Especialistas del arte ponen en relieve el machismo de Picasso.

El debate por el comportamiento del pintor con sus mujeres.

El movimiento feminista ha puesto en revisión la figura del artista plástico más importante del siglo XX: Pablo Picasso. En Francia se acumulan críticas por el trato que pintor español tuvo hacia sus parejas. Así como hubo una actividad en el Museo Picasso de Barcelona en 2021, en la que se habló sobre la falta de perspectiva de género de ese espacio cultural respecto de la misoginia del artista, la licenciada en Arte Julie Beauza armó un podcast con más de 250 mil descargas y la periodista Sophie Chauveau le dedicó el libro Picasso: la mirada del minotauro

En ese trabajo denuncia «el control irresistible y devastador del artista sobre todos aquellos que lo amaban». Chauveau, describió a Picasso como un «genio» y al mismo tiempo un hombre «violento» y «destructor».

El artista nacido en Málaga en 1881 y fallecido en Francia en 1973 estuvo en pareja con ocho mujeres a lo largo de su vida. Dos de ellas, Marie-Thérese Walter y Jacqueline Roque se suicidaron, años después de la muerte del pintor.

La nueva directora del Museo Picasso de París, Cécile Debray, manifestó que «#MeToo ha astillado al artista y este podcast lo demuestra», al considerar que «el ataque es si se quiere más violento porque Picasso es la figura más célebre y popular del arte moderno. Un ídolo al que hay que abatir».

Rechazos en Barcelona

En 2021, en el Museo Picasso de Barcelona, un grupo de estudiantes encabezadas por la artista y profesora de la Escuela Massana y Centro de Arte y Diseño, María Llopis, denunció al artista con una leyenda estampada en sus remeras: «Picasso maltratador». A partir de entonces se inició en esa institución un camino de revisión de la figura del pintor malagueño, a través de un taller titulado «Bajar la libido al minotauro: confrontamos la masculinidad picassiana», y se prepara un simposio internacional sobre el tema para el mes próximo.

«Esta reflexión sobre Picasso, y la mirada feminista o femenina sobre su obra es un debate eminentemente actual, que no hay que esquivar y que no se debe caricaturizar», explicó el director de ese museo de Barcelona, Emmanuel Guion.

Durante esa intervención y a través de una cuenta de Instagram, que fue troleada y luego bloqueada, las activistas españolas denunciaron que la mayoría de las parejas de Picasso «eran artistas cuyas carreras se vieron truncadas al conocer al pintor». «Picasso interpretó el papel de Barba azul fagocitando la potencia creativa de cada una de ellas”, expusieron.

Un ejemplo de esto es la francesa Dora Maar, “exitosa fotógrafa surrealista cuya carrera se interrumpió al empezar su relación con Picasso. La historia la recuerda como musa del pintor”, recordó Llopis. «En muchas ocasiones, Picasso dejaba a Dora Maar inconsciente en el suelo después de golpearla”, menciona Arianna Stassinopoulos en el libro «Picasso: creador y destructor» .

Según los expertos, la obra del pintor revela que las mujeres impulsaron las transiciones artísticas de Picasso, e influyeron en él para buscar nuevos rumbos que a su vez marcaron la historia del arte contemporáneo.

Los amores del pintor

El primer matrimonio de Picasso fue con la bilarina rusa Olga Jojlova, madre de su hijo Paulo. Se casaron en 1918. Antes, él había estado en pareja con la modelo y artista Fernande Olivier y con Eva Gouel.

Después de separarse de Olga, el artista entabló relación con Marie-Thérese Walther. Fruto de esa unión nació Maya Wildmaier-Picasso. Entre 1936 y 1946 su pareja fue la artista plástica Dora Maar. Terminó su relación ella para juntarse con la pintora y crítica Françoise Gilot (que en noviembre de 2021 cumplió 100 años y es su única expareja viva), con quien tuvo a Claude y Paloma. 

Gilot fue acosada en la calle por Jojlova y dejó un devastador testimonio del pintor en Vida con Picasso, un libro de 1964 que fue best-seller y cuya publicacion quiso frenar el pintor. 

Para entonces, Picasso estaba casado con Jacqueline Roque. Ella lo acompañó hasta su muerte (en 1973) y se suicidó en 1986. 

Las mujeres que pintaba

Un nieto de Picasso expreso que su abuelo «no dio prácticamente ninguna entrevista y con seguridad ninguna sobre su vida personal». Olivier Picasso sostuvo que «es a través de las obras que podemos trazar su itinerario afectivo (con), obras más violentas, otras más tiernas».

En este sentido, resulta paradigmático el hecho de que Picasso pintara en 1907 un retrato de la coleccionista y escritora Gertrude Stein, quien lo impulsó cuando era un artista de 19 años y desconocido en París. Stein era lesbiana, y su retrato fue un auténtico parto artístico para Picasso.

Pero otros expertos, como el artista y biógrafo Gilles Plazy, sostienen que ese retrato fue simplemente una lucha interna, exclusivamente artística, de Picasso. El pintor no lograba pintar el rostro de Stein porque sentía que debía cambiar de rumbo, en sus obras. Después de ese cuadro, Picasso pintó una de sus obras más famosas, Las señoritas de Aviñón, un retrato de un grupo de prostitutas que dio paso al cubismo.

El profesor estadounidense Robert Lubar, de la Universidad de Nueva York, que participó en cursos del Museo Picasso de Barcelona, elabora una tesis que señala que Picasso no lograba pintar a un personaje demasiado fuerte para él, antítesis de la mujer como objeto de contemplación artística, o de posesión sexual.

Esa lucha de Picasso «revela la ansiosa confrontación del artista (…) con la cuestión de la diferencia sexual» explica Lubar en un ensayo de 1995, considerado uno de los gérmenes de  la actual revisión histórica de Picasso.

NOTA: Sin tratar de justificar el contenido de la nota; recordemos el tiempo y su contexto en vida de Picasso. Este flagelo en la actualidad se encuentra agravado.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12 – Pablo Picasso (1881-1973), el más importante pintor del siglo pasado. 

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 – Cultura

Sociedad/Pablo Picasso/Críticas/Machismo

Rescatan el trabajo perdido de las editoras de Shakespeare.

Reconocimiento

El trabajo perdido de las editoras del escritor se recuperará en un nuevo libro que busca revertir la historia de una obra marcada por la influencia de editores y críticos hombres. 

Un siglo y medio después de que un crítico anónimo revisara la edición ilustrada de Charles y Mary Cowden Clarke de las obras de William Shakespeare en 1869 y acusara sin argumentos a Mary de innumerables errores y mutilaciones, el trabajo perdido de las editoras del escritor se recuperará en un nuevo libro que busca revertir la historia de una obra marcada por la influencia de editores y críticos hombres.

Para cumplir con ese objetivo histórico y literario, la académica Molly Yarn revisó los archivos de bibliotecas y universidades y los registros gubernamentales y, tras esa ardua investigación, publicó «Las mujeres que editaron a Shakespeare» en la editorial de la Universidad de Cambridge.

Para descubrir la contribución que las mujeres han hecho a la erudición de Shakespeare, revisó cartas, diarios, contratos, libros de contabilidad y testamentos

«Subestimé enormemente cuántos documentos de editoras encontraría. Sabía de unas 20, y probablemente habría sido feliz con 30 o 35. Obviamente encontré más de lo que esperaba», dijo Yarn, en el marco de una entrevista con The Guardian, sobre los resultados de la investigación en la que incluyo a 69 editoras aunque acepta que dejó a muchas afuera por cuestiones técnicas.

Yarn destacó el trabajo de Clara Longworth de Chambrun, quien editó una edición de 1913 de los sonetos y resaltó, más allá de su trabajo, su valentía: «Obtuvo su doctorado en la Sorbona a los 48 años y fue una de las fundadoras de la Biblioteca Estadounidense en París, que ayudó a mantener abierta durante la ocupación nazi. Al principio, cuando las regulaciones nazis prohibieron a los judíos ingresar a la biblioteca, la condesa y el personal entregaron libros en mano a los suscriptores judíos «, dice Yarn.

La investigadora atribuye su interés por el tema a su ex profesora Ann Thompson. “Durante los años 80 y 90, Ann fue una de las primeras en señalar la brecha de género que existía en la edición de Shakespeare y articuló los principios que llevaron a pensar una edición feminista de sus textos”, dice Yarn, quien cree que el campo de la edición de Shakespeare se amplió en los últimos años. 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas. Diciembre 2021

Sociedad y Cultura/Reconocimiento/Editoras/Machismo/Mujeres/Literatura

William Shakespeare

«El miedo que tengo al criar mujeres en un país tan machista me embarga y me susurra cosas».

Cuando la mayor de sus hijas, Alesia, llegó a la pubertad, el escritor peruano Gustavo Rodríguez entendió que las preocupaciones esporádicas de la crianza habían sido apenas un calentamiento para lo que se le venía.

Porque lo que estaba por llegar —y lo que se encontraría cuando Maira, la mediana, y Malú, la menor, alcanzaran esa edad— iba a poner en entredicho «todo lo que era aprendido y cultural».

Le tocó por ejemplo lidiar con la primera juerga con alcohol de una de ellas, a 5.000 kilómetros de casa. La permitió, más que nada por ser fiel a su máxima de no negarse a algo por defecto —»es como la impresión de billetes y la inflación: cuando respondes ‘no’ demasiadas veces, ese ‘no’ pierde valor»—.

También se enfrentó a la situación del novio que se queda a dormir sin parecer «un machista antediluviano», preocupándose por la virginidad de su hija pero «sin perder esa idea de padre cool».

Y se vio fingiendo naturalidad como nunca antes cuando las instó a ir al ginecólogo para que les recetara anticonceptivos.

Todo ello lo puso ante el espejo y transformó a aquel adolescente «manipulador matalascallando» que una vez dice fue en un «machista en constante redención».

Cuenta con la participación estelar de Alesia, Maira y Malú, en su podcast «Machista con hijas» del que habla en el Hay Festival Digital Arequipa, que se celebra hasta este domingo de forma digital.

Machista con hijas

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA

Hablemos del título del podcast,»Machista con hijas». ¿Cuándo te pones esa etiqueta?

Me gustaría ser más hollywoodense y decir: «Me acuerdo perfectamente del momento en el que me di cuenta de que era machista».

Pero ha sido parte de un proceso que tiene que ver, por un lado, con haberse convertido en padre de hijas y, por otro, haber frecuentado un entorno que empezó a hacerme cuestionar mis orígenes, mis costumbres y lo que veía alrededor.

Dices que es un repaso a tu vida con un «filtro antimachismo», un recorrido vital que recoge intentos de aprendizaje. ¿Qué se le escapa a ese filtro? ¿Qué se te resiste en el aprendizaje?

Lo que más se me resisten son los asuntos relacionados con el sexo. Me cuesta ver a mis hijas como seres independientes que puedan tener una vida sexual tan plena como la he tenido yo.

Me viene a la mente una anécdota reciente que bien podría ser una cola del podcast.

Estaba viendo las historias de mis hijas en Instagram y salió la de Maira, la segunda, activista. «Felicito a tal página por haberme dejado publicar mi artículo», decía. «Ay, qué bonito, mi hija ha publicado un texto», me dije yo.

Miré mejor y era una página dedicada a juguetes sexuales, absorbedores de clítoris y cosas así. Los pocos pelos que tengo se me pararon.

Luego averigüé un poco más sobre el blog y me tranquilicé, porque no se trataba solo de venderte los aditamentos, sino de impulsar la comunicación de pareja. Y el enlace de mi hija no hablaba de nada sexual, sino de la capacidad de conocerte a ti misma, de la introspección.

Pero ahí me di cuenta que es un tema que quizá me va a acompañar siempre.

Y es que me sigue pasando. Mis amistades me conocen por tener un humor muy sexual, muy de doble sentido, muy de hombre de mi generación. Pero cuando están mis hijas presentes los chistes me los callo.

Gustavo Rodríguez con una de sus hijas.

FUENTE DE LA IMAGEN – CAROL HARRISON

Por esa misma razón, dices, siempre has sabido qué pie calzan tus hijas pero no cuál es su talla del sostén y acordaron abordar el tema sexual en casa desde una «respetuosa transparencia». ¿Pero qué es eso?

Tiene que ver con un pudor disfrazado de apertura.

No sé si sea un tema generacional o de carácter mío, pero trato de no meterme demasiado en la vida de las personas, y eso también trascendió a la de mis hijas cuando empezaron a tener privacidad.

Si lo trasladó a una directiva que las fuerzas armadas estadounidenses tuvieron en su momento, sería el Don’t ask, don’t tell: «Sé que tienes vida sexual, no te voy a preguntar por ello, te ruego que no hagas alarde de ella».

Cuando mis hijas eran niñas, (me planteé que) si bien yo no iba a ser un impulsor para hablar de sexo, tampoco iba a ser alguien que se escandalizara al escucharlas.

Mi participación fue muy pasiva. A lo mucho con la mamá de mis hijas les ponemos los libros adecuados en la mesa de noche y (acordamos que) si nos hacían preguntas, íbamos a ser totalmente transparentes y en la medida de lo posible científicos, sin ninguna carga moral.

Así fue. Mis hijas tienen el mejor de los recuerdos de esas lecturas (se ríe).

Pero la gran entrada a ser ya más activo con la vida sexual de mis hijas fue cuando vi que podían correr el riesgo de embarazarse. Tenía la edad y tenían los motivos, un chico con el que llevaban viéndose. Y fue ahí cuando tomé el toro por las astas.

Si tengo que ser honesto, lo hice más por miedo que por ser un liberal.

Gustavo Rodríguez con sus hijas Alesia, Maira y Malú.

FUENTE DE LA IMAGEN – CAROL HARRISON

En un momento comentas que escribir te ha ahorrado mucho dinero en terapia, pero el podcast tiene también un claro espíritu didáctico. Está lleno de consejos, como por ejemplo: «Si un hijo viene a compartirte algo suyo, no le censures». ¿En quién estabas pensando?

Sí que tiene ese espíritu y creo tiene que ver con mi experiencia como articulista.

Durante muchos años escribí en El Comercio, en la página de opinión, y me di cuenta a través de las redes que muchos de mis artículos más comentados y compartidos eran aquellos en los que contaba mi relación con mis hijas y las cosas que iba aprendiendo de ellas.

Hay una enorme ausencia en la sociedad, al menos en la mía, sobre cómo dialogar con nuestra prole.

Yo soy de una generación bisagra. Mi madre cuenta que le rompían la boca con el cucharón cuando decía algo no convenido en la mesa. A mí me cayeron cinturonazos, aunque no al nivel que les ocurría a mis padres, y ya con mis hijas es impensable usar la fuerza para acallarlas.

Siempre he pensado que es muy difícil encontrar el equilibrio necesario para criar a los hijos en libertad, porque requiere ejercer una contradicción en apariencia: la firmeza cariñosa.

Hay una enorme ausencia en la sociedad, al menos en la mía, sobre cómo dialogar con nuestra prole»

Gustavo Rodríguez

Escritor peruano

Es el gran reto de los padres a la hora de educar y cada uno debe encontrar su manera de ejercerla. No hablo de ser un doctor Jekyll y Mr. Hyde, de «te hago cariño y después te vuelo», sino de interesarte en algo antes de prohibirlo.

Es como las dictaduras, porque las dictaduras de gobierno tienen su correlato con las domésticas.

Es muy fácil hacer reformas en dictadura porque las haces a la fuerza, pero lo que se va acumulando por debajo te pasa una mayor factura más adelante.

Cómo empezamos a dialogar en sociedad tiene su correlato en cómo empezamos a dialogar en la familia.

Llega un momento en el que tienes que confiar en la forma en la que has criado a tus hijos o resignarte, apuntas. ¿Recuerdas alguna vez en la que no te hayas fiado y te pese?

Tiene razón mi novia cuando me dice que tiendo a acordarme de lo bueno y a olvidar lo malo, pero sí me pesa algo.

Durante gran parte de la vida de mis hijas me dediqué a replicar el esquema del padre que se va de la casa temprano y llega en la noche, y la esposa se encarga de poner orden.

Creo que mis hijas estuvieron durante gran parte de su infancia en un entorno policial dentro de su casa, porque así lo convine con mi esposa; es decir, «tú te encargas de ser quien pone orden y yo, a cambio de proveer, me encargo de lo más fácil entre comillas».

De eso sí me arrepiento. Creo que fueron años difíciles para las mayores. Mi tercera hija, Malú, ya me agarró divorciado, tratando de ganar tiempo de calidad con ellas.

Lo que mejor les convino a mis hijas fue el divorcio y ellas me lo han dicho. Una de las cosas buenas que nos pasó es que ganamos como padres.

Mi divorcio no solo implicó el hecho de dejar la casa de mis hijas, implicó también dejar una forma de trabajo mía, al estilo corporativo, para empezar a trabajar en mi casa.

Gustavo Rodríguez con sus hijas Alesia, Maira y Malú.

FUENTE DE LA IMAGEN – CAROL HARRISON

De esto no hablas con tus hijas en el podcast pero sí de otras circunstancias sobre las que te dan su punto de vista con honestidad. ¿En qué momento se incorporan ellas al proyecto?

Les dije «chicas, estoy escribiendo algo que voy a narrar y me gustaría sus intervenciones para que me refuten, me confirmen o le den matices o amabilidad a lo que voy a decir».

Lo más bonito de la participación de ellas, al margen del contenido, es que genera un clima.

Y es eso lo que puede llegar a hacer más querible al podcast, porque sí creo que se trasluce armonía o en todo caso respeto cariñoso por el otro a pesar de que no se esté de 100% de acuerdo.

Uno de los temas en los que no estuvieron 100% de acuerdo fueron los tatuajes. En el capítulo en el que lo abordas reflexionas sobre cómo las mujeres generan lazos a partir de los tatuajes compartidos, algo que es poco común entre hombres.

Mientras escribía el capítulo de los tatuajes de mis hijas, les dije «ayúdenme dándome una relación de todos los que tienen y por qué se los hicieron». Tienen entre una docena y una veintena.

Cuando me pasaron la lista, explicaban que se habían hecho uno con mamá por tal razón, otro con sus hermanas por cuál, con una amiga, con otra.

No hay hombres que lo hagan, o al menos no lo he visto o no tengo conocimiento de ello. Así que ahí me di cuenta de que es un tema de fraternidad femenina, de sororidad.

Las mujeres son una comunidad que se comunica en red y el de los tatuajes es un lenguaje compartido mucho más femenino que masculino.

Desde que me di cuenta de ello respetó más la decisión de mis hijas al adoptarlo. No es solamente decorativo.

También admites que eres dramático y que conocer los tatuajes de tus hijas te permitiría reconocer sus cadáveres en caso de que fuera necesario. Con ello, introduces en el podcast un tema enorme en Perú y Latinoamérica: el de la violencia en general, hacia las mujeres en particular.

Esa reflexión está hilada totalmente a la novela que escribí antes del podcast —se va a publicar el año que viene con el título de «30 kilómetros a la medianoche»—, en la que un padre cruza la ciudad en la medianoche para ver cómo está su hija en el hospital y, en la peor de sus pesadillas, reconocerla.

Y, claro, por mi cabeza ha pasado que los tatuajes son una manera de reconocer a alguien.

De hecho, haciendo un paréntesis, en los peores años del terrorismo en Perú mi hermano reconoció a uno de sus mejores amigos no por un tatuaje sino por un lunar en la espalda.

Somos una sociedad con una conexión no muy lejana a la morgue.

Y no son pocas las veces en las que este miedo que tengo al criar mujeres en un país tan machista me embarga y me susurra cosas. Son muchas, de hecho.

Es como cuando dices «quiero que mi hija sea independiente y que se suba a un bus», pero sabes que cuando vaya en autobús a clase la va a pasar mal. Es ahí cuando entra en confrontación la independencia vs. el miedo.

El crecimiento de mis hijas está poblado de ese tipo de confrontaciones.

Mano sobre ataúd en Perú

Como cuando ves a una de ellas, Alesia, con aquellos shorts tan cortos.

Tenía 14 años cuando la vi ponerse por primera vez uno de esos shorts que a las justas le tapan las nalgas, y mi primera reacción fue decirle «no te pongas eso».

«No te pongas eso en un país en el que violan y matan», dices que pensaste pero no dijiste.

Exactamente. Pero aún no sé si la voz que acallé iba a decir «no te pongas eso porque te van a manosear» o «no te pongas eso porque una mujer de mi tribu no puede mostrarse así».

Probablemente fuera una combinación.

Relacionado con eso, cuentas que la madre de tus hijas, Vanesa, no era una mujer que se mostrara y que no te hubiera importado que fuera más atrevida en el vestir. Porque no es lo mismo acostumbrarte a que otros admiren a tu mujer, que hacerlo a que deseen a tus hijas.

Sí, y es ahí donde viene la distinción: yo puedo entender que mi pareja denote sexualidad, pero no me acostumbro a la idea de que mis hijas lo hagan.

Yo no sé cómo lo hacen los padres de bombas sexuales, de vedettes, de estrellas porno. Recordemos que soy un machista con hijas.

Gustavo Rodríguez con sus hijas Alesia, Maira y Malú.

FUENTE DE LA IMAGEN – CAROL HARRISON

En el último capítulo le dedicas un monólogo a tu «yo» adolescente y haces una autocrítica brutal, muy honesta. «Yo de chiquillo debí haber sido bien jodido», dices, y describes a tu versión pasada como un «manipulador matalascallando».

Pero me di cuenta tarde de eso.

Durante gran parte de mi vida me tracé esta idea de mí mismo de que era un adolescente romántico, sufrido. Pero al encontrarme con novias 30-40 años después, empecé a captar, a intuir, que no había sido así.

Y, dios mío, no quisiera para mis hijas alguien como yo. Fue lo que pensé en ese momento.

A tu «yo» adolescente también le aclaras que ahora no es que seas un feminista, sino un machista en constante redención. ¿Qué es eso?

Hay varias dimensiones detrás de esa respuesta.

Una es interesante, porque en un mundo de redes sociales y de opiniones cada vez más recalcitrantes prefiero ponerme a buen recaudo. Prefiero no ser considerado ni feminista ni tan siquiera un aliado, porque en cualquier momento me voy a equivocar y teniendo cierta presencia pública me lo van a sacar en cara.

Esa es una dimensión de cálculo interesado, pero (la afirmación) encierra una gran verdad. Y es que yo sinceramente considero que no voy a dejar de ser machista en toda mi vida, porque me he criado y he estado tan inmerso que es imposible que no anide en mí alguien que ve el mundo desde la óptica del machista.

Es verdad que estamos en una sociedad en la cual conviene que todos nos digamos feministas, pero pienso que el primer paso para considerar una sanación es aceptar que estás enfermo.

Y si el machismo es una de las enfermedades de nuestra sociedad, yo prefiero empezar a aceptarlo, para que más adelante, quizá en unos años, decir que soy por fin un feminista.

Gustavo Rodríguez con sus hijas Alesia, Maira y Malú

Todo esto lo abordas en clave de humor, muy presente en elpodcast. Tú mismo dices que eres muy dado a los chistes. ¿Pero cuál es tu reacción cuando ves una camiseta con el eslogan de «Tengo una hija hermosa. También tengo una pistola, una pala y una coartada»? ¿Te ríes? ¿No?

Depende de con quién estoy, sinceramente.

(Se ríe y titubea).

Es verdad que estoy en un entorno que trata de reconstruirse, por lo que cada vez oigo menos chistes de ese tipo. Y me pongo alerta, en guardia, cuando los escucho en espacios y de la boca de gente que es influyente.

Pero yo sigo debatiendo entre la corrección política y la tiranía de la censura. A veces no sé cómo sentirme: me gustaría ser más dogmático en muchas de las cosas que pienso, pero soy un hombre que duda mucho.

Creo que gran parte de mis dudas está en este podcast y quizá sea bienvenido porque no da soluciones a la gente.

No es un manual.

No. Lo que más he querido hacer es compartir mi asombro.

Cuando salió me escribieron muchos jóvenes, mujeres sobre todo, diciéndome que en el podcast encontraron en él una manera de instalar tema de conversación en la mesa con sus padres y madres.

Muchas chicas de 16-17 años me han dicho: «Ayer escuchamos el episodio tal en familia». Eso para mí es lo más hermoso que me pueden haber dicho.

Esa es la diferencia con los libros, que no se pueden leer en familia. Los podcast tienen esto que los enlaza con las radionovelas del pasado, que sí se pueden escuchar grupalmente.

Este fenómeno me ha emocionado mucho.

Imagen de portada: Gentileza de Carol Harrison

FUENTE RESPONSABLE: HayFestivalArequipa@BBCMundo por Leire Ventas

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