A quién se dirigen los poetas y filósofos, por el filósofo italiano Giorgio Agamben.

La necesidad de plasmar las tribulaciones del alma dio origen a la poesía y la escasez de respuestas ante la grandiosidad de lo que nos rodea originó la filosofía. Ambas disciplinas han acompañado a la humanidad desde prácticamente sus primeros pasos.

En la incesante búsqueda de respuestas, el filósofo italiano Giorgio Agamben se plantea la siguiente cuestión: ¿a quién dirigen los poetas y filósofos sus textos y reflexiones? 

Hace unos años una revista de lengua inglesa pidió que la respondiera en sus páginas, pero nunca fue publicada. A continuación os mostramos el escrito inédito, finalmente publicado el 23 de agosto de 2022, junto con una breve introducción, en su columna Una voce en la web de la editorial italiana Quodlibet:

En todas las épocas, poetas, filósofos y profetas han lamentado y denunciado sin reservas los vicios y carencias de su tiempo. Quienes así se lamentaban y acusaban se dirigían, sin embargo, a sus semejantes y hablaban en nombre de algo común o al menos compartible.

Se ha dicho, en este sentido, que poetas y filósofos siempre han hablado en nombre de un pueblo ausente. Ausente en el sentido de faltante, de algo que se sentía que faltaba y que, por lo tanto, de alguna manera seguía presente. Incluso en esta modalidad negativa y puramente ideal, sus palabras seguían presuponiendo un destinatario.

Hoy, quizás por primera vez, poetas y filósofos hablan —si es que lo hacen— sin ningún destinatario posible en mente. 

La tradicional extrañeza del filósofo hacia el mundo en el que vive ha cambiado su significado, ya no es sólo aislamiento o persecución por fuerzas hostiles o enemigas. La palabra debe ahora hacer frente a una ausencia de destinatario que no es episódica, sino, por así decirlo, constitutiva. 

Es sin destinatario, es decir, sin destino. Esto también puede expresarse diciendo, como se hace en muchos sectores, que la humanidad —o al menos la parte de ella que es más rica y poderosa— ha llegado al final de su historia y que, por tanto, la idea misma de transmitir y legar algo ya no tiene sentido.

Sin embargo, cuando Averroes, en la Andalucía del siglo XII, afirmaba que la finalidad del pensamiento no es comunicarse con los demás, sino unirse con el intelecto único, daba por sentado que la especie humana es eterna. Somos la primera generación en la modernidad para la que esta certeza se ha puesto en tela de juicio, para la que de hecho parece probable que el género humano —al menos lo que entendemos por este nombre— podría dejar de existir.

 

Ilustración de Loui Jover.

 

Sin embargo, si —como estoy haciendo en este mismo momento— seguimos escribiendo, no podemos dejar de preguntarnos qué puede ser una palabra que en ningún caso será compartida y escuchada, no podemos escapar a esta prueba extrema de nuestra condición de escribientes en una condición de absoluta impertinencia. 

Ciertamente, el poeta siempre ha estado solo con su lengua, pero esta lengua era por definición compartida, algo que ya no nos parece tan evidente. En cualquier caso, es el propio sentido de lo que hacemos el que se está transformando, quizás ya se ha transmutado integralmente. Pero esto significa que tenemos que repensar de nuevo nuestro mandato en la palabra, en una palabra que ya no tiene destinatario, que ya no sabe a quién se dirige. 

La palabra se asemeja aquí a una carta que ha sido rechazada por el remitente porque el destinatario es desconocido. Y no podemos rechazarla, debemos tenerla en nuestras manos, porque quizás nosotros mismos seamos ese destinatario desconocido.

¿A quién se dirige la poesía?

Sólo es posible responder a esta pregunta si se entiende que el destinatario de un poema no es una persona real, sino una exigencia.

La exigencia no coincide con ninguna de las categorías modales con las que estamos familiarizados: lo que es objeto de una exigencia no es ni necesario ni contingente, ni posible ni imposible.

Más bien se dirá que una cosa exige otra, cuando, si la primera es, la otra también será, sin que la primera la implique lógicamente ni la obligue a existir en el plano de los hechos. Es, simplemente, más allá de toda necesidad y de toda posibilidad. Como una promesa que sólo puede ser cumplida por quien la recibe.

 

 Ilustración de Loui Jover.

 

Benjamin escribió que la vida del príncipe Myškin exige permanecer inolvidable, aunque todo el mundo la haya olvidado. Del mismo modo, un poema exige ser leído, aunque nadie lo lea.

 

Esto también puede expresarse diciendo que, en la medida en que exige ser leída, la poesía debe permanecer ilegible, que no hay realmente un lector de la poesía.

 

Esto es quizás lo que tenía en mente César Vallejo cuando, para definir la intención última y casi la dedicatoria de toda su poesía, no encontró otras palabras que por el analfabeto a quien escribo. Consideremos la formulación aparentemente redundante: «por el analfabeto a quien escribo». Por no quiere decir aquí tanto «a» como «en lugar de», como Primo Levi decía de dar testimonio por —es decir, «en lugar de»— aquellos que en la jerga de Auschwitz se llamaban los «musulmanes», es decir, aquellos que bajo ninguna circunstancia habrían podido dar testimonio. 

El verdadero destinatario de la poesía es aquel que no puede leerla. Pero esto también significa que el libro, que está destinado a quien no puede leerlo —el analfabeto— fue escrito con una mano que, en cierto modo, no sabe escribir, con una mano analfabeta. La poesía devuelve toda escritura a lo ilegible de donde proviene y hacia dónde sigue su camino.

Imagen de portada: El filósofo italiano Giorgio Agamben.

FUENTE RESPONSABLE: Cultura Inquieta. Por Carlota Solarat. 

Sociedad y Cultura/Poesía/Filosofía/Reflexiones.

En contra del Memento Vivere y de la concepción del «ahora».

¿Cuándo se ha puesto de moda el pensar que sólo existe el «ahora»? El futuro constituye una realidad que se aleja mucho del parámetro del presente y que resulta imprescindible para la vida del ser humano.

Este artículo pretende justificar el peligro que presenta mensajes como el memento vivere y la urgencia del ahora. Muy probablemente —casi con absoluta certeza— a todos nosotros se nos ha dicho en un momento determinado expresiones del tipo: «lo único que tienes es el ahora», «no te preocupes por el futuro que ya vendrá», esto sólo nos hace entrever la falta de raciocinio de algunas personas para comprender el significado absoluto de expresiones de este tipo.

No, lo único que tienes no es el ahora, es más, me atrevo a decir que a lo poco que te puedes agarrar es a tu futuro —no necesariamente esto implica que ese futuro tenga que ser el más lejano de todos, sino que puede tratarse del mañana, de unos meses, del futuro en unos años—. ¿Acaso cada uno de nosotros no vivimos de acuerdo a un futuro del que no tenemos certeza de que llegue pero tampoco duda? 

Cualquier acción que realizamos en el presente ha sido fruto de la materialización de la potencialización que, en aquel entonces, era nuestro pasado y el ahora resultaba ser nuestro futuro. Es decir, el «ahora» que estamos viviendo cada uno de nosotros no es otra cosa que la idea de futuro que tuvimos en un pasado.

Porque, ¿qué haríamos si sólo tuviésemos el presente, el «ahora»? Muy probablemente, si este caso llegase a suceder —no tener futuro, y lo peor, no pensarlo— el ser humano haría un sinfín de cosas, aunque (sin certeza, pero con probabilidad) ninguna de estas o muy pocas resultarían ser provechosas, es decir, ninguna acción que se realice en el «ahora» y dedicada exclusivamente al «presente» tendría importancia ninguna, pues, a mi parecer, si sólo tuviésemos el presente, podríamos adoptar dos vías:

Vías ante el pensamiento único del «ahora»

La primera vía sería la resignación más absoluta. En el que la persona, al ser consciente de que el presente y el «ahora» es lo único plausible para él, optaría por «dejarlo estar» y adoptaría una posición de indefensión aprendida, en la que la persona se ve incapaz de modificar nada.

El segundo camino que se podría dar: el adoptar el «memento vivire» como propio, es decir, saber que el «ahora» es lo único que tienes y por eso, harías multitud de actividades, pero ninguna de futuro. Esta visión es la «menos mala» en el supuesto de que sólo existiese el presente, el problema viene cuando esto se sistematiza.

Cuando la visión del «memento vivire» en la segunda de las posiciones se sistematiza, es cuando el problema se manifiesta. No podemos vivir en un presente estancado, no podemos ir «día a día» es una visión de la vida que únicamente nos perjudica. 

¿Si no hacemos más que pensar en el «ahora», qué vida nos podría esperar, qué futuro nos depararía esta visión? 

Probablemente, al no hacer planes de futuro ni creer mínimamente en el mismo, nos encontraríamos en una situación «compleja». En este supuesto nos encontraríamos con un sujeto que «pasa» por la vida, esto es, que no vive porque no sabe que el futuro también forma parte del presente, que si no hacemos planes de futuro, luego no esperemos que nuestra vida cambie. 

Que la monotonía de la rutina pase a un segundo plano únicamente depende de si se da —o no— un pensamiento futuro. Porque, ¿Si el futuro es a lo único que nos podemos aferrar, qué estamos haciendo fijándonos sólo en el ahora?

Comencemos a reflexionar en el futuro para luego no arrepentirnos de no haberlo hecho y ya no haya tiempo para ello.

Imagen de portada: Pixabay

FUENTE RESPONSABLE: Filosofía en la red. Por Mercedes González García.

Sociedad y Cultura/Filosofía/Futuro/Reflexiones

Sergio Chejfec: la experiencia del pensamiento.

Sergio Chejfec fue una de las voces más sólidas de la literatura argentina de las últimas décadas. Escribió más de una veintena de libros que combinan narrativa con ensayo y poesía, a los que definía como “alusiones, discursos más o menos eventuales, flotantes y arbitrarios, sobre fragmentos de la realidad”.

Los personajes de Sergio Chejfec no se quedan quietos. Casi siempre están paseando, deslizándose sobre un territorio que les resulta extraño, no solo por lo desconocido sino también porque lo observan con un grado de detalle que torna raro hasta lo más habitual. La mirada se cuela por los intersticios del mundo y estos se tornan puentes, pasadizos, agujeros de gusano a través de los cuales se alcanzan otras dimensiones de la realidad. Una mirada que también es, desde luego, una voz que narra. Con un tono siempre reflexivo, atildado, medroso, dubitativo a la vez que hipnótico, atrapante.

Para nosotros, lectores, ahora que Chejfec ha muerto –a causa de un cáncer de páncreas fulminante, el sábado 2 de abril, en Nueva York, donde vivía desde hace más de tres lustros–, su obra es ese territorio un poco extraño, inclasificable, por el cual podemos pasear, perdernos y encontrarnos y volvernos a perder, con la convicción de que en sus pormenores, en los recovecos de sus páginas, nos aguarda la lucidez.

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea por favor donde se encuentra escrito en “negrita”.

Esa obra comienza en 1990, con un título que de algún modo define su poética: Lenta biografía, y se compone de más de una veintena de libros, entre novelas, cuentos, poesía y ensayo. Y ha edificado una de las voces más sólidas de la literatura argentina de las últimas décadas, siempre desde el perfil bajo, desde una personalidad en un sentido tan elusiva como su estilo. “Un escritor que concibe su literatura en voz baja”, como se definió él mismo en alguna ocasión.

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Puestos a simplificar mucho, podríamos decir que la literatura de ficción se divide en dos grandes grupos. De un lado, una narrativa que podríamos llamar “de acción”, con una trama definida que avanza a partir de las peripecias de sus personajes. Del otro, los textos más “reflexivos”, que se centran sobre todo en los pensamientos y las ideas del narrador o los protagonistas del relato. Sergio Chejfec es un fiel representante de este último paradigma.

Lo entrevisté en 2008, cuando visitó Madrid para presentar Mis dos mundos, que acababa de ser editada por Candaya. Era su décima novela, pero la primera que se publicaba fuera de la Argentina. Alguien de la editorial interrumpió nuestra charla para alcanzarle un teléfono móvil. Desde el otro lado de la línea, un periodista de la agencia EFE quería saber “de qué se trataba” ese nuevo libro. Tal vez la respuesta del autor lo haya decepcionado un poco:

Son las reflexiones de un caminante que, visitando una ciudad del sur de Brasil, se da cuenta de que faltan muy pocos días para su cumpleaños y, entrando en un gran parque a medias olvidado y a medias abandonado por el urbanismo, se pone a reflexionar sobre el significado de las cosas. Como el narrador es un escritor, termina cuestionando su vocación, digamos, su personalidad y su naturaleza de escritor. De manera que la novela no tiene una intriga, ni una estructura de un comienzo, un desarrollo y un final, sino que es sobre todo reflexiva, como una cavilación.

Cuando le pregunté por esa suerte de dicotomía entre “acción” y “reflexión”, aclaró que hay muchos libros construidos sobre una premisa “más convencional en términos de desarrollo dramático” que le parecían “excelentes, maravillosos”. Pero de inmediato dejó establecido que con él se encolumnan en el equipo contrario:

Creo que la literatura, si sirve para algo, es para complejizar lo existente. Entonces yo no me podría plantear una literatura que busque simplificarlo, a través de ofrecer una acción terminada, completamente legible y que se pueda yuxtaponer sobre la realidad. Mis textos no avanzan en función de una intriga verificable que después se puede ir acumulando en su grado de dramatismo. Pero sí ocurren muchas cosas en ellos, tantas cosas como en cualquier otra novela. Nada más que las cosas que ocurren pertenecen a otros paradigmas. No al paradigma de la acción acumulada, sino al de la acción ampliada o expandida.

“No me interesa —apuntó en otra ocasión— una literatura que sea fiel a los recuerdos y que le brinde tributo al hecho de recordar. Me interesa como experiencia del pensamiento”.

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Sergio Chejfec nació en Buenos Aires en 1956. Se consideraba una especie de “escritor tardío”, porque no se crio rodeado de libros, sino que para él, decía, la literatura había sido “una adquisición que dependió de un acto de la voluntad”. En su libro de ensayos Últimas noticias de la escritura, de 2015, revela que en sus inicios ocupó tardes enteras en copiar, con letra manuscrita, en un cuaderno de formato escolar, relatos de Kafka. “Creía que algo de la literatura de ese autor se impregnaría en mí gracias a la transcripción”. “Me formé bastante solo –contó en una entrevista. Fui encontrando mi propia forma de escribir gracias a un lento trabajo de ensayo y error”.

Casi al mismo tiempo en que se publicaba su primera novela, en 1990, se fue a vivir a Caracas. Quería estar lejos de su país para tener otra relación con su propia voz, con el lenguaje, con la escritura. Vivió en Venezuela quince años, durante los cuales publicó algunos de sus libros más importantes, como Moral, El llamado de la especie, Boca de lobo y Los incompletos. A todos los acompañó a la distancia, porque se publicaron en la Argentina y en el extranjero tuvieron escasa circulación.

En 2005, Chejfec comenzó a dar clases de escritura creativa en la Universidad de Nueva York, para lo cual se mudó a esa ciudad junto a su esposa, la ensayista Graciela Montaldo. “Se puede aprender a escribir; no estoy seguro de que se pueda enseñar a escribir –creía–. Por eso, muchas veces la utilidad de estos programas no radica tanto en los contenidos que transmiten como en la experiencia que implican. Yo pienso mi lugar allí no como un transmisor de contenidos, sino como un orientador de lecturas”.

Durante su vida en Nueva York publicó la ya citada Mis dos mundos, otras novelas como Baroni: un viaje, La experiencia dramática y Teoría del ascensor, los cuentos de Hacia la ciudad eléctrica y Modo linterna, ensayos como El punto vacilante y el también mencionado Últimas noticias de la escritura y poemas como Apuntes para un panfleto. En este periodo sus libros sí se editaron en otros países de Latinoamérica y en España, y varios se tradujeron también al inglés, francés, alemán, portugués y hebreo.

“A mí me cuesta pensar que nunca voy a volver a vivir en Argentina –me dijo en aquella entrevista de 2008–. Necesito pensar que en algún momento voy a tomar la decisión de vivir otra vez en mi país. A lo mejor lo haré y a lo mejor no. Pero me consuela creer que lo voy a hacer”. Chejfec nunca volvió a vivir en Argentina, aunque visitaba su país con frecuencia. La última vez, en diciembre del año pasado.

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El carácter reflexivo, divagatorio y con “poca acción” de sus textos, así como el perfil bajo que cultivó siempre, hacen que Chejfec sea un autor no de culto (su tercera novela, El aire, de 1992, ya la publicó Alfaguara) pero sí bastante poco conocido y por ende poco leído. Y él no negaba que le gustaría que lo leyeran más.

Cualquier autor o artista es siempre un poco narcisista –dijo–. Quisiera tener más lectores, como también quisiera tener más amigos o más dinero. El punto está en qué hacés para conseguirlo. Yo no quiero tener lectores a cualquier precio. Lo que quiero es escribir como me gusta escribir. Si tengo más lectores en esos términos, estupendo, me voy a sentir mucho más gratificado y vanidoso. Pero no es decisivo para mí. No creo que siga escribiendo o deje de escribir por tener más o menos lectores.

En relación con sus libros, señalaba algo interesante: quería que se incorporaran a bibliotecas. “En el más amplio sentido de la palabra: bibliotecas físicas, bibliotecas mentales, bibliotecas virtuales”. Las expresiones de tristeza por su fallecimiento en las redes sociales dan cuenta de que los libros de Chejfec están presentes en unas cuantas bibliotecas. Y aunque él ya no pueda seguir escribiendo, sus libros continuarán su camino, al encuentro de lectores nuevos.

“Concibo mi literatura como una forma de hacer preguntas”, decía Chejfec. “Y la mejor manera de hacerlo, desde mi punto de vista, pasa por tener un discurso más bien aproximativo sobre las cosas. No ser muy tajante. Por eso la mía es una escritura reflexiva, que combina narración con ensayo y con crónica. Se detiene en los detalles, porque creo que en los detalles es donde se cifra buena parte del significado más o menos escondido de las cosas, y no tanto en los aspectos más visibles”.

Ese afán por los detalles en particular y su estilo en general hizo que muchas veces fuera comparado con un gigante de las letras argentinas: Juan José Saer. De hecho, cuando le preguntaban por sus autores preferidos, Chejfec nombraba a Saer, a Antonio di Benedetto, a Peter Handke, a W. G. Sebald (influencias que, por supuesto, también configuran la poética chejfec iana). Pero él no creía que la comparación con Saer fuera justa.

Saer fue un gran escritor en varios sentidos. Por la coherencia de sus libros, por su densidad estética y también por el universo concreto, cerrado y autónomo que eligió representar, dicho esto sin ninguna connotación negativa. Yo tengo otro tipo de expectativas. No me interesa que mis libros cierren: me propongo, más bien, que estén abiertos. Que planteen más dudas que certezas, que no sean asertivos. Me propongo o me salen los libros como si fueran alusiones, discursos más o menos eventuales, flotantes, arbitrarios, sobre fragmentos de la realidad. En ese sentido me parece que Saer es un gran escritor. Y yo no.

Ahí quedan, en sus libros, los personajes de Chejfec, esos incansables caminantes que no paran de andar, de contemplar, de hacerse preguntas, de tratar de entender. Siempre en voz baja, quizá un requisito indispensable para la experiencia del pensamiento.

Imagen de portada: Gentileza de Letras Libres

FUENTE RESPONSABLE: Letras Libres. Por Cristian Vázquez. Abril 2022

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