Limoneros en flor

Va cayendo la tarde
ahora un poco más larga
cercana la primavera,
sábado a la noche
quizás hacer algo distinto,
a deambular por la noche oscura.

Por más que maquine
seguramente
iré donde siempre,
ese lugar fugazmente
perfumado
por los limoneros
en flor
de la casa
donde busco refugio,
recuerdos
de momentos gratos
tal vez para recordar
como eran antes las cosas,
feliz y enamorado tomando
su cintura sentados
en alguno
de los bancos
de mármol
que engalanan
los fondos
de la casa
en donde solíamos
abrazarnos y besarnos
con intensa pasión.

Pero no se,
es una idea algo confusa
quizás me traiga
el sonido de su llanto,
aquella noche
de pesadumbre
en la que le confesé
que partía lejos.

Volví luego
de muchos años
discando la soledad
en ese mismo lugar,
pero hoy
me siento pleno y en paz
ya no hay
lamentos desesperados,
solo la esperanza
de volver a amar.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Cuento de amor con río y mar.

Me pasé toda la noche mirando por la borda, con la ansiedad de quien no está seguro de qué es lo que espera pero sabe que será grandioso.

Me había escapado del camarote sigilosamente, abriendo apenas la puerta una vez que mis papás se durmieron. El barco, cuyo nombre no consigo recordar pero era el de alguna ciudad costera, se desplazaba río abajo, raudo y veloz a favor de la corriente, como una isla luminosa llena de rumores a la luz de la luna.

Apoyado en la borda del paquebote, como se los llamaba porque llevaban pasajeros, correspondencia y carga, miraba reflejarse el cielo estrellado sobre el Paraná, a esa hora de un intenso azul-negro.

–¡Aquí son millones y se ven todas! –había exclamado mamá, fascinada porque en tres días llegaríamos a Buenos Aires y a su larga parentela.

Yo me había arrinconado contra los chapones de la borda, protegido por una especie de ancho ventanuco que daba a las aguas del río y me servía a la vez de refugio y de atalaya. No sentía miedo, sino una excitación creciente que le ganaba al sueño. Estaba por cumplir seis años y aunque no sabía lo que era un gigante, mi papá, segundo comisario de a bordo en ese buque, me lo había prometido. Yo sólo sabía que era algo muy grande y que él siempre cumplía lo prometido.

—Vas a reconocerlo enseguida. Uno lo mira y no sabe dónde termina. Abraza al mundo entero y no hay poder en la Tierra que tenga tanta fuerza. Su lomo de agua está siempre en movimiento y cuando se enoja puede destruirlo todo. Pero si está manso y uno lo mira con respeto, es el espectáculo más bello del mundo.

Esa mañana, al partir de Barranqueras en el transbordador que nos cruzó hasta Corrientes, por cuyo puerto pasaba dos veces por semana el vapor que unía Buenos Aires con Asunción ­–aguas arriba y aguas abajo– yo había tratado de imaginar cómo sería ese gigante cuya otra orilla papá decía que nunca nadie podía ver en el horizonte.

En cambio el río sí era el paisaje habitual de mi infancia y el protagonista de la reiterada escena familiar de los domingos: al amanecer papá iba a pescar a Antequera o a la Isla del Cerrito, y yo con él, para volver al mediodía con algún doradillo, corvinas, bagres, que después cocinaba silbando y en espera de la transmisión del fútbol de Buenos Aires por Radio El Mundo. Esos peces eran frutos del extraordinario lomo líquido del río, pero yo no alcanzaba a imaginarme cómo sería el lomo infinito del gigante.

Aquel año íbamos a ir a Mar del Plata. Me habían prometido ver el mar por primera vez. Conocer al Gigante.

Papá trabajaba en la flota fluvial y por eso tenía pase libre familiar en los vapores de la carrera, como se les llamaba. Una vez al año bajábamos a Buenos Aires. Así se decía: “bajar”, porque los buques se desplazaban a favor de la corriente y a veces a velocidades vertiginosas. En cambio el regreso siempre era lento. De Buenos Aires a Asunción, río arriba, eran cinco días, pero río abajo sólo tres. Para mis viejos era una fiesta esa vacación anual porque se encontraban con amigos, mamá podía ir a la cubierta de primera clase a tomar el té, y mi viejo, que no podía con su talante, aún en vacaciones iba a la cabina de mando a charlar con sus colegas.

A mí ese mundo me fascinaba, pero me hartaban las recomendaciones del cuidado que debía tener y de lo que no podía tocar, que era casi todo. Me condenaban a sonreir al capitán y al personal de a bordo cuando me tocaban los cachetes y subrayaban, inexorablemente, lo parecido que era a papá.

Mamá esperaba ese viaje como se espera un milagro anual, porque toda su vida odió vivir en el Chaco y sólo aceptó radicarse en esa tierra feroz por el loco amor que sentía por papá. Así lo decía cada vez que pensaba en huir del calor, los mosquitos, los monos carayás tan sucios y gritones, y el polvo que traía el viento Norte o el lodo que dejaban las lluvias torrenciales.

Aquella primera tarde a bordo, mis padres se vistieron con elegancia inhabitual. Mamá se puso un vestido blanco de escote recatado y con una delicada hilera de rosas bordadas en el entredós. Papá lució el traje de lino crudo que mi vieja decía que era lo único que le quedaba realmente bien porque le disimulaba la barriga, y los zapatos bicolores de Grimoldi que usaba para las grandes ocasiones. Lo que arruinó al conjunto familiar aquella tarde fue que, tras una breve discusión en la que fui derrotado, me pusieron nomás el odiado traje de marinerito blanco y azul.

En el comedor hubo presentaciones muy formales, que parecieron encantar a mis viejos, y, después de una cena mortalmente aburrida, volvimos al camarote acunados por el silencioso vibrar de la sala de máquinas. Y en efecto el chas-chás, chas-chás, monótono y perfecto, anestesió a mamá en pocos minutos. Papá me contó alguna historia del río y el mar, y me dio un beso y se fue a su litera.

Siempre me gustaron los besos de papá, quizás porque fueron muy pocos, pero me hice el dormido cuando me preguntó si dormía y me quedé escuchando el alegre son de chamamés y polkas que venían de la tercera clase, donde la gente se divertía como en otro mundo, en el lecho mismo del río.

Entonces salí a cubierta y me refugié contra los chapones de la borda, junto al ventanuco ovalado y en medio de dos enormes toletes en los que los marineros habían enredado unas sogas gruesas como sus brazos. Yo quería ver el mar, saber cómo era el gigante. Había visto fotos y, hacía poco, una película de piratas con Errol Flynn. Y papá me había explicado que lo que había detrás, toda esa agua interminable que se perdía en el horizonte, eso era el mar. Le pregunté qué era el horizonte y volvió a contarme que cuando empezó como marinero en el puerto de Buenos Aires, con sus amigos al mar lo llamaban Gigante porque era fantástico darse cuenta de que el río, de pronto, se convertía en aguas y olas infinitas. Yo no lo entendía pero igual me fascinaba ese relato.

Cuando él se dio cuenta de que yo no estaba en el camarote y salió a buscarme y me encontró mirando el río rumoroso por la borda, con mezcla de pánico y alivio me devolvió al camarote. Yo le dije que sólo había querido ver si aparecía el Gigante y él me explicó que ahí no; todavía faltaban varios días. Pero sí debía saber que si bien era inmensurable no era tan hermoso como el río. Porque el Paraná, me dijo, tiene un alma noble y en cambio con el mar nunca se sabe. Y además al río podemos sentirlo nuestro porque es nuestro, y eso se llama soberanía, lo que con el mar es imposible. Qué quiere decir soberanía, pregunté, y él respondió: quiere decir que es nuestro, que nos pertenece como el apellido.

Yo no sabía cuánto eran varios días, que también solían faltar en vísperas de cumpleaños, o de Navidad. Y lo que siempre sentía era ansiedad porque no pasaban jamás. El viaje duró tres noches hasta Buenos Aires y desembarcamos la mañana de un lunes caluroso, ardiente como chaqueño.

Todo lo que yo quería era ver el mar; era lo único que me importaba en el mundo. No veía la hora de que saliésemos de una vez hacia Constitución, esa enorme central ferroviaria que papá había señalado desde el tranvía. Ahí tomaríamos el tren a Mar del Plata, directo a conocer al Gigante. Así que decidí portarme bien y aguantar los familiares toqueteos de mis cachetes. Esperaba que los “dos o tres días” pasaran de una vez y sentía pánico de que todo se arruinara.

Y fue Tío Justino el que arruinó todo. Con los años yo odiaría el nombre rulfiano de ese primo de papá que, justo la noche antes de nuestro viaje a Mar del Plata, llamó al hotel avisando que Tía Dominga estaba muy mal, que tenía no sé qué y que fuéramos al Sanatorio. Ya se imaginarán el resto.

—No será esta vez –me dijo papá–. Perdonáme. Y yo vi lágrimas en sus ojos y todo lo que hice fue abrazarlo y llorar. Tía Dominga falleció dos semanas después y volvimos al Chaco. Pasé toda mi niñez soñando con el mar, que conocí a los 20 años. Pero ésa es otra historia.

(A la memoria de mi padre, que murió sin siquiera imaginar la tragedia actual de nuestro río).

Imagen de portada: Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Mempo Giardinelli. 4 de julio 2022.

Sociedad y Cultura/Argentina/Recuerdos/Vivencias.

La glorieta

La glorieta
sostenía
la enredadera
de glicinas
que como
amante furtiva,
la cubría
esplendorosa
con su color lila.

Debajo de ella
veía como
te ha-macabas
siendo adolescente,
subiendo
por la tapia
que dividía
nuestras casas.

Rizos de cabello
color castaño
caían
sobre tu espalda,
dandome
la imagen
de una muñeca
solitaria.

Un día
te volviste,
sabias
que alguien
te miraba
y al verme,
me regalaste
una sonrisa
amigable,
con tus ojos
brillosos
junto a un
rubor
que no podías
disimular.

Todo sucedió
muy rápido,
le pediste
a tu madre
que me
invitara,
necesitabas
mi compañía,
al igual
que yo.

Mi madre
se sorprendió
por el pedido
de su vecina,
a mi no,
ya me lo
habías dicho.

Nuestros
encuentros
cada tarde,
se hicieron
habituales,
por lo que
no fue
sorpresa
para ambos,
que se
produjera
la “magia”.

Hace tiempo
ya,
que bajo
otra glorieta,
continua
nuestro amor
tal cual privilegio,
y es bajo ella
donde
cada tarde,
nos sentamos
para conversar
y edificar
nuevos sueños.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Lo que no se dijo

Recuerdo
aquel día
en que
me dijiste
“te quiero”,
afirmando
que te sentías
protegida
como nunca
antes
en mis brazos.

Decías que
enfrentaría
por ti
huracanes
y tormentas,
que habías
encontrado
al hombre
que deseabas
en esa
aquella vida
tuya, sojuzgada.

Pasaron
los años,
llegaron
los hijos,
los sueños
cumplidos,
pero no pudo
ser eterno
como
lo planeamos,
no supimos
hacer
perdurable
ese amor
primigenio,
nos fuimos
alejando
casi
sin darnos
cuenta,
eramos ya
una pareja
en la que
prevalecía
el mudo
silencio.

Para
finalmente
lanzarnos
palabras
duras,
agarrotadas
en nuestras
gargantas,
que salieron
para herir
pensando
que con ello,
íbamos
a ahuyentar
tanto hastío
contenido
en el tiempo.

Han pasado
unos años
desde aquel
adiós,
mi soledad
es a la vez
paz e ingrata
compañía,
pero debo
decirte
que si a mi
me cabe,
lo siento,
perdón
y gracias.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

Las voces

Han pasado
años,
muchos
para mi gusto,
pero aun
sigo oliendo,
cada cosa
que en casa,
estimulaba
mis sentidos.

El aromático
perfume
de las especias
del medio oriente,
que
en la cocina,
mi madre
esparcía
sobre
sus tradicionales
platos,
solo únicos
para alguna
de las
festividades
mas importantes
de cada año.

Entrelazados
el perfume
del jazmín,
con los capullos
del limonero,
unidos en
en el patio,
bajo un techo
de perlas moradas,
con que la vid
nos regalaba
su fruto
cada año.

El perfume
inconfundible
de los
guardapolvos
blancos,
lavados
y planchados
a mano,
impecables
que nos hacia
iguales
a todos
en la escuela,
fuera hijo
del doctor
o del almacenero.

Los olores
a familia
en tardes tranquilas,
de buenos mates
con amenas charlas,
la visita inesperada
de algún familiar
o amistad,
que ahí nomas
nos acompañaba.

Sin embargo,
cuando pretendo
recordar
los tonos
de las voces,
resulta casi
un imposible,
se han ido
perdiendo
o quizás
se esconden
esperando
mi llegada.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

El beso que nos unio…

Me enamore
de vos
cuando
bailábamos
aquella vieja
melodía
ciñendo
tu cintura.

Tu perfume
al acercarme
a tu cuello,
fue como oler
algo que
de tan
desconocido,
se mostraba
único y solo
incorporado
a tu cuerpo,
y me produjo
esa sensación
de quedarme
amarrado
a tu lado
de por vida.

En la
segunda canción
nuestros labios
se rozaron,.
un brillo
intenso
cruzo
nuestra miradas,
te colgaste
de mi cuello,
te acerque
nuevamente,
y nos fundimos
en un beso
de amor
inigualable.

Seguimos hoy
bailando
la misma melodía,
y al besarnos
sentimos
esa misma pasión
de aquel
nuestro
primer encuentro.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest

¿Recuerdas?

Todo comenzó
cuando cruzamos
nuestras miradas,
así vi tus ojos
de hermoso
color miel,
que como espadas
atravesaron
mi corazón.

Tu boca perfecta
delineada
con unos labios
como pintados
para una donna,
inicio de por si
en mi, una derrota
silenciosa
porque crei
estar frente
a una Diosa,
en un mundo
tan poco amable.

Solo unas
palabras
bastaron
para darnos
cuenta,
ese era
el momento
que ambos
esperábamos,
llegado
por estar
en el lugar
y momento
indicado.

Desde ese instante
sin embargo
a nuestro
primer beso,
paso un tiempo,
por tu empeño
en hacerme ver
de que nadie
iria de paso
asi porque sí
por tu vida.

Ingenuo pretendí
acortar
la distancia,
pero te
mantuviste
firme en
ese, tu espacio
de lo que hoy
estoy agradecido,
todo se hizo
tan transparente
y fuerte,
que amarrados
ahora nos amamos
desde el alma,
aun cuando el tren
que nos lleva
al destino final
haga escala
en la estación
de la eternidad.

¿Será así?

Alguien
en voz alta
lanzó aquella
frase
memorable,
el amor verdadero
es solo
el amor imposible.

No puedo negarlo
ya que con ella
coincido plenamente
¿quien en algún
momento no amo
a alguien en quién
creyó encontrar
el amor verdadero,
sin poder lograrlo?

Porque
esa sensación
única y sublime,
no correspondida,
sin embargo
cada tanto,
no importa
el tiempo
que ha pasado,
vuelve a mi
en recuerdo
con aquel rostro
bello e inalterable
de su juventud.

Así almacena los recuerdos el cerebro, estudio.

Los resultados de un nuevo trabajo de investigación en 2022 muestran un importante hallazgo sobre el almacenamiento de recuerdos en el cerebro.

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El cerebro es un órgano imprescindible para el organismo, implicado en el aprendizaje y la memoria. Así, este órgano también cumple la misión de almacenar recuerdos.

No obstante, debido al envejecimiento, junto con otros factores el cerebro puede verse afectado, especialmente por el deterioro cognitivo asociado a la demencia.

Recientemente un grupo de investigadores ha desarrollado una nueva herramienta que permite obtener imágenes de astrocitos individuales en el cerebro de ratones despiertos. La gran noticia es que el nivel de detalle de estas imágenes no tiene precedentes.

En concreto, estos investigadores han podido demostrar por primera vez ‘in situ’ que los astrocitos provocan señales de calcio tan rápidas como la de las neuronas; con una duración inferior a 300 milisegundos.

Lo interesante de este trabajo de investigación publicado en la revista ‘Science Advances‘ es que los astrocitos juegan un papel clave en el cerebro durante el procesamiento de información y el almacenamiento de recuerdos.

Las conexiones del cerebro y los recuerdos

Hay que tener en cuenta que la forma en la que experimentamos el mundo se debe a complejas e intrincadas interacciones entre las neuronas del cerebro. Así, los resultados de esta prestigiosa investigación, muestran que los astrocitos, que son unas células no neuronales del cerebro, también participan de forma protagonista en el procesamiento de la información y probablemente en la memoria.

Almacenamiento de los recuerdos en el cerebro.

Un aspecto interesante de esta investigación liderada por profesionales de la Universidad de Posgrado del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa (OIST), en Japón, es que lograron una señalización en el interior de los astrocitos individuales con un nivel de detalle y velocidad nunca visto anteriormente en el cerebro de ratones despiertos.

Al respecto, el primer autor de la investigación, el doctor Leonidas Georgiou, explica que «si estas implicaciones son ciertas, transformarán fundamentalmente nuestra forma de pensar sobre la neurociencia y el funcionamiento del cerebro».

Los astrocitos, un elemento clave

Los astrocitos son un elemento cerebral que hasta el momento no habían recibido tanta atención como las neuronas. En este sentido, se creía que tan solo se trataba de células auxiliares que suministraban nutrientes a las neuronas y eliminaban sus residuos.

«Pero en los últimos años ha habido cada vez más pruebas de que los astrocitos pueden escuchar los mensajes químicos que se envían entre las neuronas en las sinapsis, y pueden responder con sus propias señales, proporcionando una capa adicional de complejidad a la forma en que nuestro cerebro recibe y responde a la información», explica el doctor Leónidas Georgiou.

Superalimento cacahuete memoria y cerebro

Como conclusión, los autores de esta importante investigación cuyos resultados han visto la luz en 2022, señalan que «todavía no sabemos cómo se almacenan los recuerdos en el cerebro, pero es increíble pensar que podría implicar a los astrocitos. Es probable que sea demasiado bueno para ser cierto, pero es una hipótesis apasionante que hay que seguir».

Hábitos para mejorar la memoria y la salud del cerebro

La memoria guarda una relación estrecha con los recuerdos en la memoria, aunque realmente no significan lo mismo. Así, a medida que envejecemos es habitual que se produzca un deterioro cognitivo en el cerebro, lo cual puede conllevar a pérdidas de memoria de forma más regular.

Sin embargo, existen diferentes hábitos que dependen de nosotros mismos, los cuales pueden ayudar a frenar o retrasar la pérdida de memoria. Igualmente, estos hábitos también son especialmente beneficiosos para la salud del cerebro en su conjunto.

Así, diferentes estudios y trabajos de investigación destacan la realización de ejercicio físico de forma regular, llevar a cabo una alimentación saludable y equilibrada, y descansar bien, como tres hábitos claves para la salud de la memoria.

Beneficios del deporte en la salud cerebral

Está demostrado que la realización de ejercicio físico con regularidad aporta beneficios a la salud del cerebro y la memoria. Sin ir más lejos, un reciente trabajo de investigación realizado por neurocientíficos de la Universidad de Ginebra (Suiza) demuestra que una sesión de 15 minutos de ejercicio físico intenso ayuda a mejorar la memoria.

Beneficios del deporte para la salud del cerebro

Además, de estos beneficios para la memoria, cuando una persona realiza ejercicio físico, de diferente intensidad; una vez finalizado sienten inmediatamente bienestar físico y psicológico. Esta sensación agradable es originada por los endocannabinoides, que se tratan de unas pequeñas moléculas originadas en el cuerpo durante la realización de ejercicio físico.

Imagen de portada: Gentileza de TodoDisca

FUENTE RESPONSABLE: TodoDisca. Por Alejandro Perdigones en Salud. Febrero 2022.

Sociedad/Salud/Cerebro/Conciencia/Recuerdos/Memoria.

Don Julián

El olor
a humedad
y a rancio
se huele
desde lejos
de la vieja
casona,
que fuera
por años
la vivienda
del
viejo Don Julian,
lugar
de encuentros
que
cuando niños
al caer
cada tarde,
nos reuníamos
allí siempre
creando historias
de espíritus
y fantasmas,
hasta
que un día
un anima
blanca
como
luna llena,
se presentó
ante nosotros,
moviendo
sus largos
brazos
en forma
frenética,
como si
quisiera
hacernos
suyos,
nos
quedamos
tiesos
solo por
un momento,
al caer
la sábana
con la
que se había
cubierto
Don Julian.

Vivía solo
con su perro,
un mastín
napolitano,
al que llamaba
Rocco,
para
Don Julián
nuestra
llegada,
era esa
bocanada
de compañía
que necesitaba,
nos daba
chocolate
en invierno,
agua con limón
en verano,
era viudo
con tres hijos,
que rara vez
lo visitaban.

Era feliz
al vernos,
parecía
uno de
nosotros,
siempre
nos decía,
que eramos
sus más
fieles amigos,
obvio después
de Rocco,
al dejarlo
participar
en nuestros juegos y
locas historias.

Hasta que
un día
al llegar,
la puerta reja
de la entrada,
lucia un grueso
candado,
golpeamos
nuestras manos
sin resultados,
apareció un vecino
que ya nos conocía,
para decirnos
que sus hijos
sin consultarle,
lo habían
internado
en un geriátrico.

Nosotros
púberes
le dijimos
cual era
la razón,
si Don Julián
era un roble,
sin dolencia
alguna,
el vecino
nos miró,
luego tosió
como
si le costara
hablar,
pero al final
nos dijo
que a los hijos
les interesaba
la vieja casona,
para un negocio
que les habían
ofrecido,
nos miramos
«el polaco», Tati y yo
y por lo bajo
solo dijimos,
lo encerraron,
le robaron
no la casa,
sino algo peor
la libertad y su vida
al bueno de Julián.

Esa fue creo
la primera
lección
de vida
que
aprendimos,
cuídate
de tus mas
cercanos,
que ante el
primer
descuido,
pueden
llegar
a fagocitar
hasta tu vida,
cuando te ven
solo
y autosuficiente.

Imagen de portada: Gentileza de Pinterest