En el espejo.

A su prematura muerte en el verano de 2015, Rafael Chirbes (nació en Valencia, en Tabernes de Valldigna, en 1949) dejó una copiosa e importante obra inédita, trabajos concluidos de un escritor muy dubitativo desde sus inicios o páginas de una escritura siempre en marcha y sometida a constantes revisiones. Quizás en el futuro conozcamos nuevos textos que se agreguen a los ya dados a conocer. Por el momento, se ha publicado, en el mismo 2015 de su fallecimiento, una valiosa novela, dura historia que enlaza una amarga relación homosexual y un despiadado conflicto de clase, París-Austerlitz. Y un lustro después comenzó a ver la luz en forma de libro una caudalosa escritura dietarística de la que ya había hecho algún adelanto suelto en prensa.

Una primera entrega de los Diarios apareció hace un año y recoge el contenido de diversos cuadernos o agendas que abarcan desde 1984, antes de que Chirbes tuviera obra narrativa publicada, y hasta 2005. Era grande la calidad de esta prosa memorialística —pues algo tiene también el tomo de memorias y de autobiografía— y muy notable su interés. Pero, habiéndose anunciado una segunda entrega, preferí dejar este comentario hasta disponer del ciclópeo conjunto. La entrega pendiente acaba de aparecer bajo el subtítulo común a ambos volúmenes, A ratos perdidos, y contiene los varios cuadernos correspondientes a 2005 y 2006.

La progresiva importancia que Chirbes dio a esta dedicación la muestra que ocupan un número parecido de páginas los cuatro lustros del primer volumen que los dos años del segundo, si bien hay que relativizar esta apreciación porque los propios diarios informan de los cambios y supresiones que el dietarista hizo en las agendas manuscritas al pasarlas al ordenador. Por otra parte, el largo tiempo de escritura deja su huella. En el tomo uno abunda una cierta agresividad y furor, mientras que en el segundo, sin abandonar las opiniones contundentes, predomina la reflexión, se explaya en el sentimiento de decadencia acrecentado por la vejez (aunque no llegue a los sesenta años en los últimos apuntes) y en el de fracaso por la ruina de sus convicciones políticas. Eso sí, desde un comienzo el autor se mantiene firme en priorizar el mundo interior en detrimento de las observaciones de lo de fuera (“están excluidas mis relaciones con el exterior, adónde voy, con quién y de qué hablo; las noticias de las que me entero. Nada de eso tiene su sitio aquí”). El propio Chirbes explica, recurriendo a una fórmula que había divulgado su querida Martín Gaite que los Diarios cumplen “el papel de interlocutor, o al menos de espejo”.

Esa mirada ceñida a la privacidad mental no implica, sin embargo, un limitador solipsismo. Los diarios prestan atención a un número bastante amplio de asuntos, desde lo más secreto del sentir hasta lo colectivo. Al terreno de lo íntimo pertenecen la dicha lacerante vivencia de la vejez, que constituye quizás la gran veta del tomo segundo con confesión de arranques suicidas, las pulsiones eróticas, el alcoholismo —en una tarde de copas con un amigo, computa “quince o veinte: vermuts (3), vinos (3 o 4), cazallas (4 o 5), gin-tonics (5 o 6)”— o la salud (pormenorizado y algo hipocondríaco repertorio de dolencias: vértigos, insomnio, problemas de visión, fuertes dolores varios…). En todo ello se expresa con desnuda y auténtica sinceridad. Sin rodeos habla de una homosexualidad dolorosa y frustrante a veces; otras, como una celebración de los placeres del cuerpo. Sus dolencias dejan ver un ser torturado, que alcanza la dimensión de alguien tremendamente desvalido y atemorizado cuando se añade el sentimiento de senectud, impactante por lo precoz. En cualquier caso, esta clase de sentimientos nos llegan como confesiones verdaderas, no como artificio retórico.

A medio camino de lo privado y lo exterior están las observaciones referidas a su trabajo profesional. Fue Chirbes redactor de la prestigiosa y selecta revista “del vino y la gastronomía” Sobremesa, y en ella hacía ante todo reportajes viajeros, de modo que en los diarios ocupan un espacio destacado sus impresiones de ciudades, de París, un punto de referencia inexcusable en su biografía, de otros lugares como Berlín, Roma, Nueva York, Estambul, Nápoles, Budapest, Múnich, la Bretaña francesa, la Toscana… Su mirada, limpia de costumbrismo, es penetrante y nada convencional, y no duda en expresar su disgusto y malestar ante sitios que solo le producen impresión de caos y fealdad como Aviñón, invadida por la turbamulta turística que acude a su famoso festival de teatro.

Esa mirada inquisitiva tiene en ocasiones una gran densidad, lo cual sucede en la consideración de la comida con alcance cultural. Denuncia con rotundidad la decadencia gastronómica francesa, el olvido de la vieja y sabrosa cocina popular, la pérdida de una relevante tradición y su reemplazo por sucedáneos, prisas y falta de amor. El contrapeso está en el encandilamiento con la huerta valenciana y sus productos, al alcance de su mano en Beniarbeig, en la Marina Alta, donde se instaló desde el año 2000. Los entusiasmos paisajistas que le despierta este pequeño pueblo alicantino los enturbia, sin embargo, la depredación y especulación urbanísticas de las que habla indignado con frecuencia y que suponen la base anecdótica de la novela que le proporcionó notoriedad pública, Crematorio.

También una vertiente hacia el exterior implican otros aspectos relacionados con su trabajo de escritor. Por una parte tenemos los comentarios acerca de la sociedad literaria, no muchos, porque nunca participó a fondo en ella, pero sí muy incisivos. Deja apuntes destructivos. Sobre el oportunismo de algún crítico (Ignacio Echevarría) y sobre la falsedad de algún editor (demoledora la denuncia del progresista Constantino Bértolo, que desatiende con displicencia reclamaciones sobre derechos de autor no pagados). Por otra parte, hallamos innumerables comentarios de lecturas, clásicas y actuales, cuajados de juicios penetrantes. La auténtica exégesis de La Celestina tiene vuelo especulativo y académico. Más sintéticos otros pareceres, nunca se priva de valoraciones libres y contundentes, incluso de gentes cercanas a él como Belén Gopegui, considerada con frecuencia como una heredera de su escritura. No más condescendiente se muestra con Goytisolo o Colinas. Y escrupuloso con Muñoz Molina o Marsé. Sus disidencias las contrapesa con firmes adhesiones, a Miguel Sánchez-Ostiz, por ejemplo, en quien ve un escritor de su familia, por así decirlo.

Sobre estos aspectos prevalecen en interés las consideraciones acerca la literatura, en general y de la suya en particular. Una idea bien clara y firme de la utilidad del arte determina la poética chirbesana. Está frente, y con hostilidad franca, al formalismo y al culturalismo endogámico. Arremete con vehemencia contra la brillantez, denuncia los “bestiarios literarios”, deplora la herencia de Borges, maldice la “hiperliteraturización de la vida” de cierta literatura. Y les pone nombres, para renegar de ellos, a quienes caer en estos hábitos: Vila-Matas, Bolaño, Piglia…

No se trata de rechazos gratuitos y caprichosos. Son del todo coherentes con la poética de Chirbes. La literatura, dice, sirve para dotar de sentido a una época y para vivir un tiempo ido; para “capturar el aire de nuestro tiempo”; para reflexionar. La literatura es conocimiento y no mito. Y sus libros “persiguen dar voz a los excluidos de la narración de la historia”. Por eso prefiere, frente a esos ejercicios culturalistas, “el historicismo o el sociologismo”. Pero no apuesta por alcanzar esa desiderata de forma simplista, pues reclama la exigencia formal. La mejor prueba de que predica con el ejemplo se halla en el demorado comentario de los retos afrontados en las novelas suyas publicadas, y de las incertidumbres técnicas y estilísticas que siempre le han agobiado.

Estas dudas ocupan buena parte del segundo volumen, referidas a la novela que por aquel tiempo se traía entre manos, Crematorio, aunque no la menciona con este título. Con extremo detallismo nos permite viajar al taller del escritor, conocer su angustia e impotencia y saber un estado de ánimo depresivo, al borde mismo de tirar la toalla y renunciar no solo a culminar el libro sino a seguir escribiendo. No se trata, sin embargo, de ninguna jeremiada sino de una emocionante confesión de inutilidad. El fracaso creativo, que, como sabemos, no lo fue, y, por ende, vital, alcanza cotas máximas de doloroso sentimiento.

El otro gran aspecto de los diarios concierne a la postura de Chirbes en la sociedad y a la valoración de la historia reciente de España. No hará falta señalar, por sabida, la postura del escritor valenciano respecto de la Transición. Él, militante comunista, vio frustradas sus expectativas ideológicas en aquel pacto que permitió una salida a la dictadura. Fue, en su sentir, un fracaso generacional absoluto, una derrota sin paliativos. Lo resumió en una entrevista con una evaluación demoledora: a «los que lucharon contra Franco no hay que buscarlos en altos cargos en la democracia, sino desgraciadamente en Alcohólicos Anónimos». Lo mismo leemos en los diarios: cuando encuentra a gente de su promoción solo halla “caricaturas” de lo que fueron.

Algunas de sus novelas asumieron mostrar esa verdad en forma de alegoría, pero en los diarios no recurre a procedimientos metafóricos. Aquí expresa con contundencia y enfado la denuncia de la socialdemocracia triunfante desde el triunfo del PSOE en 1982. Los socialistas, viene a decir, han estafado a la sociedad española. Labor que no han desarrollado solo ellos, sino gracias a variados apoyos que, además, han dado una visión falseada de la historia. La libertad e independencia con que Chirbes enjuicia la política se refleja en una denuncia reiterada: El PSOE “enreda” a todos los partidos contra el PP y plantea “con la excusa de luchar contra la reacción, y en nombre del progresismo, fórmulas que rozan el golpe de Estado”. Su independencia de criterio le lleva también a pronunciarse sin guardar la corrección política en asuntos muy sensibles. Abundan en las fallas de su tierra, desenmascara, los ninots con curas y monjas, pero no figuras con turbante.

Destaca en estos diarios la sinceridad con que Chirbes se manifiesta. La cual se vuelca en un amplio abanico de interesantes asuntos. De especial valor serán para los aficionados a sus libros las explicaciones que da acerca de ellos. Los interesados por los mecanismos de la escritura y sus exigencias encontrarán testimonios valiosos de esa rara afición a ser escritor. Para quienes gustan conocer el espectáculo del alma, resultará apasionante esta indagación a calzón quitado en aspiraciones y derrotas de un ser humano atribulado. Y, en fin, un historiador dispone de un documento privado de primera importancia para, más allá del relato oficial, restablecer en su integridad los complejos tiempos que nos han tocado vivir. Los Diarios de Chirbes constituyen una de las piezas más notables de la llamada literatura del yo que hayan dado las letras españolas en cualquier tiempo.

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Autor: Rafael Chirbes, Títulos: Diarios, tomo 1, A ratos perdidos 1 y 2 (2021) / tomo 2, A ratos perdidos 3 y 4 (2022). Editorial: Anagrama. Prólogos: Marta Sanz y Fernando Valls.

Imagen: Cubierta de portada “Diarios” de Rafael Chirbes

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Compañía. Por Santos Sanz Villanueva. 8 de noviembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/No ficción/En memoria/Rafael Chirbes.

 

De un Pessoa en las ruinas del Imperio Romano.

Mucho antes de Borges, mucho antes de Schwob y de Calvino, mucho antes, incluso, del Beckford de las Vidas de pintores, existió un individuo misterioso y divertido, tal vez en el siglo IV, tal vez en el V, que se propuso escribir una serie de “biografías imperiales” de su propia invención, o tal vez no. Se ocultó bajo distintos heterónimos: fue Elio Esparciano, fue Julio Capitolino, fue Vulcacio Galicano y fue Elio Lampidrio, Trebelio Polión y Flavio Vopisco. 

Fue Pessoa mucho antes de Pessoa, una suerte de escritor esquizofrénico que se ramificaba en voces, en temperamentos, en alteraciones de estilo no siempre detectables, y que llegó a hacer creer al propio Gibbon que él era todos esos nombres y no un solo escribano disperso en una vasta erudición. Fingió escribir en el siglo III, citándose a sí mismo en el juego de las fuentes simuladas, a veces confundiéndose (¿seguro?) al atribuir a Lampridio lo que pertenecía a Capitolino, o viceversa. 

Pero si no fue los dos Elios, ni Julio ni Vulcacio, ni Flavio ni tampoco Trevelio, ¿quién fue, entonces, el autor de la Historia Augusta? ¿Fue un discípulo de Ausonio, un gramático de la Galia, el poeta y senador Naucelio, que murió convertido al cristianismo —extraño, cuando el autor atiza (no tanto como Celso) a los cristianos: pero todo es extraño en este libro—, fue Tascio Victoriano o fue Quinto Aurelio Memmio Símmaco, o toda la familia de Nicómacos, escribiendo y reescribiendo una novela familiar a lo largo de casi siglo y medio?

He dicho que este divertido autor desplegado inventó las biografías de los caballeros del imperio —no sólo emperadores, sino también aspirantes y personajes asociados— y prácticamente que todo en su obra augusta (la definición fue de Syllburg, fijada después por Casaubon) es pura fabulación; pero creo que, aunque no se trate de una afirmación completamente cierta, por lo menos sí es justa

Se sabe que nuestro auctor ignotus se valió de fuentes suficientemente serias para la composición de las vidas principales —las de Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio, Vero, Cómodo, Pértinax, Didio Juliano, Severo y Caracala—, de fuentes menos serias que invitaban a la refundición de elementos de las vidas principales o al juego con la ficción para las vidas secundarias (Elio, Avidio Casio, Pescenio Nigro, Clodio Albino y Geta), de fuentes griegas y narraciones puras para las vidas intermedias —Macrino, Diadumeniano, Heliogábalo, Alejandro Severo, los dos Maximinos, los tres Gordianos y Máximo y Balbino—, y finalmente fabulaciones sin fuentes para las últimas vidas: los dos Valerianos, los dos Galienos, los Treinta Tiranos, Claudio, Aureliano, Tácito, Probo, la Cuadriga de Tiranos y Caro, Carino y Numeriano. 

El material, sin embargo, como explica en su prólogo introductorio el autor de esta brillante edición (y también él brillante poeta) Javier Velaza, “es tan insuficiente que [al auctor ignotus] no le queda más remedio que completarlo con otro extraído de su propia imaginación: es así como comienza a inventar discursos que nunca se pronunciaron, remedos de cartas imposibles, senadoconsultos y aclamaciones imperiales ficticias; sobre el bastidor de unos pocos datos reales va insertando oráculos y augurios de acceso al poder o de muerte absolutamente increíbles; emplea como relleno citas de versos auténticos y perpetra otros de su propia factura que atribuye a poetas o traductores que nunca existieron; idea inscripciones honoríficas o funerarias, algunas también métricas, que nada tienen que ver con los formularios de los epígrafes reales, de los que se aleja sin pudor alguno; se entretiene en enumerar todo tipo de joyas, vestidos, manjares o monedas haciendo gala de un gusto por la rareza y por lo exótico que ultrapasa el de su propia época; en fin, puebla todo ese universo de ficción con una legión de personajes que van desde lo mínimamente verosímil hasta lo totalmente estrafalario”. 

Es imposible no pensar en Schwob cuando nos encontramos con pasajes de vidas absolutamente imaginarias como la de Odenato, que de niño cazaba “leones y leopardos, osos y demás animales salvajes, y vivió en los bosques y las montañas soportando el calor, la lluvia y todos los males que llevan en sí los placeres de la caza”, y que, asombrosamente, se casaría con una mujer aún más fuerte que él, o la del cruel Ingenuo, “que dejó muchas ciudades vacías de sexo masculino”, y que en una carta a Céler Veriano (una epístola ficticia a otro personaje inverosímil) escribía tan alegremente acerca de la sangre y la violencia como mil años después lo haría el propio Gilles de Rais:

No me darás satisfacción si sólo matas a soldados, a quienes también el azar podría matar en las guerras. Ha de morir todo el sexo masculino, e incluso los ancianos y los impúberes pueden ser asesinados sin reproche por nuestra parte. Ha de ser asesinado cualquiera que me quiso mal, ha de ser asesinado cualquiera que habló mal contra mí, contra mi hijo Valeriano, contra el padre y hermano de tantos emperadores. Ingenuo ha sido designado emperador. Hiere, asesina, mata, comprende mi estado de ánimo, encolerízate con la misma fuerza que yo, que he escrito esto con mi propia mano.

¿Biografías auténticas, biografías ficticias? Eso es lo de menos

A decir verdad, ¿cómo podemos saber si Suetonio no nos engañó, si no adulteró las fuentes o se sirvió de documentos ya corruptos, si Tiberio fue una invención como la vida de Apolonio de Tiana o si el Divino Octavio en realidad existió? 

La Historia augusta ha sido origen de conjeturas, de discusiones bizantinas, de hipótesis y de estudios que han acompañado a muchos investigadores a lo largo de una vida entera, es posible que incluso haya sido motivo de divorcios, muertes prematuras y zancadillas en los pasillos universitarios que llevaron a rivalidades de por vida. 

Al final, igual que de la rosa sólo nos queda el nombre, de la historia sólo perduran los relatos de lo que pudo haber sido, enjoyados de toda esa maravillosa y encandilada imaginación que siempre es preciso descubrir bajo los hechos reales. El auctor ignotus, qué duda cabe, existió. El auctor ignotus, imposible dudarlo, no existió salvo bajo la máscara de dos, de tres, de seis, de una genealogía dispersa entre dos siglos. 

Perduró hasta nuestros días con el disfraz de Beckford, de Borges, de Schwob y de Pessoa. En un tiempo en que su esfuerzo no iba a ser reconocido, se atrevió a escribir “una broma culta, dirigida tal vez a unos pocos”, que no era sino un juego “melancólico y desengañado” con la última certeza que nos depara el tiempo: la historia es sólo arena, nuestras vidas también, un polvo que se confunde con el polvo y que aguarda tan sólo a ese sesgo de la luz que habrá de iluminar lo que igualmente fuimos, sin llegar a saberlo, en los huecos de (sólo un hipotético) nosotros.

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VV.AA. Edición y traducción: Javier Velaza. Título: Historia Augusta. Editorial: Cátedra. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Cubierta de portada de “Historia Augusta”

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Lorenzo Luengo. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 1 de octubre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/No ficción/Javier Velaza

Grandes maricas de la historia

En Grandes maricas de la historia podrás conocer la vida omitida de algunas de las personalidades más importantes de la era pasada, desde Miguel Ángel y Leonardo hasta Isaac Newton y George Washington o Miguel de Cervantes.

¿Qué necesidad hay de hablar de homosexualidad? ¿Qué más dará? 

Pues da, y mucho, porque lo que eres te afecta en todo, no sólo en el aspecto personal, sino también en cómo te enfrentas a la sociedad de tu época, sobre todo cuando a esa sociedad no le gusta que no seas heterosexual y está dispuesta a meterte en la cárcel por ello, a quemarte en la hoguera, a condenarte a trabajos forzados y a un largo etcétera de brillantes maneras de destruir a una persona sólo por ser diferente.

Nunca es tarde para sacar del armario a un «gran marica de la Historia», uno de esos de los que la sociedad se avergonzaba de su condición, pero alababa su profesión.

Machos, heterosexuales, viriles… ¿Solo ese tipo de hombres han hecho historia? ¿Alguien puede creérselo? 

Más allá de la historiografía tradicional nos encontramos con grandes escritores, intelectuales o científicos homosexuales cuyos deseos han sido borrados. Es momento de sacarlos del armario.

Desde Alejandro Magno o Leonardo da Vinci hasta Isaac Newton o Miguel de Cervantes, este libro desvela, de una manera desenfadada y a través de una profunda investigación, los grandes personajes homosexuales que han cambiado —pese a los prejuicios y las dificultades de su época— la historia de la humanidad.

Álvaro J. Sanjuán estudió Literatura Inglesa, Historia y Lingüística en las universidades de Burgos y Oviedo y continuó sus estudios de Lenguas Aplicadas en la Dublin City University. Es el creador del exitoso podcast Grandes Maricas de la Historia.

Imagen: Portada de “Grandes maricas de la historia”

FUENTE RESPONSABLE: ZENDALIBROS.COM Editor: Arturo Pérez-Reverte. 11 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Historia/Literatura/No ficción.

 

El año de la Primera República

El Sexenio Revolucionario (1868-1874) es uno de los periodos más agitados de nuestro convulso siglo XIX. Desde el destronamiento de Isabel II en septiembre de 1868 hasta la restauración de la dinastía en la persona de Alfonso XII, en diciembre de 1874 se sucedieron con gran frecuencia los cambios de gobierno e incluso cambió el modelo de Estado: se proclamó la Primera República, tras la abdicación de Amadeo de Saboya —10 de febrero de 1873—, y su final se produjo a comienzos de enero de 1874.

En esos once meses la inestabilidad política fue la nota dominante. Se sucedieron en ese corto espacio de tiempo cuatro presidentes de gobierno: Figueras, Pi y Margall, Salmerón y Castelar. No tenían un mismo concepto de república y también diferían en la forma en que podía consolidarse. Los cuatro hubieron de enfrentarse a situaciones conflictivas, como fue la permanente amenaza de que se produjera un golpe de Estado. También a las dificultades que se derivaban de los enfrentamientos en el seno del propio republicanismo, que era visto con reticencia entre amplias capas de la población de la época.

Proclamación de la República en las Cortes. La Ilustración Española y Americana.

No obstante, el principal problema al que tuvieron que enfrentarse aquellos gobernantes fue un movimiento cantonal que durante los meses de aquel verano se extendió por diferentes zonas del levante y el sur peninsular. El movimiento cantonal derivó en una guerra que venía a sumarse a la que en Cuba había estallado en 1868 y a la tercera guerra carlista. Los carlistas, muy asentados en zonas del norte peninsular —Navarra, las Vascongadas y amplias comarcas del interior de Cataluña—, se habían echado por tercera vez al monte en 1872.

El epicentro del movimiento cantonal estuvo en Cartagena y creó serias dificultades al gobierno, al apoderarse los cantonalistas de los barcos de la flota, surta en aquel puerto, permitiéndole disponer de las mejores unidades con que contaba la armada. El gobierno declaró aquellos barcos como piratas, por lo que podían ser atacados y apresados por barcos de otras naciones, incluso dentro de las aguas jurisdiccionales españolas. Esa guerra, por lo que se refiere al cantón de Cartagena, se prolongará más allá de la propia existencia de la república.

En ese marco de tensiones he situado mi novela El año de la República en la que los lectores conocerán, de la mano de Fernando Besora, ahora director de La Iberia —en la novela Sangre en la calle del Turco era un meritorio que buscaba hacerse un sitio en el periódico—, los entresijos de unos meses apasionantes y llenos de incertidumbres. Asistirán a los debates que se vivieron en el Congreso de los Diputados, donde dejaron muestras de su brillante oratoria personalidades como don Nicolás Salmerón o don Emilio Castelar. Algunas de sus intervenciones nos harán pensar que ciento cincuenta años después —en 2023 se cumplen 150 años de la proclamación de la Primera Republica— de pronunciados esos discursos, tienen vigencia en la sociedad actual. También comprobarán como algunos discursos, según quedaron recogidos en el Diario de Sesiones, hoy nos parecen piezas de alto valor literario.

Parte de El año de la República discurre en una tertulia —eran frecuentes en los cafés del Madrid de entonces— que hemos situado en el café Suizo, a la que son asiduos personalidades del mundo de la cultura y de la política como Pérez Galdós, que publicó aquel año nada menos que los cuatro primeros Episodios nacionales, don Juan Valera, que estaba escribiendo su Pepita Jiménez, que publicaría al año siguiente, o José Zorrilla, cuyo Don Juan Tenorio era ya de obligada representación en torno al día de los Difuntos. También aparecen por allí Cánovas del Castillo, a quien Isabel II, desterrada en París, había encomendado restaurar a los Borbones, o Miguel Morayta, catedrático de historia en la Universidad Central y uno de los prohombres del republicanismo, ligado a los planteamientos de Castelar.

Emilio Castelar, cuarto presidente de la Primera República.

El lector de El año de la República encontrará aspectos de la vida cotidiana de un tiempo en que el ferrocarril sustituía a las diligencias y los recién inaugurados tranvías en el Madrid de la época eran tirados por mulas, así como la preocupación por la subida de los precios del pan, del vino, de las velas de cebo o del aceite para alumbrarse. Conocerá la vida en los balnearios, puestos de moda entre las clases de mayor poder económico, los duelos o las corridas de toros, una de las grandes pasiones de la época donde rivalizaban Lagartijo y Frascuelo y cuyos partidarios discutían con la misma pasión con que hoy lo hacen los seguidores de determinados equipos de fútbol. Los bailes de sociedad, el juego en los casinos y cómo se dirimían los asuntos de honor con duelos, legalmente prohibidos, pero socialmente admitidos. También las celebraciones religiosas de entonces y las protestas callejeras de contenido político o social.

En El Año de la República hemos querido rendir tributo al libro y al deseo por poseer ejemplares raros, curiosos o únicos. La Biblioteca Nacional se encontraba entonces en el que fuera palacio del marqués de Alcañices, un lugar inapropiado para contener el creciente número de obras que albergaba. La desaparición de unos valiosos ejemplares llevará a una serie de situaciones comprometidas, asesinatos incluidos, que revelarán algunos de los aspectos más recónditos de ese mundo apasionante.

La historia y la ficción se entrelazan en una novela que permite conocer los entresijos de aquella república, proclamada por un puñado de hombres que tenían un concepto de ella muy diferente a la de unas masas de campesinos iletrados, cuyas condiciones de vida eran miserables. A ellos empezaba a sumarse un creciente proletariado cuyas condiciones de vida y trabajo eran penosas. Algunos desaprensivos presentaron la república como un edén que tomaría cuerpo con su simple proclamación. Esa circunstancia hizo que la impaciencia y las demandas sociales marcasen aquellos meses de agitación e inestabilidad a los que puso fin el general Pavía en la madrugada del 3 de enero de 1873, donde tropas a sus órdenes irrumpieron en el Congreso de los Diputados. Una leyenda señala que el general golpista entró a caballo.

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Autor: José Calvo Poyato. Título: El año de La República. Editorial: Harper Collins. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Portada de “El año de la Primera República”

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 11 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Narrativa histórica/No ficción/José Calvo Poyato