Don Julián

El olor
a humedad
y a rancio
se huele
desde lejos
de la vieja
casona,
que fuera
por años
la vivienda
del
viejo Don Julian,
lugar
de encuentros
que
cuando niños
al caer
cada tarde,
nos reuníamos
allí siempre
creando historias
de espíritus
y fantasmas,
hasta
que un día
un anima
blanca
como
luna llena,
se presentó
ante nosotros,
moviendo
sus largos
brazos
en forma
frenética,
como si
quisiera
hacernos
suyos,
nos
quedamos
tiesos
solo por
un momento,
al caer
la sábana
con la
que se había
cubierto
Don Julian.

Vivía solo
con su perro,
un mastín
napolitano,
al que llamaba
Rocco,
para
Don Julián
nuestra
llegada,
era esa
bocanada
de compañía
que necesitaba,
nos daba
chocolate
en invierno,
agua con limón
en verano,
era viudo
con tres hijos,
que rara vez
lo visitaban.

Era feliz
al vernos,
parecía
uno de
nosotros,
siempre
nos decía,
que eramos
sus más
fieles amigos,
obvio después
de Rocco,
al dejarlo
participar
en nuestros juegos y
locas historias.

Hasta que
un día
al llegar,
la puerta reja
de la entrada,
lucia un grueso
candado,
golpeamos
nuestras manos
sin resultados,
apareció un vecino
que ya nos conocía,
para decirnos
que sus hijos
sin consultarle,
lo habían
internado
en un geriátrico.

Nosotros
púberes
le dijimos
cual era
la razón,
si Don Julián
era un roble,
sin dolencia
alguna,
el vecino
nos miró,
luego tosió
como
si le costara
hablar,
pero al final
nos dijo
que a los hijos
les interesaba
la vieja casona,
para un negocio
que les habían
ofrecido,
nos miramos
«el polaco», Tati y yo
y por lo bajo
solo dijimos,
lo encerraron,
le robaron
no la casa,
sino algo peor
la libertad y su vida
al bueno de Julián.

Esa fue creo
la primera
lección
de vida
que
aprendimos,
cuídate
de tus mas
cercanos,
que ante el
primer
descuido,
pueden
llegar
a fagocitar
hasta tu vida,
cuando te ven
solo
y autosuficiente.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Si pudiera…

Si pudiera
retroceder
modificando
la hoja
de ruta
de esta
vida caminada,
la cambiaría
hacia aquella
inolvidable
muchacha
adolescente
que realmente
me amaba,
a quien
le arrebate
en ese altillo
luminoso
de su casa,
su tesoro
más guardado,
aquella la que
sin dobleces
ni exigencias
me aceptaba
tal como yo era,
con un millón
de imperfecciones,
escasas virtudes.

Aún cuando
ya nos
habíamos
despedido,
fue tan
generosa
tratando
de evitar
que
cometiera
el error,
que me
llevó luego
a un colapso
sin retorno.

No se porque
ahora pienso
en ella,
la soledad
quizás,
que será
de su vida,
será feliz
como lo fue
aún en
aquel tiempo
mezquino
que le di,
cuando
en mis brazos
trémula
me entrego
su corazón y
hasta su alma.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Hoy te recordé especialmente ¿Cómo están por ahí, hermano?

No he escrito sobre él desde que partió; pero hoy se cumplen 21 años de su ida de vacaciones, a ese lugar encantado de praderas verdes y un cielo azul intenso, al que no visita jamás nube alguna.

Mi hermano Carlos; quince años casi de diferencia de edad, el mayor de los cuatro.

Será porqué hoy la memoria larga que es la que más perdura en el tiempo, me hizo recordar a aquel 21 de octubre cerca de las 22 de la noche -casualidad o causalidad-; de festejo de cumpleaños de quien fuera mi esposa cuando sonó el timbre del teléfono fijo -todavía existían; no como hoy que los fijos han casi desaparecido dando paso a estos demonios aparatitos portátiles.

Me llamaron para informarme que había fallecido. Era algo previsible que ocurriera; porque internado en la unidad de cardiología del Hospital Alvarez, su estado era más que crítico.


Ya había tenido alguna que otra internación anterior, en las que antes de irme a mi trabajo, pasaba para asear y afeitarlo. No me sorprendí, porque al margen del dolor genuino de su pérdida; al mismo tiempo pensé que era lo mejor que podía sucederle.


¿Por qué, me preguntaran? Porque ya no era el Carlos, conocido por todos. Estaba en su mundo y permanecía en silencio. La medicación había hecho estragos en su mente. Iba a visitarlo, como para alegrarlo y conversar con él; para terminar siendo solo un monologuista.


A veces, he hablado con su hijo Carlos, comentándole que con seguridad los médicos psiquiatras le pifiaron en el diagnóstico y lo medicaron pésimo.


Mi hermano enfermó por primera vez muy joven; era hiperquinético, no tenía problemas en levantarse a las 4 o 4:30 de la mañana para preparar sus cosas y comenzar su negocio independiente de repartir con su camioneta, productos alimenticios en todo el radio de la ciudad de Buenos Aires.

Fumador compulsivo como lo fuera mi padre; ello tampoco ayudó a su calidad de vida.


Pasajes de su infancia y adolescencia que quizás lo atormentaban, más el estrés al límite al que se enfrentaba cada día, hicieron el resto.
Pero antes de enfermarse; era un ser alegre, conversador a quien el chiste le salía naturalmente para hacer reír a quienes lo rodeaban.


Fue bondadoso y demasiado generoso con mucha gente, que no lo merecía. Velaba más por los de afuera, que por los de adentro.
Quizás vuelvo a reiterar, por lo que vivió desde muy joven. Un excelso jugador de billar a tres bandas; era su único entretenimiento fuera del trabajo.


Pero se y lo siento así, que desde hace 21 años está muy feliz de encontrarse donde está, con la paz y armonía que debió sentir cuando se encontró con el viejo. Y ni que hablar de mamá, la que siempre caminaba por la calle Cesar Díaz hasta donde vivía, para visitarlo porque era su preocupación constante.


A mamá la recibieron dos años después, hasta que finalmente el año pasado llegó mi querida hermana Alicia.
Seguramente ahora los cuatro deben pasarla juntos, juntando todos los recuerdos- miles- y hablando de ellos en ese lugar celestial, en el que visitarán y serán visitados, por todos los seres queridos que han partido.

Para todos ellos; que en paz descansen eternamente en los brazos de Dios.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

No es la soledad…es la vida.

Soledad infinita
que ya pesa
un poco más
que ayer
y menos
que mañana,
sobre
las espaldas
exhaustas
por haber vivido
de pie
equivocado
o no,
pero jamás
de rodillas.

Orgullo, no
no es orgullo,
es lo que uno
mamo de chico,
ejemplos de vidas
sin dobleces
ni trampa alguna.

No conseguiré
el cielo fácilmente
porque me equivoqué
fiero algunas veces,
he pedido perdón
a aquellos que lastime
por esos impulsos
que uno no los sujeta.
 
Pero no me quejo
vida bien vivida,
con momentos
únicos e
inolvidables,
mi único amor,
mis hijos, mis nietos
y también
de los otros
las pérdidas
algunas que aún
duelen en el Alma,
y que uno guarda
para cuando
se acerque
el camino
del reencuentro.

Como cantaba
la «negra» Sosa,
gracias a la vida
que me ha dado tanto.