Atardeceres | Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges (1899-1986). Nacido el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, e hijo de un profesor, estudió en Ginebra y vivió durante una breve temporada en España relacionándose con los escritores ultraístas. En 1921 regresó a Argentina, donde participó en la fundación de varias publicaciones literarias y filosóficas como Prisma (1921-1922), Proa (1922-1926) y Martín Fierro en la que publicó esporádicamente; escribió poesía lírica centrada en temas históricos de su país, que quedó recopilada en volúmenes como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). De esta época datan sus relaciones con Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Alfonso Reyes y Oliveiro Girondo.

En la década de 1930, a causa de una herida en la cabeza, comenzó a perder la visión hasta quedar completamente ciego. 

A pesar de ello, trabajó en la Biblioteca Nacional (1938-1947) y, más tarde, llegó a convertirse en su director (1955-1973). Conoció a Adolfo Bioy Casares y publicó con él Antología de la literatura fantástica (1940). A partir de 1955 fue profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. 

Durante esos años, fue abandonando la poesía en favor de los relatos breves por los que ha pasado a la historia. Aunque es más conocido por sus cuentos, se inició en la escritura con ensayos filosóficos y literarios, algunos de los cuales se encuentran reunidos en Inquisiciones. En 1955 fue nombrado académico de su país y en 1960 su obra era valorada universalmente como una de las más originales de América Latina. A partir de entonces se suceden los premios y las consideraciones. En 1961 comparte el Premio Formentor con Samuel Beckett, y en 1980 el Cervantes con Gerardo Diego. Murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.

Atardeceres

La clara muchedumbre de un poniente

ha exaltado la calle,

la calle abierta como un ancho sueño

hacia cualquier azar.

La límpida arboleda

pierde el último pájaro, el oro último.

La mano jironada de un mendigo

agrava la tristeza de la tarde.

El silencio que habita los espejos

ha forzado su cárcel.

La oscuridad es la sangre

de las cosas heridas.

En el incierto ocaso

la tarde mutilada

fue unos pobres colores.


Extraído de Jorge Luis BORGES, Fervor de Buenos Aires (1923) | Buenos Aires Poetry 2022

Imagen de portada: Gentileza de Buenos Aires Poetry

FUENTE RESPONSABLE: Buenos Aires Poetry. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Nuestros escritores

La poesía de Borges, Larkin y Van Dyke, en la nueva campaña de Fantástica para Manantial.

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«Detente» Manantial- Fantástica

Con tres emotivos spots inspirados en la poesía de autores como Jorge Luis Borges, Philip Larkin y Henry Van Dyke, Fantástica presenta la segunda entrega de la exitosa campaña Detente para Manantial. Una apuesta por creatividad simple y emotiva que llega al corazón de las personas.

La industria publicitaria, hoy sobrecargada de datos y tecnología innecesaria, tiene un respiro con la nueva campaña de Manantial desarrollada por Fantástica, agencia independiente liderada por Daniel Bermúdez y Daniel Osorio.

La iniciativa evoluciona el concepto “Detente”, con el que viene trabajando Manantial, y rinde homenaje a la creatividad pura, aquella que cuenta historias emocionando al espectador, esas que en la actualidad pocos anunciantes asumen como responsabilidad propia.

Los spots, dirigidos por Alejandro Carreño y producidos por Los Notarios, convierten momentos cotidianos en piezas magistrales que, con la ayuda de la poesía, les recuerdan a las personas la importancia de disfrutar cada instante de la vida, de valorar esos detalles que pasan desapercibidos en la rutina diaria.

“La campaña es de esas pocas donde la publicidad es bella y te dan ganas de verla, como dice Bayala. Tiene mensajes que te tocan y está filmada de una forma que logra lo mismo. Es una apuesta gigante por un cliente, porque nadie te aprueba algo así hoy por hoy. Siento que hoy que todos son formatos de seis segundos, películas donde se nombra el producto muchas veces; esto representa un intento por darle contenido a la gente, por hacer algo que atraiga, no que empuje”, subraya Alejandro Gómez, DGC de Fantástica.

Cabe recordar que el agua Manantial es de origen 100% natural y nace de la Cordillera de los Andes a más de 3.000 mts. de altura. Es un producto reconocido por los colombianos por su sabor y calidad; además, el Instituto Belga de Selecciones de Calidad, Monde Selection, ratificó su excelencia con el título Gran Gold.

Imagen de portada: Henry Van Dyke  (Archivo: El espejo gótico)

FUENTE RESPONSABLE: Insider. 1° de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Publicidad/Creatividad/Literatura/Poesía.

Aprende a escribir con… Guillermo Arriaga.

Guillermo Arriaga confecciona listas de palabras que generan otras palabras. Me explico: pongamos por caso que el autor mexicano está leyendo una novela y va y de repente tropieza con un sustantivo cargado de ecos, derivas y resonancias. Por ejemplo, «homilía». Le parece de inmediato al escritor que sólo hay que pronunciar ese término para que la parte del cerebro encargada del lenguaje establezca millones de conexiones, así que lo anota en una libreta y sigue adelante con el libro. 

Pasados unos días, puede que incluso semanas o hasta meses enteros, Arriaga se queda en blanco mientras trabaja en su propia novela. De pronto no sabe hacia dónde tirar, no fluyen las ideas, no se le ocurre cómo cerrar la escena, pero no se preocupa lo más mínimo porque tiene la solución al problema: el diccionario de las palabras detonadoras. Saca entonces la libreta del cajón, pasa el dedo por encima del léxico y se detiene en un sustantivo tan evocador que le carga de nuevo el alma con esa energía llamada literatura: «homilía». Y es que no importa que un lago se seque, porque volverá a llenarse el día que llueva.

Arriaga está convencido de que los bloqueos no existen. Se lo dijo su hermana, la directora y guionista Patricia, cuando él contaba trece años y ella unos diecinueve. Sus palabras fueron: «Un bloqueo es un estado mental en el que el inconsciente procesa la información de una manera distinta con la finalidad de resolver el mismo problema». Y él se lo creyó a pies juntillas. Desde entonces, cuando no sabe qué escribir, se pone a teclear igualmente, sin importarle que el párrafo no tenga ni pies ni cabeza, poniendo en pantalla lo primero que se le ocurre, porque tiene la certidumbre de que, cuando sus dedos hayan entrado en calor y las palabras se amontonen sobre la página, las ideas volverán a fluir por el único cauce que desemboca en ese océano que es la novela.

Foto: Olga Colado

Pero hay que tener mucho cuidado con el inconsciente, porque no solo se pone de pronto a procesar la información de un modo distinto, sino que también se divierte haciendo trampas a su dueño. Y esto es algo que se ve claramente con las repeticiones. Arriaga está convencido de que algunas palabras se quedan clavadas en esa parte abstracta del cerebro y que por eso recaemos varias veces en ellas incluso en un mismo párrafo. Es un fenómeno que le tiene francamente intrigado: ¿por qué son tan frecuentes en el primer borrador de una novela las repeticiones de términos que ni siquiera solemos usar habitualmente? La respuesta está, al menos en su opinión, en el pegamento. Hay palabras que se adhieren a nuestro cerebro de un modo obstinado y nuestros dedos insisten en teclearlas sin siquiera darse cuenta de ello. Es sólo después, al releer el texto con calma, cuando reparamos en que hemos escrito cuatro, cinco o incluso seis veces el mismo sustantivo en apenas un folio y que solo hemos dejado de hacerlo cuando lo ha sustituido otro. Las repeticiones son la piedra de Sísifo de los escritores y la única forma de luchar contra semejante condena es la corrección de estilo. Arriaga revisa sus textos de un modo obsesivo. Y si no lo creen, lean esto: transcribió Salvar el fuego ocho veces y la corrigió otras doce.

Lo de transcribir no es una broma. Estamos ante un autor que escribe siempre en pantalla, nunca a mano, pero que, cuando supera el meridiano del primer borrador de su nueva novela, frena en seco, imprime el archivo y la transcribe en otro documento. Dice que eso le ayuda a eliminar la morralla y mejorar el vocabulario, y a nosotros nos parece un truco estupendo. Pero es que resulta que luego, cuando ya ha terminado por completo la que podríamos considerar la segunda versión, vuelve a pasarla por la impresora y la transcribe de nuevo. Y así hasta un total de ocho veces. Pero no detiene ahí la cosa. Porque después, cuando el tóner de la impresora está más seco que las momias del desierto de Atacama, se pone a corregir la novela. No a transcribirla, sino a corregirla, que no es lo mismo. Lo hace hasta en una docena de ocasiones, leyendo todas y cada una de las palabras con suma atención, calibrando hasta la última coma, incluso alargando o acortando los párrafos para que no quede ninguna viuda. Y es que Arriaga opina, y en esto es contundente, que hasta la ortotipografía forma parte de eso que llamamos estilo.

La última novela de Guillermo Arriaga es Salvar el fuego (Premio Alfaguara, 2020).

Imagen de portada: Guillermo Arriaga. Gentileza de Rubén Márquez

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Álvaro Colomer. 29 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Guillermo Arriaga

 

‘Escribir en la nieve’: los genios rusos en miniatura.

Santiago Velázquez arma un artefacto sólido, equilibrado en intensidad y prolijo en curiosidades, sobre la literatura rusa contemporánea.

Las palabras ‘retrato’ y ‘relato’ no solo se parecen en la forma, sino que además pueden ser complementarias por su significado. El caso de Escribir en la nieve, de Santiago Velázquez (Madrid, 1977), ilustra con meridiana claridad esta correspondencia, por cuanto las vidas que aquí se narran son historias tan poderosas que, por sí mismas, bien podrían pasar por argumentos de grandes novelas.

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Escribir en la nieve. Veinte breves biografías de genios de la literatura rusa. Santiago Velázquez. Caligrama, 2022. 368 páginas. 18,95 €

El subtítulo, Veinte breves biografías de genios de la literatura rusa, anuncia dos importantes consignas: los autores escogidos tienen sobrada trascendencia, pero el retrato de cada uno de ellos no será extenso. ¿Cómo, entonces, ha logrado Velázquez armar un artefacto tan sólido, equilibrado en intensidad y prolijo en curiosidades?

El escritor y periodista ensambla el rigor y la elocuencia en los acercamientos a figuras como Fiódor Dostoievski, Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva o León Tolstói. Presentadas cronológicamente a lo largo de los siglos XIX y XX, desde Aleksandr Pushkin hasta Aleksandr Solzhenitsyn, estas semblanzas no solo nos dan una idea de los grandes temas de la literatura, sino que, con las pinceladas justas del autor, nos ofrecen un paisaje más que amplio de la cultura rusa. Contrario a los estereotipos que relacionan la personalidad con el lugar de origen, Juan Bonilla destaca en el prólogo su dimensión universal.

Este libro reúne a poetas, narradores y dramaturgos rusos, ahora que el contexto bélico marca la cancelación de su cultura

Además de profundizar en sus apasionantes periplos vitales, cuajados de anécdotas que toman forma de cuento como la renuncia al Nobel de Borís Pasternak o la pugna de Vladimir Nabokov para publicar Lolita, Velázquez no se olvida de las obras que los llevaron a ser hoy retratados. Poetas, narradores y dramaturgos (Chéjov, claro) se reúnen para Escribir en la nieve, ahora que el contexto bélico ha impulsado la cancelación de múltiples manifestaciones artísticas rusas. Este libro reivindica la independencia de la literatura, que sobrevive siempre y se resiste a ser silenciada.

Imagen de portada: Anna Ajmátova, Antón Chéjov y Fiódor Dostoievski.

FUENTE RESPONSABLE: El Español. El Cultural. Por Miguel Cano. 25 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Crítica Literaria/Escritores/Rusia

La patria del olvido, cuentos de Muñoz Coloma sobre memorias y melancolías del Bío Bío.

Son trece cuentos. Cuentos de nostalgias, de amores fallidos. Algunos con personajes reales que no sabemos si son reales o ficciones. Porque, a veces, los sueños, los deseos o la necesidad de creer en algo son más fuertes que eso -tan vulgar, ruín- que llamamos realidad.

Ramón Muñoz Coloma (República de Hualqui, 1968) conduce a lectores y lectoras por histo-rias y reflexiones que parecen ser mundos personales propios. Vivencias o imaginaciones. Sueños, aunque fallidos. Dolores profundos, casi todos. Pero que parecen comunes, al me-nos a los que somos de esos lares.

Los trece relatos, breves pero precisos, remiten, casi todos, a las tierras del Bío Bío abajo, a Hualqui, Concepción, Talcahuano… A melancolías desgarradoras, como la abuela que si-gue soñando y anhelando la patria lejana, a Portugal, con la voz profunda de Amalia Rodrigues.

Personajes (casi) reales

Por la buena pluma de Muñoz Coloma pasan personajes entrañables. Como la mujer que sirvió de modelo al muralista mexicano González Camarena para realizar la “América” de su mural de la Universidad de Concepción. 

Y, aunque su relato sobre Alicia Cuevas no calce en casi nada por el entregado por esa casa de estudios, el suyo (No te apures cara blanca) es tan conmovedor, humano, que tiene que ser real. Porque hay ficciones, sueños, deseos, más reales que los “hechos”.

Y eso es más que buena pluma. Es saber tocar teclas precisas. O tirar los salvavidas nece-sarios para no sucumbir (en la depresión, el consumismo u otro tipo de atolondramiento)

Algo similar pasa con los relatos donde aparecen los poetas Omar Lara (1941-2021) y Flori-dor Pérez (1937-2019). Son tan vívidos, que no es necesario saber si son “reales”. O qué ta reales.

Dolores profundos

Muñoz Coloma ahonda en memorias, en recuerdos, configurando una forma de mirar, de sentir, de relatar rescatando un espíritu de la zona. Mezcla de melancolía, de pérdidas, de dolor. O de dolores.

Dolores donde la dictadura ocupa un lugar preferente. Desde la ominosa prisión de Floridor Pérez (Carne de mar) a la del torturado 16.177.

“Es su fantasma y el mío, es el fantasma de todo un país que sigue bailando solo, que se engaña en cada vuelta, en cada zapateo. Usted, Sola Sierra, sembró en medio de la ruina y aunque no lo crea, su semilla sigue viva en generaciones que la sucedieron, y en la soledad de cada sábado frío de nuestro país todos bailamos esa cueca amarga bajo la bandera trai-cionera”. (pp 105)

Son también dolores de abandonos. De vacíos. De amores fallidos, abandonados. Son, también, un deseo de esperanza. Que trata de calentarse con algo de memoria, de sol…

“En mi niñez, el único concepto de patria que conocí fue el sofá de respaldo alto, el cuadro de los botes, las espadas imaginarias, las casitas con azulejos, el reloj de péndulo y la ca-dencia de Amalia Rodrigues salpicándonos con Lisboa, Oporto y Coimbra.” (pp 23)

Porque la infancia es un lugar predilecto de memoria, de melancolía, fantasía, de sueños. De vivencias propias o lo que puede despertar la mirada, lejana, de un niño, como en Tiempo niño. Un relato potente a partir de una escena de pocos segundos del documental La Batalla de Chile de Patricio Guzmán. Una reflexión sobre la potencia de una imagen, de los sueños, del paso del tiempo y del imán que, a veces, es el pasado

Muy buen libro.

La patria del olvido.Ramón Muñoz Coloma. Ediciones Contramaestre.

Editores Confabulados. 2020

Imagen de portada: Gentileza del Diario Concepción

FUENTE RESPONSABLE: biobiochile.cl Chile. Por Exio Mosciatti

Sociedad y Cultura/Chile/Literatura/Ramón Muñoz Coloma

 

Karmelo C. Iribarren: sonríe, es la tristeza.

Allí está la calle: húmeda y ansiosa, con el vértigo de octubre acechando. Pasea por el mercado y es domingo. Puestos en los que la vida se oxida por costumbre. El hombre de negro consulta algunos libros de un papel que es casi espuma, como el mar que está en el aire. Celaya dice en este: «Sólo estás. Estoy contigo. Yo, a tu lado, Tú conmigo». Sonríe levemente.

Lo imaginas casi siempre de espaldas, como en un yéndose constante. La perilla acierta el momento; el pelo en obertura de revuelta. Te mira como desde detrás de un velo de brasas. Y así también contempla el mundo: en un tiempo atroz que capitula; en el silencio incómodo tras una pelea en el coche; en el momento de mirar el cuerpo del otro cuando el furor del sexo ya ha pasado y se definen las siluetas.

Has leído sus versos con la palabra verdad entre los dientes. Has masticado la densa sinceridad de los poemas y adviertes en los libros —La condición urbana, Desde el fondo de la barra, Ola de frío, Otra ciudad, otra vida— fechas de un calendario que podría ser el tuyo. Y tu verdad toda, aquella adolescente en la que creíste, se derrama en ese imaginario con ritmo de sentencia. Es la bibliografía de una película que acaso quisiste, deseaste, añoraste protagonizar. Con el dolor y con miedo, este cine en Super8 en el que alguna vez tú, en el que, alguna vez, nosotros.

Hay que estar preparados para lo peor

y disfrutar de lo bueno. Esa es

la fórmula. Saber que nada es duradero;

que la palabra siempre es engañosa,

falsa, equívoca; que lo que hoy nos une

eternamente, mañana será polvo, odio quizás,

historia de la mala; que la vida se venga

en la felicidad. Saber que será así,

o podrá serlo. Y vivir como si el tiempo

nos debiese algo, como si fuese nuestro,

exigiendo al contado lo que nos pertenece.

Que sobre todo

Este texto en forma de retrato no le va a gustar a Karmelo C. Iribarren. Soy consciente: disparo demasiados adjetivos, utilizo una cadencia compleja, embrollada, buscando así un ‘decir mejor’ que es solo mío. Este texto no le va a gustar al poeta, nacido en Donosti en 1959: es como un laberinto en el que no se puede alcanzar el centro. Porque choca con fuerza contra la obra del poeta vasco, una poesía «sin pedanterías ni solemnidades absurdas, como en una charla de bar», como él mismo le reconoce a Nuria Azancot en una entrevista en El Cultural. Y como ha dejado escrito en sus propios libros. Iribarren, el poeta de vida triste —su padre fallece cuando el niño poeta no había cumplido los ocho años, muchos amigos desaparecen por los excesos de los 80, él vive en primera persona la devastación del alcohol—, también usa su verso para definir, por contraste, su estilo. Así escribe de los ‘poetas’ en su primer libro, La condición urbana:

Hay poetas que escriben

sus poemas

como si fuesen a pasar directamente

a las páginas amarillas

de la eternidad.

En cada verso echan el resto

y, claro, lo poco que les queda

no lo pueden echar en ningún sitio

porque les da una pájara.

La verdad es que apestan a Literatura.

Y que de allí a donde ellos entran

todo dios sale por piernas.

Por eso a este perfil, que va en contra de todas sus obras publicadas —realismo sucio, experiencia depurada, línea clara—, se le escapa la silueta del escritor desde las primeras palabras, desde aquella escena de mercado que jamás ha existido y que uso como un recurso (falso) para prender el interés. Un juego de ilusionismo que nace ya como fracaso cuando, ante los poemas tan de verdad, tan desnudos, de Iribarren, entiendo que he de desembarazarme, al menos un poco, del artificio.

Porque de los libros de Karmelo, que escribe sus poemas en el borde de una barra, que los ha escrito así siempre, se observa —él mismo lo ha dicho— cómo el verso va tensándose, desprendiéndose de todo ornamento. Como asume en su ‘Poética’, hay que

Poner una palabra

detrás de otra

hasta llegar a la última.

Y cerrar con un

punto. Y que dentro

esté yo, o alguno

de vosotros,

o alguna. Haciendo

cualquier cosa

interesante.

Miguel Merino apunta que Iribarren «renuncia por completo al ‘lenguaje poético’» y apuesta por una «radicalidad en el despojamiento […] y valentía para enfrentarse al poema sin ninguna de las viejas herramientas, teniendo que forjarse nuevas». Para el investigador, que ha trabajado sobre autores como Roger Wolfe, cuya obra camina de algún modo, por sendas paralelas a las de Karmelo, Iribarren busca «que sus poemas no suene a poesía, pero que lo sean». Por eso este texto que repasa su obra nace desde una perspectiva errónea, desde un plano distinto y menos verdadero que la poesía que trata de contar. Y es que no soy tan valiente como para dejar de esconderme, como Iribarren, detrás de las palabras.

Dibujas la ciudad, escribes vida

La poesía completa de Iribarren es como un mapa dibujado con la vida. Basada en su propia biografía, la obra del poeta está circunscrita al ámbito de lo urbano: soportales, lluvia, madrugadas, barras de bar, personas sin nombre que alumbran imágenes de líricas contenidas… Todo es material literario para Karmelo, que convierte sus libros en apéndices de sí mismo. Se lo ha reconocido a Juan Tallón: «A mí me gusta la poesía que se parece a la vida».

Y busca que el lector se identifique con él, que tome la existencia del que escribe entre sus manos y la haga suya, la compare con aquel día, con ese momento en el que, con lo que siento cuando estás o viene la muerte. Hay algo claro: la poesía solo es tal cuando funciona en el otro, cuando la anécdota de la que nace el texto se desprende del mismo y lo deja volar libre. La poesía solo existe cuando ‘dos extraños’ —autor y lector— se reconocen en el puente del poema:

Cruzar cuatro palabras en un bar

y percibir al instante

que nada queda

de aquella vieja historia.

Que somos dos extraños, nada más.

Dos extraños

a los que la vida puso

en una esquina

el tiempo justo para engañarse un poco,

gozar también a veces

e incluso prometerse irrealidades.

Dos extraños que esta noche se miran

con indiferencia,

o apenas si se miran.

Que tienen prisa,

ganas de despedirse,

de volver a su mundo.

Y que ya ni se molestan en fingir.

Te lo cuenta como en una confidencia de madrugada.

Imagina la escena: no queda nadie en el local. El camarero, discreto, casi ausente durante toda la jornada, te mira ahora como si no hubiera nada más. Se acerca, sonríe con tristeza y habla. Igual ocurre en sus libros: poemas breves que simulan cortas charlas en la barra del Akerbeltz, el bar en el trabajó durante dos décadas.

Así construye Karmelo C. Iribarren una obra que poco a poco, libro a libro, ha ido asumiendo una voz más colectiva, en ese deseo —consciente o inconsciente— de ser entendido, comprendido, vivido por sus lectores.

David Delgado López lo explica mejor en su tesis: «La obra de Iribarren expone los excesos y carencias de los entornos urbanos sin la necesidad de recrearse de manera constante en las injusticias de manera explícita, sino representando tanto los motivos y momentos negativos como positivos. Así, mientras que la poesía social de la que Iribarren habla tiene un marcado carácter maniqueo, la suya tiende a evitar tales diferenciaciones en tanto en su poesía se basa en captar la representación de todos los ámbitos de la vida».

El día a día, los horarios y despertadores, las alegrías del encuentro y el dolor del abandono. La paz de un lunes despejado, el llanto quedo ante un féretro, el tedio del obrero. Todo visto desde la frontera y, a la vez, situándose en La piel de la vida, nombre de uno de los libros del poeta. Y ‘A vivir’:

Después de hacer balance,

tras considerar

la situación de arriba abajo,

en frío,

he decidido

no volarme hoy tampoco

la tapa de los sesos.

Nunca se sabe, con la vida,

me he dicho.

Y además,

qué carajo:

ya que me trata peor que a un perro,

que se tome ella

la molestia de matarme.

Mi risa cubre todo lo negro

La tristeza sobre todo, cuando coges ese grueso volumen de Visor firmado con su nombre. El de Iribarren es un pesimismo asumido, que no se lamenta ni desespera: mira la vida sin dolerse, tal vez, con la derrota entre las manos. Pero esto no le hace tomar las armas y defender una escritura combativa. Tampoco es su poesía un llanto continuo. Una fina ironía lo cubre todo. Y, de fondo, la esperanza. Como el condenado a muerte que camina hacia el cadalso sonriendo al público. De nuevo volvemos al análisis de David Delgado: «Pese al corte pesimista que gran parte de la obra del donostiarra presenta como consecuencia del tono de denuncia que posee, unido a la reflexión que la voz poética lleva a cabo inherente al paso del tiempo y la cercanía de la vejez y, consecuentemente, de la muerte, en su obra siempre hay lugar para la esperanza, para la vitalidad y para encontrar motivos con los que seguir adelante en el sinvivir de la cotidianeidad».

Por eso Karmelo C. Iribarren es un poeta leído por los jóvenes. Cogemos nuestra precariedad y la ponemos encima de la mesa de la librería. Pedimos su poesía completa. La llevamos a casa, la leemos. Y reímos: cubrimos con la carcajada el negro.

Esto no puede ser la vida,

este montón de días tristes, grises,

que sumados forman semanas, luego meses,

después años, no puede ser la vida.

La vida tiene que ser, por fuerza, otra cosa,

estar en otra parte, más allá

de esa lluvia que no deja de caer ahí fuera,

que no deja de caer aquí dentro…

Y así una tarde y otra y otra, frente a un café

sobre la mesa que muchas veces hasta se te enfría,

cavilas y elucubras y sigues cavilando…

Como si a la vida le importase.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Editor: Arturo Pérez-Reverte. Por Daniel J. Rodriguez.24 de junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Karmelo C. Iribarren

Literatura y revolución.

A lo largo del siglo XX, a los escritores e intelectuales se les exigía tomar posición frente al estalinismo, la Revolución cubana y otros experimentos totalitarios. Muchos lo pagaron con la vida o el exilio.

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Jean Paul Sartre en Qué es la literatura conmina a los escritores en la primera mitad del siglo XX a dar el gran paso final: escribir una literatura proletaria. Irónico y demoledor con sus adversarios, Sartre afirma que ya habían conseguido la libertad de expresión; la deshonestidad intelectual del filósofo y escritor francés clamó a los cielos. La persecución de intelectuales, artistas y escritores en el campo socialista dejaba bien claro que la libertad de expresión no se trataba de una conquista inamovible de las vituperadas democracias liberales burguesas. 

El propio Sartre, dejada atrás su masoquista relación con el estalinismo, apoyaría desde su prestigio internacional la salida del futuro Nobel de Literatura, Josef Brodsky, de la Unión Soviética, por dar un solo ejemplo.

La modernidad exigía al hombre o mujer de letras una honestidad estética improbable entre los escritores consentidos por la nomenclatura del socialismo real del este de Europa, de China o de Cuba. 

Tal honestidad produjo una literatura espléndida en su altura estética y miras morales. Imposible comparar una novelita moralista y panfletaria como Así se templó el acero, de Nicolai Ovstrovsky, de gran éxito en la Unión Soviética, con la grandeza de Archipiélago Gulag, de Alexander Solyenitzin, monumento a la escritura como fortaleza última de la verdad; tampoco con una de las grandes novelas del siglo XX, Vida y destino, de Vassili Grossman. 

La broma, del checo Milán Kundera, y la increíble Una tumba para Boris Davidovich, del serbio Danilo Kiš, por no hablar del albano Ismail Kadaré con El Palacio de Cristal, conforman un contra-canon revolucionario que cuenta con páginas brillantes.

En La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría, el cubano-mexicano Rafael Rojas describe el impacto de la Revolución cubana en los escritores latinoamericanos de los años sesenta. La toma de posición frente a este proceso político constituía la piedra de toque de las definiciones exigidas a los escritores como intelectuales, gente comprometida con su tiempo. 

La plana mayor de los narradores y poetas de la época, desde Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Octavio Paz, pasando por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, José Donoso y Julio Cortázar, hasta llegar a los grandes nombres de la isla –Severo Sarduy, José Lezama Lima, Cabrera Infante, Virgilio Piñera, Alejo Carpentier– se vieron compelidos a pronunciarse. 

Recuerdo perfectamente que, en los años ochenta, los estudiantes de Letras se dividían por los debates de los escritores alrededor de la Revolución cubana. La izquierda quería a Borges de su lado, pero lo odiaba porque nunca lo logró; menos todavía perdonaba el cambio de bando de Mario Vargas Llosa, a raíz de la vergonzosa historia de rapacidad política revolucionaria alrededor del poeta Heberto Padilla.

Vale la pena detenerse en un texto en el que colaboró un escritor ya mencionado en esta serie de artículos, Mario Vargas Llosa. Se trata de Literatura en la revolución y revolución en la literatura, una fascinante polémica entre el peruano, el colombiano Óscar Collazos y Cortázar. El título del texto no pudo ser más preciso: la literatura proletaria había pasado a mejor vida con las tristes historias que habían sepultado al período estalinista dentro del sector más sensible de las letras continentales. 

Para Cortázar, el pueblo revolucionario merecía la mejor literatura posible, una literatura hecha ella misma del ethos de la revolución, una literatura modernísima que, al interrogarse a sí misma por el destino y hacer del lenguaje, elevase al proletariado a su mejor nivel; escribir una literatura facilona y conservadora, al estilo de la soviética, es una manera de rebajar al hombre nuevo. 

Vargas Llosa defendió la irrenunciabilidad del escritor a sus demonios; pasara lo que pasara en política, el escritor debía ser fiel a sí mismo. El muy joven Collazos terció en la polémica con una apasionada defensa de la fidelidad a la revolución, instancia éticamente superior que supeditaba a sus fines la capacidad crítica del escritor. Nadie, por mejor escritor que fuese y más honesto intelectualmente, podría señalar a la revolución. 

Como decía el camarada Fidel Castro, dentro de revolución todo, fuera de la revolución nada. A medio siglo de la polémica Cortázar-Collazos-Vargas Llosa, sorprende el apasionado alegato juvenil por el silencio, del que Collazos iba a abjurar posteriormente. Es justo decir que el joven Collazos se hacía eco de una actitud que marcó la relación entre literatura y socialismo, representada nada más y nada menos que por el ya mencionado Jean Paul Sartre: todo sea por el luminoso futuro de la clase obrera.

La antes joven y amada Revolución cubana ya cuenta con sesenta años: Jesús Díaz (fallecido), Zoé Valdés, Wendy Guerra, Ena Lucía Portella, Iván de la Nuez, Amir Valle, Leonardo Padura, Odette Alonso, entre tantos otros, han dado fe dentro y fuera de la isla de lo que ha sido su larga y desgraciada historia. 

La Revolución sandinista y la bolivariana han tenido una relación sumamente tensa con los escritores opositores, aunque en Venezuela se prefirió echar abajo al mundo editorial que tomarse la molestia de perseguirlo. Gioconda Belli y Sergio Ramírez, antes comprometidos con el sandinismo en su primera etapa en los años ochenta, se han vuelto sus críticos acérrimos; en el caso de mi país, la migración y la publicación nacional de muy corto alcance han sido las opciones.

China y Corea del Norte conservan la vetusta tradición comunista de los escritores en querella con el poder. Mao Zedong escribió poesía, pero durante la Revolución cultural, en los años sesenta, buscó extirpar de raíz los valores burgueses representados en la estética y en las ideas occidentales. 

Su cruzada para llevar a China a la edad de piedra cesó con su muerte y con la pérdida de influencia de su esposa y sus secuaces; no así los afanes de la censura. En el siglo XXI, escritores como Liou Xiaobo, Liao Yiwu y el Nobel de Literatura Gao Xingjian han enfrentado las consecuencias de su escritura no complaciente; otro premio Nobel de Literatura, Mo Yan, reconoció, cuando se encendieron las polémicas alrededor de su galardón, la existencia de la censura en China, menor que en los tiempos de Mao pero todavía en pie.

Corea del Norte sigue igual que siempre, tal como lo testimonia La acusación. Cuentos prohibidos de Corea del Norte, texto que salió clandestinamente de Corea del Norte hace unos años y cuyo autor lo firmó con el seudónimo de Bandi.

El riesgo asumido por este narrador nos retrotrae a los tiempos heroicos de la literatura, los tiempos en que tantos escritores alrededor del planeta arriesgaron sus vidas por sus ideales; la diferencia es que no es lo mismo soñar con el futuro que revisar el cadáver de un pasado considerado la redención de la humanidad. Con todo, siguen contándose por millones y millones quienes creen que en el poder omnímodo del Estado reside la magia contra todas las opresiones: vengo de un país que se lo creyó hace un cuarto de siglo y está en la ruina. Nadie aprende por cabeza ajena.

Imagen de portada: Foto: Bert Verhoeff / Anefo, CC0, via Wikimedia Commons.

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres.Edición España. Por Gisela Kozac Rovero. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Alexander Solzhenitsyn/Estalinismo/Mario Vargas Llosa/República Bolivariana de Venezuela/Revolución Cubana/ Sandinistas

Literatura, héroes y rebeldía.

La herencia rebelde de la literatura, que abarca a Petronio y a Joyce, a Martí y a Vargas Llosa, es puesta en cuestión desde las escuelas de Letras.

Decía Aristóteles en su Poética que la tragedia no debía desafiar los valores sociales; su rol catártico tenía lugar al  espectador mirarse en el espejo de  los horrores acontecidos a los personajes, expresión del orden natural de las cosas.

El espectador contempla el hacer de los dioses sobre los hombres y las mujeres, tal vez conmovido por tanto sufrimiento, sin dudar de su inevitabilidad. Para bien del mundo, Edipo debe pagar la falta que ni siquiera sabía que había cometido, el incesto con su madre. Antígona, otro personaje de Sófocles, desobedece las leyes; la joven muere defendiendo las tradiciones y la familia. 

Se enfrenta al autoritarismo, lo hace a nombre de valores considerados superiores y enfrenta la muerte: una mujer no debe desafiar ningún bastión patriarcal. La lucha entre antiguos y nuevos valores recorre las tragedias griegas; no obstante, vulnerar el delicado equilibrio entre hombres, dioses, polis, reyes, hombres y mujeres acarrea males. El poder ha de ser respetado; su caída es obra de los dioses, no de los hombres.

El consejo de Aristóteles hace más de dos milenios podría traducirse del siguiente modo: evitar el enfrentamiento con el poder ahorra complicaciones. 

Un magnífico ejemplo de esta aseveración es el Satiricón, de Petronio. En El poder del mito, Joseph Campbell pondera de este su cualidad restauradora del sentido de la existencia, continuidad del pasado y promesa del futuro. Satiricón no restaura, señala las terribles limitaciones del orden real de los hombres y mujeres, desprovisto de altura épica y trágica. Es una llamada a burlarse de la hipocresía tras los valores sagrados del imperio romano. Si Platón en La República cuestionó el llanto del héroe Aquiles, una salida afeminada cuyo mal gusto corromperá a las juventudes guerreras, no cuesta imaginarse qué hubiera pensado de Gitón, personaje de Petronio. Con el, si se quiere, noble fin de que los demás no se peleen por su miembro, el adolescente amenaza con cortárselo: sus amantes gritan “no” al unísono. 

Ni hablar de la resignación de la parentela de un noble romano ante su última voluntad: quien quiera disfrutar de su herencia ha de comerse su cadáver.

El libro incompleto de este autor romano, regio antecedente de la novela, despierta la risa, la ironía, el desprecio y las ganas de llevarse por delante a semejante sociedad. El equilibrio del mundo, si es que tal equilibrio es algo más que una invención conservadora, ha sido roto y la amargura sobreviene. Nada más alejado de las intenciones de perfectibilidad humana que esta literatura que rehúye del atractivo del mito. 

Desde luego, Petronio, en problemas con el poder romano, no tenía nada que perder. Muy distinta fue la situación de Virgilio, escritor de La Eneida, una obra por encargo de Augusto, el César. En esta epopeya, Virgilio le concede a los orígenes de la ciudad la estatura mítica deseada por su mecenas. De hecho, Augusto aparece en su Eneida, profetizado como un varón superior que llevará a Roma a la mayor de sus glorias. Ante el divino César y la divina Roma, genuflexión, héroes sobrehumanos y buena pluma.

En cambio, desde la Ilustración, el mayor bien de un hombre o mujer dedicados a la literatura, en particular al drama y a la novela, es el de emular a Petronio en su voluntad de demolición de las vanidades del poder. Comienza la lucha abierta entre escritores y el poder económico, político y cultural, en pos del interés superior de la libertad, la verdad y la entronización del individuo. 

El valor de la literatura se fundaba en la crítica tenaz del presente, no solo en Europa o Estados Unidos sino igualmente en la América hispana. Conseguida la independencia política, la literatura ventilará la crítica de la herencia de la colonia y las contradicciones de la modernidad en ciernes. No es de extrañar que abunden los exilios en el siglo XIX, casos de José Martí y Domingo Faustino Sarmiento: incomodar era el santo y seña. 

En esta misma época, la herencia rebelde de la literatura se potenció con la entrada de las mujeres y se prolongó hasta hoy, cuando somos testigos de un inusitado número de ellas escribiendo alrededor del mundo, dispuestas a exprimir todos los recursos estéticos para señalar los puntos negros de la vida.

No obstante, la herencia de rebeldía de la literatura ha sido puesta en cuestión, paradójicamente, desde las escuelas de Letras y los departamentos de literatura. La idea misma de canon, repertorios de textos valiosos y dignos de ser transmitidos de generación y generación, ha sido radicalmente cuestionada: literatura es lo que las élites dicen que es, y su valor no pasa de la eficacia de la legitimación del mercado, la educación formal y las políticas culturales, señala Terry Eagleton en Una introducción a la teoría literaria. 

Desde esta perspectiva, leer a Vargas Llosa o a Selva Almada no tiene nada de subversivo; subversivas, dirían una joven feminista, son las chicas que cantan “Un violador en tu camino” en los cinco continentes.

¿La desmitificación de la literatura como práctica cultural la ha domesticado? 

Hace cien años, no llegar al éxito podía considerarse una virtud de cara a la posteridad; hoy en día, no tener éxito literario puede significar haber perdido el tiempo en una actividad elitista. ¿Para qué embarcarse en semejante empresa? 

El gran escritor de esta época es George R. R. Martin, creador de la saga Canción de hielo y fuego, que dio pie a la exitosa serie Juego de tronos; J.K. Rowling entra también en esta categoría con su imbatible personaje Harry Potter. 

Son escritores de una tribu mundial que se ha visto interpretada, tal como ha ocurrido con el ciclo de películas de la La guerra de las galaxias, fundada en mitos heroicos de enorme arraigo.

El centenario de la publicación Ulises, de James Joyce, el anti-mito por excelencia, ha sido apenas una celebración de profesores, editores y escritores, lo cual no deja de provocarme una enorme nostalgia, la de la época en que los novelistas, poetas y dramaturgos eran verdaderos héroes culturales. 

Todo pasa. ¿La herencia de Petronio sucumbe ante la herencia épica de los héroes que restauran el orden del mundo? No sucumbe: sigue y nada indica que se extinguirá. Necesitamos el realismo brutal que nos deja desnudos frente al mundo. Mi escena favorita de The Matrix es aquella en la que Neo es desconectado de la peligrosa fuente del simulacro, la matriz, y casi muere de susto. 

Así tenga que convertirse él mismo en mito, así la rebeldía de Neo responda a necesidades del propio sistema, nada más humano que la desnudez sin consuelo y la invención de nuevos sentidos para seguir viviendo. Por eso leo a Mariana Enríquez, a Valeria Luiselli, a Ariana Harwicz y a Benjamín Labatub, para desconectarme de mis propias certezas y volver a construirlas.

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres Edición México. Por Gisela Kozac Rovero. 17 de mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Aristóteles/Literatura/Mario Vargas Llosa/Petronio /Selva Almada/Terry Eagleton.

Hotel Jousten: la princesa de los cuentos de Borges y su palacio en el bajo porteño.

En el comienzo de la historia del hotel Jousten hay una princesa y un terreno baldío; en el último capítulo, la puesta en valor de un espléndido edificio en la esquina de 25 de Mayo y Corrientes, pleno bajo porteño. 

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Anclado sobre la barranca, justo ahí donde cae suave la pendiente en dirección al río, el Jousten emerge renovado entre las arquitecturas de gran porte que hacen al paisaje de la zona, felizmente viva tras el largo silencio que impuso la pandemia. Nada es para siempre, aunque la vigencia del hotel desmienta ese mantra. Hace casi un siglo que está intacto, y ahí.

La espléndida fachada del Hotel sigue intacta

La espléndida fachada del Hotel sigue intacta.Hotel Jousten

“Aprovechamos la época de crisis de salud pública, donde nos vimos obligados a cerrar, para remodelar el hotel: en las áreas públicas como el bar, el restaurante, el lobby, y, además, se realizó una nueva decoración en las habitaciones. De esta manera, ya se encuentra operativo, ofreciendo el servicio de calidad de siempre en espacios totalmente renovados”, asegura Diego Chourrout, director general y a cargo de la gestión del NH Collection Jousten, cadena a la que pertenece desde 1998. La propuesta elaborada por el estudio TBC, Interior Design + Architecture, con sede en Madrid, buscó rescatar los aspectos originales de la propiedad combinándolos con materiales y piezas contemporáneas adecuadas a las exigencias del viajero post covid, que ya no es exclusivamente corporativo. Los pasillos que enhebran las antiguas habitaciones -distribuidas en nueve pisos, más una torre central en el remate – ahora son íntimos y coloridos gracias a detalles como las alfombras con estampas vegetales de Christian Lacroix y unas confortables poltronas en las áreas de descanso.

En las habitaciones predominan muebles de perfecta factura y en los sectores comunes se privilegiaron los tonos dorados, espejos y asientos de diseño que invitan a disfrutar un café o un trago after office sin necesidad de estar hospedado, una decisión que seguramente hubieran aplaudido sus primeros proyectistas.

Tonos cálidos, espejos y muebles confortables en el nuevo lobby

Tonos cálidos, espejos y muebles confortables en el nuevo lobby. Hotel Jousten

Una historia con acento francés

Hacia 1925 María Lidia Lloveras Doufur, princesa de Faucigny Lucinge, soñaba con reproducir en Buenos Aires su château francés. La “Colorada Lloveras” (como se la conocía en su juventud, por su cabellera rojiza) había heredado de sus padres unas cuantas propiedades y terrenos desparramados sobre la avenida Corrientes (entonces más angosta) entre el Obelisco y Leandro Alem; pero no queda claro si en esa esquina estaba originalmente su residencia y si ésta fue demolida luego para levantar el emprendimiento. 

Lo cierto es que encargó los planos al cuñado de su hermana, el arquitecto e ingeniero Raúl Pérez Irigoyen y a su socio Luciano Chersanaz. La obra comenzó al año siguiente y finalizó en 1928 con la inauguración del entonces presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear.

Vistas espectaculares al rio y Puerto Madero

Vistas espectaculares al rio y Puerto Madero. Hotel Jousten

Las crónicas de la época recuerdan la elegancia de su interior: mayólicas de España, columnas talladas en yeso; pisos y escaleras de mármol traído de una cantera de las afueras de Carrara, Italia, pasamanos de hierro forjado hecho por dos herreros de renombre internacional. El mobiliario y la decoración eran de la antigua casa Nordiska, nada menos.

La fachada es notoria desde cualquier ángulo, y en especial vista dentro del conjunto vecino: su aire neoplateresco, una versión del barroco español, destaca entre la silueta lacia del Comega y el lenguaje clásico de la Bolsa de Comercio, obra de Alejandro Christophersen. 

Un gran arco de acceso, custodiado por dos soldados de armadura realizados en bajorrelieve, invitaban a subir las escaleras hacia la planta baja del Jousten. Al principio de los tiempos, a la derecha se ubicaba el salón para señoras y, del lado izquierdo, el de lectura, mientras un pasillo hacia el fondo conducía al subsuelo donde funcionaba el famoso restaurante El Faisán que, por estar sobre una marcada pendiente, asomaba hacia el este. 

En el primer piso se disponían la sala de desayuno junto a la cocina y el salón de fiestas hacia 25 de Mayo. Dicen que en la esquina hubo un local comercial con ingreso propio, y que en la azotea del piso 9 hubo un bar y restaurante con terraza al aire libre, espacio que más tarde sería destinado a las suites.

Nuevo mobiliario en las habitaciones

Nuevo mobiliario en las habitaciones. Hotel Jousten

Una princesa venida a menos

Amiga del escritor Jorge Luis Borges, y musa de varios de sus relatos, María Lidia no tuvo precisamente un final de cuentos. Había sido inmensamente rica pero su marido el príncipe había dilapidado su fortuna, dejándola sin un peso. 

En Borges a contraluz, la escritora Estela Canto revisa algunos pasajes más tristes de la vida de esta princesa porteña, que para entonces ya había perdido el hotel. “Como ya dije, Borges tomó la costumbre de quedarse a comer afuera, después de sus conferencias, con algunas de sus amigas más asiduas. Las favoritas éramos la princesa de Faucigny-Lucinge, Ema Risso Platero, Delfina Mitre, a quien él llamaba ‘la mística práctica’, y yo. 

Bor­ges tenía una especial debilidad por la princesa y creo que, al nombrarla, sacó del olvido a una persona que, a su manera, fue importante para él. María Lidia Lloveras, princesa de Faucigny-Lucinge, era una mujer más bien baja, algo entrada en carnes, de más de cincuenta años, con el pelo teñido de un tono rojizo. En su juventud la llamaban ‘la Colorada Lloveras’. Buena parte de las manzanas de la calle Corrientes, en el tramo comprendido entre Leandro Alem y el Obelisco, le había pertenecido. 

Con esto, su pelo rojo y su trato amable, no tuvo dificultades en conquistar uno de los primeros tí­tulos nobiliarios de Francia. Su marido, Bertrand de Fau­cigny-Lucinge, recuperó al casarse su estatus principesco y se dedicó a dilapidar las rentas de la princesa.

Pero en la Argentina sucedió algo peor. Como apoderado y adminis­trador de su fortuna, había nombrado a un po­lítico conservador de renombre. 

Este caballero no demoró en hacer que pasaran a su cuenta personal las cuantiosas propiedades de la princesa ausente. El príncipe, viendo que las rentas disminuían, abandonó a su mujer, o tal vez ella, alarmada, lo abandonó. 

De todos modos, tuvo que volver sola a la Argentina y, tras perder algunos pleitos, vivía aho­ra de una modesta pensión y de la ayuda que le prestaban sus amigas” recuerda el texto. “Era una mujer espontá­nea, cordial, que soportaba con estoicismo la pérdida de su fortuna, algo penoso en todas partes, catastrófico en la Argentina. La princesa era despreciada por haber perdido esa for­tuna. La sociedad prefería olvidarla. Borges compensa­ba esto de alguna manera. Él siempre la llamó ‘princesa’ y nunca se tomó la li­bertad de tutearla, como era costumbre entonces en ciertos medios”.

Una barra nueva en la city

Una barra nueva en la city. Hotel Jousten

Segundas oportunidades

Ni un cazafortunas, ni una dictadura, ni una pandemia pudieron con el edificio. Las topadoras podrían haberlo volteado en 1980, cuando cerró sus puertas porque el gobierno de facto no atraía a los turistas. 

La propiedad entró en una larga y triste decadencia, hasta que en 1998 la cadena española se hizo cargo del negocio. Su renacer fue una suerte de lección en medio de la voracidad de los desarrollistas por cada metro cuadrado de la ciudad.

Hacia el 2000, una respetuosa restauración le devolvió el brillo, al punto de alcanzar la distinción de la Sociedad Central de Arquitectos y ser declarado Testimonio Vivo de la Memoria Ciudadana por haber mantenido su carácter y aspecto originales, mérito de los estudios de arquitectura Urgell-Fazio-Penedo-Urgell, Fernández-Otero y Caparra-Entelman y Asociados; y de la constructora RT Construcciones. La fachada sigue intacta, solo perdió las rejas artísticas del acceso y el local en la ochava, reemplazando la puerta por una ventana que hoy permite agradables visuales desde el nuevo bar. Una segunda oportunidad que Buenos Aires y los vecinos agradecen…

Imagen de portada: La espléndida fachada del Hotel sigue intacta. Hotel Jousten.

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Argentina. Por Marina Gambier. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Jorge Luis Borges/Hotel Jousten/Personajes.

 

Cortázar, Sabato, Bioy: las cartas de Mario Muchnik develan la trastienda de medio siglo de literatura.

El Instituto Cervantes de Madrid recibe la biblioteca personal y la correspondencia que el editor y fotógrafo argentino, que murió en marzo pasado, mantuvo con escritores durante medio siglo.

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MADRID.- En el despacho que conservó en su domicilio en el piso 11 de un edificio en la zona norte del paseo de la Castellana en Madrid, cuatro muebles archivadores prueban el orden meticuloso que el editor Mario Muchnik (Buenos Aires, 1931-Madrid, 2022) mantuvo en sus papeles. El arco temporal abarca más de medio siglo. Hay cartas recibidas, manuscritas y mecanografiadas, con copias de las misivas enviadas, algún que otro recorte, postales y fotografías y también correos electrónicos impresos, perfectamente clasificados en las carpetas dedicadas a Julio Cortázar, Italo Calvino, Bruce Chatwin, José Donoso, José Emilio Pacheco, Augusto Monterroso, Aldolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato o Elias Canetti, entre otros notables corresponsales de Muchnik.

Carta de Ernesto Sábato a Mario Muchnik, 1977

Al autor de Masa y poder, premio Nobel en 1981, le escribió en 1973: “Estimado Dr. Canetti: Mi carta debiera empezar, sin rodeos, diciéndole que yo quiero ser su editor en lengua castellana, editor de toda su obra”. Y lo logró, aunque esa relación no estuvo exenta de algún exabrupto por parte de Canetti, que en los ochenta le responde a una petición de un texto introductorio afirmando tajante: “¡Nunca escribo bajo demanda!”.

Algunas de esas carpetas y libros dedicados ya están en la sede del Instituto Cervantes de Madrid, que hoy anuncia oficialmente la recepción del legado de Muchnik en un acto en el que se homenajeará su figura. “Mario era científico, se formó como físico y cuando yo le conocí su nombre estaba en todos los periódicos en Roma porque había descubierto una partícula”, recordaba su viuda Nicole el pasado jueves en su domicilio, para tratar de explicar el estricto orden con el que clasificó sus papeles, un material que sin duda le ayudó al redactar sus libros de memorias (Lo peor no son los autores. Autobiografía editorial 1966-1977 o Banco de pruebas. Memorias de trabajo 1949-1999). “Ese temperamento de científico lo llevó a la edición. En ese campo también le guiaron el descubrimiento, porque siempre buscaba autores nuevos; el dominio y conocimiento de todos los aspectos técnicos, desde el gramaje del papel a los tipos de tinta; y la tenacidad propia de un hombre de ciencias que no se rinde”.

Nicole Muchnik recoge el legado que depositó el editor y fotógrafo en la #CajadelasLetras, acompañada por el director del Instituto Cervantes, García Montero, y el crítico de arte Juan Manuel Bonet. Instituto Cervantes

La relación entre el Instituto Cervantes y el editor argentino y formado como físico en Nueva York, que recaló en Roma, París y Londres antes de asentarse en España, se remonta tiempo atrás. Muchnik depositó en 2017 en una de las cajas del Cervantes tres objetos cercanos a su infancia: una cajita de música que sus padres le regalaron tras un viaje por Inglaterra en 1937, una flauta y una foto que la estrella infantil Shirley Temple le dedicó “a mi amiguito argentino Mario”.

No solo físico y editor, sino también fotógrafo, Mario Muchnik ya cedió en vida al Instituto su archivo de imágenes, parte del cual fue mostrado en una exposición itinerante por los distintos centros Cervantes. Ahora, el archivo de Muchnik se suma a las donaciones de Jesús Munárriz, de Juan Goytisolo o Nélida Piñón, entre otros. “Los papeles de Muchnik y sus libros pasarán a formar parte de la Biblioteca Patrimonial, el proyecto que estamos desarrollando en la sede original de Alcalá de Henares”, explicaba al teléfono Luis García Montero. “La labor editorial de Muchnik ha sido fundamental: su trayectoria fomentó el diálogo entre Latinoamérica y España, y muestra la evolución del mundo editorial en democracia”. Todos los papeles podrán ser consultados cuando la Biblioteca Patrimonial concluya el trabajo de remodelación del edificio en Alcalá de Henares y abra sus puertas.

Carta de Muchnik a Canetti, 1973: “Yo quiero ser su editor en lengua castellana», le dijo al Nobel sin rodeos

En 1973 Mario Muchnik anuncia, entre otros, a Julio Cortázar que “The Muchniks strike back! [¡los Muchnik atacan de nuevo!]. Acabo de fundar, con mi viejo, Muchnik editores, Barcelona, con un plan editorial en el que la prudencia templa la ambición y viceversa”. Al autor de Rayuela le propone participar en una colección de “clásicos revisited” con una nueva traducción de Robinson Crusoe. Sus primeras comunicaciones una década antes también partieron de una traducción. Julio Cortázar escribe a Muchnik en 1964: “Su traducción es correcta, pero presenta las características típicas de toda versión hecha por alguien carente de experiencia en ese duro oficio”.

“Cagatintas” del mundo de la edición.

Hijo de Jacobo Muchnik —que montó a mediados de los cincuenta Fabril Editora—, Mario aparcó las ciencias físicas y arrancó en el mundo de la edición en los setenta, un camino que ya nunca dejó y que le llevó a recalar brevemente en Seix Barral a principios de los años 80 y, más adelante, en el grupo Anaya con su propio sello, una aventura que encalló. “Mario fue muy mal empleado”, comenta Nicole, “pero siempre siguió adelante”.

La correspondencia con Ernesto Sabato —”fue su maestro”, asegura su viuda— da cuenta de los encuentros y desencuentros que mantuvieron, y de las explicaciones que el autor de El túnel trató de darle a Muchnik sobre su postura durante los años de plomo de la dictadura militar en Argentina. Escribe Sabato el 26 de mayo de 1977: “¿Que no basta? Por supuesto que no. Hago lo que humanamente puedo, aún con peligro de mi vida. ¿Te parece que sería más honorable despotricar diciendo todo desde un cómodo café de París? ¿Te parece que la inmensa mayoría del pueblo argentino, ese que tiene que quedarse aquí, me consideraría más honorable por esa confortable declamación?”.

El premio Cervantes fue profesor de matemáticas de Muchnik y conoció a sus padres. También los conoció Rafael Alberti, quien dedica a Jacobo Muchnik una recopilación de sus poemas agradeciéndole los puros que juntos fumaban en Buenos Aires cuando el español se exilió allí en los años 40. “Mario se quedó con los libros y vinilos de su padre, pero él tampoco guardó mucho porque se mudó con frecuencia”, apunta Nicole. Ella reconoce que cada día encuentra nuevos papeles y escritos en los que Mario iba dando cuenta con todo detalle de sus avatares. En una carta a Carlos Barral afirma: “No, querido Carlos, no se trata de adverbios ni de adjetivos; sería muy tonto de mí defenderme por una cuestión lingüística. Si soy quisquilloso es por una dosis de orgullo profesional que llevo conmigo desde siempre y que me diferencia de la mayor parte de los cagatintas que circulan por los corredores de la edición, de la física y de la fotografía. Pensé que sabías que de esto se trataba y no de otra cosa”. Aún trabajarían mucho más juntos y pelearían más.

Mario Muchnik, en una foto de archivo de 2011, en Madrid, donde murió en marzo pasado. Quim Llenas – Getty Images Europe.

Con el mexicano José Emilio Pacheco en 1976 comparte su visión de la edición en su país de adopción: “… el mercado español está tan polarizado por la política que las editoriales como la mía pasan por un muy mal momento. Los grandes pulpos pueden darse el lujo de cambiar sus programas rápidamente, mientras que a nosotros nos resulta imposible invertir dinero que ya invertimos en otras obras, hace tiempo. Esta es una de las paradojas de edición: cuánto más pequeña una editorial, más pesada e inerte…”. Él nunca cejó en el empeño de seguir descubriendo y sacando libros cuya génesis quedará ahora conservada en el archivo.

Imagen de portada: Dos objetos simbólicos de su infancia: una cajita de música y una foto dedicada de Shirley Temple estaban en la #CajadelasLetras de Mario Muchnik. Instituto Cervantes.

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. -Por Andrea Aguilar El País. 27 de junio 2022

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