al fútbol o como dice él, a un mensaje inscripto en la letrina de un baño público», explica Pérez.

«El concepto de teatralidad, del teatrar como el de estética, está desbordando la noción de arte occidental y esa es su preocupación, querer dar cuenta de una búsqueda de otra formalidad de pensar, de un canon que no sea occidental -indica el investigador-. Kusch habla de un arte monstruoso, pero más allá de esas categorías, está el recorrido que va del contenido a la forma», a través del contenido el encontrar una forma que pueda expresar otros modos desde la literatura o el teatro, en este caso, del hacer colectivo, comunitario, que pueda dar cuenta de lo popular en América, esa sería un poco la idea», explica.

Pérez indica que en la idea de Kusch de “maltratar al teatro” se resume un gesto vanguardista al querer implosionar todo, porque “es preciso buscar una forma americana”, y ya no ese teatro burgués al que se debe poner en debate y discusión. Un teatro al que el pensador critica por reproducir modelos ajenos y darle la espalda a lo “autóctono”.

Pérez imagina que «esta suerte de implosionarlo todo, de revolucionar las prácticas teatrales» que conlleva ese «teatrar colectivo, comunitario sobre su propia práctica como dramaturgo y trabajo colectivo a través del grupo Arte de América» implicaba en Kush el ensayo de un «teatro comunitario» compuesto por «artistas quizás no profesionales, que daban cuenta de sus propias historias. Un teatro hecho por la propia comunidad, el propio pueblo que cuenta su historia, y de algún modo, ese teatro pensado itinerante, pudiera recorrer distintos lugares amplificando en el territorio las propias historias de vida».

«Kush está indagando, buscando otros modos del hacer teatral, pero sobre todo quiere derribar los preconceptos de lo popular, lo americano y sus modos de representación a través del teatro burgués», indica Pérez como una posible respuesta de la propuesta dramatúrgica.

«Para un arte grande se necesita al pueblo» decía Kush, para quien las expresiones subversivas están en la baguala, el tango, el sainete o el fútbol. Pero a la distancia ¿cuáles serían las expresiones actuales de esa fealdad y hediondez de las que habla el pensador? ¿cómo pensarlas contemporáneamente? «El fútbol es hoy un deporte de élite en cuanto a su recepción, consumo, participación. Ha dejado, bastante más allá de lo masivo, de ser popular en los términos en que lo plantea Kusch», apunta.

«Algo que está presente en el prólogo de Kartún, algo que está en lo periférico, lo marginal, en las movilizaciones sociales, los acampes, pensando sobre todo desde la crisis del 2001 en adelante. Tiene que ver con lo comunitario, lo colectivo, con lo que desborda esas lógicas normativas de la pulcritud que impone el sistema constantemente. Entonces habría que indagar en otros espacios y ámbitos para poder pensar esa teatralidad de las que nos hablaba Kush a la hora de imaginar y de construir algún sentido de lo popular», concluye Pérez.

¿POR QUÉ LEER A RODOLFO KUSCH?

Autor de ensayos filosóficos como «América profunda» y de obras de teatro que rescatan las prácticas populares, entre otros textos y ensayos, Rodolfo Kusch es uno de esos autores indispensables para pensar desde el presente las «condiciones de lo americano», como plantea el investigador Juan Pablo Pérez.

¿Por qué el Papa recomienda su lectura y por qué se vuelve tan urgente recuperar el pensamiento de Rodolfo Kusch? «Esta mención tiene que ver con esa línea de formación de los filósofos de la filosofía de la liberación, en la que inicialmente estaban juntos y después cada uno siguió su camino».

«Kusch fue un poco el mentor asociado al pensamiento más de la religión y la liberación de los jesuitas y en algunos casos de los curas de la opción por los pobres o del tercer mundo. Un universo del que formaba parte en su momento el actual Papa y que tenía como referentes a Kusch, Enrique Dussel y Carlos Cullen», en ese contexto de principios de los años 1970, plantea Pérez.

Y en ese sentido, recuperar ese horizonte liberador que planteaba la filosofía de la liberación y que tenía como antecedente inmediato el pensamiento filosófico del autor responde a un momento de pensar más concreta y orgánicamente la realidad y la coyuntura política de finales de los 60 y principios de los 70, que a finales de los 90 con la globalización, el neoliberalismo, la puesta en tensión, en disputa de las identidades culturales, vuelve a pensar una idea de dimensión humana anticoloníal», señala Pérez, al tiempo que recuerda lo dicho por Kush en 1975: «se trata de descubrir un nuevo horizonte humano, menos colonial, más auténtico y más americano», reflexiona.

Y argumenta: «En esta relación de lo neoliberal con la discusión de la visión de la clase media, de la que es consciente y que constantemente en su escritura va operando sobre repensar lo popular no como estereotipo si no desde su raíz más profunda en sus modos de hacer y de producir, a la vez, pensamiento, él interpela a la clase media y a los intelectuales que responden a esa misma dinámica. Y juega constantemente algo de la imposibilidad de comprender ciertos gestos, sentidos, prácticas, que responden a ese pensar popular en el cual se incluye como intelectual, filósofo y universitario».

«Es un gran interpelador del campo científico, universitario, teórico, y también es muy crítico de la idea de concientización teórica de las izquierdas en el contexto de esos años 60 y 70», acota Pérez.

«Pero nuestro arte es un arte sin pueblo. Estamos a horcajadas sobre un pueblo deformado vitalmente, frustrado por las experiencias y la soberbia de unos pocos que creen ser el país», escribe Kusch rescatado en el libro «El teatrar en Rodolfo Kush» y esta afirmación es tan actual que cabe el interrogante; ¿cómo se contrarresta desde lo cultural?.

La clave, tal vez, está en la frase «empezar todo de nuevo», muy usada por Kusch y a la que Pérez relaciona con la pregunta sobre «¿qué mundo deseamos o construimos para todes» que tiene que ver con «barajar y dar de nuevo, inventar el mundo de nuevo, crearlo», una frase a la que el investigador caracteriza como «muy potente, muy crítica y a la vez muy esperanzadora».

Imagen de portada: «El teatrar de Rodolfo Kusch», texto publicado por el Centro Cultural de la Cooperación «Floreal Gorini» (CCC) y realizado por Jorge Dubatti y Juan Pablo Pérez/ Foto Jorge Aloy

FUENTE RESPONSABLE: Télam. Argentina. Por Marina Sepúlveda. 15 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/América Latina/Günter Rodolfo Kusch/Filosofía/ Libros.

 

«Fue un capricho»: la historia de los 15.000 libros que el gobierno de Pinochet le quemó a Gabriel García Márquez.

El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el Peban, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.

El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener.

La respuesta oficial fue la que menos esperaba: «Los libros», específicamente, 15.000 ejemplares de «La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile», escrito por el ganador del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.

Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra -que publicaba los libros del Nobel en aquellos años- en Chile.

El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973.

Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro

Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental «Acta Central de Chile» en el Festival de Cine de Venecia del 86.

Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de la Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció.

«Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país», recuerda Arturo Navarro tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago.

Navarro había regresado de un viaje por EE.UU. a visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: «Arturo, me dicen que los libros fueron quemados».

Arturo Navarro. Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca»

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.

Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.

En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.

«El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes», señala Navarro. «Sin embargo, lo que me preocupaba es que de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual».

Portada revista Cauce

FUENTE DE LA IMAGEN – ARTURO NAVARRO. La noticia salió en varios medios locales.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.

Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipo, a unos 50 kilómetros de la capital.

El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos.

«En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima», señala. «Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo ‘Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'».

La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración.

Para Navarro era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15.000 volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

Diario Neerlandez

FUENTE DE LA IMAGEN – ARTURO NAVARRO. La noticia apareció en el diario neerlandés NCR.

«Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca», afirma Navarro.

La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria.

Entonces convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia.

Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y Estados Unidos que hablan de los ejemplares calcinados.

Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. «Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado».

Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros.

«Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme».

Documento.

FUENTE DE LA IMAGEN -ARTURO NAVARRO. Este es uno de los pocos documentos donde el régimen de Pinochet aceptó que había quemado libros.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de «La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile» se les impuso «una medida de censura previa» por considerar que el contenido «transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales».

«Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos», relata Navarro.

«Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria».

El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca más: la cultura sería clave en el fin del régimen.

«Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar No en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura», concluye.

Imagen de portada: GETTY IMAGES. Augusto Pinochet se hizo con el poder en Chile mediante un golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973.

FUENTE RESPONSABLE: Alejandro Millán Valencia; Enviado especial Santiago de Chile. 3 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Chile/Colombia/Censura/García Márquez.

 

 

 

Los libros que son demasiado «peligrosos» para ser leídos.

La leyenda de los libros sibilinos (unos textos mitológicos y proféticos de la antigua Roma) nos cuenta que en una ciudad, una mujer ofreció vender al pueblo 12 libros que contenían todo el conocimiento y sabiduría del mundo, a un precio muy alto.

Rehusaron hacerlo, considerando la propuesta ridícula, así que ella quemó la mitad de los libros en el acto y volvió a ofrecer los seis restantes al doble del precio. Los ciudadanos se burlaron de ella, aunque un poco nerviosos.

La mujer quemó tres más, puso el resto a la venta, pero dobló el precio otra vez. Nuevamente la rechazaron con renuencia -eran épocas difíciles y la vida parecía estar volviéndose más dura.

Finalmente, quedó un solo libro, que los ciudadanos pagaron al precio extraordinario que exigía la mujer y los dejó a que solos manejaran como pudieran una doceava parte de todo el conocimiento y sabiduría del mundo.

Los libros están cargados de conocimiento. Son los polinizadores de nuestras mentes, difundiendo ideas que se reproducen por sí mismas a través del tiempo y el espacio. Solemos olvidarnos de cómo los rasgos en una página o en una pantalla hacen posible la comunicación entre cerebros apartados en los extremos de la Tierra o en cada margen del siglo.

Los libros son, como dijo Stephen King, «una magia portátil única» -y el aspecto portátil es tan importante como la magia. Un libro puede llevarse, mantenerse oculto, como tu propio almacén de conocimiento. (El diario personal de mi hijo tiene un candado -inútil pero simbólicamente importante-).

El poder de las palabras contenidas en un libro es tan enorme que ha sido una costumbre de larga data borrar algunas: como las maldiciones en las novelas del siglo XIX; o las palabras demasiado peligrosas para escribir, como el nombre de Dios en algunos textos religiosos.

El poder de los libros

Los libros son conocimiento y el conocimiento es poder, lo que los convierte en una amenaza para las autoridades -gobiernos y líderes de facto por igual- que quieren tener un monopolio sobre el conocimiento y controlar el pensamiento de sus ciudadanos. Y la manera más eficiente de ejercer ese poder sobre los libros es proscribirlos.

La prohibición de libros tiene una larga e innoble historia, aunque no está muerta: sigue siendo una industria vigente. En septiembre, se cumplió el 40 aniversario de la Semana de los Libros Prohibidos, un evento anual (promovido por la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos y Amnistía Internacional) que «celebra la libertad para leer». Se lanzó en 1982 en respuesta al aumento de la oposición a ciertos libros en escuelas, bibliotecas y librerías.

De alguna manera debo admirar la energía y vigilancia de aquellos que quieren prohibir libros hoy en día: solía ser más fácil entonces. Hace siglos, cuando la mayoría de la población no podía leer y no había fácil acceso a los libros, su conocimiento podía restringirse en la fuente.

Por ejemplo, la Iglesia Católica durante mucho tiempo disuadió al pueblo de poseer su propia copia de la Biblia, y aprobó únicamente su traducción al latín para que muy poca gente del común la pudiera leer. Aparentemente eso fue para evitar que los laicos malinterpretaran la palabra de Dios, pero también garantizó que no pudieran cuestionar la autoridad de los líderes eclesiásticos.

Una copia ilustrada de la Biblia en latín

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La iglesia Católica solo permitía copias de la Biblia en Latín para limitar el número de personas que la pudiera leer y mantener un monopolio sobre su interpretación.

Aun cuando las tasas de alfabetización aumentaron, como cuando Reino Unido introdujo leyes educativas a finales del siglo XIX, los libros siguieron siendo caros, particularmente aquellas obras de literatura elevada cuyas palabras e ideas eran las más duraderas (y potencialmente más peligrosas). No fue sino hasta los 1930, con las editoriales Albatross Books y Penguin Books, que el nuevo público masivo pudo satisfacer su apetito por libros de calidad a precios módicos.

Pero simultáneamente, la prohibición de libros estaba a punto de cobrar nueva vida, al igual que potenciales censores intentaban desesperadamente estar al día con la proliferación de nuevos ejemplares que estimulaban nuevas y alborotadas ideas en los lectores. Lo que sorprende de la expansión de la prohibición de libros en el siglo XX es lo generalizada que era la gana de mantener esa mentira de «protección».

«Corrompiendo mentes»

En la actualidad, el gobierno de China, por ejemplo, continúa emitiendo edictos contra los libros escolares que «no están en línea con los valores socialistas básicos [del país]; que tengan valores, visiones del mundo y de la vida desviadas» -un lenguaje clásicamente flexible que puede ser aplicado a cualquier libro con el que las autoridades no están de acuerdo por cualquier razón. (Aunque «los estudiantes realmente ni los miran», observó una profesora en 2020 cuando eliminaba de los estantes de la biblioteca escolar las novelas «Rebelión en la granja» y «1984», de George Orwell).

En Rusia, la estrategia de prohibición de libros ha sido una aventura notablemente pública, dado el número de grandes autores que ese país ha exportado -a propósito o no- al resto del mundo. Durante la era soviética, el gobierno intentó ejercer el máximo control sobre los hábitos de lectura de sus ciudadanos, como sobre el resto de sus vidas.

En 1958, Boris Pasternak recibió el Premio Nobel de Literatura por su novela «El doctor Zhivago», que había sido publicada en Italia el año anterior, pero no en su país. El galardón enfureció tanto a las autoridades soviéticas (los medios oficiales catalogaron la obra de «artísticamente escuálida y maliciosa») que fue forzado a rechazar el premio.

El gobierno odió el libro tanto por lo que no contenía -dejó de elogiar la Revolución rusa- como lo que sí: contenía alusiones religiosas y celebraba el valor del individuo. (La CIA, al percibir el «gran valor propagandístico» de «El Doctor Zhivago», organizó para que se imprimiera en Rusia).

Boris Pasternak con su esposa e hijo en 1924

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Boris Pasternak, aquí con su esposa e hijo, fue forzado por las autoridades soviéticas a rechazar el Premio Nobel de Literatura.

La prohibición de libros en la Unión Soviética llevó al desarrollo de la escritura samizdat -o de publicación propia- a la cual le debemos la continua existencia de, por ejemplo, la poesía de Osip Mandelstam. El escritor disiente Vladimir Bukovsky resumió samizdat de esta manera: «Lo escribo yo, lo edito yo, lo censuro yo, lo publico yo, lo distribuyo yo, y por eso pago condena de cárcel yo».

Pero aquellos en Occidente se jactan en vano si creen que eso no ocurre allí. Cuando se prohíben libros, o se intenta vetarlos, el argumento es el mismo allí que en otras partes: o sea, para proteger a las personas comunes y corrientes, que supuestamente no tienen inteligencia suficiente para juzgar por sí mismas, de estar expuestas a ideas corrompedoras.

En Reino Unido, la prohibición de libros muchas veces ha sido una herramienta contra lo que se percibe como obscenidad sexual. Típicamente, es un intento de usar la fuerza bruta de la ley para detener el cambio social: una táctica que siempre fracasa, pero que, sin embargo, es irresistible para las autoridades cortoplacistas.

Las reputaciones de muchos autores han sufrido por los roces con las leyes de obscenidad británicas. James Joyce fue perceptivo cuando dijo, mientras escribía «Ulises», que «a pesar de la policía, me gustaría poner todo en mi novela» -su obra fue prohibida en Reino Unido desde 1922 hasta 1936, aunque el funcionario legal responsable del veto solo había leído 42 de las 732 páginas del libro. El «todo» que Joyce puso en «Ulises» incluía masturbación, maldición, sexo y visitas al retrete.

Ejemplar del libro "Ulises" de James Joyce

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. «Ulises» de James Joyce -que este año cumple un siglo de su publicación- fue prohibido en Reino Unido entre 1922 y 1936.

DH Lawrence fue un caso especial: su obra, que frecuentemente contiene actos sexuales que Lawrence estimaba con reverencia espiritual, había sido objeto de una campaña de la Fiscalía británica durante años: quemaron su libro «El arcoíris», interceptaron su correo para incautar sus poemas «Pensamientos», y allanaron una exposición de su arte.

La vendetta continuó más allá de la tumba, cuando Penguin publicó «El amante de Lady Chatterley» en 1960 y que dio lugar a un proceso legal. El juicio fue famoso: el editor reclutó a decenas de escritores y académicos para atestiguar sobre las cualidades literarias del libro (aunque la escritora inglesa de libros infantiles Enid Blyton rehusó participar), y el juez ejemplificó la desconfianza del Estado en los lectores corrientes cuando previno al jurado contra depender de expertos literarios: «¿Es así como las chicas que trabajan en las fábricas van a leer este libro?».

(El punto final de este caso, en el que el jurado falló unánimemente a favor de Penguin, es una deliciosa ironía. Hace tres años, y seis décadas después de intentar prohibir el libro, el gobierno británico evitó que la copia del juez de «El amante de Lady Chatterley» se vendiera a un extranjero, para que «se pueda encontrar un comprador y mantener en Reino Unido esta importante parte de la historia de nuestra nación»).

Hombres leyendo "El amante de Lady Chatterley"

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. En Reino Unido, la prohibición de libros es ha usado como una herramienta contra la percibida obscenidad sexual, como el famoso juicio que se le hizo a la novela «El amante de Lady Chatterley», de DH Lawrence.

Manteniendo las ideas vivas

Mientras tanto, en EE.UU., es un tipo de tributo al duradero poder de los libros que su prohibición continue siendo tan popular en un mundo donde cada nueva ola de tecnología, desde la TV hasta los videojuegos y redes sociales, atrae a los temores de contenido «inapropiado». Las escuelas son un hervidero particular para los intentos de censura, en parte porque guiar la maleable mente infantil parece ser una manera eficiente de eliminar los peligros percibidos; pero también porque (contrario a las librerías) las juntas escolares tienen cierto grado de influencia de la comunidad.

En 1982, el año en que se lanzó la Semana de los Libros Prohibidos, un caso de intento de censura escolar (del Distrito Escolar Island Trees, en el estado de Nueva York) llegó hasta la Corte Suprema. Aquí, la junta escolar arguyó que «es nuestro deber moral proteger a los niños en nuestras escuelas de este peligro moral tan decididamente como de los peligros físicos y médicos».

El peligro al que se referían eran libros considerados «antiamericanos, anticristianos, antisemitas y simplemente asquerosos». (La acusación de antisemitismo fue dirigida contra la gran novela del novelista judío Bernard Malamud «El reparador»). El tribunal concluyó, sin embargo, en línea con la Primera Enmienda, que «las juntas escolares locales no pueden retirar libros de las bibliotecas escolares simplemente porque no les gusta las ideas contenidas en esos libros».

Bernard Malamud (1914 - 1986)

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La novela «El reparador» del estadounidense Bernard Malamud (1914-1986) fue tildada de antisemita por juntas escolares de su país, quizás sin percatarse de que el propio autor era judío.

Eso no los ha frenado. El principal tema candente en los intentos de censura y prohibición de libros en las escuelas y bibliotecas de EE.UU. es el sexo. «Estados Unidos parece estar muy obsesionado con el sexo», como lo dijo James LaRue en 2017, entonces director de la Oficina de Libertad Intelectual de la Asociación de Bibliotecas de ese país.

Tradicionalmente, el sexo significaba obscenidad, lo que llevó al juez estadounidense Potter Stewart a intentar famosamente de definir con exactitud la «pornografía explícita» en un juicio en 1964: «Lo sabré cuando lo vea». Pero hoy en día «sexo» en el veto a libros probablemente tiene más que ver con sexualidad e identidad de género: los tres libros más objetados en 2021 en EE.UU. fueron debido a su contenido LGBTQI+.

Lo que pone en tela de juicio que la prohibición de libros se hace para proteger a los jóvenes en lugar de como un intento de purga ideológica, y demuestra una falta de imaginación por parte de los censores, que consideran que la descripción (de por ejemplo personas transgénero) causa el fenómeno en lugar de a la inversa.

Esto está conectado a la creencia de que las cosas que nos disgustan pueden ignorarse sin riesgo siempre y cuando no las veamos en la página: un frecuente integrante de los 10 primeros en la lista de Libros Prohibidos es el clásico moderno de Toni Morrison «Ojos azules», por su descripción de abuso sexual de menores.

Toni Morrison

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. El tema de abuso sexual infantil en la novela de Toni Morrison «Ojos azules» la ha hecho una de las preferidas de los censores.

Por otra parte, la censura en EE.UU. tiene una larga trayectoria. Una de sus primeras víctimas famosas fue la novela antiesclavista de 1852 de Harriet Beecher Stowe «La cabaña de tío Tom». En 1857, un hombre negro de Ohio, Sam Green, fue «enjuiciado, condenado y sentenciado a 10 años de cárcel en la penitenciaría» por «tener en su posesión ‘La cabaña del tío Tom'». En un notable giro histórico, el libro es ahora mucho más criticado desde el lado más progresivo del espectro político, por su representación estereotípica de personajes negros.

Entre más se destaque un libro, mayor atención atraerá de los censores. «El guardián en el centeno», de JD Salinger, ha sido frecuentemente objetado: un maestro fue despedido en 1960 y el libro fue retirado de las escuelas en Wyoming, Dakota del Norte y California en 1980. El argumento para vetar la novela de Salinger típicamente es el lenguaje profano y vulgar, aunque hoy en día la primera frase del libro -«toda esa boludez de David Copperfield»- suena inocente.

Copias del libro "El guardián en el centeno", de JD Salinger en un estante

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. «El guardián en el centeno» (The Catcher in the Rye) fue objetado por un lenguaje que hoy en día es considerado ingenuo.

La prohibición de libros es una amplia doctrina que incluye libros que normalmente no son compatibles. Abarca de todo, desde la ficción popular (Peter Benchley, Sidney Sheldon, Jodi Picoult) hasta los clásicos establecidos (Kurt Vonnegut, Harper Lee, Kate Chopin). Tiene más objetivos que el blanco en una competencia de tiro con arco, desde el culto a lo oculto (la serie de Harry Potter) hasta el ateísmo («El curioso incidente del perro a medianoche»).

Hay esperanza, por supuesto. La publicidad de la Semana de los Libros Prohibidos mantiene a estos libros y al asunto de la censura en el ojo público. Y está lo que se conoce como el Efecto Streisand: el intento de prohibir libros crea mayor interés público en ellos.

En EE.UU., algunos almacenes de la cadena Barnes and Nobles tienen mesas de libros prohibidos y su sitio internet tiene una categoría separada para ellos. En Reino Unido, una feria especial del libro en la Galería Saatchi (en Londres) en septiembre, expuso y vendió ediciones escasas de libros prohibidos, desde una muy rara copia autografiada de «El guardián en centeno» (US$264.000) hasta la obra fundamental de Copérnico «Sobre los giros de los cuerpos celestes» que enfureció a la Iglesia en 1543 al sugerir que la Tierra no era el centro del Sistema Solar (vendida en más de US$2 millones).

Pero es la eterna vigilancia, no solo de la Asociación de Bibliotecas de EE.UU. pero de todos los lectores en todas partes, el precio que hay que pagar para mantener nuestras ideas con vida. Como nos cuenta la historia de los libros sibilinos, los libros se pueden quemar, su conocimiento se puede perder y nada es eterno.

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival de Arequipa, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad peruana del 3 al 6 de noviembre de 2022.

Imagen de portada: GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: John Self; BBC Culture. 6 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Censura/Libros/Hay Festival

‘Tener y no tener’: Amor en tiempos de (películas de) guerra

To Have and Have Not es famosa por ser la única película de la historia en la que han participado dos premios Nobel de literatura: Ernest Hemingway como autor de la novela original y William Faulkner como guionista. 

Sin embargo, a pesar de eso la crítica de su tiempo la recibió principalmente como una copia de menor calidad de Casablanca y no ganó ningún premio importante, pero desde entonces la química entre Humphrey Bogart y Lauren Bacall, que llevó a un matrimonio en la vida real, y el saber hacer de Howard Hawks le han dado un aura legendaria. 

La trama puede no ser gran cosa (hay una guerra a medio mundo de distancia, yo no me meto, pasad de mí, bueno, ya ayudo un poco, pero solo por dinero… y por la chica), pero cada vez que la Bacall mira de abajo a arriba bajo esas cejas de mujer de ten cuidado conmigo y dice una de sus frases de doble sentido, la pantalla se ilumina y la historia y sus motivos dejan de tener importancia (esa mirada, por cierto, que se convirtió en típica suya durante toda su carrera, comenzó a usarla porque así evitaba que le temblara la cabeza en este que era su primer rodaje, aún adolescente). 

Por su parte Bogart, ya asentado en las ligas mayores tras años de cine de segunda fila, juega sobre seguro un papel de cínico veterano y experto que solo quiere vivir y dejar vivir, hasta que, precisamente, vienen a no querer dejarlo vivir.

[Aviso de destripes juntando los labios en todo el texto]

Hemingway ya había creado el personaje del piloto de barcos Harry Morgan para un par de relatos, uno de ellos publicado en Cosmopolitan en 1934 y otro en Esquire en 1936, y había decidido usarlo de nuevo para una novela cuando comenzó la Guerra Civil Española, en la que estuvo como reportero. 

Entre viajes y artículos, fue acabando el libro, que se publicó en octubre de 1937. El título se refiere a una expresión común en inglés, «the haves and the have-nots», «los que tienen y los que no tienen (dinero)», o sea, los ricos y los pobres. En ella Harry, que vive en los Cayos de Florida, se ve en la ruina por causa de un cliente rico que le hace un simpa tras tres semanas de pesca por el Atlántico, y se ve obligado a hacer contrabando para mantener a su familia. 

Sin embargo, y dado que estamos en los años siguientes a la Gran Depresión, la novela describe la depravación tanto de los ricos en sus yates, cuya fortuna les permite comprar y hacer lo que quieren, como de los pobres cuya miseria acaba causando la desgracia de otras personas para sobrevivir. Harry, lejos de ser un simple transportista ilegal de alcohol o tabaco, trafica con inmigrantes chinos, mata a uno de sus intermediarios y en vez de llevarlos a Florida, como estaba contratado, los deja aparcados en Cuba. Esto entre otras lindezas.

Quien haya visto la película y no haya leído el libro se dará cuenta, leyendo lo anterior, de que salvo el detalle del pescador adinerado que no paga (y aun así es debido a su muerte), el resto de la novela no tiene nada que ver en absoluto con el guion. 

Para cuando se rodó la película no solo la Guerra Civil Española había acabado y la Gran Depresión era cosa de la generación anterior, sino que la Segunda Guerra Mundial ya entraba en su último año y medio, así que, en lugar de todo lo visto, Harry vive en Martinica (Cuba era entonces «amiga» de Estados Unidos, y la administración Roosevelt prefería no meneallo mucho), donde, debido a la conexión francófona, se pudo meter más o menos con calzador una trama de resistencia contra los nazis, aunque fuera a miles de kilómetros de distancia. 

Para el resto se compuso, sin mucho remilgo, una historia claramente a lo Casablanca (hasta sus capitanes franceses se apellidan Renault y Renard, respectivamente), esperando repetir el éxito de la fórmula, pero mientras que con la primera película, rodada en 1942, el tono de «a mí dejadme de líos» iba bastante en consonancia con el público norteamericano, casi tres años después aquello de no querer ayudar al bando correcto, mientras miles de hijos, hermanos, maridos, padres y nietos morían cada día tras la entrada estadounidense en la guerra ya no reflejaba tanto el sentimiento de la calle, y ese fue uno de los motivos también de que a pesar de que los números fueran buenos en taquilla, la recepción en general fuese más fría. 

Hay momentos en los que una postura anti-autoritarismo puede ser «que nadie me diga cómo tengo que reaccionar ante ello», incluyendo el no hacer nada al respecto, y hay otras veces en que eso no es suficiente y hace falta que la gente participe activamente contra él, aunque sea con una gran dosis añadida de mirar principalmente por sus propios intereses. 

Además, en esto cada uno tendrá su opinión, pero si podemos decir que entre Lauren Bacall e Ingrid Bergman podemos dar un empate, aun siendo dos actrices muy diferentes, en el apartado de los secundarios Claude Rains, Sydney Greenstreet y Peter Lorre rayan a más altura que Walter Brennan, Marcel Dalio y Dan Seymour, cuyo falso asento fgansés gesulta muy pobge y bastante caggante, la vegdad (los dos últimos aparecieron en ambas películas, por cierto).

A todo esto, la razón por la que surgió la película es porque Hawks y Hemingway eran amigos, y un día durante un viaje de pesca el primero intentó convencer al segundo de que se metiera a guionista, cosa que a Hemingway nunca le había interesado. 

Como último recurso Hawks puso las cosas en plan «sujétame la botella de ron» y le dijo que incluso con su peor libro se podría hacer una gran película, y la verdad es que vista la comparación entre ambas versiones, la conclusión es que así cualquiera «adapta» una novela al cine. Durante el resto del viaje los dos empezaron a trabajar en la trama, y se contrató para continuar a un profesional, Jules Furthman, cuya carta de presentación principal era haber escrito papeles para Marlene Dietrich en tres películas de los años 30, cuyo tono se pretendía imitar. 

Cuando se terminó el guion, el censor de turno se lo devolvió citando una treintena de infracciones del infame Código de Producción de la época: Morgan era un asesino sin castigo, las mujeres de la historia eran, sin llegar a decirlo, prostitutas y bebían demasiado, las escenas estaban llenas de alusiones sexuales a tres bandas al menos y cualquier muerte posterior, sobre todo causada por el protagonista, debía ser claramente en defensa propia. Además, había que quitar lo de Cuba también. Fue entonces cuando, una semana después, Faulkner se encargó de la reescritura, siendo él quien tuvo la idea de Martinica, porque había estado investigando la figura de Charles de Gaulle para otro proyecto que al final no se hizo y tenía las ideas frescas, con lo cual la segunda mujer de la historia, y su marido, pasaron a ser miembros de la resistencia francesa. 

También redujo el tiempo interno de la historia de varios meses a tres días, y se permitió a Harry salir vivo (y con la chica) en lugar de acabar muerto el descenso a los infiernos que le espera en la novela, y es que a Hawks no le gustaban las historias de perdedores. Incluso el borrachuzo Eddie, del que Harry cuida a pesar de que «es él quien piensa que me está cuidando a mí», acaba teniendo utilidad y pagando así los continuos favores que se le han hecho desde que el alcohol lo convirtió en un rummy, que es como lo llaman. Además, su manía de preguntar a la gente si alguna vez le ha picado una abeja muerta se convierte en lección valiosa tras la muerte de Johnson.

Sin embargo, cuando comenzó el rodaje solo había 36 páginas completas del guion, y fueron Hawks y el propio Bogart quienes fueron intentando reintroducir algo más de sexualidad en la historia. 

En la película Morgan y Marie se besan dos veces y ya está, pero si se recuerda la tensión sexual de este film por algo es por los sugerentes diálogos. Lo de «¿sabes cómo se silba?» no se le ocurrió a ninguno de los dos Nobeles, sino a Hawks, y era en principio una escena de prueba, de usar y tirar, solo para ver cómo de bien daba Lauren Bacall en plan insinuante durante el casting, pero el productor de la película, Jack L. Warner, insistió en incluirla en el guion final. 

Y lo de «es mejor cuando ayudas», también referido a besos, labios y las cosas que se hacen con ellos, tampoco estaba en el texto original. En realidad es una sexualidad juguetona, de indirectas, que te hace sonreír mientras eliges en tu mente cómo interpretas la palabra «blow» en «put your lips together and blow»: en inglés no solo significa «soplar».

Esta película es famosa también por ser el debut de Lauren Bacall en el cine. 

Hasta entonces había sido modelo, solo tenía 18 años (dato que siempre asombra a quien la ve en este papel) y se habían encargado dos versiones diferentes del guion, una con más Marie y otra con menos, por si la novata no acababa de convencer del todo, pero al final no solo se usó la primera sino que se abandonó del todo la idea de que la segunda mujer de la historia, la esposa del resistente francés a quien Harry tiene que ayudar, convirtiera el asunto en un triángulo amoroso. 

De hecho, esto hizo incluso que se contratara para este papel no a la más famosa Ann Sheridan, sino a una de las actrices «de estudio», de segunda línea, de la Warner, Dolores Moran. Y sabido es que Bacall y Bogart se liaron (él era 26 años mayor, más del doble de la edad de ella), él se divorció y estuvieron casados doce años, hasta la muerte de él (ella lo enterró con un silbato de oro en el bolsillo con la inscripción «si quieres algo, silba»), pero no tanta gente sabe que Moran y Hawks también tuvieron un affaire durante este rodaje, y que Hawks intentó sabotear la relación de Bogart y Bacall, lo cual estuvo a punto de hacer descarrilar el rodaje durante un par de semanas.

En cuanto al personaje en sí, era muy típico de Hawks el construir sus películas en torno a un personaje masculino fuerte, acompañado de una mujer que sabe retarlo y mantenerle el ritmo, y se dice que esto venía de su propia esposa, Nancy Keith, de la que Marie toma su apodo («Slim», «Flaca» en el doblaje castellano) y que fue quien «descubrió» a Bacall a su marido tras verla en una portada de Harper’s Bazaar. 

Ella, por cierto, también llama «Steve» a Harry, que es el apodo que Nancy usaba con Hawks. Marie es en su mayor parte un misterio, ya que apenas sabemos su edad (22 años) de dónde ha llegado a la isla (Río de Janeiro vía Trinidad) y que es de nacionalidad estadounidense, pero en realidad nada más sobre su familia u otras circunstancias. No parece estar muy al tanto de lo que pasa en el mundo con el rollo ese de los de Vichy contra los Franceses Libres (o se lo hace), pero Harry deduce algo turbio en su pasado cuando nota que reacciona con entereza a la bofetada que le da el capitán Renard por ponérsele sardónica en el interrogatorio: «Apenas parpadeaste. Se necesita práctica para hacer eso». Debido a su belleza y a que frecuenta bares y tugurios se la puede tomar por una «buscona» más o menos profesional, incluyendo (o no) en el término la venta de sexo por dinero, pero debido al Código de Producción la cosa se limita a considerarla una carterista sin más. 

Un detalle que considerar es que Bacall canta con su propia voz… y no particularmente bien. Lo normal habría sido que la doblara una cantante profesional, pero el no haberlo hecho así (tras insistencia propia, y quizá de Bogart), y que se note que no se le da bien, aumenta el encanto del personaje: se atreve con todo… y le cuela: a pesar de que un profesional de la música como el pianista Cricket (Grillo), que no sale en el libro, tiene que darse cuenta de que esa voz no vale para esto, también notará (él y Frenchy, el dueño del local) que la presencia física de su dueña compensará esa deficiencia en cuanto a atraer clientela. 

También se ve en ella que el cine ya empezaba a ser una presencia importante en la educación de la gente, ya que el personaje de vampiresa que se ha montado no solo tiene influencias de una Marlene Dietrich admirada desde la pantalla grande, sino que la frase que usa de que «soy difícil de conseguir, lo único que tienes que hace es preguntarme» viene de otra película anterior, Solo los ángeles tienen alas, con Cary Grant y Jean Arthur. La gente ya no cita clásicos de la literatura, sino frases memorables de lo que será llamado séptimo arte.

Sin embargo, tras el asunto del tiroteo en el bar, la dinámica de que él es el varón sólido y veterano y ella es la mujer perdida, sola y necesitada se da la vuelta cuando ambos se quedan sin dinero ni para tomar un trago: van a otro bar y ella dice que «quizá pueda hacer algo». Él comprende a qué se refiere: «¿Lo has elegido ya?». Y allá se va ella a flirtear con un militar local. Ahora es ella la que está en su elemento para rescatarlos a los dos. 

Harry se va de allí, y ella al rato sube a su habitación con una botella para ambos. ¿Cómo la ha conseguido exactamente? ¿Bailando? ¿Charlando? ¿Algo más? Lo único que ella llega a decir es que «no estoy entregando nada que me importe» y que los hombres así son todos unos… También dirá más adelante que treinta dólares son «justo lo suficiente como para poder decir «no» si me parece». ¿No a qué? Cada uno que se imagine lo que quiera, que para eso se ha corrido el tupido velo de la elipsis… y del Código de Producción. 

Solo van dos escenas juntos, y ya han logrado que el único que al público le interese sea verlos juntos pincharse mutuamente y pasar completamente de la trama de contrabando de espías. El problema, al menos desde el punto de ella, es que parece haber vivido tanto de jugar con los sentimientos de la gente con la que se encuentra (sobre todo con los hombres) que luego resulta difícil saber si cuando se apena es cierto («te traje esta botella para que te sintieras barato, y en vez de eso quien se siente barata soy yo») o es un recurso más de manipuladora, como demuestra el gran interés que parece tener luego en si Harry va a aceptar el lucrativo encargo de los franceses. 

Harry, de hecho, parece más fácil de dejarse convencer por una damisela en apuros que por una chula que le iguale todas las apuestas, así que ese podría ser el motivo real de su cambio de comportamiento. Harry pone las cosas claras: «No andes pensando que hago esto por ayudarte. También necesito dinero». Quizá demasiado claras. ¿Por qué iba a ser ella «también» un motivo para aceptar el peligroso encargo. ¿No sería el dinero, y ya está, el único necesario? Porque Harry parece tener una regla clara: de una mujer se acepta que te dé un beso, pero no que te dé dinero. «Estos billetes me pertenecen a mí, y también mis labios. No veo la diferencia», dice ella. «Yo sí». Y ahora es ella la que adivina, sarcástica y aún tan joven, que hubo una chica en el pasado de Harry que lo dejó «con tan alta opinión de las mujeres». En fin, que si quieres algo, silba.

A pesar de que la película es, en principio, de guerra, en realidad tiene más elementos de cine negro, como la mujer fatal, las motivaciones económicas, la moralidad gris y la comisión de un delito (aunque en este caso sea «para bien», como es ayudar a un militante antinazi). 

Además, la iluminación, sobre todo cuando Marie está presente, abunda en claroscuros y franjas de sombras y luces estratégicamente colocadas. Aunque este juego de claroscuros se convirtió después en una de las señas formales más reconocibles del cine negro, no fue uno de sus elementos fundacionales, como ya vimos al hablar de El halcón maltés, pero aquí, solo unos pocos años después, lo tenemos en plena efervescencia, y con el mismo protagonista masculino. 

La esposa del espía francés, Hélène, de hecho, también ha debido de ver demasiado cine en blanco y negro (el único que había, por oro lado), y parece creerse tanto su papel de dama noir que aparece en el pantalán con tacones, falda ajustada, labios pintados y sombrero cuidadosamente ladeado. Ideal para un rescate nocturno en pleno océano. Cuando luego se desmaya y prácticamente se tira en brazos de Harry (tanto que Marie se burla de ella después y Harry se acaba de convencer que todas las tías están locas) resulta fácil desestimar a su personaje como una cabeza hueca que ha visto Casablanca demasiadas veces y que se cree más mona que Ingrid Bergman, pero al menos luego se redime a través de una conversación con Harry que resulta bastante interesante sobre qué hace allí. «Lo amo y quiero estar con él». «Buena razón», responde Harry. Pero hay más: «Nuestra gente me dijo que viniera con él. Dijeron que nadie hará las cosas bien si deja a alguien detrás en Francia a quien los alemanes puedan atrapar. Yo les dije que solo iba a ser un estorbo, que no serviré de nada, que tenía miedo… pero lo peor de todo es que ha sido muy duro para él llevarme consigo, porque se lo he pegado. Ahora él también tiene miedo». 

En pocas palabras consigue empaquetar varios elementos en torno a las inesperadas dificultades a las que debe enfrentarse un supuesto héroe de guerra, entre ellas la gente de sus familias que nunca sale en las películas: es difícil correr con alguien amado a las espaldas, pero también lo es dejarlos en la estacada. Las películas sobre guerras hechas mientras esa guerra aún está ocurriendo tienen a menudo retazos como este, que se nota que han debido de salir de alguna experiencia directa ocurrida tal cual.

Muchas de las películas de esta época, especialmente aquellas en las que se presenta a un hombre y una mujer que se conocen y enamoran en circunstancias difíciles, acaban justo en el punto dulce en el que superan la aventura y la cámara se aparta de ellos para que disfruten de su apogeo en privado. A menudo la dinámica era la de un galán soltero y maduro que por fin encontraba alguien (generalmente un sex symbol de bandera, lo cual ayuda) con quien sentar la cabeza, y aquí Harry se da cuenta de eso en la escena en la que ordena a Marie dar la vuelta alrededor de él: «No, no tienes hilos atados [cual marioneta]… Todavía no». 

Pero al final de la película él se olvida de los barcos, de los turistas y del océano y se va con la Flaca. Luego quién sabe qué les ocurriría: ¿un romance rápido? ¿Una relación intensa luego estropeada por la domesticidad y la rutina? ¿Un feliz matrimonio de doce años? La realidad a veces jugaba a responder estar preguntas, aunque esas respuestas ocurrieran fuera del universo ficticio. Bogie y Bacall se casaron, Clark Gable y Grace Kelly se liaron (como ya vimos al hablar de Mogambo), y muchas otras vidas se entrelazaron de manera más o menos productiva a raíz del cine. Hawks llegó a decir que de quien Bogart se había enamorado no era de Bacall, sino de Marie (y de hecho en 1946 los dos volvieron a retomar a sus personajes para adaptar la historia a serial de radio, con sus propias voces) pero quién sabe… Igual eran celos.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

Imagen de portada: Escena del filme “To Have and Have Not”

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Rogorn Moradan. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 30 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Cine; cine y libros.

Zenda recomienda: La parte del fuego, de Pol Guasch.

Jueves en Zenda. Jueves de poesía. Jueves, en este caso, de La parte del fuego, el segundo poemario del autor catalán Pol Guasch (Tarragona, 1997), originalmente publicado en 2021, bajo el título de La part del foc, por la editorial Viena Edicions, y ahora traducido del catalán al español por Max Hidalgo Nácher para el sello Ultramarinos. Después de debutar en 2018 con el poemario Tanta gana, Guasch irrumpió con fuerza en el panorama literario tras la publicación de su primera novela, Napalm al cor, ganadora del Premi Llibres Anagrama de Novel·la en 2021. Con La parte del fuego se consolida como una de las voces jóvenes más poderosas de la literatura en catalán contemporánea.

La propia editorial apunta, acerca del libro: «Raramente coincide la visión del rayo con la percepción del trueno. Si esto ocurriera, la experiencia inmediata de ambos fenómenos se saldaría con la muerte. Así la intensidad del corazón, si se toma por la parte del fuego. Y es que el discurso amoroso se vislumbra, pero siempre queda más allá, desvinculado, abono de la mentira. Decimos el amor y sabemos que cada segundo que pasa después de pronunciarlo es una unidad de tiempo transcurrido tras su incendio.

Aunque es un tema antiguo —más del lado de Heráclito que del Prometeo de Esquilo— este desfase emocional entre los cuerpos ha sido un motivo predilecto en la poesía del cambio de siglo: amamos, pensamos y decimos siempre a pie cambiado. Lo contrario es un relato que contaban nuestros padres sobre sus abuelos. La poesía del cambio de siglo, digo, se ha ocupado de constatarlo. Si no lo ha hecho, se ha escrito desde dicha constatación.

Pero qué poco importa la naturaleza última de nuestras palabras, nuestras formas ignífugas de llegar al otro, si a pesar de ello la intensión nos anima a contar su historia. Pol Guasch (Tarragona, 1997), autor de Napalm en el corazón (Anagrama, 2021), lo afirma a las primeras de cambio en su segundo poemario, que traducimos en esta edición del catalán: «Con toda seguridad, sé que se puede amar sin preguntarse por qué se ama»«.

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Autor: Pol Guasch. Traductor: Max Hidalgo Nácher. Título: La parte del fuego. Editorial: Ultramarinos. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Cubierta de portada de “La parte del fuego”

FUENTE RESPONSABLE: ZENDALIBROS.COM Apuntes, Libros y Cía. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 6 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Libros/Recomendaciones.

 

Roger Chartier: “El universo digital abre nuevos horizontes a la escritura, que parecía caduca”.

Roger Chartier es uno de los intelectuales más relevantes de nuestro tiempo. Lo es porque la materia con la que trabaja es aquella con la que se ha construido la civilización: la palabra, el texto, los libros; son la cultura, la sociología, la filología, la filosofía, la bibliografía, la antropología… lo que le interesa. Nacido en Lyon, Francia, en 1945, es profesor emérito en el Collège de France, director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) y doctor honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid.

Chartier advierte: “La palabra oral no es lo mismo que lo escrito; cuando hablamos hay frases que no escribimos. La expresión oral introduce acuerdos, desacuerdos, frases suspendidas… Cuando escribimos hay constancia”. En nuestras conversaciones hay complicidad y siento que necesitaríamos romper las barreras de la escritura impresa, del tiempo y del espacio en papel para recoger toda la sabiduría que derrocha. “Bon…”. Vamos allá.

¿Qué es escribir hoy?

La idea más extendida es que con el mundo digital se pierde la escritura, el texto. Es una concepción absolutamente errónea. En el mundo digital se necesita leer, intercambiar, escribir; es un mundo saturado por la escritura. Es una escritura que necesita otros soportes, otros códigos y tiene otros efectos. Me parece fundamental reconocer esta proliferación de la escritura en el siglo XXI, en el mundo digital; hasta el punto de que se puede interpretar que existen hoy muchas formas de comunicar, pero lo que se consume en todo momento en las pantallas es la escritura.

Escribimos más que nunca, pero de forma desagregada, fragmentada. Quizás irreconocible desde la perspectiva histórica. ¿Revolucionaria?

Sí. En efecto, lo hacemos de una forma muy distinta en el mundo digital y tiene que ver con la relación entre quien escribe y quien lee. Se escribe para leer y se lee para escribir. Es el fenómeno de las redes sociales, como paradigma. Hay una relación que antes no existía porque antes los objetos destinados a la lectura –los libros– y los destinados a acoger la escritura –los cuadernos, por ejemplo– eran diferentes. Un lector podía escribir en el libro –esa fue una buena noticia para los historiadores de la escritura porque podíamos acceder a las anotaciones de los lectores–, pero leer y escribir eran dos acontecimientos separados. Incluso hasta el siglo XIX se aprendía a leer y, más tarde, a algunos, se les enseñaba a escribir. Hoy, en el mundo digital, las dos prácticas se realizan sobre el mismo soporte.

Con el desarrollo de nuevos soportes digitales, casi parecen inseparables las acciones de leer y de escribir. Al menos para algunas generaciones. ¿Podemos referirnos, en este aspecto sí, a nativos digitales?

Estamos ante una profunda revolución relacionada con la integración de las prácticas de leer y escribir en una sola acción. Esta nueva relación escritura-lectura se ha hecho evidente en inglés con la palabra wreaders (de write and read, escritolectores), que significa la alternancia entre leer y escribir y escribir y leer. Los nativos digitales ya son wreaders, lo que significa que son hábiles en el uso de las redes sociales, fundamentalmente; para quienes no pertenecen a esta nueva realidad hay una distinción fundamental en el soporte: por un lado, está el objeto leído –el libro– y por otro, los soportes en los que escribir como la carta, el cuaderno, el diario íntimo.

De alguna forma, el escritor ha perdido la autoridad de la que gozaba antes de que Internet y las tecnologías de la información y de la comunicación abrieran esa dualidad lectura-escritura.

La pregunta contiene la ambigüedad de la palabra escritor, que se definía en el campo de la producción literaria, filosófica, científica… No tenemos una palabra para definir los intercambios relacionados con la sociedad digital. Es gente que escribe, pero ¿los que escriben son escritores? ¿Tenemos que referenciarlos a los contenidos literarios, científicos o filosóficos todavía hoy? ¿Tenemos que basarnos en la frecuencia con la que lo practican? No sé cuál es la palabra que definiría el acto de escribir sin tener la consagración de escritor. Hay nuevas formas de escritura que no tienen que ver con la comunicación inmediata –que podríamos asociar a las prácticas digitales y a las redes sociales–, sino que pueden considerarse una evolución de la cultura en el entorno digital.

La cultura digital se libera de las imposiciones de la cultura impresa con nuevos formatos multimedia, por ejemplo. El sonido, la imagen, la escritura, la música se combinan en el mundo digital de una forma que constituye una práctica cultural nueva, estética. Pero en la vida cotidiana lo que importa es la circulación de ideas, conocimientos, opiniones, informaciones verdaderas o falsas… El tejido cultural en la sociedad digital exige leer y escribir, pero la palabra escritor aún evoca a la producción intelectual, estética, científica. Y es ahí donde se evidencian las contradicciones del momento que vivimos.

Roger Chartier retratado por Ismael Llopis. TELOS / Ismael Llopis

¿Cuánto de distópico tiene en su opinión esa realidad en la que ya vivimos con máquinas que son capaces de orientar, tal vez dirigir, nuestra relación con el libro, e incluso con nuestros conciudadanos?

Esa es una cuestión distinta. Se refiere al papel que juegan los algoritmos y a la idea de que se pueden producir o reproducir hábitos y gustos a partir de la transformación de los individuos en bancos de datos. Es la lógica de los GAFAM3, la lógica que domina este mundo, que no es el mundo de la artificialidad productora, totalmente separada de la producción humana, sino que es un mundo en el que se pueden reproducir gustos y prácticas del comprador para ofrecerle justo lo que va a desear. Esta lógica algorítmica se contrapone al encuentro, a la sorpresa, al deseo original… que hasta ahora aplicaban las instituciones de la cultura impresa –la librería, el libro, la biblioteca…–.

El algoritmo es lo contrario al deseo y su sustitución por lo ya deseado; es lo contrario a la lectura –en los libros y también en los diarios– como viaje, como aventura, como descubrimiento que invita a detenerse en un momento determinado ante la sorpresa. Si nos queremos resistir a la lógica que convierte a los individuos en bancos de datos, es imprescindible evitar las prácticas y los lugares que permiten una alternativa a esta idea de sorpresa ante lo inesperado.

Me encantaba mirar en los estantes más bajos de las librerías para descubrir textos ricos, desconocidos, para sorprenderme. Con la pantalla digital la experiencia es distinta, pero también descubro, aunque me hayan ayudado a ello.

En 2019, en una de sus últimas entrevistas, Antonio Rodríguez de las Heras insistía en la crisis de los lugares, en la crisis de la corporalidad, e insistía en que frente a este mundo digital innovador se debía mantener la cultura de los lugares; lo que significa mantener el libro, porque el libro es un lugar. En el castellano del Siglo del Oro “cuerpo” significaba a la vez “libro” y “humano”, lo que nos lleva a la idea de una relación entre el libro, como cuerpo, y al ser humano no solo como alma, sino como cuerpo.

Si tenemos que ir buscando una palabra en español para definir a ese nuevo lector-escritor, parece que tendremos también que buscar otra para libro. Es el reto de la digitalización.

Lo que está en cuestión es la noción misma de libro. El libro, no como objeto material, sino como forma discursiva. El libro es una arquitectura en la que cada elemento juega un papel en su lugar. Cada fragmento de esta arquitectura cobra sentido porque forma parte de una totalidad, es el fragmento de algo. La novedad radical es que, en la realidad digital, los discursos son piezas que se pueden componer, asociar, distribuir de manera separada por parte del lector-escritor. De las Heras comparaba esas partes del discurso digital con las piezas de un Lego, que se pueden componer en varias formaciones.

Al final de todo, lo que está en cuestión es la consideración, el valor, del libro –del que siempre se conocía una autoría, era una arquitectura construida por alguien identificado– y de la propia escritura. La miniaturización de los objetos es una realidad fundamental, no solo material sino también desde la perspectiva cultural. La reducción del tamaño de los objetos se ha trasladado al espacio y la posibilidad de que estos nuevos aparatos nos acompañen en todo momento y en todo lugar nos lanza varios desafíos. Por ejemplo, en el ámbito de la transmisión de conocimiento.

¿Cree que, en ese sentido, la digitalización y la miniaturización conducen a la precarización cultural y afectan a la auctoritas del escritor tradicional?

En la sociedad digital hay ruido, confusión, lectores-escritores y escritores-lectores… Se desarrollan nuevas formas de textualidad y de escritura que tienen como paradigma la velocidad, la desatención y, por tanto, han perdido también la capacidad crítica. No existe una autoevaluación en esta nueva relación lector-escritor y eso da pie a la generación de las teorías más absurdas y a las manipulaciones más evidentes, en particular en el polémico campo de la política.

No debemos olvidar que las tecnologías son lo que los humanos hacen de ellas y no lo hacen de forma inconsciente, sino en el marco de tensiones y de conflictos. Petrucci hablaba de “el poder sobre la escritura” y de “el poder de la escritura”. El primero se refiere a las empresas, a la propaganda; el poder de la escritura tiene que ver con el nuevo mundo digital, que abre nuevos límites a un universo –la escritura– que parecía caduco.

¿Qué valor concede al desarrollo de las tecnologías de voz? Al hecho de que cada día las máquinas nos entiendan mejor y podamos dictarles mensajes que entienden, procesan e incluso nos responden con sus propias voces.

Estamos en un nuevo momento en la relación de la voz y el texto. Hay un retorno de la voz al mundo de los textos. En la Edad Media y hasta el siglo XIX se leía para que otros escucharan y se habilitaban espacios para que así fuera. Con el desarrollo de nuevas tecnologías, hemos recuperado la voz como forma para transmitir el texto. Cuando pensemos en la relación entre oralidad y textualidad, no debemos dejar pasar la diferencia que existe en términos de fijación del conocimiento: en el caso de la oralidad no hay separación entre la enunciación y lo enunciado –lo que está enunciado desaparece cuando la enunciación acaba–; la fijación escrita era una manera de dar objetividad, permanencia a los enunciados. Esta diferencia no significa que la comunicación oral no tenga relevancia, pero sí quiero subrayar que, a la hora de transferir conocimiento, en la educación o en la información, nada puede sustituir a la palabra escrita sobre un soporte, cualquiera que sea.

Eso me lleva a los cambios que se están produciendo en la educación a todos los niveles. Y hasta qué punto la transferencia de conocimiento está condicionada por la crisis de los lugares, el desarrollo tecnológico y el cambio cultural que se deriva de esa crisis asociada a la escritura.

La enseñanza online ha sido una posibilidad para mantener la actividad educativa durante la pandemia; antes habíamos conocido el desarrollo de los cursos online, que permiten reducir o eliminar los costes que supone la enseñanza presencial. La cuestión está en saber si esta forma se puede establecer universalmente. Tiene que ver con la crisis de los lugares, entendidos como espacios de encuentro entre los seres humanos en su totalidad. La corporalidad juega un papel que todavía no ha sido sustituido por ninguna tecnología digital. Creo que el reto está en mantener la cultura del lugar a la vez que se desarrollan las tecnologías digitales y una nueva forma de comunicación.

Lo relevante, en mi opinión, es no creer en la idea de la equivalencia: cada una de estas formas de transmisión del conocimiento o de la belleza tiene su propia lógica. A partir de esa lógica propia se consiguen unos efectos. Si asumimos esta idea de la no equivalencia como punto de partida, entenderemos que es posible mantener la presencialidad en las aulas –donde se encuentran los libros como cuerpos y no solo como textos– o la librería. No hay equivalencia entre libro físico y pantalla; no la hay entre la lógica algorítmica y la lógica topográfica.

¿Por qué seguimos entonces instalados en la equivalencia? ¿Por qué no empezamos a describir esta nueva realidad con nuevos términos? ¿Qué nos lo impide?

La pantalla no es una página. No es posible una identificación. Por consiguiente, hay que tratar el texto de manera distinta. Asumirlo nos abrirá un universo de posibilidades para la creación, para nuevos formatos de escritura. La publicación digital se ha circunscrito hasta ahora dentro de los límites de la cultura impresa –copia privada, propiedad intelectual…–.

Una cultura digital consciente de sus propios límites y de sus posibilidades nos puede ayudar también a considerar el libro como una arquitectura que puede mantenerse como uno de los vehículos para la transmisión de la creación intelectual. El momento presente exige tomar conciencia de las posibilidades que ofrece el universo digital, más amplias, más allá de los condicionantes que existían en la cultura impresa o manuscrita: propiedad intelectual, paginación… Es un reto a la imaginación. No se trata solo de superar los límites de la cultura impresa sino de atender a los retos, desafíos o peligros de la cultura digital, atender a los efectos de las redes sociales y otros formatos para la transferencia de conocimiento a nuestro alcance.

Imagen de portada: Roger Chartier (Por Ismael Llopis)

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. 13 de septiembre 2022.

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Las lecciones orales de Roger Chartier.

En 2016, en la ciudad de Valdivia, Chile, el historiador Roger Chartier protagonizó junto a un  equipo de la editorial de la Universidad Austral, un encuentro que derivaría en un libro oral que abarca una variedad de temas ligados a su especialidad: el libro, la lectura y la cultura escrita. Aquí se reproduce el capítulo dedicado a Gutenberg de El pequeño Chartier ilustrado (Ampersand), con investigación y edición de los antropólogos Pedro Araya y Yanko Gonzalez. 

Gutenberg ha sido considerado un héroe de la modernidad. La invención de la imprenta, es decir, la invención de la reproducción mecánica de los textos con caracteres móviles y una prensa para imprimir, fue evidentemente considerada como la apertura de la modernidad. 

Muchos más libros podían ser publicados y ser adquiridos por más lectores; mientras que el mismo lector podía leer más libros que cuando existía solo la publicación manuscrita. Entonces, desde el siglo XVI, Gutenberg aparece como un héroe de los tiempos modernos, el fundador de la ruptura con el mundo medieval. 

Esta figura la podemos encontrar hasta el XIX en las fiestas, celebraciones y alabanzas a Gutenberg, pero requiere matices. La primera es que la invención no se atribuyó siempre a Gutenberg, sino que a otros inventores. 

No importa mucho esta controversia sobre el autor de la invención, pero sí muestra que en el siglo XV aparecieron la necesidad y la búsqueda en varias partes de Europa de una invención técnica que permitiera la multiplicación de los ejemplares de un mismo libro de manera más amplia y más rápida que la copia manuscrita. De ahí las propuestas de Johan Fuss en Alemania, de Prokop Waldvogel en Aviñón, de Laurence Coster en Ámsterdam como competidores de Gutenberg, el que finalmente ganó el combate de esta controversia.

Pero es claro que la multiplicidad de estas figuras de inventores de la imprenta indica un momento histórico en el que las nuevas técnicas de la metalurgia hicieron pensable y posible la reproducción mecánica de los libros.

La segunda observación es que la imprenta, definida como composición con caracteres móviles e impresión con una prensa de mano, no impide otras formas tecnológicas para realizar lo mismo. 

En Europa, a partir del siglo XIX, la industrialización de la imprenta introdujo una ruptura fuerte, especialmente desde 1810-20 en Inglaterra con las primeras prensas de vapor. 

Y después, a finales del XIX, la mecanización de la composición tipográfica es otra transformación técnica fundamental. De igual modo, se debe considerar la discusión clásica sobre la invención de la imprenta en el mundo asiático, en China y en Corea, antes de Gutenberg. 

Es verdad que desde el siglo XI se imprimían textos en China a partir de caracteres móviles. Pero no era una técnica bien adecuada por el gran número de caracteres de esa lengua y es la razón por la cual fue utilizada solamente en el palacio imperial o los grandes monasterios. 

La técnica común era diferente: sin caracteres móviles ni prensa de imprimir. Se imprimían los textos a partir del grabado de estos en planchas de madera y posterior presión de las hojas de papel puestas sobre la plancha. Entonces, no debemos pensar solamente la imprenta en los términos de Occidente. La xilografía permitió una larga cultura impresa en China, en Corea y, después, en Japón, sin caracteres móviles ni prensa de imprimir. 

Gutenberg inventó una nueva forma de reproducción de los textos, pero no inventó una nueva forma de libro.

El famoso libro de Lucien Febvre y Henri- Jean Martin, de 1958, cuyo título es L ’Apparition du livre, se dedica enteramente a medir las consecuencias de la invención de Gutenberg, del libro considerado como “mercancía”, que es el título de la primera parte de esta obra, y su rol en el Renacimiento y la Reforma protestante. 

Su título es particularmente desdichado porque supone que es con la imprenta que “apareció”, nació el libro. Era la idea de Febvre. Pero desde mucho antes que Gutenberg existían libros con la forma del cual el libro impreso fue heredero. 

Me refiero a la forma del códex o códice, el libro que está compuesto por hojas de papel doblada y encuadernadas y que se instaló como la forma dominante del libro entre los siglos II y IV de la era cristiana, sustituyendo a los rollos de los Antiguos. 

Ahí sí hay lo que podemos llamar la “aparición” del libro, si entendemos por libro un códex, como en el caso del inglés book, que se refiere solo a esta forma material. En nuestras lenguas hablamos de los libros griegos y romanos, pero estos libros no tenían nada que ver con un códex. 

Esta invención de los primeros siglos de la era cristiana es tal vez más esencial para la cultura escrita que la invención de Gutenberg, porque es con el códex manuscrito que fueron posible prácticas de lectura y relaciones con los textos que eran prácticamente imposibles en los rollos. En primer lugar, escribir mientras se lee. 

Esto es imposible para el lector de un rollo, porque sus dos manos están movilizadas por los dos soportes del texto. Si quiere escribir, debe cerrar el rollo y liberar una de sus manos, como lo vemos en algunos de los frescos de Pompeya. Una segunda diferencia es que era imposible establecer índices en un rollo porque no tiene páginas o folios, ni hojearlo, porque no tiene hojas; entonces, era muy difícil la identificación de un fragmento en particular. 

Las nuevas posibilidades abiertas por el códex explica por qué las comunidades cristianas, si bien no fueron las primeras ni las únicas que los utilizaron, sí fueron quienes lo adoptaron rápida y masivamente, pues el cristianismo es una religión que compara el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento en la lectura tipológica; una religión que extrae fragmentos para el culto, para la predicación, para la oración; de modo que estas comunidades encontraron en el códex un instrumento mucho más cómodo para este tipo de prácticas que los rollos. 

La tercera diferencia es que una obra de cierta importancia está dividida en varios rollos, mientras que un códex puede abarcar varias obras. Entonces, se invierte la relación entre obra y libro.

Una obra, como las Historias de Tito Livio, o los textos filosóficos, se diseminaban en varios rollos, lo que explica por qué cuando se copiaron en las formas de códices los rollos de la Antigüedad en los monasterios –entre los siglos VI y IX- y faltaban algunos rollos, faltaban partes de la obra. 

Esta es la razón por las que tenemos muchas obras incompletas de la Antigüedad, a menudo sin sus primeros “libros”, en el sentido de “partes” de la misma obra. 

En cambio, el códex engordó progresivamente y abarcó más obras en un mismo libro. Vemos aquí una relación completamente diferente entre libro y obra. Esta invención, aunque no tiene su Gutenberg, pues no sabemos quién inventó el primer códex, sí tiene una enorme importancia en la larga duración de la cultura escrita, aún más fuerte que la invención de Gutenberg.

La última observación sería que la invención de la tipografía no implicó una desaparición de la cultura manuscrita. Después de la invención de Gutenberg, la gente siguió escribiendo informes, cartas, diarios, memorias, etcétera.

También se mantuvo la edición manuscrita, porque para algunos géneros la forma manuscrita permite una circulación más controlada de los textos, asegura la apertura de libro, que se puede aumentar sin fijar su contenido, y autoriza una circulación más discreta de los textos heterodoxos o heréticos.

En los últimos veinte a veinticinco años, la historia del libro hizo hincapié en los diversos géneros de la publicación manuscrita en la era de Gutenberg: antologías poéticas, libelos políticos, textos protestantes en países católicos, textos jansenistas en Francia, textos radicales de la ilustración, “libros filosóficos” como decían los libreros, o textos que mezclaban erotismo y filosofía. Todos esos géneros circularon ampliamente en forma manuscrita.

No quiero destruir la fama de Gutenberg con mis palabras. Pero, evidentemente, el impacto de la invención de Gutenberg, que algunos historiadores como Elizabeth Eisenstein consideran como una verdadera revolución que dio a los textos conservación, fijación y multiplicación, se debe matizar desde la perspectiva de una historia de más larga duración de la cultura escrita, haciendo hincapié en la coexistencia, durante el mundo gutenbergiano mismo, de varias formas de publicación.  

Imagen de portada: Gutenberg

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Roger Chartier.

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