Despertar e inventar en la adolescencia.

Qué puede aportar el psicoanálisis hoy.

El encuentro de un adolescente con un psicoanalista podría generar las condiciones propicias para darle crédito a su palabra y posibilitar las condiciones para inventar un modo singular de tramitar el despertar de las pulsiones.

En el libro Despertar e inventar en la adolescencia ubico la subjetividad y los síntomas contemporáneos ligados a las coordenadas de época.

«El síntoma surge en referencia al discurso predominante en un momento determinado, varía según la coyuntura en que aparezca y muta en función de cómo sea abordado terapéuticamente. En ese sentido, está “decidido por lo social y varía según los dispositivos de dominio”[1], uno de los cuales son las terapias y las concepciones de salud y de enfermedad.»[2]

Describo lo nuevo de las subjetividades de los adolescentes en la época actual, es decir, bajo la égida del capitalismo, diferenciándolo de la época freudiana.

Para ello recurro al desarrollo lacaniano del “Pseudo Discurso Capitalista” en contrapunto al “Discurso del Amo”clásico.[3]

A principios del siglo pasado, bajo la incidencia de una ley (encarnada en la figura paterna portadora del Ideal, es decir, las coordenadas edípicas) los síntomas surgían como aquello que intentaba transgredir lo prohibido, lo pulsional que escapaba a la censura, “el retorno de lo reprimido”.

Los jóvenes intentaban liberarse de la opresión encarnada en figuras de autoridad: padres, profesores, instituciones,etc. Ejemplo de esto serían: el movimiento hippie, la militancia política, el amor libre, etc.

Hoy día, lejos estamos de esas determinaciones.

Bajo las coordenadas del Discurso Capitalista hay una caducidad de la ley, una caída de los ideales, así como de las figuras de autoridad y en su lugar hay instauración de contratos y un empuje al goce. Con un rechazo de toda determinación que provenga del Otro y una promoción de la individualidad (autodeterminación, reinvención, autogestión, autoayuda, merito individual, autosuperación, etc.) cada individuo se fabrica su propio nombre, su identidad y su modo de satisfacción sin direccionalidad a los otros.

“Hay una coalescencia de cada uno con su objeto de consumo”[4] y cada uno arma un “ser” según lo que consume: “consumo cocaína/ soy cocainómano”, “consumo ansiolíticos, soy TOC”, “consumo Youtube, soy youtuber”, lo que da lugar a identidades cristalizadas que no cuestionan al sujeto, que prescinden de la determinación del otro y que dan cuenta de una nueva continuidad entre el sujeto y el objeto. El sujeto mismo, a la vez que es consumidor, se torna objeto de consumo.

Así, lo que interpela al adolescente contemporáneo ya no es liberarse de las ataduras del Otro, ni desligarse de los mandatos familiares, o rebelarse de la opresión social, ya que el joven se presenta desamarrado de toda autoridad, sin referencias a ideales y “sin vergüenza”[5] ni ataduras y con un empuje pulsional a lo ilimitado: a gozar más, consumir más, intervenir sobre el cuerpo, sobre la naturaleza. 

O sea, ante la caída de los ideales y la labilidad de la figura del Otro como orientación que marca lo prohibido y así orienta lo permitido en el despertar sexual, hoy vemos que hay una promoción del goce y una deriva o desorientación en el deseo.

El neoliberalismo confronta al sujeto con una oferta de satisfacción infinita y “pret a porter”. Esta oferta/empuje tiene efectos distintos de las clásicas neurosis de la época freudiana en la que el cuerpo aparecía erogeneizado y recortado simbólicamente y los síntomas estaban íntimamente articulados a un Otro; hoy día, predomina la afectación del cuerpo en su totalidad, perdiéndose la dimensión de enigma que los síntomas portaban antes : consumos múltiples e ilimitados, tedio y aburrimiento, violencias inmotivadas, desorientación generalizada, intervenciones sobre los cuerpos, identidades rígidas, falta de deseo, dificultad del surgimiento del sentimiento amoroso, cansancio, ataques de pánico, etc.

Interrogo no sólo acerca del lado “sintomático” de las coordenadas actuales, sino en su estatuto de costumbres y modas contemporáneas,“pinceladas de actualidad”[6]: la pornografía y la sexualidad postpornográfica, la mercantilización de los cuerpos, la precariedad laboral, los efectos de la tecnología en la vida cotidiana, la objetalización del sujeto, etc.

Hago un recorrido por algunos fenómenos actuales: youtubers, influencers, cross play, sugar baby, uso cotidiano de psicofármacos, paranoia generalizada, suicidios en streaming, Hikikomori, Burn out, multitasking, etc.

Finalmente cuestiono la actualidad del psicoanálisis: «así como los síntomas han cambiado, también el quehacer del psicoanalista ha mutado con los cambios sociales y subjetivos”.

Y planteo: ¿Qué puede aportar el psicoanálisis hoy?

Propongo algunas respuestas orientadoras:

En una época en que prima el mundo ficcionalizado y digitalizado, imbuidos entre los medios de (des)información y la oferta permanente de consumos, “el papel que el psicoanálisis debe sostener no permite ambigüedad: le toca recordar lo real, que es lo que Lacan indicó para terminar.[7]

Ubicaré en un análisis, intervenciones que apuntan a “poner un palo en la rueda” a la espiral “perfecta”, homogeneizante e ilimitada del capitalismo, tal como lo describiera Lacan.

“La posición del psicoanalista tendrá que ver con alojar ese resto que producen las coordenadas actuales que es el sujeto en su estatuto de objeto.”[8]

Frente el descrédito de la palabra y la promoción de la imagen homogeneizante y una incitación a la acción, en un psicoanálisis con un adolescente se tratará de brindar el espacio y tiempo para que cada joven pueda tomar la palabra y encontrar su singularidad.

Donde hay prisa, introducir una pausa, “reinventar el tiempo”[9] como contrapunto del empuje a vivir en un eterno presente hiperactivo de inmediatez”[10]; donde hay certezas introducir preguntas, donde hay consumos, habilitar el vacío, donde hay descrédito, “hacer creer en el síntoma”[11], donde hay identidades rígidas, introducir alguna pregunta que permita hacer circular aquello petrificado, donde hay goce, re-introducir la dimensión del amor y el deseo, donde hay búsqueda de performance, de rendimiento, habilitar algo de poesía en el decir, donde se promueve la mostración y la “transparencia”, habilitar la opacidad, donde está el efecto adormecedor de los medios y el consumo, promover un despertar; donde prima el “todo es posible”, sostener el lugar de lo imposible.

El encuentro de un adolescente con un psicoanalista podría generar las condiciones propicias para darle crédito a la palabra de cada joven y posibilitar las condiciones para inventar un modo singular de tramitar el despertar de las pulsiones, sin quedar alienado a los mandatos de su época y lugar.

Que surja una invención que posibilite al joven vivir sin quedar alienado al consumo y/o a convertirse él mismo en un objeto consumible.

Verónica Berenstein es psicoanalista y psiquiatra.

Notas:

[1] Miller, J.-A., S(x), Matemas II, Ed. Manantial, Buenos Aires, 1990, Pág. 171.

[2] Berenstein, V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022. Pág21.

[3]Lacan, J: “Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis”.

[4]Berenstein, V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022. Pág. 39.

[5]Lacan, J: “Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis”.

[6]Berenstein,V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022. Pág. 91

[7]Laurent, E. y Miller, J.-A., El Otro que no existe y sus comités de ética, Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 15.

[8]Berenstein, V: Despertar e inventar en la adolescencia. Ed Grama, Bs As, 2022

9 y 10 Ansermet, F., “Todo junto, todo al mismo tiempo”, en Incidencias clínicas de la carencia paterna. ¿Cómo se analiza hoy?, G. Battista y M. A. Negro (comps.), Grama ediciones, Buenos Aires, 2019.

[11]Laurent, E., “La sociedad del síntoma”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº 2, eol, Buenos Aires, 2004, p. 113.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12.

FUENTE RESPONSABLE: Página 12. Por Verónica Berenstein. 29 de septiembre 2022.

Sociedad/Adolescencia/Individualismo/Objetivos/Comunicación/

Relaciones interpersonales/Vida/Salud.

Cómo logré «huir» del monasterio contemplativo donde viví 12 años como monja.

Un domingo por la mañana, sin pedir permiso, Florencia Luce levantó el teléfono y llamó a sus hermanos. «Espérenme en casa. Necesito hablar con ustedes», les dijo.

Juntó sus pocas pertenencias, cruzó el portal y puso un pie en la calle.

La idea le rondaba por su cabeza desde hace meses, años. Pero no fue sino hasta una mañana de diciembre que juntó el coraje necesario para huir del monasterio contemplativo donde había pasado los últimos 12 años de su vida como monja de clausura.

No es que hubiera estado recluida allí por la fuerza. En absoluto. Pero el control y la manipulación psicológica que se ejercían puertas adentro de la institución religiosa hicieron que le resultara imposible pensar en marcharse de otra manera.

A la distancia, Luce -que se crió en una familia argentina típica de clase media de un barrio tradicional- ve su experiencia como el resultado de su propia confusión, la necesidad de encontrar su voz en medio de una familia numerosa, y el peso contundente de las influencias de su entorno.

Su idealismo, sus ansias de cambiar el mundo, así como los consejos errados que recibió por parte de su guía espiritual, la llevaron por un camino totalmente equivocado para ella.

Si bien reconoce haber pasado momentos hermosos («disfrutaba el canto gregoriano, el estudio, el cariño de mis compañeras»), su vida monástica estuvo marcada por las pequeñas mezquindades de la cotidianeidad en el encierro, la hipocresía, el secretismo, y un cúmulo de preocupaciones triviales muy alejadas de la vida espiritual que tanto anhelaba al entrar.

Aún así, demoró más de una década en salir.

«Es como cuando estás en un mal matrimonio y te seguís quedando sin entender por qué, o como cuando estás en una secta», explica reflexionando sobre su experiencia, que plasmó en la novela inspirada en sus vivencias «El canto de las horas».

Desde New Jersey, Estados Unidos, donde trabaja y vive con su marido y su hija, Luce conversó con BBC Mundo. Este es un resumen de su relato en primera persona.

Línea

Crecí en Buenos Aires en una familia de clase media de 5 hermanos. Y aunque en mi infancia íbamos a misa, la religión estaba ausente en nuestra casa.

Pero mi colegio secundario, que era laico, tenía un fuerte componente religioso. Fue en ese ambiente y a través de los amigos que me fui empapando de ese espíritu y cuando llegué a los 19 años, empecé a plantearme la vocación.

Florencia Luce

FUENTE DE LA IMAGEN – FLORENCIA LUCE. Luce y sus hermanos.

Ya estudiando agronomía en la Universidad Católica, sentí el «llamado». Fue de repente, rápido. Me acuerdo perfectamente del momento en que tuve la sensación de que Dios me llamaba, fue una sensación física.

En ese momento comencé a tener un director espiritual, un sacerdote que me habló del monasterio y me dijo que yo era la persona ideal para ese lugar de vida contemplativa.

Cuando pienso ahora en todo esto ya no lo veo así, creo que ese «llamado religioso» era parte de mi delirio y cuestionamiento.

Yo digo que se me presentó de afuera hacia adentro y no de adentro hacia afuera. Hoy lo veo como algo con lo que me topé y traté de calzarlo, porque sentía la necesidad de irme de mi casa.

Así como mis amigas -en un ambiente que era tradicional y conservador- se casaron a los 20 por la necesidad de irse, a mí se me presentó la posibilidad de irme a un monasterio.

Si bien no había grandes conflictos dentro de mi familia, había mucha gente en mi casa, mucho ruido, y yo tenía la necesidad de buscar un espacio propio.

Florencia Luce junto a su familia

FUENTE DE LA IMAGEN – FLORENCIA LUCE. Luce recuerda que tenía necesidad, en medio de una familia numerosa, de encontrar su propio espacio.

Fue un error, un impulso. Yo era muy idealista y necesitaba encontrar algo trascendental, quería hacer algo por el mundo. Podría haber ido a misionar al norte si mi director espiritual me lo hubiera sugerido, pero él me guió hacia ese monasterio contemplativo de clausura.

La decisión

Además de mis padres, nunca tuve alguien que me dijera esto no es para vos. Cuando les conté mi decisión, reaccionaron mal, no lo podían entender. Mis hermanos me decían que estaba loca.

En ese momento, antes de entrar, tenía muchos amigos, era una persona sociable, deportista, tenía un novio, iba a bailar.

Pero cuando fui a hablar con la abadesa del monasterio ya no consideré otra cosa, me fanaticé y me decidí a entrar.

Me aceptaron enseguida, nunca me dijeron que espere, que lo piense, que termine primero mi carrera, ni cuestionaron mi fe tan frágil.

Y cuando me hablaban de la vida monástica, a mí me parecía perfecta.

Las reglas

Al entrar al monasterio, cortas tu vínculo con el mundo exterior. LLevé un bolsito con ropa muy simple. No puedes entrar con libros o una radio, ni nada personal.

"El canto de las horas", de Florencia Luce

FUENTE DE LA IMAGEN – FLORENCIA LUCE

Me asignaron a una joven que me mostró el lugar, me explicó las rutinas y las reglas, porque ingresas a un mundo donde tienes que obedecer un montón de reglas. La del silencio, por ejemplo: mientras cocinas, limpias o vas a clase no está permitido hablar. Solo hay un recreo donde puedes conversar libremente.

Te levantas antes del alba, y tu día está marcado por oraciones litúrgicas -que en la vida contemplativa son cantadas y comunitarias-, meditación, estudio, trabajo y más rezos.

Rezas por tu familia o por los conflictos que te indican. Hoy, por ejemplo, sería por la guerra en Ucrania.

La abadesa es quien lo decide. Ella recibía el diario todos los días, recortaba las páginas que consideraba de interés general y las dejaba en una sala donde todas las podíamos leer.

Toda la información llegaba filtrada, censurada. No tenías acceso a otra información: tu fuente era la superiora o lo que te contaba tu familia si venía a verte, en visitas que cada vez se hacían más espaciadas.

La idea era que todas estas actividades te condujeran a un estado de meditación y adoración a Dios.

Mundo mezquino

Florencia Luce con sus hermanos

FUENTE DE LA IMAGEN – FLORENCIA LUCE. Sus hermanos no entendían porque había elegido la vida monástica, les parecía una locura.

Yo me encariñé mucho con las hermanas que estaban allí, eran personas muy espirituales que se tornaron en mi familia.

Pero hilando fino, ahora veo que allí había mucho conflicto. Es un ambiente extremadamente cerrado con muchas reglas que se cumplen pero también se rompen.

Lo que se espera de ti es que alcances la pureza espiritual, que te entregues a Dios. Pero es una meta tan alta que pocos la pueden alcanzar, y ves que allí hay mucha gente que no debería estar.

Te encuentras que en la realidad es un mundo de celos, competencias, donde hay grupos, personas que te quieren mover el piso, como si se tratara de una empresa.

Es una organización vertical donde la madre superiora es la guía espiritual de cada una de las monjas. Es con la única con la que está permitido hablar de tus conflictos, y ella misma está muchas veces en el centro de ellos, porque te empiezas a sentir atraída hacia ella y a competir por sus afectos y favores.

Lo mismo pasa con respecto a los otros afectos que hay allí que son las otras monjas.

Y se generan ataduras que no son sanas. Comienzas a vivir por esos vínculos, para que te presten atención. Dejas entonces de vivir para Dios y vives entonces para la madre superiora.

Florencia Luce y familia

FUENTE DE LA IMAGEN – FLORENCIA LUCE. Luce junto a su marido y su hija.

Aunque el deseo físico cada una lo vivía de un modo diferente y lo podías sublimar, todo eso estaba desplazado hacia la parte psicológica y por eso persistía ese deseo de que la superiora u otra monja te mirara o te prestara atención.

Todo eso era causa de muchas enfermedades mentales que se traducían en síntomas físicos. Yo vi a chicas que se enfermaron de la cabeza muy mal, que estaban medicadas.

Muchas hermanas sufrían problemas estomacales, dolores de cabeza y cuando las veía un médico nunca les encontraba nada.

Todo tenía que ver con el encierro. Éramos un grupo de mujeres encerradas siempre en el mismo lugar, sin distracciones, donde cada problemita lo veías amplificado con una lupa. Porque como estás en silencio, y no podés hablar, te quedas enganchada pensando y pensando en cosas pequeñísimas en lugar de enfocarte en lo trascendente.

Además no hacíamos ejercicio físico.

Había muchas jóvenes confundidas. Ese ambiente era mentalmente y emocionalmente muy desgastante, y esto me hizo empezar a cuestionar qué estaba haciendo allí.

Las dudas

Empecé a dudar sobre si tenía o no vocación religiosa desde el primer año. Pero al principio disfrutaba de la vida comunitaria. Además, me encantaba el estudio y la música.

Pero tenía crisis vocacionales muy periódicas y la abadesa me decía siempre que eso le pasaba a todas, que era un momento nada más, que yo me había adaptado muy bien y tenía vocación verdadera.

Abadía

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La vida dentro del monasterio estaba marcada por la rutina y las reglas que no siempre se cumplían. Foto genérica.

Yo iba a verla, lloraba y siempre me retenía. No creo sinceramente que hubiese mala intención, pero creo que trataba de que se quedaran las chicas que tenían cierta formación intelectual. Nos tomaba bajo su ala y nos favorecía, porque pensaba que podría moldearnos para el futuro.

Como yo sabía manejar, a mí me llevaba para ver a su madre, salir a almorzar, tomar el té, ir de compras, todas cosas que yo no podría haber hecho y de las cuales no podía decir nada.

Al principio todo eso me gustaba, pero luego fue lo que causó la crisis.

La crisis

Llegó un punto en donde me di cuenta de que aunque uno entra pensando que se va a transformar y va a ayudar a transformar el mundo, vas viendo que ingresás a una vida donde tenés que preocuparte de las pequeñeces.

Yo rezaba, pero al final lo más importante eran otras cosas, como estar bien con las demás, que me consideren o que me den un trabajo mejor que el de limpiar los baños.

Partitura de canto gregoriano

FUENTE DE LA IMAGEN-GETTY IMAGES. Una de las cosas que más entusiasmaba a Luce dentro del monasterio era el canto gregoriano. Foto genérica.

Es paradójico, porque en vez de olvidarte de vos y pensar en Dios, acabas mirándote el ombligo.

Pero el detonante fue un viaje que hice a un monasterio de Francia, a donde me enviaron para ayudar. Tomar distancia me permitió ver las cosas desde otra perspectiva.

Al volver sentí que me habían desplazado (algo que se supone debía aceptar porque era la voluntad de Dios) y para rematar la situación murió mi abuela, con quien tenía una relación muy cercana, y no me permitieron ir a su entierro, mientras que al mismo tiempo salía a tomar el té con la mamá de la abadesa.

Eso me ayudó a ver todo más claramente. Empecé a cuestionar más mi vocación y lo más grave fue que me di cuenta de que me estaba enfermando psicológicamente.

Así, después de 12 años, pude tomar la decisión.

La huida

Traté muchas veces de irme, pero la superiora siempre me convencía. Por eso dejé de hablarle, lo elaboré sola y, un buen día le dejé una carta en su escritorio cuando estaba ausente, y le expliqué que me iba de esta manera porque no podía hacerlo de otra.

Tomé mis cosas, y como hacía cuando salía a hacer algún trámite, sin decirle nada a nadie, pedí que me abrieran la puerta.

No lo considero un escape. Era la única forma de estar 100% segura de que podía salir de esta atadura psicológica y afectiva, pero después, en el monasterio, fui muy criticada por ello.

Me fui sin un plan, pero sabía que necesitaba irme y que iba a tener la contención de mi familia.

Fue un encuentro muy emocionante. Habían pasado muchos años y ellos no tenían lo menor idea de mis conflictos internos. Charlamos, lloramos; mi familia estaba feliz.

Una nueva vida

Cuando salí estaba pálida, transparente por lo delgada. Venía comiendo muy poco, consumida por la angustia. Pasaron semanas hasta reconstruirme físicamente.

Poco a poco empecé a estudiar, conseguí trabajo, me fui a vivir al centro, conocí a quien hoy es mi marido, que es estadounidense, y el resto es historia.

La terapia me ayudó a salir de esto, también la contención familiar y de mis amigos, y tuve mucha suerte.

Al regresar al mundo real mi mente volvió prácticamente a donde estaba antes de entrar. Sentía curiosidad por todo.

Me adapté muy fácilmente, fue como para un pez volver al agua.

Lo que sí me costó es pensar en el por qué me quedé allí tantos años. Eso sigue siendo una pregunta para mí.

Me gustaba la vida comunitaria, el tener tiempo para estudiar, leer, pero creo que la mayor fuerza fue la influencia de la abadesa, una mujer muy carismática y con mucho poder sobre todas.

Es como cuando te preguntas por qué la gente se queda en una secta o te quedas en un matrimonio que sabes que no es para vos.

No me arrepiento de haber entrado, porque fue una experiencia muy rica, pero sí del haberme quedado tanto tiempo.

Mi experiencia no me hizo perder la fe en Dios o en la vida espiritual, pero ahora la encuentro mucho más en textos literarios, o al escuchar un concierto, pero no en la institución de la Iglesia, cuyas contradicciones, hipocresías y mandatos me provocan mucho rechazo.

Yo le aconsejaría a quien esté pensando en iniciarse en la vida monástica, que no tome decisiones abruptas, que vivan otras experiencias primero, que no dejen sus carreras.

Y, a los sacerdotes, que son los guías espirituales, les diría que no traten de llevar a las jóvenes para su lado, que las hagan esperar, porque en ese momento en que están vulnerables, creen 100% que la palabra del cura, es palabra de Dios.

Imagen de portada: Florencia Luce

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo; por Laura Plitt. 16 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/Religión/Conventos de clausura/Relaciones interpersonales.

 

 

 

 

 

 

 

Seis estrategias de inteligencia emocional para mejorar tus relaciones interpersonales.

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¿Alguna vez te has sentido tan abrumado por tus emociones que dijiste o hiciste algo de lo que te arrepentiste después? Probablemente todos hayamos pasado al menos alguna vez por esa situación, y sí, se siente terrible haber hecho sentir mal a alguien más por las emociones que en ese momento te rebasaban que por un verdadero deseo de hacerlo. Pero no es el fin del mundo, porque puedes aprender a manejar mejor tus emociones al fortalecer tu inteligencia emocional, para que la próxima vez puedas actuar de una manera más sensata y menos impulsiva.

La inteligencia emocional es un concepto que se ha vuelto cada vez más relevante porque, además de estar relacionada con un mayor bienestar personal, está vinculada con una mayor satisfacción en las relaciones personales, así como con un mejor desempeño laboral y una mayor capacidad para manejar el estrés.

La inteligencia emocional consiste en la capacidad de reconocer y regular tus propias emociones, al tiempo que empatizas con los demás y te mantienes consciente de tus reacciones ante los detonantes de esas emociones. Por otro lado, también te ayuda a desenvolverte mejor en tus relaciones de todo tipo y a resolver los conflictos de manera más efectiva, sin que las emociones te rebasen.

Los siguientes consejos te ayudarán a aumentar tu inteligencia emocional y, como consecuencia, a mejorar tus relaciones en todos los ámbitos. 

1. Conócete a ti mismo

La base de la inteligencia emocional está en la autoconciencia y el autoconocimiento, ya que tener una comprensión profunda de ti mismo te permite tener una percepción más clara de cómo te ven los demás. Para aumentar tu autoconciencia, reflexiona sobre todo lo que te hace ser quien eres, como tus fortalezas y áreas de oportunidad, los desencadenantes de tus emociones, tus valores, etc. Y ten presente que esto no es algo que vas a aprender de la noche a la mañana, sino que el autoconocimiento es un aprendizaje constante, por lo que debes practicar este tipo de reflexiones con regularidad. 

2. Mantente abierto a opiniones diversas y críticas constructivas

Muchas personas se molestan cuando se les hacen ver sus errores o cuando se les externa algún tipo de crítica. Las personas emocionalmente inteligentes, en cambio, son receptivas a escuchar las críticas y considerar los comentarios de los demás, siempre y cuando estos les aporten algo para mejorar

Por otro lado, los puntos de vista diversos y opuestos suelen ser motivo de disputa, molestia y distanciamiento. Para ser emocionalmente inteligente, aunque puedes o no estar de acuerdo con los demás, escuchar sus comentarios te puede ayudar a ampliar tu panorama y ver las cosas desde diferentes perspectivas; además, te vuelves más tolerante ante quienes piensan distinto a ti. 

3. Identifica lo que sientes 

Trata de identificar lo que sientes en distintos momentos a lo largo del día, sobre todo cuando percibas que empiezas a experimentar una emoción fuerte. Por ejemplo, si alguien hace o dice algo que te enoja, reflexiona qué es exactamente lo que estás sintiendo y qué fue lo que te molestó de su acción o sus palabras. 

Esto te ayudará a tener muy bien identificadas tus emociones, sus detonantes y las reacciones que provocan en ti, para poder manejarlas de mejor manera y evitar reacciones impulsivas. Así podrás comprender mejor tus emociones y usarlas a tu favor al tomar decisiones sobre cómo interactuar con los demás.

4. Respira profundamente

Cuando experimentas emociones intensas, como la ira, estas ocasionan reacciones físicas debido a la liberación de la hormona del estrés, que prepara a tu cuerpo para responder a una amenaza. Las emociones están relacionadas con reacciones químicas del organismo en las que los vasos sanguíneos se contraen, la respiración se vuelve más superficial y el ritmo cardíaco se acelera.

Si logras calmar esa reacción de tu cuerpo ante el estrés causado por una emoción intensa, el componente emocional se mitiga también. Cuando te sientas tenso, molesto o irritado, respira lenta y profundamente, concentrándote en dejar que el aire entre y salga de tu cuerpo. Después de unos minutos, es probable que sientas que tu mente se ha calmado y tu corazón se ha tranquilizado, lo cual te ayudará a lidiar mejor con las emociones intensas en tus relaciones diarias.

5. Procura ser más empático

Las personas emocionalmente inteligentes tienen la habilidad de ponerse en el lugar de los demás. Por lo tanto, trata de ver las cosas no sólo desde tu perspectiva, sino también desde el punto de vista de los otros individuos involucrados en una determinada situación. Esto te ayudará a comprender mejor a quienes te rodean y te permitirá conectarte con ellos de manera más efectiva, e incluso puedes aprender algo sobre ti mismo en el proceso.

6. Practica la escucha activa ante los conflictos

Muchas veces, cuando se da un conflicto o desacuerdo, las personas se programan sólo para responder y atacar, pero rara vez para escuchar al otro y tratar de comprender su perspectiva. O bien, están quienes, para evitar la discusión, se tragan sus emociones y no dicen nada o se van, o terminan por darle la razón al otro aunque por dentro estén en total desacuerdo.

Abordar los conflictos desde la inteligencia emocional significa discutir de manera más efectiva al abordar los problemas de frente, de una manera asertiva, respetuosa y sin estar a la defensiva. Al escuchar con empatía a la otra persona, también crearás el espacio para tener en cuenta tus propios pensamientos y sentimientos. Escuchar también fomenta la asertividad, ya que ayuda a drenar situaciones tensas de cualquier toxicidad innecesaria.

Imagen de portada: Gentileza de harmonia.la

FUENTE RESPONSABLE: harmonia.la Por Sandra Nieto. 17 de julio 2022

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