5 poemas de Oscar Wilde

Conocido por su faceta como dramaturgo, también por ser todo un icono social de su época, hoy recupero su vena más lírica con esta selección de 5 poemas de Oscar Wilde. 

La tumba de Keats

Libre de la injusticia del mundo y su dolor,

descansa al fin bajo el velo azul de Dios:

arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,

el mártir más joven yace aquí,

justo cual Sebastián y tan temprano muerto.

Ningún ciprés ensombrece su tumba, ni tejo funeral,

sino amables violetas con el rocío llorando

sobre sus huesos tejen cadena de perenne floración.

¡Oh, altivo corazón que destruyó el dolor!

¡Oh, los labios más dulces desde los de Mitilene!

¡Oh, pintor-poeta de nuestra tierra inglesa!

Tu nombre inscribióse en el agua; y habrá de perdurar:

lágrimas como las mías conservarán tu memoria verde,

como el pote de albahaca Isabella.

Soneto al acercarme a Italia

Llegué a los Alpes: mi alma ardía

al oír tu nombre: Italia, Italia mía.

Y al salir del corazón de la montaña

la tierra avizoré por la que mi alma tanto suspirara,

y reí, como quien gran premio conquistara,

y meditando en lo maravilloso de tu fama

el día contemplé hasta que lo marcaran heridas de llama

y el cielo turquesa fuera oro bruñido.

Los pinos ondeaban como cabellos de mujer

y en los huertos cada rama sarmentosa

se abría en copos de floreciente espuma.

Pero al saber que allá lejos en Roma

en cadenas injustas otro Pedro yacía

lloré de ver tierra tan bella.

Mi voz

Dentro de este inquieto, apresurado y moderno mundo,

Arrancamos todo el placer de nuestros corazones, tú y yo.

Ahora, las blancas velas de nuestra nave ondean firmes,

Pero ha pasado el momento del embarque.

Mis mejillas se han marchitado antes de tiempo,

Tanto fue el llanto que la alegría ha huido de mi,

El Dolor ha pintado de blanco mis labios,

Y la Ruina baila en las cortinas de mi lecho.

Pero toda esta tumultuosa vida ha sido para ti

No más que una lira, un luto,

Un sutil hechizo musical,

O tal vez la melodía de un océano que duerme,

La repetición de un eco.

Portia

Poco me maravilla la osadía de Basanio

de arriesgar todo lo que tenía al plomo,

o que el orgulloso Aragón bajara la cabeza,

o que Marroquí de corazón en llamas se enfriara:

pues en ese atavío de oro batido

que es más dorado que el dorado sol,

ninguna mujer que Veronese mirara

era tan bella como tú a quien contemplo.

Aún más bella cuando con la sabiduría por escudo

al vestir la toga severa del jurista

y no permitieras que las leyes de Venecia cedieran

el corazón de Antonio a ese judío maldito.

¡Oh Portia!, toma mi corazón: es tu debido pago;

no he de objetar a ese aval.

Flores de amor

Amor, no te culpo; la culpa fue mía,

no hubiera yo sido de arcilla común

habría escalado alturas más altas aún no alcanzadas,

visto aire más lleno, y día más pleno.

Desde mi locura de pasión gastada

habría tañido más clara canción,

encendido luz más luminosa, libertad más libre,

luchado con malas cabezas de hidra.

Hubieran mis labios sido doblegados hasta hacerse música

por besos que sólo hicieran sangrar,

habrías caminado con Bice y los ángeles

en el prado verde y esmaltado.

Si hubiera seguido el camino en que Dante viera

los siete círculos brillantes,

¡Ay!, tal vez observara los cielos abrirse, como

se abrieran para el florentino.

Y las poderosas naciones me habrían coronado,

a mí que no tengo nombre ni corona;

y un alba oriental me hallaría postrado

al umbral de la Casa de la Fama.

Me habría sentado en el círculo de mármol donde

el más viejo bardo es como el más joven,

y la flauta siempre produce su miel, y cuerdas

de lira están siempre prestas.

Hubiera Keats sacado sus rizos himeneos

del vino con adormidera,

habría besado mi frente con boca de ambrosía,

tomado la mano del noble amor en la mía.

Y en primavera, cuando flor de manzano

acaricia un pecho bruñido de paloma,

dos jóvenes amantes yaciendo en la huerta

habrían leído nuestra historia de amor.

Habrían leído la leyenda de mi pasión, conocido

el amargo secreto de mi corazón,

habrían besado igual que nosotros, sin estar

destinados por siempre a separarse.

Pues la roja flor de nuestra vida es roída

por el gusano de la verdad

y ninguna mano puede recoger los restos caídos:

pétalos de rosa juventud.

Sin embargo, no lamento haberte amado -¡ah, qué más

podía hacer un muchacho,

cuando el diente del tiempo devora y los silenciosos

años persiguen!

Sin timón, vamos a la deriva en la tempestad

y cuando la tormenta de juventud ha pasado,

sin lira, sin laúd ni coro, la Muerte,

el piloto silencioso, arriba al fin.

Y en la tumba no hay placer, pues el ciego

gusano se ceba en la raíz,

y el Deseo tiembla hasta tornarse ceniza,

y el árbol de la pasión ya no tiene fruto.

¡Ah!, qué más debía hacer sino amarte; aún

la madre de Dios me era menos querida,

y menos querida la elevación citerea desde el mar

como un lirio argénteo.

He elegido, he vivido mis poemas y, aunque

la juventud se fuera en días perdidos,

hallé mejor la corona de mirto del amante

que la de laurel del poeta.

Imagen de portada: Oscar Wilde

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 3 de julio 2020.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

Antes que llamara y la carne me abriese, de Dylan Thomas.

Su singular vozarrón consiguió liderar una legión de seguidores de su poesía en sus populares recitales. A continuación reproduzco Antes que llamara y la carne me abriese, de Dylan Thomas.

Antes que llamara y la carne me abriese, de Dylan Thomas

Antes que llamara y la carne me abriese,

que mis líquidas manos golpearan en el vientre,

yo, que era entonces informe como el agua

que formaba el Jordán junto a mi casa

era hermano de la hija de Mnetha

y hermana del gusano que gestaba la vida.

Yo que era sordo ante la primavera y el verano,

que no sabía los nombres de la luna y el sol,

ya sentía el latido bajo la armadura de mi carne,

aunque existía sólo en forma de infusorio,

veía las plomizas estrellas, el martillo lluvioso

que mi padre balanceaba en su cúpula.

Conocía el mensaje del invierno,

los dardos del granizo y la nieve pueril

y el viento era mi hermana pretendiente;

en mí saltaba el viento, el rocío infernal;

y mis venas fluían con los climas de oriente;

antes que me engendraran supe el día y la noche.

Antes que me engendraran ya por cierto sufría;

el potro de tortura de los sueños

enroscaba mi osamenta de lirio

en una cifra viva,

la carne era cortada para cruzar los bordes

de las horcas en cruces sobre el hígado

y las zarzas de los cerebros estrujados.

Mi garganta conocía la sed antes de la estructura

de vena y piel alrededor del pozo

donde palabras y agua se entremezclan

sin pausa alguna, hasta pudrir la sangre,

mi corazón conocía el amor, mi vientre el hambre;

al gusano yo olía entre mis propias heces.

Después el tiempo envió a mi mortal criatura

a derivar o ahogarse en los océanos

habituados a la aventura de la sal

en las mareas que jamás tocan las orillas.

Yo que era rico, me hice más rico aún

sorbiendo poco a poco el vino de los días.

Nacido del espectro y la carne, no era espectro

ni hombre, sino espectro mortal.

Y luego me abatió la pluma de la muerte.

Fui mortal hasta el último suspiro prolongado

que llevó hacia mi padre

el mensaje de su agónico cristo.

Tú que te inclinas en la cruz y el altar

acuérdate de mí y apiádate de Aquel

que mi carne y mi sangre tomó por armadura

y llegó a traicionar el vientre de mi madre.

Traducción de Elizabeth Azcona Cranwell

Imagen de portada: Dylan Thomas

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 3 de septiembre 2019.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

4 poemas de Pedro Salinas

Dedicó su vida a la docencia y a la traducción, y, por supuesto, a la poesía. Estos 4 poemas de Pedro Salinas nos sirven para recordar a una de las figuras claves de la Generación del 27 y la lírica española del Siglo XX.

Sin voz desnuda

Sin armas. Ni las dulces

sonrisas, ni las llamas

rápidas de la ira.

Sin armas. Ni las aguas

de la bondad sin fondo,

ni la perfidia, corvo pico.

Nada. Sin armas. Sola.

Ceñida en tu silencio.

«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»,

quiebran agudas puntas

de inútiles saetas

en tu silencio liso

sin derrota ni gloria.

¡Cuidado!, que te mata

fría, invencible, eterna

eso, lo que te guarda,

eso, lo que te salva,

el filo del silencio que tú aguzas.

 

Underwood girls

Quietas, dormidas están,

las treinta, redondas, blancas.

Entre todas

sostienen el mundo.

Míralas, aquí en su sueño,

como nubes,

redondas, blancas, y dentro

destinos de trueno y rayo,

destinos de lluvia lenta,

de nieve, de viento, signos.

Despiertalas,

con contactos saltarines

de dedos rápidos, leves,

como a músicas antiguas.

Ellas suenan otra música:

fantasías de metal

valses duros, al dictado.

Que se alcen desde siglos

todas iguales, distintas

como las olas del mar

y una gran alma secreta.

Que se crean que es la carta,

la fórmula, como siempre.

Tú alócate

bien los dedos, y las

raptas y las lanzas,

a las treinta, eternas ninfas

contra el gran mundo vacío,

blanco a blanco.

Por fin a la hazaña pura,

sin palabras, sin sentido,

ese, zeda, jota, i…

 

Luz de la noche

Estoy pensando, es de noche,

en el día que hará allí

donde esta noche es de día.

En las sombrillas alegres,

abiertas todas las flores,

contra ese sol, que es la luna

tenue que me alumbra a mí.

Aunque todo está tan quieto,

tan en silencio en lo oscuro,

aquí alrededor,

veo a las gentes veloces

prisa, trajes claros, risa

consumiendo sin parar,

a pleno goce, esa luz

de ellos, la que va a ser mía

en cuanto alguien diga allí

«ya es de noche».

La noche donde yo estoy

ahora,

donde tú estás junto a mí

tan dormida y tan sin sol

en esa

noche y luna del dormir,

que pienso en el otro lado

de tu sueño, donde hay luz

que yo no veo.

Donde es de día y paseas

te sonríes al dormir

con esa sonrisa abierta,

tan alegre, tan de flores,

que la noche y yo sentimos

que no puede ser de aquí.

Fe mía

No me fío de la rosa

de papel,

tantas veces que la hice

yo con mis manos.

Ni me fío de la otra

rosa verdadera,

hija del sol y sazón,

la prometida del viento.

De ti que nunca te hice,

de ti que nunca te hicieron,

de ti me fío, redondo

seguro azar.

Imagen de portada: Gentileza de Anthony Delanoix

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 7 de noviembre 2017.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Pedro Salinas

5 poemas de Jorge Pérez Cebrián

Jorge Pérez Cebrián nació en Requena en 1996. Actualmente cursa el grado de Filosofía en la UNED, disciplina que impregna la temática de sus poemas. Su primer libro publicado fue La voz sobre las aguas (Valparaíso, 2019). Más adelante publica La lumbre del barquero (Olé-Libros, 2021), obra nominada al Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana en 2021. En ese mismo año es galardonado con el premio Arcipreste de Hita 2021 con la obra De cuánta noche cabe en un espejo, que verá la luz en la editorial Pre-Textos en 2022. Además, en este tiempo, ha coordinado los eventos poéticos «Las noches de Eleusis» en Madrid, imparte un ciclo de conferencias en La Casa del Libro acerca de la historia de la poesía universal en Valencia, participa en antologías como Para decir amor sencillamente (Diputación Provincial de Granada, 2021) y publica poemas en revistas como 21 veintiún versos o Estación Poesía. Su escritura, fundamentada en la filosofía, busca redescubrir los temas esenciales del ser humano, que han venido atravesando una tradición a la que se rinde reverencia. Poemas que desde la fragilidad buscan el destello que une lo humano con lo eterno, con el terror sagrado que ese encuentro implica. Zenda publica dos poemas de La lumbre del barquero, otros dos de De cuánta noche cabe un espejo y un inédito.

***

BARANDILLA DE METAL OSCURA Y FRÍA

Pero incluso los ángeles –dijiste–

están anclados por la sombra al suelo;

porque toda raíz se da a la tierra,

mientras la vaga lengua de las ramas

pronuncia entre sus hojas

despedidas.

Y de entre todos los jardines

–¿recuerdas?–

solo este crece y

bebe y

no respira.

El pasado

aún no era patria de las rosas,

pero sobrevolaban ya

los ruiseñores

la eterna primavera de los cementerios.

Pero tú todo el resto ya lo sabes.

Y cómo –me dijiste–

desde tan alto, ver el cielo.

Entonces un farol

bastaba para sostener la noche

cuando te hiciste silueta

de un susurro entre las paredes blancas

igual que una paloma

que no encontrara el aire.

–Moisés abrió bajo el fulgor los ojos

y vio en sus párpados cansados

diamantes dentro de la arena blanca–.

Allí un velo de luz te recubría,

como oculta la mano ajada del pintor las flores

del vago acontecer de los ciruelos.

Y nuestros pasos

eran jóvenes,

como sin duda deberían serlo

los pasos jóvenes de los mortales.

Nuestras manos      demasiado grandes para el vacío.

Desnudos,

el mundo nos cubría de los pies abajo,

tan solos,

tan recónditos

e inadvertidos.

Será por eso que no aprendimos a caminar de espaldas,

como nunca aprendimos

a ver la luz a solas.

Mañana no saldrá el sol, amor, pero tú eso ya lo sabes.

Y tú aún sostienes

mi mano

como un pájaro

y las palomas sueñan con volar sin aire.

De La lumbre del barquero (Olé-Libros, 2021)

***

EL TRIUNFO DEL LENGUAJE

Coge mi mano, amor,

con el valor que da saber que es tarde.

Ya se acercan.

¿No lo sientes,

cómo se nos desangra en tiempo el mundo,

en lúcidas teselas, la

sintaxis soñolienta de tus pasos?

Ya vienen:

empezará esta calle en un entonces

y esta secreta novedad del mundo

será un rumor de ecos ya de nadie.

Dame tu mano, amor,

quizá sea tu mano quien nos libre

de toda esa gramática de ayeres:

las frases sin nostalgia que seremos,

los verbos que se mezclan a la carne.

De La lumbre del barquero (Olé-Libros, 2021)

***

HIC SUNT DRACONES

«Así le hablé, y me respondió acto seguido:

–¡Atrida! ¿Por qué me preguntas tales cosas?

No te compete a ti saberlas,

y no estarás mucho sin llorar

tan luego como las sepas todas».

La Odisea, IV, 491 y ss.

Qué importa que el mañana sea uno:

aún puede una promesa ser la vida.

Mira a lo lejos.

Y allí, sobre las aguas, detenido,

su huella se parece a cada humano

que alguna vez dará su rastro al viento.

Algunas veces teme

la abisal conjetura de la sombra

porque tan sólo allí,

donde claudica el ojo,

lo que la luz oculta hunde la hierba.

Se agacha a recoger las redes

a solas en un mar que nadie ha visto.

Y tiende

su cuerpo entre las bestias,

como un pastor en medio del rebaño,

jugando a deshilar cada futuro.

Aún no sabe

que fue por su mirada la ardua historia,

qué palabras pronuncian los silencios

que a un tiempo son un no y un todavía.

Sin darse cuenta,

todo pasa,

y en sólo un cuerpo yerra el infinito.

El leve cuarto se diluye.

La luna lo contempla con dulzura,

y vuelve a ser un niño que se sueña.

De De cuánta noche cabe en un espejo (Pre-Textos, 2022)

***

ALIQUIS ME FECIT

(ALGUIEN ME HIZO)

«Did he who made the lamb make thee?»

WILLIAM BLAKE

En las orillas

de algún remoto río ya sin nombre

alguien ha hundido el rostro y

sólo llora.

Y lo sé:

habita todavía el tiempo,

sobre la suave sumisión del mármol,

la mano blanca

y el sudor perdido.

El suspiro, el dolor encadenado

debajo de una sombra de certeza,

el triste amor por el cobijo irguiéndose,

tensándose en los hombros de los Atlas,

el grito y el fragor que llamo historia.

Existe un rastro invicto, existe

un hálito en el barro, una prisión,

la firma de quien ya no tiene nombre

y sabe que aún la muerte se arrodilla

si un hombre dice al mundo «yo he vivido».

Un alma, una vida, un pasado

que habitan más las cosas que los cuerpos.

Y lo sé:

no existe una belleza tan desnuda,

que no diga en silencio «alguien me hizo»,

que no esconda en su piel algún temblor

clamando su otra sangre ya callada.

Y esta noche sin dueño sólo callo.

Acerco a ti mi cuerpo,

Y en este gesto exacto y temeroso,

profundo como la respiración

de un tigre,

como un cordero,

me pregunto.

Y es algo que me acerca al polvo alzándose

al vivo olor de la madera fresca.

Lo más cercano acaso

al misterio y la luz de una plegaria.

Cierro los ojos.

Y quizá alguien aún siga llorando

sentado junto a un río

ya sin nombre.

De De cuánta noche cabe en un espejo (Pre-Textos, 2022)

***

ALGUIEN

Se sientan a la mesa.

Lo tenue de la luz. La llama lenta.

El peso acostumbrado de la carne.

Está cansado.

Sobre sus manos duras,

sin víctima, verdugo y sin memoria,

el barro y el aliento de los dioses,

las ascuas que aún gobiernan su ventana.

Cansado

fatigó el alba, aprendió del frío.

Cansado del sigilo de su cuerpo,

como una llama nunca mengua al darse,

así esparció su sombra por el mundo.

Aprendió a dar los nombres.

Aprendió

de las más altas leyes su lugar,

robó el fuego, afiló la roca,

besó a su madre y emprendió el desierto.

Caminó.

Se resguardó en la tierra de la muerte

con sólo sangre y con su mano anónima.

Fue solo una canción que se ha perdido.

Venció los mares,

sometió al horizonte hasta ser mapa.

Fue la Voz, fue los hombros

llevando el peso invicto de la Roca

al fin de algún Imperio o de un rey muerto.

Y dio su alma

dispensando porqués contra el horror

deshilando, hebra a hebra, el arcoíris,

calculando Una Ausencia en sus silencios.

Amó

hasta encontrar sentido

blandiendo insomne el arma enamorada.

Cantó el origen y cantó el destino

enmudeció de dicha,

en un espejo negro sin destino.

Robó y mató, fue muerto y fue los clavos.

Fue cobarde o no fue, o fue valiente.

Murió a millares cada día.

Estuvo vivo.

Pero ahora,

desde hace mucho tiempo, está cansado.

Se sienta con demora.

Lo tenue de la luz. La llama lenta.

El peso acostumbrado de la carne.

Los mismos astros velan las ventanas.

“Es de noche” se dice

y piensa, sin motivo, en el zapato

que ha visto abandonado en una acera.

“Pero es de noche y he llegado a casa”.

Y entonces, otra vez,

mira sus manos.

Un hombre parte el pan y se pregunta

si puede el tiempo

rozar una belleza

por más que muera un poco

cada día.

(Inédito)

Imagen de portada: Jorge Pérez Cebrián

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 21 de abril 2022. 

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

Anoche cuando dormía, antología poética de Antonio Machado.

Fue el autor más joven de la conocida como Generación del 98. En Madrid y París convivió con escritores como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Ramón María del Valle-Inclán. Casi una década pasó entre el modernista Soledades y Campos de Castilla, su consagración como poeta. Colliure fue su última morada; su tumba se convirtió en el mayor símbolo del exilio republicano.

Anoche cuando dormía, antología poética de Antonio Machado

Zenda reproduce 5 poemas incluidos en Anoche cuando dormía, antología poética de Antonio Machado publicada en la colección «Poesía portátil» de Random House, de la cual ya hemos publicado versos de Alejandra Pizarnik, Rafael Alberti, Federico García Lorca e Idea Vilariño .

Anoche cuando dormía

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di, ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

de donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

Parábolas

I

Era un niño que soñaba

un caballo de cartón.

Abrió los ojos el niño

y el caballito no vio.

Con un caballito blanco

el niño volvió a soñar;

y por la crin lo cogía…

¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,

el niño se despertó.

Tenía el puño cerrado.

¡El caballito voló!

Quedóse el niño muy serio

pensando que no es verdad

un caballito soñado.

Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo

y el mozo tuvo un amor,

y a su amada le decía:

¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo

pensaba: Todo es soñar,

el caballito soñado

y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,

el viejo a su corazón

preguntaba: ¿Tú eres sueño?

¡Quién sabe si despertó!

Orillas del Duero

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.

Girando en torno a la torre y al caserón solitario,

ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,

de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.

El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,

casi azules, primavera

se ve brotar en los finos

chopos de la carretera

y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.

El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,

azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,

y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía,

sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

?ya conocéis mi torpe aliño indumentario?,

más recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

?quien habla solo espera hablar a Dios un día?;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

Yo voy soñando caminos

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!…

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero…

-la tarde cayendo está-.

«En el corazón tenía

«la espina de una pasión;

«logré arrancármela un día:

«ya no siento el corazón».

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando. Suena el viento

en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

«Aguda espina dorada,

«quién te pudiera sentir

«en el corazón clavada».

—————————————

Autor: Antonio Machado. Título: Anoche cuando dormía. Editorial: Random House (Literatura portátil). Venta: Todostuslibros y Amazon

Imagen de portada: Antonio Machado

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 5 de diciembre 2020.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria/Antonio Machado

 

5 poemas de Viviane Nathan

De su Uruguay natal cambió a Panamá durante su adolescencia. Es en este país donde se formó y publicó los volúmenes de su carrera poética. A continuación reproduzco 5 poemas de Viviane Nathan.

Himno al desacato

Pienso violar todas las leyes,

los órdenes, los ritos, los sistemas.

Voy a treparme a un árbol

y a patear cientos de piedras,

y caminando boca abajo

quizá le vea el trasero

a este mundo embalsamado

donde todo lo que brilla apesta…

Quiero robarme un manojo de estrellas,

pintar la luna de verde

y al sol ponerle una careta.

Así, cuando me tomen de la mano

y me lleven a una celda,

cantaré un himno al desacato,

me pondré las rejas en los ojos

y entonces quedarán encerrados los de afuera…

Confieso

Siento no tener el equipaje

que exigen todas las absurdas circunstancias.

Me excuso por las cien torpezas diarias,

por los errores grandes y chiquitos,

por la bella tontería,

por la cuerda voluntad de mi vergüenza.

Soy aldea pequeña, de diminutos espacios,

selvas y llanuras adornadas

con flores que tiemblan silenciosas.

Soy la dulce respuesta de la pregunta que no nace.

Voy a apagar la luz

Voy a apagar la luz

para quedarme a oscuras con tu rostro,

para inventar de nuevo aquel instante:

Intimidad etérea y fulminante,

piel en la voz,

voz en el canto,

en la mirada…

Voy a apagar la luz

porque la oscuridad me obliga a dibujarte,

me da la dulce libertad de juntar las ternuras,

de calcar las ansias y borrar las soledades…

Voy a apagar la luz

para pensar en ti.

Final de un poema

Dejaré las notas en su sitio,

miraré más allá de los objetos,

cantaré hacia adentro, como siempre,

lloraré hacia fuera,

tomaré el peso acostumbrado de mi cuerpo,

giraré los pasos:

el futuro es un enigma…

Sentiré no sé qué cosas

y en las cálidas noches de estas tierras

dormiré como muchos,

con los ojos abiertos,

con el alma despierta

y mis pies sólo cubriendo la cama, en silencio.

Yo no sé conjugar los infinitos verbos

del idioma eterno…

No te conozco, compañero.

Mi vida es agradable comparándola con otras,

pero es escasa frente a mis expectativas.

Por eso te cuento

que cruzaré la vereda

y callaré

como siempre,

para que nadie se ría,

para que nadie cuestione,

para que nadie sepa lo sola que me siento.

Quiero saber

¿Hay alguna diferencia, acaso,

entre las piedras y los pasos?

¿Quién atropella primero

y quién cede el espacio

para que el otro camine?

La lentitud del hombre,

su torpeza

y la existencia azul de los silencios

se funden quietamente,

se hacen polvo,

tierra y sedimento.

¿Y qué pregunto ahora, si ya sé cómo se llega?

Un lamento a la izquierda,

dos cuadras adelante

y al final

unos se van camino adentro,

otros se pierden y se olvidan.

Queda la piedra, el árbol,

la nostalgia

y la soledad absurdamente vieja de los niños…

Entre flores y hormigas se abren puntos invisibles

por donde envejece la alegría.

¿Quién atropella primero,

quién se lanza, quién se queda, cuál de los tontos

y de los tantos?

Quiero saber de uno más que aún se atreva.

Imagen de portada: Viviane Nathan

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 15 de julio 2021.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

Cinco poemas de Juan Vicente Piqueras.

Juan Vicente Piqueras es hijo de campesinos dedicados a la vid, el olivo y el almendro. Nació en la aldea de Los Duques (Requena) que cuenta en la actualidad con 40 habitantes. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, se va de España en 1985 y desde entonces ha vivido fuera. En Francia (Château de Chamousseau, Villedieu sur Indre), en Roma (su alma ciudad, durante 20 años), en Atenas, en Argel, en Lisboa, y actualmente en Jordania, donde trabaja como director del Instituto Cervantes de Ammán. Entre sus libros de poemas: La palabra cuando (premio José Hierro), La latitud de los caballos (premio Antonio Machado en Baeza), La edad del agua, Adverbios de lugar, Aldea (premio Valencia de poesía, premio de la Crítica Valenciana, y premio del Festival Internacional de Medellín, La hora de irse (premio Jaén de poesía), Yo que tú, Atenas (premio Loewe), La ola tatuada, Padre, Narciso y ecos, y Ascuas. Ha traducido a Tonino Guerra, Izet Sarajlic, Ana Blandiana, Kostas Vrachnós, Elisa Biagini, Cristina Campo, Cesare Zavattini, Marguerite Yourcenar y Sabrina Foschini.

Poética (o consejos a un joven poeta)

Trabaja y calla. No pidas. No llames. No cejes. No llores. No mendigues jamás lo que mereces. No escribas a quienes no quieren conocerte. Escribe solo. Olvídate de ser alguien. Estás solo y solo has de llevar a cabo tu trabajo. Eres nadie. Eres un náufrago. Arroja, si lo deseas, tus mensajes al mar, y olvídate de esperar una respuesta. No hay respuestas. Entrégate día y noche, en cuerpo y alma, al amor, a la vida, a la poesía, y lo demás que venga si ha de venir, o que no venga. Olvídate del mundo. Olvídate del siglo. Aleja de ti las pantallas. No publiques hasta que alguien no venga a pedirte tu libro. Y si no viene, nada, prepárate a morir, a ser inédito, a ser leído solo después de muerto, o nunca. La fama no te sirve para escribir mejor. A menudo sucede lo contrario. Lee, escribe, vive, sé feliz, haz feliz, canta. Y calla. Recuerda las palabras de Platón: Lo mejor para la sed es el silencio.

Los cinco poemas siguientes pertenecen, por orden, a los libros Adverbios de lugar, Atenas, Yo que tú, La hora de irse y Padre. Y aparecen en la antología Qué hago yo aquí, (ed. Renacimiento, Sevilla 2019). 

PALMERAS

Nacemos de la sed. Somos palmeras

que van creciendo a fuerza de perder

sus ramas. Nuestros troncos son heridas,

cicatrices que el viento y la luz cierran,

cuando el tiempo, el que hace y el que pasa,

ocupa el corazón y lo hace nido

de pérdidas, erige

en él su templo, su áspera columna.

Por eso las palmeras son alegres

como los que han sabido sufrir en soledad

y se mecen al aire, barren nubes

y entregan en sus copas

salomas a la luz, fuentes de fuego,

abanicos a dios, adiós a todo.

Tiemblan como testigos de un milagro

que sólo ellas conocen.

Somos como la sed de las palmeras,

y cada herida abierta hacia la luz

nos va haciendo más altos, más alegres.

Nuestros troncos son pérdidas. Es trono

nuestro dolor. Es malo

sufrir pero es preciso haber sufrido

para sentir, como un nido en la sangre,

el asombro de los supervivientes

al aire agradecidos y estallar

de alta alegría en medio del desierto. 

MUSEO DE LA ACRÓPOLIS

Una mano de mármol, pero sólo los dedos,

sobre un hombro de mármol sin cabeza.

Un brazo erosionado que nadie tiende a nadie.

Un caballo sin patas.

Un jinete que es sólo sus muslos.

Dionisos a pedazos, recompuesto.

Un toro sin cuernos que está siendo devorado

por un león que no está,

sólo sus garras.

Admiramos lo desaparecido.

Tal vez nuestra cultura nace de estas ausencias,

de lo vacío, de lo que no hay.

También nosotros somos lo que queda

de nosotros,

lo que nos falta,

el hueco que nos cuida. 

YO QUE TÚ

Yo que tú me amaría, llamaría,

no perdería tiempo, me diría que sí.

No dudaría más, escaparía.

Daría lo que tienes, lo que tengo,

por tener lo que das, lo que me dieras.

Me soltaría el pelo, lloraría

de gozo, cantaría descalza, bailaría,

le pondría a febrero un sol de agosto,

moriría de gusto, no pondría

ningún pero a este amor, inventaría

nombres y verbos nuevos, temblaría

de miedo ante la duda de que fuese

sólo un sueño, me iría

para siempre de ti, de allí, conmigo.

Yo que tú me amaría.

Me diría que sí, me faltaría

tiempo para correr hasta mis brazos,

o al menos, qué sé yo, respondería

a mis mensajes, a mis tentativas

de saber qué es de ti, me llamaría,

qué va a ser de nosotros, me daría

una señal de vida, yo que tú. 

CANCIÓN DEL SUICIDA 

Yo soy aquel que sabe la fecha de su muerte.

Soy el que la decide.

Nadie puede negarme este poder.

Nadie podrá después responder a las muchas

y feroces preguntas que dejaré en el aire

como herencia y condena

a quienes me quisieron. Tan en vano.

Quien ama no conoce la respuesta.

Yo sí. No la diré.

Moriré contra todos. Soy el único

que sabe de su vida la segunda

fecha, la que teméis,

la que cierra el paréntesis,

la que dicen que solo Dios conoce.

A Él, que todo lo sabe, preguntadle

por qué me fui, y así, por qué hice esto.

Nadie os dirá más claro,

más oscuro,

lo que yo os digo yéndome.

NOMBRES BORRADOS

La mente no es un lápiz para tomar apuntes,

es una goma de borrar.

(Marko Vesovič)

Mi padre fue perdiendo poco a poco el lenguaje.

Y empezó por los nombres. Lo primero

que olvidó su cerebro no fueron los adverbios

ni los pronombres ni los adjetivos,

como uno estaría tentado de creer,

ni las motas de polvo de las preposiciones,

sino los sustantivos.

La manzana dejó de ser manzana,

el vaso pasó a ser eso,

y quienes se acercaban dejaban de llamarse.

La muerte comenzó su labor minuciosa

robándole los nombres,

borrandolos, poniendo

en su lugar un esto o un aquello,

un dame, un balbuceo, un gesto de la mano.

Lo último que se pierde son los verbos,

los verbos que se mueven en la sangre

como si fuesen peces

hasta que acaba el mundo,

hasta que ya no puede el cuerpo con su alma.

Los adjetivos son afectuosos,

visten de amor lo que miran

y por eso perviven.

Pero los nombres se esfuman.

Y la sustancia de los sustantivos

es agua de borrajas, niebla, torres de humo.

La manzana deja de ser manzana.

Yo dejo de llamarme

La palabra dolor no significa nada.

—————————————

Autor: Juan Vicente Piqueras. Título: Qué hago yo aquí. Editorial: Renacimiento. Venta: Todostuslibros y Amazon

Imagen: Portada de “Que hago yo aquí” 

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 3 de octubre 2020

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

Proyecto de un beso, un poema de Leopoldo María Panero.

Fue el más marginal y explosivo de los poetas novísimos, casi un post novísimo anticipado: en su poesía la herencia modernista se conjugó con habilidad con las formas de lo que estaba por venir. A continuación reproduzco Proyecto de un beso, un poema de Leopoldo María Panero.

Proyecto de un beso, de Leopoldo María Panero

Te mataré mañana cuando la luna salga

y el primer somormujo me diga su palabra.

Te mataré mañana poco antes del alba

cuando estés en el lecho, perdida entre los sueños

y será como cópula o semen en los labios

como beso o abrazo, o como acción de gracias.

Te mataré mañana cuando la luna salga

y el primer somormujo me diga su palabra

y en el pico me traiga la orden de tu muerte

que será como beso o como acción de gracias

o como una oración porque el día no salga.

Te mataré mañana cuando la luna salga

y ladre el tercer perro en la hora novena

en el décimo árbol sin hojas ya ni savia

que nadie sabe ya por qué está en pie en la tierra.

Te mataré mañana cuando caiga la hoja

decimotercera al suelo de miseria

y serás tú una hoja o algún tordo pálido

que vuelve en el secreto remoto de la tarde.

Te mataré mañana, y pedirás perdón

por esa carne obscena, por ese sexo oscuro

que va a tener por falo el brillo de este hierro

que va a tener por beso el sepulcro, el olvido.

Te mataré mañana cuando la luna salga

y verás cómo eres de bella cuando muerta

toda llena de flores, y los brazos cruzados

y los labios cerrados como cuando rezabas

o cuando me implorabas otra vez la palabra.

Te mataré mañana cuando la luna salga,

y al salir de aquel cielo que dicen las leyendas

pedirás ya mañana por mí y mi salvación.

Te mataré mañana cuando la luna salga

cuando veas a un ángel armado de una daga

desnudo y en silencio frente a tu cama pálida.

Te mataré mañana y verás que eyaculas

cuando pase aquel frío por entre tus dos piernas.

Te mataré mañana cuando la luna salga

te mataré mañana y amaré tu fantasma

y correré a tu tumba las noches en que ardan

de nuevo en ese falo tembloroso que tengo

los ensueños del sexo, los misterios del semen

y será así tu lápida para mí el primer lecho

para soñar con dioses, y árboles, y madres

para jugar también con los dados de noche.

Te mataré mañana cuando la luna salga

y el primer somormujo me diga su palabra.

Imagen de portada: Leopoldo María Panero

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 15 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/En memoria

 

5 poemas de Gabriel Ferrater

Poeta en lengua catalana. Ocupó la dirección literaria de Seix Barral. A continuación, puedes leer 5 poemas de Gabriel Ferrater.

La playa

El sol se la ha tragado. Andaba sola,

descalza como el mar, vestida como

el mar, con blusa blanca y slacks verdes,

y luminosa y rubia como el aire,

como el león de la furia total.

Se la ha tragado. En jauría, furiosos,

Cortaremos el viento de hojalata

con la cizalla de los aullidos.

Arañemos la arena. Ladremos

al mar, al disfrazado.

Traducción de Pere Gimferrer

Kore

Sonríe, cada vez

que otra cosa de ella

merece un amor tuyo.

Sonríe, al salir de ella,

que se te cierra intacta.

Sonríe con ternura,

que no os suplicará

(tú, con tu mundo ávido)

que la llaméis bondad,

y apenas adivinas

cómo se absorbe. Aún

ha de sumarse. Aún

va naciendo su cuerpo.

Traducción de José Agustín Goytisolo

Ídolos

Entonces, cuando yacíamos

abrazados frente a la ventana

abierta al desmonte de olivos (do

semillas desnudas dentro de un fruto que el verano

ha abierto violento, y que se llena

de aire) no teníamos recuerdos. Éramos

el recuerdo que tenemos ahora. Éramos

esta imagen. Ídolos de nosotros

para la fe sumisa de después.

Traducción de José Agustín Goytisolo

Kensington

La luz de estío nórdico es inmensa

-y aquellas tardes que no mueren nunca.

Tal la paz de después. Cuando ellas dicen

casi el viejo secreto que buscamos siempre

por sendas nuevas.

Y ella habla, y me cuenta

las imágenes que con ella recorren su camino:

su camino, tan lento, por donde la conduzco

hasta la cima.

«Siempre creo que me transformo.

Nunca sabrás las cosas que me haces creer,

cuerpo mío. Una vez yo fui Kensington,

esa extensión de calles tortuosas,

llenas de luz sin sol. Y hace un momento

te digo que me he vuelto una flor amarilla.»

Imágenes florales me son fáciles.

Du bist wie eine Blume, y en la mano

tengo aún el recuerdo de una flor carnívora,

la cosa que se abre hasta una flor

de húmeda carne, la corola abierta

vasta increíblemente, para que yo, insecto,

me entregue. Digo:

«Te conviertes en flor,

y hacia aquí todo el cuerpo te sube».

Me equivoqué. Luz pura. Todos los dibujos

que sé calcar, no sirven. Y corrige:

«No, no cuenta esa flor. Era del todo

amarilla. Te me he vuelto una flor amarilla».

Traducción de José Agustín Goytisolo

Engaño

«Di, ¿por qué me hiciste

confiar en mí?»

¿Te he podido engañar,

corazón tan perplejo?

«Me has querido sobornar,

cauto, sin orgullo.»

Sin espera, con orgullo,

te me entregaste.

«¡Y era para hacerme daño

cuando viniera hoy!»

Oh, ¿cómo te me has creído

que me serías fiel?

Traducción de José María Valverde

Imagen de portada: Gabriel Ferrater

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 27 de mayo 2018.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía

5 poemas de Mari Luz Escribano

Toda una carrera de poesía, toda una vida de lucha, se apagó la semana pasada. Hoy la recuerdo con sus versos, reproduzco 5 poemas de Mari Luz Escribano.

Canción del silencio

En las horas pisadas por las sombras

en un gesto final de despedida,

cuando es tarde y tardíamente escucho

esta niebla o canción que me regresa,

todos los muebles tienen

una poblada soledad de incierta

nostalgia telefónica.

Y los libros me miran

con sus ojos de octubre

y el cigarrillo clama

urgido desde el piano

con volutas que pasan

transitan, me construyen

la palabra de amor en que trabajo.

Sobre la mesa, intacta,

la violeta de un nombre

que desprende una página.

Yo ya sé que es domingo

y que la brisa tiene una luz convocada

que me recuerda el mar.

Pero deja que guarde entre mis manos

limosnas de silencio:

siempre dejan sus huellas

espacios de rocío en la mirada.

***

Los ojos de mi padre

Los ojos de mi padre,

los ojos de mi padre,

mirándome en la patria cereal de los trigos,

en un tiempo de cunas

mecidas por el viento de la guerra,

mirando cómo crezco

en los abecedarios

y conquisto sonidos primitivos

balbuceos, palabras necesarias,

porque él me empuja y vuelve,

desde su corazón y sus espigas,

su corazón de tierra y manantiales,

patria de tierra y gritos apagados.

Mi padre es un silencio

que mira como crezco.

Sus manos me conforman,

me miran la estatura,

la dimensión del cuerpo,

averiguan gozosas

que me elevo en trigal.

Las manos de mi padre

tocan mi cuerpo y cantan,

y yo sé que me acunan

con nanas de caballos,

con la salmodia triste del judío,

del converso que habita por su sangre.

Pero paseo con mi padre.

Abandono en sus manos

mis manos tan pequeñas,

y al calor de su sangre

mis pulsaciones tienen

una ambición de tiempos.

En las luces inquietas de la tarde,

al borde de la noche,

vamos pisando hierbas, territorios,

ríos como torrentes, manantiales,

horizontes donde la niebla habita,

paisajes metalúrgicos y bosques,

ciudades, vientos, cordilleras,

blancas constelaciones.

Camino con mi padre.

Me nombra a las palomas,

pájaros migratorios,

aguanieves que rozan las praderas,

alcaudones de viento,

golondrinas, gorriones, avefrías.

Y todo pasa y llega de su mano,

y a mi infancia regresa

el calor confortable de su sangre

Cuando llegan los días de septiembre,

láminas del otoño,

las madrugadas frías y estrelladas

detienen sus palabras.

Pero es sólo un instante

de sangre y de fusiles

porque mi padre vuelve del silencio

y pasea conmigo

el callado silencio de las calles,

y los campos sembrados

y las constelaciones,

y su voz de madera me acompaña, me mira cómo crezco.

Todo el mundo conoce

que heredé de mi padre una bandera.

***

Gabo

Cruzan los teletipos los océanos azules;

ha muerto Gabo dicen, como si fuera un cuento,

allá en Colombia habita el buitre que cantaba

esa mala noticia que nos deja. tan huérfanos.

El eco lo repite: ha muerto Gabo,

y un profundo dolor deja en los ojos lágrimas.

Macondo está de luto, con sus callejas lóbregas

y sus hombres alzados sobre el polvo del tiempo.

Cien años de soledad son pocos

los que nos deja el hombre

que levantó una patria con nombre de Macondo,

habitada por hombres y por mujeres tristes

tan solos en un mundo ajeno a la aventura.

Sólo queda en Colombia un rincón ignorado,

Macondo se llamaba y Macondo se llama,

algún aventurero buscará con presteza,

aquellos peces de oro de Aureliano Buendía.

***

Escribiré una carta para cinco

Cuando surja la luz de primavera,

y las rosas dibujen sonrisas de colores,

escribiré una carta para cinco muchachos,

contándoles lo mucho que gané con la vida.

Escribiré desde una nube blanca,

con una tinta azul que no la borre el tiempo,

porque no volveré a pisar las arcillas,

ni la dura tristeza del asfalto.

Contaré que mi vida

fue una historia muy larga,

con mapas y lecciones

en un palacio antiguo,

el fragor de los trenes

hacia el país del trigo,

la lluvia sobre el mar

y las arenas suaves.

El Cantábrico allí,

tan lejos de Granada.

Después vinieron ellos,

esos cinco muchachos,

y los días pasaron

con nanas y con besos,

con los ojos dormidos

en cuna almidonada.

Mi corazón estuvo

siempre en guardia con ellos

Y ahora que ya han crecido

y conocen los mundos de las hierbas

los nombres de los pájaros,

la música del mundo,

los placeres del libro,

creo que ya he cumplido

mi misión en la tierra.

Escribiré una carta para cinco

cuando la primavera arribe

y me inunde la casa de amarillos.

***

Cuando me vaya

Dejaré un silencio en el recuerdo,

sonidos de una voz que fue muy joven,

y un aroma de sándalo y cipreses

para que no me olvides.

Y ahora, cuando el sol desaparece,

y hay promesa de una noche clara,

las estrellas se esconden

y están muertas de tanta nívea luz.

Dejaré abierta la ventana.

Un gorrión divulgará mi huida,

y un frescor de mañana

anunciará mi marcha,

con trémula voz para llamarte.

Cuando me vaya

perderé las praderas,

los bosques encendidos de noviembre,

el verde del jardín en primavera,

la tenue luz de los planetas,

la sonrisa de un niño,

el calor de un amigo,

lágrimas de dolor por los caminos

que transité tan alta,

la caricia de un perro

que dio fuego a mis manos.

Cuando me vaya

habré perdido tantas cosas,

que creceré en trigal

por no morirme.

Imagen de portada: Mari Luz Escribano

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Laura Di Verso. Editor: Arturo Pérez-Reverte. 22 de julio 2019.

Sociedad y Cultura/Literatura/En memoria/Poesía