Los mares de Joseph Conrad.

A lo lejos, el azul esférico queda seccionado en dos tonos por una difusa línea de superpetroleros. 

En el puerto, las dársenas amanecen invadidas por cruceros con casino y discoteca y en los muelles, los contenedores chinos forman rompecabezas verticales o murallas de una fortaleza arcoíris, infalible y fría que solo deja escapar un murmullo de máquinas. 

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Ya no queda nada del territorio literario de Joseph Conrad, de las cristalinas aguas y los vientos cálidos que mecían palmeras de casa encalada donde sesteaba el oficial de paso. No hay bric barcas, ni bergantines, ni ninguna de aquellas esbeltas criaturas de crujientes maderas que tenían personalidad intransferible y sabían de peleas a muerte en confines inhóspitos con la misma materia del mundo. 

La vida en el mar ha quedado relegada a un puro juego de resistencia deportiva, a desplazarse sobre cuchillas ligerísimas, y el ser humano, que tanto tiempo pasó sobre una cubierta, ha dejado de pensar la tierra desde el mar, el cielo desde el mar, la vida. 

Nuestro Darwin no otea las Galápagos desde el Beagle, un Roger Casement nunca levanta acta del Congo contemporáneo, Conrad no escribe «si quieren ustedes saber la edad de la tierra, observen el mar durante una tempestad. El gris de la entera superficie inmensa, los surcos del viento sobre los rostros de las olas, las grandes masas de espuma, arrojadas las unas contra las otras y ondeando, como enmarañados mechones blancos, le dan al mar, en medio de un temporal, una apariencia de cana edad, deslustrada, mate, sin destellos, como si hubiera sido creado antes que la luz misma». 

Las estepas azules «salpicadas de arrecifes» bajo soles de misericordia, con sus peces de extrañas formas y carnes y aquellos contramaestres que tenían mujer y cinco hijos desconocidos en una casita impecable del condado de Kent. 

También los marinos jóvenes, chavales de la anciana Europa que dando patadas a un canto rodado llegaron al puerto en el que iban a enrolarse, hacerse hombres y si la mano del destino venía mal dada, a hundirse poco después como monedas en la oscuridad más negra que nadie pueda imaginar. 

El puerto de Conrad fue el de Marsella, el 15 de diciembre de 1874, como pasajero a Martinica. En la travesía de vuelta ya era uno más de la tripulación. Me pregunto si fue ese el viaje en el que divisó su particular «línea de sombra», frontera marina y conradiana que se atisba más allá del horizonte arqueado y que señala el paso de la adolescencia a la vida adulta y serena, vida que él alcanzó sin mayores percances para escribir algunas de las líneas más sinceras y compasivas sobre la condición humana.

No es que quiera de vuelta los años que Conrad tuvo en suerte o en desdicha vivir, tiempos de extrañas fiebres incurables, injusticia, atavismo, pobreza y guerra, pero sí desearía que la aventura que la navegación ofrecía entonces, volviera esta noche. 

La posibilidad de ella y de una vida diferente. Desearía enrolarme por un tiempo, pensar lejos de toda forma estable, dejar que la rutina del barco hiciera su efecto, «una medicina excelente para los corazones dolidos […] y los espíritus más turbulentos», a decir de Conrad en El espejo del mar, sus memorias de navegante traducidas por Javier Marías

Escribiría un diario que sería un homenaje secreto a una cierta forma de lidiar con las cosas y me llevaría los libros del polaco para someterlos al contacto del salitre y los vientos. Recalaría en puertos lejanos y conocería todo tipo de personajes y peligros. 

Las amistades serían indestructibles, los odios pasajeros, las noches esperanzadas y llenas de consuelo. Leería en voz alta, en la intimidad del camarote, las cartas de mi mujer y soñaría, para cerrar el círculo, con un retiro prematuro de escritor desahogado junto a ella en la cala siciliana donde un día aprendí a bucear. 

Dejaría que oficiales taciturnos y dipsómanos, curtidos en el tráfico de carbón y níquel y maderas preciosas entre Inglaterra, Chile y la costa occidental africana, forjaran mi educación a golpe de silencios y órdenes cortantes. 

Aprendería el lenguaje del mar, armado durante siglos por hombres que hicieron de la palabra precisa, movimiento y del movimiento, arte. Largar el ancla; nunca echar, tirar o soltar el ancla. Recalada y partida, arboladura y rifada. 

No quiero decir que sea imposible acariciar algunos de estos propósitos, el paso del cabo de Hornos sigue reteniendo, al parecer, toda su endiablada leyenda, tormentas inadvertidas en mares calmos hacen estremecer a los navegantes más expertos y la soberbia rodeada de agua por todas las partes sigue cobrándose un precio definitivo, pero indudablemente, el conocimiento aplastante del mundo presente ha matado el misterio, su hondura y su inmensidad. 

El código del mar no existe más y hasta los niños-piratas, antes de ser abatidos por armas automáticas, hablan por teléfonos satélite con un bufete de trajeados en Londres. Quizás sean el universo y el cerebro los territorios por descubrir, pero ninguno de los dos se me antoja esta noche tan romántico, tan bello y tan liberador como el de los pocos metros de cubierta que van de la amura de babor a la de estribor bajo un cielo incendiado y un velamen terso como la piel de una ballena.

Imagen de portada: Gentileza de Jot Down

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down. Por Pablo Mediavilla Costa. 

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