La literatura como terapia: cómo sublimar el horror a través de la escritura.

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¿Sirve la literatura para confrontar a la muerte? ¿Se puede sublimar el dolor a través de la escritura? Esta serie de libros parece responder que sí.

En su ensayo La palabra que aparece (Anagrama, 2021), Enrique Díaz Álvarez escribe que «el poder que emana de testificar no radica en el sujeto, sino en la palabra misma. Es la palabra la que aparece, la que apabulla, la que se recuerda y persiste». Y añade: «El testimonio es una experiencia significativa que se da siempre a otro». Se trata de vestigios que dejan su huella en la página. De aquello que decía Agamben, pues quien declara y testimonia es además un superviviente, que puede reconstruir un hecho extraordinario desde su subjetividad radical. Hablamos entonces del poder de la restitución.

Ritos de duelo 

En Nudos de vida (Libros del Subsuelo, 2022) nos dice Julien Gracq que la verdad que dispensa el arte no se opone al error, sino «más bien al instinto, a lo lábil, a lo informe». El arte es así «garante de la naturaleza a la vez auténtica y perpetuamente transitiva de la realidad». De alguna forma, con ello, la literatura retorna a su estado estable a los elementos de la realidad. Dicho de otra manera: condensa, fusiona, combina y mezcla las alteraciones para hacerlas comprensibles (y para hacérselas también comprensibles a quien escribe).

«Amar de memoria es alucinación. Algo muy parecido a la escritura».Sara Torres en ‘Lo que hay’

Eso es exactamente lo que hace Sara Torres en Lo que hay (Reservoir Books, 2022), donde la escritora gijonesa da cuenta de un duelo doble (que mezcla amor y muerte): el de la madre difunta y el de la amante evadida. Se trata de una novela intensa y oscura, que busca en la ternura y, a través de una (re)definición del deseo femenino, la palabra melancólica. Torres busca insertar sus dudas en una conversación más grande, la que involucra a la literatura misma. Y, por ello, siente el relato como un fracaso narrativo. La narradora se enmaraña en el luto y no es capaz de acceder al tacto, ese otro lenguaje (también lírico). Sin embargo, en ella, en la narradora de la novela, aun sin un sentido del futuro, se mantiene la esperanza. Porque queda la herida, que cicatriza y restituye. La protagonista principal de la novela lo expresa así: «Amar de memoria es alucinación. Algo muy parecido a la escritura». Y se habría de precisar: pero no a la literatura, que es ya cuando ésta se hace pública (y se convierte en testimonio).

La literatura como terapia. | Imágenes vía Anagrama, Ediciones del subsuelo y Reservoir Books.

El sentido del tacto es central en Ritual de duelo (Consonni, 2022), de Isabel de Naverán. El libro es una crónica de la muerte de la madre de la escritora (por voluntad propia, esto es: nos habla de la eutanasia, del buen morir). Isabel de Naverán pretende con la escritura poner sentido al misterio en el que se sentía envuelta, esa impresión de que el aire se vuelve más denso, la real sensación de sentir una presencia ausente; la emoción alterada que proviene de una fuerza, que es un cuerpo que atrae y (re)dibuja a un grupo humano (el de los seres queridos). La escritora lo define así, en términos de «sensación de irradiación», el vigor y la energía con los que su madre (re)definió su mundo: «La irradiación de un estado de complicidad, cuidado y cariño, de comprensión, diría, en una esfera colectiva que implicaba estar juntos en una misma cosa y, a la vez, en la ola de un sentimiento complejo y variado, estar unos al lado de los otros».

A la escritora vasca la consciencia de la escritura de la muerte la aprovisiona con un conocimiento del ecosistema de los afectos. Cuenta de Naverán que le ayudaba «poner imágenes y palabras, aunque fueran metáforas». Al escribir este libro, la autora encuentra esos códigos y ese lenguaje que testimonia la fuerza de su madre por querer irse (siendo que sabía que también así iba a permanecer).  Da cuenta de una sincronía, de un magnetismo. Es su forma de buscar consuelo, deteniéndose en la belleza de la más pequeño y cercano, configurando «un minúsculo ecosistema de autocuidado a base de transformar una mirada, y de atender solamente a lo que brilla».

También sobre la muerte habla Jantipa o el morir (Temas de hoy, 2022), de Ernesto Castro, pero en este caso de la mala muerte, la de la eutanasia forzada, la del exterminio, vaya. El rito que aquí se cumple es el del diálogo filosófico: cuatro mujeres que fueron prisioneras en Auschwitz (Heda Margolius Kovály, Charlotte Delbo, Philomena Franz, Edith Stein) en 1942 y Jantipa (la mujer de Sócrates), la noche antes del gaseamiento de Edith Stein, se reúnen en la enfermería para tratar de salvar su vida, intercambiando su nombre en la lista, cambiándolo por el de otra persona. Y dialogan, entretanto. En una larga noche se produce un debate teológico monumental entre ellas. Son constantes los litigios filosóficos, fundamentalmente sobre la vida (si somos sus propietarios o sus meros usuarios), sobre la inmortalidad del alma y sobre la existencia de Dios.

El punto central, sin embargo, es el conflicto entre dos ideas (en apariencia) inconciliables: la de la mártir (Edith Stein, quien sería beatificada en 1987 y canonizada en 1998) y la de las personas que, en el campo, se organizan como resistencia para tratar de «luchar para sobrevivir y dar testimonio de lo sucedido en Auschwitz». Jantipa, hacia el final de esta novela filosófica, ha de aceptar que es el acto supererogatorio (un acto elogiable, pero no obligatorio) de Edith Stein (de nombre religioso Teresa Benedicta de la Cruz) el que mejor testimonio es de la verdad; el martirio, el único testimonio posible, nos dice. Y ello porque, recuerda, según la etimología, en griego mártir significa testigo.

La literatura como terapia. | Imágenes vía Consonni, Temas de hoy y Libros del asteroide.

Sobrevivir al horror cotidiano 

El mayor miedo de la protagonista de Sensación térmica (Libros del Asteroide, 2021), de la escritora y traductora mexicana Mayte López, es el miedo a sí misma. Porque toda la novela es un darse cuenta de todo eso que está a la vista e intentamos no ver. En este caso, está relacionado con resistir, resistirse a hacer lo que los hombres (padres, novios) obligan a las mujeres a hacer, y que se ha de hacer del modo correcto (el modo en el que ellos prefieren y gustan). Porque tiene consecuencias. La muerte, en este caso. De la mejor amiga de la protagonista, presa de una relación abusiva y tóxica por parte de un profesor de la universidad, en Nueva York. Pero también de la muerte en vida de la madre, sometida a los caprichos y violencias del padre. El miedo de la protagonista de la novela, Lucía, una mexicana estudiante de doctorado en Nueva York, es el de parecerse a su padre. De ser como él: tiránica, abusiva. Así, Sensación térmica nos habla de las brasas del odio, de los lazos del maltrato. Con una estructura de diálogo con su psicóloga, Mayte López nos habla aquí de nombrar lo innombrable. De aceptar esa herencia (inescapable) de la vejación, de la ofensa y el agravio para no repetirla más. Para que una se pueda dar la oportunidad de ser otra versión posible de sí misma.

Lo mismo ocurre con Un tal Cangrejo (Sexto Piso, 2022), de Guillermo Aguirre. Una novela violenta de adolescentes problemáticos, que utilizan la crueldad y el atropello para insertarse en la vida adulta. Se trata de una novela sobre la urgencia, sobre la premura que conduce al crimen. Un tal Cangrejo nos cuenta la historia de Grejo, entre sus 12 y sus 18 años, sus vivencias. Y las de su grupo de amigos. También es una novela sobre el aprendizaje de la inconsciencia. O dicho de otro modo: sobre cómo tomar las riendas de una vida echada a perder, por culpa del delito y la necesidad de inventarse emociones fuertes. Una de las opciones que da la novela es precisamente la escritura. De alguna forma, y al final del relato, Grejo se redime, gracias a una obra de ficción que escribe. Es allí donde vuelca «aquellos fantasmas terroríficos que andaban por su cabeza»; para poder seguir viviendo y ser ya otro.

No era a esto a lo que veníamos (Candaya, 2021), de la escritora zaragozana, afincada en Valencia, Maria Bastarós, es un conjunto de relatos que indaga en el pasado. Los textos, protagonizados mayormente por mujeres, nos hablan de la silente coacción del hábito. Y del deseo de huir de unas mujeres atrapadas en situaciones que desaprueban, que les provocan un sufrimiento callado. Se trata de una exploración de lo cotidiano, de sus zonas oscuras. Estos personajes se hallan atrapados por el contexto, que aquí actúa como una cárcel cuyos barrotes son los del amor y las relaciones de pareja. Personajes que se auto engañan, que no quieren nombrar su realidad. Son, al fin, relatos pesimistas, pues no parece haber solución para quienes los habitan, parecen condenados a no tener ninguna salida. La mayor virtud de estos cuentos es que, con todo, apenas son exordio. Y lo que con ello pareciera decirnos Bastarós es que estas causas son solo el preámbulo, que todo puede ir a peor (y así da la impresión de que sucederá). Pero también su contrario; por lo que quizá el nombrarlo dé una oportunidad a quien los lea para imaginar una suerte nueva, una suerte otra para estos personajes perdidos en sí mismos.

Libros 3

La  literatura como terapia. | Imágenes vía Candaya, Anagrama y Sexto Piso.

El odio y la ansiedad

Dos testimonios autobiográficos recientes nos hablan, desde el ensayo, sobre los problemas mentales y sobre la rabia y el odio. Por su parte, el escritor Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, 1981), en Los enemigos (Anagrama, 2022), realiza un hondo ejercicio de honestidad para hablarlos de cómo sublimar el odio, sobre cómo aprovechar la enemistad. Con ejemplos reales de su propia vida, y con la sorna habitual que tiende a adulterar sus textos autobiográficos, Amat cataloga a los diferentes tipos de enemigos, enumera las más variopintas causas (y/o razones) para su odio y nos brinda así una suerte de manual de usuario. Este ejercicio de escritura le sirve a Amat para explicarse (y explicarnos) un hecho determinante en su vida: el día que, siendo un chaval, no devolvió los puñetazos. Y eso justifica y alienta el que, como nos dice al final del libro, «que viva mi vida, en una parte considerable, desde el rencor, el despecho y el deseo de venganza». 

Por su parte, Eloy Fernández Porta, en Los brotes negros (Anagrama, 2022), bucea en la cárcel de sus emociones, nos hace partícipes de su pasión perdida y cuenta sin melodrama (y con mucho dolor) algunos de sus picos de ansiedad vividos en los últimos tiempos. Ha confesado públicamente Eloy Fernández Porta el hecho de que siquiera algunos de sus mejores amigos sabían de estos delirios, sobre cómo la escritura íntima sobre su ansiedad fue la única manera de confrontarla. Así, Los brotes negros es un diálogo afectivo con algunos fantasmas del pasado, sobre todo con su exnovia. Escribe Fernández Porta: «A veces los fantasmas se me hacen más vívidos que las personas de carne y hueso».

Para Fernández Porta la escritura es algo que no puede controlar; habla de ella como dolencia, en tanto que «mal mal diagnosticado». Pero también como algo benéfico, una escritura gimnástica. La escritura automática como método psicoanalítico. Una escritura que va y viene por el tiempo. Una escritura con la que intenta socavar la mitomanía de las enfermedades mentales, la frustración y ese miedo del que hablaba Hermann Broch a sentir la «impotencia imaginaria».

Imagen de portada: Lauren Mancke|Unsplash

FUENTE RESPONSABLE: The Objetive. Por José S. de Montfort. Junio 2022

Sociedad y Cultura/Literatura/Psicología/Terapia/Duelo/Escritores

Esmé Weijun Wang: “La psicosis no es creativa, no eres capaz ni de lavarte los dientes”.

La escritora estuvo ocho años sufriendo alucinaciones hasta que fue diagnosticada con un trastorno esquizoafectivo; creía que la perseguían demonios y locomotoras por el campus de Yale y pasó meses convencida de que estaba estaba muerta.

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Dice Esmé Weijun Wang que su rutina de maquillaje es regular. Que puede vestirse y acicalarse tanto si está en una fase psicótica como si no, aunque si se encuentra en etapa maniaca lo hará con especial celo y, si está deprimida, pasará de todo menos del pintalabios. Si no lleva carmín, mala señal. Es que ni siquiera ha podido llegar al espejo del baño. Esta secuencia tan nimia pero tan cargada de significado es una de las intimidades que la autora, nacida en Michigan (EE UU) hace 38 años de padres taiwaneses, cuenta en “Todas las esquizofrenias” (Sexto Piso), que acaba de ser publicado en castellano.

Diagnosticada con un trastorno esquizoafectivo de tipo bipolar en 2013, Esmé desnuda en este libro brillante y conmovedor una enfermedad mental de la que apenas se habla porque da más miedo que vergüenza. Y que acarrea un sufrimiento extremo: “Yo me he perdido, y hablo de estar perdida físicamente, en una habitación totalmente a oscuras. He ido por el campus de Yale esquivando demonios invisibles y he visto cómo una locomotora bien definida avanzaba hacia mí hasta que se desvanecía de pronto”. La enfermedad tiene una realidad propia e intransferible que sacrifica la que vivimos el resto de humanos matando de paso al paciente, “que desaparece para quienes le rodean, es como si estuviéramos muertos”.

La conversación con LA RAZÓN se produce a través de Zoom pero con la cámara apagada, afirma sentirse más cómoda así. Confiesa que, mientras hablamos, el corazón le va a mil por hora y la cabeza la siente “rara”. En los últimos tiempos, los síntomas del trastorno de estrés postraumático complejo que también padece han sido aún “más intensos” que los que le inflige la esquizofrenia.

-Asegura que su diagnóstico de trastorno esquizoafectivo de tipo bipolar le alivió porque ya podía sentirse loca de una forma muy concreta.

-Es muy importante sobre todo darte cuenta de que no eres la única, que no estás tan loca que tu trastorno aún ni se ha descubierto. Puedo decir, incluso, que me sentí aliviada cuando me dijeron que tenía esquizofrenia. Llevaba mucho tiempo con síntomas psicóticos, casi diez años, y sospechaba cuál podía ser el diagnóstico final. Así que cuando llegó el veredicto por fin pude poner en orden mi medicación.

-¿Por qué tardaron tanto en ponerle un nombre a su tormento?

-Mi asunción es que mi psiquiatra estuvo llamando a mis alucinaciones “distorsiones sensoriales” durante un tiempo para evitar diagnosticarme con un trastorno psicótico. Quizá para evitarme el estigma, dado que yo era una estudiante brillante con un gran futuro. También puede que tratara de protegerme de mí misma para que no me identificara con esa clase de pacientes. Es muy común que se tarde años en llegar a la esquizofrenia, lo normal es que pasar primero por otros diagnósticos, incluidas la depresión y la ansiedad.

-En el libro repasa su infancia. Con dos años ya leía, tenía una gran imaginación… ¿Recuerda el momento exacto en que se dio cuenta de que algo no iba bien?

-Era muy pequeña, tendría unos cuatro o cinco años. Estaba en la cama y, de pronto, me entró mucha sed. Me levanté para beber agua y pensé que después tendría que ir al cuarto de baño. Volví a la cama y al instante empecé a pensar lo mismo, así que lo repetí varias veces hasta que me senté en las escaleras y me puse a llorar. Mi madre vino a preguntarme lo que me ocurría y le dije que no sabía, que no podía parar de hacer lo mismo una y otra vez. Fue la primera vez que experimenté el estrés mental.

-Habla mucho de la familia. ¿Qué influencia le atribuye en su salud mental?

-Me gustaría explorar un poco más sobre mi tía abuela. Ha sido borrada de la familia de mi madre porque sufría una enfermedad mental grave en una época y en un lugar, Taiwán, donde el estigma era enorme. Bueno, sigue siéndolo en la cultura china. A mi madre le dio pánico cuando me fui a estudiar a Yale por si acababa igual que ella, algo que, en realidad, acabó ocurriendo. Recuerdo que me escribió una carta muy larga contándomelo todo. Mi tía abuela fue la primera en ir a la Universidad y allí le dio su primera gran crisis. Nunca se recuperó y fue relegada al desván de la casa familiar donde mi madre creció. La acabaron obligando a casarse con un tipo al que pagaron, pensaron que igual si tenía un hijo…

-Qué manía tienen algunos con que la maternidad lo cura todo, ¿no?

-Sí, exacto. Fue muy triste porque, efectivamente, tuvo un hijo al que, obviamente, no pudo cuidar. Acabó muriendo en un hospital psiquiátrico y el niño fue dado en adopción. Una vez que mi madre entendió mi enfermedad, se convirtió en la defensora de la salud mental en la familia.

-En el libro describe con mucho detalle cómo comienza un episodio de alucinaciones y cómo entra en esa realidad paralela. Cuenta, por ejemplo, que hubo temporadas en que pensó que estaba muerta o que sus familiares habían sido reemplazados por robots.

-Lo peor es no saber cuándo terminará, si me quedaré allí para siempre. Y nadie puede responder a esta pregunta. Es curioso, además, cómo los síntomas de este Trastorno de Estrés Postraumático complejo no difieren apenas de los que noto cuando estoy psicótica. La semana pasada, por ejemplo, estuve cinco días sin experimentar ninguna emoción. Estaba súper confusa pero, al mismo tiempo, no había nada que me hiciera daño.

-Se sentiría muy liberada.

-Totalmente. Cuando tengo episodios malos me pongo triste, o me enfado, así que no estuvo mal no sentir nada. Ni lo bueno ni lo malo. Mi marido y yo estuvimos en un concierto de un grupo que me encanta y era como si no fuera conmigo. Pensé que quizá era el principio de un nuevo estado para el resto de mi vida. Con la psicosis es igual. Lo peor es no saber cuándo termina.

-¿Es un mito que la inteligencia y la locura van muchas veces de la mano?

-No creo que sea cierto. Sin embargo, es interesante. Hace poco mantuve un encuentro con Joanne Greenberg, autora de “Nunca te prometí un jardín de rosas”, un libro de 1954 sobre una joven con esquizofrenia que al final se supo que era autobiográfico. Estuvimos charlando y me dijo que una de las cosas que más le cabreaba era esa idea extendida de que la psicosis te hace más creativa. Cuando tienes un brote no puedes funcionar a ningún nivel, ni siquiera al más básico. Ni ducharte, ni lavarte los dientes, ni mantener una conversación. Como para escribir algo brillante…

-Es como si te dijeran que la tortura te vuelve más creativa.

-Justo. Quizá cuando termina el tormento, con el paso del tiempo eres capaz de escribir algo bueno sobre la tortura y compartir tu experiencia.

-¿Se siente frustrada con la Psiquiatría?

-En mi opinión, es como si se fuera construyendo sobre la marcha. Un diagnóstico según el DSM es, simplemente, una constelación de síntomas que se dan a la vez en gente diferente y reciben un nombre. Hasta que es incluido en ese manual tarda un tiempo y tiene que cumplir una serie de requisitos. Por ejemplo, el trastorno de estrés postraumático complejo aún no lo está, y eso no significa que no haya muchísima gente que lo esté sufriendo por todo el mundo. Digamos que la Psiquiatría es producto de la invención humana y opera con las consiguientes limitaciones.

-¿Dónde encuentra usted más respuestas sobre lo que le ocurre?

-En realidad es una gran pregunta para cualquiera que tenga una enfermedad severa. Esa fue una de las razones por las que escribí este libro, para plantear multitud de preguntas que me hago a mí misma y encontrar alguna contestación. Y, si de paso ayudo a alguien, mejor que mejor.

-¿En qué confía? ¿Qué es lo que más le ha funcionado?

-Lo pruebo absolutamente todo. Cuando estás desesperado no le haces ascos a nada. A veces son tantas cosas que no sé al final qué es lo que ha puesto punto final a la psicosis. ¿Será el Haloperidol? ¿La nueva terapia? ¿Que estoy escribiendo más? Quizá todo ayuda a su manera, no tengo una única respuesta.

-Dice que se suele comparar a la depresión con la diabetes y a la esquizofrenia con el Alzheimer, como para dejar claro que de la última no se regresa.

-Sí, y no debería ser así. Este mes, por ejemplo, es el de la Salud Mental en EE UU, y toda la discusión pública gira en torno a la valentía de esta o aquella estrella de cine que se ha atrevido a hablar de que padece ansiedad o depresión. No digo que no sean condiciones serias, pero lo que nunca veo en los medios es una celebridad que salga y diga que tiene esquizofrenia. Eso seguramente terminaría con su carrera al instante.

-En España un conocido presentador acaba de hacer público su brote psicótico, algo inédito hasta la fecha.

-Eso es increíble. Y mucho más efectivo que cualquier testimonio de alguien que no sea conocido, tristemente.

-Habla mucho de la película “Una mente maravillosa”. ¿El cine ha sabido retratar esa realidad extraña?

-En general, no. Te diré que he visto una relativamente nueva en Netflix, “The horse girl”, que se aproxima bastante a lo que es la psicosis. Refleja bien la tristeza y la caída en esa situación espantosa.

-Da la impresión por sus textos de que cada esquizofrenia es única. ¿Existe una comunidad de pacientes en la que encontrar consuelo?

-Creo que en cualquiera de estos diagnósticos graves puedes encontrar alguna similitud, aunque la experiencia es única. Igual que ocurre con otras muchas identidades. Seremos capaces de hablar de algunas cosas comunes, pero los humanos son enteramente diferentes.

-¿Cree que la pandemia ha derribado algún estigma sobre salud mental o es solo una ilusión?

-Lo cierto es que no. Quizá la gente con enfermedades crónicas, que pasan la mayor parte de su tiempo en casa, sí ha podido sentirse más comprendida cuando el confinamiento se ha hecho universal. En mi caso, me sentí muy bien al principio porque mi organismo y mi cerebro está acostumbrado a hacer frente a situaciones extremas.

Portada del libro de Esmé Weijun

Portada del libro de Esmé Weijun 

Imagen de portada: La escritora Esmé Weijun Wang FOTO: LA RAZÓN LA RAZÓN.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Macarena Gutierrez. Mayo 2022

Sociedad/Psiquiatría/Psicología/Salud Mental/Entrevista

La felicidad freudiana

Una indagación sobre la felicidad en la teoría psicoanalítica en una era donde se la exige como deber. La felicidad posible, la que no es posible.

¿Es factible o no la felicidad, según el padre del psicoanálisis?

¿Qué nos dice Freud acerca de la felicidad? ¿Cuál es su respuesta no sólo a la eterna pregunta, sino a otra que va al su unísono y que interpela acerca de si la felicidad es factible o no? Freud cree en una felicidad posible, pero luego de haber localizado la que no es posible. El creador del psicoanálisis es contundente cuando en la cercanía de las postrimerías de su obra, afirma sobre el placer:

“Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo, sobre su carácter acorde a fines no caben dudas, no obstante lo cual, su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo –sin excepción– lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea ‘dichoso’ no está contenido en el plan de la ‘Creación’ ”.(1)

Sin embargo, luego de estas afirmaciones, Freud asevera que la felicidad es episódica y parcial, amante de los contrastes y de las diferencias, intempestiva y nunca continua. Y prosigue diciendo:

“Lo que en sentido estricto se llama ‘felicidad’ corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado. Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. “(2). Resuena la conocida afirmación de Borges: en todo día hay un momento celestial y otro infernal.

La felicidad como deber

Resulta interesante observar cómo hoy en día nos acechan las exigencias de felicidad, los imperativos de dicha, el deber de ser felices… todo el tiempo. Pero la felicidad freudiana no es contraria al altibajo, ya que más bien lo supone, ella emerge cual ave Fénix, siempre entre cenizas. ¿No se eliminaría ella misma al intentar hacer desaparecer la disparidad de las tonalidades? Paradójicamente, el hombre siempre eufórico sería el hombre infeliz, ya que cuando la felicidad está regida por el deber superyoico como exigencia de perdurabilidad, dejaría ella de ser felicidad.

Se sabe de la influencia de Schopenhauer, tanto en Freud como en Borges y no solo en ellos, sino también en Nietzsche, en Popper y en Cioran, entre otros. Siguiendo a las doctrinas orientales, el filósofo alemán considera que el hombre es esclavo de su deseo, de una voluntad ciega que lo conduce a un apetito irrefrenable con el que se consume en vías de una felicidad imposible, por el desasosiego resultante de tales cadenas. El pesimismo de Schopenhauer se funda en que las pretensiones de los hombres son ilimitadas, sus anhelos inagotables, sus sueños satisfechos engendran, una y otra vez, una nueva aspiración y, nada harta su codicia, nada pone término a sus exigencias, nada colma “el abismo sin fondo del corazón” (3).

Es el tiempo quien revela la vanidad y la nada de todos los objetos de la voluntad, bajo la forma temporal, la vanidad de las cosas se nos muestra en lo fugaces que son. Por virtud del tiempo, todos nuestros goces y todas nuestras alegrías se nos evaporan entre las manos, haciendo que nos preguntemos a dónde han ido a parar. Esta nada, esta inanidad misma, es lo que forma cuanto hay de objetivo y de real en el tiempo, es decir, lo que corresponde en la esencia íntima de las cosas; por consiguiente, esto es lo que realmente expresa el tiempo:

“La vida para cada individuo tiene una enseñanza, y es que los objetos de su querer son engañosos, desconocidos y decrépitos y causan más dolores que alegrías hasta el instante en que la vida se derrumba en el mismo terreno en que se alzaban estos deseos. Y en ese momento viene la muerte, como último argumento, a acabar de convencer al hombre de que todas sus aspiraciones y toda su volición no son más que error y locura.” (4)

El pesimismo de Schopenhauer y el de Freud

Sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer no es equivalente al de Freud, ya que para éste el carácter episódico de la felicidad, no la torna menos valiosa, ni la hace por ello desdichada. Es que lo perecedero no queda identificado con lo fútil como tan bien queda expresado en un breve texto llamado “La transitoriedad ” (5), que si bien está escrito sobre el placer estético, importa considerarlo aquí, ya que alude al valor de lo episódico. Se trata de un sencillo y traslúcido homenaje a Goethe, a la vez que un canto a la vida, en medio de los horrores de la primera guerra mundial que se hallaba entonces en su segundo año. Freud se limita a contar una anécdota. Paseando con dos amigos, uno de ellos un joven pero ya célebre poeta, los caminantes se sienten de pronto embargados por el hermoso marco que los rodea. Pese a admirar la belleza de la naturaleza circundante el poeta no puede gozar en plenitud pues le preocupa la idea de que todo ese esplendor esté condenado a perecer. Todo, en suma, le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado y que, seguramente por la despiadada guerra se hacía aún más presente.

Freud reacciona frente a la desestimación del carácter perecedero de lo bello, indicando primeramente que tal posición puede originar dos tendencias psíquicas distintas: el amargado hastío del mundo (caso del poeta) o la rebelión contra la fatalidad, en otros términos, la negación de la muerte o de la aniquilación. Sin embargo y sin negar la índole transitoria de lo bello, sostiene con implacable coherencia que, al revés de lo que cree el poeta, la brevedad de lo bello, lejos con llevar su desvalorización, incrementa su valor debido a su rareza en el tiempo. Y lo expresa diciendo que el valor de cuanto bello y perfecto existe reside en su importancia para nuestra percepción; no es menester que la sobreviva y, en consecuencia, es independiente de su perduración en el tiempo. El joven poeta desvaloriza lo bello, se priva de su goce, se sustrae al placer que la contemplación de lo estético entraña, para evitar el previsible penar por su desaparición. Rehúye la experiencia del placer, con tal de no exponerse al dolor y al sufrimiento, no puede entonces experimentar tal goce ya que lo apreciado no acredita duración en el tiempo.

Entonces, nosotros podemos concluir –y ya no solo en el plano del placer estético–  que el anhelo de una felicidad perdurable es aquello mismo que impide experimentar una felicidad posible. ¿Qué sería una felicidad perdurable si ella misma jamás pudo ser experimentada? Pronto caemos en la cuenta de que ella no sería otra cosa que una felicidad supuesta, soñada, esperanzada, que obstaculiza vivenciar la felicidad episódica, transitoria… como la vida misma.

Silvia Ons es psicoanalista.

Notas:

(1) Freud, S., (1985) “El Malestar en la Cultura”. Obras Completas, Bs. As., Amorrortu editores, T. XXI, pág. 76 ( trad. cast.: José L. Etcheverry)

(2) Ibíd.

(3) Schopenhauer, A (2008), El mundo como voluntad y representación, T II, Bs. As., Losada, pág. 728( trad. :Eduardo Ovejero y Maury)

(4) Ibíd. pág. 730.

(5) Freud, S., “La transitoriedad, ob.cit., T XIV, págs. 309-11.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12. (Archivo)

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Silvia Ons. Mayo 2022

Sociedad y Cultura/Felicidad/Freud/Psicología

 

 

 

 

 

 

Diana Aurenque, filósofa: “El amor solo es posible porque somos animales enfermos”.

Su primer libro en español -Animales enfermos- fue un éxito de preventa: algo poco usual para un libro de filosofía. En el texto, Diana Aurenque lleva el concepto de enfermedad hacia otro nivel: es esa falta de salud la que nos hace humanos. Y también la que nos hace amar.

A los 30 años, Diana Aurenque era oficialmente doctora en Filosofía de la Universidad de Friburgo. Estaba en Alemania, era 2011 y, desde allá, buscó trabajó en Chile, enviando su currículum a todas las universidades que pudo, aunque no le fue bien. 

Entonces se activó el azar: leyó por casualidad un aviso en el que buscaban un filósofo que quisiera especializarse en ética médica, para trabajar en la Facultad de Medicina de la Universidad de Tübingen, una de las más antiguas de Alemania. Pedían que el postulante tuviera especialidad en Nietzsche.

“Yo en realidad me había especializado en Heidegger, pero para la entrevista me volví experta en Nietzsche”, bromea la filósofa Diana Aurenque, quien se preparó, postuló y quedó en el cargo. “Estuve cuatro años en Tübingen, y ese puesto cambió mi vida. Mi jefe era filósofo y además médico, y profundizamos en temas que me parecieron fascinantes: la eutanasia, el aborto, la intervención de los cuerpos. Temas ético-médicos que tenían mucha conexión con lo público”, cuenta Aurenque, actual directora del departamento de Filosofía de la Universidad de Santiago (Usach), la misma en la que estudió Pedagogía en Filosofía −antes de irse a Alemania− y adonde volvió en 2015.

Hace dos años, en plena pandemia y con la expertise en el ámbito de la ética médica y la filosofía de la medicina, Diana Aurenque comenzó a aparecer cada vez más en medios de comunicación, en entrevistas y columnas, abordando diversos temas públicos. 

Participó antes de la pandemia en Congreso Futuro, y en actividades que rápidamente la posicionaron como referente en cuanto a la divulgación de la filosofía. “Creo en el rol político y en la democratización de la filosofía. Mientras más personas lean filosofía, mejor. No significa que vayan a ser más felices, pero sí serán sujetos más conscientes y empoderados de su situación”, dice.

Un ímpetu que la llevó a escribir su primer libro en español llamado Animales enfermos (Fondo de Cultura Económica), que se lanzará el próximo sábado 23 de abril en pleno Paseo Bulnes −el mismo barrio donde vive− afuera de la Librería del Fondo. El texto fue un éxito de preventa, algo poco común para un libro de filosofía. Tal vez por la extraordinaria habilidad de Aurenque de escribir temas que podrían parecer densos, con pluma liviana e inteligente, sin dejar de lado la argumentación robusta.

“Somos ‘animales enfermos’ en comparación con el animal no humano, porque requerimos de una serie de mecanismos ajenos a la naturaleza para asegurar nuestra existencia”, dice la filósofa, para aludir a la tesis del libro. “Si comparamos al ser humano con otros mamíferos, el humano es sumamente deficitario y dependiente. No nacemos caminando, necesitamos cuidado por muchos años. Requerimos ropa, zapatos, casas”, añade.

Así, la “enfermedad” es una condición existencial. En sentido biológico, porque mientras vivimos nos enfermamos (y finalmente terminamos por morirnos). Y en el sentido filosófico, entendiendo que vivimos siempre con una carencia que es la que nos lleva a razonar, creer, crear y armar todo un sistema para sobrevivir. 

Es decir, la enfermedad es al mismo tiempo un poder. “Todo lo que nos rodea es una construcción. Pero no porque seamos poderosos creadores, sino porque biológicamente somos tan vulnerables, que todo lo demás es una construcción que nos permite ser y existir. Somos un maravilloso “animal enfermo” que sabe ser “sano” de una y mil formas; una y mil veces”, dice Aurenque, quien en su libro navega por temas como la ética, la dietética, la terapia, los cuerpos, la vejez o la muerte. Y termina con un capítulo magistral dedicado al amor.

“Me parece que el amor −en sus diversas formas− es una de las expresiones más claras de nuestra extraña condición animal; porque independiente de las diversas formas en las que podamos definir, vivir o comprender el amor, pese a muchas diferencias culturales y particularidades subjetivas, concordaremos en que el amor refiere a un vínculo afectivo que, sin ser realmente necesario o imprescindible para el vivir biológico, sin tratarse de una necesidad básica material como lo es alimentarnos, cobijarnos o descansar, lo consideramos como tan o más vital que ellas. Porque seamos claros: si el amor tiene conveniencia, dependencia, utilidad u obligación, entonces ya no es amor”, dice la filósofa.

¿Cómo defines el amor?

Amar significa muchas cosas. Y además, hay amores distintos: amor romántico, amor de padres y madres a hijos (y viceversa), etc. Algo común a todos ellos es, quizás, que se trata de un vínculo de los más fuertes que nos afectan y que nos obliga a decidir y actuar acorde a ese sentir. 

Pero, el amor no es una pulsión, una emoción irracional, como a veces se cree, sino que es un sentir que tiene, como observó Pascal, su propia racionalidad.

Decir “te amo”, por ejemplo, significa decir: siento amor por ti, pero no como uno siente otras emociones −ira o tristeza− que vienen y van. 

El amor es algo que quiere permanecer. En cada “te amo” se dice un sentir actual que alberga una intención de futuro, un anhelo por eternizarse. El amor es una de las maravillosas ficciones que nos dan sentido, miseria o alegría en nuestras vidas. Y que es posible precisamente porque somos animales enfermos.

Entonces, ¿la salud tiene que ver precisamente con el amor?

Si la “salud” en sentido humano −como quiero mostrar en el libro− es un asunto tan plural (pues hay distintas “saludes”), pero a la vez tremendamente personal y multidimensional, y el amor al mismo tiempo es uno de los fenómenos y experiencias que más nos determinan en la vida, uno que más nos marca e importa, entonces el lugar y sentido que le demos a este fenómeno, concepto o experiencia, tendrá mucho que decir respecto de cuán “sanos” o “enfermos” nos sintamos.

En el libro dices que el amor es intrínsecamente complicado.

El amor romántico siempre es un “rollo”; un estar “enrollado”. 

Porque el amor tiene muchas dimensiones, capas que lo constituyen: hay los componentes biológico-evolutivos (en nosotros por ser animales; el goce, la atracción o el apego), los psicosociales y los culturales. Todos estos tienen algo que ver en cómo, a quién y porqué amamos. 

Pero hay que agregar: el amor hoy es más difícil que antes porque se le cree como a un nuevo Dios: al amor le pedimos todo y de él, esperamos todo. 

Pero, curiosamente, pedimos todo sin realmente cumplir con lo único que el amor quizás requiere: amar al otro como otro. Hay muchos “yoes” que se repiten y quieren en sus parejas copias de sí mismos o, extensiones de sus ideales, pero poco amor y entrega al otro: con sus resistencias, complejidades y propias bellezas.

Claro, como lo que cuentas de Heidegger en tu libro. Cuando él le escribe a Hanna Arendt traduciendo a San Agustín, señalando que “amo” significa: quiero que seas lo que eres.

Exacto. Es una idea del amor que precisamente va en contra de la idea del amor con la que uno crece: la de posesión del otro. Siempre se dice que nadie posee a nadie; pero en la práctica, pienso que todos alguna vez hemos caído en entender el amor en términos de propiedad. ¿Y cómo no caer? Cuando el amor ocurre, nos ocurre, interrumpe el curso “normal” de la vida, nos vuelve “locos” a todos y, al menos por un momento, hace la vida más linda, colorida e interesante. Porque, como decía antes, el amor se siente y quiere eternizarse; pero la voluntad de amor no garantiza y, pienso, hasta lo espanta. Ante ese anhelo por eternidad que surge del amor, deberíamos recordar que se vincula no al amor que yo siento, sino al amor que el otro me provoca, justamente, porque es ese otro. Dejar ser es quizás lo más difícil de amar, y curiosamente, debería ser lo más fácil.

* El lanzamiento del libro Animales enfermos se realizará en Paseo Bulnes 152, a las 17 hrs, y será presentado por el escritor y divulgador argentino Darío Sztajnszrajber.

Imagen de portada: Gentileza de La tercera. Chile.

FUENTE RESPONSABLE: La Tercera. Por Daniela González. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Filosofía/Amor/Psicología

La depresión existencial: muy común en personas con alta inteligencia.

La depresión existencial suele afectar a personas con altas capacidades. Son esos perfiles que sufren el peso de las injusticias, que no hallan un sentido a la vida y que sufren el aislamiento por ver y sentir el mundo de un modo diferente al resto.

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea por favor adonde está escrito en “negrita”.

¿Qué sentido tiene este mundo? ¿Por qué existen tantas injusticias y desigualdades? Familia, trabajo, amigos… ¿es que no hay nada más en esta vida, algo más trascendente? Este tipo de preguntas son las que van dando forma a lo que se conoce como depresión existencial. Es un tipo de condición que aparece en personas muy reflexivas o caracterizadas, a su vez, por una alta inteligencia.

La depresión tiene muchas formas, la condicionan infinitas variables y cada paciente la experimenta de un modo particular y distintivo. Así, y aunque todos hayamos oído hablar de las crisis existenciales, cabe señalar que esta realidad es algo más compleja. Una crisis puede surgir como efecto de una experiencia adversa, también al entrar en una nueva etapa de nuestro ciclo vital.

Sin embargo, la depresión existencial, descrita por primera vez en los años 50 por el psiquiatra Heinz Häfner nos habla de un tipo de trastorno que, aunque no está descrito en el DSM-V (manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), se da con especial frecuencia entre la población con grandes talentos.

Son esas personas que no parecen hallarle un sentido a la vida. Son perfiles que profundizan en exceso en dimensiones como la muerte, la falta de libertad, las injusticias sociales y ese abismo donde la existencia se torna solitaria y uno se percibe desconectado de todo lo que le envuelve.

En dichos estados, son el propio pensamiento y las ideas obsesivas las que van socavando el equilibrio hasta debilitar el tejido emocional de la persona.

“Eres libre y por eso estas perdido”.

-Franz Kafka-

Hombre experimentando depresión existencial

Depresión existencial: origen y características

Decía Jean Paul-Sartre que las personas no sabemos lo que queremos y aun así somos responsables de lo que somos. La filosofía existencialista es siempre un gran referente para desgranar muchos de esos procesos mentales, reflexiones y madejas personales en las que derivan los pacientes que sufren depresión existencial.

Kazimierz Dabrowski, psiquiatra polaco de principios del siglo XX, fue uno de los referentes que más estudió los problemas a los que solían hacer frente las personas con altas capacidades. Este experto nos habló de lo que se conoce como ‘desintegración positiva’ y que explicaría en cierta forma uno de los orígenes de esta condición.

El problema de confrontar lo que somos con lo que nos rodea.

Kazimierz Dabrowski estableció que las personas podemos pasar por 5 etapas de desarrollo personal. Ahora bien, una buena parte de la población (entre el 60 y 70 % según el propio autor) se queda en la fase inicial; es decir en la etapa de integración primaria. En esta fase las personas se limitan, poco a poco, a ajustarse al ‘molde’ de la propia sociedad. Nos disciplinamos, por así decirlo, e integramos sus fallos, adaptando a todo lo bueno y no tan bueno que nos proporciona nuestro entorno.

Ahora bien, hay personas que quedan atrapadas en el tercer nivel de la teoría de Dabrowski. Es la referente a la desintegración espontánea. Uno percibe grandes discrepancias entre los propios valores y lo que define a la sociedad. La mirada de la persona reflexiva o con altas capacidades siente en exceso el peso de las injusticias, de la falsedad, del materialismo…

Si esas dimensiones impactan de manera profunda en la persona, estará, por tanto, en esa cuarta fase que Dabrowski denominó desintegración multinivel. En ella, el ser humano no halla un significado vital. Poco a poco, se convierte en un mero observador que solo aprecia los fallos, los sinsentidos y un vacío que tarde o temprano acaba asfixiándolo.

hombre que sufre depresión existencial

Las cuatro dimensiones que describen la depresión existencial.

Irvin David Yalom, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Stanford y psicoterapeuta, es otro de los expertos que ha estudiado la depresión existencial. En su libro Psicoterapia existencial nos explica esos cuatro factores que suelen determinar esta realidad:

  • Perder a alguien y reflexionar sobre el sentido de la muerte. Este puede ser sin duda un desencadenante; no obstante, por sí solo no nos sirve para el diagnóstico de la depresión existencial, deben darse el resto de elementos. No obstante, sufrir una pérdida cercana o no cercana provoca, a menudo, que la persona con alta inteligencia inicie un proceso de duda y reflexión sobre el sentido de la muerte.
  • La falta de libertad. Este es otro elemento de gran trascendencia. Es común que, a menudo, este perfil se pregunte por qué el ser humano no tiene mayor poder creativo, mayor impulso de creación y realización. La propia sociedad actúa siempre como vetadora, como ente controlador que nos corta las alas.
  • La falta de sentido. Esta es una dimensión de la que ya nos habló Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido. Si el ser humano no halla un significado a su vida, aparece el sinsentido, la angustia y la depresión.
  • El aislamiento y la soledad. No sentirse comprendidos, percibir que uno ve el mundo de un modo muy diferente al resto suscita aislamiento y un gran vacío.

¿Qué tratamiento hay para la depresión existencial?

La terapia cognitivo-conductual es, sin duda, uno de los mejores enfoques para tratar la depresión existencial. No obstante, es importante no perder de vista la teoría del psiquiatra Kazimierz Dabrowski. La última etapa de su enfoque sobre el desarrollo humano es la integración positiva o secundaria.

Sería por tanto esencial que trabajásemos esa fase que sigue a la etapa de desintegración multinivel. Los aspectos que la integran son los siguientes:

  • Trabajar nuestra autoconciencia. Clarificar nuestras metas, deseos, necesidades, valores…
  • Definir y trabajar nuestro sentido de la vida. Situar un propósito en nuestro horizonte y trabajar con él nos da impulso, nos ayuda a encontrar motivación, aliento e ilusión.
Mujer paseando por un lugar natural con luces afrontando su depresión existencial

Por último, y no menos importante, es recomendable que aprendamos a hacer uso de una adecuada auto educación emocional.

Dabrowski, ya en esta época de principios del siglo XX entendió que una buena comprensión y gestión emocional es clave para la realización del ser humano. No solo garantiza nuestro bienestar, sino que nos ayuda a evolucionar en todos los sentidos. Pensemos en ello, no dudemos tampoco en solicitar ayuda experta en caso de que estemos pasando por esta misma situación.

Imagen de portada: Gentileza de La Mente es Maravillosa

FUENTE RESPONSABLE: La Mente es Maravillosa. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Psicología/Psicología Clínica.

Psicología: A veces cuando dices ‘Estoy bien’ solo significa que estás pasando por un momento difícil.

El mundo quizá se está derrumbando. Me siento perdido y miserable, sin mencionar que todo en mi vida no está funcionando como lo planeé. Esas citas positivas o películas con final feliz no me hacen creer en la esperanza, y sé que perder la esperanza no está bien. ¿A qué se debe?

Cuando digo “estoy bien”, a veces significa que en realidad algo me duele por dentro. Tal vez perdí a esa persona o dos a quienes realmente amaba. Tal vez espero demasiado del universo para devolver el amor que le di a otras personas.

Estoy siendo demasiado humano y lo único que quiero en esta vida es conseguir el amor que merezco. Mis propias expectativas y esperanzas hacia esos amores no correspondidos son las que trajeron desilusión a mi propia vida, y sé que esperar demasiado no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, la mayoría de las veces, no sé cómo pedir ayuda. Me siento atrapado entre mis propios miedos y la desesperanza, simplemente porque sé que la única persona que puede ayudarme soy yo.

Sé que no importa cuántas personas quieran ayudar, la clave para sentirse mejor es solo cambiar mi propia perspectiva de la vida. Pedir ayuda solo me hará creer que soy incapaz de cuidar de mí mismo, y sé que negarme a que me arreglen no está bien.

Cuando digo «estoy bien», es una guerra dentro de mí mismo porque, en realidad, quiero que alguien diga «estoy aquí» o «sé que no estás bien», pero quiero que me dejen solo todo el tiempo. al mismo tiempo. Quiero hacerle entender a alguien que hay miles de historias que quiero contar si no me juzgan.

No quiero que la gente juzgue que no soy una buena persona. Vivo mi vida a través de las opiniones de la gente y sé que eso no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, me sentiré culpable simplemente porque mentí. 

Tengo esa mala costumbre de pensar demasiado en todo, pero no quiero que lo averigües. Quiero guardar mis arrepentimientos, errores, defectos, debilidades y esas inseguridades solo para mí, simplemente porque tengo miedo de confiar en la gente.

Sé que una vez que me abra a la gente, me desarmarán poco a poco y me dejarán. Sé que tener un problema de confianza no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, es porque no quiero ser una carga para nadie más.

Sé que todo el mundo está ocupado con su propio negocio y la gente está librando sus propias batallas. Quejarme o contarle a otras personas sobre los contratiempos en mi vida solo me hará sentir culpable por hacer que mis problemas también se conviertan en sus problemas.

Agradezco el apoyo, pero tarde o temprano volveré a fingir mi sonrisa para convencerlos de que estoy bien. Sé que fingir mi propia tristeza no está bien.

Cuando digo “estoy bien”, espero que entiendas que actualmente estoy peleando mis propias batallas y quiero que ores por mí con todo tu corazón.

Necesito que me abraces en silencio sin siquiera obligarme a decir la verdad.

Quiero que seas paciente mientras busco la manera correcta de pedir tu ayuda.

Necesito que entiendas que no es fácil para mí abrirme y lo siento por ser tan difícil.

Por favor, no te enojes conmigo solo porque guardo silencio; Te lo contaré todo cuando llegue el momento. No tiene nada que ver contigo; soy yo.

Cuando digo “No estoy bien”, ese es el momento en que estoy listo para decirte la verdad.

Imagen de portada: Gentileza de Pexels. A veces el ‘Estoy bien’ es una máscara a la tristeza.

FUENTE RESPONSABLE: Terra. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Vida/Psicología

Nuestros cerebros se sincronizan cuando nos besamos: la ciencia detrás de juntar los labios (con amor).

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Besar es una acción extraña, maravillosa y casi exclusivamente humana. Sí, algunos primates se besan pero, curiosamente, no todos los humanos lo hacen

Solo el 46% de las culturas a lo largo de la historia se han involucrado en besos románticos. Sin embargo, en las sociedades que han desarrollado un «gusto» por ellos, se ha trabajado duro para dominarlos. Usamos hasta 146 músculos diferentes y también pasamos gran parte de nuestra vida besándonos: 20.160 minutos (14 días) de media.

Desde que la pandemia del Covid entró en nuestras vidas, ya no lo hacemos tanto como antes. Por eso es un buen momento para recordar qué procesos fisiológicos sorprendentes suceden cuando dos personas juntan sus labios en un intercambio de saliva apasionado.

El estudio

La actividad cerebral y el acoplamiento neuronal durante la interacción social humana se han convertido en un tema de investigación científica. Ejemplos destacados de ello son las actividades que requieren una estrecha coordinación del comportamiento, como la interpretación de música, canto, baile, deportes colectivos y claro, conductas de vinculación como los besos. 

Y existe evidencia neurofisiológica de que ese comportamiento coordinado va acompañado de una actividad cerebral sincronizada y un acoplamiento oscilatorio de otras funciones biológicas, como la respiración y la actividad cardíaca. Besarnos nos sincroniza.

Para investigar estos fenómenos, los autores de este estudio se propusieron utilizar diversas medidas de sincronización o acoplamiento. 

Por lo general, cuando se utilizan descomposiciones de tiempo-frecuencia, las redes cerebrales se construyen y se consideran para frecuencias específicas. Por ejemplo, las teorías de la organización neuronal sugieren que el acoplamiento de frecuencia cruzada (CFC) juega un papel importante en el intercambio de información neuronal. Así, usaron esos índices de acoplamiento para construir redes hiper cerebrales que representan la sincronización intra e inter cerebral dentro y a través de frecuencias.

Sincronizados cerebralmente. Al registrar simultáneamente el EEG de dos cerebros, compararon la CFC en parejas que participaron en diferentes variedades de besos y concluyeron que en particular, las propiedades de la red CFC durante los besos románticos, una actividad de dos personas con un intenso contacto sensorial y motor recíproco se activaron más, sobre todo en mecanismos neuronales de coordinación de acciones interpersonales.

Y demostraron que la topología de la red hiper cerebral basada en CFC difiere entre los besos solitarios y los orientados a la pareja. Es decir, no sucede lo mismo si te besas tú mismo la mano.

También liberamos dopamina. Nuestro cerebro también libera dopamina cuando nos besamos, que está directamente relacionada con la sensación de placer en el cerebro. 

Besar también provoca la liberación del neurotransmisor serotonina para sentirse bien. A medida que aumentan los niveles de serotonina en el cuerpo, el estado de ánimo mejora.

Y nuestros cuerpos también aumentan la producción de una hormona llamada oxitocina durante un beso. 

Conocida como la hormona del amor, la oxitocina también se produce durante los juegos previos y los orgasmos y se cree que aumenta el vínculo o el apego dentro de las parejas. 

El libro La ciencia de los Besos, de Sheril Kirshenbaum, da una comprensión científica de cómo se comportan nuestros cuerpos cuando realizamos esta práctica.

Con los ojos cerrados, mejor. Hay una razón por la que los humanos nacen sabiendo que debemos cerrar los ojos durante un beso. No es algo que hayamos aprendido en las películas. No se trata de una costumbre o del miedo a que la persona a la que besamos nos devuelva la mirada desde solo un par de centímetros de distancia. No, la razón real por la que nos besamos con los ojos cerrados es porque besar es muy estimulante, nuestro cerebro tiene dificultades para procesar un beso apasionado cuando lo hacemos con los ojos abiertos, según sugiere este estudio en el Journal of Experimental Psychology.

Este hallazgo implica que reducir las demandas visuales al cerrar los ojos puede mejorar la conciencia táctil, lo que también podría ayudarnos a sentir un beso con más intensidad. Y claro, mantener los ojos cerrados también bloquea otras distracciones, dejando al cerebro con más capacidad para concentrarse.

La primera batalla siempre es un beso. Otra investigación publicada en Evolutionary Psychology concluía que el 59% de los hombres y el 66% de las mujeres han dejado de estar interesados ​​en alguien después de besarlos. 

Los investigadores hicieron el interesante descubrimiento después de encuestar a casi 200 personas. 

Si bien la técnica de los malos besos de una persona puede influir en esa decisión, también es probable que sea el resultado de la química. Besar es una actividad compleja y tocar los labios ayuda a transferir todo tipo de información sobre nuestra salud física a nuestras parejas, explicaban los autores del estudio.

Este intercambio de información química parece ayudarnos a evaluarnos subconscientemente para ver si somos una buena pareja para el apareamiento futuro. A veces lo somos, y otras veces simplemente no hacemos clic con el otro individuo químicamente. Y no todo el mundo está igual de sincronizado. Lo hemos visto en cualquier pista de baile. Pero cuando se está, es maravilloso.

Imagen de portada: Gentileza de Magnet

FUENTE RESPONSABLE: Magnet. Por Albert Sanchis

Sociedad y Cultura/Ciencia/Psicología/Salud/Biología

Cómo se relacionan el comportamiento y la psicología con la longevidad.

Según la videncia disponible, la longevidad depende en un 20% de factores genéticos y un 80% de factores ambientales y comportamentales, incluidos los psicológicos.

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En la cantidad de años que vivimos influyen muchos factores, desde los genéticos, hasta nuestro estilo de vida, pasando por nuestro nivel socioeconómico o el lugar en el que vivimos. 

Hay factores que no los podemos modificar, como los genéticos, pero otros que nuestra conducta puede cambiar significativamente. Para saber hasta qué punto la psicología y nuestro comportamiento influye en nuestra longevidad se han llevado a cabo varios estudios y proyectos, entre ellos el Proyecto Psybel, cuya principal responsable, la doctora en psicología Rocío Fernández-Ballesteros, presentó los primeros resultados en la Academia de Psicología de España.

La longevidad, un éxito del comportamiento humano.

La longevidad humana se ha disparado casi exponencialmente desde mitad del siglo XIX. 

Y es curioso, pues, hasta entonces, en toda la historia de la humanidad, la esperanza de vida se había mantenido estable en torno a los 36 años. Menos de 200 años después la esperanza de vida está en torno a los 80 años. 

Es más, se prevé que en 2050 la población de personas mayores alcance los 2.100 millones de personas, y que habrá más del doble de personas de más de 60 años que niños menores de cinco años, y el 80% de esas personas vivirán en países menos desarrollados.

Sin duda, esto se debe a los avances científico médicos, pero, no solo eso, pues, según Rocío Fernández-Ballesteros, “el comportamiento humano permite explicar, en cierta medida, la supervivencia y la longevidad. 

Desde tiempos de Napoleón, además de producirse grandes avances como los antibióticos y las vacunas empezaron a implantarse medidas de higiene básicas, como lavarse las manos, y también se han incrementado las aptitudes mentales”. 

Y es que la longevidad es, al fin y al cabo, una medida del éxito de la humanidad, un éxito que, teniendo en cuenta toda la evidencia científica disponible, depende en un 20 % a factores intrínsecos (genéticos) y un 80 % a factores extrínsecos (ambientales), aunque ambos factores interactúen entre sí.

¿Cómo influye los aspectos psicológicos en la longevidad?

Dentro del 80% de factores externos que influyen en la longevidad, hay muchísimas variables: socioculturales y demográficas, socioeconómicas, estilo de vida, pero también psicológicas, como la personalidad, la actitud, etc.

Algunas de ellas están muy estudiadas, sobre todo las relativas al estilo de vida, y esta más que demostrado desde hace años que unos hábitos saludables (buena alimentación, no consumir tóxicos, evitar la obesidad y llevar una vida activa) se relacionan directamente con la longevidad. 

También se sabe que influyen de manera positiva tener un nivel socioeconómico alto o vivir en determinados lugares. Está menos estudiado, en cambio, cómo tener una determinada actitud, la cognición, la motivación o la personalidad nos puede hacer vivir más años o con una mayor calidad de vida, que es en lo que se enfoca el proyecto Psybell, en promover un envejecimiento saludable.

Entre las conclusiones a las que se ha llegado en este aspecto son que hay determinadas actitudes y variables psico-comportamentales que favorecen que vivamos más años, como:

•La cognición. Existe una asociación positiva entre la inteligencia y la longevidad. Cuando más inteligencia tengamos más probabilidades de llegar a una edad media-alta. Sin embargo, a partir de esa edad media alta, la supervivencia depende menos de la inteligencia y más de otros factores, como se explica en este artículo.

•Autopercepción del envejecimiento. Según datos del estudio Salud y jubilación (HRS), que se lleva a cabo en Estados unidos desde 1992, tener una autopercepción negativa de nuestro propio envejecimiento repercute de manera negativa en la longevidad, y, por el contrario, tener una autopercepción positiva, elevas las probabilidades de vivir en los años siguientes.

•Tener un propósito en la vida, una motivación, proyectos… favorece que prolonguemos la vida durante más tiempo.

•Participar con frecuencia en actividades, pero que no supongan un gran compromiso, también favorecen la longevidad.

•La satisfacción con la propia salud. A más satisfacción con la propia salud, más tiempo restante de vida.

•La tenacidad, a más tenacidad, más probabilidades de sobrevivir en los años siguientes.

A estas conclusiones se añadió otra variable, que son los cambios comportamentales producidos por programas conductuales de intervención

Para valorarla, se tuvo en cuenta cómo participar en un programa que promueva hábitos saludables durante la tercera edad favorece que se prolongue la vida. 

En concreto, tomó como referencia Vivir con Vitalidad un programa, capitaneado por la profesora Rocío Fernández-Ballesteros, en el que se pone a disposición de los usuarios un conjunto de orientaciones, consejos y formas de actuar con el propósito de envejecer positivamente, consejos no solo destinados a mejorar hábitos, sino también a promover las aptitudes cognitivas, afectivas y sociales. 

Y es que, según afirma la propia Rocío, estos estudios y programas, ponen de manifiesto que la “psicología es una disciplina clave en materia de salud, y no solo de salud mental. Por eso se requiere su presencia en los contextos en los que se implementen programas de la promoción de la salud y de la longevidad saludable”. 

Imagen de portada: Tener una percepción positiva de la propia vejez favorece la longevidad. Por Andrea Piacquadio / Pexels.

FUENTE RESPONSABLE: Salud. Por MERCEDES BORJA. España. Abril 2022

Sociedad y Cultura/Salud/Longevidad/Psicología/Comportamiento 

 

Según Hermann Hesse, nada es más importante que ser fiel a uno mismo.

Herman Hesse nos animó a ser obstinados, porque en este mundo caótico, extraño y difícil, pocos elementos tienen tanto valor como ser fieles a nuestra escala de valores. Es así como emerge la libertad.

Herman Hesse es una de las figuras más significativas de la literatura. Buena parte de su obra está focalizada en un objetivo: reflexionar sobre el yo y transitar en las intimidades del propio corazón para encender el autodescubrimiento. Por ello, uno de sus trabajos más importantes fue sin duda Obstinación, un ensayo en el que recuerda la importancia de ser fiel uno mismo.

Si hablamos de Hesse, nos vienen casi de inmediato a la mente libros como Siddartha, El lobo estepario o Demian. Sin embargo, en este libro se recopilan todos sus escritos autobiográficos. En sus páginas recuerda que cada cosa en este universo, como las estrellas, el viento o los árboles, tiene su propio sentido, su propia ley.

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Sin embargo, a menudo las personas acabamos alejadas de nuestra esencia. La sociedad suele apagar nuestras voces, nos domestica, difuminando nuestros sueños más profundos. Es tarea nuestra ser obstinados y auténticos, recordar que solo quien es fiel a su esencia alcanzará la iluminación y la auténtica felicidad.

“La vida de cada persona es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. Pero nadie ha llegado a ser él mismo por completo…”.

-Demian-

Ser fiel a uno mismo debería ser nuestra principal obstinación

Herman Hesse fue educado en el pietismo. Se trataba de un movimiento religioso protestante originado en la segunda mitad del siglo XVII que buscaba revitalizar la fe mediante la conversión interior, la piedad y la unión de los fieles. El célebre escritor, poeta y pintor alemán acabó huyendo de ese entorno opresivo; también de sus padres, con quienes mantenía una relación complicada.

Es importante destacar que su existencia no fue fácil. Intentó quitarse la vida en varias ocasiones y pasó alguna estancia en instituciones para enfermos mentales. Sin embargo, Hesse no tardó en hallar la calma y el equilibrio en el mundo de las letras y la escritura. Se convirtió en librero y ese vínculo apacible con la lectura le permitió hallar un refugio existencial apacible, un camino de crecimiento y libertad interna excepcional.

Ese cambio solo fue posible cuando fue capaz de escrutarse a sí mismo. Fue un niño que se hacía preguntas de manera constante, una inquietud que los adultos criticaban por considerarla fútil. Sin embargo, Herman Hesse descubrió que solo quien cuestiona el ecosistema alcanza el autoconocimiento.

“Ninguno de los libros de este mundo

te aportará felicidad,

pero secretamente te devuelven

a ti mismo”.

-Herman Hesse-

Somos finitos, celebremos la vida de acuerdo a nuestra esencia.

Hay una virtud que quiero mucho, una sola. Se llama eigensinn (obstinación). Todas las demás, sobre las que leemos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan”. Herman Hesse ensalzaba esa dimensión por pensar que el obstinado obedece a su propio corazón y se atreve a ser fiel a sí mismo.

En el ensayo que lleva por título Obstinación recuerda que el imperativo que subyace en nuestra sociedad de seguir las convenciones nos enferma. La presión de ser y actuar como los demás y de quedar opacados por lo normativo nos desubica, nos arroja al continente de la infelicidad. Sin embargo, el que es obstinado obedece a otra ley más  sagrada y no es otra que la de seguir lo que a él le parece que tiene sentido.

Recordemos que somos seres finitos, que el ocaso de la existencia llega pronto y que es necesario vivir de acuerdo a nuestras esencias. Hesse lo logró a través del arte. La poesía, la escritura y la pintura fueron su redención y el único modo de alcanzar una vida plena. Hasta el momento, solo había caminado entre tinieblas, incapaz de saber quién era, qué quería y cuál era su auténtico camino en esta realidad…

Libertad es ser fiel a uno mismo.

Muchas veces, ser fiel a uno mismo implica aceptar el caos, tanto el externo como el interno. Herman Hesse insiste en que pocas cosas son más bellas y necesarias como la variedad de mentalidades, filosofías, razas, pueblos y lenguas. En ese desorden, hay en realidad una gran armonía y belleza, porque el ser humano es diverso, contradictorio e inmensamente complejo.

También nosotros lo somos en nuestra intimidad. Por ello, en muchas de sus novelas, ensayos y diarios personales ensalza la necesidad de mirarnos sin juicios de valor. La idea es contemplarnos y aceptarnos tal y como somos, sin reprimir nada. Solo entonces seremos libres, cuando nos asumamos nuestras particularidades y contradicciones, cuando nos atrevamos a vivir de acuerdo a nuestra esencia…

El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al «propio sentido».

La obstinación, según Herman Hesse, es ser fiel a uno mismo.

Obedecer las propias esencias.

La necesidad de buscar el propio sentido de las cosas, de ser nuestros propios héroes.

Obstinación en alemán es Eigensinn, palabra compuesta que significa ‘propio sentido’. Es más que fascinante comprobar como las lenguas encierran realidades que describen el sentir del ser humano, propósitos en los que reflexionar e ideas que no podemos olvidar. Si Herman Hesse nos animó a ser obstinados en la vida, se debe a un hecho indudable.

Él mismo describió cómo eran los auténticos héroes. Alguien heroico nunca será complaciente u obediente, sino más bien una persona obstinada en construir su propio destino. Son figuras que buscan su propio sentido de las cosas y que escuchan esa voz misteriosa de su interior que les insta a seguir creciendo, a seguir siendo fieles a uno mismo…

Ese, y no otro, es el auténtico sendero del bienestar existencial.

Imagen de portada: Gentileza de La Mente es Maravillosa

FUENTE RESPONSABLE: La Mente es Maravillosa. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Psicología/Herman Hesse

Los 8 hábitos para potenciar el autoconocimiento.

Un listado de hábitos para potenciar el autoconocimiento y comprendernos mejor.

Si deseas conocer mas sobre este tema, cliquea por favor donde se encuentra escrito en “negrita”. Muchas gracias.

Seguro que a más de uno le pasa que le cuesta mucho cuando intenta hablar de sí mismo. No es porque no quiera o por timidez, sino porque realmente le cuesta describirse, definirse, decir quién es.

Es cómodo usar etiquetas como nuestra profesión, nuestra nacionalidad, ideología política… identificaciones que no dejan de ser eso, etiquetas, como las que le ponemos a los productos de un estante del supermercado. Nos son útiles para identificarnos rápidamente, pero no adquieren una profundidad psicológica verdadera.

Si queremos describirnos bien primero nos tenemos que conocer bien, saber quiénes somos, qué es lo que queremos y hacia dónde vamos. Primero hay que reflexionar sobre uno mismo y haber alcanzado un alto nivel de autoconocimiento.

Y es precisamente de eso de lo que trata este artículo, de qué forma mejorar el conocimiento sobre nosotros mismos. A continuación vamos a descubrir varios hábitos para potenciar el autoconocimiento. ¡No te los pierdas!

La importancia de conocerse a uno mismo

Muchas veces nos hacemos la pregunta “¿quién soy yo?”, una cuestión tan trascendental como difícil de responder. No tener claro quiénes somos suele venir acompañado profundo malestar, un sentimiento que va ligado a la incertidumbre y el miedo de que nuestras vidas no tengan sentido.

La cosa puede ir a más, sumiéndonos en una crisis existencial porque no conocerse a uno mismo nos priva de saber qué es lo que queremos, hacia dónde vamos y qué ofrecemos a la sociedad.

Una de las claves del desarrollo personal es el autoconocimiento, un saber que también nos brinda bienestar psicológico pues teniendo claro quiénes somos también acabamos con la incertidumbre de buscarle un sentido a nuestras vidas, cuál es nuestro valor como personas y, también, adquirimos estabilidad. Conocernos en profundidad nos ayuda a regular nuestras emociones, relacionarnos de forma más sana con los demás y enfocarnos en la consecución de nuestros objetivos.

A lo largo de este artículo vamos a conocer unos cuántos hábitos para potenciar nuestro autoconocimiento, además de reflexionar sobre la importancia de conocernos muy bien a nosotros mismos.

Conocerse a uno mismo

Hábitos recomendados para impulsar el autoconocimiento

Como decíamos, el autoconocimiento es clave para el bienestar psicológico. Las personas que se conocen a sí mismas en profundidad saben lo que quieren en la vida, y no únicamente en los grandes proyectos sino también en las cosas más cotidianas. Tener un gran conocimiento va ligado con saber gestionar mejor nuestras emociones, incluso en los momentos de mayor dificultad. Saben adaptarse a la adversidad, pues su mundo psicológico está muy bien estabilizado.

Es inevitable hablar del autoconocimiento sin mencionar a la Inteligencia Emocional, constructo que ya lleva un tiempo resonando en el campo de la Psicología y que cada vez tiene mayor repercusión. El autoconocimiento se puede considerar el punto de partida para poder convertirse en un individuo emocionalmente inteligente. Conocer las propias emociones y saber qué significan es un acto de autorreflexión que mejora nuestra salud mental.

El autoconocimiento es fundamental para el desarrollo personal, sirviéndonos para proponernos metas realistas y encontrar en qué lugar estamos en nuestra trayectoria vital. Por este motivo, en las estrategias de desarrollo personal se ayuda a las personas a conectar consigo mismas y averiguar qué es lo que las motiva, cuáles son sus deseos y metas con las que creen que van a alcanzar la felicidad.

Entendida la importancia del autoconocimiento en nuestra salud mental y también en cómo nos ayuda a nuestro desarrollo personal llega el momento de ver algunos hábitos que nos pueden servir para potenciarlo.

1. Escribe un diario emocional

Un clásico que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos es escribir un diario, una autobiografía construida día a día en la que exponemos cómo nos sentimos, nuestras creencias, deseos y demás constituyentes de nuestra personalidad.

Escribir un diario emocional es fundamental para potenciar el autoconocimiento porque nos hace pensar en lo que hemos hecho durante el día y nos puede ayudar cómo nos hemos sentido y, si lo releemos, nos ofrece retroalimentación sobre nuestras emociones y qué es lo que las produce.

2. Anota tus virtudes y defectos

Este hábito que parece tarea sencilla es, paradójicamente, de las más complicadas. Son pocas las personas que saben al 100% cuáles son sus virtudes y defectos, pues nunca han reflexionado sobre las mismas y, claro, si nunca has pensado en ellos no vas a saber cuáles son.

Prueba de lo poco que solemos conocer nuestras fortalezas y debilidades es que, cuando vamos a una entrevista de trabajo, si el entrevistador nos pregunta sobre ellas, nos quedamos en blanco, sin saber qué responder, a pesar de que nos han preguntado sobre algo de lo que supuestamente somos expertos que es en nosotros mismos.

La mejor manera de evitar esto y conseguir conocernos mejor es averiguar cuáles son nuestras virtudes y defectos. Para ello podemos coger un trozo de papel y anotarlas, una tarea que nos va a tomar bastante tiempo pero que desde luego nos hará reflexionar sobre quiénes somos y, también, darnos cuenta de aquello a mejorar.

3. Haz la rueda de la vida

Una herramienta muy conocida para mejorar el conocimiento de nosotros mismos es la llamada rueda de la vida. Esta es una técnica de desarrollo personal, la cual consiste en dibujar un círculo y escoger entre 8 y 10 áreas de nuestra vida que queremos cambiar o mejorar, como pueden ser los estudios, las amistades, la familia, el trabajo, el ocio…

Lo bueno de esta técnica es que nos permite reflexionar sobre nuestras prioridades dado que, una vez se han escogido las áreas de la vida que consideramos como las más importantes, les tenemos que asignar un número en función de nuestro orden de preferencia. Acto seguido, deberemos comenzar a escribir las acciones que consideramos que debemos llevar a cabo para lograr cambiar nuestras vidas.

4. Pídele a alguien que te describa

En muchas ocasiones creemos que nos vemos igual a cómo nos ven los demás, pero rara vez es así. En muchas ocasiones las personas nos perciben de una manera tan diferente a la nuestra que se podría decir que hay dos “yo”, el que creemos nosotros y el que creen los demás. Teniendo en cuenta esto, puede resultarnos de gran ayuda el preguntarle a alguien que si nos puede dar una descripción sincera de cómo cree que somos.

Naturalmente, la persona que mejor va a conocernos vamos a ser nosotros mismos, pero a veces los demás ven cosas en nosotros que se nos escapan, rasgos y manías de los que no nos damos cuenta pero que constituyen nuestra personalidad. Con lo que nos dicen los demás podemos construirnos una imagen más realista de quiénes somos.

5. No permitas que nadie te diga qué eres o cuál es tu objetivo

Muchas personas se toman la libertad de decirnos qué es lo que nos “conviene”, sin que se lo hayamos pedido ni que tengan la razón. Estos individuos suelen aconsejarnos, intentar guiarnos, dirigirnos y deciden por nosotros quiénes somos, a pesar de que las únicas personas que tienen la verdadera capacidad de descubrirlo en toda su extensión somos nosotros mismos.

Solo tú puedes decidir quién eres y cuál es tu propósito en la vida. De conseguirlo, iniciarás un proceso de autoconocimiento profundo en el que te liberarás de lo que crees que eres y pasarás a formar una nueva personalidad, más relacionadas con lo que realmente te va a hacer feliz y no con aquellas apariencias que te has ido construyendo a lo largo de los años para satisfacer a los demás.

6. La línea de la vida

Un hábito interesante para potenciar nuestro conocimiento es usar la técnica de la línea de la vida, la cual consiste en dibujar una línea horizontal que, como su nombre sugiere, representa nuestra vida. En ella marcaremos un punto medio que representa el ahora y, seguidamente, comenzaremos a incluir aquellas situaciones y experiencias que hayamos vivido en el pasado.

La segunda parte consiste en rellenar parte del futuro, señalando nuestros objetivos más cercanos y los más alejados en el tiempo. Al acabar de poner todo en la línea de la vida, el siguiente paso es reflexionar sobre lo que hemos vivido y cómo nos proponemos conseguir y alcanzar los objetivos que nos hemos marcado para el futuro.

7. Practica yoga

Muchos yoguis afirman que el mayor beneficio que aporta el yoga es la oportunidad de conocernos mejor. Esta disciplina espiritual tradicional nos ayuda a calmar nuestra mente y realizar una profunda introspección, viendo cómo somos realmente y actuar desde ahí.

La práctica del yoga no implica únicamente al cuerpo, sino también aborda la mente y las emociones. Se ha visto que con el yoga mejora la atención, la motivación, la toma de decisiones, la gestión de las emociones y la memoria. La práctica regular de esta disciplina nos ofrece un espacio de conexión con nosotros mismos que, teniendo en cuenta el tan estresante mundo en el que vivimos, nos suele ser difícil encontrar en ningún otro lugar.

8. Terapia psicológica

Todos los hábitos que hemos visto llegados a este punto pueden servirte de apoyo para potenciar tu autoconocimiento, mejorar tu salud mental, tu autoestima y fomentar tu desarrollo personal. Sin embargo, el hábito que sin lugar a dudas potencia más nuestro autoconocimiento es la terapia psicológica.

La psicoterapia nos da las herramientas necesarias para que tomemos conciencia de aspectos que pasan desapercibidos a nuestra conciencia pero que puede que sean evidentes para el terapeuta. El psicólogo nos ayudará a ver aquellas características que nos definen y, en caso de que sean perjudiciales, nos ayudará a obtener las herramientas necesarias para mejorarlas.

Además, la terapia psicológica nos puede ayudar a trabajar sobre otros problemas por los que podamos estar pasando que puede que estén haciendo mella en nuestro desarrollo personal.

Imagen de portada: Gentileza de Psicología y Mente

FUENTE RESPONSABLE: Psicología y Mente. Por Nahum Montagud Rubio. Noviembre 2021.

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