La supremacía de una poética inclaudicable.

LITERATURA. «Expreso», nuevos poemas de Beatriz Vignoli 

Editorial Biblioteca reanuda una colección de poesía interrumpida por la dictadura incluyendo en la misma a uno de los grandes nombres de la literatura argentina.

Beatriz Vignoli no sólo es una referente cultural inexcusable en Rosario reconocida por su labor en la crítica literaria y de las artes plásticas, ejercida desde hace años en Rosario/12, con una capacidad difícil de igualar en el descubrimiento de matices, códigos y secretos que pasan inadvertidos para el resto en cada obra que reseña. 

Ese ejercicio de lucidez, que no excluye el humor, ha hecho que sus columnas ofrezcan -más de una vez- a cada escritor o artista analizado la impensada posibilidad de una nueva relectura de su propia obra.

Vignoli es además y tal vez sobre todo, uno de nombres femeninos más importantes de la literatura argentina del siglo XXI, desde sus poemarios: “Almagro” (2000) Premio Municipal de Poesía,”Viernes” (2001), “Soliloquios” y “Bengala” (2009), ”Lo gris en el canto de las hojas” (2014), ”Árbol solo” y ”Luz azul” (2017) Premio Provincial “José Pedroni”a su obra narrativa como “Reality” (2004), “Nadie sabe adonde va la noche” (2007), “Es imposible pero podría mentirte” (2012) o “DAF” (2014), esta última una novela que ilumina de modo tal vez irrepetible los códigos, esperanzas, entusiasmo y frustraciones de una franja de la juventud de ese período que fue de 1981 a 1999 -a caballo entre el rock y la militancia- en un tiempo detenido en la ciudad de Atopia. 

Allí, como en sus calles, se cruzan el humor, la poesía, la ironía y el cinismo con una escritura pictórica y a la sombra de una mirada crítica que se enfrenta a los discursos dominantes de la época. El resultado: una entereza moral en la sensación de derrota, como señalara Sebastián Basualdo en “La próxima generación perdida” (Página/12, 20 de julio de 2014), quien destaca a la novela instalada como una especie de mito en el ambiente literario rosarino.

Hasta esta bienvenida edición de Expreso, Beatriz (ella misma reconocida, por qué no, también como un mito en la cultura de la ciudad) había publicado notas y artículos en revistas emblemáticas como Expreso imaginario y Diario de poesía y en diarios como El Litoral,  El Ciudadano y, en inglés, en Buenos Aires Herald. Había sido traductora e impulsora en los años 90 de movidas y agrupamientos culturales que, entre cosas, darían origen a revistas como Ciudad gótica.

Expreso aparece incluido en la colección “Poetas argentinos” de Editorial Biblioteca, que reanudara no hace mucho su actividad tras la demorada restitución de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil a sus legítimas autoridades tras ser intervenida y devastada por la dictadura a partir del 24 de marzo de 1976, inicio de un período atroz para esa ejemplar institución barrial que incluyó la detención de sus directivos, el saqueo de sus bienes y la destrucción e incendio de miles de libros generados por su editorial. 

Beatriz se integra así a una colección que, antes de 1976, ya había publicado a poetas como Hugo Gola, Francisco “Paco” Urondo, Francisco Madariaga y Rodolfo Alonso, siendo la primera mujer en ese valioso catálogo. Esta genealogía no es accesoria, porque Vignoli la tuvo en su horizonte para la escritura de Expreso, donde, junto a la resonancia de otras voces, se percibe el magnetismo incierto de la mitología popular, el enigma nunca resuelto de los sueños, el “idioma de puras consonantes” de la lluvia y el pulso de Vignoli, señala la contratapa del libro.

La primera lectura llevó a quien asumió el compromiso de afrontar reseñar este libro, a rastrear en su memoria nombres que creyó están presentes de algún modo en la poesía de Vignoli, opinión tal vez azarosa pero que cree poder sostener: Alfonsina, Alejandra Pïzarnik, Olga Orozco, Marosa Di Giorgio más una presencia vallejiana en versos como Mi brazo caracol, mi brazo izquierdo,/ mi brazo endivia, molusco, mejillón.

En una entrevista periodística, Beatriz aludió al tiempo de la recuperación refiriéndose a la vez a la de la Vigil pero también a la dura experiencia personal de un accidente traumático, con sus secuelas de rehabilitación, aislamiento, resiliencia y agradecimiento a quienes, desde los médicos a las amigas y amigos, estuvieron cerca suyo en ese trance y a quienes, en cada caso, están dedicados buena parte de los poemas. Son, al igual que los epígrafes, brújulas para futuras lecturas, avisa la contratapa.

En la segunda parte del libro (de explicito título:”Accidente en vía pública”) se reúnen poemas en los que pasa revista a su propio tiempo de recuperación, atravesado por el padecimiento físico pero mucho más por lo que éste reduce: la vital posibilidad de la escritura pero también del abrazo. 

Poemas en los que conviven sutiles dosis de humor que atenúan la fractura y la prisión del yeso necesario con la inigualable capacidad con la que Vignoli extiende su mirada a otros ámbitos, cotidianos algunos, fruto del sueño otros. La lúcida contratapa del libro vuelve a avisar al lector: En estas páginas se percibe el magnetismo incierto de la mitología popular, el enigma nunca resuelto al que desafían los sueños, la humedad de las orillas, el “idioma de puras consonantes” de la lluvia, el canto anestesiado de una paciente de hospital. Pero también su certeza de que la palabra no puede circular sola sin el movimiento que imponen los cuerpos, la danza, el arte.

La tercera parte (“Agua y sal”) atesora, en poemas más extensos, una notable summa poética de la hondura de “Las Ofelias y las Noras”, dedicada a Mabel Temporelli, mirada cruda pero sin embargo de profunda ternura: Algunas chicas en mi barrio/ en los años cincuenta, sesenta quedaban embarazadas y se suicidaban.(…) Su mano sanadora extiende todos los dedos/ para abarcar la inmensidad de la vergüenza/ de las que se atrevían a maternar en soledad./ “¿Y ninguna abortaba?”/ “Eso todavía no existía”. O de “Luna en Piscis”, entrañable repaso de vivencias, recuerdos y memoria de mujeres, hombres, lugares de esa zona-región inigualable de la ciudad tan cerca del río y de las islas: Soy de aquí en una vida paralela/ o tal vez de aquel pasado en que veníamos/ de lejos con mis hermanos a jugar/ a que la barranca era una selva, y el tiempo,/ puro futuro. Hay tanto sol este verano/ que esto parece otro planeta, pero es la Tierra…

“Nota de la autora” que abre el libro es un umbral inexcusable en el que en el sueño de Beatriz se vinculan inicialmente dos nombres y dos muertes; la de Leopoldo Lugones, suicidado en un hotel del Tigre, y la de Federico García Lorca, fusilado por esbirros franquistas apenas iniciada la Guerra Civil Española. Ya despierta, cuenta: Intuyo que Lugones no merece el mismo homenaje: al despertar recuerdo que instigó en Argentina el mismo tipo de orden político autoritario bajo el que se fusiló a Lorca en España. Así que lo reemplazo por Alfonsina Storni, que se suicidó el 26 de octubre de 1938 y de esa forma me aparto del espíritu de la época, ya que en aquellos tiempos dudo de que la muerte de una poeta mujer se haya considerado una catástrofe literaria mundial…

“Expreso”, que no estuvo incluido en la reciente publicación de su obra poética (“Viernes”, Ediciones Nebliplateada, 2021) ratifica la supremacía del nombre de Beatriz Vignoli en la poesía rosarina, tan diversa y valiosa y la extiende a la producción poética argentina de este siglo. 

Supremacía que -como señala Ivana Romero en revista ”Ñ”, 12 de diciembre de 2021- ya era visible en sus poemas iniciales: Y es que ahí donde el objetivismo de la época recomendaba borrar al sujeto poético, Vignoli imponía el yo. A la vez, su lirismo contrastaba con la parquedad de una poesía que privilegiaba cierta oralidad llana, carente de ondulaciones. Y así Beatriz, con poco más de treinta años, confirmaba su linaje de chica outsider y punk en medio de una tradición -ejercida en especial por varones- que solo admitía los versos contenidos donde la sensibilidad debía ser mantenida a raya. Vignoli era joven terrorista de las buenas formas intelectuales al admitir que la poesía no es zona de certezas lingüísticas sino tembladeral. 

Justamente por eso era (es) necesario escribirla, decirla, arrojar la bomba, dejar rastros de pólvora en la hoja inmaculada. Decisiones presentes una vez más en las páginas de Expreso.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Rafael Ielpi. Mayo 2022

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Romances y dolor: la reveladora biografía de Alejandra Pizarnik.

Ya se encuentra en librerías libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti. En el libro ahondan aspectos poco conocidos de la célebre poeta argentina, como la accidentada relación con un poeta colombiano. Todo en base a una gran cantidad de papeles, diarios, correspondencia, borradores que dejó la autora de El árbol de Diana. Una de las autoras habla con Culto sobre el volumen

De su puño y letra, el 22 de septiembre de 1963, Flora Alejandra Pizarnik, la joven poeta argentina que residía en París, por entonces La Meca de los escritores a nivel mundial, anota en su diario: “Sí, estoy encinta. De pronto, la idea de no reaccionar con miedos y llantos. Hacer lo que se necesita hacer con extrema seguridad y lucidez. Esto es una nueva trampa”.

La “trampa” se había ocasionado en una fiesta, en agosto anterior, donde había conocido a un sujeto a quien solo identifica como “un joven pintor italiano”. En su estilo dramático, la autora de Los trabajos y las noches lo relató así: “Se quedó fascinado el itálico mozo. Y tanto que no se despegó de mí —’oh si supieras cuánto te siento!’— me decía a cada momento con sus ojos en mis ojos, deseoso de que todo su dolorido sentir se asomara a su mirada húmeda”. La noticia del embarazo la sorprendió, por lo que comenzó a mover sus piezas.

El episodio, desconocido hasta ahora, se encuentra detallado en el libro Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito, de Cristina Piña y Patricia Venti, y que ya se encuentra en nuestro país publicado vía Lumen. El texto revisa la vida acontecida de una de las destacadas poetas allende Los Andes.

En rigor, es una versión ampliada de la biografía que Piña publicó en 1991, a la que se sumó el trabajo de la escritora y cineasta venezolana Patricia Venti. Ambas revisaron una importante cantidad de papeles, diarios, correspondencia, borradores, y cuadernos inéditos de la poeta, que se encontraban en la Biblioteca de la Universidad de Princeton. Además, se agregaron dos testimonios claves: el de la rama de la familia paterna residente en Francia, con quienes Alejandra residió entre 1960 y 1964; y el de su hermana mayor, Myriam.

Cristina Piña, escritora, traductora y una destacada crítica literaria argentina, se dio el tiempo para responder las preguntas de Culto. Comenta que de todo el ingente material que revisaron junto a Venti para esta edición, hubo dos cosas que la sorprendieron: “Las partes del diario y la correspondencia centradas en París, ya que daban una imagen totalmente diferente de la que se podía tener a través del testimonio de los amigos de Buenos Aires.

También en relación con ese mismo período, los datos aportados por la familia francesa con la cual vivió en diversos momentos de su experiencia parisina”.

¿Qué fue lo más dificultoso a la hora de trabajar este libro?

Articular todos los testimonios con el diario y la correspondencia, es decir hacer de todo ese gran material algo organizado, ordenado y legible, que diera una imagen lo más verdadera posible de Alejandra. Es decir, la organización de la gran cantidad de material recabado.

¿Cómo fue la experiencia de hablar con su hermana Myriam y revisar los archivos que se encuentran en la Universidad de Princeton?

Las conversaciones con Myriam fueron de una gran riqueza, porque su hermana se abrió totalmente y dio todos los datos posibles sobre Alejandra. Fue fundamental para reconstruir tanto la atmósfera del hogar y la personalidad de los padres como de la misma Alejandra en su infancia y su adolescencia. Fue importantísimo y de una gran utilidad.

Ustedes hablan de que en la personalidad de Alejandra Pizarnik había un costado “bastante infantil”. ¿De qué manera ese rasgo la acompañó en su vida?

Toda su vida lo mantuvo en los celos que experimentaba por sus amigos; en la búsqueda de relaciones absolutamente excluyentes y centradas por completo en ella; en su humor que se fue agudizando con los años; en su curiosidad constante ante cualquier elemento o personaje nuevo; en el establecimiento de relaciones en las que atribuía rasgos materno o paternos a amigos y psicoanalistas; en su inutilidad para las tareas de la vida cotidiana; en su desentendimiento de responsabilidades que fueran más allá de la consagración a la escritura; en su desconocimiento de los horarios propios y de los amigos a los que podía despertar a las 4 de la mañana para hablar.

Cristina Piña. Foto: German Garcia Adrasti.

Un amor violento

Uno de los puntos reveladores de la biografía, es el intenso romance que Pizarnik tuvo con el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, desconocido para el público, pero muy citado a las autoras por sus cercanos. 

“Hubo un enamoramiento profundo, al menos de Alejandra por Gaitán Durán, que en el caso del testimonio de su hermana Myriam se confirma con la afirmación de que con este poeta Alejandra habría fantaseado con casarse”, se indica en la biografía. Sin embargo, el romance terminó de manera trágica el 23 de junio de 1962, con un accidente aéreo que le costó la vida a Gaitán.

El hecho la destrozó. “Tenía 35 años, era muy bello e hicimos antes de su partida, planes maravillosos y posibles que me hubieran sacado de mi miseria. Su muerte me afectó enormemente”, le escribió a León Ostrov, su antiguo sicoanalista. Incluso, a Gaitán le dedicó su poema Memoria, incluido en Los trabajos y las noches (1965).

Eso sí, Pizarnik, como se indica en la biografía y se desprende de sus diarios, era bisexual. Por eso, Piña aclara que Gaitán fue uno de sus grandes romances, mas no el único. “Con un hombre sin duda. Pero sabemos que Alejandra era bisexual y por lo menos sintió un gran amor por una mujer”, explica Piña.

Otro episodio desconocido es lo que Pizarnik realizó en París tras notar su embarazo. El 30 de septiembre de 1963, según se indica en la biografía, y acompañada de su amiga Marie Jeanne, se realizó un aborto. “Lloré todo el día. Lloré por mí. Ahora comprendo por qué no lloré hasta hoy”, anotó en su diario.

Además, en la biografía se habla de la enfermedad mental de la poeta, de la cual, hasta hoy no se sabe exactamente cuál fue. 

¿Por qué? Piña lo explica: “No hay un diagnóstico preciso porque dos de sus psicoanalistas murieron, el hospital Saint Anne de París —donde suponemos que estuvo internada o que se trató por las anotaciones que aparecen en sus diarios— a los diez años de muertos los pacientes se deshacen de todos los papeles vinculados con ellos y porque el único psicoanalista que vive, hasta hoy se niega a dar un diagnóstico que considera que es algo privado entre paciente y analista”.

¿Considera que su obra ha obtenido el reconocimiento que merece?

Sí. Alejandra ha sido traducida no sólo a los principales idiomas sino a otros menos comunes como el esloveno y hay trabajos, artículos, tesis y libros en diversos países del mundo, al margen de que se la sigue estudiando en universidades de toda Europa y América.

Pizarnik debutó con La tierra más ajena, aunque luego se distanció un poco de ese libro, y El árbol de Diana la consagró. Habiendo estudiado su vida, ¿cuál creen ustedes que fueron los libros –para ella– imprescindibles de su obra?

Sin duda El árbol de Diana. Cuál estaría en segundo lugar no es tan seguro, ya que habla muy poco de su producción publicada en sus papeles, correspondencia y diarios.  Pero como le valió el Primer Premio Municipal de poesía podría ser Los trabajos y las noches si bien le merecía atención especial Extracción de la piedra de locura donde desarrolla algo que le interesaba mucho: el poema en prosa extenso.

Imagen de portada: Gentileza de Lumen

FUENTE RESPONSABLE: La Tercera. Cultura. Por Pablo Retamal.Mayo 2022

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«Cómo podré vivir sin ti». Historia de una amistad: las cartas entre Hannah Arendt y Hilde Fränkel.

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La amistad crea un espacio de comunicación en donde dos o más personas se comprometen a la búsqueda conjunta de la verdad. «La verdad sólo se encuentra entre dos» es la premisa de Nietzsche que Hannah Arendt hace suya, eligiendo entre sus amigos a interlocutores idóneos que sepan llegar sin vértigo a la cima de su pensamiento. De ahí que no sea extraño que la mayoría de sus amigos estén vinculados al mundo de la intelectualidad de una u otra manera. Hay un caso, sin embargo, que se sale de la norma por su carácter extraordinario. Y es justo por la absoluta particularidad del acontecimiento que podría denominarse la amistad perfecta de la que habla Aristóteles en donde el amigo es, en efecto, otro «sí mismo».

Hilde Fränkel no es una intelectual a los ojos de Arendt, pese a la obviedad de haber recibido una formación académica filosófica y teológica en la Universidad de Frankfurt, en donde ambas se conocen a principio de los años 30 del siglo XX. Según Arendt, no puede ser una intelectual porque es una «bohemia», queriendo dar a entender un espíritu que danza libre sin las cadenas de un discurso opresor que imprime sus rigores con métodos de adiestramiento. Devolviendo el halago, Fränkel contesta a su amiga: «Me alegro de que tú no seas tan sólo una intelectual».

La gran fortuna de esta amistad tiene como vértice un no-ser-intelectual que pone al descubierto la atracción incomprensible e irracional de dos personalidades. El concepto de philia, antes de pasar a los asuntos humanos, fue utilizado por los primeros filósofos, los físicos, para referirse a las leyes de atracción que rigen la naturaleza. La amistad se entiende como una fuerza natural que une a las personas de forma inevitable en el movimiento arbitrario del cosmos. En las pocas cartas que atestiguan la estrecha relación entre las dos mujeres, Arendt incide en la importancia de haber encontrado gracias a Fränkel una conexión con esa parte más personal, alejada de las disquisiciones racionales y vinculada a su verdadero ser:

No llego a imaginarme cómo podré vivir sin ti. Como si de repente a alguien, nada más haber aprendido a hablar, se le condenase a callar sobre aquello realmente importante por medio de una inconcebible privación.

Los primeros titubeos de esta amistad extraordinaria no se precipitan en Alemania; y es muy probable que, de no haberse dado el derrumbe de la historia humana, ambas mujeres nunca hubieran mostrado el menor interés en conocerse. El viraje de la subjetividad encuentra su exponente más significativo en la autonomía de un ser forzado a encontrar nuevas formas de comunicarse con la realidad que le rodea. Allí, en el acto de regeneración tras la disolución, das Werden im Vergehen de Hölderlin, dos judías llegan a Nueva York en 1941 y deciden, en plena consciencia de su contingencia, emprender el camino público de una amistad que pronto, muy pronto, desembocará en la senda menos transitada de la intimidad.

De la nueva vida en Estados Unidos se sabe que Fränkel trabaja de secretaria de Paul Tillich, teólogo evangélico alemán de la Universidad de Frankfurt, y se convierte en su amante. También se sabe, porque lo desvela Arendt, que Fränkel tiene una fenomenal disposición para el erotismo. Ella misma se denomina «genio de Eros», haciendo alusión a una fantasía especialmente dotada para el juego sexual. Jugando, imaginando, comparte con Tillich una colección pornográfica que Arendt, desde su condición de «vulgar mortal», califica de un aburrido intento por encontrar imposibles «variaciones de lo mismo».

Las escasas cartas conservadas de las dos amigas son la crónica de un viaje a través de las ruinas. El de Arendt atraviesa los deshechos de una Europa convaleciente de 1949 a 1950. En su cargo de directora de la organización para la Reconstrucción Cultural Judía (JCR), tiene el cometido de recuperar el material cultural robado como motín de guerra durante el nacionalsocialismo para traerlo de vuelta, primero a los Estados Unidos y, finalmente, a Israel. El recuerdo sumergido de Alemania vuelve carta a carta, escombro a escombro. Un país nada excitante, «ni una iniciativa, ni un tono nuevo», tan sólo la monótona letanía de un resentimiento que se afana en reproducir el pasado hasta el último detalle para empezar desde el antes como si nada hubiese sucedido.

El periplo de Fränkel se encuentra marcado por un lento cáncer que devora el cuerpo y las ganas de seguir viviendo. En una batalla que no encuentra razones para mantenerse en la lucha, Fränkel se fuerza a mecanografiar la ingente Teología sistemática del amante como único acto de resistencia. Sola, dopada de morfina para acallar el dolor, trabajar hasta en los momentos de mayor languidecimiento de su enfermedad. Dos obsesiones se reflejan en las cartas enviadas a Arendt: terminar la Teología y tener a la amiga de vuelta antes de morir. Cada día de demora supone para Arendt una traición hacia aquella que le pide que regrese antes de la primavera. A modo de disculpa, las cartas de la politóloga empiezan siempre con el mismo saludo, darling, y se despiden con un mantra que va perdiendo su efecto a fuerza de repetición: «Mi más querida, aguanta, enseguida estoy de vuelta».

Hilde tiene 52 años y va a morir. Arendt es nueve años más joven y está a punto de publicar la obra que le dará reconocimiento, Los orígenes del totalitarismo. El amor es nostalgia de lo que algún día ya no existirá. La excepcionalidad del momento que se agota convierte la amistad en un acontecimiento inigualable, como subraya Arendt:

La felicidad de haberte encontrado es aún más intensa por el hecho de que te estés yendo, porque en ella el dolor está comprendido.

Para Fränkel, por su parte, en esa sensibilidad enardecida del cuerpo hecho pedazos, todo y todos resultan demasiado, también el «oso torpe» de Tillich. Solo la amiga, desde la distancia, sabe darse en su justa medida. En una medida, por otra parte, que no encuentra reemplazo. Nadie es capaz de llegar a la dimensión absoluta de Arendt. Les falta altura:

Hannah, eres la más encantadora del mundo y sabes hacer feliz como nadie. Ayer llegaron tus flores rojas, tan especiales y maravillosas.

No solo rosas, sino prímulas en invierno y frutas olorosas y «estéticas» llegan de parte de la amiga. Arendt es pródiga en esencia y sabe hacerse útil en los tiempos de precariedad. A la amiga de la infancia, Anne Weil, le envía ropa y zapatos nuevos, a su maestro Karl Jaspers, café y viandas que escasean en Europa, y a la mujer de éste, Gertrude Jaspers, aquella blusa que tanto alabó él día que Hannah la llevaba puesta.

En consonancia con los relatos de amistades sublimes, Arendt pierde a su amiga como Michel de Montaigne a su inestimable amigo-hermano, Étienne de La Boétie. Y ninguno de los dos, aunque les preguntasen, acertarían a explicar en qué reside la singularidad de esa amistad incomparable. Arendt, como Montaigne, tan sólo balbuceaba: «Porque ella era ella, porque yo era yo».

Pese a la amenaza del inminente abandono, no hay ningún rasgo de zozobra en el intercambio epistolar entre las amigas, sino la manifestación directa del goce de haberse encontrado. La dimensión erótica y espiritual que exhala esta correspondencia trasciende la dualidad que rige las pulsiones de los hombres con las mujeres y de las mujeres entre sí. El eros de la relación entre las amigas se articula en esa libertad que no atiende a lugares comunes ni a patrones de comportamiento. No hay nada preestablecido, sino aquello que ambas van haciendo lícito en el juego amoroso de la amistad. Y lo permitido, en la práctica del amor, es todo lo posible.

Los arrebatos líricos de tan intensa profundidad emocional no son comparables con ninguna otra correspondencia de Arendt, ni siquiera con las cartas a su marido Heinrich Blücher. Una de las manifestaciones más conmovedoras de esta entrega sin fisuras a la personalidad de la amiga se encuentra en las palabras que Fränkel le dedica a Arendt en el Año Nuevo de 1950:

Eres la única persona en mi vida a la que de forma rotunda le digo sí. Siempre falta lo humano o lo espiritual. Tú tienes todo al completo. Lo que me has dado y has sido para mí es algo tan grande.

Arendt le responde en términos muy semejantes, rubricando la gran fortuna de haberse encontrado en uno de esos cruces que traza el exilio:

No puedo llegar a expresarte lo mucho que tengo que agradecerte. No sólo la distensión que procede de la intimidad entre mujeres, nunca antes experimentada por mí de tal manera, sino por el inconfundible gozo de tenerte cerca.

La felicidad de la cercanía se traduce también en la seguridad de haber encontrado una confidente a quien todo puede ser relatado sin temor al reproche o a la incomprensión. Con desprendida naturalidad, Arendt le habla de su último flirteo en el vagón restaurante del tren de París a Wiesbaden y de su enojo por el retraso de cuatro semanas de la carta de Blücher.

Los hombres, esa «pesada maleta sin importancia» que ambas arrastran y sin la cual, en opinión de Arendt, la mayoría de mujeres no podría vivir, es uno de los temas recurrentes de la conversación. Al mal de amores de Fränkel por un amante incapacitado que retrasa sus visitas, se suman las peripecias de Arendt con los hombres de su pasado. Fränkel opina al respecto: «Encuentro encantador que tengas hombres por todas partes del mundo». En una de estas cartas, para amenizar la convalecencia de la amiga, Arendt relata con gran jocosidad la tragicomedia escenificada por Heidegger en Friburgo tras más de diecisiete años de separación.

Ajeno a la burla, la «bestia de la Selva Negra» dedica un poema a la «amiga de la amiga» como disculpa por retener a Arendt a su lado, haciendo la ausencia aún más larga:

Muerte es la cordillera del Ser 

en el poema del mundo. 

Muerte rescata lo tuyo y mío, 

dándolo al peso que cae –

a la altura de una calma, 

puro, hacia la estrella de la tierra. 

En la espera, lo esperado se presenta. El estado súbito de estar-muerto (que no de morirse) llega el 6 de junio de 1950. Dichosa de haber cumplido el último deseo de tener a la amiga a su lado, Fränkel se desprende de la consciencia y, al igual que hiciera el moribundo Sócrates, sube sola la cordillera remota del ya-no-ser. Arendt, el miembro abandonado de la unidad, se refugia en los otros amigos para poder seguir viviendo dentro de una realidad repentinamente despoblada. Y así, en una carta a Jaspers fechada el 25 de junio de 1959, confiesa: «Me resulta difícil volver a acostumbrarme al mundo».

Imagen de portada: Hannah Arendt. Archivo

FUENTE RESPONSABLE: El vuelo de la Lechuza. Filosofia, literatura, humanidades. Por Olga Amaris Blanco. Abril 2022.

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Cinco poemas de Alejandra Pizarnik, gran poeta argentina.

Nació un día como hoy y fue una de las grandes voces de la generación del sesenta. 

Alejandra Pizarnik nació un 29 de abril y fue una de las grandes voces de la generación del sesenta. 

Fue poeta y traductora, estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires y pintura con Juan Batlle Planas. 

Publicó siete poemarios y se la vinculó sentimentalmente con la escritora Silvina Ocampo, su gran amor imposible.

Pero nada de esto puede contarnos tanto sobre ella como sus propios versos, que estaban llenos de nostalgia, ternura y de una soledad constante.

“Sé que moriré de poesía“, dijo Pizarnik, cuya vida terminó con apenas 36 años, pero que dejó un legado de valor incalculable para la literatura latinoamericana.

Cenizas

La noche se astilló de estrellas

mirándome alucinada

el aire arroja odio

embellecido su rostro

con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño

antepasado de mi sonrisa

el mundo está demacrado

y hay candado pero no llaves

y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te…

La noche sufre.

Cuarto solo

Si te atreves a sorprender

la verdad de esta vieja pared;

y sus fisuras, desgarraduras,

formando rostros, esfinges,

manos, clepsidras,

seguramente vendrá

una presencia para tu sed,

probablemente partirá

esta ausencia que te bebe.

Despedida

Mata su luz un fuego abandonado.

Sube su canto un pájaro enamorado.

Tantas criaturas ávidas en mi silencio

y esta pequeña lluvia que me acompaña.

Exilio

A Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,

sin edad,

sin muerte en qué vivirme,

sin piedad por mi nombre

ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?

¿Y quién no goza entre amapolas?

¿Y quién no posee un fuego, una muerte,

un miedo, algo horrible,

aunque fuere con plumas,

aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.

La sombra no muere.

Y mi amor

sólo abraza a lo que fluye

como lava del infierno:

una logia callada,

fantasmas en dulce erección,

sacerdotes de espuma,

y sobre todo ángeles,

ángeles bellos como cuchillos

que se elevan en la noche

y devastan la esperanza.

Hija del viento

Han venido.

Invaden la sangre.

Huelen a plumas,

a carencias,

a llanto.

Pero tú alimentas al miedo

y a la soledad

como a dos animales pequeños

perdidos en el desierto.

Han venido

a incendiar la edad del sueño.

Un adiós es tu vida.

Pero tú te abrazas

como la serpiente loca de movimiento

que sólo se halla a sí misma

porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,

tú abres el cofre de tus deseos

y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan.

Secretos y nuevos matices de la fascinante vida de Pizarnik.

Desde su muerte, muchos la escribieron, la analizaron y la leyeron dando lugar a ese mito del que hablan las biógrafas en «Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito», de Cristina Piña. 

Cristina Piña escribió hace 30 años la biografía secreta de Alejandra Pizarnik  y ahora retoma la obra, junto a la escritora, fotógrafa y cineasta Patricia Venti, con diarios, cartas y cuadernos de la gran poeta argentina a una obra que permite releer un mito pero sobre todo un universo creativo.

«Alejandra Pizarnik. Biografía de un mito» es el título de un libro que se compuso primero de insumos como cartas y conversaciones de Piña con la hermana de Alejandra, Myriam Pizarnik, pero también con sus amigos, y el encuentro con Venti sumó el contenido de sus diarios completos depositados en la Biblioteca de la Universidad de Princeton y los testimonios de su familia paterna en París.

Me había manejado con el testimonio de sus amigos y cartas que me facilitaron, era poquísimo frente a todo el material que teníamos ahora», responde Piña a Télam.

El reencuentro con ese material, según la autora, cambió su mirada sobre Pizarnik: «Ella muere en el 72 y en 1982 aparece »Textos de sombra y últimos poemas» y se van a ir agregando una serie de inéditos que llevan a cambiar de manera radical la visión de Alejandra. Se va ampliando su figura más allá de la poeta impresionante».

En el libro, recientemente editado por Lumen, puede leerse desde su desarrollo como poeta hasta su rol como periodista o su deslumbramiento por la pintura. 

“La figura de Alejandra está mitificada como una poeta maldita, que sin duda fue”

La autora de «El infierno musical» fue colaboradora del diario La Nación y la revista Sur como crítica, pero hay un hecho que recuperan Piña y Venti que la marcó en su intento por dedicarse al periodismo: una entrevista a la actriz Mecha Ortiz. 

En la biografía que escribió hace 30 años, Piña tituló ese capítulo como «París era una fiesta», pero ahora su mirada es otra: «Me sorprendió la cara oscura de París, en los diarios aparece una parte oscura y dolorida que faltaba en la biografía anterior». 

Imagen de portada: Gentileza de Entre Líneas

FUENTE RESPONSABLE: Entre Líneas. Libros y Apuntes. Abril 2022.

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5 poemas de Antonio Orihuela

El sabor del cielo es un poemario donde la gratitud se da la mano con el amor a quienes hicieron que el poeta mirara el mundo con ojos nuevos, ilusionados y menos egoístas; a quienes le descubrieron la importancia de los vínculos, la fraternidad, la generosidad, la magia que anida en todas aquellas personas con las que sigue compartiendo el espectáculo de vivir.

Zenda adelanta cinco poemas del último libro de Antonio Orihuela.

***

GRACIAS, MUJERES

Fuisteis

la llovizna virgen del azúcar de todas mis torpezas,

piezas de un puzle desparramado sobre la cama,

misterio no revelado

al que solo se me ocurría garabatear himnos

al tiempo que os volvíais densas, cerradas, oscuras,

efímeras mariposas somnolientas

en el primer y el último día del mundo,

rojo mordisco de sandía fresca

en el hambre amontonada de las noches,

jugosa pulpa del desorden de mi vida,

rostros puros de mi gastado deseo,

solitario sollozo

del ciclista que pedalea en el fondo de un pozo,

luna de cartón

en mi hogar de leña y estrellas árticas,

hermosa claridad perseguida a través del tiempo

en el laberinto de mi mente,

voz de Ella Fitzgerald cantando This love of mine

en el mundo que se mece,

princesas en la torre, fulgor del primer encuentro,

gran viaje y partido terminado,

canción de los días desperdiciados

y las noches sin dormir, santo fracaso,

preguntas y pensamientos fúnebres,

perseguido refugio de lo perdido,

encendido tacto del sueño incandescente,

error de mi ceguera, promesa devastada,

frontera de lo eterno, silencio fijo de la luz inventada.

En el mundo que construí fuisteis lo que no sucede,

lo fugitivo que no se toca,

el instante obstinado de lo que se va,

el amor que derrotará al tiempo de la forma más pura,

gracias, mujeres que guardaré en mi corazón

hasta el último latido.

***

M

aut quam sidera multa, cum tacet nox

CATULO

Las moscas no te comían el culo

porque tú eras una mosca,

los escorpiones no te picaban

porque tú eras un escorpión,

el viento no te molestaba

porque tú eras el viento,

y la arena, y la noche, y la duna

y el cuerpo a tu lado que no había antes.

Tú eras, a base de no ser,

todas las cosas.

Te dije que siempre había fantaseado

con que aquellos cristales que te ofrecía

fueran los mismos que tomaron Tristán e Isolda,

que nuestro mágico encantamiento había hecho,

de las negras ciénagas de la razón,

una blanca landa

en la que bañados por el sol,

éramos belleza y brillo en honda identidad,

cuerpo y sentimiento unidos,

no dos, círculo

hasta el borde lleno de amor.

Lovendrin,

vin herbé,

mdma,

cuántos nombres tiene mi embriaguez,

mi enajenación,

mi devoción por ti.

Creíste que el amor era una montaña,

un sacrificio, una ilusión, un problema,

pero ahora sabes que el amor

es el más sincero y profundo de los vínculos,

por eso todos huyen de él.

***

LOJA CHINES ZHANG

—aberto todos os dias de 9 a 23—

para Joaquín Campos

En la isla de Sal los muertos entraban al hotel nada más llegar

y salían cuando iban a coger el taxi que les llevaba hasta el avión.

Aunque habían llegado atraídos por los panfletos en cinemascope

de las aguas turquesas y su olor a libertad,

a los pocos días habían terminado añorando su jaula sin barrotes

y su trozo de lechuga en la cadena de montaje.

La meta del viaje era para ellos volver indemnes del viaje,

que haya zumo de naranja en el desayuno,

aunque tengan que traerlas

desde tres mil trescientos treinta y ocho kilómetros,

y que el cajero de la rua 1 de Junho funcione en medio de un océano

donde nadie con la piel poco clara quiere vivir.

Esta podría ser una isla para poetas,

si a alguien le diera por contemplar las geometrías de la luna llena

una noche clara sobre el rumor de la vaciante en Ponta de Fragata,

o reflexionar sobre la luz rosa que muere en la tarde

dentro del exoesqueleto de un erizo de mar,

o la infinita sabiduría que contiene el blanco maxilar

de una gaviota encontrada entre las dunas de Ponta Preta,

pero solo hay chinos que no saben ni dónde está el mercado municipal,

aunque sí en qué balda de qué pasillo de qué esquina

de qué oscuro rincón de su tienda están las latas de sardinas.

Nosotros habíamos navegado hasta Cabo Verde

buscando el perfume de la flor herida del Dondiego,

fue antes del tiempo de las lágrimas saladas,

cuando el amor era una certeza y tú eras dulce

como los helados de la tienda de Gira Mundo.

***

EL PAYASO DE LAS BOFETADAS

Y EL PESCADOR DE CAÑA

con León Felipe

Me gustaba estrenar cosas contigo,

una huida, un amanecer, una cama,

el brillo de todo lo que éramos capaces de inventar.

Alguien debió matar a alguien, o tal vez fue

que pisamos el acelerador de la belleza hasta el fondo en aquella curva fatal.

En fin, puestos a estrenar,

también estrenamos el tiempo de las bofetadas

sin ponernos nunca de acuerdo sobre quién iba a ser el que las daba

y quién el que las recibiría,

y así, a base de ostias, nos fuimos alejando,

buscando otro jardín, otra luz,

otra cama en la misma cama

que hiciera más leve los oscuros moratones de nuestro desamor

y todo lo demás que no se puede arreglar,

a menos que llenes la casa de extraños

y pagues al contado el paraíso quebrado

de tu desolación.

Esto es lo que pasa con el miedo cuando el amor nos sobra,

que nos ponemos en manos de cualquiera

y le ofrecemos la boca, el culo, un hueco en la almohada,

lo que sea con tal de esquivar la mala calidad de la realidad

que antes o después envejece, se rompe, te voltea

hasta descubrir al extraño que duerme a tu lado

y le susurras que es hora de ponerse el pantalón de cuero azul, las botas

y sacar la caña.

***

ALMOST BLUE

—Es curioso, no reconocía tu voz.

—Yo tampoco reconocía tu voz.

EUGÈNE IONESCO. «Rinoceronte»

con Chet Baker

Ahora que todas se parecen a ti

he olvidado cómo eras.

Las fotos que veo no te hacen justicia,

es como si las imágenes

se hubieran cansado

de verte en esas poses disparatadas,

con cara de haber descubierto la electricidad,

cuando solo ocurre que has tenido otro hijo

de esos que se niegan a emanciparse

y tendrás que cobijar y alimentar,

pareces una copia mala de Maya Deren

a la que le hubiera dado el alto la Guardia Civil,

corriendo por la playa en el declinar de la luz

en lo que también fue el declinar de tu amor.

Miro tus fotos y no sé qué veo,

tal vez una perra con pintalabios

instalada plácidamente en el sofá del salón

que acaricia plácidamente a su gato,

feliz porque ha limpiado el plato

y mira con ojos bovinos la televisión

mientras le susurra

mañana, mañana…

—————————————

Autor: Antonio Orihuela. Título: El sabor del cielo. Editorial: Huerga & Fierro. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Autores, Libros y compañía. Por Laura Di Verso. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Literatura/Poesía/Antonio Orihuela

 

 

 

 

El tiempo

Que difícil
es hoy
detenerse
un minuto,
ponerse
a mirar
hacia
los lados,
para descubrir
algo
que penosamente
hemos ignorado,
cometiendo
el pecado
de no regalarle
nuestra mirada,
sea un edificio,
una mujer hermosa,
alguien que sentado
en la vereda
nos extiende la mano,
pidiendo nuestra
misericordia,
cuan ciegos
somos
en una finitud,
que solo
nos da un signo
de interrogación,
inclusive ahora
finalizando
de escribir
estas líneas.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Entrevista a Claudia Kerik. Resucitar la ciudad por la poesía.

La ciudad de los poemas. Muestrario poético de la Ciudad de México moderna, publicado por Ediciones del Lirio y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes,es una vasta compilación de poemas sobre la Ciudad de México, desde sus calles, sus ventanas, sus parques, pero también desde la intimidad de quienes han habitado en ella y quienes la han amado y odiado. 

En más de mil páginas, con poemas escritos entre 1881 y 2021, Claudia Kerik no solo ha rescatado poemas y poetas: nos ha restituido la ciudad que se convierte, por obra de la poesía, en un espacio simbólico que reúne a todas las ciudades del mundo, porque una ciudad es una forma de andar y sus poemas nos hablan y nos dicen a todos en cualquier parte.

MALVA FLORES (MF): Me gustaría comenzar esta entrevista preguntándote algo que me pareció muy significativo y que, de algún modo, marca el derrotero de mis preguntas. En la última página de La ciudad de los poemas aparece una fotografía tuya con tus padres y está fechada ca. 1971. El pie de la foto anuncia “Primeros pasos en la ciudad” y nos hace ver que en esa fecha, siendo apenas una adolescente, habías llegado de tu natal Argentina a nuestro país. Has comentado en otras entrevistas que fuiste tú quien eligió venir a México y convenciste a tu padre de hacerlo.

¿De qué modo la inclusión de esa fotografía en un libro cuya preparación te llevó casi 35 años es, también, un guiño a la autobiografía?

CLAUDIA KERIK (CK): Lo es. Aunque no podía saberlo desde un comienzo. Empezó siendo solamente un tema que me apasionaba investigar, pero con el paso del tiempo y la imposibilidad de desviar la atención de él me fui percatando de que había algo más en juego que la propia compilación y la pertinaz reflexión que me suscitó, y curiosamente no descubriría su sentido si me detenía, debía continuar y llegar hasta el final (algún final, cualquier final) para entonces poder recoger la cosecha interior de haber articulado una mirada en el tiempo sobre esta ciudad desde la poesía, y poder así reconocerme en mi propio transcurrir. Ahora sé que este trabajo nació de una herida: la de haber sido traída hasta aquí por las circunstancias, en un momento en que no podía elegir mi camino. La historia de mis padres –que también, ellos o sus padres, venían de ciudades que se vieron forzados a abandonar, por otras razones– asimismo forma parte de esa fractura original. Podría decirte entonces que encontré, en el acto de compilar poemas sobre una ciudad a través del tiempo, una manera de restaurar un pasado más personal que parece irreal porque está hecho de palabras, pero que es más mío. Y pese al trabajo intelectual invertido en ella, la antología no fue una suma lineal de poemas, sino que implicó un proceso creativo de expresión de mí misma.

MF: Muchos grandes escritores hispanoamericanos han dicho que nuestra literatura se puede definir por el desarraigo. Quizá, pienso yo, por un doble movimiento. El desarraigo y, su contrario, el arraigo. Para quienes hemos perdido nuestra ciudad natal –en este caso la Ciudad de México–, tu libro nos ofrece la oportunidad de traer la memoria de regreso. Hacer a la ciudad presencia, no solo por los poemas, también por las fotografías y los dibujos.

Paz decía que la poesía era la memoria de los pueblos. ¿Cómo concebiste, en relación con la memoria, los distintos apartados? ¿Piensas que el desarraigo y el arraigo, ese doble movimiento, son formas de asir a la ciudad para no perderla? ¿Cuál es el mecanismo por el cual la poesía nos permite ver “lo antiguo como nuevo”?

CK: Paz colocó en el origen de la poesía moderna hispanoamericana el desarraigo que llevó a Rubén Darío a voltear hacia París, y el retorno a lo propio como un acto de autodescubrimiento tras una eventual distancia. Pero no me parece que el poeta mexicano parta necesariamente de un desarraigo similar como condición para descubrir a su ciudad. En todo caso, es el enorme peso del pasado en la visión del presente, que muchos poetas tienen de la capital, lo que resulta singular de la poesía en torno a la Ciudad de México.

El lenguaje es un depósito de tiempo. Las palabras cambian, caen en desuso, se desgastan, hasta las groserías y los piropos se renuevan. El poeta trabaja con palabras que tienen que ver con su propio momento. Un poema nos puede traer de regreso un pasado con solo insertar una expresión que desconocemos. Leer los poemas que nos suenan anticuados, superando la barrera de ese tiempo que no es el nuestro, puede traernos de vuelta el momento que el poeta intentó capturar, pero hay que estar tan dispuestos como disponibles. Hace falta hacer un espacio para ello. Mi compilación buscó levantar el telón para que aparezca toda una época tal cual la vieron los que la vivieron, sin filtros. Esa fue mi función. Buscar que el contenido de un poema despliegue un momento que pudiera entrar en un orden temporal, que en el devenir de la lectura fuera más fácil de captar. La propia tarea de establecer una línea de tiempo, de la cual la poesía nos pudiera dar cuenta, puso en marcha el mecanismo de hacer que una época resucite a los ojos del lector. Walter Benjamin ilustra este procedimiento haciendo un paralelismo con la moda, donde la dialéctica del despertar es frecuente, pues un detalle antiguo es insertado y reciclado en un diseño, volviéndolo novedoso.

MF: Estableces en el prólogo que tu propósito fue renunciar a la idea de un canon oficial de la poesía mexicana sobre la Ciudad de México. Al leer este trabajo monumental no encontramos, entonces, una antología, sino un mapa y un rescate de aquellas voces que habíamos olvidado o nunca conocimos. Sabemos la importancia que en tu vida ha tenido Walter Benjamin, un flâneur si se le ve desde cierta óptica, pero también un marginal, proscrito por las universidades mientras vivió y hoy, irónicamente, el autor que más ha sido citado por la academia. La de Benjamin, dijo Adorno, fue una mirada de medusa, como bien recuerdas en un lejano artículo de 1992 –“Recordando a Walter Benjamin (1892-1940)”– donde llamabas la atención sobre esa mirada “del que colecciona miniaturas”. Una mirada fotográfica que le permitió tener una “visión inconmensurable”.

¿Cuánto de esa mirada de medusa te llevó a establecer la colección de esas miniaturas conocidas también como poemas? Más allá de Benjamin, y de la idea de que “al flâneur le será concedida la verdad de la ciudad”, ¿cómo camina por la ciudad letrada el coleccionista y cómo se puede ser coleccionista si no se hace una antología sino un repertorio?

CK: Indudablemente me sobre identifiqué –como diría un psicoanalista– con la óptica de Walter Benjamin como si fuera la mía. Ciertamente por mi condición de judía, es decir, apátrida en esencia, en busca de un camino alternativo de pertenencia. Y dado que, parafraseando a George Steiner, nuestra tierra natal es el texto, qué mejor para establecer un suelo posible que el trabajo con las palabras. Pero, respecto a Benjamin, no soy más que una heredera de su legado que, como a muchos, nos ha enseñado a apreciar la relación entre la poesía y la ciudad moderna con otros ojos, como una experiencia onírica. Me dejé guiar por él confiando en poder trazar mi propio camino, pues la Ciudad de México y la poesía mexicana (cada una) me exigían una atención cada vez más diferenciada, un esfuerzo por registrar su singularidad histórica o la nota distintiva de lo que iba recogiendo en el trayecto. La colección de poemas es, por tanto, la de esos mundos en miniatura que fue esta excepcional metrópoli para los que la habitaron y describieron, expuestos en un “muestrario”, porque son solo eso, muestras de una mirada, a través de la mía, que a su vez también es fragmentaria aunque el anhelo sea siempre de abarcarlo todo.

MF: Es muy evidente tu intención de darle voz a la poesía “no oficial”, a los marginales, a las minorías e incluso a escritores que –perteneciendo a la “cultura oficial”– no han sido considerados como poetas. De ello resulta este trabajo de larguísima extensión. Es conocida tu relación personal con autores no canónicos, aunque hoy habrá quienes los consideren ya canónicos, y me refiero a los infrarrealistas. La circunstancia y el devenir de los infrarrealistas, por ejemplo, harían suponer un raro mecanismo literario: quienes fueron marginales dejaron de serlo justamente por serlo. El artículo del que te hablaba atrás apareció en la revista Vuelta, donde asimismo publicaste varias traducciones de un importante poeta que te es muy querido: Yehuda Amijái, a quien hemos leído también en Letras Libres, gracias a tus versiones.

¿Cómo conciliar estas dos posibilidades: publicar en las revistas consideradas “hegemónicas” y dedicar más de la mitad de tu vida a buscar a quienes se dicen, o realmente están, “al margen”?

CK: Puede ser que mi caso sea paradójico. Formé parte de los infras, un grupo que encontró en la marginalidad una forma de libertad para expresarse desde la poesía. Pero también entre ellos fui alguien que no se integró del todo, que se mantuvo afuera. Y, tras la dispersión del grupo, años después (a mi regreso de Israel), comencé a publicar mis traducciones de Yehuda Amijái en Vuelta, una revista representativa de la cultura oficial. Sin embargo, no por ello me sentí miembro de Vuelta ni de ningún otro grupo hegemónico. Tampoco, en realidad, de aquel del que formé parte, más que por la huella indeleble de un pasado que me ha marcado en mi toma de posición respecto a cualquier canon impostado. Es decir que siempre me he identificado más con la vivencia del que elige quedarse fuera, incluso de los márgenes. Quizás es una actitud defensiva.

Ahora, en cuanto a mi selección, tuve que mirar a ambos lados con la misma dedicación, a los poetas oficiales y a los que nunca fueron atendidos o han sido olvidados. Tal vez convenga aclarar que paulatinamente fue perdiendo primacía la figura del poeta para cederle lugar al “poema de la ciudad” como una realidad textual que constata algo de la misma urbe. Lo que me fue cautivando fue la intención de darle voz a la ciudad con la poesía y no de darle fama a tal o cual poeta. Obviamente sería ingenuo pensar que no tuve que enfrentarme a la figura del poeta en sí, pero traté de que no fuera decisivo solamente un nombre para que ingresara en este repertorio. Me gustaba más pensar en este trabajo como un conjunto de voces, un coro en el que no distingues a uno de otro, pero que juntos consiguen algo único.

MF: En la lista de antologías que sobre la Ciudad de México recoges, la más antigua es de 1972 –dos años después de tu llegada a nuestro país– y la más reciente de 2008. Al leer tu Muestrario no pude dejar de pensar en dos trabajos de Gabriel Zaid: el Ómnibus de poesía mexicana y la Asamblea de poetas jóvenes de México. Las primeras palabras de Zaid en el Ómnibus parecen describir, también, tu propósito. “Una antología de lector: un buen tomo de versos, donde leer y releer con gusto, con emoción o con asombro, palabras memorables, imágenes que hieren para siempre los ojos, músicas del oído, la articulación, el espacio, la sintaxis, felicidades de expresión que liberan porque son libres.”

Entre el Ómnibus y la Asamblea ¿dónde ubicas tu trabajo? ¿La poesía que recoges, constituye formas de la libertad? ¿Qué cambios, relacionados estrictamente con la forma poética, encontraste en este largo paseo?

CK: Por afinidad, me siento más cerca del primero que del segundo, pues el título que Gabriel Zaid le dio en su momento a su propia compilación ya entonces fue un reflejo del alcance que la ciudad estaba teniendo en materia de poesía, es decir, del ingreso de lo urbano en el terreno del poema. Aunque su libro no aspirara a revelar esa temática, el llamarlo “ómnibus” puso en evidencia el impacto que la realidad citadina estaría teniendo en el poeta.

En mi afán por recuperar voces que no habían sido o no estaban siendo integradas, me pareció que las fronteras entre lo popular y lo culto, lo épico y lo lírico, eran ya inoperantes para nuestro tiempo. ¿Cuánto de lo mejor que consumimos en materia de arte no es acaso fruto de un hibridismo cultural que nace en focos urbanos donde no rigen esos parámetros? Provengo de una familia de clase media que hablaba ídish, una lengua sin ínfulas, nacida para crear puentes comunitarios. Lo aristocrático me resulta algo ajeno. Por eso me incomodé al leer lo que Xavier Villaurrutia llegó a afirmar con orgullo sobre la poesía mexicana, “que no es popular, no se inspira en el pueblo, deja que el pueblo tenga su propia poesía […] este apartamiento, esta soledad es un rango aristocrático de selección”. Estas reflexiones, en su momento, me resultaron perturbadoras. Me pareció que sus ideas eran ciertas, pero no respecto a la poesía mexicana, sino a cómo se la leía o clasificaba, y que constituían un prejuicio que convenía desarraigar. Esa es la razón por la que en mi trabajo reuní todos los estilos que fui encontrando, tanto si reproducían la voz de los pregoneros, como si recreaban algún metro con maestría para hablar de la capital. Lo usualmente considerado culto y lo popular se mezclaron a un grado tal, con la intención deliberada de desenmascarar justamente esas fronteras artificiales que no son reales a la hora de reconstruir un momento de un lugar, o que no considero que debieran continuar vigentes, y que desde la selección debían disolverse para que el mensaje fuera efectivo. Eso, que parece fácil, me tomó muchos años materializarlo. Estudié cuidadosamente cada caso para poder crear en el lector el efecto de una mirada renovada sobre un mismo material. Ojalá que quien esté dispuesto a asomarse a La ciudad de los poemas pueda descubrir tanto a la ciudad como a la poesía. ~

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Edición España. Por Malva Flores. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Entrevista/Literatura/Poesía/Claudia Kerik

El concurso

Fuiste sin duda
mi gran amor
de adolescente,
hasta que partiste.

Fueron cinco años
en que intercambiamos
numerosas cartas,
muchas de ellas
perfumadas
con mis primeras
pequeñas prosas,
pero con el tiempo
ellas poco a poco
fueron desvaneciendo
la inocencia de ese amor.

Regresaste un día
luego de cinco largos años,
tu padre había ya
cumplido su destino
en el puerto de Génova.

Me llamaste al tiempo,
invitandome a verte
a tu casa
bajo la atenta
mirada de tu padre,
me sentí incómodo
como si fuera
una elección
en un concurso,
del que tu no eras
ni siquiera parte.

Me molesto tanto
que no tarde
demasiado
en retirarme,
eso sí detuve
el auto en una florería
y te envié
sesenta rosas rojas,
por los sesenta
meses de ausencia.

Con una tarjeta
que solo decía,
“gracias por permitir
amarte hace ya tiempo,
pero sabes ya no somos
solamente dos”. Adiós.

Pasaron unos meses
de casualidad me enteré,
que fue con dos jóvenes
durante ese tiempo
de ausencia,
con quienes
te escribiste.

No me equivoque,
no resulte ser
un rebelde sin causa,
cuando fui a tu casa
mi intuición
me alertó de una
eliminación segura.

Imagen: Gentileza de Pinterest

Reencuentro

Vuelves hoy
me han dicho,
luego de no verte
desde hace años.

Arribas a tus
terruño único,
pero seguramente
serás otra,
mucha fama ya
te acompaña.

Eres la
primera bailarina
del American Ballet,
lejos de la niña
de trenzas,
que a la escuela
de danzas
acompañaba.

Luego como
fiel amigo
te alentaba,
y llego para ti
el teatro Colón,
a partir de allí,
una esforzada
carrera,
tu llanto
entre los Dolores
y decenas
de zapatillas
rotas.

Luego la beca
rusa del Bolshoi,
ahora eres
una bailarina
de elite,
la que en su
primera velada,
al mundo
sorprendió,
por belleza
y técnica,
danzando
tal cual
cisne
haciéndote
viento,
sin tocar
el suelo.

¿Volverás
a reconocerme?
Recordarás
esos besos
que te robaba,
sobre
las escalinatas
del Colon.

Quiero
convencerme
que esas pequeñas
cosas del pasado,
tú tampoco
las has olvidado.

Aquellas únicas
tan blancas
y plenas
de pasión,
que rara vez
se olvidan.

Té sucederá
a ti lo mismo?
Solo me falta
ir a tu encuentro..

Espérame…

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest – Reeditado (julio 2021)

Siempre…vos.

Otoño ocre
destemplado,
tengo frió 
en el cuerpo,
acompañado
con un
despertar
de cielo gris,
que me debiera
entristecer
el alma,
pero no
ahora no,
has llegado,
es tu presencia
la que
enternece
y resucita
templando
mi corazón,
que late
a ritmo
acelerado
y corto,
excitado
al verte
con tu cuerpo
moviéndote
al ritmo
de la musica
que te agrada,
me cobijo
en tu cuerpo
abrazandote,
te escucho
en murmullo,
me dices
te quiero,
labios trémulos
que me besan
con inocencia,
como no amarte
así con la dicha
de que estés
a mi lado,
alejándome
de cualquier
dolor posible.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest