Josep Dalmau: a la caza del recuerdo en el laberinto de la memoria.

El profesor ICREA e investigador del Hospital Clínic de Barcelona, participa en el debate “Cómo el cerebro percibe el mundo y genera recuerdos”, organizado por Fundación «la Caixa».

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La memoria juega un papel crucial en la forma en que percibimos el mundo que nos rodea. Y los recuerdos y las experiencias condicionan nuestra percepción de la realidad. Percepción y memoria son dos elementos clave del cerebro que deben ser entendidos para poder tratar diferentes patologías cerebrales. “Cómo el cerebro percibe el mundo y genera recuerdos” fue el título del debate organizado por Fundación “la Caixa” para desgranar algunas de estas cuestiones de la mano de dos investigadores punteros en la materia: Guillermina López-Bendito (CSIC; leer crónica de su intervención) y Josep Dalmau (Hospital Clínic de Barcelona).

“Sabemos bastante sobre cómo formamos y almacenamos los recuerdos. Depende mucho del tipo de memoria al que nos refiramos”. Profesor ICREA y jefe del Equipo de Investigación de Neuroinmunología Clínica y Experimental del IDIBAPS – Hospital Clínic de Barcelona, Dalmau diferenciaba la memoria de corto plazo, largo plazo y la memoria de trabajo, “una memoria de corto plazo importante para la toma de decisiones y el razonamiento”.

En cuanto a la relación neurona-recuerdo, el investigador apuntaba que los circuitos neuronales están establecidos desde que nacemos, aunque el cableado completo se estructura posteriormente. “Tenemos unos 90.000 millones de neuronas y 150 trillones de conexiones. Existen ciertos estímulos en la formación de los recuerdos, una codificación en los circuitos y ciertos grupos neuronales encargados de mantener la memoria”.

Josep Dalmau indicaba que la tecnología permite estudiar la actividad cerebral en distintas zonas del cerebro y manipular los circuitos neuronales en animales. “Son innovaciones que posibilitan dar un paso de gigante hacia un mejor entendimiento de las neuronas. El gran reto es comprender mejor las conexiones entre ellas: cómo se unen determinados circuitos que codifican la memoria, percepciones sensoriales o nuestra respuesta motora. Todo eso ya está ahí; queda saber cómo se forma”.

Un hito de las neurociencias

Desde 2005, Dalmau y su equipo son artífices del descubrimiento de varias enfermedades denominadas encefalitis autoinmunes. “Los pacientes desarrollan anticuerpos que atacan el propio organismo de manera equivocada. La primera que analizamos es la más estudiada y prevalente; desde entonces hemos diferenciado 18 encefalitis más. Suele afectar más a niños, niñas y mujeres jóvenes. La edad media son 20 años”.

El investigador detallaba que esta encefalitis genera anticuerpos que actúan contra los receptores de glutamato, importantes en el buen funcionamiento de las conexiones neuronales. “Inicialmente, los pacientes desarrollan problemas psiquiátricos, difíciles de asociar a una patología neurológica. Pasados los días o las semanas, casi todos acaban en la UCI con graves problemas neurológicos: dejan de respirar y de moverse bien, las crisis epilépticas son constantes… En el pasado morían, ahora sabemos cómo tratarlos con inmunoterapia y se recuperan”.

El proyecto -apoyado por Fundación “la Caixa- Neuronal circuits, and the mechanisms of memory loss and recovery, Josep Dalmau profundiza en la segunda encefalitis autoinmune más frecuente. “En esta patología, los anticuerpos van contra la proteína LGI1 y la función de los hipocampos del cerebro se ve afectada y los pacientes sufren graves alteraciones de memoria”, añadía Josep Dalmau.

Las primeras aproximaciones a esta enfermedad encierran una historia trágica y fascinante. Henry Gustav Molaison fue atropellado por una bicicleta con solo 9 años. Desde ese momento, la epilepsia se convirtió en un martirio que le impedía vivir con un mínimo de normalidad. En 1953, cuando tenía 27 años, un cirujano le extirpó los dos hipocampos. Las crisis epilépticas cesaron, pero el paciente dejó de acumular el más mínimo recuerdo. Cada día era volver a empezar de cero. No formó memoria nueva.

“Este abordaje es interesante desde el punto de vista científico y clínico”, señalaba Dalmau. “Si no formamos memoria, no tenemos identidad. No hay continuidad. Lo importante es que eliminamos estos anticuerpos y curamos a los pacientes. En paralelo nos ha ayudado a descubrir algunos mecanismos de la memoria”.

Ante estos déficits, ¿es posible regenerar recuerdos? “Nuestro cerebro tiene cierta capacidad de regeneración, pero con muchas limitaciones”, admitía Josep Dalmau. “Influye la edad. La plasticidad cerebral es mayor en niños y jóvenes. Y es importante determinar la causa que conlleva la pérdida de memoria. Las memorias pueden estar ahí, pero el cerebro no es capaz de acceder a esa gran biblioteca formada por recuerdos. Incluso existe capacidad de recuperación después de un tumor: una vez extirpado, el cerebro se expande y ciertas memorias regresan. Algo parecido ocurre con las enfermedades inflamatorias que son objetos de nuestro estudio”.

Imagen de portada: El profesor e investigador Josep Dalmau.

FUENTE RESPONSABLE: InnovaSpain. Frontera. España. Por Juan F. Calero. 13 de Julio 2022.

Sociedad y Cultura/Neurociencia/Salud/Memoria/Investigación.

Los smartphones están destrozando nuestra memoria. La gran pregunta es que si debería importarnos.

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«No puedo hacer nada durante más de quince minutos sin mirar el móvil». Arrancando con esa frase, recorríamos hace unas semanas los problemas y ansiedades de una generación que vive «eternamente desconcertada»

El eco del reportaje ha sido profundo y nos ha llevado a hacernos una pregunta: Más allá de la anécdota, más allá de la sensación generalizada… ¿es posible que esa desconcentración esté teniendo efectos a largo plazo en nuestra memoria, nuestra atención y en nuestras capacidades cognitivas?

¿Nos están cambiando los móviles? ¿Nos está cambiando internet? El debate no es tanto si la memoria (la atención u otras capacidades cognitivas) cambian con el uso de los dispositivos móviles. Eso es una trivialidad. 

Cambian, vaya que si cambian. Y no solo cambian funcionalmente, también lo hacen a nivel estructural y a todos los niveles. Las mismas pantallas han modificado sustancialmente nuestra corteza somatosensorial; o sea, han cambiado la forma en que tocamos el mundo.

No hay que olvidar tampoco que, como nos explicaba Manuel Sebastián, investigador de la Unidad de Cartografía Cerebral de la Universidad Complutense, «sabemos que el texto que incluye enlaces (hipertexto) parece recordarse peor en general, lo que es totalmente lógico porque constituyen distractores y el papel de la atención es crítico en el recuerdo».

Cambios, cambios y más cambios. Esto tiene implicaciones importantes en la medida en que trabajamos en ambientes virtualmente muy enriquecidos y que, por el hecho de estarlo, nos impiden procesar y nos dificultan la concentración. Y sin concentración, los recuerdos se vuelven quebradizos. Esto se da a niveles muy básicos que afectan también a los recuerdos que ya tenemos: cuando optamos por buscar la información en Google en lugar de intentar recordarlo estamos impidiendo que ese tipo de información pase a nuestra memoria.

Pero, ojo, esto es normal. «El hecho de que la información se procese de forma diferente, no es necesariamente malo», nos contaba Sebastián. 

Nuestro cerebro se pasa la vida reorganizándose) y las tecnologías de la información nos llevan afectando desde los primeros pictogramas. De hecho, como señalaba en The Observer, Chris Bird, profesor de neurociencia cognitiva en la Facultad de Psicología de la Universidad de Sussex, “siempre hemos descargado cosas en dispositivos externos, como escribir notas, y eso nos ha permitido tener vidas más complejas. 

No tengo ningún problema con el uso de dispositivos externos para aumentar nuestros procesos de pensamiento o de memoria. Lo estamos haciendo más, pero eso libera tiempo para concentrarnos, enfocarnos y recordar otras cosas”.

El problema son las consecuencias que pueden tener. El problema es saber si todas estas consecuencias positivas pueden tener algún problema asociado. El ejemplo más claro es el hipocampo. Esta área del cerebro está muy relacionado con la orientación espacial. De hecho, la idea de que los taxistas de Londres lo tienen hiperdesarrollado es un lugar común en el mundillo de la neurociencia. Pero, ¿qué pasa si dejamos de necesitar orientarnos? ¿Qué pasa si empezamos a recurrir a los mapas del móvil de forma desproporcionada y el hipocampo acaba por subdesarrollado?

Sobre todo, porque en el cerebro rara vez hay algo que tiene un solo uso. Oliver Hardt, de la Universidad McGill de Montreal, decía que «la densidad reducida de materia gris en esta área del cerebro va acompañada de una variedad de síntomas, como un mayor riesgo de depresión y otras psicopatologías, pero también ciertas formas de demencia». Estamos lejos de tener una relación causal, pero si Hart está en lo cierto “el costo de esto podría ser un enorme aumento de la demencia» (y, a largo plazo, del Alzheimer). Esto, con una población mundial cada vez más longeva, sí que es un problema.

Unas consecuencias sobre las que estamos investigando… El problema, como siempre, es que no es sencillo saber de qué estamos hablando. En EEUU hay un estudio que está siguiendo a más de 10.000 niños año tras año para saber cómo afecta exactamente el teléfono móvil al desarrollo neurocognitivo.

Los primeros estudios lo tienen claro: hay una relación entre el adelgazamiento cortical y la tecnología. Lo que no sabemos a ciencia cierta es qué significa eso. Sobre todo, porque ese adelgazamiento es algo que surge de forma natural con el tiempo; es decir, no sabemos si están madurando antes, o están envejeciendo más rápido.

…pero que nos ha ganado la mano. Al fin y al cabo, el teléfono móvil (la informática en general) se ha comido el mundo. Está en todos lados, por todas partes: hay muy poca gente que no esté metido en este gran experimento social masivo. ¿Qué ocurre si descubrimos que lo que perdemos por el uso de la tecnología no se ve compensado como ha pasado históricamente hasta ahora? Es cierto que, por ahora, no hay datos sólidos que nos obliguen a enfrentarnos a esa pregunta; pero cada vez parece más cercano el día en que tengamos que tomar cartas en el asunto.

Hace unos años, el filósofo Antonio Diéguez defendía que la idea de que «no se le pueden poner puertas al campo» en relación con la tecnología era más un mensaje político, interesado, de relaciones públicas e intereses cruzados que una realidad. Ese parece ser el gran reto de la actualidad: desarrollar los mecanismos sociales necesarios para recuperar el control sobre lo que es bueno o malo para nosotros mismos.

Imagen de portada: Por Mika Baumeister

FUENTE RESPONSABLE: Xataka. Por Javier Jiménez. 5 de julio 2022.

Sociedad/Medicina/Salud/Neurociencia/Smartphones/Cambios

El filósofo que sabe con qué sueñan los animales (humanos y no humanos).

AUTÉNTICOS «SUJETOS ARTÍSTICOS»

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David Peña-Guzmán ha investigado a fondo sobre la vida onírica de las criaturas y sus capacidades creativas. Otra cosa es que seamos capaces de dar un sentido a lo que sueñan, más allá del que arrojan los estudios.

Para todo aquel que tenga la suerte de tener un perro como mascota, podrá comprobar, si como a los de su especie le encanta dormitar sobre la alfombra, que en cualquier momento, de repente, gira la cabeza de manera brusca, o tal vez mueve las patas como si estuviera corriendo en el aire. 

Entonces, el dueño se preguntará si realmente ese perro está soñando o tan solo se trata de ligeros espasmos como fruto de permanecer dormido. ¿Es acaso la capacidad de crear imágenes oníricas exclusiva del ser humano o es un rasgo que compartimos con los demás mamíferos? ¿Puede un perro ya mayor soñar con que corre a toda velocidad por el campo como lo hacía en sus años mozos y sentir felicidad o cierta nostalgia de ello? 

Y en el caso de los gatos, ¿pueden representar en su cabeza la euforia de salir a la caza de un ratón para comérselo? ¿Y qué decir de los delfines que surcan los mares o las palomas que día a día planean sobre nuestras ciudades? 

David M. Peña-Guzmán está seguro de que cuando los canes, pájaros o peces cierran los ojos para descansar, su mente no es un mero encerado negro, sino que son capaces de alcanzar su propia fase REM y entrar en el reino de la fantasía. 

De hecho, varios estudios en el campo de la neurociencia lo confirman, como recoge en su libro dedicado a explorar este tema, When Animals Dream: The Hidden World of Animal Consciousness’ (algo así como ‘Cuando los animales sueñan: el secreto mundo de la conciencia animal’), publicado este mismo año por la Universidad de Princeton. «Hay suficientes datos empíricos y está demostrado científicamente que muchos animales sueñan», comenta en una entrevista a este diario y en referencia a los últimos estudios publicados que refrendan esta idea. 

«Pero a pesar de estas evidencias, no hay conclusiones que hablen de los propios sueños, lo que abre una puerta filosófica a pensar en la relación que tienen los animales con sus propias ensoñaciones, y eso también nos lleva a preguntarnos a nosotros mismos por la naturaleza de nuestros propios sueños». 

«Los animales también tienen la capacidad de imaginar, pero la desarrollan en otras direcciones que tienen sentido solo para ellos» 

El enfoque de Peña-Guzmán es, pues, filosófico, y toma como punto de partida la postura de Nietzsche, que concebía a los animales humanos y no humanos como «sujetos artísticos». 

Esta es otra de las conclusiones que saca en su investigación, pues al final la pregunta por los sueños también es la pregunta por la capacidad creativa y de imaginación que tienen los seres, incluidos los animales. 

«No solo nosotros tenemos la capacidad de imaginar, los animales también, pero la desarrollan en otras direcciones que tienen sentido solo para ellos, no para nosotros», admite. «Para mí, los sueños son actos imaginativos porque es el sujeto quien los crea y genera de forma activa a partir de lo ya vivido o experimentado». 

Al fin y al cabo, nunca podemos soñar con algo que no hayamos visto u oído, podemos mezclar elementos de la realidad durante la vigilia e incluso rescatar a seres del propio mundo de la ficción que no existen (un dragón o un unicornio, por ejemplo), pero nunca podremos soñar con algo que no hayamos visto.

La «metamorfosis de la imaginación nocturna»

Obviamente, la textura, los códigos y el lenguaje de los sueños son muy distintos de los de la vigilia. Así lo creía el filósofo español José Miguel Guardia, de quien Peña-Guzmán toma referencias, cuando hablaba de la «metamorfosis de la imaginación nocturna» para aproximarse a los cambios mentales que se dan en el sujeto que está soñando. 

O mejor dicho: «No es que tú cambies al entrar en un sueño, sino que la propia experiencia onírica está llena de transformaciones que le confieren una categoría ilógica, rara, inusual». 

«Los animales, mediante el juego, producen algo nuevo, que se traduce ya sea en juguetes o normas sociales», asegura el filósofo

Una de las pruebas que confirman que los animales también sueñan es bastante lógica: si pensamos en términos evolutivos y adaptativos, les sirve como medio para la supervivencia. «Los sueños en animales los ponen en tesitura de los posibles peligros a los que se enfrentan en su vida cotidiana», advierte el filósofo. 

Al igual que nuestros sueños tienen la función de reparar o aliviar un daño emocional causado, como un trauma, en los seres no humanos esta ventaja se traduce en recrear escenarios de supervivencia, como demostró el neurocientífico Antti Revonsuo en un estudio. «Sirven de preparación para su vida cuando están despiertos».

Imaginativos, artistas… y bromistas

Pero más allá de esta función evolutiva, los animales tienen capacidades creativas básicamente porque juegan. 

Y el juego, como pensaban ciertos filósofos, es la mayor obra de arte total que existe. «Todo se basa en su habilidad para fingir», como explica Peña-Guzmán. «Cuando juegan, dan un paso hacia un contexto en el que las relaciones de poder entre el más grande o el más pequeño se invierten». 

No pocos son los vídeos en que podemos ver, por ejemplo, a perros grandes jugando con pájaros diminutos. «Entonces, entran en una situación en que no solo se da un juego físico, como por ejemplo cuando un perro hace como que te muerde sin llegar a hacerte daño, sino social, psicológico e, incluso, político, ya que los roles jerárquicos se subvierten», puntualiza.

¿Con qué estará soñando este perrito tan mono? (iStock)

«Los animales, mediante el juego, producen algo nuevo, que se traduce ya sea en juguetes o normas sociales», prosigue el pensador. 

«El animal aprende gracias al juego cuáles son los límites de su comportamiento, cuándo puede morder demasiado y cuándo no, hasta qué punto puede bromear con otro animal sin quebrar ciertas reglas fundamentales. 

Por otro lado, hay varios experimentos científicos de mamíferos que son capaces de producir juguetes, que no es más que la habilidad de usar objetos físicos de manera distinta a lo que les dice su instinto o actuar como si fueran seres vivientes», recalca, poniendo el ejemplo de un estudio en el que un chimpancé simulaba que tenía un bebé entre sus brazos con un pedazo de madera. 

Por tanto, su capacidad creativa mientras están despiertos reside en mayor medida en su habilidad para fingir y bromear con ciertas cosas. ¿Qué sucede con aquellos que permanecen dormidos durante gran parte de su vida, como por ejemplo los osos polares? ¿Podríamos decir que al pasar varios meses recostados pudieran tener dos vidas, una despiertos y otra en brazos de Morfeo? 

Trasladándolo a nosotros, imagina poder soñar durante meses. Peña-Guzmán admite que durante la hibernación no intervienen los mismos procesos fisiológicos que durante el sueño, por lo que no se podría concluir que estas especies alcancen algo parecido a la fase REM.

Una memoria cargada de sentimientos

Por último, el hecho de que los animales sueñen nos lleva a concluir que, efectivamente, tienen emociones y sentimientos. Un debate en el que al entrevistado le da mucha pereza entrar, admitiendo que no hay duda alguna de que los animales, al igual que nosotros, son capaces de sentir emociones.

Algo que se demuestra principalmente en su capacidad para soñar. «La definición de sueño se basa en recrear un evento que ha sido construido previamente en tu memoria», señala Peña-Guzmán. «Tú solo sueñas con cosas que has visto, con elementos que están dentro del reino de tu experiencia». Y aquí es donde entra en juego la emoción: ya solo el hecho de soñar con esto y no con aquello establece un rango de afectación para el que sueña.

La gran incógnita: ¿nos entienden los animales no domésticos?

«Cuando guardamos un recuerdo en nuestra mente, lo hacemos gracias al valor emocional que le hemos agregado», de lo contrario, podríamos recordar todo lo vivido o experimentado. «El propio hecho de recordar ya tiene un carácter emocional, y esto es lo que hace que el recuerdo se quede o se vaya», prosigue. 

«Los sueños guardan una gran relación con nuestra memoria, y también con su factor emocional. Todo lo que soñamos tiene un componente emocional, por muy raro o ilógico que parezca. Entonces, si los animales también sueñan imágenes que previamente han guardado en su memoria, es gracias a esa capacidad emocional» o de afectación por lo que les sucede.

Imagen de portada: David M. Peña-Guzmán, en una foto cedida.

FUENTE RESPONSABLE: El Confidencial. Alma, Corazón y Vida. Por Enrique Zamorano. 22 de Junio 2022.

Sociedad y Cultura/Animales/Neurociencia/Filosofía/Mares

¿Cómo mide nuestras emociones la neurociencia?

¿Por qué una obra de arte nos puede sobrecoger? ¿Qué se esconde detrás de las fobias? ¿Podríamos controlar nuestras emociones? Estas y otras muchas preguntas están siendo investigadas en el campo de la neurociencia para poder entender el procesamiento de las emociones.

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Cuando el cerebro procesa una determinada información pone en marcha un entramado de redes neuronales para clasificar el tipo de emoción a la que nos enfrentamos y generar nuestra respuesta emocional o corporal.

¿Por qué nos empeñamos en estudiar la mente humana?

Las emociones, presentes en nuestras vidas desde antes de nacer, juegan un papel fundamental en la construcción de nuestra personalidad y en nuestra interacción social. Además, son el principal motor de las decisiones que adoptamos diariamente. Es decir, las emociones son las que nos permiten adaptarnos al medio que nos rodea.

Conocer las emociones nos aporta una perspectiva amplia sobre el funcionamiento de los aspectos más personales y ocultos de la mente. Al mismo tiempo, nos ayuda a entender qué puede andar mal cuando este aspecto mental falla y aparecen ciertas enfermedades.

Si conociésemos todo sobre las emociones, podríamos conseguir una interacción entre nuestro cerebro y un ordenador y que este pudiese conocer nuestras emociones en tiempo real. También podríamos comunicarnos con personas discapacitadas que tienen muchas dificultades para comunicar sus propias emociones. Incluso, podríamos obtener estudios objetivos, por ejemplo, en el entorno del neuromarketing.

Primer reto: identificar cada emoción.

El primer paso para poder estudiar las emociones es su identificación. Están descritas centenares de emociones, desde la alegría, la aceptación o la empatía hasta la tristeza, el asco y la amargura.

Para el estudio de las emociones es necesario simplificarlas en dos grandes grupos: emociones positivas y emociones negativas, es decir, de aproximación y de rechazo. Estas emociones básicas (también primarias o fundamentales) son las que producen, entre otras manifestaciones, una expresión facial feature y una disposición típica de afrontamiento. Se pueden observar desde que somos bebés y no requieren un procesamiento cerebral complejo.

Las emociones, al ser procesadas por el cerebro, generan una serie de cambios fisiológicos en nosotros. Si somos capaces de identificar estos cambios en nuestro, seremos capaces de clasificar el estímulo causante.

Este proceso es lo que el psicólogo experimental, científico cognitivo y lingüista Steven Pinker denomina “ingeniería a la inversa”. Tenemos el producto y queremos saber cómo funciona. Por eso, desmenuzamos el cerebro con la esperanza de ver qué pretendía la evolución al poner en marcha este mecanismo.

Cómo la neurociencia puede saber lo que sentimos.

Para ello existen diferentes métodos que dependen de la tecnología utilizada. Por ejemplo, la pupilometría se encarga de medir los cambios en el tamaño de la pupila; el electrocardiograma mide las variaciones en los latidos cardíacos; los medidores de impedancias en la piel, que también se pueden utilizar con estas multas, permitir identificar cambios en la sudoración del individuo; la electromiografía, que consiste en registrar microexpresiones del individuo, también nos ayuda a clasificar las emociones asociadas a una expresión facial determinada.

Todas estas técnicas se centran en observar y valorar las respuestas fisiológicas que se producen de manera espontánea una vez que el cerebro ha procesado la información. Pero existe un desfase temporal importante desde que la emoción se presenta hasta que el cuerpo responde.

Técnicas de estudio del cerebro.

Si nos vamos al origen de las emociones, al cerebro, podemos encontrar diferentes técnicas de análisis. La primera de ellas es la resonancia magnética funcional , que mide cambios en la oxigenación de la sangre. Este sistema aporta valiosos datos de localización, pero, como contrapartida, su resolución temporal es baja.

Por otro lado, la magnetoencefalografía mide los campos magnéticos que producen la actividad neuronal en el cerebro. Con este método se obtiene una buena señal cerebral, pero es una técnica muy costosa al alcance de unos pocos afortunados.

También se utiliza la tomografía de emisión de positrones, que mide cambios en el metabolismo de la glucosa del cerebro. Pero este método es muy invasivo porque es necesario administrar una inyección al individuo y, además, es una técnica costosa.

Por último, pero no menos importante, una de las técnicas más utilizadas en los últimos estudios es la electroencefalografía. Dicha técnica consiste en el registro y evaluación de los potenciales eléctricos generados por el cerebro.

Los datos se obtienen a través de electrodos situados sobre la superficie del cuero cabelludo. Pero los registros pueden tener signos muy complejos, difíciles de analizar y pueden variar mucho entre individuos , pues cada cerebro posee un gran número de interconexiones entre las neuronas y las estructuras del encéfalo no son uniformes.

Aunque como ventaja hay que señalar que se trata de un sistema barato, fácil de utilizar, no invasivo, que en experimentos controlados es capaz de dar buenos resultados.

¿Podremos controlar nuestras emociones?

El desarrollo tecnológico del electroencefalograma, combinado con el desarrollo del análisis de datos, permite subsanar cada vez más las deficiencias.

No obstante, el sistema ideal de registro de emociones sería una combinación de los anteriormente expuestos, de tal manera que todos ellos se complementan entre sí.

Estamos más cerca de descubrir dónde y cuándo nuestro celebro clasifica la emoción. Aunque el camino es aún largo para poder generalizar y obtener resultados universales.

Las tecnologías siguen avanzando a pasos agigantados. No cabe duda de que llegará un día que, ante una decisión dudosa como la elección del color de nuestra vivienda, será nuestro cerebro quien nos dé la información. Podremos elegir aquel que nos provoquen más emociones positivas aun no siendo nosotros conscientes de ello.

Imagen de portada: Gentileza de The Conversation

FUENTE RESPONSABLE: The Conversation. Por María Dolores Grima Murcia.Investigadora y Técnico de Innovación Anatómica, Universidad Miguel Hernández. Diciembre 2021

Sociedad y Cultura/Cerebro/Neurociencia/Emociones/Neurología/

Sentimientos

Los sentimientos verdaderos dejan huella en nuestro cuerpo.

Verdad

La termografía es una técnica basada en la detección de la temperatura de los cuerpos que se aplica en multitud de áreas, como la industria, la estructura de edificios o la medicina. Ahora unos científicos de la Universidad de Granada la han utilizado en el ámbito de la psicología, en concreto para demostrar que mediante la termografía, así como con la imagen cerebral, se pueden evidenciar ciertos comportamientos o estados de ánimo humanos.

Si lo que afirman es cierto, en la imagen cerebral se aprecia la activación de la ínsula, una estructura de la corteza cerebral.

El estudio ha observado la reacción de las personas cuando tienen que responder a preguntas relacionadas no con hechos sino con sentimientos o cualidades (las cualidades subjetivas de las experiencias individuales). 

«Si el sentimiento que afirman tener es cierto, en la imagen cerebral se aprecia la activación de la ínsula, una estructura de la corteza cerebral situada entre el lóbulo parietal y el temporal que interviene en la detección y regulación de la temperatura corporal, y la termografía muestra un descenso en la temperatura de la nariz y de otras zonas corporales», dice Emilio Gómez Milán, coautor del estudio junto con Elvira Salazar López.

Para explicarlo de forma sencilla, los investigadores exponen unos ejemplos. Si un creyente «se encomienda a Dios», se le activa la ínsula y le baja la temperatura de la nariz; si lo hace un no creyente, no. Lo mismo sucedería con personas que afirman sinceramente sentir una alta empatía con otras, o con un experto en flamenco que siente la belleza de ese arte cuando ve a otras personas bailar. En caso de que mintieran, la falta de cualidad se traduciría en que la imagen cerebral no presentaría activación significativa de la ínsula, y la termografía no mostraría ningún cambio aparente.

Este estudio ayudará a probar fácilmente cuándo alguien realmente siente lo que dice y cuándo dice lo que no siente. Para estos «mentirosos emocionales», el lenguaje de la filosofía neurológica tienen un nombre que es la bomba: zombis filosóficos. ¡Cuidado con ellos! –NGM-E

Imagen de portada: Gentileza de Emilio Gómez Milán y Elvira Salazar López

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC.

Cuerpo humano/Cerebro/Neurociencia.

Así reacciona el cerebro ante las ofertas del Black Friday.

Los momentos de gran consumo, como la Navidad, las rebajas o las campañas de descuento como el Black Friday son un caldo de cultivo perfecto para las compras compulsivas. Nuestro cerebro no es una máquina infalible: en ocasiones tomamos decisiones rápidas e irreflexivas, influenciadas por emociones, ideas preconcebidas o percepciones subliminales.

La psicología y la neurociencia tratan de explicar estos comportamientos aparentemente irracionales.

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Todos hemos comprado alguna vez algo que no necesitamos, pero pocas veces nos paramos a pensar en qué nos ha movido a tomar esa decisión. 

Este tipo de comportamientos irracionales, a veces inexplicables, también son parte del funcionamiento del cerebro. Nos han ayudado a sobrevivir y a actuar rápidamente. Sin embargo, cuando el ansia de consumir se impone a la razón, podemos acabar pagando un precio demasiado elevado. 

Algo que suele ocurrir, precisamente, en días como el Black Friday.

Tomamos decisiones en todo momento. Algunas de ellas son triviales, mientras que otras son más trascendentales, pero en todas ellas opera una máquina de extraordinaria precisión: el cerebro. 

El ser humano es una criatura inteligente, y como tal, no se espera que actúe en su propia contra. Sin embargo, el cerebro también puede inducirnos a comportamientos irracionales. Por ejemplo, muchas veces buscamos el placer a corto plazo a expensas de consecuencias negativas en el largo plazo, o basamos nuestras decisiones en algo tan maleable como las emociones.

Neurociencia para entender el Black Friday

Las pruebas que nos aportan la psicología, la neurociencia y otras disciplinas que han profundizado sobre este tema nos dicen que la mayor parte de tiempo decidimos de manera rápida, automática, de manera instintiva, a veces inconscientemente, e influenciados por el contexto. 

Y precisamente las tiendas son especialistas en aprovechar estos momentos de impulsividad para conseguir aumentar sus ventas.

El cerebro tiene la tarea de reunir información del mundo que nos rodea y de nuestro cuerpo para dirigir nuestra conducta de la manera más apropiada posible, y esto lo puede hacer básicamente de dos maneras: con un análisis deliberado (de una forma lenta, reflexiva y considerando los diversos factores relevantes), o bien de una manera errática e irracional.

Y es ese sistema rápido el que puede llevarnos por el mal camino, por eso lo compensamos con un proceso más lento que nos permite evaluar si nuestra intuición está equivocada o nuestras emociones nos están nublando la vista a la hora de actuar.

“En los procesos de toma de decisiones tenemos la sensación de que nos decidimos por otra opción de forma voluntaria, pero en realidad a veces la decisión no es tan libre. -explica Diego Redolar, profesor de neurociencias de la Universidad Oberta de Catalunya y director de la unidad de neuromodulación y neuroimagen del Instituto BRAIN 360-. Hay factores que nos explican que nos decantemos por una u otra cosa. Son factores que están relacionados con el funcionamiento de distintas regiones del cerebro que están implicadas en distintos procesos cognitivos: el razonamiento, el proceso de información emocional, el refuerzo y el hábito”. Esas estructuras, explica el experto, han ido evolucionando a lo largo de los años, y de su funcionamiento depende nuestro comportamiento.

«A veces tenemos la sensación de que nos decidimos por otra opción de forma voluntaria, pero en realidad a veces la decisión no es tan libre». Diego Redolar, profesor de neurociencias de la UOC.

En primer lugar, el cerebro se apoya en las denominadas ‘etiquetas emocionales’, para seleccionar la información más importante para la toma de decisiones. Por ello, cuando nos encontramos de nuevo ante una situación o un estímulo determinado ya disponemos de información útil para decidirnos sobre algo en concreto. Ello es especialmente útil cuando realizamos acciones básicas y rutinarias, y nos permite ganar tiempo. El problema es que estos mismos atajos pueden llevarnos a tomar un camino erróneo debido a los sesgos.

Basados en nuestra experiencia, intuición, aprendizaje y emociones, integramos la información en un contexto que cambia constantemente y de manera automática. 

En este proceso intervienen varias regiones situadas en el lóbulo frontal, responsable, entre otras funciones, de nuestra personalidad.

La toma de decisiones es un proceso complejo que todavía se está estudiando.

La toma de decisiones es un proceso complejo que todavía se está estudiando.Foto: Istock

El curioso caso de Phineas Gage

Phineas Gage era un joven estadounidense que trabajaba como capataz de una compañía de ferrocarril. Era un empleado eficiente, capaz y muy equilibrado, y rara vez tomaba decisiones impulsivas. 

Pero en 1848 sufrió un aparatoso accidente como consecuencia del cual una barra de hierro atravesó su lóbulo frontal. Se convirtió en una persona impulsiva e irreverente. 

¿Qué le había ocurrido? Esencialmente, el deterioro del lóbulo frontal había cambiado completamente su personalidad. De hecho, su caso fue tan paradigmático que se convirtió en una de las pruebas científicas más importantes para la investigación de esta parte del cerebro y para el desarrollo de la neurociencia.

La importancia del contexto

Dentro del lóbulo frontal hay una zona determinante que nos permite tomar esas decisiones en un contexto cambiante: la corteza prefrontal ventromedial. 

Para entender cómo funciona, el neurocientífico Diego Redolar plantea un ejercicio práctico: imaginémonos que estamos en el cine y queremos comprar palomitas. Al acercarnos al mostrador, tenemos que decidirnos entre dos tamaños s: el individual, de 3€, y el familiar, de 7€. 

Cuando se traslada esta situación en una investigación, la mayoría de los sujetos de estudio, apunta el experto, opta por comprar el cubo de tamaño individual, argumentando que es suficiente para ellos. Pero imaginemos que se añade un tamaño intermedio, de 6,50€. En este caso, la mayoría de los participantes se declinan por comprar el cubo de tamaño familiar, arguyendo que solo vale 50 céntimos más caro que el de tamaño medio. 

El mismo sujeto cambia su decisión en función del contexto, aunque sus necesidades no han cambiado.

El responsable de este comportamiento es precisamente la corteza prefrontal ventromedial, que monitoriza el coste de oportunidad (en este caso, el dinero que estamos dispuestos a pagar), en función de un contexto determinado. 

Del mismo modo en que esta región nos permite sopesar la opción más ventajosa en un determinado contexto, será la que nos determinará si una oferta merece o no la pena. 

De alguna manera, esta zona del cerebro nos permite anticipar los problemas o beneficios que podemos tener ante una determinada circunstancia, con lo que resulta fundamental en nuestra reacción emocional en función del contexto normativo y ético del momento. 

Y sirve así, entre otras funciones, para contrarrestar la acción de la amígdala, el núcleo relacionado con la gestión de las emociones. En otras palabras, la corteza prefrontal ventromedial es la que nos impide, entre otras cosas, dar una bofetada a ese compañero de trabajo insoportable, o responder con violencia cuando un vehículo choca accidentalmente contra nuestro flamante último modelo recién salido del concesionario.

Acción y recompensa

Sin embargo, el proceso de decisión depende de múltiples factores, entre los cuales es determinante un aspecto fundamental: ¿qué obtengo a cambio? 

Uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la neurociencia ha sido el estudio de los circuitos de recompensa, esos mecanismos relacionados con la sensación de placer que involucran distintas regiones cerebrales que se comunican entre sí mediante neurotransmisores, entre ellos la dopamina. Esta señal es liberada por unas neuronas situadas en el área segmental ventral, que produce dopamina en una zona llamada núcleo accumbens.

La dopamina es un neurotransmisor que actúa como mensajero químico, y está involucrado en sensaciones como el placer o la motivación, aunque también es crucial en el proceso de aprendizaje. 

“Es una señal que nos dice que algo es importante para nosotros, y nos dice qué tenemos que hacer para conseguirlo”, explica Redolar. 

En realidad, nuestro cerebro desarrolló su sistema de recompensa basado en la dopamina con un fin: la propia supervivencia. Se trataba de fomentar comportamientos que nos ayuden a sobrevivir, como comer, procrear o interactuar con nuestros congéneres. 

Por este motivo, una ‘inyección’ de dopamina es pura adrenalina para nuestro cerebro. Es lo que nos sucede cuando obtenemos éxito, reconocimiento o probamos algo que nos gusta mucho. Pero una dependencia de esa dopamina puede desembocar en ansia, y de ahí a una adicción.

El sistema de recompensa nació a lo largo de la evolución con un fin: garantizar nuestra supervivencia.

Esta se produce porque el sistema de recompensa del cerebro tiene mecanismos para gestionar dos efectos muy distintos provocados por neurotransmisores: el ansia y el placer. 

El ansia es generada por la dopamina, mientras que el placer es estimulado por otros neurotransmisores. Cuando los circuitos del ansia saturan los centros del placer, se produce la adicción, y la persona que lo padece se ve obligada a llevar a cabo un comportamiento determinado, a comprar un determinado producto o a consumir una determinada sustancia.

Por eso es necesario encontrar un freno a esa explosión de dopamina. 

Es ahí donde actúa otra región del cerebro: la corteza prefrontal dorsolateral. “Es la que te dice, por ejemplo, ese móvil que tanto quieres comprar es demasiado caro”, señala Redolar.

¿Por qué sucumbimos ante un descuento?

En ciertas fechas señaladas como Black Friday, Cyber Monday o las rebajas, adquirimos un producto soñado a un precio ‘de ganga’. 

O eso es lo que pensamos. A veces ese descuento no es tan ventajoso y se debe más a nuestra percepción subjetiva, que a una auténtica ganancia. ¿Por qué sucede?

A veces el descuento de una campaña publicitaria no es tan ventajoso como parece.

La psicología conductual plantea diversas explicaciones a este fenómeno. 

En primer lugar, cuando a un consumidor se le ofrece un descuento, en su mente confluyen dos fuerzas contrapuestas: la atracción que supone un menor sacrificio económico y el recelo ante la compra de un producto barato que nos podría salir caro. 

En segundo lugar, existen factores relacionados con el riesgo percibido de perder una oportunidad, así como la sensibilidad que cada consumidor tiene ante la bajada de precios. En este último ejemplo cabe mencionar el conflicto que en ocasiones se establece entre el descuento y el valor, cuando el consumidor atribuye la bajada del precio a una razón externa. 

Los psicólogos llaman a este fenómeno ‘teoría de la atribución’, que explica cómo los individuos perciben y encuentran una explicación concreta para determinados acontecimientos, como pueden ser unas rebajas. Los investigadores descubrieron que cuando los consumidores atribuyen un descuento a una ocasión especial (como puede ser una celebración), es más probable que acaben comprando.

Es por ello que una misma situación puede entenderse como un descuento sin sentido o como una oportunidad que no hay que dejar escapar en función de la percepción del cliente, su experiencia y qué regiones del cerebro se activan en ese proceso de compra: por un lado, las neuronas de la corteza prefrontal ventromedial monitorizan la cantidad de dinero que los consumidores están dispuestos a pagar. 

El núcleo accumbens nos empujará a comprar aquello que ansiamos, sin importar el coste, mientras que la corteza prefrontal dorsolateral nos instará a tomar una decisión más racional.

La acción combinada de todas estas regiones determinará qué decisión acabamos tomando ante una determinada oferta. 

Pero existen numerosos factores externos que pueden influenciarnos más de lo que creemos: estímulos visuales o cognitivos bien conocidos por los estrategas de las campañas de marketing.

Las etiquetas llamativas pueden influir en el proceso de decisión y compra.

Las etiquetas llamativas pueden influir en el proceso de decisión y compra.Foto: Istock

Una imagen vale más que mil palabras

Nos encontramos en los pasillos de un gran supermercado, y tenemos ante nuestros ojos un sinfín de productos de distintas marcas, colores y precios. 

¿Por cuál de ellos nos decantamos? La decisión final dependerá de un conjunto de factores, desde nuestra capacidad racional hasta nuestra reacción a estímulos externos. 

Y es que las imágenes, y en particular, los colores, tienen una gran eficacia a la hora de transmitir información que nos resulta fácil de identificar. Sin que seamos conscientes, los colores nos está transmitiendo información subliminal que puede influenciar, o incluso distorsionar, la manera en la que percibimos la realidad.

Los colores nos transmiten información subliminal que puede influenciar, incluso distorsionar, nuestra percepción de la realidad.

Esto sucede porque nuestros sentidos envían al cerebro millones de impulsos de información por segundo, pero no somos capaces de procesar una cantidad tan ingente de datos. 

Por este motivo, la evolución nos dotó de mecanismos que nos permitieran canalizar toda información de manera instantánea.Es sabido que los colores, por ejemplo, pueden afectar a nuestro estado de ánimo y moldear nuestra conducta, mientras que la exposición a la luz tiene un efecto determinado sobre nuestro comportamiento. 

Incluso se ha demostrado que la luz y el color afectan al estado de alerta, la frecuencia cardíaca y el estado de ánimo.

Emociones al servicio del mercado

Las tácticas de marketing dirigidas al consumo no son nuevas, pero el uso de las nuevas tecnologías y las redes sociales ha multiplicado de manera exponencial los mensajes y los impactos publicitarios.

Tal y como explica Recorder, para desembocar en la decisión de compra es necesario que se produzcan dos condicionantes: que el producto llame la atención del comprador y que active su circuito de recompensa, que le interese. 

La segunda condición es un refuerzo de la primera. Pero con las nuevas tecnologías existe un refuerzo suplementario. Imaginemos un anuncio de una red social, como Instagram, Twitter o Facebook, que nos muestra algo en lo que ya estamos interesados. “Son anuncios dirigidos a lo que ya le gusta al usuario, con lo que activan nuestro sustrato nervioso de refuerzo”.

La respuesta a los innumerables estímulos que recibimos a través de distintos medios, ya sean físicos o digitales, marcarán las estrategias de venta y determinarán qué productos o servicios tienen más probabilidades de éxito. 

Seremos nosotros los que determinemos si comprar o no. Aunque, visto lo visto, en última instancia parece que no somos tan libres como pensamos a la hora de tomar esa decisión.

Imagen de portada: Gentileza de Istock. Monitorización del cerebro

Un equipo científico monitorea la actividad cerebral. La decisión de compra es el resultado de la acción combinada de distintas regiones del cerebro.

FUENTE RESPONSABLE: NATIONAL GEOGRAPHIC. Por Sergi Alcalde. Noviembre 2021.

Neurociencia/Cerebro/Sociedad y Cultura.