El fulgor de la Literatura

El melancólico poeta César Vallejo

Nada más adecuado para concluir un encuentro sobre literatura latinoamericana que evocar el nombre de César Vallejo. Querido fantasma que nunca se fue y acompañó, desde hace más de cien años, cuando apareció en la ignorada ciudad de Trujillo, en los Andes peruanos, esa maravilla que se tituló Trilce. 

En la voz trémula de Celina Manzoni se instaló en medio de una atmósfera en la que la emoción que sacudía los bellos rostros de maestros y estudiantes, investigadores y escritores, se disfrazaba en sonrisas que afirmaban la soberanía de la literatura.

Pero no todo, incluso nada, salvo esa aguda inmersión en “maneras de ver” la literatura de Manzoni, versó sobre la obra del melancólico poeta. Que se me hizo presente y tiñó el final de la reunión y, además de algunos versos, sólo pude recordar que me acerqué, en Paris, a la clínica donde murió pero no me animé a entrar y averiguar pero qué habría podido averiguar, me bastaba con recordar su premonición, “Moriré en Paris con aguacero”. Aguacero: esa palabra hacía de tobogán para comprender cómo había sido su vida en esos duros años durante los cuales, no obstante, brotaban poemas que dieron y siguen dando, vicariamente, de comer a generaciones de críticos y profesores de universidades, incluidas, seguramente, las peruanas, su hijo predilecto pero a posteriori, cuando se enorgullecían de él, pero que él había padecido, como siempre ocurre y le ocurrió a él con el país de su infancia y de sus primeros amores: “Qué estará haciendo esta hora /mi andina y dulce Rita de junco y capulí/ ahora que me asfixia Bizancio/ y que dormita la sangre/ como flojo coñac, dentro de mí”.

No se trató, repito, de Vallejo, en los cinco días de la Jornada de Investigación, la 34, que organizó en abril del 22 el Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras. 

Se trató, en cambio, de múltiples nombres y de incesantes textos: esa jornada es una de las tantas que tienen lugar en la Universidad y que el respetable público y los medios de comunicación ignoran olímpicamente, como es lo que suelen hacer cuando algo se escapa de la cárcel del éxito, que es en donde están cómodos y creen comprender algo. 

No nos resentimos por eso, no nos importó, el éxito va por otro lado, fue suficientemente exitoso para quienes tenazmente asistimos los cinco felices días que duró, primero virtualmente y al final viéndonos las caras como descubriéndonos después de más de dos años sin vernos, justamente, vernos, sobrevivientes tal vez, era lo que importaba a los 80 que intervinieron y entre los cuales profesores con obra sedimentada y jóvenes que empezaban, brillantes los ojos, ardiente el interés.

Era impresionante: nos escuchábamos y nos mirábamos como quienes regresan de una larga e indeseada ausencia trayendo en nuestras alforjas un título de un texto o un nombre de un escritor, un lejano muerto en la paz de la escritura, y tocándolo, un cercano viviente vibrando en la angustia de la creación. El fulgor de la literatura cubría el espacio, las voces descubrían y en las manos a veces temblorosas palpitaban palabras e ideas: las voces temblaban cuando exponían, una maravilla, una lluvia de retoños que, silenciosamente, alimentaban esa extraordinaria decisión de comprender la literatura.

Era una suerte y un privilegio poder verlo y apreciarlo. Y apreciar el contraste con esa literatura de ferias y presentaciones y elogios vacíos y comentarios triviales. Creo que lo que nos unía era el sentimiento o la intuición de que “estar” en la literatura, o, mejor “estar en literatura” era “vivir” en literatura, aparte de la realidad y dentro de lo más real de la realidad, nada manos que el sentido de la vida.

Sor Juana nos murmuraba, Sarmiento nos gruñía y, de pronto, el delicado Gianuzzi que razonaba junto a un Girondo que miraba la otra poesía, la de la pintura, y de un inquieto Ecuador brotaba la enigmática fuerza de Pablo Palacio mientras Mário de Andrade extraía de las profundidades de Brasil una suerte de alegría vibrante, en tanto que regresaba con su voz acerada Josefina Ludmer y las audaces promesas de libertad de Ana María Shua y muchos otros mientras hacían presencia fantasmal los países, Chile, Bolivia, Uruguay, atrás en el tiempo, acuciantes en el presente.

Juntos, escuchándonos, razonando, recorriendo temas variados de muchos países, el pasado lejano y el más cercano, los clásicos y vivaces todavía, los resplandecientes y provocadores, los nuevos modos de mirar, las relaciones con la cambiante y fluctuante y convulsa realidad, el placer y el goce, la inteligencia y el ingenio. Y todo entre lo virtual y, como se dice actualmente, lo presencial. En suma, la literatura como forma de vida, eso tan difícil de entender por los pragmáticos y utilitarios, por los que no pueden apartarse de lo inmediato y por los que no creen que eso “sirva” para nada.

Mucho para pensar. En un momento, casi religioso, sentí que se trataba de una ceremonia en la que estábamos encerrados, casi una secta, lejos del “Mundo, mundo, vasto mundo/ mais vasto é meu coração”, de Drummond de Andrade, justificado o no, en nuestro caso plenamente justificado, olvidando los ecos de lo que se cierne en el planeta; casi una resurrección después de más de dos años sin vernos, temiendo la disolución con que nos amenazó la pandemia. 

Muchos fueron arrastrados, los que estábamos ahí resistimos pero, entretanto, la literatura palidecía porque la obligada soledad generaba descreimiento o porque el temor y las urgencias coartaban las pasiones. Sofocada, empujada por la incierta y dramática historia, sólo la enfermedad y la política sacaban sus banderas y nos hacían sentir que la literatura, su práctica y su teoría y todo lo que la rodeaba o la producía, hasta el imaginario, importaban poco o importaban lo peor, que pretender vivir en ella ponía en cuestión su sentido, qué vale la literatura y el arte cuando las tormentas sociales tratan de empujarlas a la nada de la insignificancia.

De modo que este encuentro fue como una resurrección y una reparación y mostró que, no obstante, lo esencial sobrevivía porque estuvo sobreviviendo en esa suerte de increíble hibernación, algo que nunca creímos los que estábamos ahí reencontrándonos que nos tocaría vivir, como había sucedido en las diversas pestes que habían caído sobre la tierra. Escuchar, por lo tanto, apreciar pensamiento, jugarse por la literatura, no tiene nombre, un privilegio, masa de la cultura, identidad puesta en juego, un triunfo sobre la muerte. 

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Noé Jitrik

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Cesar Vallejo   

 

 

 

Jorge Luis Borges en su segunda visita al Chaco

El destacado literato disertó el 26 de abril de 1968 en el salón de actos del diario «El Territorio».

La conferencia era parte del Ciclo Cultural 1968, con el auspicio de Olivetti Argentina. Decía la crónica: «Una numerosa concurrencia, como pocas veces se ha visto en nuestra casa, siguió las palabras de Borges, que desarrolló el tema «La literatura fantástica» Con anterioridad, el escritor mantuvo un contacto con la prensa, oportunidad en que dirigió un mensaje a la juventud argentina».

Transformaciones

«Tenemos nosotros, por un lado, la literatura realista, que trata de asuntos comunes, y del otro, la literatura fantástica, cuyo límite sólo lo encontramos en las posibilidades de la imaginación. Pero los temas de la literatura fantástica no son ilimitados, como podría parecer. Son unos pocos, y yo tomaré algunos para ejemplificarlos. 

«Uno de los más antiguos es el de la transformación; las metamorfosis del poeta Ovidio, por ejemplo. Nuestro lobizón, el tapiango, el werewrold, etc. 

Harto conocido es «Die Verwandiung», la metamorfosis, de Kafka. Menos conocido es el cuento «Lady in the Fox» (La dama en la zorra) del inglés David Gardner. Todo es trivial en esta narración, el lugar y los personajes. 

Ya Wells dijo que para convencer sólo debe haber un hecho excepcional. El señor Fox comprueba que su esposa se ha convertido en zorra, la reconoce por la mirada, todavía humana. Después de algunas alternativas, entre las que se cuenta la fuga de la zorra, su posterior encuentro en el gallinero masacrado, una nueva fuga, el señor Fox la halla en el campo rodeada por su cría, prueba de la convivencia marital con un zorro. El hombre regresa a su casa y organiza una cacería con perros. Estos dan caza a la zorra y la despedazan. Así termina el cuento. 

«Wells tiene un relato en el cual el tema es también la transformación. Un estudiante —joven, honesto y sano— conoce a Mr. Elveshan, que lo nombrara heredero universal. Van a un bar y el estudiante cree notar —ya no está seguro, porque lo real y la alucinación se confunden— que el hombre vierte un líquido en su copa. 

Después el joven sufre la metamorfosis, se convierte en Mr. Elveshan y comprende que su alma fue trasladada a un cuerpo decrépito. Escribe su historia y se envenena. La idea de la transformación es una idea verdadera, como que los años nos van transformando a todos». 

Sueño y realidad

«La confusión de lo onírico con lo real, del sueño con la vigilia, es otro de los temas fantásticos. Tomaré un cuento de «Las mil y una noches», la historia de un hombre que sueña una voz que le incita a que vaya a Isfaján, en Persia, pues si lo hace encontrará un tesoro. El hombre va. Una circunstancia lo lleva ante el juez de Isfaján y debe explicar las causas de su viaje. El juez, al oírlas, ríe. Él tuvo un sueño semejante: debía encontrar un tesoro oculto al pie de una higuera, detrás de un aljibe. El viajero comprende. Al regresar halla el tesoro bajo la higuera de su casa. 

«Un místico chino del siglo V a.C., Chuang Tzu, soñó que era una mariposa y que al despertar no sabía si había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre. Hasta la mariposa está bien elegida en este cuento, porque concuerda con el carácter onírico de nuestra vida. 

Wells escribió «El hombre invisible». El protagonista es un estudiante de medicina que logra el líquido mágico, pero luego ve sus limitaciones. Debe salir a la calle desnudo, a pesar del frío, porque sus ropas no son invisibles: la calle lo aterra, deja sus huellas en la nieve, los autos no lo ven. Finalmente, se disfraza para ocultar que es invisible. Va a otro pueblo y cuenta a un amigo su situación. Deciden instaurar una época de terror. Asaltan. El comisario halla la solución al problema: los perros. Al final lo alcanzan y lo matan, y en el proceso de corrupción el cuerpo se hace visible.

El tiempo

«Los juegos con el tiempo son también otro tema de la literatura fantástica. «La máquina del Tiempo» fue escrita, también, por Wells. El personaje dice que hay una cuarta dimensión, que es el tiempo. Procura demostrarlo científicamente. Trae la máquina y hace una demostración a sus amigos.

Envía la máquina al pasado y ésta desaparece. Los otros se van y el viajero del tiempo («The time travaller») dice que viajó al futuro y que llegó a un jardín donde hay seres más pequeños y delicados que los actuales, que se llaman eloi. No trabajan y se alimentan de frutas. De noche baja a un pozo, a un mundo subterráneo, el mundo de los morlocks, que son los descendientes de los descendientes de los proletarios actuales, que de tanto trabajar en la oscuridad se han vuelto ciegos. El viajero del tiempo desaparece y el autor se pregunta si viajó a un remoto pasado o hacia un remoto porvenir. 

«La máquina del tiempo sirvió de inspiración a Henry James para «El sentido del pasado», la historia de un joven norteamericano que va a Londres, a la casa de sus antepasados, y ve un cuadro inconcluso; el retrato lo sorprende porque es el suyo propio. Lee los volúmenes de la biblioteca y piensa que un esfuerzo mental lograría llevarlo al pasado. De repente se halla en el siglo XVII, con las ropas mismas del cuadro. Un artista hace su retrato y él le advierte que no podrá terminarlo. Lo sabe porque vio el cuadro en el siglo XX. Después entra al escritorio, se apagan los candelabros y se encuentra vestido, a la usanza del siglo XX».

Otras dimensiones

«Otro tema puede ser la presencia de seres sobrenaturales. Voy a referir una leyenda noruega. Habla de un rey cristiano y de su corte. Al palacio llega un viejo, una noche de invierno. El arpa, según la costumbre nórdica, pasa de mano en mano. Cuando llega al viejo, éste canta la historia del nacimiento del dios Odín. Cuando Odín nació, se presentaron dos hadas y le presagiaron grandes venturas. Llegó una tercera, que no había sido invitada, y sacó una vela. La encendió y dijo: «La vida de este niño durará lo que dure esta vela».

Los padres de Odín apagan la vela para que el niño no muera. La gente que escucha se ríe, no cree en lo que dice la canción. El viejo saca una vela y la enciende: «Aquí tienen la prueba», dice, y se marcha. Cuando la vela se apaga, los hombres salen buscarlo y lo hallan muerto, junto a su caballo. El que refirió la historia era el propio Odín. 

Tendríamos otros temas, el del doble, sugerido acaso por los espejos. «William Wilson», de Edgar Alan Poe, «El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde: el de las acciones paralelas, el hecho de que algo ocurre en un lugar y está ocurriendo de otro modo, en otro lugar, por ejemplo esta leyenda irlandesa medieval: hay dos reyes cuyos ejércitos están combatiendo, enfrentados. Los reyes juegan al ajedrez. Uno dice al otro, al atardecer. «jaque mate» y en ese momento llega un mensajero y comunica que su ejército fue derrotado. La batalla habla sido librada en el tablero de ajedrez y no en el valle». 

«¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Creo que reside en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, si no símbolos de nuestra vida, de lo inestable y misterioso de nuestra vida. 

Y pasamos a la filosofía, a sus hipótesis, tanto más extrañas que la literatura fantástica. La Idea platónica, la doctrina de Berkeley, según la cual toda nuestra vida es un sueño… Podemos preguntarnos, y no solo literariamente. ¿El Universo, nuestra vida, pertenece al género real o al género fantástico?

Mensaje a los chaqueños

«No sé qué puedo decirles. Pero creo haber notado aquí una voluntad de ser chaqueños o ser correntinos, y creo que es un error. Me parece que ocurre lo mismo que querría Marechal que ocurriera. Creo que no debemos esforzarnos en ser de una región país, porque ya lo somos. Creo que si un poeta chaqueño piensa que es chaqueño, eso puede, más bien, invalidar su trabajo, porque tendrá que ceñirse al preconcepto que él tiene de lo que es o debe ser un chaqueño. En cambio sí se olvida que es chaqueño y obra con espontaneidad, podría serlo de un modo más espontáneo y más pleno. 

«Yo escribí «Fervor de Buenos Aires». Allí yo quise hacer poesía de Buenos Aires. De ese libro dijeron que había fracasado y luego escribí un cuento: «La muerte y la brújula», en el cual yo usaba a Buenos Aires como un punto de partida para una especie de pesadilla y me dijeron que ahí estaba Buenos Aires mejor que en otros textos míos en que se mencionaban lugares, en que se acumulaba el color local, y pienso que debe suceder lo mismo con una región».

Imagen de portada: Gentileza de NORTE. Provincia de Chaco. Argentina

FUENTE RESPONSABLE: NORTE. Provincia de Chaco. Argentina. Por Roly Pérez Beveraggi. Mayo 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Jorge Luis Borges

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Feminismo elegante

  • Sobre las obsesiones comunes con Laura Ramos, la serie Fleabag, Malena Pichot, la Gala del Met, Kim Kardashian y la posible anulación del derecho al aborto en Estados Unidos escribe Tamara Tenenbaum para también decir que “hay algo enrarecido en nuestra relación irónica con la banalidad; al menos, nos pide una atención realmente muy grande”.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor donde esta escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Cuando Laura Ramos publicó Infernales. La hermandad Brontë: Charlotte, Emily, Anne y Branwell empecé a entender algo sobre nosotras; sobre ella y sobre mí, que no nos conocíamos (ni nos conocemos demasiado al día de hoy), y sobre unas cuantas más, y sobre algo que quería decir sobre otras épocas y sobre esta época. No crecí con las columnas de Buenos Aires me mata pero di con el libro a los doce o trece años; recuerdo estar en mi cuarto leyendo de madrugada, en un tiempo en que estaba tratando de abandonar mi vida religiosa sin saber si me iría a salir bien, en una edad y una situación en que lo único que podía hacer tarde a la noche era leer. 

Recuerdo estar en mi cuarto y pensar que si un genio me concedía un solo deseo pediría vivir la vida, la ciudad y el presente que me tocara en suerte con la intensidad con la que parecía hacerlo Laura Ramos en el libro; hoy diría “la intensidad y la liviandad”, porque era eso en el fondo lo que me fascinaba, esa combinación entre la intensidad de estar presente en un momento preciso y la liviandad con la que se puede transitar lo que es bello pero no es sagrado, y eso Ramos lo trae siempre en su estilo, esa ambivalencia. 

Pero en esa época era chica y era la libertad lo que me llamaba la atención. Muchos años después, entonces, me sorprendió enterarme de que Laura Ramos estaba tan obsesionada como yo con el siglo XIX y sus mujeres encerradas, las locas encerradas en cuartos escondidos y las cuerdas encerradas en matrimonios burgueses. Leyendo su libro sobre las Brontë entendí que ella, como yo, había gozado todas las novelas de Alcott, hasta las más moralistas de todas; entendí que había algo en su forma de leer y de vivir que abrazaba por igual la aventura y lo que se conserva, una noche llena de imprevistos y un párrafo entero de descripción de una puntilla. 

No es que esto nos hiciera particularmente perspicaces o interesantes, ni a ella ni a mí, estas dos pasiones contradictorias; pero me hizo pensar en la relación entre una cosa y la otra. 

Hay algo en esta veta, sin dudas, de feminismo de segunda generación, el feminismo de revalorizar lo tradicionalmente considerado banal o aburrido, las historias de faldas: un hambre por leer historias de mujeres, y si las historias de mujeres fueron hasta el siglo XX historias de sumisión, pues de eso tendremos que enamorarnos, y en eso tendremos que encontrar también el germen de lo que somos. 

Debe ser por eso, también, que las historias que me interesan a mí y a Laura son muchas veces las historias de mujeres solas en épocas en las que había muy pocas maneras decentes de ser sola: a mí, como a Laura Ramos, me fascinan desde siempre las historias sobre institutrices y maestras, protagonistas de hecho de Las señoritas, el último libro de Ramos que reconstruye la historia de las maestras norteamericanas que trajo Sarmiento para armar las escuelas argentinas. 

Pero sería mentiroso decir que lo único o lo que más nos interesa de esas historias es el coqueteo con la transgresión: nos gustan sus bailes, sus cortesías, sus vestidos, sus costumbres. No nos gusta solo lo que corre los bordes de la femineidad; nos gusta, también, lo que queda adentro. 

Fleabag – Trailer Oficial Español | Amazon Prime Video España

Pienso que esa combinación de obsesiones que manejamos Laura y yo desde hace mucho, ella desde hace más que yo de hecho, refleja una relación un poco irónica con el feminismo que está cada vez más extendida. 

Si alguna vez estuvo de moda ser una feminista solemne, hoy de hecho ya no lo está; está bien ser feminista y disfrutar de las mieles de la femineidad, o más todavía, el dulzor de sus cadenas. Está bien ser feminista y embelesarse con los trajes de época que destrozaron los órganos vitales de las mujeres que los llevaban; sobre todo a la mujeres de treintis o cuarentis, pienso, pero también a algunas de veintis que quieren ser más cancheras que sus contemporáneas, nos parecería absurdo convertir todo en una protesta; nos parecería, sobre todo, de mal gusto. 

Recuerdo el que creo que es el primer o el segundo capítulo de Fleabag, cuando ella y su hermana van a un evento feminista y levantan la mano cuando la conferencista pregunta quién cambiaría cinco años de vida por un cuerpo perfecto. Al levantar la mano, Fleabag está diciéndole a la audiencia: yo soy como ustedes, tampoco soy feminista en serio. Por si no quedara claro, por las dudas, el diálogo subraya: “somos malas feministas”. Malena Pichot, de hecho, lo tuitea seguido: nadie quiere ser buena feminista. No hay nada canchero, hoy, en ser una buena feminista, exceptuando a ciertos círculos muy específicos. 

Parte de la disputa generacional con el activismo juvenil (pero también, creo que es interesante, con feministas mucho más grandes) parece radicar en eso; para muchas de nosotras, la forma elegante de ser feminista es siendo también un poco antifeminista, reírse del feminismo y romantizar la época en que no existía o apenas empezaba a existir de un modo en que no creo haber visto hacer a marxistas con el marxismo o a peronistas con el peronismo. 

Tiendo a pensar, como el filósofo Richard Rorty, que la aproximación irónica a nuestras propias creencias es una virtud. Sirve para conversar, y sirve para vivir. Y sin embargo, el cortocircuito del fin de semana pasado, cuando la misma noche vi pasar en Twitter las discusiones sobre la gala del Met (un evento tan vidriera de la nada que me angustia hasta a mí, que puedo pasar y he pasado una mañana entera leyendo sobre tipos de encaje en internet) y la filtración del voto de Alito que podría revocar el fallo Roe versus Wade en Estados Unidos y acabar de hecho con la legalidad del aborto, me hizo pensar en que hay algo enrarecido en nuestra relación irónica con la banalidad; al menos, nos pide una atención realmente muy grande, y finalmente esa no era una mentira de los achupinados de las charlas TED, la atención es el bien escaso por el que compiten los gigantes de nuestra época. 

Si Kim Kardashian puede tomar por asalto nuestra conversación, puede pasar que de pronto sea difícil encontrar o hacer circular buenos textos sobre lo que podría pasar con el aborto en Estados Unidos; me pasó, al menos, a mí, en un momento donde parecería que sobra buen contenido sobre cualquier cosa. Puede pasar que se nos vaya el tiempo y el trabajo en la ironía elegante, que el miedo a la solemnidad o el aburrimiento lo tape todo. 

No tengo ninguna intención, ningún deseo de abandonar mi pasión por la vida y la literatura de las señoritas de otra época, por devorarla desde una perspectiva feminista pero también sencillamente devorarla. 

No son placeres culposos; solo es la punta de un ovillo que me interesa sobre nuestra relación con el feminismo y con la femineidad como cadena y privilegio, sobre el modo de sostener creencias en estos días, sobre una ironía que en realidad es mucho más rica que la ironía porque nunca es un sarcasmo que mira las cosas desde afuera, es una ironía ante todo neurótica, melancólica y retorcida.  

Imagen de portada: Gentileza de el DiarioAR

FUENTE RESPONSABLE: el DiarioAR. Ensayo. Tamara Tenenbaum. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Feminismos/Laura Ramos/Las Señoritas.

 

La supremacía de una poética inclaudicable.

LITERATURA. «Expreso», nuevos poemas de Beatriz Vignoli 

Editorial Biblioteca reanuda una colección de poesía interrumpida por la dictadura incluyendo en la misma a uno de los grandes nombres de la literatura argentina.

Beatriz Vignoli no sólo es una referente cultural inexcusable en Rosario reconocida por su labor en la crítica literaria y de las artes plásticas, ejercida desde hace años en Rosario/12, con una capacidad difícil de igualar en el descubrimiento de matices, códigos y secretos que pasan inadvertidos para el resto en cada obra que reseña. 

Ese ejercicio de lucidez, que no excluye el humor, ha hecho que sus columnas ofrezcan -más de una vez- a cada escritor o artista analizado la impensada posibilidad de una nueva relectura de su propia obra.

Vignoli es además y tal vez sobre todo, uno de nombres femeninos más importantes de la literatura argentina del siglo XXI, desde sus poemarios: “Almagro” (2000) Premio Municipal de Poesía,”Viernes” (2001), “Soliloquios” y “Bengala” (2009), ”Lo gris en el canto de las hojas” (2014), ”Árbol solo” y ”Luz azul” (2017) Premio Provincial “José Pedroni”a su obra narrativa como “Reality” (2004), “Nadie sabe adonde va la noche” (2007), “Es imposible pero podría mentirte” (2012) o “DAF” (2014), esta última una novela que ilumina de modo tal vez irrepetible los códigos, esperanzas, entusiasmo y frustraciones de una franja de la juventud de ese período que fue de 1981 a 1999 -a caballo entre el rock y la militancia- en un tiempo detenido en la ciudad de Atopia. 

Allí, como en sus calles, se cruzan el humor, la poesía, la ironía y el cinismo con una escritura pictórica y a la sombra de una mirada crítica que se enfrenta a los discursos dominantes de la época. El resultado: una entereza moral en la sensación de derrota, como señalara Sebastián Basualdo en “La próxima generación perdida” (Página/12, 20 de julio de 2014), quien destaca a la novela instalada como una especie de mito en el ambiente literario rosarino.

Hasta esta bienvenida edición de Expreso, Beatriz (ella misma reconocida, por qué no, también como un mito en la cultura de la ciudad) había publicado notas y artículos en revistas emblemáticas como Expreso imaginario y Diario de poesía y en diarios como El Litoral,  El Ciudadano y, en inglés, en Buenos Aires Herald. Había sido traductora e impulsora en los años 90 de movidas y agrupamientos culturales que, entre cosas, darían origen a revistas como Ciudad gótica.

Expreso aparece incluido en la colección “Poetas argentinos” de Editorial Biblioteca, que reanudara no hace mucho su actividad tras la demorada restitución de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil a sus legítimas autoridades tras ser intervenida y devastada por la dictadura a partir del 24 de marzo de 1976, inicio de un período atroz para esa ejemplar institución barrial que incluyó la detención de sus directivos, el saqueo de sus bienes y la destrucción e incendio de miles de libros generados por su editorial. 

Beatriz se integra así a una colección que, antes de 1976, ya había publicado a poetas como Hugo Gola, Francisco “Paco” Urondo, Francisco Madariaga y Rodolfo Alonso, siendo la primera mujer en ese valioso catálogo. Esta genealogía no es accesoria, porque Vignoli la tuvo en su horizonte para la escritura de Expreso, donde, junto a la resonancia de otras voces, se percibe el magnetismo incierto de la mitología popular, el enigma nunca resuelto de los sueños, el “idioma de puras consonantes” de la lluvia y el pulso de Vignoli, señala la contratapa del libro.

La primera lectura llevó a quien asumió el compromiso de afrontar reseñar este libro, a rastrear en su memoria nombres que creyó están presentes de algún modo en la poesía de Vignoli, opinión tal vez azarosa pero que cree poder sostener: Alfonsina, Alejandra Pïzarnik, Olga Orozco, Marosa Di Giorgio más una presencia vallejiana en versos como Mi brazo caracol, mi brazo izquierdo,/ mi brazo endivia, molusco, mejillón.

En una entrevista periodística, Beatriz aludió al tiempo de la recuperación refiriéndose a la vez a la de la Vigil pero también a la dura experiencia personal de un accidente traumático, con sus secuelas de rehabilitación, aislamiento, resiliencia y agradecimiento a quienes, desde los médicos a las amigas y amigos, estuvieron cerca suyo en ese trance y a quienes, en cada caso, están dedicados buena parte de los poemas. Son, al igual que los epígrafes, brújulas para futuras lecturas, avisa la contratapa.

En la segunda parte del libro (de explicito título:”Accidente en vía pública”) se reúnen poemas en los que pasa revista a su propio tiempo de recuperación, atravesado por el padecimiento físico pero mucho más por lo que éste reduce: la vital posibilidad de la escritura pero también del abrazo. 

Poemas en los que conviven sutiles dosis de humor que atenúan la fractura y la prisión del yeso necesario con la inigualable capacidad con la que Vignoli extiende su mirada a otros ámbitos, cotidianos algunos, fruto del sueño otros. La lúcida contratapa del libro vuelve a avisar al lector: En estas páginas se percibe el magnetismo incierto de la mitología popular, el enigma nunca resuelto al que desafían los sueños, la humedad de las orillas, el “idioma de puras consonantes” de la lluvia, el canto anestesiado de una paciente de hospital. Pero también su certeza de que la palabra no puede circular sola sin el movimiento que imponen los cuerpos, la danza, el arte.

La tercera parte (“Agua y sal”) atesora, en poemas más extensos, una notable summa poética de la hondura de “Las Ofelias y las Noras”, dedicada a Mabel Temporelli, mirada cruda pero sin embargo de profunda ternura: Algunas chicas en mi barrio/ en los años cincuenta, sesenta quedaban embarazadas y se suicidaban.(…) Su mano sanadora extiende todos los dedos/ para abarcar la inmensidad de la vergüenza/ de las que se atrevían a maternar en soledad./ “¿Y ninguna abortaba?”/ “Eso todavía no existía”. O de “Luna en Piscis”, entrañable repaso de vivencias, recuerdos y memoria de mujeres, hombres, lugares de esa zona-región inigualable de la ciudad tan cerca del río y de las islas: Soy de aquí en una vida paralela/ o tal vez de aquel pasado en que veníamos/ de lejos con mis hermanos a jugar/ a que la barranca era una selva, y el tiempo,/ puro futuro. Hay tanto sol este verano/ que esto parece otro planeta, pero es la Tierra…

“Nota de la autora” que abre el libro es un umbral inexcusable en el que en el sueño de Beatriz se vinculan inicialmente dos nombres y dos muertes; la de Leopoldo Lugones, suicidado en un hotel del Tigre, y la de Federico García Lorca, fusilado por esbirros franquistas apenas iniciada la Guerra Civil Española. Ya despierta, cuenta: Intuyo que Lugones no merece el mismo homenaje: al despertar recuerdo que instigó en Argentina el mismo tipo de orden político autoritario bajo el que se fusiló a Lorca en España. Así que lo reemplazo por Alfonsina Storni, que se suicidó el 26 de octubre de 1938 y de esa forma me aparto del espíritu de la época, ya que en aquellos tiempos dudo de que la muerte de una poeta mujer se haya considerado una catástrofe literaria mundial…

“Expreso”, que no estuvo incluido en la reciente publicación de su obra poética (“Viernes”, Ediciones Nebliplateada, 2021) ratifica la supremacía del nombre de Beatriz Vignoli en la poesía rosarina, tan diversa y valiosa y la extiende a la producción poética argentina de este siglo. 

Supremacía que -como señala Ivana Romero en revista ”Ñ”, 12 de diciembre de 2021- ya era visible en sus poemas iniciales: Y es que ahí donde el objetivismo de la época recomendaba borrar al sujeto poético, Vignoli imponía el yo. A la vez, su lirismo contrastaba con la parquedad de una poesía que privilegiaba cierta oralidad llana, carente de ondulaciones. Y así Beatriz, con poco más de treinta años, confirmaba su linaje de chica outsider y punk en medio de una tradición -ejercida en especial por varones- que solo admitía los versos contenidos donde la sensibilidad debía ser mantenida a raya. Vignoli era joven terrorista de las buenas formas intelectuales al admitir que la poesía no es zona de certezas lingüísticas sino tembladeral. 

Justamente por eso era (es) necesario escribirla, decirla, arrojar la bomba, dejar rastros de pólvora en la hoja inmaculada. Decisiones presentes una vez más en las páginas de Expreso.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Rafael Ielpi. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Argentina/Literatura/Poesía/Nuestros escritores

 

 

 

 

 

 

 

Romances y dolor: la reveladora biografía de Alejandra Pizarnik.

Ya se encuentra en librerías libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti. En el libro ahondan aspectos poco conocidos de la célebre poeta argentina, como la accidentada relación con un poeta colombiano. Todo en base a una gran cantidad de papeles, diarios, correspondencia, borradores que dejó la autora de El árbol de Diana. Una de las autoras habla con Culto sobre el volumen

De su puño y letra, el 22 de septiembre de 1963, Flora Alejandra Pizarnik, la joven poeta argentina que residía en París, por entonces La Meca de los escritores a nivel mundial, anota en su diario: “Sí, estoy encinta. De pronto, la idea de no reaccionar con miedos y llantos. Hacer lo que se necesita hacer con extrema seguridad y lucidez. Esto es una nueva trampa”.

La “trampa” se había ocasionado en una fiesta, en agosto anterior, donde había conocido a un sujeto a quien solo identifica como “un joven pintor italiano”. En su estilo dramático, la autora de Los trabajos y las noches lo relató así: “Se quedó fascinado el itálico mozo. Y tanto que no se despegó de mí —’oh si supieras cuánto te siento!’— me decía a cada momento con sus ojos en mis ojos, deseoso de que todo su dolorido sentir se asomara a su mirada húmeda”. La noticia del embarazo la sorprendió, por lo que comenzó a mover sus piezas.

El episodio, desconocido hasta ahora, se encuentra detallado en el libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti, y que ya se encuentra en nuestro país publicado vía Lumen. El texto revisa la vida acontecida de una de las destacadas poetas allende Los Andes.

En rigor, es una versión ampliada de la biografía que Piña publicó en 1991, a la que se sumó el trabajo de la escritora y cineasta venezolana Patricia Venti. Ambas revisaron una importante cantidad de papeles, diarios, correspondencia, borradores, y cuadernos inéditos de la poeta, que se encontraban en la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Además, se agregaron dos testimonios claves: el de la rama de la familia paterna residente en Francia, con quienes Alejandra residió entre 1960 y 1964; y el de su hermana mayor, Myriam.

Cristina Piña, escritora, traductora y una destacada crítica literaria argentina, se dio el tiempo para responder las preguntas de Culto. Comenta que de todo el ingente material que revisaron junto a Venti para esta edición, hubo dos cosas que la sorprendieron: “Las partes del diario y la correspondencia centradas en París, ya que daban una imagen totalmente diferente de la que se podía tener a través del testimonio de los amigos de Buenos Aires.

También en relación con ese mismo período, los datos aportados por la familia francesa con la cual vivió en diversos momentos de su experiencia parisina”.

¿Qué fue lo más dificultoso a la hora de trabajar este libro?

Articular todos los testimonios con el diario y la correspondencia, es decir hacer de todo ese gran material algo organizado, ordenado y legible, que diera una imagen lo más verdadera posible de Alejandra. Es decir, la organización de la gran cantidad de material recabado.

¿Cómo fue la experiencia de hablar con su hermana Myriam y revisar los archivos que se encuentran en la Universidad de Princeton?

Las conversaciones con Myriam fueron de una gran riqueza, porque su hermana se abrió totalmente y dio todos los datos posibles sobre Alejandra. Fue fundamental para reconstruir tanto la atmósfera del hogar y la personalidad de los padres como de la misma Alejandra en su infancia y su adolescencia. Fue importantísimo y de una gran utilidad.

Ustedes hablan de que en la personalidad de Alejandra Pizarnik había un costado “bastante infantil”. ¿De qué manera ese rasgo la acompañó en su vida?

Toda su vida lo mantuvo en los celos que experimentaba por sus amigos; en la búsqueda de relaciones absolutamente excluyentes y centradas por completo en ella; en su humor que se fue agudizando con los años; en su curiosidad constante ante cualquier elemento o personaje nuevo; en el establecimiento de relaciones en las que atribuía rasgos materno o paternos a amigos y psicoanalistas; en su inutilidad para las tareas de la vida cotidiana; en su desentendimiento de responsabilidades que fueran más allá de la consagración a la escritura; en su desconocimiento de los horarios propios y de los amigos a los que podía despertar a las 4 de la mañana para hablar.

Cristina Piña. Foto: German Garcia Adrasti.

Un amor violento

Uno de los puntos reveladores de la biografía, es el intenso romance que Pizarnik tuvo con el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, desconocido para el público, pero muy citado a las autoras por sus cercanos. 

“Hubo un enamoramiento profundo, al menos de Alejandra por Gaitán Durán, que en el caso del testimonio de su hermana Myriam se confirma con la afirmación de que con este poeta Alejandra habría fantaseado con casarse”, se indica en la biografía. Sin embargo, el romance terminó de manera trágica el 23 de junio de 1962, con un accidente aéreo que le costó la vida a Gaitán.

El hecho la destrozó. “Tenía 35 años, era muy bello e hicimos antes de su partida, planes maravillosos y posibles que me hubieran sacado de mi miseria. Su muerte me afectó enormemente”, le escribió a León Ostrov, su antiguo sicoanalista. Incluso, a Gaitán le dedicó su poema Memoria, incluido en Los trabajos y las noches (1965).

Eso sí, Pizarnik, como se indica en la biografía y se desprende de sus diarios, era bisexual. Por eso, Piña aclara que Gaitán fue uno de sus grandes romances, mas no el único. “Con un hombre sin duda. Pero sabemos que Alejandra era bisexual y por lo menos sintió un gran amor por una mujer”, explica Piña.

Otro episodio desconocido es lo que Pizarnik realizó en París tras notar su embarazo. El 30 de septiembre de 1963, según se indica en la biografía, y acompañada de su amiga Marie Jeanne, se realizó un aborto. “Lloré todo el día. Lloré por mí. Ahora comprendo por qué no lloré hasta hoy”, anotó en su diario.

Además, en la biografía se habla de la enfermedad mental de la poeta, de la cual, hasta hoy no se sabe exactamente cuál fue. 

¿Por qué? Piña lo explica: “No hay un diagnóstico preciso porque dos de sus psicoanalistas murieron, el hospital Saint Anne de París —donde suponemos que estuvo internada o que se trató por las anotaciones que aparecen en sus diarios— a los diez años de muertos los pacientes se deshacen de todos los papeles vinculados con ellos y porque el único psicoanalista que vive, hasta hoy se niega a dar un diagnóstico que considera que es algo privado entre paciente y analista”.

¿Considera que su obra ha obtenido el reconocimiento que merece?

Sí. Alejandra ha sido traducida no sólo a los principales idiomas sino a otros menos comunes como el esloveno y hay trabajos, artículos, tesis y libros en diversos países del mundo, al margen de que se la sigue estudiando en universidades de toda Europa y América.

Pizarnik debutó con La tierra más ajena, aunque luego se distanció un poco de ese libro, y El árbol de Diana la consagró. Habiendo estudiado su vida, ¿cuál creen ustedes que fueron los libros –para ella– imprescindibles de su obra?

Sin duda El árbol de Diana. Cuál estaría en segundo lugar no es tan seguro, ya que habla muy poco de su producción publicada en sus papeles, correspondencia y diarios.  Pero como le valió el Primer Premio Municipal de poesía podría ser Los trabajos y las noches si bien le merecía atención especial Extracción de la piedra de locura donde desarrolla algo que le interesaba mucho: el poema en prosa extenso.

Imagen de portada: Gentileza de Lumen

FUENTE RESPONSABLE: La Tercera. Cultura. Por Pablo Retamal.Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Biografías/Argentina/Nuestros escritores.

 

 

 

 

 

Deborah Eisenberg, una de las grandes escritoras norteamericanas contemporáneas: «no sé qué hago para escribir últimamente».

ENTREVISTA

La obra de la autora de Taj Mahal y Relatos llegó a nuestro país gracias a la editorial Chai, que la tradujo y publicó por primera vez en Argentina en 2020. Desde entonces, un club de fans de su narrativa empezó a investigar sobre su vida, de la que hay pocos rastros en las redes: fue actriz, vive en Nueva York con su marido también actor y escribe para amplificar sus obsesiones. Alguna vez estuvo en Buenos Aires, de la que tiene un gran recuerdo, por eso está feliz «que pequeñas luces estén volando de aquí para allá y recorriendo toda la distancia que hay entre mis pensamientos y mi corazón». 

Ella escribe cuentos, relatos de largo aliento que muchas veces dejan el deseo de otra cosa: una novela larguísima donde sus personajes se desperezan durante muchas páginas y destilen sus obsesiones con infinidad de detalles.

Pero el secreto de Deborah posiblemente sea esas dosis mínimas en las que delinea datos tan precisos sobre sus protagonistas que parece que los estamos viendo, escuchando: una chica que acaba de separarse y está perdida en una ciudad enorme y conviviendo con gente que no conoce, dos amigas de la infancia que se reencuentran después de años sin hablarse, la hija de una actriz famosa que le ruega a su madre que le diga qué la haría feliz y ella le responde «ir al Taj Mahal» pero cuando la hija le jura que compra los pasajes ya mismo para cumplirle el sueño, la madre tuerce el hilo de la charla y pasa a otro tema.

 

Pequeñas frustraciones de la vida que terminan siendo todo (ese murmullo «Taj Mahal», como la repetición de un mantra sobre lo imposible de ser feliz recorre todos los cuentos de esta autora), torcerle el brazo a la trama, hacer explotar de sentidos la descripción de un personaje y de repente reparar en cómo entra la luz por la ventana, cómo se posa en los objetos y cómo lo transforma todo. Esa es Deborah Eisenberg, la escritora que no se parece a ninguna.  

Recién en 2020 el público argentino tuvo la posibilidad de leerla en español gracias a la iniciativa de la editorial Chai. Su editora, Soledad Urquía, cuenta a Las 12: «Cuando empezamos a pensar Chai, Fede Falco, que dirige nuestra colección de cuentos, nos habló de Deborah Eisenberg, una autora casi no traducida al español que a él le encantaba. No entendíamos por qué nunca se había traducido: él la escuchó leyendo en Estados Unidos un fragmento de «Tu pato es mi pato» y quedó totalmente flasheado. A mí lo que me gusta de ella es lo libre que es para narrar, hace lo que quiere con la escritura y sus cuentos funcionan: yo no termino de entender bien cuál es el truco, pero me parece fascinante, maneja muchísima extrañeza pero no te deja afuera».

 

Según Urquía, la colección de cuentos de Chai es un poco más conservadora que la colección de narrativa «porque en general publicamos autores y autoras con mucha obra, consagrados, que acá no habían llegado, como Donald Antrim; o el libro de Jamel Brinkley, que si bien es un primer libro no lo parece. El proceso de editar a Deborah fue bastante largo pero es un placer porque cada vez que lees esos cuentos le encontrás una capa nueva. A Deborah Eisenberg mientras más la lees más decís «no puedo creer lo que está haciendo esta persona». 

Desde Nueva York, Eisenberg dialogó con Las12. 

¿Qué siente saber que su primer libro Taj Mahal y ahora su libro Relatos fueron una sensación entre el público argentino? ¿Qué sabe de nuestro país?

–¡Conozco menos sobre Argentina de lo que me gustaría! Tuve la posibilidad de visitar Buenos Aires hace un par de años –bueno, un poco más que un par de años para ser exacta, el tiempo parece pasar muy rápido últimamente. La ciudad me encantó: una metrópoli grande, misteriosa, temperamental, hermosa y llena de vida. Me hace sentir increíblemente feliz pensar que, incluso mientras estoy en mi casa, estoy también en Argentina de alguna manera. Feliz que pequeñas luces estén volando de aquí para allá y recorriendo toda la distancia que hay entre mis pensamientos y mi corazón y los pensamientos y corazones de otras personas.

¿Es cierto que su método de trabajo consiste en sentarse dos horas por día sin interrupciones frente a la pantalla para escribir? ¿Sigue siendo así?

–Sinceramente, no sé qué hago para escribir últimamente. Pero lo que es verdad es que si me rindiera cada vez que no aparece nada o que me cuesta empezar, no escribiría nunca.

¿Cómo fue la experiencia pandémica en su vida personal y qué reflexiones le provocó? ¿Escribió algo sobre el tema?

–Estos años han sido muy, muy extraños. Sería obsceno que yo me quejara –siempre he tenido tanta suerte. Pero siento que no entiendo nada. Tantas cosas están pasando además de la pandemia: el cambio climático y sus consecuencias tremendas, guerras horrorosas y una epidemia de violencia, la proliferación de ideas peligrosas y distorsionadas e información falsa, despliegues enloquecidos de ambición y poder y ahora el fantasma de un ataque nuclear aniquilador. No es que la vida de la mayoría de las personas haya sido como un picnic en otros tiempos pero ahora es como si todo esto sucediera al mismo tiempo, en casi todos lados, y la pandemia (que es posible que siga y que vengan otras) está enredada en todo eso. No me parece posible (o interesante) escribir directamente sobre eso –la única respuesta posible a este caos es gritar con todas nuestras fuerzas. El terrible estado del mundo se filtra en la vida privada de las personas y en sus pensamientos más íntimos. Todavía no sé cómo volcar este mundo en un página.

¿Cómo crea sus relatos, tiene un disparador en las escenas iniciales y se deja llevar o tiene un plan antes de cada cuento?

–Nunca planeo nada de antemano. Sin embargo, obviamente me tomo mucho trabajo para que, llegado el momento, cualquier cosa que escribo tome la forma apropiada. Empiezo con casi nada y uso ese poquito –trabajando y trabajando y prestando muchísima atención – para que gradualmente se me revele qué quiere ser escrito.

El primer tomo de los Relatos salió este año con traducción de Federico Falco: el segundo saldrá el año que viene. 

¿Escribió o intentó escribir en otros formatos, como novela?

–No tengo nada en contra de escribir una novela, pero por alguna razón, nunca lo hice. Supongo que cuando estoy escribiendo, no puedo resistir el movimiento atlético de los cuentos –la comprensión que, idealmente, lleva al lector a saltar renglón a renglón y experimentar lo que está entre ellos.

¿Cuáles son sus autoras preferidas, de hoy y del pasado? ¿Cuáles fueron sus referentes?

–¡Si tan solo alguien pudiera influenciarme! La autora que más amé en mi juventud –y que todavía amo- es Katherine Mansfield. No sé si sus cuentos increíblemente etéreos pueden ser traducidos desde el inglés a otros idiomas. Pero su escritura fue el primer –y hasta el día de hoy, el más potente- ejemplo para mí de cómo una magia tan precisa se puede crear con esas unidadades torpes, vagas, aproximadas: las palabras.

¿Se siente hermanada con escritoras como Vivian Gornick o Siri Hustvedt, quienes también viven, trabajan y ubican sus obras en Nueva York?

–Es quizás extraño, pero sí siento una conexión con todxs lxs autorxs que trabajan en New York y escriben sobre la ciudad – y, por supuesto, sobre otras cosas también. En general, no nos conocemos entre nosotrxs, pero siento que cada unx está trabajando en crear una imagen que va a representar algo, algún día, en alguna dimensión.

¿Cómo fue su paso por la actuación?

–Actuar fue una experiencia maravillosa y fascinante. Estoy más que agradecida por haber tenido la oportunidad de intentarlo. Sin embargo, es muy diferente a escribir, no me había dado cuenta de lo diferente que son ambas disciplinas hasta que actúe, cuán diferentes son estos dos tipos de talentos (por otro lado, los buenos actores tienden a ser buenos lectores, a lo que me refiero es que pueden leer sutilezas). Quizás la diferencia principal es que los actores y actrices tienen que hacer su trabajo en tiempo real –tienen que decir su líneas por primera vez en el escenario (y repetirlo en el momento adecuado si hacen teatro). Los escritores tenemos todo el tiempo del mundo para decir, de manera pausada y convincente, lo que necesitamos decir, a pesar de que, por supuesto, tenemos que darnos cuenta qué necesita decirse, algo que no les sucede a los actores. Además, los escritores podemos borrar.

¿Qué postura tiene sobre el feminismo?

–Nunca estoy segura respecto a lo que “el feminismo” significa para otras personas. Pero resulta muy sorprendente que necesitemos semejante palabra. ¿Cómo es posible que alguien todavía piense que una mujer debe ser tratada o valorada de manera diferente a un hombre? ¡Es un asco total! Yo crecí en los 50 en un país –Estados Unidos- en el que los roles de género estaban definidos de forma muy rígida y absurda, lo que era destructivo tanto para hombres como para mujeres. Y ahora todo esto está pasando de nuevo por aquí. Está pendiente que se legisle en algunos estados que están siendo más represivos hacia las mujeres de lo que han sido en décadas. Y algunas de las mismas personas de mi país que denuncian cómo se trata a las mujeres en Afganistán son las mismas que quieren replica ese modelo de vida aquí.

¿Qué es la escritura para usted?

–Supongo que escribir es para mí una suerte de exploración. Es decir, deseo ardientemente llegar al máximo de lo que puede ser expresado y expresar lo que encuentro allí con muchísima claridad. Esto no es algo que le pido a todxs lxs escritorxs – me encanta encontrarme con otras cualidades en la escritura, como una narrativa conmovedora. Es solo una ambición muy propia que no puedo reprimir.

Imagen de portada: Deborah Eisenberg nació en 1945 y es profesora en la Universidad de Columbia

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Flor Monfort. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Entrevista

 

 

 

 

«Cómo podré vivir sin ti». Historia de una amistad: las cartas entre Hannah Arendt y Hilde Fränkel.

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La amistad crea un espacio de comunicación en donde dos o más personas se comprometen a la búsqueda conjunta de la verdad. «La verdad sólo se encuentra entre dos» es la premisa de Nietzsche que Hannah Arendt hace suya, eligiendo entre sus amigos a interlocutores idóneos que sepan llegar sin vértigo a la cima de su pensamiento. De ahí que no sea extraño que la mayoría de sus amigos estén vinculados al mundo de la intelectualidad de una u otra manera. Hay un caso, sin embargo, que se sale de la norma por su carácter extraordinario. Y es justo por la absoluta particularidad del acontecimiento que podría denominarse la amistad perfecta de la que habla Aristóteles en donde el amigo es, en efecto, otro «sí mismo».

Hilde Fränkel no es una intelectual a los ojos de Arendt, pese a la obviedad de haber recibido una formación académica filosófica y teológica en la Universidad de Frankfurt, en donde ambas se conocen a principio de los años 30 del siglo XX. Según Arendt, no puede ser una intelectual porque es una «bohemia», queriendo dar a entender un espíritu que danza libre sin las cadenas de un discurso opresor que imprime sus rigores con métodos de adiestramiento. Devolviendo el halago, Fränkel contesta a su amiga: «Me alegro de que tú no seas tan sólo una intelectual».

La gran fortuna de esta amistad tiene como vértice un no-ser-intelectual que pone al descubierto la atracción incomprensible e irracional de dos personalidades. El concepto de philia, antes de pasar a los asuntos humanos, fue utilizado por los primeros filósofos, los físicos, para referirse a las leyes de atracción que rigen la naturaleza. La amistad se entiende como una fuerza natural que une a las personas de forma inevitable en el movimiento arbitrario del cosmos. En las pocas cartas que atestiguan la estrecha relación entre las dos mujeres, Arendt incide en la importancia de haber encontrado gracias a Fränkel una conexión con esa parte más personal, alejada de las disquisiciones racionales y vinculada a su verdadero ser:

No llego a imaginarme cómo podré vivir sin ti. Como si de repente a alguien, nada más haber aprendido a hablar, se le condenase a callar sobre aquello realmente importante por medio de una inconcebible privación.

Los primeros titubeos de esta amistad extraordinaria no se precipitan en Alemania; y es muy probable que, de no haberse dado el derrumbe de la historia humana, ambas mujeres nunca hubieran mostrado el menor interés en conocerse. El viraje de la subjetividad encuentra su exponente más significativo en la autonomía de un ser forzado a encontrar nuevas formas de comunicarse con la realidad que le rodea. Allí, en el acto de regeneración tras la disolución, das Werden im Vergehen de Hölderlin, dos judías llegan a Nueva York en 1941 y deciden, en plena consciencia de su contingencia, emprender el camino público de una amistad que pronto, muy pronto, desembocará en la senda menos transitada de la intimidad.

De la nueva vida en Estados Unidos se sabe que Fränkel trabaja de secretaria de Paul Tillich, teólogo evangélico alemán de la Universidad de Frankfurt, y se convierte en su amante. También se sabe, porque lo desvela Arendt, que Fränkel tiene una fenomenal disposición para el erotismo. Ella misma se denomina «genio de Eros», haciendo alusión a una fantasía especialmente dotada para el juego sexual. Jugando, imaginando, comparte con Tillich una colección pornográfica que Arendt, desde su condición de «vulgar mortal», califica de un aburrido intento por encontrar imposibles «variaciones de lo mismo».

Las escasas cartas conservadas de las dos amigas son la crónica de un viaje a través de las ruinas. El de Arendt atraviesa los deshechos de una Europa convaleciente de 1949 a 1950. En su cargo de directora de la organización para la Reconstrucción Cultural Judía (JCR), tiene el cometido de recuperar el material cultural robado como motín de guerra durante el nacionalsocialismo para traerlo de vuelta, primero a los Estados Unidos y, finalmente, a Israel. El recuerdo sumergido de Alemania vuelve carta a carta, escombro a escombro. Un país nada excitante, «ni una iniciativa, ni un tono nuevo», tan sólo la monótona letanía de un resentimiento que se afana en reproducir el pasado hasta el último detalle para empezar desde el antes como si nada hubiese sucedido.

El periplo de Fränkel se encuentra marcado por un lento cáncer que devora el cuerpo y las ganas de seguir viviendo. En una batalla que no encuentra razones para mantenerse en la lucha, Fränkel se fuerza a mecanografiar la ingente Teología sistemática del amante como único acto de resistencia. Sola, dopada de morfina para acallar el dolor, trabajar hasta en los momentos de mayor languidecimiento de su enfermedad. Dos obsesiones se reflejan en las cartas enviadas a Arendt: terminar la Teología y tener a la amiga de vuelta antes de morir. Cada día de demora supone para Arendt una traición hacia aquella que le pide que regrese antes de la primavera. A modo de disculpa, las cartas de la politóloga empiezan siempre con el mismo saludo, darling, y se despiden con un mantra que va perdiendo su efecto a fuerza de repetición: «Mi más querida, aguanta, enseguida estoy de vuelta».

Hilde tiene 52 años y va a morir. Arendt es nueve años más joven y está a punto de publicar la obra que le dará reconocimiento, Los orígenes del totalitarismo. El amor es nostalgia de lo que algún día ya no existirá. La excepcionalidad del momento que se agota convierte la amistad en un acontecimiento inigualable, como subraya Arendt:

La felicidad de haberte encontrado es aún más intensa por el hecho de que te estés yendo, porque en ella el dolor está comprendido.

Para Fränkel, por su parte, en esa sensibilidad enardecida del cuerpo hecho pedazos, todo y todos resultan demasiado, también el «oso torpe» de Tillich. Solo la amiga, desde la distancia, sabe darse en su justa medida. En una medida, por otra parte, que no encuentra reemplazo. Nadie es capaz de llegar a la dimensión absoluta de Arendt. Les falta altura:

Hannah, eres la más encantadora del mundo y sabes hacer feliz como nadie. Ayer llegaron tus flores rojas, tan especiales y maravillosas.

No solo rosas, sino prímulas en invierno y frutas olorosas y «estéticas» llegan de parte de la amiga. Arendt es pródiga en esencia y sabe hacerse útil en los tiempos de precariedad. A la amiga de la infancia, Anne Weil, le envía ropa y zapatos nuevos, a su maestro Karl Jaspers, café y viandas que escasean en Europa, y a la mujer de éste, Gertrude Jaspers, aquella blusa que tanto alabó él día que Hannah la llevaba puesta.

En consonancia con los relatos de amistades sublimes, Arendt pierde a su amiga como Michel de Montaigne a su inestimable amigo-hermano, Étienne de La Boétie. Y ninguno de los dos, aunque les preguntasen, acertarían a explicar en qué reside la singularidad de esa amistad incomparable. Arendt, como Montaigne, tan sólo balbuceaba: «Porque ella era ella, porque yo era yo».

Pese a la amenaza del inminente abandono, no hay ningún rasgo de zozobra en el intercambio epistolar entre las amigas, sino la manifestación directa del goce de haberse encontrado. La dimensión erótica y espiritual que exhala esta correspondencia trasciende la dualidad que rige las pulsiones de los hombres con las mujeres y de las mujeres entre sí. El eros de la relación entre las amigas se articula en esa libertad que no atiende a lugares comunes ni a patrones de comportamiento. No hay nada preestablecido, sino aquello que ambas van haciendo lícito en el juego amoroso de la amistad. Y lo permitido, en la práctica del amor, es todo lo posible.

Los arrebatos líricos de tan intensa profundidad emocional no son comparables con ninguna otra correspondencia de Arendt, ni siquiera con las cartas a su marido Heinrich Blücher. Una de las manifestaciones más conmovedoras de esta entrega sin fisuras a la personalidad de la amiga se encuentra en las palabras que Fränkel le dedica a Arendt en el Año Nuevo de 1950:

Eres la única persona en mi vida a la que de forma rotunda le digo sí. Siempre falta lo humano o lo espiritual. Tú tienes todo al completo. Lo que me has dado y has sido para mí es algo tan grande.

Arendt le responde en términos muy semejantes, rubricando la gran fortuna de haberse encontrado en uno de esos cruces que traza el exilio:

No puedo llegar a expresarte lo mucho que tengo que agradecerte. No sólo la distensión que procede de la intimidad entre mujeres, nunca antes experimentada por mí de tal manera, sino por el inconfundible gozo de tenerte cerca.

La felicidad de la cercanía se traduce también en la seguridad de haber encontrado una confidente a quien todo puede ser relatado sin temor al reproche o a la incomprensión. Con desprendida naturalidad, Arendt le habla de su último flirteo en el vagón restaurante del tren de París a Wiesbaden y de su enojo por el retraso de cuatro semanas de la carta de Blücher.

Los hombres, esa «pesada maleta sin importancia» que ambas arrastran y sin la cual, en opinión de Arendt, la mayoría de mujeres no podría vivir, es uno de los temas recurrentes de la conversación. Al mal de amores de Fränkel por un amante incapacitado que retrasa sus visitas, se suman las peripecias de Arendt con los hombres de su pasado. Fränkel opina al respecto: «Encuentro encantador que tengas hombres por todas partes del mundo». En una de estas cartas, para amenizar la convalecencia de la amiga, Arendt relata con gran jocosidad la tragicomedia escenificada por Heidegger en Friburgo tras más de diecisiete años de separación.

Ajeno a la burla, la «bestia de la Selva Negra» dedica un poema a la «amiga de la amiga» como disculpa por retener a Arendt a su lado, haciendo la ausencia aún más larga:

Muerte es la cordillera del Ser 

en el poema del mundo. 

Muerte rescata lo tuyo y mío, 

dándolo al peso que cae –

a la altura de una calma, 

puro, hacia la estrella de la tierra. 

En la espera, lo esperado se presenta. El estado súbito de estar-muerto (que no de morirse) llega el 6 de junio de 1950. Dichosa de haber cumplido el último deseo de tener a la amiga a su lado, Fränkel se desprende de la consciencia y, al igual que hiciera el moribundo Sócrates, sube sola la cordillera remota del ya-no-ser. Arendt, el miembro abandonado de la unidad, se refugia en los otros amigos para poder seguir viviendo dentro de una realidad repentinamente despoblada. Y así, en una carta a Jaspers fechada el 25 de junio de 1959, confiesa: «Me resulta difícil volver a acostumbrarme al mundo».

Imagen de portada: Hannah Arendt. Archivo

FUENTE RESPONSABLE: El vuelo de la Lechuza. Filosofia, literatura, humanidades. Por Olga Amaris Blanco. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Historia

 

Cinco poemas de Alejandra Pizarnik, gran poeta argentina.

Nació un día como hoy y fue una de las grandes voces de la generación del sesenta. 

Alejandra Pizarnik nació un 29 de abril y fue una de las grandes voces de la generación del sesenta. 

Fue poeta y traductora, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires y pintura con Juan Batlle Planas. 

Publicó siete poemarios y se la vinculó sentimentalmente con la escritora Silvina Ocampo, su gran amor imposible.

Pero nada de esto puede contarnos tanto sobre ella como sus propios versos, que estaban llenos de nostalgia, ternura y de una soledad constante.

“Sé que moriré de poesía“, dijo Pizarnik, cuya vida terminó con apenas 36 años, pero que dejó un legado de valor incalculable para la literatura latinoamericana.

Cenizas

La noche se astilló de estrellas

mirándome alucinada

el aire arroja odio

embellecido su rostro

con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño

antepasado de mi sonrisa

el mundo está demacrado

y hay candado pero no llaves

y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te…

La noche sufre.

Cuarto solo

Si te atreves a sorprender

la verdad de esta vieja pared;

y sus fisuras, desgarraduras,

formando rostros, esfinges,

manos, clepsidras,

seguramente vendrá

una presencia para tu sed,

probablemente partirá

esta ausencia que te bebe.

Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.

Sube su canto un pájaro enamorado.

Tantas criaturas ávidas en mi silencio

y esta pequeña lluvia que me acompaña.

Exilio

A Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,

sin edad,

sin muerte en qué vivirme,

sin piedad por mi nombre

ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?

¿Y quién no goza entre amapolas?

¿Y quién no posee un fuego, una muerte,

un miedo, algo horrible,

aunque fuere con plumas,

aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.

La sombra no muere.

Y mi amor

sólo abraza a lo que fluye

como lava del infierno:

una logia callada,

fantasmas en dulce erección,

sacerdotes de espuma,

y sobre todo ángeles,

ángeles bellos como cuchillos

que se elevan en la noche

y devastan la esperanza.

Hija del viento

Han venido.

Invaden la sangre.

Huelen a plumas,

a carencias,

a llanto.

Pero tú alimentas al miedo

y a la soledad

como a dos animales pequeños

perdidos en el desierto.

Han venido

a incendiar la edad del sueño.

Un adiós es tu vida.

Pero tú te abrazas

como la serpiente loca de movimiento

que sólo se halla a sí misma

porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,

tú abres el cofre de tus deseos

y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan.

Secretos y nuevos matices de la fascinante vida de Pizarnik.

Desde su muerte, muchos la escribieron, la analizaron y la leyeron dando lugar a ese mito del que hablan las biógrafas en «Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito», de Cristina Piña. 

Cristina Piña escribió hace 30 años la biografía secreta de Alejandra Pizarnik  y ahora retoma la obra, junto a la escritora, fotógrafa y cineasta Patricia Venti, con diarios, cartas y cuadernos de la gran poeta argentina a una obra que permite releer un mito pero sobre todo un universo creativo.

«Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito» es el título de un libro que se compuso primero de insumos como cartas y conversaciones de Piña con la hermana de Alejandra, Myriam Pizarnik, pero también con sus amigos, y el encuentro con Venti sumó el contenido de sus diarios completos depositados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton y los testimonios de su familia paterna en París.

Me había manejado con el testimonio de sus amigos y cartas que me facilitaron, era poquísimo frente a todo el material que teníamos ahora», responde Piña a Télam.

El reencuentro con ese material, según la autora, cambió su mirada sobre Pizarnik: «Ella muere en el 72 y en 1982 aparece »Textos de sombra y últimos poemas» y se van a ir agregando una serie de inéditos que llevan a cambiar de manera radical la visión de Alejandra. Se va ampliando su figura más allá de la poeta impresionante».

En el libro, recientemente editado por Lumen, puede leerse desde su desarrollo como poeta hasta su rol como periodista o su deslumbramiento por la pintura. 

“La figura de Alejandra está mitificada como una poeta maldita, que sin duda fue”

La autora de «El infierno musical» fue colaboradora del diario La Nación y la revista Sur como crítica, pero hay un hecho que recuperan Piña y Venti que la marcó en su intento por dedicarse al periodismo: una entrevista a la actriz Mecha Ortiz. 

En la biografía que escribió hace 30 años, Piña tituló ese capítulo como «París era una fiesta», pero ahora su mirada es otra: «Me sorprendió la cara oscura de París, en los diarios aparece una parte oscura y dolorida que faltaba en la biografía anterior». 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas. Libros y Apuntes. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Homenaje/Alejandra Pizarnik

 

 

 

5 poemas de Antonio Orihuela

El sabor del cielo es un poemario donde la gratitud se da la mano con el amor a quienes hicieron que el poeta mirara el mundo con ojos nuevos, ilusionados y menos egoístas; a quienes le descubrieron la importancia de los vínculos, la fraternidad, la generosidad, la magia que anida en todas aquellas personas con las que sigue compartiendo el espectáculo de vivir.

Zenda adelanta cinco poemas del último libro de Antonio Orihuela.

***

GRACIAS, MUJERES

Fuisteis

la llovizna virgen del azúcar de todas mis torpezas,

piezas de un puzle desparramado sobre la cama,

misterio no revelado

al que solo se me ocurría garabatear himnos

al tiempo que os volvíais densas, cerradas, oscuras,

efímeras mariposas somnolientas

en el primer y el último día del mundo,

rojo mordisco de sandía fresca

en el hambre amontonada de las noches,

jugosa pulpa del desorden de mi vida,

rostros puros de mi gastado deseo,

solitario sollozo

del ciclista que pedalea en el fondo de un pozo,

luna de cartón

en mi hogar de leña y estrellas árticas,

hermosa claridad perseguida a través del tiempo

en el laberinto de mi mente,

voz de Ella Fitzgerald cantando This love of mine

en el mundo que se mece,

princesas en la torre, fulgor del primer encuentro,

gran viaje y partido terminado,

canción de los días desperdiciados

y las noches sin dormir, santo fracaso,

preguntas y pensamientos fúnebres,

perseguido refugio de lo perdido,

encendido tacto del sueño incandescente,

error de mi ceguera, promesa devastada,

frontera de lo eterno, silencio fijo de la luz inventada.

En el mundo que construí fuisteis lo que no sucede,

lo fugitivo que no se toca,

el instante obstinado de lo que se va,

el amor que derrotará al tiempo de la forma más pura,

gracias, mujeres que guardaré en mi corazón

hasta el último latido.

***

M

aut quam sidera multa, cum tacet nox

CATULO

Las moscas no te comían el culo

porque tú eras una mosca,

los escorpiones no te picaban

porque tú eras un escorpión,

el viento no te molestaba

porque tú eras el viento,

y la arena, y la noche, y la duna

y el cuerpo a tu lado que no había antes.

Tú eras, a base de no ser,

todas las cosas.

Te dije que siempre había fantaseado

con que aquellos cristales que te ofrecía

fueran los mismos que tomaron Tristán e Isolda,

que nuestro mágico encantamiento había hecho,

de las negras ciénagas de la razón,

una blanca landa

en la que bañados por el sol,

éramos belleza y brillo en honda identidad,

cuerpo y sentimiento unidos,

no dos, círculo

hasta el borde lleno de amor.

Lovendrin,

vin herbé,

mdma,

cuántos nombres tiene mi embriaguez,

mi enajenación,

mi devoción por ti.

Creíste que el amor era una montaña,

un sacrificio, una ilusión, un problema,

pero ahora sabes que el amor

es el más sincero y profundo de los vínculos,

por eso todos huyen de él.

***

LOJA CHINES ZHANG

—aberto todos os dias de 9 a 23—

para Joaquín Campos

En la isla de Sal los muertos entraban al hotel nada más llegar

y salían cuando iban a coger el taxi que les llevaba hasta el avión.

Aunque habían llegado atraídos por los panfletos en cinemascope

de las aguas turquesas y su olor a libertad,

a los pocos días habían terminado añorando su jaula sin barrotes

y su trozo de lechuga en la cadena de montaje.

La meta del viaje era para ellos volver indemnes del viaje,

que haya zumo de naranja en el desayuno,

aunque tengan que traerlas

desde tres mil trescientos treinta y ocho kilómetros,

y que el cajero de la rua 1 de Junho funcione en medio de un océano

donde nadie con la piel poco clara quiere vivir.

Esta podría ser una isla para poetas,

si a alguien le diera por contemplar las geometrías de la luna llena

una noche clara sobre el rumor de la vaciante en Ponta de Fragata,

o reflexionar sobre la luz rosa que muere en la tarde

dentro del exoesqueleto de un erizo de mar,

o la infinita sabiduría que contiene el blanco maxilar

de una gaviota encontrada entre las dunas de Ponta Preta,

pero solo hay chinos que no saben ni dónde está el mercado municipal,

aunque sí en qué balda de qué pasillo de qué esquina

de qué oscuro rincón de su tienda están las latas de sardinas.

Nosotros habíamos navegado hasta Cabo Verde

buscando el perfume de la flor herida del Dondiego,

fue antes del tiempo de las lágrimas saladas,

cuando el amor era una certeza y tú eras dulce

como los helados de la tienda de Gira Mundo.

***

EL PAYASO DE LAS BOFETADAS

Y EL PESCADOR DE CAÑA

con León Felipe

Me gustaba estrenar cosas contigo,

una huida, un amanecer, una cama,

el brillo de todo lo que éramos capaces de inventar.

Alguien debió matar a alguien, o tal vez fue

que pisamos el acelerador de la belleza hasta el fondo en aquella curva fatal.

En fin, puestos a estrenar,

también estrenamos el tiempo de las bofetadas

sin ponernos nunca de acuerdo sobre quién iba a ser el que las daba

y quién el que las recibiría,

y así, a base de ostias, nos fuimos alejando,

buscando otro jardín, otra luz,

otra cama en la misma cama

que hiciera más leve los oscuros moratones de nuestro desamor

y todo lo demás que no se puede arreglar,

a menos que llenes la casa de extraños

y pagues al contado el paraíso quebrado

de tu desolación.

Esto es lo que pasa con el miedo cuando el amor nos sobra,

que nos ponemos en manos de cualquiera

y le ofrecemos la boca, el culo, un hueco en la almohada,

lo que sea con tal de esquivar la mala calidad de la realidad

que antes o después envejece, se rompe, te voltea

hasta descubrir al extraño que duerme a tu lado

y le susurras que es hora de ponerse el pantalón de cuero azul, las botas

y sacar la caña.

***

ALMOST BLUE

—Es curioso, no reconocía tu voz.

—Yo tampoco reconocía tu voz.

EUGÈNE IONESCO. «Rinoceronte»

con Chet Baker

Ahora que todas se parecen a ti

he olvidado cómo eras.

Las fotos que veo no te hacen justicia,

es como si las imágenes

se hubieran cansado

de verte en esas poses disparatadas,

con cara de haber descubierto la electricidad,

cuando solo ocurre que has tenido otro hijo

de esos que se niegan a emanciparse

y tendrás que cobijar y alimentar,

pareces una copia mala de Maya Deren

a la que le hubiera dado el alto la Guardia Civil,

corriendo por la playa en el declinar de la luz

en lo que también fue el declinar de tu amor.

Miro tus fotos y no sé qué veo,

tal vez una perra con pintalabios

instalada plácidamente en el sofá del salón

que acaricia plácidamente a su gato,

feliz porque ha limpiado el plato

y mira con ojos bovinos la televisión

mientras le susurra

mañana, mañana…

—————————————

Autor: Antonio Orihuela. Título: El sabor del cielo. Editorial: Huerga & Fierro. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, Libros y compañía. Por Laura Di Verso. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Antonio Orihuela

 

 

 

 

El escritor en su laberinto: la historia desconocida detrás del Nobel a García Márquez.

Gonzalo García, el hijo de Gabo, recibe a la LA NACIÓN en la casa de México donde conoció la noticia de la Academia Sueca y Rodolfo Terragno cuenta el proyecto que desvelaba entonces al colombiano: fundar un diario; hoy La Feria del Libro le rinde homenaje a 40 años del premio.

Si deseas profundizar en esta entrada; cliquea por favor donde esta escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Ciudad de México. También la materia de los sueños más codiciados puede convertirse en una visión desencantada. Aun para aquellos acostumbrados a sacar provecho de sus alucinaciones. Le sucedió a Gabriel García Márquez casi cuarenta años atrás, al recibir el anuncio del Premio Nobel de Literatura.

Hacía tiempo que el colombiano acariciaba la ilusión del galardón. Sin embargo, la mañana del 21 de octubre de 1982, cuando el célebre escritor de América Latina recibió la llamada de la Academia de Letras de Suecia, esa conquista activó en su mente un temor escondido, su premonición fatal. Ahí, quizás, estaba la significación más compacta de su final, perforando las oscuridades de su corazón: ¿Y si se trataba de la muerte?

La Academia de Suecia fundó su decisión de premiar al autor de Cien Años de Soledad “por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real se combinan en un mundo ricamente compuesto de imaginación, lo que refleja la vida y los conflictos de un continente”.

Gabo y Mercedes recrearon la foto junto al árbol de caucho en la casa de Pedregal, México, donde en 1982 los "sorprendió" la noticia del Premio Nobel de Literatura

Gabo y Mercedes recrearon la foto junto al árbol de caucho en la casa de Pedregal, México, donde en 1982 los «sorprendió» la noticia del Premio Nobel de Literatura. Editorial PRH

Hace 40 años, en su casa del Pedregal, al sur de la Ciudad de México, donde se instaló y puso fin a las mudanzas de su exilio, Gabo debió entendérselas con lo real y lo fantástico como nunca antes; esta vez, no era él quien dominaba el lenguaje de las conspiraciones. 

Así lo hace pensar el encuentro con LA NACIÓN de su hijo Gonzalo García Barcha, diseñador gráfico y editor, a escasos metros del árbol de caucho donde su hermano Rodrigo tomó la famosa fotografía de sus padres -ambos en bata y ropa de cama- tras recibir la noticia. 

Gabo era muy supersticioso. Tenía explicaciones para no ganar el premio. Decía que no quería porque ningún Premio Nobel había sobrevivido más allá de cinco años. Era su excusa”, rememora. Camus lo obtuvo en 1957 y murió en 1960; Faulkner, en 1949 y falleció en 1962. 

Los recuerdos del hijo vuelven a pocas horas del homenaje que tendrá lugar este jueves en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, con la participación vía streaming del cineasta Rodrigo García Barcha desde Los Ángeles, la presencia de Jaime Abello Banfi, director de la Fundación Gabo, y de Ezequiel Martínez, director de la Feria, con motivo de los 40 años del Nobel a García Márquez.

La huida de la posteridad

Meses atrás, esta sala en la que ahora su hijo se entrega a los recuerdos, albergó para un público reducido el armario de Gabo, que exhibió el vestido que Mercedes se mandó a hacer para el Nobel. Gonzalo entrelaza sus manos -semejan las de Gabo- y se pierde en el afuera. 

El jardinero riega con esmero las rosas, como si Mercedes estuviera por regresar, para contemplarlas después de la siesta. El aire seco de la primavera azteca se vuelve fresco por un instante y las lagartijas huyen de sus escondites, como si quisieran recuperar el calor del que fueron arrancadas. El aroma a flores se mezcla con el de la madera lustrada de los muebles. 

Los tapizados blancos lucen inmaculados, como si escogieran la modestia a presumir el rastro incesante de visitantes. Entonces su hijo mira hacia arriba, quizás al primer piso de la casa donde García Márquez pasó sus últimos días, y dice: “El Nobel lo cambió todo”. Fue ahí, asegura, que comenzó la mayor tarea de Mercedes Barcha, la de buscar un respeto entre lo público y lo privado. “No somos figuras públicas”, evoca Rodrigo García a su madre en su libro Gabo y Mercedes, una despedida.

El libro que Rodrigo García, uno de los hijos de Gabo, escribió tras la muerte de sus padres, lleva en la portada la imagen que él mismo tomó el día que conocieron la noticia del Nobel

El libro que Rodrigo García, uno de los hijos de Gabo, escribió tras la muerte de sus padres, lleva en la portada la imagen que él mismo tomó el día que conocieron la noticia del Nobel. Editorial PRH

“Nadie pensaba en la posteridad en ese entonces”, reflexiona el hijo, que tenía veinte años. La poca oportunidad para cruzar palabras con su padre en Estocolmo, quizás, debió ser un presagio. 

“Gabo iba poniéndose cada vez más famoso. Entraba y salía mucha gente de la casa. Hubo un momento en que salir con él era un evento. Ya muy mayor siento que lo necesitaba. Le gustaba salir y sentir el contacto con el otro. Mi madre hacía los filtros, pero había gente que lograba franquearlos”. 

Esa “faceta alienante de la fama”, como refiere Rodrigo, fue la causa probable de que él y su hermano estudiaran y trabajaran fuera de México, volviendo cada tanto. Pero mientras esa fama crecía, y el nombre de Gabriel García Márquez ingresaba en la eternidad, para todos estuvo prohibido hacer planes póstumos.

“¿La posteridad? Nada lo decidió él”, revela Gonzalo. “Él no quería saber absolutamente nada del después. Era parte de su superstición. No se podía hablar de la muerte ni de lo que iba a suceder después de él. Mercedes era mucho más planeadora y por eso había un testamento. Pero no existía manera de hablar con Gabo de nada de eso. No dispuso nada. Nunca hubo ninguna disposición póstuma de su parte. Mi madre iba guardando cosas y hubo un momento en que la empezamos a guiar. 

Rodrigo los dirigió hacia el Harry Ransom Center (de la Universidad de Texas, donde se encuentra el archivo digital personal y familiar)”, cuenta. También esa aversión a la desaparición la narra Rodrigo, cuando cita a su padre: “Después de mí hagan lo que quieran”. García Márquez murió en 2014.

Un Nobel obsesionado con fundar un diario

“Gabo más o menos sabía que podía ganar el Nobel. De alguna manera -creo- lo estaba esperando. Aunque no tengo elementos para demostrarlo”, dice Jaime Abello Banfi, director de Fundación Gabo, quien conoció al escritor un año después del premio. Sostiene que desde antes de recibirlo, y aún después, “la mente de Gabo estaba ocupada en crear un periódico”. Iba a llamarse El Otro. “Fue Rodolfo Terragno quien lo convenció de no avanzar con la idea. Y qué bueno, porque hizo algo mayor, que fue la creación de la Fundación”, especula Abello Banfi.

El mismo historiador y político argentino recuerda en diálogo con LA NACIÓN aquellos días. Desde Francia, donde reside tras finalizar su mandato como embajador de Argentina ante la Unesco, Terragno dice: “Yo no lo conocía a Gabo cuando él me llamó desde Estocolmo, donde acababa de recibir el Nobel. Nos vimos una semana después, en París. La idea de hacer un diario le había rondado durante mucho tiempo. Cuando le preguntó a [la artista plástica] Soledad Mendoza quién había creado El Diario de Caracas ya tenía pensado hacer El Otro. Él decía que, ante todo, era periodista. Los dos tomos de Entre Cachacos, que reúnen artículos periodísticos suyos, son una prueba”.

Borges y Gabo

“El nombre de El Otro era una evocación a Borges -recuerda Terragno-. Nunca lo había oído hablar sobre Borges ni a Borges sobre él; ambos eran escritores de géneros, temas y estilos distintos; y políticamente estaban en las antípodas. Recitó uno de los dos sonetos de ‘El Ajedrez’. Me preguntó: ‘¿Qué más se puede decir del rey si ya se ha dicho que es postrero? ¿Qué más se puede decir del alfil si ya se ha dicho que es oblicuo? Borges agota la posibilidad de calificar’, dijo”. Así, recuerda Terragno, El Otro para Gabo debía contener solo adjetivos precisos; iba a prohibir, además, los adverbios terminados en “mente”, pues creía que solo demoraban las frases.

Para Gabo, Terragno debía ser el director. “Yo le decía que no le convenía crear un diario. Para mí habría sido un orgullo dirigir el diario de García Márquez, pero yo creía que a él no le convenía”, dice quien también es miembro de número de la Academia Argentina de Historia y de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.

Para el historiador, el Nobel arriesgaba su prestigio. La carta del 6 de agosto de 1983, en la que le desaconseja que avance con esa idea, fue calificada como un “proyectil epistolar” en el libro Gabo no contado, del periodista colombiano Darío Arizmendi. Terragno guarda un recuerdo entrañable y a la vez amargo de aquel sueño, para el que incluso formaron periodistas de la que sería la redacción.

En 1985, después de tres años de distraer su mente del Nobel y soñar con el diario, ”la ficción terminó”. “Habíamos representado la fundación de un periódico, pero no habíamos encarado un plan de negocios ni la búsqueda de financiación. No habíamos pensando en importar maquinaria, ni siquiera habíamos constituido una sociedad. García Márquez no me necesitaba para crear y darle contenido a su diario”, concluye Terragno.

“Moriré siendo periodista”

Quizás la única vez que Gabo se permitió hablar de la muerte fue con Darío Arizmendi. “¿Quieres que me convierta en un viejito de pantuflas y me encierre en un cuarto para que no se me escape el aroma de la fama?”, le dijo al periodista. En las conversaciones con el periodista colombiano, García Márquez entonces se atrevió a pensar su posteridad. “No quiero que se me recuerde por Cien Años de Soledad ni por el Premio Nobel, sino por el periódico. Nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca”, declaró.

En “El Otro”, el cuento de Borges, el escritor argentino se encuentra con su alter ego. Narra: “De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor”. Para Terragno, todos los periodistas que formaron parte de aquella redacción que nunca nació fueron de alguna manera “inducidos a soñar”. Mucho antes, también Gabo fue encandilado por una flor. Lo acompañó en la creación de Macondo y del resto de sus ficciones. Se dice que fue el día que leyó “Una rosa para Emilia”, de otro Nobel, William Faulkner. En Estocolmo, para recibir la medalla, lo acompañó una rosa amarilla. La superstición pervive sobre su escritorio, donde cerca de su iMac G3 aún hoy reposa un ramo de pétalos apenas abiertos, testigo póstumo de aquel encanto.

 cartas originales enviadas por Terragno a Gabo el 6 de agosto de 1983, después de un año de trabajo conjunto y formar periodistas para aquella redacción que no fue. Las fotos fueron tomadas por Terragno y compartidas con nosotros.

Cartas originales enviadas por Terragno a Gabo el 6 de agosto de 1983, después de un año de trabajo conjunto y formar periodistas para aquella redacción que no fue. Las fotos fueron tomadas por Terragno y compartidas con nosotros.Archivo familiar

Fragmento de la carta de Rodolfo Terragno a García Márquez

“El diario que imaginamos es posible y deseable, aún si no fuera tu diario. Contigo sería mucho más que un diario: un fenómeno cultural, una fuerza movilizadora de inteligencia. Con todo creo que si no modificas el proyecto, no debes seguir adelante. En esa entrega, arriesgarías demasiado. Quienes sueñan con un diario (…) aspiran a ser oídos, a ser apreciados, a ser citados; (…), buscan, en suma, prestigio y poder. En tu caso, prestigio y poder sería el capital que arriesgarías. Quizás el diario aumentara tu poder, haciéndolo más tangible y eficaz; pero éste solo cuenta si -aun cuando deseches la posibilidad de ser protagonista- aspiras a un rol político.

Estoy tratando de hacerme cargo de tu egoísmo. Con el mío, te incitaría a seguir; un medio de la trascendencia que tendría El Otro serviría a mi prestigio, sin costo para mí. Yo tomaría parte del crédito y no correría ningún riesgo. Sin embargo este negocio que para mí sería una ganancia para ti sería una pérdida (…). Te obligaría a seducir a ricos, te forzaría a chapalear en un barro cotidiano hecho de fallas mecánicos, problemas de liquidez y conflictos laborales (…). Tener una tribuna en lugar de tener todas. Devaluar tu imagen, porque la familiaridad siempre devalúa, y uno termina empequeñecido por las pequeñeces inevitables de toda rutina colectiva”.

HOMENAJE A GABO

Jueves 5 de mayo, a las 16.30. A 40 años de la entrega del premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez. Participa: Jaime Abello Banfi, Rodrigo García Barcha (modalidad virtual) y Gloria Rodrigué Presenta: Ezequiel Martínez Organiza: Fundación El Libro y Fundación Gabo Sala: Alejandra Pizarnik Pabellón: Pabellón Amarillo.

Imagen de portada: Histórica imagen de la entrega del Premio Nobel a Gabriel García Márquez, en 1982; aunque quería el galardón, Gabo temía que fuera el final: los ganadores no sobrevivían demasiado después de recibir la medalla. Archivo familiar

FUENTE RESPONSABLE: La Nación. Cultura. Argentina. Por Gisela Antonuccio. Mayo 2022

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