Esmé Weijun Wang: “La psicosis no es creativa, no eres capaz ni de lavarte los dientes”.

La escritora estuvo ocho años sufriendo alucinaciones hasta que fue diagnosticada con un trastorno esquizoafectivo; creía que la perseguían demonios y locomotoras por el campus de Yale y pasó meses convencida de que estaba estaba muerta.

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Dice Esmé Weijun Wang que su rutina de maquillaje es regular. Que puede vestirse y acicalarse tanto si está en una fase psicótica como si no, aunque si se encuentra en etapa maniaca lo hará con especial celo y, si está deprimida, pasará de todo menos del pintalabios. Si no lleva carmín, mala señal. Es que ni siquiera ha podido llegar al espejo del baño. Esta secuencia tan nimia pero tan cargada de significado es una de las intimidades que la autora, nacida en Michigan (EE UU) hace 38 años de padres taiwaneses, cuenta en “Todas las esquizofrenias” (Sexto Piso), que acaba de ser publicado en castellano.

Diagnosticada con un trastorno esquizoafectivo de tipo bipolar en 2013, Esmé desnuda en este libro brillante y conmovedor una enfermedad mental de la que apenas se habla porque da más miedo que vergüenza. Y que acarrea un sufrimiento extremo: “Yo me he perdido, y hablo de estar perdida físicamente, en una habitación totalmente a oscuras. He ido por el campus de Yale esquivando demonios invisibles y he visto cómo una locomotora bien definida avanzaba hacia mí hasta que se desvanecía de pronto”. La enfermedad tiene una realidad propia e intransferible que sacrifica la que vivimos el resto de humanos matando de paso al paciente, “que desaparece para quienes le rodean, es como si estuviéramos muertos”.

La conversación con LA RAZÓN se produce a través de Zoom pero con la cámara apagada, afirma sentirse más cómoda así. Confiesa que, mientras hablamos, el corazón le va a mil por hora y la cabeza la siente “rara”. En los últimos tiempos, los síntomas del trastorno de estrés postraumático complejo que también padece han sido aún “más intensos” que los que le inflige la esquizofrenia.

-Asegura que su diagnóstico de trastorno esquizoafectivo de tipo bipolar le alivió porque ya podía sentirse loca de una forma muy concreta.

-Es muy importante sobre todo darte cuenta de que no eres la única, que no estás tan loca que tu trastorno aún ni se ha descubierto. Puedo decir, incluso, que me sentí aliviada cuando me dijeron que tenía esquizofrenia. Llevaba mucho tiempo con síntomas psicóticos, casi diez años, y sospechaba cuál podía ser el diagnóstico final. Así que cuando llegó el veredicto por fin pude poner en orden mi medicación.

-¿Por qué tardaron tanto en ponerle un nombre a su tormento?

-Mi asunción es que mi psiquiatra estuvo llamando a mis alucinaciones “distorsiones sensoriales” durante un tiempo para evitar diagnosticarme con un trastorno psicótico. Quizá para evitarme el estigma, dado que yo era una estudiante brillante con un gran futuro. También puede que tratara de protegerme de mí misma para que no me identificara con esa clase de pacientes. Es muy común que se tarde años en llegar a la esquizofrenia, lo normal es que pasar primero por otros diagnósticos, incluidas la depresión y la ansiedad.

-En el libro repasa su infancia. Con dos años ya leía, tenía una gran imaginación… ¿Recuerda el momento exacto en que se dio cuenta de que algo no iba bien?

-Era muy pequeña, tendría unos cuatro o cinco años. Estaba en la cama y, de pronto, me entró mucha sed. Me levanté para beber agua y pensé que después tendría que ir al cuarto de baño. Volví a la cama y al instante empecé a pensar lo mismo, así que lo repetí varias veces hasta que me senté en las escaleras y me puse a llorar. Mi madre vino a preguntarme lo que me ocurría y le dije que no sabía, que no podía parar de hacer lo mismo una y otra vez. Fue la primera vez que experimenté el estrés mental.

-Habla mucho de la familia. ¿Qué influencia le atribuye en su salud mental?

-Me gustaría explorar un poco más sobre mi tía abuela. Ha sido borrada de la familia de mi madre porque sufría una enfermedad mental grave en una época y en un lugar, Taiwán, donde el estigma era enorme. Bueno, sigue siéndolo en la cultura china. A mi madre le dio pánico cuando me fui a estudiar a Yale por si acababa igual que ella, algo que, en realidad, acabó ocurriendo. Recuerdo que me escribió una carta muy larga contándomelo todo. Mi tía abuela fue la primera en ir a la Universidad y allí le dio su primera gran crisis. Nunca se recuperó y fue relegada al desván de la casa familiar donde mi madre creció. La acabaron obligando a casarse con un tipo al que pagaron, pensaron que igual si tenía un hijo…

-Qué manía tienen algunos con que la maternidad lo cura todo, ¿no?

-Sí, exacto. Fue muy triste porque, efectivamente, tuvo un hijo al que, obviamente, no pudo cuidar. Acabó muriendo en un hospital psiquiátrico y el niño fue dado en adopción. Una vez que mi madre entendió mi enfermedad, se convirtió en la defensora de la salud mental en la familia.

-En el libro describe con mucho detalle cómo comienza un episodio de alucinaciones y cómo entra en esa realidad paralela. Cuenta, por ejemplo, que hubo temporadas en que pensó que estaba muerta o que sus familiares habían sido reemplazados por robots.

-Lo peor es no saber cuándo terminará, si me quedaré allí para siempre. Y nadie puede responder a esta pregunta. Es curioso, además, cómo los síntomas de este Trastorno de Estrés Postraumático complejo no difieren apenas de los que noto cuando estoy psicótica. La semana pasada, por ejemplo, estuve cinco días sin experimentar ninguna emoción. Estaba súper confusa pero, al mismo tiempo, no había nada que me hiciera daño.

-Se sentiría muy liberada.

-Totalmente. Cuando tengo episodios malos me pongo triste, o me enfado, así que no estuvo mal no sentir nada. Ni lo bueno ni lo malo. Mi marido y yo estuvimos en un concierto de un grupo que me encanta y era como si no fuera conmigo. Pensé que quizá era el principio de un nuevo estado para el resto de mi vida. Con la psicosis es igual. Lo peor es no saber cuándo termina.

-¿Es un mito que la inteligencia y la locura van muchas veces de la mano?

-No creo que sea cierto. Sin embargo, es interesante. Hace poco mantuve un encuentro con Joanne Greenberg, autora de “Nunca te prometí un jardín de rosas”, un libro de 1954 sobre una joven con esquizofrenia que al final se supo que era autobiográfico. Estuvimos charlando y me dijo que una de las cosas que más le cabreaba era esa idea extendida de que la psicosis te hace más creativa. Cuando tienes un brote no puedes funcionar a ningún nivel, ni siquiera al más básico. Ni ducharte, ni lavarte los dientes, ni mantener una conversación. Como para escribir algo brillante…

-Es como si te dijeran que la tortura te vuelve más creativa.

-Justo. Quizá cuando termina el tormento, con el paso del tiempo eres capaz de escribir algo bueno sobre la tortura y compartir tu experiencia.

-¿Se siente frustrada con la Psiquiatría?

-En mi opinión, es como si se fuera construyendo sobre la marcha. Un diagnóstico según el DSM es, simplemente, una constelación de síntomas que se dan a la vez en gente diferente y reciben un nombre. Hasta que es incluido en ese manual tarda un tiempo y tiene que cumplir una serie de requisitos. Por ejemplo, el trastorno de estrés postraumático complejo aún no lo está, y eso no significa que no haya muchísima gente que lo esté sufriendo por todo el mundo. Digamos que la Psiquiatría es producto de la invención humana y opera con las consiguientes limitaciones.

-¿Dónde encuentra usted más respuestas sobre lo que le ocurre?

-En realidad es una gran pregunta para cualquiera que tenga una enfermedad severa. Esa fue una de las razones por las que escribí este libro, para plantear multitud de preguntas que me hago a mí misma y encontrar alguna contestación. Y, si de paso ayudo a alguien, mejor que mejor.

-¿En qué confía? ¿Qué es lo que más le ha funcionado?

-Lo pruebo absolutamente todo. Cuando estás desesperado no le haces ascos a nada. A veces son tantas cosas que no sé al final qué es lo que ha puesto punto final a la psicosis. ¿Será el Haloperidol? ¿La nueva terapia? ¿Que estoy escribiendo más? Quizá todo ayuda a su manera, no tengo una única respuesta.

-Dice que se suele comparar a la depresión con la diabetes y a la esquizofrenia con el Alzheimer, como para dejar claro que de la última no se regresa.

-Sí, y no debería ser así. Este mes, por ejemplo, es el de la Salud Mental en EE UU, y toda la discusión pública gira en torno a la valentía de esta o aquella estrella de cine que se ha atrevido a hablar de que padece ansiedad o depresión. No digo que no sean condiciones serias, pero lo que nunca veo en los medios es una celebridad que salga y diga que tiene esquizofrenia. Eso seguramente terminaría con su carrera al instante.

-En España un conocido presentador acaba de hacer público su brote psicótico, algo inédito hasta la fecha.

-Eso es increíble. Y mucho más efectivo que cualquier testimonio de alguien que no sea conocido, tristemente.

-Habla mucho de la película “Una mente maravillosa”. ¿El cine ha sabido retratar esa realidad extraña?

-En general, no. Te diré que he visto una relativamente nueva en Netflix, “The horse girl”, que se aproxima bastante a lo que es la psicosis. Refleja bien la tristeza y la caída en esa situación espantosa.

-Da la impresión por sus textos de que cada esquizofrenia es única. ¿Existe una comunidad de pacientes en la que encontrar consuelo?

-Creo que en cualquiera de estos diagnósticos graves puedes encontrar alguna similitud, aunque la experiencia es única. Igual que ocurre con otras muchas identidades. Seremos capaces de hablar de algunas cosas comunes, pero los humanos son enteramente diferentes.

-¿Cree que la pandemia ha derribado algún estigma sobre salud mental o es solo una ilusión?

-Lo cierto es que no. Quizá la gente con enfermedades crónicas, que pasan la mayor parte de su tiempo en casa, sí ha podido sentirse más comprendida cuando el confinamiento se ha hecho universal. En mi caso, me sentí muy bien al principio porque mi organismo y mi cerebro está acostumbrado a hacer frente a situaciones extremas.

Portada del libro de Esmé Weijun

Portada del libro de Esmé Weijun 

Imagen de portada: La escritora Esmé Weijun Wang FOTO: LA RAZÓN LA RAZÓN.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. España. Por Macarena Gutierrez. Mayo 2022

Sociedad/Psiquiatría/Psicología/Salud Mental/Entrevista

Mara Parellada: «El sexo no es resultado de la autodefinición, es biología».

La psiquiatra habla con David Mejía sobre la mente de niños y adolescentes, las características del espectro autista y la diferencia entre tristeza y depresión, entre otros temas.

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Mara Parellada: «El sexo no es resultado de la autodefinición, es biología»

Mara Parellada (Madrid, 1968) es una psiquiatra de reputación internacional, especialista en el Trastorno del Espectro Autista (TEA). Trabaja en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid desde el año 2000 y actualmente preside la Comisión Nacional de la Especialidad de Psiquiatría Infantil y de la Adolescencia. Complementa el ejercicio de la psiquiatría clínica con la investigación y la docencia universitaria. 

PREGUNTA. Este año se ha aprobado la especialidad de psiquiatría de la infancia y de la adolescencia y eres presidenta de la Comisión Nacional para desarrollar ese programa formativo, ¿qué novedad representa esta especialidad?

RESPUESTA. Es una novedad relativa, porque teníamos el triste mérito de ser de los pocos países de Europa que no tenía esta especialidad. Es una cosa curiosa, porque en España tenemos una Asociación Española de psiquiatría del niño y adolescente que tiene más de cincuenta años, pero nunca se había establecido la formación, frente a lo que ocurre en los países civilizados. Quienes trabajamos con niños y adolescentes estudiamos psiquiatría y luego nos formamos como pudimos. Por eso el cambio es cualitativo; existe una masa crítica importante en esta especialidad y por fin podremos empezar a hacer un programa formativo, como el resto de las especialidades en medicina. Y hacía falta, porque la especificidad de los niños y adolescentes es enorme. 

P. ¿En qué se diferencian los cerebros de un niño y un adolescente del de un adulto?

R. Los niños tienen una plasticidad cerebral y una dinámica biológica, psicológica y social increíble. En los seis primeros años de vida el cerebro tiene mucho de funcional y se cristalizan y estructuran los circuitos y las conexiones. Por supuesto, hay un marco que es el límite de lo biológico, pero existe una posibilidad de cambio que no existe después. Y de la adolescencia siempre decimos que es una segunda oportunidad, porque hay una gran influencia hormonal y una poda de las conexiones. Es una gran oportunidad de reestructurar algunas funciones, por eso es apasionante. Hace tiempo escribí un libro que se llamaba ¿Por qué después de la adolescencia solo hay psicogeriatría? Pues porque, aunque hay ciertas cosas que se pueden curar, luego todo es estático. 

P. En muchos libros de historia social se habla de la adolescencia como una creación cultural del siglo XX, ¿ahora sabemos que sí que es una realidad biológica?

R: Absolutamente. Uno puede categorizar la realidad como quiera, pero cuando te dedicas a ver niños, adolescentes y adultos, te das cuenta de que hay diferencias, y hay que tener una aproximación muy burda para pensar que se pueden ignorar. Lo que se hacía era ignorar las posibilidades, las capacidades y las diferencias de la infancia y de la adolescencia, que se colocaron en su sitio marcando las especificidades. A lo mejor en algún momento nos hemos pasado, pero una cosa que repetimos siempre quienes defendemos la especialidad de psiquiatría infantil es que el niño no es un adulto en chiquitito, es diferente, y tiene una riqueza y una plasticidad única. Y en la adolescencia, con la pubertad, hay un desarrollo biológico y cognitivo prácticamente completo, La capacidad de comprensión y razonamiento está realmente en su máximo, pero otras funciones fundamentales, como atemperar, es decir, decidir cuándo interesa el impulso y cuándo interesa el razonamiento, viene después.

P. ¿Cuándo termina la adolescencia?  

R: Biológicamente, hacia los veinte años. A partir de entonces existe la capacidad de controlar los impulsos, de que se imponga un juicio más razonable, y eso que el máximo de sustancia gris es previo, pero luego hay una sustancia blanca que da fuerza a determinadas conexiones. 

P. Durante los últimos quince años has estudiado sobre todo el trastorno del espectro autista desde la óptica de la neurobiología. ¿Cuál es la diferencia entre esta aproximación y otras?

R. En el caso del autismo uno puede tener aproximaciones del tipo que quiera: sociales, psicológicas, etcétera. Pero si uno va al origen, a la etiología, no hay otra aproximación posible que la biológica. Hace cuarenta o cincuenta años, cuando se empezó a describir a estos niños ajenos al mundo social, que no entendían nada más allá del mundo inanimado material, hubo distintas escuelas, y había quien atribuía ese tipo de comportamiento a una crianza fría y a problemas en las relaciones vinculares tempranas. Pero esa tesis ya se ha desestimado. En el origen y las causas está la neurobiología. Otra cosa es uno quiera después estudiar los aspectos sociales, psicológicos o culturales del autismo, porque evidentemente tener un cerebro conformado de una forma u otra conlleva a una trayectoria psicogeográfica diferente, seas muy inteligente o no, porque dentro del espectro autista hay toda la gama de capacidades intelectuales.

Mara Parellada. | Imagen: Carmen Suárez

P. ¿Cuál es la relación entre el autismo y la discapacidad intelectual? ¿Existen solapamientos?

R. Hay mucho solapamiento. Los trastornos del espectro autista hablan de una conformación diferencial. En esa situación, es mucho más frecuente que además haya una discapacidad intelectual. Tal y como lo definimos hoy, hablamos de que aproximadamente un 30% de las personas con trastorno del espectro autista tienen discapacidad intelectual. De alguna manera hay un origen común: existe una conformación distinta del cerebro. Es muy difícil tener una gran discapacidad intelectual y no tener comportamientos autistas. Pero en terrenos intermedios, la relación es muchísimo más multifacética. Si algo caracteriza al autismo a nivel cognitivo es la irregularidad de capacidades. Eso da lugar a muchas complicaciones porque cuando uno se relaciona con la gente se hace una idea de cuál es su capacidad; hace una estimación para ser entendido. Pero en el caso del autismo, esa disparidad es una de las primeras fuentes de desajuste; desde los propios padres a los profesores, que dicen: «con la memoria que tiene este niño, lo que no hace bien es porque es un vago». Y esta confusión genera un círculo vicioso de expectativas.

P. Esta irregularidad se representó en la cultura popular a través del personaje de Dustin Hoffman en Rain Man: un hombre con una gran habilidad para contar cartas pero incapaz de interacciones y gestiones sociales mucho más elementales.

R. Mucho más elementales y muchísimo más funcionales. Sí, ese es un prototipo. Pero siempre decimos que si conoces un autista, conoces un autista, porque hay una gran diversidad. Pero, efectivamente, eso es lo que se llaman características de Savant: le dices el día de tu cumpleaños y te dice que naciste en martes. Esto es real, pero los autistas que tienen alguna capacidad extraordinaria representan entre el 10 y 20%. La gran mayoría, si algo tienen, son déficits. Pero este tipo de habilidades, aparte de que dan color a la vida, pueden ser palancas de aprendizaje y salidas vocacionales.

P. Antes hablabas de que el enfoque neurobiológico es el único válido en este momento. Entiendo que esto ha facilitado la aceptación de los trastornos mentales; en el momento en que uno no responsabiliza al entorno -a los padres, a la familia- ¿se asumen con más naturalidad?

R. Sí, cuando empecé hace quince años me encontraba a padres muy culpabilizados por como los habían estigmatizado. Y ahora que sabemos mucho de las causas genéticas, y en un 15 o 20% de los casos podemos saber exactamente cuál es el problema que ha causado el autismo, el alivio que percibes -sobre todo en los padres mayores- es espectacular. Yo he tenido en consulta a padres de setenta y ochenta años llorando cuando conocen el estudio genético que nunca les habían ofrecido. Primero, porque toda la vida han estado acomplejados, pensando que habían hecho algo mal en la crianza. Y segundo, porque es una mutación que no han transmitido ellos. 

P. Pero no siempre se da con la causa genética.

R. No, pero es claro que hay un origen neurobiológico. Solo hay algunas excepciones, por ejemplo, en niños adoptados con una privación temprana, que han estado dos o tres años en un orfelinato frío, donde no han tenido a nadie. Y seguramente también han tenido una falta de nutrición durante el embarazo. Estos niños hacen cuadros muy parecidos que se llaman «cuasi autismo». 

P. ¿Existen solapamientos con otros trastornos, como la esquizofrenia?

R. Con esquizofrenia, menos. El cerebro de la persona con autismo es vulnerable y lo que hay, sobre todo, son morbilidades como la ansiedad, la depresión, problemas de comportamiento, incluso episodios psicóticos en la adolescencia. El 70% de las personas con autismo tienen a lo largo de la vida un trastorno mental que se puede diagnosticar. Hay algunos más claros: una persona con mucha discapacidad es frecuente que tenga problemas de comportamiento, lo cual tiene una lógica, aparte de la biológica: si careces de lenguaje no puedes comunicar un malestar; te comunicas como puedes, a veces a mamporros. También sucede en la transición a la vida adulta. Por ejemplo, en un niño inteligente que llega a la adolescencia y sabe que le será difícil encontrar pareja o tener un grupo de amigos, porque lo rechazan, no encaja… Si a eso añades limitaciones psicológicas para adaptarse a la realidad tienes una fuente de ansiedad y de cuadros depresivos importante.

P. Y supongo que eso los hace más propensos a los atajos que suponen el alcohol o las drogas.

R. Fíjate, los estudios dicen que en la adolescencia hay menos consumo de sustancias que en la población normotípica, porque están más protegidos por esa menor inclinación social, por el paraguas familiar y demás. Pero a partir de la adolescencia tardía, el alcohol y los porros pueden ser un problema. Es un recurso para intentar encajar, para intentar adaptarse, para relajar esas dificultades sociales. Porque su dificultad está en comprender las claves sociales.

P. Cuando hablamos del espectro autista, el término espectro hace referencia a una mayor amplitud de la definición. Además del origen biológico, esto tiene una parte de articulación desde las sociedades médicas: si ampliamos la definición, los diagnósticos aumentan. Sobre todo porque diagnosticar un trastorno mental es más complejo que diagnosticar un cáncer.

R. Sí, es más complejo y menos objetivo. Uno clasifica la realidad en base a estudios neurobiológicos. En el caso del autismo, se diagnostican unos comportamientos y sabes que a lo mejor la causa es el fallo de un gen. Pero se trata de intentar ver qué define a estas personas, y entonces se hacen grandes consensos de expertos. En un determinado momento, se fija aquello que define a un tipo de discapacidad concreta: en el caso del autismo, la dificultad para comprender el mundo social; eso es el sine qua non del autismo. Pero es una realidad cambiante. Cuando un padre te dice «me han dicho que es un trastorno del espectro autista, pero en el otro lado un trastorno generalizado», hay que hacer un poco de pedagogía y explicar que es una forma de clasificar la realidad con lo observable. Esa es una de las complejidades de la psiquiatría. El concepto de autismo se amplió cuando se vio que el problema de comprensión del mundo social que se habían diagnosticado en niños muy incapaces era el mismo fenómeno que le ocurría a gente de alto funcionamiento. El núcleo era el mismo, pero la manifestación era diferente en función de la inteligencia o el lenguaje. Si no defines el concepto, tampoco lo identificas. La definición se amplió sobre todo para dar cabida a personas sin discapacidad.

Mara Parellada. | Imagen: Carmen Suárez

P. ¿Tienen algún peligro estas ampliaciones? ¿No corremos el riesgo, si tenemos un test demasiado sensible, de que el espectro sea demasiado amplio?

R. Absolutamente. Yo, por ejemplo, jamás uso los datos de prevalencia de Estados Unidos: ellos hablan de uno de cada 53 nacidos con un espectro autista. Me parece una barbaridad, es una sobre inclusión de cualquier trastorno del neurodesarrollo, y eso tiene que ver con intereses económicos. 

P. ¿Por las farmacéuticas?

R. Más por el tipo de ayudas. Por ejemplo, hay una Ley Federal de educación que da muchísimas ayudas a los niños con un diagnóstico TEA. Entonces, si unos padres tienen un niño con discapacidad están incentivados para que le diagnostiquen TEA. Eso es una perversión del sistema. Los que somos clínicos decimos que, para diagnosticar un trastorno, tiene que haber disfuncionalidad. En Palo Alto, California, hay personas que en otro lugar serían un TEA, pero están en su nicho, tienen su funcionalidad y son capaces de tener la autonomía que un adulto debe tener; no puedes diagnosticarle de TEA. No puedes llamar trastorno TEA a cualquier persona atípica. ¡Menos mal que hay atipicidades y hay diversidad!  Claro que hay un peligro de sobre incluir, pero es más peligroso eliminar el diagnóstico que ponerlo en exceso. 

P. Se habla también de las causas sociales que pueden tener los trastornos mentales. Y de ahí surgen preguntas como por qué hay más esquizofrénicos en el Reino Unido que en España.

R. Prácticamente todas las enfermedades mentales tienen influencia biológica y ambiental, pero en algunas la influencia biológica es muy evidente. Es cierto que antes se decía que la esquizofrenia era igual en todo el mundo y ahora se sabe que no. Porque se va sabiendo, por ejemplo, que el desarraigo social hace que se manifiesten muchos más síntomas. Uno puede tener esquizofrenia en un entorno más o menos protegido y a lo mejor no es tan disfuncional. Una esquizofrenia puede evolucionar mejor en un pueblo de la India que en un barrio de Londres. La exposición a los tóxicos, la soledad, la nula red social de contención, todo eso se retroalimenta. Pero hay otros casos evidentes, por ejemplo, hay depresiones biológicamente determinadas. Aunque también hay depresiones reactivas. 

P. Ya que hablamos de depresión, y de depresiones reactivas, ¿consideras que estamos olvidando a convivir con el dolor? Entiendo que si una persona pierde a un ser querido, lo anormal sería no estar deprimido.

R. Depende lo que llames deprimido, porque eso no es estar deprimido, eso es tener un duelo y eso no es un trastorno. Existe un trastorno que es el duelo patológico: si fallece un ser querido y tres años después sigue condicionando tu vida, eso es un trastorno. Pero tener un periodo de adaptación, un periodo de malestar, de llorar, de no dormir, eso no es un trastorno. Pero si algo ocurre en España es que hay pocos psiquiatras y pocos psicólogos para las prevalencias que hay;  todavía hay mucho más infra diagnóstico que sobre diagnóstico. Sí, hay personas que utilizan mal el lenguaje y hablan de depresión post vacacional.  Eso hace daño a la disciplina; una depresión es algo muy serio. Yo siempre pongo el mismo ejemplo: ¿quién se suicida? Sobre todo los deprimidos. No hay mayor fuente de malestar. Uno puede tener un cáncer con mucho dolor pero no se suicida. El sufrimiento de la depresión no tiene parangón; la mayoría de los suicidios son por depresiones.

P. En ese sentido, la depresión es una enfermedad mortal.

R. Absolutamente, por eso no se debe frivolizar diciendo cosas como «estoy deprimido porque he perdido trabajo». Puedes deprimirte, una situación ambiental puede ser un factor desencadenante, pero habrá que ver si es una depresión o un proceso adaptativo. 

P. ¿Se dice más «estoy deprimido» que «estoy triste»? 

Efectivamente. Decías que nombrar estas cosas con palabras que tienen correlato clínico implicaba estar educando a una sociedad sin tolerancia al sufrimiento o a la frustración, y puede haber algo de eso, pero no es lo que vemos en la consulta. 

P. Cuando hablas de que hay un infra diagnóstico en España, ¿esto también aplica a los niños con TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad)? 

R. Bueno, ese es un trastorno que, en determinados ámbitos, se sobre diagnostica. Pero, de forma global, todavía se infra diagnóstica porque hay un estigma asociado. Que un niño tenga déficit de atención y concentración no significa que tenga TDAH. La atención es la función cognitiva más frágil. Es importante hacer un diagnóstico diferencial, sobre todo si viene acompañado de hiperactividad. A veces se frivoliza, y a veces hay presión de los padres porque hay medicaciones que van muy bien para el déficit de atención, pero eso no es el TDAH. En algunos lugares estamos llegando a datos de prevalencia similares a los de Estados Unidos, donde hay colegios con un 30% de los niños medicados, y eso es un disparate. La causa más frecuente de que un niño no se concentre es que le venga grande el contenido académico o que tenga un problema emocional. Pero el TDAH es una realidad que antes se llamaba disfunción cerebral mínima, que afecta a un 5% de los niños y que impacta muy negativamente en su desarrollo de una forma innecesaria, porque tratándolo se pueden evitar muchas secuelas psicológicas y emocionales. 

P. En España la salud mental se ha aproximado al centro del debate público. ¿Era necesario? 

Creo que era necesario. Cuando uno compara los recursos humanos puestos para tratar la salud mental de la población estamos en una precariedad brutal. En los años setenta se hizo una gran reforma psiquiátrica porque había mucho enfermo mental grave en manicomios y en unas condiciones espantosas. Y se hizo una reforma para intentar tratar a la población con enfermedad mental grave, no para esconderla. ¿Qué ha pasado? Que no se han puesto recursos necesarios y ha habido un movimiento muy anti psiquiátrico renovado, en el sentido de considerar que hay un abuso de determinadas prácticas psiquiátricas: abuso de medicación, de ingresos y demás. Y a quien más nos irrita esto es a los psiquiatras, porque yo no quiero ingresar a la gente. Lo que quiero es que puedan ir al centro de día, que no tengan que estar en un hospital cerrado, pero que tampoco que estén en una casa al cuidado de unos señores de ochenta años. Si tienen una enfermedad grave, lo que quiero es que puedan tener una residencia donde vivir con la dignidad adecuada. No se han puesto recursos; y ya no están en el hospital psiquiátrico, pero están en la calle y desatendidos, por eso es bueno que volvamos a hablar de esto.

¿Cómo ha afectado la pandemia a la salud mental?

El efecto de la post pandemia en la salud mental de los adolescentes ha sido bestial. Hemos triplicado las necesidades de camas en un año. Es necesario intentar poner recursos y organizar las cosas mejor. Una vez hechos esos ajustes, la salud mental tampoco tiene que tener tanto protagonismo.

P. Entiendo que tampoco vale cualquier reforma. Recuerdo que la propuesta de proyecto de ley que hizo Podemos fue muy criticada por la Asociación Española de Psiquiatría, en parte, por algo relacionado con lo que hablábamos antes: las condiciones sociales como único causante de los trastorno mentales.

R. Sí, ignorando que en distinto en países, con más riqueza y mejor estatus social, hay igual o más patología. La reforma estaba muy mal planteada, hablaban de malestares psíquicos, no de enfermedad mental. Era todo un error de concepto.

P. Otro debate muy vivo en España es el de la llamada Ley Trans. ¿Es sensato permitir que una persona pueda cambiar su sexo en el registro con una declaración? ¿Qué riesgos pueden tener una legislación tan permisiva?

R. Creo que has utilizado palabras clave: sensatez, permisividad… ¿Es sensato? Te diría que no. Aquí nos metemos en terreno farragoso, aunque a mí no me compromete especialmente porque soy médico; a mí lo que me interesa es el sexo biológico. El género es una construcción muy escurridiza. El sexo lo necesito para poner tratamiento farmacológico, y lo necesito para tomar decisiones, porque las enfermedades tienen distinta presentación en función del sexo. El género es un debate más social, pero se va más allá de lo sensato. En la consulta ves gente que tiene problemas de identidad general y en un determinado momento, el que algo esté mejor visto, como una diferente identificación de género, parece una salida más digna. Entonces, claro que hay riesgos y los vemos. Hay asociaciones que agrupan a personas que han tomado decisiones irreversibles, de las que luego se arrepienten. Es un debate que necesita muchísima profundidad, donde el elemento primero a debatir es a diferenciar absolutamente el sexo del género; el sexo no es resultado de la autodefinición, es biología. 

P. ¿Y en el caso de un adolescente, sabiendo lo fluctuante que es su sensibilidad?

R. En la adolescencia, decíamos antes, se puede tener una capacidad de razonamiento absoluto, pero no una capacidad para ver el futuro o para anticiparse a riesgos. Así que, claro que es un riesgo. Conocemos algunas consultas a nivel nacional donde uno llega al endocrino y sale de la primera consulta con un tratamiento hormonal. Esto me parece una barbaridad. Se quiere arreglar a una situación de desigualdad o de estigma con una solución que traerá otra serie de problemas no menores.

P. Ahora que estamos ante una nueva reforma educativa, ¿qué deberíamos hacer con la educación especial?

R. Hay que cuidarla y darle muchos recursos. Ha habido mucho movimiento por la inclusión, y nadie puede estar en contra de la inclusión, pero lo inclusivo es tener un lugar especializado donde atiendan tus necesidades, porque es lo que te va a dar recursos para estar incluido en la sociedad. Cuando uno tiene unas dificultades demasiado atípicas, cuando está demasiado desviado de la norma, no es cuestión de poner muchísimo dinero en la educación ordinaria para que todo el mundo se incluya. Lo más digno, adecuado y respetuoso para personas con necesidades distintas de la media es que se le atienda con los recursos especiales. Hay miles de ejemplos: hay niños con autismo de muy bajo funcionamiento, que tienen un problema de sobresaturación estimular; no pueden soportar un patio o un comedor de niños. Y eso hace que se inhiban, que se retraigan más. Además tienen unas necesidades donde los contenidos de la secundaria no les sirven para nada en la vida. Lo que necesitan es especialización, atención para aprender a comunicarse lo mejor posible y tener mayor autonomía. Hablábamos antes de la de la reforma psiquiátrica, aquí de nuevo se niega la realidad: el enfermo mental grave existe y va a existir siempre. La gran discapacidad existe, y si haces una ley donde solo hay una línea estás haciendo un flaco favor a estas personas porque se está estigmatizando la educación especial que, en muchísimos casos, es lo mejor que le puede pasar algunos niños. Ningún padre querría tener un hijo en educación especial, porque no querría tener un hijo con esas discapacidades. El problema no es la educación especial, el problema es la discapacidad. Muchos padres y muchas asociaciones han tenido que pelear de una forma inaudita, porque lo único que quieren es la protección, la ayuda y la mayor formación de sus hijos. 

P. Una última pregunta: ¿a quién te gustaría que invitáramos a ‘Vidas cruzadas’? 

R. Me gustaría que invitarais al genetista Ángel Carracedo, aunque no sé si se dejará. 

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

FUENTE RESPONSABLE: The Objetive. Por David Mejia. Abril 2022

Sociedad y Estado/Adolescencia/Autismo/Entrevista/Psiquiatria/Vidas Cruzadas

 

DR. ANÓNIMO CONTRA LA HOMOSEXUALIDAD ENTENDIDA COMO UNA ENFERMEDAD MENTAL.

A principios de la década de los setenta la homosexualidad estaba incluida en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales como una enfermedad mental, una alteración de la personalidad sociópata. 

Las personas abiertamente homosexuales corrían el riesgo de ser socialmente excluidos y perder sus trabajo. Hacía años que diferentes voces se habían venido levantando para proclamar que ser gay no era una enfermedad, ni una patología, ni un mal funcionamiento de la mente o un trastorno de ningún tipo.

Una de esas voces, de las más singulares y definitivas, fue la de John Ercel Fryer, que en 1972 dio una conferencia que se consideró decisiva. 

Fryer había pasado por problemas sociales y laborales debido a su condición de homosexual, así que para evitar represalias apareció en el escenario con una máscara de goma (supuestamente era una máscara de Richard Nixon), una peluca, un traje bastante holgado, un voz alterada y un nombre falso, Dr. H. Anónimo, más tarde ampliado a Dr. Henry Anónimo. 

En ese momento Fryer estaba en la facultad de la Universidad de Temple y la posibilidad de perder su trabajo era real.

En su discurso, Fryer comenzó diciendo: «Soy homosexual. Soy psiquiatra». 

A continuación describió la situación de muchos psiquiatras homosexuales que se habían visto obligados a ocultar su condición sexual a sus colegas por miedo a la discriminación. 

También planteó cómo los psiquiatras homosexuales podrían desafiar con creatividad los prejuicios de su profesión sin necesidad de revelar su sexualidad, así como ayudar a los pacientes homosexuales a adaptarse a una sociedad que consideraba sus preferencias sexuales como una señal de psicopatología. Según parece, en la convención en la que Fryer dio su charla hubo más de cien psiquiatras homosexuales.

La homosexualidad fue eliminada del Manual de diagnóstico y estadística en 1973, un año después del discurso de Fryer. 

El Boletín de Filadelfia escribió que el discurso de Fryer fue un factor clave para persuadir a la comunidad psiquiátrica de tomar esta decisión. 

Años más, en 1985, el propio Fryer escribió que era «algo que tenía que hacerse». Según el doctor Jack Drescher, no deja de ser una ironía que un psiquiatra abiertamente homosexual tuviera que usar una máscara para proteger su carrera. 

Que alguien subiera a un escenario, a pesar de estar disfrazado, arriesgándose a perder su trabajo, no era poca cosa. «Incluso disfrazado», concluye Drescher, «fue algo muy valiente».

Imagen de portada: Fryer caracterizado como Dr. Anónimo.

FUENTE RESPONSABLE: La piedra de Sísifo. Julio 2021.

Sociedad y Cultura/Dr. Anónimo/Homosexualidad/John Ercel Fryer/Psiquiatría

Lapidario; Marian Rojas Estapé: «Por primera vez en la historia, los jóvenes son menos inteligentes que la generación anterior».

Marian Rojas Estapé. Madrid, 1983. Psiquiatra. Su anterior libro, Cómo hacer que te pasen cosas buenas, fue el más vendido de no ficción en 2019. Ahora acaba de publicar Encuentra tu persona vitamina, que lleva el mismo camino.

No lo tomes a mal, pero lo de ‘tu persona vitamina’ suena a frase para taza.

No fastidies, qué horror. ¿A taza?

Un poco, ¿de verdad hay personas que curan?

Totalmente. En una conferencia en México hace ocho o nueve años estaba hablando de cómo gestionar las emociones y cómo estar con determinadas personas altera tu organismo, tu nivel bioquímico, para mal. Lo que se suele llamar personas tóxicas, aunque no me gusta el concepto. Una persona no es tóxica, es tóxico el efecto que ejerce en ti, así que dejemos de etiquetarlas como tal porque hacen mucho daño. En cualquier caso, todo el mundo te habla de personas así, que si tu pareja, tu jefe, tu suegra… Decidí que había que invertir el enfoque y hablar de personas vitaminas como contraposición a las tóxicas. No por eso de «pon felicidad en tu vida», que es un mantra que me pone muy nerviosa, sino por avanzar en la idea de que también hay gente que tiene el poder de serenarte, tranquilizarte, sacar lo mejor de ti y bajarte los niveles de cortisol [la hormona del estrés]. A partir de ahí, empecé a investigar en el concepto de persona vitamina.

¿Cómo detectar a una?

Son las personas que no te juzgan, que te tratan bien, que te sacan una sonrisa… Persona vitamina es aquella que le pasa algo bueno y lo disfruta incluso más que tú. En todo caso, puedes ser vitamina para mí y tóxico para tu cuñado. Lo que busco en el libro es que cada uno entienda por qué sucede esto. Mi primer libro trataba de cómo gestionarte a ti mismo y éste analiza de qué depende que te relaciones de una forma u otra con las personas de tu entorno. Por qué hay personas que, da igual donde las pongas, generan tensión en el ambiente y todo funciona mal, y otras que te alegran cualquier situación. Esas que en las bodas tienes como comodín para sentar en cualquier mesa. Esas son las personas vitaminas.

¿Tiene base científica este efecto sanador?

Ahí es donde entró la oxitocina en mi vida. Si yo no veo una base científica buena, me da urticaria. Si algo no lo puedo explicar desde la ciencia, no lo cuento. Este libro me costó tres años escribirlo porque tuve que investigar e investigar hasta que mis intuiciones sobre ciertas cosas tuvieron una base científica. En la carrera de Medicina, la oxitocina se limitaba al parto y la lactancia. Ahí se quedaba. Pero estando en plena lactancia de mi tercer hijo, me atracaron, salí huyendo y cuando llamé a mi marido era incapaz de articular palabra, sólo balbuceaba muy nerviosa. Tenía un ataque de pánico y no podía respirar. Llegué a casa, me puse a dar el pecho al bebé y a los cinco minutos estaba tan tranquila. Algo había pasado y empecé a pensar que igual la oxitocina bajaba el cortisol. Investigué y en efecto. Desde entonces he pasado dos años estudiando la oxitocina.

¿Cuál es la mejor manera de generar oxitocina, bebés aparte?

Simplificando, es la hormona de los abrazos. Se produce cuando alguien te presta atención en los momentos de agobio. La escucha activa provoca un subidón de oxitocina instantáneo en el prójimo. Cuando empatizas, activas la oxitocina.

Antes decías que no crees en las personas tóxicas, ¿tampoco en las relaciones?

Es un problema de palabra y no de concepto. El lenguaje tiene un impacto directo en nuestra salud y si uno habla todo el rato de relaciones tóxicas, se lo acaba creyendo. Tus palabras crean tu realidad, tu cerebro se cree que todas esas personas son tóxicas y dispara tu cortisol en cuanto estás cerca de ellas aunque no haya motivo. ¿Hay relaciones tóxicas? Hay relaciones que nos afectan mucho y hacen mucho daño a nuestro organismo. Nos inflaman, nos alteran, nos agotan. Y eso empieza antes de estar físicamente con la otra persona. Tienes una comida con alguien que te produce esa reacción y desde por la mañana estás enfadado, hablas mal a tus hijos, pitas a los otros coches… Eso significa que tu mente, tus relaciones humanas y tu cuerpo han hecho un clic, están profundamente unidos, y mi objetivo es entender por qué sucede y cómo desarticular. ¿Te he convencido un poco, pese a tu escepticismo?

Tu primer libro vendió 350.000 ejemplares y este ya es número 1, así que lo que yo piense da igual. Lo importante es lo que esas ventas de un libro de psiquiatría indican, ¿cuánta gente necesita ayuda?

Es un drama. La primera sorprendida con las ventas del libro anterior fui yo. Me quedé impresionada y, sobre todo, preocupada. Además, cada libro llega ante un problema distinto. Cuando salió el primero, en 2018, era un momento de la historia en el que había un estado de alerta mantenido: pantallas, compra compulsiva, gratificación instantánea, sin tiempo para frenar… La vida iba a una velocidad que nos abrumaba y todo eran síntomas: te tiembla el párpado, se te duerme la mano, se te hincha la tripa, se te inflaman las articulaciones… Y llegó el punto de inflexión, la pandemia.

Y lo cambia todo.

Exacto. Hiperactivo la amígdala, que es la parte del cerebro que se encarga del miedo. La incertidumbre nos hizo perder absolutamente el control, lo que choca de pleno con la que había sido una de las grandes enfermedades del siglo XXI hasta entonces: la necesidad de controlarlo todo. La pandemia nos ha enseñado que no se puede controlar nada, ni si puedes casarte este año, ir de viaje en un mes o a una cena en cinco días. En un momento de la historia donde el primer mundo vivía del control y la planificación absoluta, de golpe no sabemos nada de lo que va a pasar mañana y estamos obligados a vivir el presente. Cada día es una incógnita.

¿Y estamos preparados para ello?

Aprender a vivir en la incertidumbre es complicadísimo. Durante tres meses estuvimos en un estado de alerta generalizado sin vías de escape. En un día normal, tu cortisol tiene picos y valles, pero en un estado de alerta mantenido como aquel se genera cortisol a todas horas. Si me contagio, si mis padres, si los muertos, si el miedo… ¿Cómo se baja el cortisol? Deporte, amigos, reírte, abrazar, naturaleza… Nada que pudiéramos hacer en ese momento. No había una vía de escape durante la pandemia. Y cuando estás intoxicado de cortisol se apaga automáticamente la corteza prefrontal, que es la zona encargada de pensar y tomar decisiones. Cuando tienes miedo, te dejas llevar por la masa sin razonar y toda la sociedad desactivó a la vez la corteza prefrontal. Ahora, aunque ya hayamos vuelto a las calles y la gente, seguimos encontrando siempre un motivo para el miedo: que si las dosis de la vacuna, que si el trombo, que si la variante Delta, que si la enésima ola… Siempre pasa algo. Por eso esto sigue afectando gravemente a nivel físico y psicológico.

¿Volveremos a ser los de antes?

No creo. El mundo sanitario ha salido muy tocado, estoy tratando a muchos profesionales con estrés postraumático, eso por un lado. Luego, por primera vez en la historia moderna, cuando ves a alguien lo primero que mides es el riesgo que supone para ti, antes que el amor que le tienes o las ganas de abrazarla. Ese freno en las relaciones humanas es muy dañino y no creo que recuperemos la normalidad y volvamos a ser como éramos. Algo se nos ha quedado en la cabeza. Llegas un poco tarde a casa y sientes que estás cometiendo una ilegalidad. Soy una mujer casada con cuatro hijos y me siento como cuando salías de adolescente y mentías a tus padres. Ha llegado un punto en el que hasta lo normal te da miedo. No creo que lo perdamos nunca del todo.

¿Qué más secuelas han quedado?

Nos ha dejado muy tocados. Nos ha quitado la ilusión de lo cotidiano, de organizar un viaje, una cena… Eso que se llama felicidad, que es una palabra que evito porque se ha convertido en eslogan, viene por tener ilusiones sencillas todos los días. Cualquier cosa. Y ahora muchas son imposibles.

¿Ha ayudado, al menos, a normalizar hablar sobre salud mental?

Creo que ha aligerado el tabú, que si ahora hablas mismo hablas de que estás mal se te juzga con menos dureza porque se entiende que algo te ha podido pasar para que estés sufriendo: lo has pasado mal, has perdido a alguien, no tienes estabilidad laboral, tienes miedo… Y otra cosa que ha hecho mucho bien es el caso de Simone Biles en los Juegos, porque demasiada gente tiene la sensación de que si eres una persona extremadamente exitosa, todo te va bien: le das a un botón y a ser número 1. Andrés Iniesta, con quien tengo muy buena relación, se deprimió en el mejor momento de su carrera. La vulnerabilidad del ser humano es inmensa y no necesitas un problema tangible para estar mal. Me gustaría que hubiera más campaña y más implementación, por supuesto, pero ahora hay mucha más gente pidiendo ayuda porque se ha sentido profundamente vulnerable.

Con el caso de Biles, hubo una corriente de opinión que consideraba que no era ejemplo de nada.

A lo largo de la historia, y sobre todo en los últimos años que cada vez hay más presión, ha habido muchísimos deportistas de élite que se han roto… pero no lo han dicho. He conocido y tratado a muchísimos que tuvieron que tomar medicación y no estaban bien, pero no lo dijeron públicamente porque era una señal de debilidad mal vista por la sociedad. Lo ocultaban con una lesión física y cosas así. La gente quiere que esos ídolos no les fallen, que sean máquinas perfectas, y eso es un problema porque es falso. Biles tuvo el valor de decirlo y a partir de ahora muchos darán ese mismo paso. La presión a la que están sometidos es tremenda y, sí, es su trabajo, pero eso no inmuniza. Todos los trabajos de mucha exigencia multiplican el riesgo de romperte, sea un futbolista o un cirujano. Eso no te hace peor en él ni quiere decir que no aguanten la presión, porque la mayoría ni nos acercamos a sospechar lo que soportan. Lo que hay que pensar es a qué punto tiene que llegar alguien como Biles, con todas las situaciones extremas a las que se ha enfrentado y superado, para que decida parar.

Dices en el libro que somos una sociedad adicta a las emociones, ¿eso es positivo o negativo?

Es un hecho, sin más. Nos hemos convertido en una sociedad con drogodependencia emocional: una emoción y otra y otra. Eso provoca chispazos de dopamina y placer, pero a la larga genera un gran bajón y un gran vacío en tu vida. Vives a base de emociones instantáneas, quiero esto, lo compro, lo miro, lo encargo, lo tengo y ahora necesito más. Y, luego, cuando luego tienes que profundizar en un tema, no puedes, porque has descuidado el desarrollo de la corteza prefrontal que es la que se encarga de la atención, la concentración, tomar buenas decisiones y tener la fuerza de voluntad para posponer las recompensas. Es la primera vez en la historia en que los jóvenes son menos inteligentes que la generación anterior, y lo son porque su corteza prefrontal es adicta a experiencias vibrantes. Por eso les pides que lean un texto entero o que tengan una conversación profunda y no pueden. Esa profundización requiere salir de la gratificación instantánea y, como no aporta emoción, no lo hacen. Lees un titular y no lees la noticia, mandas un whatsapp y te ahorras una conversación, miras Instagram y te das por enterado sobre la otra persona…Otra consecuencia: es la primera vez en la historia en que la gente tiene más facilidad para hablar de sexo que para hablar de amor.

Bueno, eso no es malo.

No, pero demuestra que ahora el tabú es sentimental. El otro día una paciente se escandalizaba porque llevaba un año con su novio y él pretendía que conociese a sus padres. ¡Un año y le parecía pronto! La quería ver hace 15 años (risas).

¿Las aplicaciones tipo Tinder son la solución o problema?

Cuando tu acudes a Tinder puedes hacerlo buscando pareja, buscando sexo, porque estás solo, porque estás triste y quieres que alguien te toque y te haga caso… La sensación de abandono y fragilidad que crea la soledad en mucha gente es enorme. El problema, y es algo que me perturba profundamente, es que en estas aplicaciones te eligen por la imagen. Por mucho que te maquees para la foto, eres como eres. Nos hemos hartado a decir lo importante que es acabar con esa obsesión por lo físico, pero las aplicaciones que ahora mismo definen la vida sentimental de millones de personas lo hacen sólo en función de una imagen. Una foto lo decide todo. Eso está generando un vértigo tremendo en mucha gente, porque muy pocos pasamos ese filtro. El ghosting, por ejemplo, esa gente que queda una vez contigo y desaparece sin dar explicaciones, es muy habitual y un golpe tremendo para la autoestima. Dejas de tratar a las personas como tales, son objetos, meros inputs o emociones momentáneas. Se crean traumas nuevos y el número de gente que sufre debido a Tinder es muy superior al de gente a la que le sale bien.

Como padre agonías que soy, me estás inquietando.

Pues tengo más. Otro asunto muy preocupante es la hipersexualización de las niñas en la sociedad actual. Visten de una forma muy provocativa hasta con nueve, diez o 12 años y no es que yo sea una puritana, pero quemar etapas antes de tiempo es muy peligroso para el desarrollo del ser humano. En todo, eh. Lo mismo con la niña de nueve años que se mueve como una de 17 que con la de dos años que pretendemos que conozca diez idiomas. Todos los psiquiatras, psicólogos y médicos sabemos que para llegar lo más sanos posibles a la edad adulta es muy importante haber vivido las etapas cada una en su momento. Cualquier padre que lea estas líneas sabe a qué me refiero y el vértigo que sentimos a veces. La sociedad se ha acelerado y pocas cosas funcionan mejor para el cerebro que ir despacio.

Hablabas antes del vértigo ante la soledad. ¿El confinamiento nos ha enseñado a llevarla mejor?

No, al contrario, nos ha hecho más conscientes de ella. Ahora mismo, el gran drama del primer mundo es la soledad. La gente se siente profundamente sola. Ya no es, como era antes, la soledad de los ancianos en las residencias. Es el chaval de 15 años que palía su soledad en las redes, el joven de 25 que no tiene pareja ni trabajo estable y se encuentra perdido, el de 30 que ha tenido hijos y le sobrepasa completamente la conciliación… Hay una sensación de soledad enorme, mucha gente ha vivido como un drama estarlo durante la pandemia y ahora se obsesiona con que no le vuelva a pasar. Hay una soledad elegida que ayuda al crecimiento personal y se vive de forma sana, pero cuando has estado solo encerrado en tu casa, la mayoría de la gente ha sufrido muchísimo.

Antes eras muy crítica con las pantallas, ¿te ha cambiado la pandemia la perspectiva?

Es evidente que las pantallas han ayudado muchísimo a superar esta época. Sin ellas, sin videoconferencias, series, películas, etc., hubiese sido aún más terrible. Pero ahora se multiplica el problema. Nos hemos enganchado todavía más, sobre todo los jóvenes que han vivido año y pico online: los amigos, las clases, el ocio… Todo en la pantalla. Y como son muy adictivas, salir de eso y volver a conectar con las relaciones humanas reales va a ser super complicado. Hemos sido fantasmas por las calles durante meses, ni una cara ni una sonrisa, y ahora tenemos que perder el miedo a reconectar. No va a ser fácil.

Imagen de portada: Gentileza de Bernardo Díaz

FUENTE RESPONSABLE: El Mundo – La entrevista final por Iñako Díaz-Guerra @InakoDiazGuerra – Madrid- España.

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