Marcel Proust en siete conferencias.

Bernard de Fallois es un catedrático reconvertido en editor que tuvo el privilegio, durante sus años de doctorado, de acceder a las carpetas de Proust que conservaba su sobrina Suzy Mantet, en donde «descubrió a principios de los años 1950 los manuscritos de Jean Santeuil y de Contre Saint-Beuve», publicados en Gallimard cuando contaba tan solo 26 años. 

Quien fue profesor un día —como señala el propio De Fallois evocando un proverbio que gustaba citar a Marcel Pagnol—, profesor toda la vida. Son muchas las cuestiones que el mencionado descubridor del Jean Santeuil aborda en estas siete conferencias en las que trata de dilucidar la poética de Marcel Proust para explicar cabalmente su obra.

En realidad, son nueve epígrafes los que estructuran estas Siete conferencias sobre Marcel Proust, reunidas bajo el sello editorial de ediciones del Subsuelo, con traducción de Lluís María Todó, Supongo que el dividirlo en siete partes, poniendo casi como exentas los epígrafes titulados «Los lectores de Proust» y «Las Lecturas», se corresponde con las intenciones del ponente de establecer una analogía con la heptalogía de En busca del tiempo perdido.

La primera llamada de atención que De Fallois hace al lector es la practica imposibilidad de seguir con Marcel Proust el método Saint Beuve, ya que el que pretenda conocer todo lo que aconteció al autor parisino en su vida tiene una ardua tarea lectora por delante. 

En primer lugar, leer «la correspondencia general y cronológica establecida por [el] académico norteamericano Philip Kolb […] Miles de cartas», sin contar las correspondencias particulares, por ejemplo: «las cartas a su madre [], y las que escribió a Raynaldo Hahn, a Lucien Daudet, a Robert de Montesquiou, a madame Strauss, [y] a la condesa de Noailles, etc». 

A ello hay que sumar los testimonios de las personas que lo conocieron, como Robert Dreyfus, Danil Halevi, Jean Cocteau y Paul Morand, así como una docena de biografías, entre las que nuestro conferenciante destaca la primera «creo que fue la de León Pierre-Quint», la de André Maurois, titulada significativamente En busca de Marcel Proust, el voluminoso estudio del biógrafo inglés George D. Painter y, también, la que considera como más completa, la realizada por Jean-Yves Tadié. 

Al lado de todas estas obras, el profesor-editor no se olvida de señalar sumariamente las numerosas monografías, tesis y estudios que se han realizado sobre los diferentes aspectos de la vida y obra del preclaro autor de la Recherche.

Una abrumadora relación que le sirve para posicionarse —no solo para advertir y aleccionar al lector— y oponerse al método Sainte-Beuve y a los que pretenden encontrar en la vida de un determinado escritor los esenciales significados de su escritura. 

De Fallois señala el hecho paradójico de que Proust cuestionase abiertamente esta forma crítica de abordar una obra literaria, por medio de la cual conviene conocer «ciertas cuestiones» personales del escritor si se pretende interpretar adecuadamente los verdaderos alcances de sus valores creativos y, en cambio, en la mayoría de las ocasiones, se abordase desde estos presupuestos la lectura de En busca del tiempo perdido, deslizándose permanentemente la dilucidación de sus contenidos ficcionales a los aspectos biográficos, o analizándose estos a la luz de aquellos.

Paradoja en la que incurre, a pesar de sus declaradas intenciones y bienintencionados propósitos hermenéuticos, el propio De Fallois. El catedrático-editor no deja de utilizar una y otra vez en sus sucesivas conferencias, a la hora de abordar las complejas cuestiones que suscita la Recherche, los denostados argumentos biográficos que con tanto ardor proustiano cuestiona. 

Evidenciando lo difícil que resulta deslindar en Marcel Proust lo biográfico de lo ficcional y lo ficcional de lo biográfico, al estar urdidas sus fabulaciones y alegorías con escritura autográfica, siendo en su caso extremadamente dificultoso y complejo abordar su obra creativa desde una perspectiva meramente formalista o narratológica.

Bernard de Fallois se apoya en Proust y en su teoría de los dos yo para explicar esta dicotomía, entre la obra y la vida, o si se prefiere entre los elementos ficcionales y los avatares biográficos. El autor de Por el camino de Swann, como señala nuestro conferenciante, diferencia en un escritor «el yo humano, mundano, social, individual, y el yo profundo del creador que nadie conoció jamás en vida». 

Esta escisión entre el yo mundano y el yo creador la presenta De Fallois como una de las ideas originales de Proust, que sustenta y fundamenta su poética, y al que atribuye el honor de haber sido el primero en formularla. Pero el profesor-editor se olvida de que ya Henry James en la novela corta La vida privada (1892) plantea esta cuestión, entre el escritor aparente, de éxito social, superficial y fatuo y el verdadero creador, oculto a la sociedad de su tiempo, que escribe las obras maestras en total aislamiento. 

Claro está que Proust otorga otra dimensión, quizá por influencia ruskina, a ese «yo profundo», hermanando con el yo creador que a lo largo del tiempo ha ido —y va— tejiendo las grandes obras artísticas capaces de trascender la usura implacable del tiempo: «El hombre de genio tan solo puede dar nacimiento a obras que no morirán si las crea a imagen, no del ser mortal que es, sino del ejemplar de humanidad que lleva en él». 

Por lo que la misión más elevada del crítico es la de descubrir ese «ejemplar de humanidad» imperecedero que el escritor deja entrever, la mayoría de las ocasiones connotativamente, en los tamices de su escritura.

Este planteamiento de los dos yo se refuerza, de manera análoga, con la teoría de los dos tiempos que gobierna el tiempo humano y que fundamenta la escritura de la Recherche. Entre los dos yo y los dos tiempos se produce una simetría inequívoca que sustenta los arquitrabes y arbotantes de la insondable catedral proustiana. 

Es sabido que a Proust le gustaba comparar su magna obra con una catedral. Esta compleja teoría del tiempo la explica simplificadamente De Fallois en apenas unos párrafos:

«El tiempo cronológico, el que sirve para contar, y el tiempo real, que no es continuo, que sufre eclipses, cortes de corriente, y que es el verdadero.

Así como existe el yo exterior, el que conocen los demás, y el yo real del creador, del mismo modo existe el tiempo del que creemos acordarnos y el que nos viene según el azar, y que es el verdadero».

No resulta extraño que, debido a este núcleo generador, el autor de Los placeres y los días pensase titular inicialmente su obra —precisamente debido a la coexistencia intermitente de estos dos tiempos— Las intermitencias del corazón, divididas a su vez en dos partes, El tiempo perdido y El tiempo recobrado. 

Título y estructura narrativa que se apoya en una teoría del tiempo que recuerda la dureza formulada por su primo político el filósofo Henry Bergson y que Proust, de alguna manera, reformula literariamente en su teoría de la memoria involuntaria.

Es entre estos dos yo, el del personaje real y el de ficción, y entre estos dos tiempos, el cronológico y el de la creativa durée literaria, entre los que se mueve el lector de la obra proustiana. Un movimiento que adquiere complejidades glosemáticas, ya que el yo desdoblado del Narrador vuelve a desdoblarse en el yo del lector, así como los dos tiempos que gobiernan nuestra vida. 

Todo un proceso de interiorización que hacen que la lectura de En Busca del tiempo perdido no sea un mero entretenimiento, ni mucho menos inocua. Quizá, porque como señala Bernard de Fallois refiriéndose a Marcel Proust: «la realidad verdadera no está jamás en el objeto, no está ni en Odette, ni en Morel, ni en François le Champí, sino en la mente que los transfigura».

Siete conferencias, aunque en realidad sean nueve, que, siguiendo las exigencias del imperecedero morador de la rue Hamelin, pueden considerarse esenciales.

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Autor: Bernard de Fallois. Título: Siete conferencias sobre Marcel Proust. Editorial: Ediciones del Subsuelo. Venta: Todostuslibros.

Imagen: Cubierta de portada de “Siete conferencias sobre Marcel Proust”.

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Ricardo Labra. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 28 de enero 2023.

Sociedad y Cultura/Literatura/Biografías/Filosofía/En memoria/»7 Conferencias».

Encuentro “Proust desde el suburbio, III” el 25 en la Alianza Francesa.

Marcel Proust envió a Anatole France los primeros dos tomos de “En busca del tiempo perdido” con una dedicatoria que lo erigía como el principal y más querido de sus maestros. France, famosísimo entonces, y ya anciano, suspiró ante los gruesos volúmenes: “La vida es muy corta, y Proust muy largo”. Sin embargo, ¡cuánto hubiera sorprendido a France comprobar que un siglo y medio más tarde, en una era cibernética e interestelar, existan (incluso en los suburbios más alejados del planeta) adictos que leen y releen con fervor la obra de Proust!

Una prueba de esa pasión es el encuentro que la novela de Proust convocará el viernes 25 de noviembre, día cercano a la conmemoración de los cien años del fallecimiento del escritor francés.

“En busca del tiempo perdido” ha sido comparada con una catedral gótica, con una sinfonía, con un poema que no pierde tensión a lo largo de siete tomos. En verdad se trata de un paradigma de todos los logros que el género novelístico se propuso desde Cervantes. Y entre esos logros, el más insigne es otorgar al lector el don de vivir otras vidas, nacer a otras vidas y morir en otras vidas. Además, como sucedió con los grandes renovadores del género de principios del siglo XX (especialmente Henry James y James Joyce), Proust se apropió de recursos hasta entonces apenas utilizados, como el singular uso del punto de vista del narrador. De manera que, en el caso de la novela de Proust, el logro no sólo es permitir vivir la vida de un individuo inmerso en una ociosa capa social a finales del siglo XIX y comienzos del XX, como algunas lecturas superficiales quieren ver, sino que su virtud es sumergir al lector en un universo que pareciera pertenecer a otro cosmos y que, en lo esencial, es idéntico al nuestro, como escribió Gide, a quien le costó entender la grandeza de Proust: “Proust es un hombre con mirada infinitamente más sutil y atenta que la nuestra y que nos comunica también una mirada similar mientras lo leemos”.

En agosto de 2005, Silvio Cornú, Miguel Grattier y Enrique Butti mantuvieron en la Alianza Francesa una charla que dieron en llamar “Proust desde el suburbio”. En octubre de 2019 volvieron a reeditar el encuentro en el Instituto Argentino-Germano, y el próximo 25 de noviembre, incorporando la participación de Fabricio Welschen, tendrá lugar “Proust desde el suburbio, III”, a las 20, en la Alianza Francesa, Bv. Gálvez 2147, con entrada libre, organizado conjuntamente con la cátedra de Literatura francesa e italiana, de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL.

 

Imagen de portada: Retrato de Marcel Proust, por Jacques-Emile Blanche. Foto: Archivo

FUENTE RESPONSABLE: El Litoral.

Sociedad y Cultura/Literatura/Marcel Proust/Alianza Francesa en Argentina.

 

La educación sentimental de Proust.

Sexo, mentiras y teoría literaria.

En el año del centenario de la muerte de Marcel Proust, la Colección Cuadernos Malba Literatura publica Formas de leer a Proust. Una introducción a En busca del tiempo perdido, un homenaje de Walter Romero a la medida de la genialidad del autor francés y su obra cumbre.

El subtítulo del libro de Walter Romero es engañoso o, al menos, peca de modestia. En efecto, “Formas de leer a Proust. Una introducción a En busca del tiempo perdido” supera airosamente un enorme desafío que haría fracasar al más prestigioso académico: condensar en un texto breve un análisis creativo y riguroso del monumento literario francés más importante del siglo XX excediendo lo meramente introductorio.

Si trascender la presentación es uno de sus mayores aciertos, el otro es brindar un texto valioso y accesible tanto para noveles como para especializados en la obra proustiana. Al finalizar las doscientas tres páginas propuestas por el autor, los primeros se encontrarán con un pertinente resumen de los temas principales de “En busca del tiempo perdido”, difícilmente puedan sustraerse al encanto y querrán acudir inmediatamente a esta novela admirable. 

A su vez, los doctos se encontrarán con un prolífico y original marco teórico -que va desde Sigmund Freud y Walter Benjamin pasando por Jean Cocteau, Harold Bloom, Pietro Citatis hasta Maurice Blanchot, Giles Deleuze, Didier Eribon, Julia Kristeva, Jacques Ranciere, entre otras y otros- y un notable repaso a citas frecuentemente muy bellas que ilustran la novela de referencia.

Prehistoria y desarrollo del Tiempo

La prehistoria del proyecto de Romero hay que buscarla hacia el año 2016 y a una iniciativa del MALBA para dictar una clase en el marco del 145° aniversario del nacimiento de Marcel Proust. Finalmente, la clase derivó en una serie de clases durante tres años consecutivos para un público que estuviera interesado en la lectura guiada de los siete tomos de la Recherche. De transcripciones, correcciones y pulido de estas clases surgió este libro publicado por el MALBA dividido en siete capítulos -uno por cada tomo de En busca del tiempo perdido- y que, denominados clases, conservan el espíritu originario pedagógico primigenio.

Coherente con esta lógica, en la primera clase-capítulo Romero nos introduce por los caminos de Swann. Entonces asistimos a los soliloquios de Marcel sobre las formas del sueño y de la engañosa realidad. También a la célebre escena de la magdalena mojada en la taza de té que desgrana los recuerdos -y los olvidos- de Marcel adulto y nos traslada mágicamente a Combray, el mítico país de la infancia. 

Tal como expresa Romero: “la memoria voluntaria es un resumen de la historia, pero solo la memoria involuntaria puede restituirnos la integralidad del pasado con sus sensaciones y componentes afectivos asociados”. Con Combray aparece el Marcel niño postrado en la cama y devenido definitivamente personaje. Y con él: la espera de los besos de la madre, la adoración hacia la abuela y los cotilleos de la sociedad.

Asimismo, el capítulo da cuenta de cómo los amores escandalosos entre el adinerado y culto Swann y la cocotte Odette De Crécy preanuncian otras pasiones prohibidas -y generalmente truncadas- que poblarán la extensa obra proustiana: la del afeminado barón de Charlus por el rubio Robert Saint-Loup, la del mismo Charlus por el joven y apuesto músico Jupien; la de Marcel por la duquesa de Guermantes, por Gibert y por Albertine, entre otras. 

También presagia una verdadera teoría de las etapas sentimentales que signan las contrariedades y paradojas del amor en la literatura del siglo XX: “la pasión, el enamoramiento, los celos, la duda, el desengaño, el retorno al amor”.

La estrategia Proust para narrar la homosexualidad

Cada una de las siguientes clases-capítulos respeta el nombre de los libros de Proust: “A la sombra de las muchachas en flor”, “El mundo de Guermantes”, “Sodoma y Gomorra”, “La prisionera”, “La fugitiva” y “El tiempo recobrado”.

 Se hace particular hincapié en el tomo IV, “Sodoma y Gomorra”, donde Proust expone sus controversiales y subversivas hipótesis respecto de la homosexualidad masculina y femenina. Tal como explica Romero, [Proust] “dice que los invertidos se reconocen con facilidad entre ellos -algún aspecto que desconocía y que le sorprende-, y esboza, aludiendo al concepto bíblico, la idea de la raza maldita, la de aquellos que deben mentir y ocultarse, cuyo deseo es punible y vergonzoso y que encuentran alivio en la frecuentación de sus semejantes. 

Agrega que los miembros de esta raza -que funciona como masonería y que Proust toma de Hesíodo y su mito de las razas que distribuye la vida humana en tipos de hombres- buscan modelos en la historia: Sócrates, Alejandro Magno y Julio César eran como ellos”. De esa manera, como hijo de su época y temeroso de que lo tildaran de homosexual, con el destino de Oscar Wilde pesando como una amenaza trágica que se cierne sobre su cabeza, a un mismo tiempo, Proust estigmatizó y reivindicó a un grupo que expresaba sus propios deseos y sentimientos.

Tal como otros autores antes -Edmund White, Eve Kosofsky Sedgwick, André Maurois- Romero advierte que Proust acató el consejo de André Gide en materia de literatura: “Puede usted contarlo todo; pero a condición de no decir nunca: Yo”. 

Así, en su obra maestra, todos los personajes tienen relaciones amorosas con personas de su mismo sexo o son bisexuales, salvo el Narrador que, como él, se llama Marcel y es estrictamente heterosexual. Proust recurrió a una estrategia que hoy lleva su nombre: disfrazó sus amores homosexuales en la vida real con amores heterosexuales en la literatura. El ejemplo climático de la estrategia Proust es uno de los personajes centrales de la Recherche: Albertine que estaría inspirado en su chofer Alfred Agostinelli, la gran pasión de la vida de Marcel Proust.

De manera análoga a Albertine (a quien vemos ser prisionera del personaje principal desde el título del tomo V y desaparecer desde el título del tomo VI), Agostinelli no habría correspondido al amor de Proust. A su vez, el muchacho quería ser piloto y Proust le pagó unas clases de aviación además de prometerle una avioneta. En ese escenario, el 13 de mayo de 1914, en su segundo vuelo de prueba y contraviniendo órdenes, Agostinelli se accidentó y murió ahogado al caer al mar entre Niza y Antibes dejando a Proust conmocionado y pensando en el cuerpo deseado comido por los peces. 

El mismo destino le cupo a Albertine, el amor esquivo de Marcel en los últimos tomos de En busca del tiempo perdido: murió al caer de un caballo (tal como se afirma en el tomo VI) o al caer al río (si hacemos caso al tomo VII).

Un homenaje a la medida de Proust

Romero dedica un destacado al concepto proustiano denominado “intermitencias del corazón” (es decir, los períodos de olvido). Tal como ocurrió con Albertine y probablemente con Agostinelli: Proust comprendió que ni la ausencia ni la muerte sanan al enamorado, sino las perturbaciones de la memoria y el imposible olvido. 

Al morir un ser amado, los humanos se aferran a fetiches como sus vestidos o su alcoba, pero nadie pena todo el tiempo e indefectiblemente vienen la época en que alquilamos esa alcoba o regalamos ese vestido a un extraño, sin prestarle demasiada atención. Así, los humanos van de deseo en deseo, de éxtasis en éxtasis, de dolor en dolor, de decepción en decepción, de olvido en olvido, hasta que el tiempo devora y sublima todas las emociones, incluso la más intensa de las pasiones o el más sublime de los amores. Por eso, vamos reemplazando unas personas por otras en busca de distintas quimeras que suelen remitir a las fantasías infantiles o juveniles. Solo en sueños, en alucinaciones o en personas que pasan fugazmente, retornan como fantasmas los queridos recuerdos olvidados.

En el año del centenario de la muerte de Proust, el extraordinario libro de Walter Romero se erige como un homenaje a la medida de los mayores rendidos al inmortal literato francés. 

Si Proust logró una verdadera Teoría sobre el Tiempo, el tiempo y la vida pasan deliciosamente mientras se desgranan las páginas de Romero captando la evanescencia, la sensibilidad, la musicalidad y la belleza de la literatura proustiana. Más que una guía para leer “En busca del tiempo perdido”, su libro recompone los tópicos de Proust: la realidad y los sueños, las experiencias y las maneras en que ellas retornan desde el pasado; los recuerdos indiferentes dirigidos a la inteligencia pero que, aparecen dotados de una vida maravillosa cuando reviven en el corazón.

Imagen de portada: Marcel Proust

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Adrían Melo. 26 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/En memoria/Marcel Proust.

«Formas de leer a Proust», el libro de Walter Romero que permite entrar a «En busca del tiempo perdido».

Entre 2016 y 2018 Walter Romero dio cursos en el Malba destinados a servir como plataforma para leer la obra de Marcel Proust, como una introducción a 

En busca del tiempo perdido y otros ensayos del autor. El resultado ahora es el libro Formas de leer a Proust.

No hay nada que hable más de un modo de leer y una época que cambia, en la literatura, que el complicado género de la carta de rechazo. Varios han sido los proyectos desaprobados o sometidos por una larga cantidad de años a las sombras que hoy son hitos de la literatura y hasta del pensamiento occidental. 

Basta mencionar los numerosos rechazos del borrador (bastante trabajado) de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, en donde, por ejemplo, se mencionaba como motivo de la negativa el tratamiento difuso de los personajes y los largos tramos en donde se recurría a un excesivo flujo de conciencia. La tesis que Walter Benjamin presentó para obtener la habilitación como docente, El origen del drama barroco alemán, fue sencillamente rechazada, definiendo la vida misma del filósofo como destinada a armar proyectos en suspenso, inconclusos, atravesados por la pérdida y el deambular, congruentes, claro, con su propio modo de pensamiento. 

Sabemos que Marcel Proust había empezado a escribir su obra capital, En busca del tiempo perdido, en 1907, y que para 1908 ya era un proyecto que comentaba con amigos en sus intercambios. 

En 1909, el periódico Mercure de France desestima el material, y en 1912, con solo un día de diferencia, Proust recibe dos cartas comentando la negativa a la publicación. Una, propia de la editorial Fasquelle. La otra, de la prestigiosa Nouvelle Revue Française (NRF), en donde otro determinante escritor del siglo XX, André Gide, se encargaba de realizar los “informes de lectura” que derivaban en la aceptación o no del material que llegaba a la revista. 

En 1913, luego de otros rechazos, Proust edita Por el camino de Swann, primer libro de En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu), en la pequeña editorial Grasset, a cuenta del autor. 

Tiempo después, con la lectura del primer tomo, con el reconocimiento a Proust por la monumental obra que había encarado, Gide le confesará a su autor en una carta en 1914 el gran estigma que acompañará a la revista y su proyecto durante el resto de sus días: “El rechazo de este libro será para siempre el más grave error de la NRF”.

La anécdota muestra, sin lugar a dudas, la complejidad de En busca del tiempo perdido, no sólo en términos materiales de publicación (una obra compuesta de siete tomos que iban a terminar saliendo y corrigiéndose aún después de muerto su autor), sino también en lo que corresponde al mundo que cerraba y que abría con el mismo acto de escritura. 

Proust logra en su prosa reunir las características centrales de las derivas del realismo decimonónico, el naturalismo, con su atención por los objetos, por las cosas y por el mundo en el que esas cosas se encuentran contenidas, al mismo tiempo que desborda los protocolos de escritura de esta tendencia al lograr una frase compleja, en el sentido más pleno del término, arborescente, que va abriendo en su larga respiración un tema tras otro, una puerta tras otra, hasta deshacer, al mismo tiempo que la plantea, cualquier intención mimética, para dejar todo desarmado en el suspenso de la espera, del deseo, que no es otra cosa que el contacto con el Tiempo, ese auténtico héroe del ciclo, el cual el Narrador (que habría que llamarlo así, y que Proust siempre diferenció de su propia biografía) no deja de rozar en cada acto de recordación, en cada movimiento, no hacia el pasado, sino hacia la huella que ese pasado deja en una experiencia presente. 

Marcel Proust logra en su obra algo que lo vincula a los movimientos de vanguardia, pese a que no formó parte integral de ningún grupo, pero que, decididamente, inspiró o sirvió de antecedente para varios de los jóvenes miembros de estos colectivos que abren el siglo de las guerras y los avances tecnológicos: Proust lleva la prosa literaria del siglo anterior a su punto máximo, al desborde por desarrollo de sus características propias, hasta terminar abriéndolo, como un capullo que florece o un recuerdo que desborda nuestro presente y pone en un suspenso extático lo que creemos que está pasando, a la manera de una memoria que nos invade.

Walter Romero, profesor de la Universidad de Buenos Aires, con años de trabajo en la cátedra de Literatura Francesa (además de reconocido cantor de tangos), considera que, con sus dificultades, En busca del tiempo perdido no es necesariamente una obra recargada de esnobismo, una que sólo leen algunos para desmarcarse del resto. 

La viva prueba de ello es el curso que dio, entre 2016 y 2018, en el Malba, dedicado a servir como plataforma para la lectura de la obra proustiana, ahora editado por el sello del museo con el título de Formas de leer a Proust. Una introducción a En busca del tiempo perdido

En esos encuentros se piensan, justamente, los diferentes tópicos que recorren los siete tomos y otros textos del mismo autor (Sobre la lectura, Contra Sainte-Beuve), así como las diversas aproximaciones críticas y tensiones que se imponen en cada juicio, en cada consideración hecha por un especialista, de una obra tan particular que aún hoy se debate su naturaleza genérica o, en líneas generales, cómo nombrarla. 

“Fue Antoine Compagnon, uno de los críticos más importantes de Proust en la actualidad, quien sostiene la idea de que acaso fuera de Francia se percibió más rápido la singularidad de la obra”, sostiene Romero. “La fama creciente sobre este ciclo novelístico, sin dudas, fue una lenta y paradójica construcción con malentendidos que mezclaban, en los primeros años, una idea de Proust en vida que teñía esa literatura de cierto esnobismo, o una idea de cierta literatura para una clase que luego se deshace por su propio peso. 

En definitiva, tiene como último avatar que, en los 60, las disputas sobre la interpretación de la obra no se acallaron, pero tuvieron que empezar a dialogar con el progresivo crecimiento de la figura del propio autor, inundadas del ‘marcelismo’, el boom en torno a Marcel (quien siempre se desmarcó de la voz que sostenía todo el relato), un nombre que condiciona, dirige, fantasmiza toda la Recherche. 

De Proust se pasó al interés sobre Marcel, para ser claros. Luego, ciertos acercamientos a la obra hoy ya no pueden prescindir de la inmanencia del texto sin la vida y peculiaridades de esa existencia con los nudos de interés, su sexualidad o de cómo escribió encerrado los últimos años todo el conjunto que conocemos como En busca del tiempo perdido”.

MARCEL PROUST FOTOGRAFIADO POR OTTO WEGENER EN 1895

TIEMPO DE ESPERA ESTIMADA

Si el gran protagonista de En busca del tiempo perdido es el Tiempo, el gran tema podría ser, entre tantos, la espera que esa duración produce. Allí puede meterse tanto el recuerdo como la tensión entre un acto presente y la ansiedad que produce o hasta despierta la posible llegada de lo ya conocido, así como la idea misma del amor, atravesado por el vouyerismo, los celos y las prácticas mencionadas, aunque disimuladas, que escapan a lo socialmente aceptable en esa época: lesbianismo, homosexualidad en general, o hasta un mundo sexual minimizado por la fuerza de los sentimientos y el embeleso de su descripción. 

Proust se corre de la ruda materialidad para circundar con una frase larga, que incorpora el fragmento para deshacerlo progresivamente y colocar, cada tanto, algún signo de puntuación, alguna interjección (como un “ay”), para que el ojo descanse. “Un modo posible de leerlo es volver esa espera un cogito, una forma de pensamiento, sobre el proceso de lectura y sobre los hechos que en la ficción proustiana se cuentan”, remarca Romero. “En esa vasta construcción, la espera puede ser también la promesa de un recuerdo que nos asalte y recomponga, acaso con mayor realismo, lo vivido. 

Que la espera de una vocación o la espera de un amor o de un beso materno sean formas de escandir ese vasto relato podrían ser un modo de entrar a ese universo que a su vez se urde sobre una masa de palabras que amortiguan y amueblan esa espera, vuelven cada expresión un mundo en sí. En cada frase, Proust parece construir esa espera, siempre pospuesta, que el lector debe vencer”.

En estas clases abordás también un tema que resuena a los planteos políticos contemporáneos, vinculados a la historia de las disidencias del mundo heterosexual. ¿Cómo se trata ese tópico en En busca del tiempo perdido?

-Hoy todo el ciclo puede ser leído en clave a la luz de otras visiones sobre las sexualidades y las disidencias. Todo el universo proustiano está inundado de la sorpresa de deseos nuevos que el Narrador descubre como hitos en su pulsión voyeur y en una serie de personajes claves que parecen pasarse la posta en la exploración de un mundo que se presenta como más variopinto de lo que creíamos. 

Ya en 1922 podían encontrarse textos que rondaban esos mismos parajes, en la cercanía y en la concomitancia con otras obras francesas en esa misma sintonía (pienso en Gide y Cocteau, por ejemplo). Sin dudas, Marcel es el enigma mayor en tanto que trasposición de los deseos ocultos de Proust y una panoplia de personajes. 

Hay críticos que sostienen que casi todos los personajes son homosexuales. Céline decía con sarcasmo que la entronización de Proust se debía a operaciones de la cofradía homosexual. Actualmente, Albertine, uno de los amores del Narrador, como creación mayor de ese mundo, en la incógnita sobre su deseo, se ha vuelto el punctum donde revisar la sexualidad femenina, acaso como misterio mayor y más profundo. En ese sentido, si Proust creó esa vasta Sodoma, sin embargo, yo creo que su aporte de indagación sobre Gomorra y el deseo sáfico es un tema neurálgico y que habla sobre la actualidad de nuestras disidencias.

¿Qué recepción tuvo Proust en Argentina? Es un tema que también trabajás en el curso, vos como traductor, en torno a sus traducciones.

-Muy temprano hubo traducciones de Proust al español y hay un capítulo argentino rico en las traducciones tempranas y en el trabajo de Estela Canto.

Estas incluyen lunfardismos y un cierto acercamiento a nuestra realidad de un mundo hoy en las antípodas, pero que podría recrear cierto mundo argentino de gran clase y de viajes a Europa en esos años en que la Argentina era el granero del mundo que se codeaba con la aristocracia que Proust describe. 

Hoy pueden leerse muy buenas traducciones en español que nos acercan bien a ese mundo: la versión de Mauro Armiño con un complejo trabajo paratextual mejora mucho el acercamiento al texto en traducción. Respecto a la crítica, me gustaría destacar trabajos de Jaime Rest sobre Proust, y luego la divulgación y el trabajo académico que emprendieron profesoras como Ana Galimberti en Cuyo, Susana Mottino en Córdoba, Beatrix Vegh en Uruguay o el grupo de estudios proustianos en La Plata que trabaja la obra y al autor francés desde hace años.

EL NIÑO MARCEL

¿Este contexto de recepción local no quita que la literatura europea siga siendo el gran marco de referencia para leer a Proust?

-La historia de esas recepciones, como la que tuvo lugar en Argentina, en castellano, debería dialogar también con la historia de la literatura francesa, una que puede y debe contarse como la historia de las distintas frases que la literatura puede producir. 

Barthes decía (y yo suscribo en el libro) que habría que escribir la historia de las frases para pensar la literatura. Luego de Flaubert, acaso, es deslumbrante el lugar de la frase proustiana a modo de suspensión del lenguaje, de los poderes encantadores de una frase que parece no terminar, ese alelamiento del discurso a modo de trance recompone un modo de decir que Proust captura. Los primeros críticos pensaban que había algo alemán en esa frase larga que parece pensarse a sí misma. Si la literatura es fabula y ficción, Proust vuelve el foco sobre la importancia del lenguaje mas allá de lo que se cuenta. 

Atravesar la Recherche es enfrentarse a esa pulsión fría nueva de líneas musculadas y trabajadas que centrifugan la lengua. Su vigencia y, creo, el interés que ha producido y sigue produciendo en los lectores puede explicarse de una sola manera: caemos en la experiencia del lenguaje como si se tratase, en definitiva, de un absoluto.

Imagen de portada: Marcel Proust

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Fernando Bogado. 17 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Marcel Proust

Historia de la literatura: “Por el camino de Swann”

Un recorrido por la novela de Marcel Proust, el primer tomo de la obra “En busca del tiempo perdido”.

“Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior” (Por el camino de Swann, de Marcel Proust).

El epígrafe con el que inicio esta reflexión es una de las escenas más famosas en la historia de la literatura. Marcel Proust cuenta que sumergió una magdalena en una taza de té y a partir de ese momento se disparó en su cerebro un torrente de recuerdos y sentimientos. En un momento fundamental en el movimiento narratológico conocido como el flujo de conciencia, que también desarrollarán, por ejemplo, Virginia Wolf y James Joyce.

En efecto, una de las grandes obras de la literatura universal se llama En busca del tiempo perdido, escrita por Marcel Proust (1871-1922), cuya publicación inició en 1913, un momento crucial para la historia europea. Se trata de una monumental novela modernista, compuesta por siete tomos que utilizan el pensamiento interno y la memoria involuntaria del narrador. Es en una especie de cuento filosófico, autoficción y novela sociológica. 

Afirma Alain Verjat al explicar el alcance de la novela: “La ficción literaria, a lo largo de tres mil páginas, con todo el material turbio nacido del sueño, de los vicios, de las vanidades y de las ilusiones que permite actualizar, sirve sobre todo para que comprendamos que la única forma de romper la soledad de la personalidad social, la máscara que exhibimos, es llegar a comunicar con los demás por medio de una especie de lenguaje común que abusivamente podríamos llamar ‘objetividad’, lo que somos, la esencia de las cosas, no la existencia que les damos”.

Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en plena belle époque, luego de un período bélico significativo para la sociedad francesa: la guerra con Prusia. El auge de los artistas, los escritores, la arquitectura y las ciencias en general fue germen para su formación, junto con una familia pudiente y bien conectada en los medios intelectuales y culturales. Tuvo una salud complicada a lo largo de su vida, lo que probablemente le significó un carácter especialmente sensible. Murió el 18 de noviembre de 1922.

En esta historia de la literatura me refiero al primer tomo, que es en sí mismo una novela independiente llamada Por el camino de Swann, que contiene los ejes temáticos y formales de su escritura: la forma como rescata en su memoria anécdotas de su infancia y juventud; la forma como reflexiona sobre la creación literaria, el arte y el artista; el comportamiento de los seres humanos en la sociedad que los rodea, como los celos, el duelo por la muerte o la pérdida de la persona amada, la percepción subjetiva del mundo, los objetos y las personas.

El contexto espacial corresponde a Combray, el pueblo de la infancia del narrador; es decir, del mismo autor. La primera sección trata de un largo recuento de su infancia durante una noche; sus primeros años, las visitas de un amigo de la familia, el señor Swann, un hombre conocido en la sociedad parisina, que se convertirá en el enlace referencial de aquella época. 

Recuerda, por ejemplo, el temor que sentía a la hora de ir a la cama, la necesidad inminente de un beso de la madre antes de irse a dormir y la inoportuna visita del señor Swann, el culpable de que su madre no le diera el consabido beso de buenas noches. La memoria del narrador identifica a las personas con los objetos que las rodean. También, admira el paisaje que rodea el pueblo, en particular, los espinos florecidos a lo largo del camino hacia la casa del señor Swann. De la misma manera, el autor-narrador reflexiona sobre la labor del escritor y concluye, a partir de sus recuerdos, que su interés por la lectura y la escritura proviene de aquella época de su infancia. Asimismo, rememora su primer amor: Gilbert, hija de Odette y del señor Swann. Cuando ella despierta la sección termina.

A manera de relato intercalado, el autor cuenta la historia del señor Swann, quince años antes de que él lo conociera, y la forma como aquel se enamoró perdidamente de Odette a pesar de la mala reputación de esta última. Infidelidades, celos, sociedad parisina, envidias y angustias son los elementos que nutren la trama de esa sección de la novela que, además, dialoga con lo ocurrido en las últimas tres décadas del siglo XIX.

Precisamente, este primer tomo de En busca del tiempo perdido dispone de los elementos de la teoría del autor sobre la memoria involuntaria, el espacio y el paso del tiempo, que, posiblemente, estuvieron influidas por el filósofo francés Henri Bergson (1859-1941). 

De acuerdo con el pensamiento proustiano, la única manera que tiene el ser humano de alcanzar la felicidad plena es a través de los sentimientos que se despiertan por recuerdos de los que no somos plenamente conscientes. Adicionalmente, Charles Swann sirve como el prototipo del sentimiento del amor y las relaciones que, casi necesariamente, implican sufrimiento, mentira, celos, infidelidades…

En resumen, a partir de una trama sencilla pero profunda se desvela una de las mejores y más emblemáticas obras de la historia de la literatura del siglo XX; una caracterización psicológica de los individuos a partir de sensaciones que disparan recuerdos y situaciones que de manera voluntaria no sería viable identificar. Una forma moderna de percibir el paso del tiempo.

Imagen de portada: Marcel Proust, escritor francés, recordado por su célebre obra “En busca del tiempo perdido» .Foto: Archivo particular.

FUENTE RESPONSABLE: El Magazín Cultural. Por Monica Acebedo. 7 de julio 2022.

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