‘Hititas’, la historia de los guerreros de Anatolia.

La guerra, sin duda, ha servido para consolidar el poder entre los hombres a lo largo de la historia. Y, como tal hecho principal, ha contribuido a forjar la historia y su narración a lo largo del tiempo

En lo que hace relación a la cultura Hitita, su significación ha sido alta como pueblo y civilización, situando su influencia hacia el segundo milenio a.C. en adelante, y su área de influencia el medio  Oriente en sentido genérico. A tenor de lo que leemos en el libro (muy preciso en sus fuentes y narrado con rigor y amenidad) su territorio de influencia podríamos resumirlo así: “Un terreno enmarcado dentro de la cuenca del Marassantiya al que hemos llamado patria hitita; ahí se encuentra la capital, Hattusa, y muchos de los centros religiosos y administrativos más importantes (…) Cierta cantidad de estados vasallos repartidos por muchas partes de Anatolia y el norte de Siria (…) A partir de la 2ª mitad del siglo XIV a.C. conocemos dos virreinatos, uno en Carquemis y otro en Alepo (ciudad donde las referencias a este pueblo continúan siempre visibles en el nomenclátor) A mediados del s. XIII a.C. se estableció un tercer virreinato en el sudeste de Anatolia”

Considerando no solamente su gran área de influencia geográfica sobre el terreno, sino la durabilidad de su poder, parece procedente lo que nos resalta el autor, este prestigioso profesor australiano, que ha estado vinculado a la Universidad de Queensland: “Uno de los rasgos más notables del Reino hitita fue que, a lo largo de sus 500 años de existencia, una sola dinastía real fundada a principios del siglo XVII a.C. ejerció el poder supremo de un modo casi ininterrumpido (…) La circunstancia que hace de la longevidad dinástica un hecho notable es que procede de un grupo étnico minoritario en el reino, hablantes de una lengua indoeuropea llamada nesita”

En sentido estricto hemos conocido que la persona del rey era sagrada. Ejercía el poder por derecho divino, pues era el representante de los dioses en la tierra (veamos que esta idea no se aleja mucho de la percepción religiosa de la figura del rey en la España Moderna e Imperial) e intermediario entre ellos y sus adoradores humanos. “El rey ideal debía ser un gran guerrero y demostrar con regularidad sus habilidades en el campo de batalla (lugar donde la crueldad podría adquirir tintes alarmantes como actitud)” La otra gran responsabilidad del soberano consistía en inspeccionar la administración de justicia en su territorio.

Habiendo dos clases bien distinguidas, la clase alta y la plebe, los intereses de ésta estaban cuidadosamente regulados, “pues las leyes se preocupan sobre todo por las actividades y disputas entre la plebe del mundo hitita” De hecho, la colección de leyes hititas es uno de los documentos sociales más valiosos referentes a este período, sobre todo por la luz que derraman sobre la vida y la sociedad en su nivel más modesto, sobre las actividades cotidianas de las gentes que poblaban  el imperio. Cabe  hacer notar que “el incesto se tenía como una práctica especialmente aberrante” En otros casos, la relación sexual era más laxa: “si un hombre tiene una esposa, y él muere, su hermano será el primero para tomarla como esposa; entonces, si el hermano muere, su padre la tomará…” Estaban prohibidos la poligamia y el concubinato, si bien “el rey podía tener varias, o muchas, concubinas aparte de una esposa principal”

Podemos conocer también, gracias a la minuciosa información que el profesor Bryce aporta en su dilatado estudio, que Hattsusili llegaría a ser el gran rey de Hatti, y no a través del proceso habitual de sucesión, sino tomando por la fuerza el trono (Pequeñas flaquezas humanas, diría el irónico) Un rasgo distintivo curioso, y a señalar por lo distintivo en este pueblo, es la posición ocupada por la primera dama. La función principal de la tawananna era oficiar como suma sacerdotisa del reino de Hatti. Eso ya de por sí le otorgaba un poder y una autoridad considerable, pues hablamos de un Estado donde la autoridad secular y la eclesiástica estaban íntimamente entrelazadas.

Mantenida su área de influencia de una manera desigual según las circunstancias, y a sabiendas de que todo protagonismo humano es pasajero, avanzado ya el segundo milenio que fijó su mayor poderío, aparecen en la historia los llamados ‘pueblos del mar’, que habían de debilitar y sustituir el poder dominante: “a principios del siglo XII (donde se data el próximo final del poder hitita) grandes grupos humanos llegaron del mar y barrieron buena parte de Próximo Oriente, desde Anatolia a Chipre y grandes extensiones de Siria y Palestina, dejando a su paso un rastro de destrucción”

Nuevas gentes, pues, nuevas culturas –una vez más- sustituirán a las precedentes para conformarse como nuevos protagonistas de la historia. “Tempus fugit”

Decir, en fin, que, a día de hoy, quien vaya de viaje por la Capadocia, podrá conocer la figura triste, ‘yacente’ en el tiempo pero erguida, del conocido como ‘el castillo de ORTAHISAR’, una auténtica montaña horadada de antiguas viviendas que ha resistido con dificultad el paso (el peso) del tiempo. Allí, en un paisaje lento, hermoso, subyugante, pacen todavía, libres, algunos ejemplares de los afamados caballos hititas, tan cantados en las viejas batallas.

La herencia dejada por este civilización fue notoria y prolongada en el tiempo tanto en el terreno del arte como en el de la escritura. ¿Su lengua tuvo relación con algunas inscripciones de carácter jeroglífico? Sí, desde luego, con la escritura cuneiforme que conocemos en la tablillas. Hoy, al referirnos a dicha cultura, hemos de aludir a vestigios gloriosos, a sabiendas de que las capas de la cultura de un pueblo –sobre todo guerrero- son el precedente de aquellas que las hayan de sustituir y tapar.

El libro, ya queda dicho, es rico en documentación minuciosa y está narrado con verosimilitud y eficacia.

Imagen: Cubierta de portada de “Hititas” Historia de los guerreros de la Anatolia.

FUENTE RESPONSABLE: Culturamas. Por Ricardo Martínez. 25 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Reseña.

Enrique Vila-Matas: «Me gusta hablar de literatura como se charla de fútbol»

Dos mujeres clave en la vida de Enrique Vila-Matas marcan ‘Montevideo’, una novela con claves para que los jóvenes consigan «una habitación propia».

Habla bajito Enrique Vila-Matas, casi en susurros. Lo que contribuye notablemente a una cierta imagen de fragilidad, alimentada por su convalecencia tras un trasplante de riñón. Circunstancia que lo mantuvo lejos de la escritura, algo inverosímil en su caso. «Algunos creyeron que me había muerto», dice con una sonrisa divertida. Pero no. Vive y viaja en la gira de presentación de su nueva novela, Montevideo, en la que uno de sus característicos narradores-avatares descubre en una habitación mágica, heredera de la de Virginia Wolf, otra forma de viajar por ciudades hechas de literatura y vida.

Conjunción marca de la casa, la de vida y literatura, que adquiere en esta ocasión una especial densidad emotiva desde antes, incluso, de que arranque la narración. Montevideo está dedicado, como todos los libros de Vila-Matas, a su esposa, Paula Massot, profesora de Literatura (no podía ser de otra forma), transmutada en Paula de Parma para tales efectos. Pero, esta vez, la frase escogida debía soportar un agradecimiento más vital que nunca: ella es la donante del riñón que le permite a su marido seguir escribiendo, entre otras cosas. «Desde la primera entrevista decidimos hacerlo público, para evitar confusiones con la crisis renal que tuve en 2006 y para ayudar a la campaña publicitaria de Clinic de Barcelona que intenta normalizar la relación de la gente con algo todavía bastante de ciencia ficción», dice Vila-Matas.

«Tiembla mi alma enamorada». La dedicatoria es una adaptación de un verso de Dante a su amada Beatrice. «Consensuada: si le ponía una frivolidad después de darme un riñón, se iba a enfadar». El autor confirma que tiene que ver con su trasplante, quizás la operación quirúrgica más poética del subtexto sanitario, pero no quiere dar más detalles: «La gente que me conoce sabe que tiene ese sentido y se emociona».

Aunque su dolencia no aparece explícitamente en la novela, Vila-Matas reconoce que se sintió identificado con una de las últimas escenas, en la que el narrador, obsesionado con lograr una «biografía del estilo» y otras circunstancias literarias, ve a través de una puerta entornada a uno de los heridos en el atentado de la sala Bataclan de París, que «trabajaba para vivir». «Había visto el vídeo de cómo se levantaba de su cama de hospital, y me recordó a cómo yo me elevé de la mía tras 15 días en los que necesité ayuda para moverme. Pero ese ‘elevarse’ aparece en cursiva en el texto porque el verbo trasciende hasta la epifanía».

Enrique Vila-Matas | Antonio Navarro Wijkmark (Seix Barral)

No vamos a destripar aquí la última frase de la novela, absolutamente genial. Baste decir que la madre del narrador le descifra el «gran misterio del universo»… para que se calle de una vez. La novela adquiere una circularidad telúrica con dos mujeres que dan vida y revelan su misterio. Sobre las raíces autobiográficas de la anécdota final, Vila-Matas ni confirma ni desmiente: «Podría serlo, sí», susurra, «porque sucede en el centro del Paseo de San Juan de Barcelona…».

La fuerza de este final tiene que ver con la forma tan espontánea, tan poco ‘literaria’ y tan… de madre con la que se despliega. «De pequeño yo preguntaba mucho. De ahí ese ‘Te lo digo por última vez…’». Tras 300 páginas repletas de citas y disquisiciones literarias, metaliterarias y más que literarias, la paradoja (herramienta preferida del autor) no puede ser más significativa. Y «sí, está pensado así, quería ponerle emoción y que se leyera de esa forma».

Porque ojo, Vila-Matas, autor de culto por antonomasia, no se pone estupendo al hablar de literatura. Al contrario: «La literatura es maravillosa, pero hay que perderle el respeto. Yo lo hago precisamente por lo que la quiero: creo que hay que tratarla de todas las maneras, incluso negándola. Cuanto más la niegas, mejor para ella, porque pierde esta respetabilidad, esa pomposidad… Siempre he querido hablar de literatura con otros escritores como si charlamos de fútbol. 

Antes en las librerías reinaba un silencio enorme, y la gente no compraba libros porque no se atrevía a entrar en semejantes templos. Eso ha cambiado, por suerte. Montevideo la concebí como una novela que pudiera llegar a todo el mundo. No será así, supongo, pero sí alcanzará más proximidad con los lectores que no han entrado antes en lo que hago. Está escrita de forma muy libre, sin ataduras, en esa vertiente desatada de la literatura que se decía del Quijote».

Esa cercanía de un libro tan cargado de referencias al mundillo literario debe mucho al legendario sentido del humor del autor, cuyas raíces este descubrió más profundas de lo que creía. Niño tímido y frágil, en una reunión, ya en la madurez, con sus antiguos compañeros de clase, estos se congratularon de que conservara una ironía de la que él no era consciente: «Me recordaron un caso de bullying en el patio. Un pedazo de idiota me tenía agarrado en el suelo y, por lo visto, le dije desde allí abajo: ‘Si me sueltas, yo luego no te haré nada’. Ahora que lo pienso, tiene un aire como de humor inglés». ¿Funcionó? «Bueno, supongo que lo desconcertaría», se ríe. 

Esa naturalidad se respira en toda la peripecia del protagonista y narrador de Montevideo, atrapado en lo que el autor denomina la «ambigüedad» del mundo, acelerada en los últimos tiempos. «Antes sabíamos qué era Francia, qué era Inglaterra… Después todo se ha ido complicando. Recuerdo que mi padre, ya con 90 años, decía: ‘Hay demasiada gente’. No es que quisiera eliminar a nadie, sino que ponía la televisión y veía a tanta gente hablando al mismo tiempo…».

El narrador de la novela se salva creando «circuitos mentales» que restauran la conexión perdida. Lo consigue viajando a Montevideo para alojarse en la misma habitación de hotel de un relato de Julio Cortázar sobre una misteriosa puerta condenada, bibliofilia que desencadena una surrealista peripecia por diferentes ciudades y libros que terminan revelándole unas «habitaciones contiguas conectadas que permiten a cada una de las ciudades continuar la anterior» e, incluso, en el momento culminante, «que todas se solapen en el mismo punto de vista» de una escena magistral, de magnífica densidad formal.

¿La literatura como salvación? «Sería fantástico que los jóvenes descubrieran que con la literatura pueden crear un mundo paralelo, propio, con el que desarrollar una personalidad concreta a través de lo que van escribiendo. Porque el joven quiere independizarse, y esta es una forma muy inteligente de hacerlo. Poco a poco, eso sí, porque no se crea de un día para otro, pero termina proporcionando pertenencia, por ejemplo, cuando hoy tanta gente que sufre por no pertenecer a nada acaba perteneciendo a cualquier tontería».

Pero cuando el riesgo culteranista más acecha, aparece la naturalidad de un Vila-Matas consciente de las limitaciones de las torres de marfil. «Antes hay que conseguir que la gente tenga acceso a una habitación propia literalmente. 

Recuerdo que en México me llevaron a visitar un colegio de un poblado indígena casi analfabeto. Empecé a hablarles a los alumnos de esto de la habitación propia hasta que una niña intervino para preguntarme qué había que hacer para conseguirla… y me di cuenta de que probablemente viviera en una casa muy pequeña con una familia muy numerosa. Virginia Woolf no tenía ese problema».

Una actitud parecida desarrolla el protagonista de su novela, que intenta escribir «una biografía del estilo», pero «descubre que no puede abarcar tanto y se dedica a narrar lo que le ha pasado en los tres años de silencio, sin darse cuenta de que con ello logra contar la historia de una transformación de su estilo y elevarse». Entonces llega la madre que, como tal, le revela el sentido del universo. Nada menos.

Imagen de portada: Enrique Vila-Matas. | Antonio Navarro Wijkmark (Seix Barra.

FUENTE RESPONSABLE: The Objective. Por Ángel Peña. 13 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela.

 

 

 

«El mundo es ancho y ajeno», de Ciro Alegría, la obra maestra de la novela indigenista.

«El mundo es ancho y ajeno«, desde que obtuviese el primer premio de novela hispana de la editorial estadounidense Farrar & Rinehart, en 1941, está considerada no solo como la obra maestra de Ciro Alegría, sino como una de las cumbres de la narrativa hispana. Ha sido editada más de ochenta veces y traducida a las lenguas más importantes del mundo.

El relato trata de la expulsión de los rumi de sus tierras por el hacendado Álvaro Amenábar, quien los despide con «váyanse a otra parte, el mundo es ancho». Los indios buscarán un nuevo lugar donde establecerse, pero ese mundo, por ancho que sea, les resultará siempre ajeno; en tanto, se van dispersando hasta el regreso de Benito Castro, un hijo de su alcalde, que logrará reagruparlos y emprender una lucha comunal, agónica a la vez que entusiasta.

Ciro Alegría nació en la hacienda familiar de Quilca, en 1908. Estudio en el Colegio Nacional San Juan de Trujillo, donde tuvo como profesor a César Vallejo, y allí, en 1927, dirigió el periódico escolar, que marcará su camino tanto como su temprana adscripción al APRA, en 1931. Entre tanto, colaboró con los diarios El Norte y, luego, La Industria, ambos trujillanos. 

En 1930, fue expulsado de la universidad por la revuelta estudiantil, y en 1931, encarcelado por su participación en la insurrección aprista. Hasta 1933, su vida transcurrió como prófugo y como preso, cuando fue liberado de la cárcel de Lima por un error administrativo. Ingresó en el diario La Tribuna, pero en breve participó en otro complot contra el gobierno, lo que ocasionó su exilio a Chile, donde se convertirá en el gran narrador que fue.

En 1935 su novela La serpiente de oro ganó el concurso de la editorial Nascimento, y en 1939 le concedió la editorial Zig-Zag, también chilena, a Los perros hambrientos, un segundo premio de su concurso de novela. Dos años después, con su gran relato, El mundo es ancho y ajeno ganó el primer premio del concurso continental de la editorial estadounidense Farrar & Rinehart. Tras este reconocimiento, se estableció en EE.UU y, luego, en Cuba y Puerto Rico. Se dedicó al periodismo, a la traducción y a la enseñanza universitaria. 

En 1960 retornó al Perú y publicó su última obra en vida, los cuentos Duelo de caballeros.

Falleció en 1967, en Chosica, dejando la novela Siempre hay un camino (1969) y las inconclusas El dilema de Krause (1969) y Lázaro (1973), y varias colecciones de relatos, además de ensayos y artículos y hasta una suerte de memorias.

Imagen: Cubierta de la novela “El mundo es ancho y ajeno”

FUENTE RESPONSABLE: Todo Literatura. Por Blas Salmerón. 8 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Narrativa/Homenaje/Ciro Alegría.

 

«La lámpara de Psique» de Marcel Schwob en una edición argentina.

Escritor de escritores, entre ellos Borges en el ámbito local, Marcel Schwob combinó erudición y participación en la esfera pública a través del periodismo, y en su breve vida, trazó un puente inestable entre dos mundos: el antiguo y el moderno. La publicación de La lámpara de Psique (FCE) recupera varios de sus textos más importantes y vuelve a traer la nostalgia por el misterio, el encanto y la aventura que Schwob ya percibía perdidas en su tiempo.

Si el siglo XIX es la cuna de nuestro mundo contemporáneo, mejor, de las contradicciones que lo atraviesan, se hace imperioso buscar en él tradiciones que permitan discutir con el presente. Esto es, armar la historia en otra dirección, buscando la herencia del mundo que perdimos con el progreso, el misterio que antes anidaba en el corazón de la humanidad y que fue desapareciendo en pos de la confianza depositada en la máquina y en el lógico avance que ella supone. 

No nos debe extrañar que, en la segunda mitad del siglo de las revoluciones, de los cambios, de la transformación del mundo, también se podía encontrar el germen del escepticismo, de la desconfianza por los mitos y las historias, de la muerte de los antiguos dioses. 

Es interesante ver cómo, en el mismo momento, se da tanto el desarrollo final del espíritu científico, que liquida los sistemas míticos del pasado, como la aparición de pensadores, escritores, en líneas generales, que quieren volver a encantar el mundo, a llenarlo de nuevos dioses que le respondan al avance desprovisto de gracia de la razón. Marx, Nietzsche y hasta Freud fueron contemporáneos de Charles Baudelaire, de Robert Louis Stevenson y de Marcel Schwob (1867-1905), quien nació en el mismo mes de agosto que el autor de Las flores del mal, que murió apenas unos años después de haber realizado un viaje a Samoa en busca de la tumba del autor de La isla del tesoro, y que de alguna manera continuó por sus medios particulares la lucha por reencantar un “cosmos” que se había olvidado del misterio, recurriendo a los medios que el mismo desarrollo moderno le había provisto, como los estudios filológicos y la prensa: dos prácticas que sintetizaron su amor por las lenguas y relatos antiguos y su búsqueda por un público general que se perdiera fascinado en sus breves narraciones. 

La reedición de La lámpara de Psique, libro que reúne cuatro trabajos emblemáticos de Schwob (Mimos, La cruzada de los niños, La estrella de madera, El libro de Monelle), material aparecido el año pasado en México y distribuido este año en las librerías argentinas, permite volver a acercarse a un autor un tanto misterioso, a veces, olvidado, pero fundamental para entender el pasaje (como mínimo, literario) del mundo decimonónico a los albores del siglo de las guerras y los fascismos.

Schwob provenía de una familia judía acomodada del mundo francés, y su talento narrativo muestra la clara influencia de una alta cultura de la cual no deja nunca de participar, pese a ingresar rápidamente al mundo de la prensa escrita. 

En su formación, cobra especial importancia la figura de su tío León Cahun, de perfil humanista, conservador adjunto de la biblioteca Mazarine (la biblioteca pública más antigua de Francia) y, claro está, también él explorador, habiendo pasado tres años de su vida en Siria y siendo creador y responsable de una cátedra sobre Asia Menor en la Sorbona. 

Sera ese tío el que lo llevará a conocer con admiración el mundo de la Antigüedad, teñido, claro, del espíritu orientalista que primó en el territorio europeo durante gran parte de su historia. Schwob, ayudado por su tío, comienza a realizar traducciones del latín y el griego de Catulo, Apuleyo, Petronio, entre otros. A eso, hay que sumarle su pasaje por el liceo Louis-le-grand y, luego, sus estudios de alemán, de paleografía griega y hasta de sánscrito y filología, esto último teniendo como profesor al padre de la lingüística moderna, el propio Ferdinand de Saussure. 

Tan pegada estaba su vida al mundo académico como al de la prensa moderna: su padre era el director de periódicos como Le Phare de la Loire, y es allí donde, siendo niño, publica un artículo sobre la obra de Julio Verne Un capitán de quince años. Este ida y vuelta entra la erudición y el gusto por una escritura refinada pensada para un público general va a funcionar siempre como una tensión interna en sus propios textos, una que claramente se desplaza hacia la relación entre el mundo moderno y el antiguo, sin por eso necesariamente resolverse. 

De ahí podría entenderse cierta pertenencia a la misma lógica simbolista que tiene a Baudelaire como centro: tal como observó el crítico alemán Walter Benjamin, en varios de los sonetos de este poeta francés podía encontrarse el impacto subjetivo que produjo la aparición del desarrollo técnico y la conformación de la ciudad, tal como la entendemos ahora. 

Lo que ha producido ese tipo de cambio es evidente: el mundo deja de ser un espacio mágico, rodeado de las tinieblas de misterio o de lo incomprensible. ¿Cómo puede subsistir un mundo así cuando empieza a existir la iluminación nocturna, y la noche es transformada, literalmente, por las luces de la razón? Ese mundo en fuga, que Baudelaire celebra melancólicamente, ya está procesado por Schwob, quien por eso refuerza la necesidad de reencantarlo a través, no de sonetos malditos, sino de una escritura que recupere la fantasía y, al mismo tiempo, la sorpresa frente a lo desconocido. 

Justamente, su fascinación por Stevenson radicaba en la aparición de lo fantástico y, también, en el desarrollo de una prosa de aventuras, historias que llevaban a sus protagonistas a conocer nuevos paisajes. Geografías distintas a la europea que conservaban un misterio, algo por ser descubierto y contado. Lo nuevo, para Schwob, es interesante porque restituye un asombro perdido.

LA IMAGINACIÓN AL PODER

¿En qué consiste la búsqueda de lo mágico en Marcel Schwob? 

La clave habría que encontrarla en su idea de la forma literaria, poderosamente presente en la obra de 1895 El libro de Monelle. Allí, a través de una escritura cuidada que está a medio camino entre la prosa y la poesía, Schwob va construyendo una versión finisecular de la musa literaria, aquella que presta por un momento la inspiración suficiente para luego retirarse y dejar “desnudo” al escritor. 

Dostoievski y Thomas De Quincey fueron tocados por las musas, por sus musas, señala Monelle, pero ellas eligieron estar en la vida de estos escritores por un tiempo para luego retirarse. Señala Schwob: “Vienen del frío y la lluvia a besaros en la frente y a secar vuestros ojos y las tinieblas espantosas las recuperan. Pues quizá deban irse a otra parte”. El destello poético, que produce inspiración, tiene que ser la bandera del escritor, quien entiende que no hay nada más importante que el momento y la oportunidad para armar su obra.

Este rescate de lo fugaz va de la mano con una escritura que se desarrolla, en gran medida, a partir de los géneros breves. Ya sea en las publicaciones en Le Phare de la Loire o en L’Echo de Paris, o en sus propios libros (algunos, recolecciones de los trabajos breves publicados en estos medios), Schwob buscó la síntesis en su estilo, hasta el punto de que armó una lógica de construcción de personajes que tenían menos que ver con los densos acontecimientos del estilo realista y mucho más con la configuración de un destino que pudiera presentarse en muy pocas líneas. 

O sea, contrapuso el desarrollo de las idas y vueltas de los personajes con la construcción de existencias breves, marcadas por la fuerza de un acontecimiento puntual. Por eso, Vidas imaginarias (1896) habría de ser uno de los libros más visitados de este escritor casi de culto, uno en el cual se pudieran presentar pequeñas biografías de los más diversos personajes, algunos, propios de la realidad histórica, como Lucrecio, otros, a medio camino entre el mito y la realidad, como Pocahontas y, finalmente, algunos inventados. 

Pero, en definitiva, cada uno de estos nombres conviven en serie con los demás, sea ya su “destino” algo inventado por Schwob o recuperado de la historiografía, sea ya rico o pobre, importante o aparentemente intrascendente para sus años o los nuestros. 

El mismo método volvería a repetirse en el Borges de Historia universal de la infamia (libro que claramente le debe mucho a Schwob) y en el Roberto Bolaño de Literatura nazi en América, por no hablar de otros escritores a los que este francés le ha señalado el camino, como el propio Enrique Vila-Matas, para señalar apenas uno. La posibilidad de armar un inventario, una enciclopedia que mezcla la ficción con la realidad, es también un intento por volver a armar un mundo en donde lo registrado y sabido tenga que volver a hablar con lo desconocido, con lo asombroso y artificial. 

En esa misma línea es que puede entenderse otro de los libros que se encuentran contenidos en La lámpara de Psique: el escrito de 1895 titulado La cruzada de los niños. Recuperando una suerte de hecho real contaminado por el mito, evento que tuvo lugar (o circulación) a comienzos del 1200, Schwob muestra desde diferentes perspectivas el viaje de un grupo numeroso de niños cuyo objetivo es recuperar la ciudad santa, Jerusalem. 

El fracaso de la aventura es contrapuesto con las diversas perspectivas de esa caravana de niños, las cuales incluyen la mirada acerca del hecho de dos Papas, un leproso, un musulmán y hasta los propios protagonistas, que no entienden qué hacen o que lo entienden en su misma raíz misteriosa. En algún punto, el trayecto de estos niños es también el destino de la literatura de Schwob, que quiere recuperar el encanto infantil con respecto a lo que nos rodea teniendo todavía que dialogar con interpretaciones que parecen dar un marco más estable a las cosas, en cierto sistema de lectura mucho más “coherente”.

La lámpara de Psique reúne cuatro libros, en definitiva, que sirven muy bien como base para empezar a meterse en la obra de un escritor de escritores, un autor que siempre pensó en la importancia del argumento imaginado por sobre la necesidad de una estética realista. Un artista que supo leer qué tenía de interesante lo clásico, lo más antiguo, como se ve en Mimos (1894), en donde encontramos la modernización de los Mimiambos de Herodas, un género parecido a la parábola que reúne un evento cotidiano con una suerte de aprendizaje religioso, el cual es también un modo de organizar la vida. 

El problema, claro, es que esa parábola, desprovista de lo místico, queda sólo en el nivel de lo enigmático, de lo inentendible, para nuestra mirada actual. No hay que ir muy lejos para encontrarse con alguien que siguió la búsqueda de Schwob: basta leer “Ante la ley” de Franz Kafka para entender cómo el mismo género se continúa en lo más destacado del siglo XX.

Schwob muere muy joven, en 1905, casado con la actriz Marguerite Moreno (contrajo nupcias con ella en 1900), aceptando largos viajes a diferentes partes del mundo, los cuales completaban su perspectiva acerca de la vida y de su relación con el arte: el estilo breve no es solamente un intento de volcarse a la tradición del fragmento y el relato corto, sino también un modo de dejarse desbordar por la vida, de ir hacia ella para completar lo que no está en el texto. 

Académico, riguroso, pero no por eso menos apasionado por la aventura, ese era este francés encantador y secreto. En tiempos donde una y otra cosa se contraponen, en donde la erudición parece que nada tiene que ver con una existencia interesante, Marcel Schwob brilla, a la larga, como una estrella secreta que, como los mitos que tanto lo cautivaron, puede volver a verse otra vez nítida en el firmamento.         

Imagen de portada: Marcel Schwob

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Fernando Bogado. 11 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Ficción/No ficción.

 

 

Una costumbre escandinava

Mario Vargas Llosa que es, a estas alturas, el único superviviente del glorioso ‘Boom’ hispanoamericano, le ha rendido honores a nuestro novelista más grande, después de Cervantes: Pérez Galdós. En los prolegómenos de su obra recién publicada, La mirada quieta (de Pérez Galdós), se sorprende el narrador peruano de la extremada hostilidad que despertó Galdós entre sus propios paisanos. Se decía, por ejemplo, que sus libros apestaban a cocido —imagina uno que a cocido madrileño—, y que don Benito escribía con vulgaridad y escasa elegancia. Vargas Llosa aprovecha la ocasión para recordarnos el juicio, tan poco afortunado como injusto, de otro de los más relevantes de la literatura universal, don Ramón María del Valle-Inclán, cuando en Luces de bohemia se refiere a Galdós con el mote de ‘Garbancero’. Gajes del oficio.

Pero, acaso, lo que más le dolió al escritor canario, no fue tanto el modo tan desabrido y hosco como lo trataron aquellos que bien pudieron ser sus propios discípulos, como Baroja, Unamuno, Azorín y el resto de noventayochistas, sino el hecho de que medio país se pusiera en contra de que la Academia sueca le concediera el Nobel de Literatura cuando, prácticamente, ya tenía en sus manos el galardón, y no había nadie en Europa que le hiciera la menor sombra.

Sucedió, por vez primera, en 1912. Por entonces, los intelectuales españoles, así como las instituciones, se dividieron a la hora de apoyar, por un lado, a un sabio de la Filología como Menéndez Pelayo, que nada tenía de creador, y el propio Galdós, representante de la España liberal y progresista. Los sectores ultraconservadores supieron moverse y armar el ruido necesario para que los nórdicos se espantaran. Enviaron miles de telegramas a la Academia sueca poniendo a parir al autor de Fortunata y Jacinta, como si éste fuera un vulgar robaperas, un sádico que se comía crudos a los niños. La Real Academia de la Lengua, de la que eran miembros ambos contendientes, apoyó a don Marcelino. La de Medicina, a la que no pertenecía ninguno de los dos personajes, a don Benito, que dejó así de ganar las doscientas mil pesetas del premio que, a buen seguro, le hubieran salvado de sus penosos últimos años, en los que vivió ciego y arruinado.

Volvió a intentarlo en 1915, pero las heridas no habían cicatrizado del todo, y los argumentos que esgrimían sus enconados enemigos seguían siendo los mismos: Galdós era un tipo peligroso, anticatólico y republicano, que, en más de una ocasión, dejó patente su manía hacia los jesuitas y las órdenes religiosas por apropiarse del campo de la enseñanza en un país en el que casi el ochenta por ciento de sus habitantes eran analfabetos.

Vargas Llosa, que, además de excelente novelista, siempre ha sido un fino catador de la mejor literatura, durante estos años de pandemia, ha revisado, de arriba abajo, la obra completa de Pérez Galdós (sus novelas, su teatro, sus ensayos, sus discursos, sus cartas), y no ha hallado mácula alguna, hasta el punto de llegar a compararlo con autores de la talla de Balzac, Dickens y Zola, dejando claro que, pese a lo que expresaron algunos de sus contemporáneos con el ánimo de denigrar su memoria, era un tipo de muy buena entraña, con un enorme talento enriquecido por un espíritu de equidad .

Pero se quedó sin su Nobel, como años después le sucediera a Jorge Luis Borges, quien, tras ser candidato en unas cuantas ocasiones y sonar su nombre como indiscutible ganador, en una rueda de prensa manifestó, ante un ejército de periodistas, que no encontraba explicación alguna para este asunto tan misterioso, excepto que se tratara de una vieja costumbre escandinava.

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Autor: Mario Vargas Llosa. Título: La mirada quieta (de Pérez Galdós). Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Portada de “La mirada quieta”

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por José Belmonte Serrano. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 10 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Reseña/Mario Vargas Llosa

Santa Sombra, una novela gráfica sobre la maldad y la venganza.

LIBROS

Juana es una cholita con dos machetes que venga el secuestro de su hermana por una red de trata y tiene poderes para comunicarse con poderes fantasmales, antiguos. Su autora, Suko, (Paula Boffo), dialoga con SOY sobre las influencias que la atravesaron para dibujar y escribir esta historia sobre la revancha y los poderes ancestrales. 

Cuando era chica, la animadora y directora de arte Paula Sukemercado Boffo (Suki) leyó un manga que la marcó para siempre: Súper Cholita. Aquel encuentro con el dibujo de estilo japonés fue el punto de partida para que en 2016 naciera Santa Sombra, una novela gráfica cuya protagonista es Juana, “una cholita con dos machetes que esbozé después de ver a una mujer coya pegarle tremenda ubicada a Santiago del Moro”, cuenta y adelanta que el personaje de esta adolescente será la protagonista de una película animada que ya tiene avanzada.

Suki (Buenos Aires, 1994) venía leyendo sin parar historias sobre vengadoras y justicieras contra la violencia de género, en distintos formatos: cómics, cuentos, novelas. Fan de los géneros oscuros, como el gótico y el terror folk, decidió hacer un relato propio de 40 páginas, La Sombra Del Altiplano, que publicó Barro Editora. El zine circuló con muy buena repercusión y la autora sintió la necesidad de ampliarlo. Con más de 200 páginas, Santa Sombra es ahora la versión desarrollada de su relato dibujado y textual y ya está disponible como libro.

Una protagonista con sed de venganza

Juana vive en Humahuaca con una abuela estricta, su hermanastra Lorena que es una medium transgénero y su hermana mayor, Marisol, secuestrada por una red de trata. Desesperada por rescatarla, la joven hace un trato con Las Degolladas, espíritus con poderes fantasmales que se encarnan con la forma de dos machetes. El vínculo con esta fuerza esotérica transforma a la joven en una cazadora sedienta de venganza que busca aniquilar a los abusadores de la región para liberar a Marisol. 

Santa Sombra se admira como una gran obra de extraña belleza, de ese género artístico subestimado como menor, una serie de ilustraciones con diálogos que se leen en secuencia para componer una historia. El estilo radical de Suki para integrar las viñetas concentra fuerza gráfica y un decir poético y potente. Como una alquimista, la artista recurrió a distintos elementos para crear una novela gráfica sobre la maldad, la corrupción y los rituales femeninos como arma de resistencia. Usó lápices, computadora con photoshop, tabletas gráficas y cuadernos. 

Los viajes a la Quebrada de Humahuaca ampliaron su mirada polisémica logrando un relato que por momentos hiere y en otros despierta compasión y ternura. “Además, se sumaron charlas con colectivos feministas y psicólogas de la región, imágenes de libros y fotos que saqué para remixar toda la data”. Bisnieta del ilusionista Alex Mir, su ancestro fue el fundador del Círculo Mágico Argentino, autor de los libros Maravillas de las Ciencias Recreativas y Juegos de Manos para principiantes. En 1956, Mir dirigió el primer show de magia televisada enel país, Carrousel Mágico. Algo de ese universo misterioso y atrapante también habita en Santa Sombra.

Folclore y feminismo

La autora eligió situar la acción en la geografía disruptiva del norte argentino “por lo intensas que se sienten las montañas y porque ese territorio es perfecto para evocar el misticismo rutero”, que va apareciendo en las variadas líneas de su trazo​. Lo narrado aúna el folklore popular con una vuelta de tuerca a los feminismos contemporáneos. “En 2021 gané un reconocimiento del Fondo Nacional de las Artes, estuve en Webcomic Mutante y la recta final fue el primer semestre de este año, cuando completé ciento doce páginas en tres meses, un delirio”, cuenta. Está entusiasmada porque además, junto a Patricio Plaza, está adaptando Santa Sombra a una película animada. 

El avance del film ganó los concursos internacionales de mentorías de dirección del Festival de Filmes Animados de Annecy, Francia, Ventana Sur y Women in Animation.“Tengo un Frankenstein de guiones”, revela. Es que para arribar a la versión final de la novela gráfica hizo una escaleta y un story board y llenó de post it las paredes de su estudio, “como un investigador privado; me lancé a hacer algo bien experimental y orgánico. Fue hermoso trabajar así”.

También la inspiró leer a “sudakas”, como Dolores Reyes, Camila Sosa Villada, Samanta Schweblin y Gabriela Cabezón Cámara, quien escribió la contratapa de Santa Sombra. “Consumí mucho manga, Biblia Psíquika, de Genesis P. Orridge, y el libro de consejos de John Waters (Hairspray). “Ahora estoy disfrutando a mis colegas China Ocho, Femimutancia, Patricio Oliver y Athos Pastore”, enumera. “Líneas, planos y texturas para construir el arte más exquisito, más expresivo, más hermoso y contar una furia chola y antigua, una justicia tan insaciable como la injusticia. Quema las manos el horizonte. Y deslumbra”, escribió sobre Santa Sombra Cabezón Cámara.

Para la primera versión “estaba harta y quería desquitarme, celebrar la venganza. Juana era una antiheroína enojadísima que mataba tipos”, señala Suki sobre los cambios que ocurrieron hasta llegar al flamante libro. “Cuando hice esta nueva versión me cuestioné y me pregunté qué se construye así, con esa visión, más allá de la explosión catártica, también válida. Con la historieta porno-erótica cuestiono las represiones de las feminidades y las masculinidades que nos dejan muy rotas. Mucha de mi obra es una respuesta a la violencia patriarcal”.

Imagen de portada: Paula Boffo

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Argentina. Por Laura Haimovichi. 2 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela.

Una poderosa novela sobre la memoria familiar: Justo antes del final.

Una poderosa novela sobre la memoria familiar y la construcción de los recuerdos en torno a la figura de la madre.Esta novela es la cronología indómita de la vida de una madre. Del frío y la locura a la historia universal. El mejor Monge en un crudo y bellísimo viaje al centro nuclear de una mujer».

Ésta es la historia de una mujer que se enfrentó a su tiempo y a su mundo, pero es también la historia de ese tiempo y de ese mundo: la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del siglo en el que estamos.En Justo antes del finalla vida de la protagonista, una vida marcada por la invisibilidad, la enfermedad, la locura y las violencias, pero también por la resiliencia, la voluntad, los afectos y el cuidado de sí y de los otros , entra en tensión con algunos de los grandes acontecimientos de la vida pública: la llegada de la píldora anticonceptiva, la invención de la cámara instantánea, el desarrollo de tratamientos para las enfermedades mentales, la carrera espacial y la carrera por la prótesis auditiva perfecta, el descubrimiento de la antimateria, el diagnóstico del espectro Asperger, las investigaciones para alargar la vida, el protocolo de Kioto…

Justo antes del final pone en el centro a la figura materna, una mujer que es retratada en tanto hija, hermana, novia, esposa, amiga, terapeuta, paciente y, por supuesto, madre. Retrato íntimo y, a su vez, crónica de un mundo que es el de la madre, y también, el propio , la nueva novela de Monge tiene una estructura original que sigue ordenadamente la secuencia de los años desde el nacimiento de la protagonista hasta su duelo, y en la que el relato se divide entre lo que ella evoca desde la enfermedad y lo que añaden las voces de la familia, y aquello que el narrador lee o recuerda de la época, tirando de un heterogéneo conjunto de hilos escogidos con una lógica que se evidencia poco a poco.

En este relato, que es una lúcida memoria personal y colectiva, la familia se presenta como el espacio de la locura –un fantasma que recorre una saga donde la enfermedad se manifiesta de las formas más diversas–, la violencia física y mental, una masculinidad mal entendida, y el miedo compartido al caos. Pero la familia también se revela como el terreno para los afectos, la intimidad, el cuidar y ser cuidado, y la construcción del recuerdo a través de un entramado de voces.

Narrar la biografía materna es para Monge la manera, por un lado, de recuperar retazos de una larga conversación entre madre e hijo, entrecortada por las dolencias del cuerpo enfermo; y por el otro, de transitar el duelo. Narrar al otro, a su vez, es un modo de narrarse a uno mismo.De vuelta al territorio autobiográfico, Emiliano Monge ha conseguido algo que parecía imposible: una novela que es un retrato a la vez que un mural. El retrato de una madre y el mural del mundo en que vivimos.

«No le dirás, en cambio, lo que te llevó a hablar de ese tema, de la certeza de haber sido lastimado o haber sufrido algún tipo de abuso cuando eras chico, como tampoco le habrás dicho nunca que, al igual que tu abuelo y que tu tío, cada vez que ves unas tijeras, tu mente siente el impulso de castrarte. Y que, cuando eso pasa, haces lo que ella hizo hace rato: cierras los ojos, buscas desterrar aquello a ese otro universo.»

Imagen: Portada del libro “Justo antes del Final” de Emiliano Monge

FUENTE RESPONSABLE: El Placer de la Lectura. Por Aora Moreno Durán. 3 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Crítica

 

Las cartas desconocidas de Dickens que revelan sus “arranques de divismo”.

El Museo Charles Dickens de Londres exhibe once cartas del autor británico compradas a un coleccionista privado de Estados Unidos que muestran su costado más arrogante: “era un hombre complejo”, asegura su biógrafo.

Las cartas manuscritas de Charles Dickens, uno de los más grandes escritores británicos, se exhiben por primera vez al público desde esta semana y ofrecen una nueva perspectiva de la vida y la mente del gran autor victoriano. El Museo Charles Dickens de Londres le compró las once cartas a un coleccionista privado de Estados Unidos, país que Dickens visitó dos veces para hacer giras de lecturas públicas que fueron muy populares.

Una de las cartas —fechada el 10 de febrero de 1866 y escrita a un tal I.H. Newman— revela que Dickens, que ya en su tiempo era una celebridad, tenía arranques de divismo: allí se queja de la posible cancelación del servicio de correos dominical en su pequeño pueblo del sur de Inglaterra y amenaza con mudarse y llevarse su fama a otra parte.

Una de las once cartas escritas por Dickens que se exhiben por primera vez al público en Londres. Courtesy of Charles Dickens Museum – Courtesy of Charles Dickens Muse

“Permítame decir que me niego rotunda y categóricamente a infligirme a mí mismo semejante inconveniente”, escribe Dickens en su carta. “Estoy seguro de que en esta aldea de Higham hay muchos que en todo un año reciben o despachan la cantidad de cartas que yo suelo recibir o despachar en un solo día”, dice sobre su hogar en la región de Kent, en el sur de Inglaterra.

“Estoy en los mejores términos con mis vecinos, pobres y ricos, y creo que lamentarían perderme”, prosigue la carta. “Pero la restricción que proponen del correo sería un impedimento tal que podría verme forzado a vender mi propiedad y abandonar esta parte del país.”

En otra carta, escrita cuando estaba de vacaciones en Lausana, Suiza, con fecha 5 de agosto de 1846, Dickens le dice a su amigo y abogado Thomas Mitton que la ciudad es “prodigiosa pero fea”. En la misiva incluye detalles de la estadía, en especial, la descripción de una caminata por la montaña y del momento de lavarse la cara con nieve. También hace comentarios sobre la gastronomía local y sobre las actividades de sus pequeños hijos en el lugar.

“Me imagino que desde que nos fuimos de casa, más de una vez te habrás preguntado por qué no recibías alguna carta mía. Lo cierto es que desde aquí le he escrito a muy poca gente”, le dice Dickens a su amigo.

“Y este lugar no es para nada barato: más caro que Ginebra, y si se quiere, yo diría que más caro que París. Lo más sorprendente es que lo que más caro está en comparación con Londres ¡es el pan! La carne es bastante barata, y muy buena… El vino de la localidad está a mitad de camino entre el vinagre y los pickles, y cuando lo probás te hace parpadear y lagrimear”, agrega Dickens.

Otra carta es una invitación a cenar con una dramática floritura final muy dickensiana: “Di ‘no’ y nunca te perdonaré. Di ‘sí’ y súmate a nosotros aquí a las seis y diez minutos del próximo jueves, y seré por siempre fielmente tuyo CHARLES DICKENS.”

Peter Orford, profesor de literatura inglesa de la Universidad de Buckingham y biógrafo de Dickens, dice estar “emocionado” por este nuevo acervo de cartas que se convertirá en una “importante fuente” tanto para los académicos como para los aficionados. 

Orford describe a Dickens —autor de clásicos como Oliver Twist, Grandes esperanzas y Casa desolada— como alguien que “intentó ser un hombre del pueblo” defendiendo causas sociales, pero que como ocurre con muchas celebridades actuales, también “valoraba mucho su privacidad” y trataba de lograr un equilibrio. “Tenía arranques de divismo y cuando le convenía sabía llamar la atención”, dice Orford, ya que “siempre hubo interés en él como persona”, pero la atención del público a veces le resultaba “intrusiva”.

El Museo Charles Dickens de Londres compró las cartas a un coleccionista privado de Estados Unidos

El Museo Charles Dickens de Londres compró las cartas a un coleccionista privado de Estados Unidos. Courtesy of Charles Dickens Museum – Courtesy of Charles Dickens Muse.

Como muchos victorianos Dickens, fue un “prolífico escritor de cartas” y un hombre de su época, cuando la gente podía llegar a recibir entregas de correo hasta una docena de veces al día. Hasta el momento hay publicados doce volúmenes de cartas del novelista, algunas breves “como los mensajes de texto actuales” para confirmar algún plan, y otras misivas más extensas para amigos y familiares, señala Orford.

Al igual que otros autores británicos, como Jane Austen, antes de su muerte Dickens destruyó muchas cartas, y en 1860 hizo una fogata para evitar que cayeran en manos del público. Las que se salvaron fueron las recibidas por los destinatarios. En su testamento, Dickens también especificó que no deseaba ser recordado con estatuas o monumentos, sino por sus obras, agrega Orford.

A pesar de su hosquedad, Dickens sigue teniendo millones de fans en todo el mundo. Su retrato ha aparecido en billetes y estampillas, sus libros han sido adaptados a la pantalla grande y son incontables los alumnos que estudian sus novelas o hacen todos los años una nueva versión escénica de Un cuento de Navidad.

“El interés popular por Dickens sigue vigente”, dice Catherine Waters, profesora emérita de literatura victoriana de la Universidad de Kent. Waters también es la actual presidenta de la Dickens Fellowship, una asociación mundial de personas que comparten un interés especial por la vida y obra del autor. El grupo fue fundado en 1902 y tiene filiales activas en los Estados Unidos, Italia, Australia y Japón.

Al igual que muchos de sus personajes de ficción, Dickens no es fácil de resumir. “Compartía algunos de los prejuicios de su época”, dice Waters, y menciona las críticas a su visión “estereotipada” de algunos personajes femeninos, y su relación en la vida real con Ellen Ternan, más adelante en la vida del escritor.

Sin embargo, Dickens también alentó a las escritoras y periodistas contemporáneas, dice Waters, publicando sus trabajos en las revistas que periódicamente editaba. “Era un hombre complejo”, asegura Waters.

Dickens podría haber escrito hasta 20 cartas al día durante un período de más de 40 años, dice Waters. “Y sus cartas cubren una inmensa gama de temas”, entre cartas a familiares, editores y organizaciones benéficas, que ilustran una amplia variedad de intereses y vínculos sociales. “Sus cartas son tan variadas y tan vívidas que para mucha gente leer esta nueva correspondencia va a ser realmente una emoción”, agrega Waters.

Otras cartas de la colección dan una idea de sus hábitos de lectura y su ajetreada vida social. En su adquisición de 2020 al coleccionista norteamericano, el museo también se quedó con varios de objetos personales del escritor —objetos de arte, joyas y libros—, un total de más de 300 artículos valorados en poco más de 2 millones de dólares, según informó el museo.

Para los fans del extranjero, la exhibición de sus cartas manuscritas estará disponible online en el sitio oficial del museo. Dickens murió en 1870 en Higham y está enterrado en el Rincón de los Poetas de la Abadía de Westminster, Londres, junto con otros autores británicos como Geoffrey Chaucer y Rudyard Kipling.

“Dickens no dejó un diario personal, así que las cartas son lo mejor fuente que tenemos para saber qué pensaba en cada momento”, dice Orford. “Las cartas son un recurso fantástico.”

(Traducción de Jaime Arrambide)

Imagen de portada: Además de las novelas que siguen vigentes, Dickens fue un prolífico autor de cartas.

FUENTE RESPONSABLE: La Nación (The Washington Post). Por Adela Suliman. 31 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novelas/Charles Dickens/Controversias.

 

Zenda recomienda: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.

Sábado en Zenda. Sábado de clásicos y contemporáneos. Sábado, en este caso, de La invención de Morel, considerada la gran obra maestra del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914 – íbid., 1999), publicada cuando su autor apenas contaba con 25 años, en 1940, y ahora reeditada por el sello DeBolsillo. Amigo íntimo de Jorge Luis Borges y marido de Silvina Ocampo, Bioy Casares fue una figura central dentro del boom literario latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX, y a menudo escribió en colaboración con otros autores, fabricando un denso tejido fundamental para entender el devenir de la narrativa en español de los últimos 50 años. En La invención de morel nos encontramos con un ejercicio de imaginación lúcida y desbocada, el epítome de juventud de una generación para la historia.

En su prólogo, Jorge Luis Borges apunta:

«En español, son infrecuentes y aun rarísimas las obras de imaginación razonada. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo.

He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta».

La editorial apunta, a propósito del libro: «Hito de la literatura fantástica, La invención de Morel (1940) es una novela de amor y aventuras sobre los extraños acontecimientos que descubre un fugitivo al llegar a una isla desierta, en la que de pronto se manifiestan habitantes espectrales.

Gracias a la brillante imaginación De Adolfo Bioy Casares, lo inexplicable hallará su razón de ser en un asombroso postulado científico, pero entretanto el narrador caerá presa de sus impulsos más irracionales, hasta vislumbrar no solo la realización de una pasión imposible, sino una suerte de inmortalidad».

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Autor: Adolfo Bioy Casares. Título: La invención de Morel. Editorial: DeBolsillo. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen: Portada del libro “La invención de Morel”

FUENTE RESPONSABLE: ZENDALIBROS/Libro recomendado/Adolfo Bioy Casares. 3 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela/Recomendaciones

 

La historia de los 1.700 gallegos que emigraron a Cuba buscando fortuna y acabaron de esclavos en las plantaciones de azúcar.

Se llamaban Orestes, Rañeta, el Tísico, Trasdelrío, José el Comido y Tomás el de Coruña, y eran un grupo de jóvenes que en 1853 decidieron dejar Galicia en busca de un futuro mejor en Cuba.

Podría haber sido una más de las miles de historias que marcaron a esa comunidad de España, que entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, vio a generaciones enteras emprender rumbo a América, huyendo de la pobreza, el hambre o la guerra.

Sin embargo, Orestes, Rañeta, el Tísico, Trasdelrío, el Comido y Tomás el de Coruña protagonizan una historia de la emigración que no se ha contado, o al menos no se ha contado tanto.

Y son los protagonistas de «Azucre», la primera novela de la autora gallega Bibiana Candia, una ficción basada en una historia tan real como horrible: la de 1.700 gallegos que emigraron a Cuba en esos años y fueron esclavizados por Urbano Feijóo de Sotomayor, otro gallego afincado en la isla caribeña.

El libro empieza con una dedicatoria que es toda una declaración de intenciones: «A los emigrantes que no pudieron contar su historia y a los que se quedaron que nunca recibieron una carta».

Candia entendió que si esta historia no había llegado a la memoria popular fue porque sus protagonistas no habían podido contarla. Así que les dio voz a través de unos personajes entrañables que pierden su inocencia en un viaje brutal al horror.

Hablamos con la autora en el marco del Hay Festival Querétaro, que se realiza entre el 1 y el 4 de septiembre en esa ciudad mexicana.

Línea

Como gallega y hablando con una autora gallega, la primera pregunta es casi obligatoria, dado lo poco que se conoce popularmente esta historia: ¿cómo llega a ti?

Yo tampoco había oído hablar nunca de ella. Simplemente una amiga un día me preguntó si conocía la historia de los gallegos que se llevaron a trabajar el azúcar en el siglo XIX y fueron esclavizados.

Yo era muy escéptica al principio, pensaba que no era verdad.

Luego pensé que se trataba de una anécdota de unas pocas personas que mandaron y tuvieron mala suerte y que esa anécdota se engordó mucho a través del tiempo.

Pero ella me envió un mail con un par de links, entre ellos un documental de Radio Televisión Española. Es decir, esto no estaba oculto en ningún sitio.

Yo creo que me lo mandó con la idea de que escribiera un artículo.

Pero tirando del hilo, la cosa fue mucho más que un artículo… ¿por qué una novela de ficción?

Cuando vi lo que me envió dije: «pero esto es mucha gente, fue una empresa; no es una anécdota, es una cosa mucho más seria».

Me pongo a buscar información y encuentro artículos académicos, actas de cortes y un montón de documentación.

Empiezo a preguntar a mi alrededor y nadie tenía idea. A nadie le sonaba de nada, salvo gente muy metida en el tema histórico, especialistas en el siglo XIX, o personas en un nicho muy específico.

En ese momento, me surge como un enigma narrativo: si los gallegos tenemos esta tradición de literatura oral, y esta tradición de inmigración, cómo puede ser que esta historia no nos ha llegado por memoria popular. Hay algo aquí que no funciona.

Entonces llegué a la conclusión, después de darle muchas vueltas, de que efectivamente no nos había llegado porque en realidad sus protagonistas no nos la habían contado.

Los informes que tenemos valen para la parte oficial de la vida, pero lo que es el legado humano que trae una historia a la memoria popular es la voz en primera persona.

Así que no tenía sentido escribir un artículo, porque eso no iba a llegar a donde yo quería: ¿qué hay que hacer para que esta historia se conozca?

Lo que hay que hacer es recrear esas voces, recrear el relato popular, la memoria colectiva. Y para eso es necesaria una novela, una ficción y que la ficción, en cierto modo, enmiende la realidad.

Portada del libro "Azucre"

FUENTE DE LA IMAGEN – PEPITAS ED.

Y el producto es «Azucre», que es una novela histórica, técnicamente, pero no tan histórica desde el punto de vista formal, ya que los datos históricos están ausentes, y la voz recae totalmente en los protagonistas.

La prioridad era ver la situación desde los ojos de ellos.

Claro que la novela tiene una documentación formal muy seria. Aunque en el texto los datos no están, me tuve que estudiar todo lo que pasó para poder construir el mundo que les rodea y colocarlos a ellos en las situaciones adecuadas.

La clave era entender cómo se habían visto personas que salen de su aldea, que no conocían nada, y de repente los meten en un barco, los llevan al otro lado del mundo sin tener ni idea.

Muchos de ellos no habían visto el mar en su vida, no sabían leer, no sabían escribir, y aparecen en Cuba, que era como otro planeta, y están completamente indefensos ante lo que les va a suceder.

Esa era la historia potente realmente. Lo importante, lo crucial, lo fundamental eran las voces de ellos.

Son personajes además muy familiares para aquellos conectados con historias de emigración, aquellos jóvenes que emigran de su pequeña aldea y se enfrentan a un mundo absolutamente desconocido. Son los protagonistas de la historia colectiva de Galicia.

Al principio, cuando ya sabía que tenía que ser una novela, mi primer impulso fue pensar «yo no puedo escribirla, porque yo escribo literatura contemporánea, poesía. Yo no tengo la voz para contar esto».

Pero al instante pensé en mi abuelo, que era un señor labrador de una aldea cerca de Santiago de Compostela y que nunca tuvo un trabajo cualificado y que mal leía y escribía. Y pensé «claro, es que mi abuelo hubiera sido uno de ellos perfectamente».

Ahí fue cuando me di cuenta de que yo a ellos los conocía, sabía quiénes eran, pues son la memoria de mi abuelo, de mi bisabuelo, lo que ellos contaban de las romerías, de marcharse, de pasar hambre.

Y eso hace que, aunque tú no lo hayas vivido, sigues teniendo un contacto muy fuerte con toda esa memoria.

«Azucre» es casi una historia de horror y, sin embargo, te quedas pegado a la entrañabilidad e inocencia de sus personajes…

A mí lo que más me preocupaba cuando la escribí era que, del mismo modo que para mí ellos eran gente muy real, yo quería que los lectores se encariñaran con ellos.

Porque al ver la novela desde la contracapa tú ya tienes el spoiler entero, ya sabes que van a ir de esclavos. Cuando rompes esa tensión de la narración desde el inicio, tiene que haber un aliciente para continuar leyendo.

Entonces mi única baza era justamente conseguir que se encariñaran y que quisieran ver qué les va a pasar.

Me dijeron en una presentación que «Azucre» era una obra sobre la pérdida de la inocencia. Y me pareció que estaba muy acertado

Normalmente, cuando una persona se hace adulta de repente suele ser siempre por un trauma, o bien por una muerte, por una pérdida, por un ataque, por una guerra…

Y eso es lo que les pasa a ellos, que dentro de su pobreza y de sus condiciones de vida eran gente inocente, niños inocentes, que de pronto lo único que tienen por delante es la supervivencia.

Y sí quería que dentro del horror hubiese trazos de luz, porque si no sería insoportable de leer. Y parte de eso era que fuesen simpáticos, tiernos, que fuesen capaces de hacernos reír a pesar de todo lo que les estaba pasando.

Que también es parte de la realidad de las historias, incluso en los momentos más terribles.

Bibiana Candia

FUENTE DE LA IMAGEN – ÁNGEL MANSO

¿Sentiste que había como una especie de deuda para con ellos?

Totalmente. Yo creo que por un lado esta novela es un homenaje a ellos.

Es verdad que nuestra literatura le ha rendido muchos homenajes a la inmigración, pero a mí me parece que sobre todo hoy en día, que estamos más distanciados de sus generaciones, todavía es más necesario tener una idea muy clara y muy sólida de cómo fue la vida hace nada.

Creo que es importante tener claro de dónde venimos para saber quiénes somos.

Y toda esa historia que nos precede, tanto si la afrontamos como si no, nos va a afectar exactamente igual.

Por tanto, nos hace más adultos como sociedad ser conscientes de lo que tenemos por detrás, de que hubo gente muy próxima a nosotros, en unas generaciones muy próximas, que lo pasó muy mal.

Yo creo que en la construcción de nuestra memoria colectiva, nos han contado sobre todo la historia de los héroes y de las grandes gestas, y que la memoria de los antihéroes, de los pobres de la tierra, de los nadies, no niega pero sí matiza mucho esa historia de la épica.

Me parece que es muy importante tener claro que todas las gestas se construyen muchas veces sobre las vidas de muchos desgraciados.

Nosotros ahora, por fortuna, estamos en el lado más favorecido del mundo, pero esas cosas cambian, son cíclicas, y ahora hay otros Orestes y otros Rañeta que están tratando de encontrar un futuro mejor en otros puntos del mundo.

Lo vemos ahora en las historias y las penurias de tantos migrantes, incluidos los centroamericanos que atraviesan México para llegar a Estados Unidos.

Es una constante.

El siglo XIX fue el principio del comercio global. De hecho, el primer producto que globalmente atravesó el mundo para venderse fueron justamente las personas que salían de África y se llevaban a América.

Y desde entonces es exactamente igual.

El mundo se ha sofisticado tecnológicamente, pero los mecanismos que mueven el mundo son los mismos. Por lo tanto, siguen pasando las mismas infamias a nuestro alrededor.

Sigue habiendo personas desesperadas que buscan un futuro mejor y van a intentarlo por todos los medios. Y siempre va a haber también, por desgracia, gente sin escrúpulos que va a intentar aprovecharse de ellos.

Y esa gente está en el desierto de México, en las ofertas de trabajo para señoras latinoamericanas o del este de Europa que les dicen que vengan a España a trabajar en el servicio doméstico y luego se encuentran con la prostitución, que es una esclavitud terrorífica.

En el Mediterráneo lo tenemos todos los días, cuando hace un año veíamos a la gente tratando de huir colgada de los aviones en Afganistán…

Y esas historias, esas pequeñas historias, no van a estar en los libros.

Ese es un material fantástico para la literatura, que tiene un potencial enorme para contrarrestar la Historia con mayúsculas, que siempre va a ser como mucho más fría contando los sucesos.

Grabado de una plantación de azúcar en Cuba.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Grabado de una plantación de azúcar en Cuba.

Hablando de gente sin escrúpulos… estos chicos fueron esclavizados, por uno de los suyos, por otro gallego: Feijóo de Sotomayor. ¿Es un personaje que se intentó esconder de alguna forma?

Qué va, si tiene hasta página en Wikipedia.

Es un clásico de un señor que es diputado, que tiene completa impunidad y en realidad él sabía perfectamente que no le iba a pasar nada.

La empresa se disuelve, él se queda con todo el dinero que había recaudado hasta entonces y no tiene que indemnizar a los trabajadores, por supuesto. Y se decreta que si alguno de los trabajadores quiere solicitar una indemnización tiene que hacer una denuncia individual en un jurado de arbitraje.

Los casos, evidentemente, fueron mínimos.

Él no perdió ningún tipo de estatus por esta situación, que esto también es una historia muy moderna.

Hay gente que se aprovecha de su explotación de privilegio para conseguir un negocio, enriquecerse, hacerlo fraudulentamente o de manera criminal. Y después no ve consecuencias por sus actos.Y continúa además con su consideración social.

En la novela aparece básicamente como un fantasma, literalmente, por dos razones: porque para mí lo primordial eran las voces de ellos y porque además es un personaje sobradamente conocido, hemos conocido a muchos como él. Es un villano muy clásico.

Este artículo es parte del Hay Festival Querétaro, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza del 1 al 4 de septiembre de 2022.

Imagen de portada: «Azucre» es la primera novela de la autora gallega Bibiana Candia. RICARDO DOMINGO/CORTESÍA FUNDACIÓN TELEFÓNICA

FUENTE RESPONSABLE: Mar Pichel. HayFestivalQuerétaro@BBC Mundo. 3 de septiembre 2022.

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