El devenir de un escritor…poniéndose en la piel del personaje. Fundamental; para el desarrollo de una novela en una época histórica.

Vivir la Edad Media: mi experiencia del Cid y su época.

Si deseas conocer mas sobre este tema; cliquea por favor donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.  

Ahora que se acaba de celebrar en la Universidad de Murcia el I Coloquio Internacional “Pensar, sentir, imaginar: Experimentar una Edad Media Contemporánea (siglos XX y XXI)”, los pasados 8 y 9 de noviembre, organizado por Pilar Garrido Clemente y Jacobo Hernando Morejón, me ha parecido un buen momento para retrotraerme a la documentación y escritura de mi novela Cid Campeador (IMágica Histórica).

Cuando hablo del Cid y de mi novela sobre el Cid me refiero también a mi experiencia de la Edad Media. 

El profesor de Literatura Española Medieval que me animó a escribirla, Amancio Labandeira, me decía que si uno quería conocer bien una época lo mejor era escribir una novela histórica. 

Yo debo conocer bien, quizá lo que se puede conocer —sin ser un medievalista—, el siglo XI. No lo leí todo, pero leí mucho; además imaginé, pasé por mi interior todo lo que había aprendido en los libros y en los viajes, en lo que hablé con gente sabia, y gracias a ello pude escribir la novela.

En el Cid por un lado está el personaje literario y por otro lo que entendemos por el personaje histórico. Después de leer La España del Cid, de Menéndez Pidal, el personaje histórico me parecía mucho más atractivo que el literario.

Yo los estudié a los dos, pero en la novela me inspiré más en el personaje histórico, en lo que entendemos por tal. Mi fuente más importante fue La España del Cid, que llaman “monumental” y no exageran. Cuando vuelvo mi mirada a este libro entro verdaderamente en la Edad Media.

«Algo muy parecido a lo que me ocurrió con el Cid me ha vuelto a ocurrir con Carlos V. Estuve casi cinco años dándole vueltas a la novela»

Me llevó mucho tiempo hacer la novela, años, sobre todo por la documentación, pero también porque no veía nunca el momento propicio para escribir. 

Para escribir o te lanzas en cualquier momento o necesitas una energía muy especial para hacerlo; tal vez a esta energía la llamamos inspiración. 

Son momentos en los que te encuentras “fuerte”. En su precioso libro El infinito en un junco, Irene Vallejo dice que se sentía incapaz antes de empezar a escribir después de todo el proceso de documentación, y que esto le ocurre con frecuencia. 

A mí me sucede lo mismo en ocasiones. Luis Alberto de Cuenca me dijo hace poco que eso nos ocurre a los que nos documentamos mucho.

Antes de la novela, durante la carrera, había escrito un cuento, un relato que valoro mucho, “El signo de interrogación”, sobre el mismo Cid, en clave experimental. 

Lo incluí en un libro de cuentos que ahora no encuentro por mi casa, algo que lamento mucho. Era una especie de prosa poética que yo creo que estaba influida, bien influida, por autores que leía mucho entonces, como José Saramago o Antonio Prieto, que por entonces era profesor mío.

«Cuando uno hace una novela histórica, a lo largo del tiempo, la época, los personajes, los lugares, los sucesos, son una compañía constante»

Algo muy parecido a lo que me ocurrió con el Cid me ha vuelto a ocurrir con Carlos V. Estuve casi cinco años dándole vueltas a la novela (Carlos V: El viaje del emperador) hasta que por fin la escribí. 

Menos mal que, mientras tanto, escribir novelas históricas te permite vivir y hacer muchas otras cosas. También escribir muchos otros textos.

Cuando uno hace una novela histórica, a lo largo del tiempo, la época, los personajes, los lugares, los sucesos, son una compañía constante, más o menos intermitente en la cabeza, pero constante en los días, las horas, las semanas, los meses… 

Uno lee, estudia el tema, y el tema resuena en tu mente (me está sucediendo de nuevo con la novela histórica que estoy escribiendo ahora). Cada cierto tiempo vienen a la mente, como a ráfagas, los personajes y demás elementos de la obra. En el caso del Cid fueron cruciales los consejos de Alberto Vázquez-Figueroa, precisamente en la fase de escritura, como digo en la “nota final” de la novela.

Para mí Vázquez-Figueroa, durante muchos años, ha sido lo que imagino que es un entrenador para un deportista, y pienso que en esto he sido muy afortunado. 

Umbral decía de Cela que era su “profesor de energía”, y eso ha sido Vázquez-Figueroa para mí.

Después de tanto estudiar la época y el personaje del Cid, su literatura, tuve la sensación de que paría el libro, de que lo daba a la luz, porque esa fase de escritura fue relativamente rápida, aunque luego hubiera que revisar el libro y corregirlo varias veces. Vázquez-Figueroa me decía que tenía que escribir durante horas, “hasta que te duelan los riñones”. Y me dolieron.

Ahora miro la novela y trato de meterme en el tiempo del Cid, por lo menos tal y como lo capté yo, tal y como lo plasmé. Tal y como lo veo en el libro. Y ciertamente ahí hay una sensación de la Edad Media.

«Antes de publicar mi Cid Campeador hice todo tipo de artículos, para la Universidad, para un periódico, para revistas»

Acompañé al personaje recreándolo, narrándolo, dándole una nueva vida, y con él muchos otros personajes; di un ambiente, un mundo, un pedazo importante de la Historia de mi país.

Algo esencial al escribir esta novela es que iba imaginando todo lo que contaba. Pensaba entonces que mal se iba a imaginar el lector lo que yo escribía si no lo veía yo antes con los ojos de mi imaginación

Esto significa que la historia entera, sus personajes, sus escenarios, todo pasó antes por mi mente mientras lo escribía. Fui consciente de la capacidad creadora de imaginar.

Yo veo mi novela como una gran superproducción, quizá por el esfuerzo que me llevó escribirla, leyendo muchos libros, viajando a varios lugares y escribiendo muchos textos previos. 

Por otra parte aproveché mi conocimiento del tema plenamente. Antes de publicar mi Cid Campeador hice todo tipo de artículos, para la Universidad, para un periódico, para revistas. Incluso escribí artículos de viajes, sobre Oña y Medinaceli… Me ocurrió lo que me suele ocurrir cuando escribo un libro, que aprovecho, al final, todo el esfuerzo escribiendo muchos otros textos. Con el Cid me ocurrió esto de forma muy destacada, incluso presenté la novela dos veces, en Madrid y en Segovia, en Madrid en el Centro de Estudios Islámicos y en Segovia en IE University, donde yo era profesor entonces.

Sobre el Cid he hecho casi de todo. También he dado clases sobre el Cantar de Mío Cid en la Universidad, en la Complutense y en la Universidad de Mayores del Colegio de Doctores y Licenciados de la Comunidad de Madrid.

«Me debía esta novela a mí mismo y pienso que el tiempo y el esfuerzo que me llevó están a la altura del personaje y de su tiempo»

Me debía esta novela a mí mismo y pienso que el tiempo y el esfuerzo que me llevó están a la altura del personaje y de su tiempo. Es un libro, entre los míos, muy valorado y a mí me sirvió para conocer mejor a mi país, su alma, su pasado, su ayer y su hoy. 

Creo que igual que se dice que Don Quijote nos explica mucho a los españoles, también lo hace el Cid, su heroísmo humano, sus tribulaciones, su lucha y sus victorias. Hacer esta novela fue también reencontrarme con mi país y conmigo mismo. Sí, me sirvió también para conocerme a mí mismo, para ponerme en claro, que en el fondo es algo que hago con todo lo que escribo, aunque no lo pretenda, aunque ése no sea ni el objetivo ni el punto de partida.

Por último referiré que a menudo, cuando dedico esta novela en ferias del libro, escribo que hacerla fue una gran aventura. Y verdaderamente lo fue.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, libros y Cía. Por Eduardo Martínez Rico. Noviembre 2021 Cuaderno de Campo, El Cid.

El particular libro de memorias, sobre un viaje de Jorge Luis Borges en Escocia, se acaba de publicar por Emecé.

«Borges y yo» de Jay Parini

En 1971 un joven norteamericano, Jay Parini, estaba en Escocia: entre otras cosas, escapaba del reclutamiento para ir a Vietnam. Gracias a un periodista de The New Yorker que también se encontraba en el país supo que pronto llegaría Jorge Luis Borges, a quien no había leído. Pero terminó siendo su compañero: Parini conducía un Morris Minor del ’57 y pasó una semana de chofer del escritor, hablando de literatura, leyendas, Stevenson, Twain, la tirria contra Girondo y también mujeres; Parini le describía esos paisajes que Borges amaba y no podía ver. 

El libro que escribió sobre el viaje, Borges y yo (Emecé) se subtitula «La novela de un encuentro» porque Parini reconoce que trabajar con la memoria es resbaloso, que son demasiados los años, que él no tenía un grabador y que en este caso, la intervención del recuerdo tiene algo de «experimental»: por lo pronto, a María Kodama no le gustó y hay muchos episodios cuestionados pero el encanto de la reinvención es apasionante, innegable y delicioso. 

Como un Quijote montado en su Rocinante ahí va Borges por los caminos de Escocia, entusiasmado por recorrer las Tierras Altas. La historia transcurre en 1971 y su hipotético escudero es quien narra, un estadounidense de 22 años llamado Jay Parini, que se ha refugiado en Saint Andrews para escapar de la guerra de Vietnam, con la excusa/argumento de hacer una tesis universitaria sobre el poeta George Mackay Brown. El muchacho anda en un Morris Minor del ’57 un tanto cachuzo: el Rocinante. 

Y Borges, ya con más de setenta, ciego, quiere sentirse por unos días “libre como el viento del oeste”: se ha separado hace poco de Elsa (Astete), un matrimonio que fue un error, dice, y también que está enamorado de María Kodama. Para provisoriamente en lo de uno de sus traductores, el poeta Alastair Reid, al que una urgencia le impide seguir de anfitrión: ¿podrá hacerse cargo Parini? Enseguida, en un impulso, Borges le propone la aventura: “Descubriremos juntos este país de las maravillas. Conozco los puntos del mapa: Perth, Aviemore, Inverness. ¡El lago Ness y su monstruo, Grendel! ¡El campo donde se peleó la batalla de Culloden! Mirar un mapa de las Tierras Altas es como recitar poesía”.

Novela de un encuentro, rutera, de iniciación, de referencias literarias: de eso va Borges y yo, la historia que a cincuenta años de aquello narra Parini, profesor de literatura inglesa en Vermont, colaborador de The Guardian, novelista, biógrafo de John Steinbeck, Faulkner, Gore Vidal, a quien le gusta hablar para referirse a su libro de “memoria novelada”, cuyas peripecias de transformación cuenta en el epílogo: “Huelga decir que yo no tenía un grabador en el bolsillo cuando me sentaba a comer con Alastair en su cocina, ni cuando manejaba mi auto, acarreando a Borges, ni tampoco cuando caminaba por las calles de Stromness con George Mackay Brown –escribe-. 

La memoria es hijastra de la imaginación, y las conversaciones de la presente obra reproducen fielmente las voces que llevo más de medio siglo oyendo en mi cabeza”. El relato se lanza desde la madrugada del 14 de junio de 1986, cuando Parini escucha por la radio de la BBC que Borges ha muerto en Ginebra: el sacudón le recuerda la semana que compartió con él, la forma en que aquel encuentro lo reconfiguró. 

En aquel muchacho que por entonces se largaba hacia Escocia lo que predominaba, cuenta, era la ansiedad y el miedo, cierta culpa por no alistarse para la guerra mientras cruza correspondencia con algún amigo que está en el frente, y a la vez la esperanza de encontrar a qué abrazarse, y a quién también. Iniciaciones. En Saint Andrews le presentan a Alastair Reid, que ha estado en la Guerra del Pacífico, que escribe en The New Yorker, que le cuenta de la temporada que vivió con Robert Graves en Mallorca, que le echa un ojo a sus primeros poemas. Que le convida unos porros y le comenta que en breve caerá de visita Borges. 

¿Quién? Parini no lo conoce, y tampoco ha leído a Stevenson: cuando llegue, Borges le dirá que Stevenson es el más grande de los escritores de lengua inglesa, que hubiera matado a alguien para escribir los versos de “Réquiem”. 

Unos brownies condimentados con hachís que preparó su traductor desembocan en una marea de citas, historias, ideas, “un espectáculo literario unipersonal”, escribe Parini, y Borges, entusiasmadisimo, bastón en mano, pide salir a caminar hasta la orilla y ahí se pone a recitar el poema «El marino» en el anglosajón original, los brazos alzados al cielo: “Puedo hacer de mí un hijo fiel/ contarte de mis viajes/ y de los días de lucha por los que pasé”.

Jay Parini

Son versos que podría hacer suyos Parini a lo largo del tiempo, porque quienes se cruzan por el camino a menudo pensarán que Borges es su padre, y el viaje empieza casi por compromiso, algo que puede venirle bien pero lo distraerá de sus intereses inmediatos, y qué sabe él de cuidar a un viejo ciego al que prácticamente acaba de conocer, aunque tenga la pinta de ser un fuera de serie. 

Entre el autorretrato (del joven que fue) como un tanto pajarito y la composición de un Borges que no para de hablar –algo que refiere el amigo Adolfo Bioy Casares en sus memorias de esa época-, la pareja despareja está a punto para las peripecias humorísticas. A veces casi que bandea a la caricatura, con un Borges casi siempre glotón, desaliñado, la corbata cargada de manchas de comida, ansioso por tomar cerveza, urgido por unas ganas de mear que alivia a menudo contra un árbol, o contra el auto, donde se pueda. “¡Pero si a él no le gustaba la cerveza!”, se indignó Kodama cuando se asomó a la novela; ella acompañó a Borges en ese viaje de 1971, y no lo registra a Parini. Tras la ruidosa demanda legal (que perdió) contra Pablo Katchadjian y El Aleph engordado, Kodama dijo que esperaba que Emecé, que publicó su obra durante tanto tiempo, no lo pusiera a circular aquí. 

“Es una cosa escatológica, es espantoso –evaluó en La Nación, y explicó que a esa altura él ya no tomaba alcohol-. Todo eso es una infamia. Ni hablar cuando cuenta que Borges se hizo amigo de la dueña de la pensión y dicen que los respectivos padres habían muerto en el inodoro. Es una locura. Este hombre, o no está bien de la cabeza, o es como tantas personas, que a mí me dan pena en realidad, porque tratan de trepar al nombre de Borges para tener un momento de esplendor”. Desde Emecé señalan que no fue interpuesto ningún recurso judicial.

De continuo en la novela aparecen las opiniones literarias de Borges, sus reparos con Lorca y Neruda, su pasión por La Divina Comedia y El Quijote, sus observaciones sobre Poe, Twain, Shakespeare, Whitman. En algunos picos de entusiasmo ante algún lugar emblemático se le escapa y entonces llegan los sobresaltos, los porrazos, los pasos de comedia: la madrastra imaginación también los hace desembocar en algún pueblo en el que solo hay una pensión con una única cama a compartir. 

En medio de las conversaciones brotan las ideas de Borges sobre la crueldad, los monstruos, la belleza, los sueños, la poesía, su relación con las mujeres, de cómo su padre lo condujo a un prostíbulo cuando cumplió 19. Otra vertiente son los sucesos o personajes que se ponen en relación con algunos de sus relatos clásicos, como cuando se cruza con una médica de apellido Brodie que tendrá que ver con “El informe de Brodie”, alusiones a jardines que se bifurcan y a extravíos, a lo abominable de los espejos y la cópula, a “El sur”, a “Funes el memorioso”, a “La biblioteca de Babel”, a “Pierre Menard, autor del Quijote”.

Y cada tanto aparece la tirria contra Oliverio Girondo, ese escritorzuelo de segunda, sinvergüenza, que no escribió una página que valga la pena, dice Borges, que despotrica contra él porque a él lo eligió Norah Lange, la mujer de la que estuvo enamorado toda la vida, dice. 

Las diatribas contra Girondo proliferan, por ejemplo, en las memorias sobre Borges que escribió Bioy Casares, pero el metejón con Norah es desmentido por varias fuentes; Borges correteaba, más bien, a la hermana de Nora, Haydée, que lo rechazó. Hay aquí y allá elementos de esa naturaleza que descarrilan, como que en el libro afirme que la expresión “Don Borges” sea “perfecta en castellano” cuando la rechazaba explícitamente, o lo referido por Kodama sobre el escabio, en fin. 

Es una novela: se alumbra esto, se ciega aquello, se condensa o se troca esto otro en función de narrar una historia. Por ahí exclama demasiado seguido, Borges, pongamos. En algún momento del camino Parini se encuentra con el poeta Mackay Brown, que le recomienda leer “Borges y yo”, un texto breve y precioso publicado en El Hacedor, que le funciona como salvoconducto y entrevera al escritor con el hombre. “Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. 

Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar”.

Algunas señales de eso entrega Parini en el epílogo; también cuenta cómo fue evolucionando el texto, que fue escribiendo algunas narraciones con estos materiales ya desde mediados de los ‘70. En alguna entrevista ha dicho que hay una película en camino, que la historia le interesó al productor Andy Patterson. 

“La memoria es un género muy complicado y creo que este libro es bastante experimental al respecto –ha dicho Parini en una entrevista-. Aunque todos los personajes son reales, de algún modo los estoy recreando. Siento como que en muchos sentidos estoy reinventando a Borges, reescribiendo; y aunque el estilo en la novela no es el suyo, uso muchos de sus tropos y temas”. Al muchacho que fue medio siglo atrás también tuvo que reinventarlo: “No se trata de recordar cómo era a los 22: no era posible llegar a nada parecido al que yo siento dentro de mí sin usar todo el humo y los espejos de la ficción”.

Por los caminos de las Tierras Altas el pibe le va contando al viejo ciego lo que ve, paisajes y construcciones, luces y sombras, lo que eso le produce, pero a veces le resulta muy difícil ponerlo en palabras.

-Esa es la labor que nos ocupa, mi estimado amigo, siempre –dice Borges-. La de encontrar el lenguaje apropiado para lo que se nos revela. Me alegra que usted lo haya entendido.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 por Ángel Berlanga

CULTURA/LITERATURA/BORGES/NOVELA/VIAJES/ESCOCIA

 

Historias de Vida

Juan Manuel – Capítulo 2

Recordaba siempre; aún hoy con temor aquella situación. Hacía esfuerzos para recordar qué pasó después pero sin éxito; quizás su hermana Mabel lo haya sacado de la habitación para que no viera esa terrible imagen y a su madre tratando de contener a su padre. 

Sí en su recuerdo; están las visitas de los domingos al instituto donde estaba internado su padre; nadie le decía lo que pasaba o que tenía. En sus cinco años, recordaba que llegaba a su casa el único que poseía un automóvil en la familia, Santiago hermano de su padre, para acompañarlos a ese lugar, que para sus ojos era muy grande – luego con los años sabría que ocupaba una manzana-, con jardines y grandes palmeras dentro del lugar. 

Al llegar; saludaban a su padre y este lo miraba con una sonrisa con sus ojos color cielo, brillantes por la emoción del encuentro. El lugar tenía todo el perímetro cerrado con un alambrado de una altura de más de dos metros. 

Al irse; recordaba que su padre -al que una de las enfermeras impolutas del lugar,le daba una naranja- y a través de ese alambrado a él ,se la regalaba. Y así cada domingo, durante todo un año.

Supo mucho después; que su padre había intervenido en la fuerza policial cuando se produjeron los disturbios de la Revolución del 55; y en esos hechos vio caer a dos compañeros y él tuvo que repeler la agresión, matando a dos hombres. Una situación que nunca había vivido, ya que enrolado en la fuerza sólo intervino en hechos o delitos menores. En aquella época la figura del policía, anteponía el respeto a la sociedad.

Durante ese largo año; su padre que era un hombre íntegro, por demás amable y generoso con todo aquel que necesitara ayuda, fue sometido a lo que en aquellos momentos se utilizaba en la psiquiatría. Le habían diagnosticado, según le comentó su madre tiempo después, una psicosis muy grave como consecuencia de las situaciones que había vivido. Así que había recibido más de veinte electroshock. 

Juan Manuel se puso a recordar que cuando lo supo le dio curiosidad  al escuchar esa palabra pero no comprender en qué consistía. Por ello buscó denodadamente su significado y se encontró con una definición que le provocó mucha angustia, pensando en lo que debería haber padecido su padre. 

Recordaba que incluso había llorado, luego de leer “Al paciente se lo acuesta sobre la camilla. Los enfermeros le atan el cuerpo, las piernas y los brazos con cinturones para evitar que se suelte o que se dañe cuando empiezan los espasmos. Le abren la boca y le introducen un protector, así no se morderá la lengua ni se romperá los dientes. Le aprisionan la cabeza con pinzas, conectadas a una fuente. Cuando se baja la palanca las descargas eléctricas atraviesan el cuerpo del paciente, que empieza a convulsionar”.-

El resultado posterior a esta maniobra; era que el electroshock inducía descargas eléctricas en el cerebro del paciente con el objeto de producir «transformaciones electroquímicas en las células nerviosas que, a su vez, se traducen en síntesis de proteínas que modifican los neurotransmisores involucrados en la patología»,utilizando una metáfora, era como si se resetean las neuronas«.

Con esa agresiva práctica, los pacientes podrían empezar a responder positivamente a medicamentos que antes no les hacían efecto. 

También había leído que no era inocua su aplicación; ya que podía provocar trastornos de memoria y otros colaterales. Lo que sí sabía sin lugar a dudas; era que su padre que por su enfermedad la repartición policial le otorgó el “retiro efectivo por accidente en acto de servicio”, a los 42 años cada tanto tenía recaídas y debió someterse a tratamientos psiquiátricos permanentes.

Se volvía ausente y agresivo; aún más con su madre, que dicho sea de paso  era a quien no solamente amaba sino veneraba. Primero en su escala de sentimientos por lo que uno podía ver, estaba primero su mujer, luego sus hijas mujeres y al final los varones.

Juan Manuel pensó en ese momento de divagaciones por su matrimonio, que ello podía deberse a la situación familiar que su padre padeció dentro de su círculo familiar desde niño.

No obstante su padre Felix; habiendo dejado de pertenecer a la fuerza policial y cobrando mensualmente su pensión, continuó trabajando primero en una empresa de la cual era dueño su hermano Santiago y luego en otra dedicada al abastecimiento de tubos con costura y conexiones de gasoductos.

Pero Felix, ya no fue el mismo, desde aquella madrugada. Tal es así, que desde hacía dos años Juan Manuel, se había hecho cargo de acompañar a su padre al médico psiquiatra, ya que ante cada recaída se transformaba y con ojos bien abiertos se ponía muy agresivo y era imposible hacerle entender que debía ir al psiquiatra. Juan Manuel esbozó una sonrisa y agradeció haber heredado el fuerte carácter de su madre, pues era el único que  frenaba a su padre y lo convenció de ir, acompañándolo siempre.

Su hermano Mario; con su familia -esposa y cuatro hijos- era alguien que ante problemas semejantes, parecía que huyera como si no se viera en condición de hacerse cargo. Así Juan Manuel, percibió que de hermano menor por obligación debió tomar por así decirlo el “rol” de jefe de familia. Igualmente pensaba que no le disgustaba ello, ya que desde siempre sus ideales siempre estaban del lado del más débil. Así lo sentía.

Un llamado; una voz ansiosa diciendo su nombre lo sacó de sus cavilaciones. Era Marianela; que lo venía a buscar. Juntos se fueron al departamento que habían alquilado en el Barrio de Flores, más precisamente sobre la calle Ramón L. Falcón -aquel jefe de policía que ejecutó las brutales represiones en contra los inquilinos de conventillos y los activistas de la “semana roja”, quien respondía a la oligarquía porteña. Posteriormente fue asesinado en 1909 en un atentado. Es lo que pensó en ese momento Juan Manuel; como podía ser que calles o avenidas de la ciudad, tuvieran los nombres y apellidos de tantos apátridas.

Llegaron al departamento, Marienela le dijo que iba a preparar algo para la cena, con lo poco que tenían. A decir verdad; cuando Juan Manuel trabajaba en una empresa multinacional de bebidas gaseosas, como empleado de la oficina de personal, le había echado el ojo a la recepcionista de la empresa que no era otra que Marianela. Lo que no sabía Juan Manuel; es que tenía un competidor feroz y despiadado, un abogado, un tal Lozada Echenique de la alta sociedad cordobesa que pretendía que Marianela fuera su amante.

Cuando Lozada Echenique supo que Juan Manuel, rondaba por la recepción le advirtió al Jefe de Personal un tal De Angelis, que le dijera a Juan Manuel que no se acercara más a ese lugar. De lo contrario, lo despediría.

De Angelis lo llamó a su oficina y le informó textualmente las órdenes de Lozada Echenique. Juan Manuel le dijo para conformar a todos que sí y sonrió por lo bajo. Ya Marianela y él habían salido más de una vez y tenido una apasionada relación sexual, que llevaba a los dos fuera de todo límite…

Continuará…

Imagen de portada: Gentileza Pinterest – Monumento a la Carta Magna y a las cuatro regiones argentinas. Ciudad de Buenos Aires.

Historias de Vida

Juan Manuel

Juan Manuel; a un mes de haber contraído matrimonio con Marianela, se preguntaba por qué motivo, todo se había desencadenado tan rápido y llevado a esa decisión. Marianella era casi cuatro años mayor que él, con solo veinte años, a 15 días de cumplir los 21. 

Trataba de reflexionar sobre las razones; pero se decidió realizar un análisis retrospectivo de su vida hasta ese momento, al creer que lo hizo tan intensamente, creyendo tontamente que se las sabía todas. Hasta que comenzó a reprochar algunas actitudes, que había tenido no solo con amigos y muchachas de paso, sino también con sus padres.

Comenzó recordando que en su infancia, había sido lo suficientemente feliz que en aquella época de los 50, no era poco. Recordaba que su padre además de ser policía de la montada; trabajaba también cuando estaba de franco en trabajos insalubres tanto en una curtiembre como puliendo vidrio, ya que eran seis bocas que debía alimentar, pero además tenía que ver la grotesca y repulsiva figura del Señor Golban,que venía una vez por mes para cobrar el alquiler y de paso, inspeccionaba con una mirada repugnante y llena de soberbia, cada rincón de la casa. Pensaba Juan Manuel, que aquella era una casa que tenía unos cincuenta años de construcción y eran las típicas “chorizo” de Buenos Aires.

Del lado izquierdo, mirando de frente todos los ambientes, uno seguido del otro hasta llegar al último, el baño -único para todos- y del lado derecho, un patio largo con canteros cubiertos por plantas y flores, incluyendo un duraznero “japones” que le daba un tono .exotico. 

Al fondo; una escalera de chapa, en donde se denunciaba estrepitosamente por el ruido que hacía, cuando quien fuera subía o bajaba por la misma. 

Llevaba esa escalera a una pequeña habitación; que cuando él era niño era ocupada por su hermano mayor, Mario quien le llevaba una diferencia de edad de quince años. Luego de Mario; Mabel y Alicia sus hermanas también mayores, con una diferencia de diez y casi siete años. 

Es decir, era el menor y el más consentido de su madre, Sara. 

Se preguntó porque traería a su memoria todo aquello, pero estaba seguro que con ello podría desentrañar cómo había llegado hasta aquí. 

En matrimonio; cuando recordaba que dos horas antes de ir al Registro Civil, se acercó a su madre Sara diciéndole que no quería casarse….La madre, que tiempo atrás le había dicho que ella se oponía a esa relación y que su decisión era demasiado apresurada, ya que él había conocido a Marianela hacía unos cuatro meses, le contestó secamente: -está decisión la tomaste vos; ahora hacete cargo-

Continuó recordando su infancia con detalles que aún tenía bien grabados en su memoria. Sus padres ya al unirse en matrimonio; se habían constituido en noticia, a tal punto que en una oportunidad fue publicada su relación en la vieja revista Caras y Caretas de Natalio Botana. ¿La razón?

Su madre era una de los siete hijos de la viuda Asme Alí de Soleiman; que había llegado junto a su marido y a una hermana de éste, al puerto de Buenos Aires desde el Líbano. Su religión era la musulmana; si bien mantenían las tradiciones, las cinco hijas y los dos hijos menores no estaban obligados a realizar las cinco oraciones diarias del Islam. Eso sí eran parte de una colectividad muy cerrada, al igual que los judios o judios sefardíes. No se integraban a los porteños de la ciudad. Su madre Asme, al fallecer muy joven su marido, continuó llevando adelante el negocio familiar -una verdulería- fuente de sustento de toda la familia.

Por otra parte; su padre Francisco era nieto de genoveses con ascendencia de suizos y vascofranceses -por vía materna-. Su mamá a la que llamaban “Monona” y su padre Felix, eran católicos no practicantes.

Recordaba que distinto era este matrimonio, a aquel que se consagraron sus padres. En una sociedad más que machista; cuando se conocieron Sara y Francisco, gracias al ardid de una de las hermanas de Sara, de pseudónimo Popi, pareció que Cupido se hiciera presente de manera más que expeditiva. 

El flechazo mutuo fue instantáneo. Se decía a sí mismo Juan Manuel; también la belleza oriental de mamá y la “facha” de papá, rubio de ojos grises o verde agua según el clima, no podría haber sido de otra manera.

Pero…siempre hay un pero. Cuando se enteraron los de la colectividad musulmana -ni que hablar-; amenazaron con la expulsión a su abuela y sus hijos; entonces los “paisanos” comenzaron a hostigar al padre -Francisco- hasta llegarlo a correr a él hasta donde vivía, a unos 400 metros en donde 3 o 4 hombres con cuchillas lo amenazaron. Francisco se puso de espaldas contra la pared y empezó a repartir zapayasos a diestra y siniestra; hasta que sonó un disparo. Los “paisanos” huyeron como si hubieran visto al mismo diablo, pero no, era el padre de Francisco abuelo de Juan Manuel, que tiró al aire con su revólver para disuadir a los atacantes.

Pero nada ni nadie pudo hacer que Sara y Francisco se separaran. Por el contrario ella se fue de la casa materna…bahh…la propia madre la expulsó. Y así se hizo la historia que noticia en la revista de gran circulación en aquellos tiempos.

Deambulo la pareja; primero alquilando una habitación en casa de familia, luego viviendo en la casa de Felix, hasta que un día este -malo como la peste- cortó la luz; mientras Sara amamantaba a su primer hijo, Mario. La excusa, es que era mucho gasto. No le importaba que su hijo Francisco, pagará los gastos que la pareja y el niño ocasionarán. Ahí Francisco, discutió con Felix como siempre, ya que las diferencias entre ellos venían de vieja data, cuando el viejo se emborrachaba y les daba mala vida a “Monona” y a sus dos hijos, Francisco y Santiago. 

Por esa razón; mucho antes “Monona” les pidió a sus hermanastras cobijo y educación de sus hijos, y así recaló en donde una de ellas -todas directoras de escuela-, Valentina. Pero como nada es gratis en esta vida; “Monona” se convirtió en la multifuncional mujer que se encargaba de cocinar, lavar, planchar, limpiar, coser y todo lo que a sus hermanastras quisieran pedirle. Fue una Cenicienta antes de mediados del siglo XX.

Esa situación duró como unos diez años, tal es así que Francisco y Santiago se fueron con ocho años y volvieron con dieciocho, en el undécimo pedido del padre a Monona, del feroz Felix. “Monona” accedió por sus hijos y volvieron a la enorme y vieja casa de la calle Argerich.

Eso sí; el sueldo que cobraban tanto Francisco como Santiago, recalaban en las manos de Felix, el padre que le daba unos pesos a cada uno para sus gastos.

Volvió Juan Manuel, a pensar lo que le habían contado sus padres. De alquilar una pieza; luego una casa y luego otra, hasta llegar a la actual, en la que había nacido él. Eso sí un recuerdo lo había marcado para siempre. Tenía cinco años; su padre hacía más de veinte años que estaba en la policía y se desencadenó en la Argentina en el año 1955 el golpe de Estado contra Perón. Si bien no puede precisar Juan Manuel en qué mes se produjo el incidente que vivió, solo recuerda -el dormía en una cama chiquita- al lado de la de sus padres siempre tomado de la mano de su madre, hasta que el sueño llegaba.Una madrugada se despertó por los gritos y ruidos, despavorido. Era su padre con su arma reglamentaria en la mano apuntando al techo y solo recordaba que le pedía a su madre …”un vaso de leche” entre palabras ininteligibles…

Continuará… 

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest –  Almacen de comestibles fines de los ´60 – Buenos Aires.