El evangelio según Amélie Nothomb: «Lo que quería escribir era la historia de la cruz»

Su nueva novela, «Sed», llegará a las librerías argentinas a fines de febrero

La escritora belga se pone en la piel de Cristo para narrar en primera persona el tormento de la crucifixión. Acusada de blasfema, la autora señala que la suya es la novela «de una persona que acepta un dolor infame”. 

La baronesa Fabienne Claire Nothomb tuvo una epifanía familiar a los tres años. Su padre le habló de Jesús y pronto el personaje se transformó en un superhéroe que la acompañaría toda su vida. Entonces no sabía que sería escritora, pero tenía la íntima convicción de que escribiría algo sobre esa figura heroica. La niña, la adolescente, la joven se fue desplazando por el mundo al compás de los destinos diplomáticos paternos: Japón, China, Estados Unidos, Laos, Birmania y Bangladés, entre otros. 

En 1992 publicó la novela Higiene del asesino, en la que relata la muerte de su hermano en una pelea callejera, y comenzó el fenómeno literario como Amélie Nothomb, autora fetiche del sello independiente francés Albin Michel. “La crucifixión de Jesús no ha servido para nada. Jesús sabe que su dolor se va a utilizar y va a hacer daño a la humanidad y aún así somete su cuerpo a esa cosa tan horrible. Sólo sé que fue un sacrificio horroroso y un despilfarro monstruoso”, dice la escritora belga sobre su última novela Sed, publicada por Anagrama, en la que se pone en la piel de Cristo para narrar en primera persona el tormento de la crucifixión.

El enigma del mal

“Siempre supe que me condenarían a muerte”, confiesa Jesús al comienzo de la magnífica novela Sed, que llegará a las librerías del país a fines de febrero.

Esta certeza sucede durante el juicio ante Poncio Pilatos, al que define como “una parodia de justicia”. Cada uno de los beneficiarios de los milagros testificó en su contra: el antiguo ciego se quejó de lo feo que era el mundo; el antiguo leproso declaró que nadie le daba limosna; la madre de un niño al que había curado llegó a acusarlo de haberle arruinado la vida. 

“El enigma del mal no es nada comparado con el de la mediocridad (…) Disfrutaban comportándose como miserables en mi presencia. Su única decepción fue que mi sufrimiento no se notara más. No porque quisiera negarles ese placer, sino porque mi sorpresa superaba con creces mi indignación”, reflexiona Jesús, que en la versión de Nothomb afirma que “tener cuerpo es lo mejor que te puede pasar”.

Sed, o el Evangelio según Nothomb, está escrita con una maravillosa condensación del lenguaje, como si apelara a la precisión de la poesía para contener ese monólogo de Jesús. “La piel es lo más profundo que hay en el hombre”, dice Jesús, que reproduce una frase textual de Paul Válery, sin nombrarlo. “Soy como los demás, tengo miedo a morir”, agrega el protagonista de la novela de la escritora belga, una autora a la que el humor y la ironía le sientan bien. 

“El único evangelista que ha manifestado un talento de escritor digno de ese nombre es Juan. Precisamente por eso su palabra es la menos fiable. ‘El que bebe de esta agua nunca volverá a tener sed’: nunca dije nada parecido, habría sido un contrasentido”, argumenta Jesús.

Subir a la cruz

Desde Barcelona, Nothomb, vestida de negro para no defraudar el estilo neogótico que le imprimen los modelos de su diseñador favorito, el japonés Yohji Yamamoto, pero sin los sombreros que suele usar, recuerda que Sed le llevó 50 años de premeditación. 

“Yo no quería escribir la historia de Jesucristo, eso ya lo han escrito muchas veces. Lo que quería escribir era la historia de la cruz y eso es lo que plantea un problema porque es esta cruz lo más difícil”, cuenta la autora de El sabotaje amoroso, Estupor y temblores, Cosmética del enemigo, Biografía del hambre y La nostalgia feliz, entre otras novelas. 

“Me pareció algo evidente escribir en primera persona, no porque yo me tome por Jesús sino porque para aceptar la crucifixión tenía que tener como una cámara, es decir estar adentro, y esto lleva a la primera persona del singular”, explica Nothomb y reconoce que quizá fue la más dura de todas las novelas que escribió. “Cada mañana cuando me levantaba pensaba: ahora tienes que volver a subir a la cruz”.

Nothomb –-que leyó todos los Evangelios para escribir Sed– cuestiona “algunas lagunas” que encontró desde su “humilde” punto de vista. “A los evangelios les falta el cuerpo; la crucifixión, precisamente, es el cuerpo, por lo que intenté escribir el evangelio del cuerpo y de ahí el título Sed, que es la unión entre el cuerpo y el espíritu”, plantea la escritora y aclara que su novela no es un libro religioso. “Un día alguien sostendrá que nadie es irremplazable.

Yo pregono lo contrario. El amor que me consume afirma que todo el mundo es irremplazable. Es terrible saber de antemano que mi suplicio no sirve para nada”, afirma el Cristo nothombiano.

En Francia y en Bélgica muchos creyentes han puesto el grito en el cielo y han acusado a la escritora belga de haber escrito un libro “blasfemo” cuando para ella es “la novela de una persona que acepta un dolor infame”. 

Pero entre los creyentes hay discrepancias. “El Vaticano fue muy tibio.

Después, algunos curas me escribieron insultándome; no eran las primeras cartas que recibía con insultos, pero sí las primeras de religiosos. Son unas cartas admirables”, exclama entusiasmada por lo que puede generar una novela de apenas 123 páginas. 

“También he recibido cartas de curas jóvenes que me agradecían el libro. La iglesia joven es favorable al libro y la vieja iglesia es bastante tibia, para no decir insultante”, compara la escritora que integra desde 2015 la Real Academia de la Lengua y la Literatura Francesa de Bélgica, y que en 2021 ganó el Premio Renadout por Premier sang, novela también en primera persona, en la que se mete en la piel de su padre Patrick, que murió en marzo de 2020.

“Lo único que sabemos es que Jesús existió, lo que no se sabe es si fue hijo de Dios o no -advierte Nothomb-. Me parece más interesante pensar en él no como hijo de Dios, porque entonces Jesús es cualquier persona que un buen día, no se sabe por qué, decidió ser Jesús, es decir, estar disponible para los demás, cosa que todos podemos hacer, pero que es invivible”. 

La escritora belga se sube a la cruz para mostrar un Cristo mundano y con miedo a la muerte. “Mientras estás vestido, eres alguien. Ahora no soy nadie. Ya no soy nada. Dentro de mi cabeza, una vocecita me susurra: ‘Te han dejado tu paño. Podría ser peor’. Toda la condición humana se resume así: podría ser peor”, observa el Jesús de Sed.

Descubrir el sufrimiento

A la escritora belga le interesan las paradojas de la versión canónica de los Evangelios. “El evangelio dice ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, pero Jesús acepta ser crucificado y esto es el mayor sufrimiento que pueda padecer una persona, por lo que quien acepta esto es una persona que no se quiere. Hay una paradoja con la frase de amar al prójimo. 

De hecho es esta frase la que hizo que enfermara cuando leía los evangelios. A los 12 años descubrí el sufrimiento y ahí se planteó el problema porque Jesús se ofrece al sufrimiento y la iglesia lo glorifica y yo me pregunto por qué el sufrimiento se tiene que ver como una redención, como una cosa que se glorifica. Al escribir Sed empiezo a encontrar un principio de respuesta”, admite Nothomb.

La última palabra de Sed es soledad. “La pandemia es la enfermedad de la soledad. No sé cómo se habrá vivido en América Latina, pero para mí, que estuve encerrada en mi piso en París, escribiendo, fue sinónimo de una larga soledad”. 

En cuanto a otras obras centradas en la figura de Jesús, Nothomb califica de “obra maestra” a La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, basada en la novela del escritor griego Nikos Kazantzakis. “En la película Jesús puede escoger entre una vida normal y la crucifixión; se casa con María Magdalena y tiene hijos, es decir que puede optar por una vida ordinaria. 

En mi libro también está presente ese amor, pero quizá sea menos central que el tema del sufrimiento”, analiza y destaca que la obra “más extraordinaria” es El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago. 

“Nunca se escribió algo tan duro sobre Jesús; Saramago narra la crucifixión de una manera sofocante, quita la posibilidad de respirar y en comparación mi Sed es una novela adorable. Lo que sorprende es que este tema inspira y ha inspirado desde siempre. Y seguramente seguirá inspirando”.

Un Judas cerca

No encuentra algo similar a la cruz de Cristo en nuestros días. “No veo un equivalente físico. La crucifixión era la pena de muerte más infame. Incluso si pensamos en las decapitaciones que hacen los terroristas, son horribles, pero son más rápidas. La crucifixión es eterna”, distingue Nothomb y comenta que a su padre (que llegó a leer el libro antes de su muerte) y a su madre les gustó Sed. 

Pero para el resto de los Nothomb, una familia católica y tradicional de Bélgica, fue más difícil aceptar el contenido de la novela. “Yo no tengo la sensación de haber sido blasfematoria. Jesús tiene relaciones sexuales con una mujer, considera que la crucifixión ha sido un error y esto es lo que algunas personas han considerado que era blasfemo -precisa-. 

A mi familia no le gustó el libro, pero tampoco pasó nada más. En cambio sí recibí cartas de otros católicos que eran auténticos insultos y para mí es un misterio cómo una persona que dice pertenecer a una religión que promueve el amor al prójimo escribe cosas tan odiosas”.

El Cristo nothombiano sabe que Judas lo va a traicionar. “Amarlo tenía algo de reto y eso me hacía amarlo todavía más. No porque me gusten los amores difíciles, al contrario, sino porque con él ese añadido resultaba indispensable”, se lee en una parte de Sed. “Me inspiré en alguien que quiero y que está muy cerca de mí, pero esta persona no se reconoció en Judas -revela la escritora belga-. 

Cuando tuve que idear el personaje de Judas pensé: quién está cerca de mí que se parezca a él. Todos tenemos un Judas cerca, no un Judas en el sentido de que nos traicionará, sino en el sentido de que nadie entiende por qué esta persona es nuestro amigo”.

El Jesús de Nothomb se rebela contra el martirio que está sufriendo: “Esta crucifixión es un error. El proyecto de mi padre consistía en demostrar hasta dónde se podía llegar por amor. Ojalá no fuera una idea estúpida, un simple gesto superfluo. Por desgracia, es espantosamente nociva. 

A causa de mi estúpido ejemplo muchas teorías humanas elegirán el martirio. ¡Y si solo fuera eso! Incluso aquellos que posean la sabiduría de optar por una vida sencilla serán contaminados. Porque lo que mi padre me está infligiendo demuestra un desprecio por el cuerpo tan profundo que siempre dejará alguna huella”.

Cuerpo presente

Escribir es como respirar para Nothomb. Si no escribe, la invade la sensación de que su vida está en peligro. Por eso escribe tres o cuatro novelas por año, aunque solo publique una. Ese material de descarte, ha asegurado en más de una entrevista, no será publicado después de su muerte. “Virginia Woolf dijo que las cosas no pasan hasta que las escribimos. 

Yo escribo para entender”, confirma la escritora belga que prefiere al Jesús que está sufriendo y “no el de los milagros”. “Jesús empieza a sufrir porque es alguien que no es comprendido. Una de las cosas que más se le reprocha son los milagros. En el juicio vemos la ingratitud de los seres humanos cuando se les regala algo potente como un milagro”.

El Jesús de Sed ama, odia, teme, sufre, contradice enseñanzas (“ama a tu prójimo como a ti mismo”) y no cree en el diablo: “Creer en él no sirve de nada. Ya hay suficiente mal en el planeta, no es necesario añadir otra capa”. A Nothomb le interesa pensar a Cristo como alguien cualquiera. 

“Si Jesús tiene un origen diferente, es muy fácil decir que está por encima, no tiene las mismas cartas. Si Jesucristo es igual que nosotros podemos vivir la misma vida, por supuesto cambiando algunos detalles. No hace falta que acabemos en la cruz -ironiza-. Pero lo más difícil es la presencia. Siempre es muy difícil estar aquí y ahora, estamos pensando en la cena, en qué falta. Lo difícil es estar presente y eso es lo más espiritual que podemos hacer”.

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FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Cultura. Por Silvina Friera

Sociedad y Cultura/Literatura/Novela

 

Una autora argentina ganó el Premio de Novela Vargas Llosa.

La escritora argentina Paola Vicenzi resultó ganadora del XXVI Premio de Novela Vargas Llosa por su obra “Equis Equilibrio”, una historia centrada en una mujer que debe cuidar a su hija adolescente cuando sufre un brote psicótico, y con la que se impuso a 942 trabajos procedentes de 36 países, según dieron a conocer los organizadores del certamen.

“Quise poner sobre la mesa un tema por lo general silenciado, injustamente signado por el prejuicio y la vergüenza” como es el de la salud mental, aseguró la autora tras conocer el veredicto del jurado, integrado por Francisco Florit Durán, Soledad Puértolas, Raúl Tola y José María Pozuelo Yvancos.

El premio, convocado por la Universidad de Murcia (UMU), la Fundación Mediterráneo y la Cátedra Vargas Llosa, alcanzó en esta edición un récord de originales presentados, con 942 textos procedentes de 36 países, entre los que se cuenta, además de 19 naciones iberoamericanas, obras procedentes de Alemania, Canadá, China, Dinamarca, Egipto, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Israel e Italia.

La novela ganadora se construye a partir de la bitácora de una mujer viuda que tiene una hija de 18 años y que lleva una vida ordinaria hasta que la joven sufre un brote psicótico que la lleva al aislamiento en su casa, donde ambas deberán redefinir su vínculo.

«‘Equis Equilibrio’ es una obra que significa mucho para mí, porque estoy convencida de que es necesario poner sobre la mesa ciertos temas que como sociedad escondemos bajo la alfombra, dejando muy sola a mucha gente. Considero que la literatura es un buen lugar para plantarles cara, para empezar a perderles el miedo», señaló Vicenzi.

La autora, nacida en la provincia de Buenos Aires, es escritora, correctora y coordinadora de talleres literarios. Debutó en la literatura con «En su propio vuelo», una obra autobiográfica en la que narra su experiencia como madre de trillizos. Hace cuatro años obtuvo el premio MGE de la Editorial Random House a la Mejor Novela Contemporánea por «La otra vida de papá».

«Desde pequeña tuve una imaginación bastante inquieta, que me posibilitó construir refugios para protegerme de una realidad por momentos dura. Ese ejercitar la inventiva, con el tiempo, me llevó a volcar sobre el papel muchas historias, algunas de las cuales he decidido compartir con ustedes», apunta Vicenzi en la presentación de su página web.

«Como escritora, siento que nada de lo humano me es ajeno. Me interesan en especial las situaciones que nos ponen a prueba, que nos interpelan, que sacuden nuestras estructuras. Y también me sensibiliza todo lo vinculado con la maternidad (soy madre de trillizos). Unir estas dos cuestiones me resultó un desafío interesante y, sobre todo, la posibilidad de poner sobre la mesa un tema por lo general silenciado, injustamente signado por el prejuicio y la vergüenza, que es el de la salud mental», define.

Los miembros del jurado ponderaron en el fallo el hecho de que la autora haya tenido la capacidad de ahondar en la mente de una persona que está pasando por el proceso de cuidar a un enfermo, «reflejándolo de un modo tan vívido que da la sensación de constituir un diario real».

Además, destacaron la humanidad del relato y el intenso reflejo de la desesperación y el cansancio de una madre que ha de afrontar prácticamente sola la enfermedad de su hija. El presidente del jurado la calificó como «una novela que informa, hace pensar y emociona».

El año próximo, en el mes de diciembre, verá la luz su libro ganador en la presente edición del premio literario Vargas Llosa, que también conocerá por esas mismas fechas al ganador de la XXVII edición. 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas

Literatura/Novela/Nuestros escritores/Argentina/Premio de Novela Vargas Llosa

 

Jay Parini: «Borges era el amo de los piratas, Morgan en persona»

El autor de la novela «Borges y yo», conoció de manera casual al autor de 

«El Aleph» en1971, en Escocia. De inmediato quedó deslumbrado por 

su personalidad. En esta nota habla de la novela escrita 50 años después 

de ese encuentro que lo deslumbró.

Jay es un joven estudiante de literatura que sueña con ser poeta, angustiado por la posibilidad de ser reclutado de forma compulsiva por el ejército de los Estados Unidos para ser enviado al frente, en lo peor de la Guerra de Vietnam. 

Tiene algo más de 20 años y pocas certezas, pero está convencido de que esa guerra que está consumiendo a su país es un completo despropósito y que no será parte de ella. Para ponerse a salvo, decide viajar a Escocia para cursar un posgrado en la Universidad de St. Andrews. 

La travesía resulta oportuna para tomar distancia del pueblito en el que vive, de la casa paterna y en especial del vínculo con su madre, una mujer sobreprotectora y trágica a la que adora pero que, se da cuenta, no le permite empezar a crear sus propios lazos con el mundo. 

En Escocia, Jay conoce a Alastair Reid, un hombre mayor que él y un extraordinario lector, quien lo estimulará en la difícil labor de depurar su escritura. Alastair es, además, el traductor de Borges al inglés, aunque Jay no tiene ni idea de quién es Borges y tampoco está interesado en descubrirlo. Pero lo hará.

Es que el viejo escritor argentino está por visitar Escocia y pasará algunos días en la casa de su traductor, que está fascinado con la idea de recibirlo.

Pero ocurre que cuando el autor de Ficciones por fin llega, una urgencia obliga a Alastair a viajar a Londres y no encuentra mejor solución que pedirle a Jay que se encargue de cuidar a Borges durante su ausencia. 

Una vez solos, el viejo convencerá al joven de que lo lleve en auto a conocer las Highlands, las tierras altas al norte de Escocia, cuna de tantos mitos. 

Un poco por compromiso y otro poco por curiosidad, Jay acepta el pedido de Borges. Así, juntos, ambos parten en un Mini Cooper destartalado en un viaje capaz de opacar en aventuras y maravillas al que emprendió el cansado Ulises para regresar a Ítaca, su patria.

Este es apenas el comienzo de la novela Borges y yo, escrita por el escritor estadounidense Jay Parini y publicada por el sello editor Emecé. 

En sus páginas, memoria y ficción se trenzan para darle forma a un relato que tiene el encanto de revivir a un Borges íntimo, desconocido para muchos de sus lectores, pero al que se intuye en las infinitas entrevistas, libros de diálogos y anécdotas que lo tienen como protagonista. 

Como ocurre con muchas películas que abrazan la tarea de ficcionalizar historias reales, el Borges y yo de Parini también podría comenzar con un aviso al lector: aunque los hechos que acá se narran son reales, algunos personajes, situaciones y diálogos han sido modificados y/o creados con fines dramáticos. 

Como en muchos de los textos del corpus borgeano, en la novela de Parini es imposible saber dónde está el límite entre los recuerdos del autor y esos retazos de ficción necesarios para crear un universo tan vívido como atractivo.

Ese Borges que surge de los recuerdos de Parini es en realidad muchos a la vez. Es el mismo viejo sabio con el que cualquiera se puede encontrar dando una vuelta por YouTube. 

Pero también una especie de Don Fulgencio, el hombre sin infancia, aquel cándido personaje de historieta creado por Lino Palacio para quien todo en la vida era parte de un juego ilusorio. 

Así se comporta Borges al conocer esos lugares de la Escocia mítica que desde la infancia habitaban en su imaginación. El Lago Ness, con su monstruo misterioso que para él no es otra cosa que la encarnación de Grendel, la bestia que aterroriza a los vikingos en el poema épico Beowulf. 

La ciudad de Inverness, citada por Borges en uno de sus cuentos más famosos, El Aleph. O la llanura de Culloden, donde los realistas escoceses perdieron su última batalla contra el ejército inglés. 

Pero también es un nene celoso que le guarda rencor eterno a Oliverio Girondo por robarse el corazón de Norah Lange, su primer amor; o el protagonista de un involuntario viaje psicotrópico, después de devorar con avidez varias porciones de un brownie preparado con un ingrediente “secreto”. 

Con mano amorosa y de forma ilusoriamente simple, Parini guía al lector por un recorrido maravilloso al centro de su memoria, creando en el camino un verosímil Borges de fantasía.

–Una parte importante de su libro gira en torno al vínculo que usted mantuvo con sus padres durante su infancia y juventud. Por eso quisiera comenzar con una pregunta que su padre le hace a aquel Jay joven. ¿La literatura es una profesión?

-Pienso que en la actualidad, 50 años más tarde, podría decir que la literatura es tanto una vocación como una profesión. Hago lo que hago por amor a esa materia, porque realmente amo escribir y pensar acerca de la literatura y del acto de la escritura. Tengo la sospecha de que aquel encuentro con Borges me ayudó a imaginarme, a verme a mí mismo como un escritor en el futuro.

–Más allá de que Borges esté en la novela, esta está atravesada por un espíritu borgeano. Por ejemplo, está repleta de juegos intertextuales. ¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en esas referencias? ¿Fue difícil integrarlas al relato sin que el recurso se volviera artificial?

-Creo que esa relación entre la obra de Borges y mi novela va variando en cada caso. Sin embargo, en cuanto al caso del profesor Falconer y su “escritura” de los sonetos de Shakespeare, toda esa historia es literalmente cierta y no necesitó que yo le agregara ni el más mínimo detalle de ficción. 

Me parece que en ese sentido Borges fue tan clarividente que fue capaz de prever muchas de las cosas que ocurren en el mundo. Yo simplemente tuve que estar atento a eso, realizando los ajustes que me parecieron oportunos tanto para la historia, como para conseguir que el libro tuviera el mayor número posible de ecos borgeanos. 

Por ejemplo, todo el asunto de las duplicaciones se encuentra muy presente en la obra de Borges, asi que me aferré a eso para ir encontrando ese tipo de paralelismos con mi propia historia. De ese mismo trabajo surge la anécdota, también real, del profesor Falconer confundiéndome a mí con mí mismo.

–“El primer deber de un crítico es leer con ánimo compasivo, tratando de comprender el punto de vista de quien escribe”. Me interesó esa afirmación porque creo que quienes amamos a Borges estamos obligados a ser piadosos con él, a disimular, a aligerar el peso de sus defectos como persona en beneficio de la admiración que nos produce su genio escritor. ¿Usted debió recurrir a aquel “ánimo compasivo” a la hora de convertir a Borges en personaje de su novela?

-Creo que ahí das en el clavo, porque coincido por completo con esto que acabas de marcar. Borges pudo haber tenido muchísimas fallas como hombre, como ser humano. Pero eso es tan cierto como que en su rol de escritor no tiene parangón. Por mi parte, siempre intento practicar la compasión de todas las formas en que me es posible, tanto sea en la escritura como en la vida real.

–En el libro, Alastair le dice que los poemas “nunca se terminan, solo se abandonan” y que “publicarlos es una forma de deshacerse de ellos”. Usted cuenta una historia ocurrida hace 50 años.¿Por qué tardó tanto en deshacerse de ella?

-Primero tuve que “ver” esta historia antes de poder escribirla, pero lo cierto es que recién pude hacerlo hace muy poco. En el pasado siempre me daba mucha vergüenza escribir sobre mí mismo. 

Creo que necesité tomar una gran distancia para tener la perspectiva suficiente sobre aquel que fui, sobre mi propia juventud, y sentirme capaz de escribir acerca de ese chico de esa manera compasiva de la que hablábamos antes.

–Borges le dice que “nada existe si no encuentra su camino hacia el lenguaje”. ¿Cuánto de esta afirmación es responsable de que usted haya decidido, 50 años después, convertir aquellos recuerdos de juventud en esta novela?

-Creo firmemente en eso y después de cinco décadas deseaba, por fin,  poder darles un cuerpo a mis pensamientos y experiencias de aquel lejano 1971. Ahora puedo decir que me siento muy bien en relación a lo fiel que conseguí ser al espíritu de aquella época de mi vida.

-Su Borges también afirma que “todo escritor es un pirata”, porque “pillamos, tomamos lo que nos gusta de los demás, les damos forma a esos bienes robados para nuestros propósitos personales”. ¿Diría que Borges y yo es una novela pirata?

-Absolutamente. Puedo confesar sin avergonzarme que en ella robé a conciencia cosas de Alastair, de Borges, de Mackay Brown y de docenas de otros escritores. En ese sentido, yo también creo que toda escritura es un acto de piratería. ¡Y Borges era el amo de los piratas! ¡El Capitán Morgan en persona!

-El protagonista concluye que “a pesar de su mentalidad cosmopolita, Borges parecía apegado a Buenos Aires” y que ese espacio “no era algo a lo que pudiera renunciar. Era su hogar”. Si pensamos en la memoria como un espacio que habitamos, ¿se podría decir que en este libro usted también se construyó un hogar a medida?

-Sí, en efecto. Y por cierto: esa es una analogía encantadora. En este libro mi hogar es un lugar en la memoria, una residencia permanente. En sus páginas he tratado de crear lo que Shakespeare llamaba “a local habitation and a name” (una morada local y un nombre).

-Su Borges tiene la locuacidad, la inteligencia y la picardía casi infantil del que retrata Bioy Casares en su libro Borges. Comparte la avidez y el celo por lo libros con el venerable Iorge, el monje de El nombre de la rosa que Umberto Eco creó inspirado en Borges. Y es también ese fantasma cordial y casi abstracto que camina por Buenos Aires en Sobre héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato. ¿Leyó esas obras?

-Sí, he leído todos los libros que usted acaba de mencionar y confío en que mi Borges habita en esa misma tradición literaria, tan autoalimentada por el propio Borges, pero al mismo tiempo también tan real. 

Recuerdo muy bien una charla que tuvimos con Umberto Eco, en la que hablamos mucho acerca de Borges, y ambos compartimos esta visión acerca de él como una figura extraña y espectral. ¡El amo y señor de la biblioteca universal!

– ¿Cree que detrás del hecho de haber conocido a Borges están los hilos del destino, tejiendo los hechos de forma borgeana, o no fue más que un golpe de suerte?

-Me temo que todo ha sido solo un tonto golpe de suerte, una serie de encuentros fortuitos que me han traído hasta esta realidad. En primer lugar, pensá que si no hubiera conocido por mera casualidad a la persona que me sugirió irme a estudiar a la Universidad de St. Andrews, ninguno de los acontecimientos que narro en este libro hubieran tenido lugar. Incluso estaría viviendo una vida muy distinta a la que tuve hasta ahora. 

Muy probablemente tampoco hubiera conocido a mi esposa ni hubiera tenido a mis hijos actuales. ¡Mucho menos tendría a mis cuatro nietos! Y todo eso porque el encuentro con Alastair derivó en mi primer trabajo en el Dartmouth College, donde conocí a esa mujer que más tarde se convertiría en mi esposa. Creo que la vida no es más que una feliz coincidencia.

–Imagínese que el destino o la suerte (o la ficción) le permitieran volver a encontrarse con Borges ahora, los dos con algo más de 70 años. ¿Qué clase de conversación cree que tendrían esta vez?

-Daría cualquier cosa por poder volver a entrar en un hotel de Escocia y encontrarme ahora con Borges en el bar, para mostrarle que yo también logré convertirme en un viejo hombre de letras. Un hombre que, igual que él, ha vivido una vida “verdadera” tanto en los libros como en los caminos del mundo. Creo que ahora podríamos compartir muchas risas y que sería una buena oportunidad para perdonarnos a nosotros mismos por los temores y desvíos de nuestra juventud.  «

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FUENTE RESPONSABLE: Tiempo Argentino. Por Juan Pablo Cinelli.Diciembre 2021.

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Murió Anne Rice, la mujer que se encargo de «romantizar» a los vampiros.

Luto en la literatura.

La autora de «Entrevista con el vampiro» falleció a los 80 años producto de complicaciones de un ACV. 

Anne Rice, la autora gótica famosa por su exitosa novela “Entrevista con el vampiro”, falleció este sábado a los 80 años debido a complicaciones de un ACV.

Su hijo, Christopher Rice, hizo el anuncio en las cuentas de la autora en Facebook y Twitter.

“En sus últimas horas, me senté junto a su cama de hospital admirado por sus logros y su valor», escribió en un comunicado. 

Cliquea por favor, aquí

Anne Rice escribió en 1976 “Entrevista con el vampiro”, novela que fue adaptada más tarde en una película protagonizada por Tom Cruise y Brad Pitt en 1994. Además, se anunció que la historia será llevada a la televisión en una serie de AMC y AMC.

La novela reactivó el interés en el género vampírico, que más tarde continuó con las series «The Vampire Diaries» y la saga Crepúsculo.

Rice sería enterrada en una ceremonia privada en el mausoleo familiar en Nueva Orleans en una fecha no revelada, según el comunicado. El año que viene se celebrará un acto en homenaje a su vida. 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Lineas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas

Literatura/Novelas/Cinematografía/Anne Rice/Homenaje

La literatura de García Márquez en un manual de la Universidad de Oxford.

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La institución británica acaba de publicar un libro hecho por expertos mundiales en el realismo mágico del autor de “Cien años de soledad”. Este es un fragmento del capítulo escrito desde Tokio, sobre la influencia del Nobel de Literatura colombiano en Japón.

La prestigiosa Universidad de Oxford acaba de publicar El manual de Oxford de Gabriel García Márquez, libro que reúne a expertos mundiales sobre el escritor colombiano para presentar “un examen exhaustivo en inglés de su vida, obra y legado”, el primer trabajo de este tipo desde su muerte en 2014. Fue editado por quienes allí consideran autoridades sobre la literatura latinoamericana: Gene H. Bell-Villada e Ignacio López-Calvo. Así presentan la obra: “El volumen pinta un retrato rico y matizado de Gabo. Incorpora enfoques críticos continuos como el feminismo, la ecocrítica, el marxismo y los estudios étnicos, al tiempo que aclara aspectos clave de su trabajo, como su origen caribeño-colombiano; su uso del realismo mágico, el mito y el folclore; y sus opiniones políticas de izquierda”. (Recomendamos: Crónica de Nelson Fredy Padilla sobre García Márquez y su obsesión con la muerte).

Son 32 capítulos, uno de ellos escrito por nuestro corresponsal en Tokio, Gonzalo Robledo, sobre la relación del Nobel de Literatura con Japón, que reproducimos enseguida: (Le puede interesar. Video: La reconstrucción de los pasos de García Márquez en El Espectador).

Cien años de soledad y su influencia en Japón

La publicación en japonés de Cien Años de Soledad en 1972, marcó un hito en el mundo cultural del Japón y su influencia sigue vigente hasta hoy. Desde la literatura al cine, pasando por obras de teatro y películas de anime, la obra cumbre de García Márquez ha sido sido señalada como fuente de inspiración o reconocida como punto de inflexión profesional por destacados creadores japoneses.

Escritores como Kenzaburo Oe, Nobel de Literatura de 1994, o Natsuki Ikezawa, declararon abiertamente haber recibido una significativa influencia literaria de la obra cumbre del autor colombiano en la creación de aldeas o países periféricos que les sirven para cuestionar la historia oficial de Japón. Por otra parte, el realismo mágico ha sido señalado como la herramienta de Haruki Murakami para explorar la crisis de identidad individual de los japoneses nacidos después de la Segunda Guerra mundial.

La publicación en japonés de la obra de García Márquez sirvió además para sacar a flote coincidencias entre el realismo mágico y la temática y el estilo de muchas obras literarias japonesas escritas desde finales del siglo diecinueve, después de que Japón pusiera fin a más de doscientos años de aislamiento voluntario y el naturalismo importado de occidente empezara a desplazar a la literatura fantástica, nutrida de folclor y leyendas tradicionales.

Primera y única traducción en 1972

Una de las primeras obras literarias en español traducida al japonés fue El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha que, a finales del siglo XIX, se empezó a traducir y publicar, parcial y totalmente, de otros idiomas diferentes al español. A lo largo del siglo XX una docena de traductores ofrecieron su propia versión directa del español de la obra máxima de Cervantes y, en el siglo XXI, traducir el Quijote se ha convertido en un reto profesional para muchos hispanistas nipones. Por su parte, Cien años de soledad fue traducida directamente del español en 1972. Esa versión, revisada varias veces por su ya fallecido traductor, sigue siendo la única que leen los japoneses casi medio siglo después.

La idea de traducir Cien años de soledad al japonés se atribuye al hispanista Yoshio Masuda quien la recomendó a la editorial Shinchosha sugiriendo como traductor a su colega, el profesor Tadashi Tsuzumi (1930-2019). El traductor, que nunca conoció Colombia, se enfrentó al reto de traducir una novela inusual e innovadora en un idioma occidental cuyo primer contacto con Japón se remonta al siglo XVI cuando la evangelización de los jesuitas europeos dio lugar al llamado Siglo Cristiano (1549-1650).

En ese período Japón intentó iniciar un intercambio comercial con occidente y envió en 1613 una misión diplomática que por vía de Nueva España (México), visitó Cuba, España, Francia y el Vaticano. Durante el periplo, el cristianismo fue proscrito en Japón y algunos miembros de la comitiva nipona, que habían sido bautizados, prefirieron quedarse a vivir en el pueblo andaluz de Coria del Río, en el sur de España, donde sus descendientes llevan hoy el apellido Japón. Durante los siguientes dos siglos Japón sostuvo un comercio limitado con occidente, pero estuvo cerrado a los contactos con países hispanohablantes hasta la segunda mitad del siglo diecinueve cuando firma tratados comerciales y empieza una diáspora nipona que incluye el sudeste de Asia, Estados Unidos y México.

Ya entrado el siglo XX, los emigrantes japoneses viajan a países como Brasil, Perú, Bolivia, Argentina y Colombia. El contacto de estas colonias japonesas con su país de origen es anecdótico y solo hasta 1990, cuando Japón inicia una política de admisión de extranjeros descendientes de japoneses como mano de obra para sus fábricas, el idioma español empieza a figurar como un factor en las relaciones exteriores. El fútbol y la música salsa registran un auge, a la par del estudio del español en academias y universidades. Los medios de comunicación japoneses realizan reportajes sobre los países de origen de los nuevos inmigrantes y las editoriales publican textos de estudio de español y los diccionarios bilingües son actualizados.

Pero cuando Tsuzumi traduce Cien años de soledad, aún faltan dos décadas para ese apogeo de lo hispano. Tampoco existen los supermercados con productos latinos donde se pueden conocer en persona los sabores y los colores del trópico. Y por traducir en la era pre-internet, definir sustantivos que muy pocos japoneses habían visto en su vida, como “guayaba”, requiere una laboriosa búsqueda fuera del campo lingüístico.

Al estar Japón protegido cultural e ideológicamente tras la barrera de un idioma autóctono, hablado solo en el archipiélago, era apenas natural que para su versión de Macondo Tsuzumi recurriera a la domesticación del texto original. La gramática japonesa invierte las frases de idiomas occidentales como el español y la secuencia en la que aparecen los elementos de una escena es percibida por el lector nipón en el orden contrario al dispuesto por el autor. Si García Márquez nos introduce a Macondo en una especie de aterrizaje en el que vemos las veinte casas de “barro y cañabrava”, luego el “río de aguas diáfanas” que se precipitan en un lecho de “piedras pulidas y blancas y enormes como huevos prehistóricos”, el lector de la traducción japonesa llega a Macondo navegando río arriba y lo primero que ve son las piedras. Según el traductor japonés, los huevos pertenecen a un “monstruo prehistórico” que no figura en el texto original. En versiones revisadas el “monstruo” fue sustituido por una “bestia”.

Tsuzumi usa la onomatopeya, un recurso lingüístico frecuente en el habla diaria de los japoneses para describir sonidos, acciones, texturas, estados de ánimo o situaciones. Las onomatopeyas japonesas pueden tomar forma de adverbios o adjetivos y se forman a menudo con sílabas repetidas. La abundancia de piedras que forman el lecho del río de Macondo se expresa con el sonido “goro-goro”, mientras que el tacto liso de esas piedras pulidas es “sube-sube”.

En el título del libro, el traductor prefirió dar un toque exótico usando el orden del español y puso los cien años al inicio de la frase: Hyakunen no kodoku, lo que en la gramática japonesa equivaldría a decir “La soledad de cien años”. Una traducción más doméstica del título hubiera sido Kodoku no Hyakunen.

Tsuzumi realizó al menos tres revisiones para las sucesivas ediciones. Los colegas más cercanos al fallecido traductor, elogian su amplio vocabulario que le sirvió para transmitir en un japonés rico y fluido el tono cercano y ameno de narración oral del texto original. La traducción de Tsuzumi sigue teniendo un papel importante en la difusión de la cultura de habla hispana en Japón y en la percepción de la cultura de América Latina, además de seguir influyendo en reconocidas creaciones artísticas posteriores a su publicación.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón. Se publica con autorización del autor.

Imagen de portada: La portada del nuevo libro sobre Gabriel García Márquez ​(1927-2014), Premio Nobel de Literatura 1982.

FUENTE RESPONSABLE: El Magazin Cultural. Por Gonzalo Robledo especial para El Espectador. Colombia.

Literatura/Novela/Realismo Mágico/Sociedad y Cultura/Colombia

El devenir de un escritor…poniéndose en la piel del personaje. Fundamental; para el desarrollo de una novela en una época histórica.

Vivir la Edad Media: mi experiencia del Cid y su época.

Si deseas conocer mas sobre este tema; cliquea por favor donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.  

Ahora que se acaba de celebrar en la Universidad de Murcia el I Coloquio Internacional “Pensar, sentir, imaginar: Experimentar una Edad Media Contemporánea (siglos XX y XXI)”, los pasados 8 y 9 de noviembre, organizado por Pilar Garrido Clemente y Jacobo Hernando Morejón, me ha parecido un buen momento para retrotraerme a la documentación y escritura de mi novela Cid Campeador (IMágica Histórica).

Cuando hablo del Cid y de mi novela sobre el Cid me refiero también a mi experiencia de la Edad Media. 

El profesor de Literatura Española Medieval que me animó a escribirla, Amancio Labandeira, me decía que si uno quería conocer bien una época lo mejor era escribir una novela histórica. 

Yo debo conocer bien, quizá lo que se puede conocer —sin ser un medievalista—, el siglo XI. No lo leí todo, pero leí mucho; además imaginé, pasé por mi interior todo lo que había aprendido en los libros y en los viajes, en lo que hablé con gente sabia, y gracias a ello pude escribir la novela.

En el Cid por un lado está el personaje literario y por otro lo que entendemos por el personaje histórico. Después de leer La España del Cid, de Menéndez Pidal, el personaje histórico me parecía mucho más atractivo que el literario.

Yo los estudié a los dos, pero en la novela me inspiré más en el personaje histórico, en lo que entendemos por tal. Mi fuente más importante fue La España del Cid, que llaman “monumental” y no exageran. Cuando vuelvo mi mirada a este libro entro verdaderamente en la Edad Media.

«Algo muy parecido a lo que me ocurrió con el Cid me ha vuelto a ocurrir con Carlos V. Estuve casi cinco años dándole vueltas a la novela»

Me llevó mucho tiempo hacer la novela, años, sobre todo por la documentación, pero también porque no veía nunca el momento propicio para escribir. 

Para escribir o te lanzas en cualquier momento o necesitas una energía muy especial para hacerlo; tal vez a esta energía la llamamos inspiración. 

Son momentos en los que te encuentras “fuerte”. En su precioso libro El infinito en un junco, Irene Vallejo dice que se sentía incapaz antes de empezar a escribir después de todo el proceso de documentación, y que esto le ocurre con frecuencia. 

A mí me sucede lo mismo en ocasiones. Luis Alberto de Cuenca me dijo hace poco que eso nos ocurre a los que nos documentamos mucho.

Antes de la novela, durante la carrera, había escrito un cuento, un relato que valoro mucho, “El signo de interrogación”, sobre el mismo Cid, en clave experimental. 

Lo incluí en un libro de cuentos que ahora no encuentro por mi casa, algo que lamento mucho. Era una especie de prosa poética que yo creo que estaba influida, bien influida, por autores que leía mucho entonces, como José Saramago o Antonio Prieto, que por entonces era profesor mío.

«Cuando uno hace una novela histórica, a lo largo del tiempo, la época, los personajes, los lugares, los sucesos, son una compañía constante»

Algo muy parecido a lo que me ocurrió con el Cid me ha vuelto a ocurrir con Carlos V. Estuve casi cinco años dándole vueltas a la novela (Carlos V: El viaje del emperador) hasta que por fin la escribí. 

Menos mal que, mientras tanto, escribir novelas históricas te permite vivir y hacer muchas otras cosas. También escribir muchos otros textos.

Cuando uno hace una novela histórica, a lo largo del tiempo, la época, los personajes, los lugares, los sucesos, son una compañía constante, más o menos intermitente en la cabeza, pero constante en los días, las horas, las semanas, los meses… 

Uno lee, estudia el tema, y el tema resuena en tu mente (me está sucediendo de nuevo con la novela histórica que estoy escribiendo ahora). Cada cierto tiempo vienen a la mente, como a ráfagas, los personajes y demás elementos de la obra. En el caso del Cid fueron cruciales los consejos de Alberto Vázquez-Figueroa, precisamente en la fase de escritura, como digo en la “nota final” de la novela.

Para mí Vázquez-Figueroa, durante muchos años, ha sido lo que imagino que es un entrenador para un deportista, y pienso que en esto he sido muy afortunado. 

Umbral decía de Cela que era su “profesor de energía”, y eso ha sido Vázquez-Figueroa para mí.

Después de tanto estudiar la época y el personaje del Cid, su literatura, tuve la sensación de que paría el libro, de que lo daba a la luz, porque esa fase de escritura fue relativamente rápida, aunque luego hubiera que revisar el libro y corregirlo varias veces. Vázquez-Figueroa me decía que tenía que escribir durante horas, “hasta que te duelan los riñones”. Y me dolieron.

Ahora miro la novela y trato de meterme en el tiempo del Cid, por lo menos tal y como lo capté yo, tal y como lo plasmé. Tal y como lo veo en el libro. Y ciertamente ahí hay una sensación de la Edad Media.

«Antes de publicar mi Cid Campeador hice todo tipo de artículos, para la Universidad, para un periódico, para revistas»

Acompañé al personaje recreándolo, narrándolo, dándole una nueva vida, y con él muchos otros personajes; di un ambiente, un mundo, un pedazo importante de la Historia de mi país.

Algo esencial al escribir esta novela es que iba imaginando todo lo que contaba. Pensaba entonces que mal se iba a imaginar el lector lo que yo escribía si no lo veía yo antes con los ojos de mi imaginación

Esto significa que la historia entera, sus personajes, sus escenarios, todo pasó antes por mi mente mientras lo escribía. Fui consciente de la capacidad creadora de imaginar.

Yo veo mi novela como una gran superproducción, quizá por el esfuerzo que me llevó escribirla, leyendo muchos libros, viajando a varios lugares y escribiendo muchos textos previos. 

Por otra parte aproveché mi conocimiento del tema plenamente. Antes de publicar mi Cid Campeador hice todo tipo de artículos, para la Universidad, para un periódico, para revistas. Incluso escribí artículos de viajes, sobre Oña y Medinaceli… Me ocurrió lo que me suele ocurrir cuando escribo un libro, que aprovecho, al final, todo el esfuerzo escribiendo muchos otros textos. Con el Cid me ocurrió esto de forma muy destacada, incluso presenté la novela dos veces, en Madrid y en Segovia, en Madrid en el Centro de Estudios Islámicos y en Segovia en IE University, donde yo era profesor entonces.

Sobre el Cid he hecho casi de todo. También he dado clases sobre el Cantar de Mío Cid en la Universidad, en la Complutense y en la Universidad de Mayores del Colegio de Doctores y Licenciados de la Comunidad de Madrid.

«Me debía esta novela a mí mismo y pienso que el tiempo y el esfuerzo que me llevó están a la altura del personaje y de su tiempo»

Me debía esta novela a mí mismo y pienso que el tiempo y el esfuerzo que me llevó están a la altura del personaje y de su tiempo. Es un libro, entre los míos, muy valorado y a mí me sirvió para conocer mejor a mi país, su alma, su pasado, su ayer y su hoy. 

Creo que igual que se dice que Don Quijote nos explica mucho a los españoles, también lo hace el Cid, su heroísmo humano, sus tribulaciones, su lucha y sus victorias. Hacer esta novela fue también reencontrarme con mi país y conmigo mismo. Sí, me sirvió también para conocerme a mí mismo, para ponerme en claro, que en el fondo es algo que hago con todo lo que escribo, aunque no lo pretenda, aunque ése no sea ni el objetivo ni el punto de partida.

Por último referiré que a menudo, cuando dedico esta novela en ferias del libro, escribo que hacerla fue una gran aventura. Y verdaderamente lo fue.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, libros y Cía. Por Eduardo Martínez Rico. Noviembre 2021 Cuaderno de Campo, El Cid.

El particular libro de memorias, sobre un viaje de Jorge Luis Borges en Escocia, se acaba de publicar por Emecé.

«Borges y yo» de Jay Parini

En 1971 un joven norteamericano, Jay Parini, estaba en Escocia: entre otras cosas, escapaba del reclutamiento para ir a Vietnam. Gracias a un periodista de The New Yorker que también se encontraba en el país supo que pronto llegaría Jorge Luis Borges, a quien no había leído. Pero terminó siendo su compañero: Parini conducía un Morris Minor del ’57 y pasó una semana de chofer del escritor, hablando de literatura, leyendas, Stevenson, Twain, la tirria contra Girondo y también mujeres; Parini le describía esos paisajes que Borges amaba y no podía ver. 

El libro que escribió sobre el viaje, Borges y yo (Emecé) se subtitula «La novela de un encuentro» porque Parini reconoce que trabajar con la memoria es resbaloso, que son demasiados los años, que él no tenía un grabador y que en este caso, la intervención del recuerdo tiene algo de «experimental»: por lo pronto, a María Kodama no le gustó y hay muchos episodios cuestionados pero el encanto de la reinvención es apasionante, innegable y delicioso. 

Como un Quijote montado en su Rocinante ahí va Borges por los caminos de Escocia, entusiasmado por recorrer las Tierras Altas. La historia transcurre en 1971 y su hipotético escudero es quien narra, un estadounidense de 22 años llamado Jay Parini, que se ha refugiado en Saint Andrews para escapar de la guerra de Vietnam, con la excusa/argumento de hacer una tesis universitaria sobre el poeta George Mackay Brown. El muchacho anda en un Morris Minor del ’57 un tanto cachuzo: el Rocinante. 

Y Borges, ya con más de setenta, ciego, quiere sentirse por unos días “libre como el viento del oeste”: se ha separado hace poco de Elsa (Astete), un matrimonio que fue un error, dice, y también que está enamorado de María Kodama. Para provisoriamente en lo de uno de sus traductores, el poeta Alastair Reid, al que una urgencia le impide seguir de anfitrión: ¿podrá hacerse cargo Parini? Enseguida, en un impulso, Borges le propone la aventura: “Descubriremos juntos este país de las maravillas. Conozco los puntos del mapa: Perth, Aviemore, Inverness. ¡El lago Ness y su monstruo, Grendel! ¡El campo donde se peleó la batalla de Culloden! Mirar un mapa de las Tierras Altas es como recitar poesía”.

Novela de un encuentro, rutera, de iniciación, de referencias literarias: de eso va Borges y yo, la historia que a cincuenta años de aquello narra Parini, profesor de literatura inglesa en Vermont, colaborador de The Guardian, novelista, biógrafo de John Steinbeck, Faulkner, Gore Vidal, a quien le gusta hablar para referirse a su libro de “memoria novelada”, cuyas peripecias de transformación cuenta en el epílogo: “Huelga decir que yo no tenía un grabador en el bolsillo cuando me sentaba a comer con Alastair en su cocina, ni cuando manejaba mi auto, acarreando a Borges, ni tampoco cuando caminaba por las calles de Stromness con George Mackay Brown –escribe-. 

La memoria es hijastra de la imaginación, y las conversaciones de la presente obra reproducen fielmente las voces que llevo más de medio siglo oyendo en mi cabeza”. El relato se lanza desde la madrugada del 14 de junio de 1986, cuando Parini escucha por la radio de la BBC que Borges ha muerto en Ginebra: el sacudón le recuerda la semana que compartió con él, la forma en que aquel encuentro lo reconfiguró. 

En aquel muchacho que por entonces se largaba hacia Escocia lo que predominaba, cuenta, era la ansiedad y el miedo, cierta culpa por no alistarse para la guerra mientras cruza correspondencia con algún amigo que está en el frente, y a la vez la esperanza de encontrar a qué abrazarse, y a quién también. Iniciaciones. En Saint Andrews le presentan a Alastair Reid, que ha estado en la Guerra del Pacífico, que escribe en The New Yorker, que le cuenta de la temporada que vivió con Robert Graves en Mallorca, que le echa un ojo a sus primeros poemas. Que le convida unos porros y le comenta que en breve caerá de visita Borges. 

¿Quién? Parini no lo conoce, y tampoco ha leído a Stevenson: cuando llegue, Borges le dirá que Stevenson es el más grande de los escritores de lengua inglesa, que hubiera matado a alguien para escribir los versos de “Réquiem”. 

Unos brownies condimentados con hachís que preparó su traductor desembocan en una marea de citas, historias, ideas, “un espectáculo literario unipersonal”, escribe Parini, y Borges, entusiasmadisimo, bastón en mano, pide salir a caminar hasta la orilla y ahí se pone a recitar el poema «El marino» en el anglosajón original, los brazos alzados al cielo: “Puedo hacer de mí un hijo fiel/ contarte de mis viajes/ y de los días de lucha por los que pasé”.

Jay Parini

Son versos que podría hacer suyos Parini a lo largo del tiempo, porque quienes se cruzan por el camino a menudo pensarán que Borges es su padre, y el viaje empieza casi por compromiso, algo que puede venirle bien pero lo distraerá de sus intereses inmediatos, y qué sabe él de cuidar a un viejo ciego al que prácticamente acaba de conocer, aunque tenga la pinta de ser un fuera de serie. 

Entre el autorretrato (del joven que fue) como un tanto pajarito y la composición de un Borges que no para de hablar –algo que refiere el amigo Adolfo Bioy Casares en sus memorias de esa época-, la pareja despareja está a punto para las peripecias humorísticas. A veces casi que bandea a la caricatura, con un Borges casi siempre glotón, desaliñado, la corbata cargada de manchas de comida, ansioso por tomar cerveza, urgido por unas ganas de mear que alivia a menudo contra un árbol, o contra el auto, donde se pueda. “¡Pero si a él no le gustaba la cerveza!”, se indignó Kodama cuando se asomó a la novela; ella acompañó a Borges en ese viaje de 1971, y no lo registra a Parini. Tras la ruidosa demanda legal (que perdió) contra Pablo Katchadjian y El Aleph engordado, Kodama dijo que esperaba que Emecé, que publicó su obra durante tanto tiempo, no lo pusiera a circular aquí. 

“Es una cosa escatológica, es espantoso –evaluó en La Nación, y explicó que a esa altura él ya no tomaba alcohol-. Todo eso es una infamia. Ni hablar cuando cuenta que Borges se hizo amigo de la dueña de la pensión y dicen que los respectivos padres habían muerto en el inodoro. Es una locura. Este hombre, o no está bien de la cabeza, o es como tantas personas, que a mí me dan pena en realidad, porque tratan de trepar al nombre de Borges para tener un momento de esplendor”. Desde Emecé señalan que no fue interpuesto ningún recurso judicial.

De continuo en la novela aparecen las opiniones literarias de Borges, sus reparos con Lorca y Neruda, su pasión por La Divina Comedia y El Quijote, sus observaciones sobre Poe, Twain, Shakespeare, Whitman. En algunos picos de entusiasmo ante algún lugar emblemático se le escapa y entonces llegan los sobresaltos, los porrazos, los pasos de comedia: la madrastra imaginación también los hace desembocar en algún pueblo en el que solo hay una pensión con una única cama a compartir. 

En medio de las conversaciones brotan las ideas de Borges sobre la crueldad, los monstruos, la belleza, los sueños, la poesía, su relación con las mujeres, de cómo su padre lo condujo a un prostíbulo cuando cumplió 19. Otra vertiente son los sucesos o personajes que se ponen en relación con algunos de sus relatos clásicos, como cuando se cruza con una médica de apellido Brodie que tendrá que ver con “El informe de Brodie”, alusiones a jardines que se bifurcan y a extravíos, a lo abominable de los espejos y la cópula, a “El sur”, a “Funes el memorioso”, a “La biblioteca de Babel”, a “Pierre Menard, autor del Quijote”.

Y cada tanto aparece la tirria contra Oliverio Girondo, ese escritorzuelo de segunda, sinvergüenza, que no escribió una página que valga la pena, dice Borges, que despotrica contra él porque a él lo eligió Norah Lange, la mujer de la que estuvo enamorado toda la vida, dice. 

Las diatribas contra Girondo proliferan, por ejemplo, en las memorias sobre Borges que escribió Bioy Casares, pero el metejón con Norah es desmentido por varias fuentes; Borges correteaba, más bien, a la hermana de Nora, Haydée, que lo rechazó. Hay aquí y allá elementos de esa naturaleza que descarrilan, como que en el libro afirme que la expresión “Don Borges” sea “perfecta en castellano” cuando la rechazaba explícitamente, o lo referido por Kodama sobre el escabio, en fin. 

Es una novela: se alumbra esto, se ciega aquello, se condensa o se troca esto otro en función de narrar una historia. Por ahí exclama demasiado seguido, Borges, pongamos. En algún momento del camino Parini se encuentra con el poeta Mackay Brown, que le recomienda leer “Borges y yo”, un texto breve y precioso publicado en El Hacedor, que le funciona como salvoconducto y entrevera al escritor con el hombre. “Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. 

Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar”.

Algunas señales de eso entrega Parini en el epílogo; también cuenta cómo fue evolucionando el texto, que fue escribiendo algunas narraciones con estos materiales ya desde mediados de los ‘70. En alguna entrevista ha dicho que hay una película en camino, que la historia le interesó al productor Andy Patterson. 

“La memoria es un género muy complicado y creo que este libro es bastante experimental al respecto –ha dicho Parini en una entrevista-. Aunque todos los personajes son reales, de algún modo los estoy recreando. Siento como que en muchos sentidos estoy reinventando a Borges, reescribiendo; y aunque el estilo en la novela no es el suyo, uso muchos de sus tropos y temas”. Al muchacho que fue medio siglo atrás también tuvo que reinventarlo: “No se trata de recordar cómo era a los 22: no era posible llegar a nada parecido al que yo siento dentro de mí sin usar todo el humo y los espejos de la ficción”.

Por los caminos de las Tierras Altas el pibe le va contando al viejo ciego lo que ve, paisajes y construcciones, luces y sombras, lo que eso le produce, pero a veces le resulta muy difícil ponerlo en palabras.

-Esa es la labor que nos ocupa, mi estimado amigo, siempre –dice Borges-. La de encontrar el lenguaje apropiado para lo que se nos revela. Me alegra que usted lo haya entendido.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 por Ángel Berlanga

CULTURA/LITERATURA/BORGES/NOVELA/VIAJES/ESCOCIA

 

Historias de Vida

Juan Manuel – Capítulo 2

Recordaba siempre; aún hoy con temor aquella situación. Hacía esfuerzos para recordar qué pasó después pero sin éxito; quizás su hermana Mabel lo haya sacado de la habitación para que no viera esa terrible imagen y a su madre tratando de contener a su padre. 

Sí en su recuerdo; están las visitas de los domingos al instituto donde estaba internado su padre; nadie le decía lo que pasaba o que tenía. En sus cinco años, recordaba que llegaba a su casa el único que poseía un automóvil en la familia, Santiago hermano de su padre, para acompañarlos a ese lugar, que para sus ojos era muy grande – luego con los años sabría que ocupaba una manzana-, con jardines y grandes palmeras dentro del lugar. 

Al llegar; saludaban a su padre y este lo miraba con una sonrisa con sus ojos color cielo, brillantes por la emoción del encuentro. El lugar tenía todo el perímetro cerrado con un alambrado de una altura de más de dos metros. 

Al irse; recordaba que su padre -al que una de las enfermeras impolutas del lugar,le daba una naranja- y a través de ese alambrado a él ,se la regalaba. Y así cada domingo, durante todo un año.

Supo mucho después; que su padre había intervenido en la fuerza policial cuando se produjeron los disturbios de la Revolución del 55; y en esos hechos vio caer a dos compañeros y él tuvo que repeler la agresión, matando a dos hombres. Una situación que nunca había vivido, ya que enrolado en la fuerza sólo intervino en hechos o delitos menores. En aquella época la figura del policía, anteponía el respeto a la sociedad.

Durante ese largo año; su padre que era un hombre íntegro, por demás amable y generoso con todo aquel que necesitara ayuda, fue sometido a lo que en aquellos momentos se utilizaba en la psiquiatría. Le habían diagnosticado, según le comentó su madre tiempo después, una psicosis muy grave como consecuencia de las situaciones que había vivido. Así que había recibido más de veinte electroshock. 

Juan Manuel se puso a recordar que cuando lo supo le dio curiosidad  al escuchar esa palabra pero no comprender en qué consistía. Por ello buscó denodadamente su significado y se encontró con una definición que le provocó mucha angustia, pensando en lo que debería haber padecido su padre. 

Recordaba que incluso había llorado, luego de leer “Al paciente se lo acuesta sobre la camilla. Los enfermeros le atan el cuerpo, las piernas y los brazos con cinturones para evitar que se suelte o que se dañe cuando empiezan los espasmos. Le abren la boca y le introducen un protector, así no se morderá la lengua ni se romperá los dientes. Le aprisionan la cabeza con pinzas, conectadas a una fuente. Cuando se baja la palanca las descargas eléctricas atraviesan el cuerpo del paciente, que empieza a convulsionar”.-

El resultado posterior a esta maniobra; era que el electroshock inducía descargas eléctricas en el cerebro del paciente con el objeto de producir «transformaciones electroquímicas en las células nerviosas que, a su vez, se traducen en síntesis de proteínas que modifican los neurotransmisores involucrados en la patología»,utilizando una metáfora, era como si se resetean las neuronas«.

Con esa agresiva práctica, los pacientes podrían empezar a responder positivamente a medicamentos que antes no les hacían efecto. 

También había leído que no era inocua su aplicación; ya que podía provocar trastornos de memoria y otros colaterales. Lo que sí sabía sin lugar a dudas; era que su padre que por su enfermedad la repartición policial le otorgó el “retiro efectivo por accidente en acto de servicio”, a los 42 años cada tanto tenía recaídas y debió someterse a tratamientos psiquiátricos permanentes.

Se volvía ausente y agresivo; aún más con su madre, que dicho sea de paso  era a quien no solamente amaba sino veneraba. Primero en su escala de sentimientos por lo que uno podía ver, estaba primero su mujer, luego sus hijas mujeres y al final los varones.

Juan Manuel pensó en ese momento de divagaciones por su matrimonio, que ello podía deberse a la situación familiar que su padre padeció dentro de su círculo familiar desde niño.

No obstante su padre Felix; habiendo dejado de pertenecer a la fuerza policial y cobrando mensualmente su pensión, continuó trabajando primero en una empresa de la cual era dueño su hermano Santiago y luego en otra dedicada al abastecimiento de tubos con costura y conexiones de gasoductos.

Pero Felix, ya no fue el mismo, desde aquella madrugada. Tal es así, que desde hacía dos años Juan Manuel, se había hecho cargo de acompañar a su padre al médico psiquiatra, ya que ante cada recaída se transformaba y con ojos bien abiertos se ponía muy agresivo y era imposible hacerle entender que debía ir al psiquiatra. Juan Manuel esbozó una sonrisa y agradeció haber heredado el fuerte carácter de su madre, pues era el único que  frenaba a su padre y lo convenció de ir, acompañándolo siempre.

Su hermano Mario; con su familia -esposa y cuatro hijos- era alguien que ante problemas semejantes, parecía que huyera como si no se viera en condición de hacerse cargo. Así Juan Manuel, percibió que de hermano menor por obligación debió tomar por así decirlo el “rol” de jefe de familia. Igualmente pensaba que no le disgustaba ello, ya que desde siempre sus ideales siempre estaban del lado del más débil. Así lo sentía.

Un llamado; una voz ansiosa diciendo su nombre lo sacó de sus cavilaciones. Era Marianela; que lo venía a buscar. Juntos se fueron al departamento que habían alquilado en el Barrio de Flores, más precisamente sobre la calle Ramón L. Falcón -aquel jefe de policía que ejecutó las brutales represiones en contra los inquilinos de conventillos y los activistas de la “semana roja”, quien respondía a la oligarquía porteña. Posteriormente fue asesinado en 1909 en un atentado. Es lo que pensó en ese momento Juan Manuel; como podía ser que calles o avenidas de la ciudad, tuvieran los nombres y apellidos de tantos apátridas.

Llegaron al departamento, Marienela le dijo que iba a preparar algo para la cena, con lo poco que tenían. A decir verdad; cuando Juan Manuel trabajaba en una empresa multinacional de bebidas gaseosas, como empleado de la oficina de personal, le había echado el ojo a la recepcionista de la empresa que no era otra que Marianela. Lo que no sabía Juan Manuel; es que tenía un competidor feroz y despiadado, un abogado, un tal Lozada Echenique de la alta sociedad cordobesa que pretendía que Marianela fuera su amante.

Cuando Lozada Echenique supo que Juan Manuel, rondaba por la recepción le advirtió al Jefe de Personal un tal De Angelis, que le dijera a Juan Manuel que no se acercara más a ese lugar. De lo contrario, lo despediría.

De Angelis lo llamó a su oficina y le informó textualmente las órdenes de Lozada Echenique. Juan Manuel le dijo para conformar a todos que sí y sonrió por lo bajo. Ya Marianela y él habían salido más de una vez y tenido una apasionada relación sexual, que llevaba a los dos fuera de todo límite…

Continuará…

Imagen de portada: Gentileza Pinterest – Monumento a la Carta Magna y a las cuatro regiones argentinas. Ciudad de Buenos Aires.

Historias de Vida

Juan Manuel

Juan Manuel; a un mes de haber contraído matrimonio con Marianela, se preguntaba por qué motivo, todo se había desencadenado tan rápido y llevado a esa decisión. Marianella era casi cuatro años mayor que él, con solo veinte años, a 15 días de cumplir los 21. 

Trataba de reflexionar sobre las razones; pero se decidió realizar un análisis retrospectivo de su vida hasta ese momento, al creer que lo hizo tan intensamente, creyendo tontamente que se las sabía todas. Hasta que comenzó a reprochar algunas actitudes, que había tenido no solo con amigos y muchachas de paso, sino también con sus padres.

Comenzó recordando que en su infancia, había sido lo suficientemente feliz que en aquella época de los 50, no era poco. Recordaba que su padre además de ser policía de la montada; trabajaba también cuando estaba de franco en trabajos insalubres tanto en una curtiembre como puliendo vidrio, ya que eran seis bocas que debía alimentar, pero además tenía que ver la grotesca y repulsiva figura del Señor Golban,que venía una vez por mes para cobrar el alquiler y de paso, inspeccionaba con una mirada repugnante y llena de soberbia, cada rincón de la casa. Pensaba Juan Manuel, que aquella era una casa que tenía unos cincuenta años de construcción y eran las típicas “chorizo” de Buenos Aires.

Del lado izquierdo, mirando de frente todos los ambientes, uno seguido del otro hasta llegar al último, el baño -único para todos- y del lado derecho, un patio largo con canteros cubiertos por plantas y flores, incluyendo un duraznero “japones” que le daba un tono .exotico. 

Al fondo; una escalera de chapa, en donde se denunciaba estrepitosamente por el ruido que hacía, cuando quien fuera subía o bajaba por la misma. 

Llevaba esa escalera a una pequeña habitación; que cuando él era niño era ocupada por su hermano mayor, Mario quien le llevaba una diferencia de edad de quince años. Luego de Mario; Mabel y Alicia sus hermanas también mayores, con una diferencia de diez y casi siete años. 

Es decir, era el menor y el más consentido de su madre, Sara. 

Se preguntó porque traería a su memoria todo aquello, pero estaba seguro que con ello podría desentrañar cómo había llegado hasta aquí. 

En matrimonio; cuando recordaba que dos horas antes de ir al Registro Civil, se acercó a su madre Sara diciéndole que no quería casarse….La madre, que tiempo atrás le había dicho que ella se oponía a esa relación y que su decisión era demasiado apresurada, ya que él había conocido a Marianela hacía unos cuatro meses, le contestó secamente: -está decisión la tomaste vos; ahora hacete cargo-

Continuó recordando su infancia con detalles que aún tenía bien grabados en su memoria. Sus padres ya al unirse en matrimonio; se habían constituido en noticia, a tal punto que en una oportunidad fue publicada su relación en la vieja revista Caras y Caretas de Natalio Botana. ¿La razón?

Su madre era una de los siete hijos de la viuda Asme Alí de Soleiman; que había llegado junto a su marido y a una hermana de éste, al puerto de Buenos Aires desde el Líbano. Su religión era la musulmana; si bien mantenían las tradiciones, las cinco hijas y los dos hijos menores no estaban obligados a realizar las cinco oraciones diarias del Islam. Eso sí eran parte de una colectividad muy cerrada, al igual que los judios o judios sefardíes. No se integraban a los porteños de la ciudad. Su madre Asme, al fallecer muy joven su marido, continuó llevando adelante el negocio familiar -una verdulería- fuente de sustento de toda la familia.

Por otra parte; su padre Francisco era nieto de genoveses con ascendencia de suizos y vascofranceses -por vía materna-. Su mamá a la que llamaban “Monona” y su padre Felix, eran católicos no practicantes.

Recordaba que distinto era este matrimonio, a aquel que se consagraron sus padres. En una sociedad más que machista; cuando se conocieron Sara y Francisco, gracias al ardid de una de las hermanas de Sara, de pseudónimo Popi, pareció que Cupido se hiciera presente de manera más que expeditiva. 

El flechazo mutuo fue instantáneo. Se decía a sí mismo Juan Manuel; también la belleza oriental de mamá y la “facha” de papá, rubio de ojos grises o verde agua según el clima, no podría haber sido de otra manera.

Pero…siempre hay un pero. Cuando se enteraron los de la colectividad musulmana -ni que hablar-; amenazaron con la expulsión a su abuela y sus hijos; entonces los “paisanos” comenzaron a hostigar al padre -Francisco- hasta llegarlo a correr a él hasta donde vivía, a unos 400 metros en donde 3 o 4 hombres con cuchillas lo amenazaron. Francisco se puso de espaldas contra la pared y empezó a repartir zapayasos a diestra y siniestra; hasta que sonó un disparo. Los “paisanos” huyeron como si hubieran visto al mismo diablo, pero no, era el padre de Francisco abuelo de Juan Manuel, que tiró al aire con su revólver para disuadir a los atacantes.

Pero nada ni nadie pudo hacer que Sara y Francisco se separaran. Por el contrario ella se fue de la casa materna…bahh…la propia madre la expulsó. Y así se hizo la historia que noticia en la revista de gran circulación en aquellos tiempos.

Deambulo la pareja; primero alquilando una habitación en casa de familia, luego viviendo en la casa de Felix, hasta que un día este -malo como la peste- cortó la luz; mientras Sara amamantaba a su primer hijo, Mario. La excusa, es que era mucho gasto. No le importaba que su hijo Francisco, pagará los gastos que la pareja y el niño ocasionarán. Ahí Francisco, discutió con Felix como siempre, ya que las diferencias entre ellos venían de vieja data, cuando el viejo se emborrachaba y les daba mala vida a “Monona” y a sus dos hijos, Francisco y Santiago. 

Por esa razón; mucho antes “Monona” les pidió a sus hermanastras cobijo y educación de sus hijos, y así recaló en donde una de ellas -todas directoras de escuela-, Valentina. Pero como nada es gratis en esta vida; “Monona” se convirtió en la multifuncional mujer que se encargaba de cocinar, lavar, planchar, limpiar, coser y todo lo que a sus hermanastras quisieran pedirle. Fue una Cenicienta antes de mediados del siglo XX.

Esa situación duró como unos diez años, tal es así que Francisco y Santiago se fueron con ocho años y volvieron con dieciocho, en el undécimo pedido del padre a Monona, del feroz Felix. “Monona” accedió por sus hijos y volvieron a la enorme y vieja casa de la calle Argerich.

Eso sí; el sueldo que cobraban tanto Francisco como Santiago, recalaban en las manos de Felix, el padre que le daba unos pesos a cada uno para sus gastos.

Volvió Juan Manuel, a pensar lo que le habían contado sus padres. De alquilar una pieza; luego una casa y luego otra, hasta llegar a la actual, en la que había nacido él. Eso sí un recuerdo lo había marcado para siempre. Tenía cinco años; su padre hacía más de veinte años que estaba en la policía y se desencadenó en la Argentina en el año 1955 el golpe de Estado contra Perón. Si bien no puede precisar Juan Manuel en qué mes se produjo el incidente que vivió, solo recuerda -el dormía en una cama chiquita- al lado de la de sus padres siempre tomado de la mano de su madre, hasta que el sueño llegaba.Una madrugada se despertó por los gritos y ruidos, despavorido. Era su padre con su arma reglamentaria en la mano apuntando al techo y solo recordaba que le pedía a su madre …”un vaso de leche” entre palabras ininteligibles…

Continuará… 

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest –  Almacen de comestibles fines de los ´60 – Buenos Aires.