El Canal de la Mona, el peligroso pasaje del Caribe en el que cada año mueren decenas de migrantes tratando de llegar a EE.UU.

Lejos de tierra firme, cuando sus ojos «solo veían cielo y agua», se arrepintió de emprender la travesía. Irisbel Herrera pensó que iba a morir en aquel bote de madera azotado por las olas.

Han pasado casi dos décadas, pero la mujer aún recuerda con lucidez lo que vivió cuando cruzó el Canal de la Mona, un pequeño estrecho de mar que separa a la República Dominicana de Puerto Rico.

«El viaje fue angustioso. Fue algo desesperante. Pensaba: ‘Dios mío, qué hice. Salí para ayudar a mi familia y quizás no los vuelva a ver jamás'», dice desde la sala de su casa en Río Piedras, un barrio de San Juan, la capital borincana.

Tiene 40 años y es de nacionalidad dominicana. Es una de las miles de personas que, para llegar al territorio estadounidense, han atravesado de forma irregular el pasaje que se extiende unos 112 kilómetros.

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En lo que va de año, en este tramo han muerto o desaparecido 71 personas, número que supera a los 65 fallecimientos que se registraron en todo el 2021, según la Organización Internacional para las Migraciones.

Las cifras nunca serán exactas, por lo complicado que es para las autoridades interceptar los viajes. Pero las historias que sí son públicas suelen ser desgarradoras.

El 12 de mayo, por ejemplo, zozobró una barcaza en la que viajaban unos 75 migrantes. La Guardia Costera de EE.UU. rescató a 38 personas con vida y 11 cadáveres.

Todas las personas fallecidas eran mujeres de nacionalidad haitiana.

Quienes sobreviven, como Irisbel, quedan marcados para siempre por el peligroso trayecto.

Y es que aun para los navegantes más experimentados, el Canal de la Mona, con sus particularidades, resulta un tramo de extremo peligro.

Migrantes detenidos por la Guardia Costera de EE.UU. en el Canal de la Mona. Están en un bote de madera junto a otra embarcación que pertenece al cuerpo militar.

FUENTE DE LA IMAGEN – GUARDIA COSTERA DE EE.UU. De acuerdo con el capitán Gregory Magee, de la Guardia Costera de EE.UU., es común que los   botes de migrantes estén sobrecargados cuando cruzan el Canal de la Mona.

«Es peligroso. Es donde se unen el Océano Atlántico y el Mar Caribe y tienes una interacción de corrientes», dice Gregory Magee, un capitán de la Guardia Costera de EE.UU. que dirige la oficina de esa rama militar en Puerto Rico.

Lo asegura porque él también ha recorrido el canal, aunque con embarcaciones de primer orden y equipos tecnológicos especializados.

El Canal de la Mona (desde los ojos de Irisbel)

Cuando Irisbel decidió cruzar el Canal de la Mona tenía 21 años. Vivía en Higüey, un municipio en el este de República Dominicana, cerca de la turística ciudad de Punta Cana.

Era 2001 y ella, una madre soltera con dos hijos, trabajaba en una fábrica de costura.

Su salario mensual, 2.000 pesos dominicanos (US$40), se escurría entre sus manos como agua: pañales, comida, renta…

«Mi vida era bien difícil», afirma. «Entonces surgió una oportunidad. Un muchacho del barrio me dice: ‘vamos para Puerto Rico'».

Irisbel Herrera

FUENTE DE LA IMAGEN – IRISBEL HERRERA. Irisbel Herrera cruzó el Canal de la Mona hace dos décadas. Recién en 2021 recibió su estatus migratorio permanente y reside en Puerto Rico.

Consiguió 6.000 pesos dominicanos prestados (el salario de tres meses), cifra que, para aquel momento, «representaba un mundo», dice.

Luego de reunir el dinero, llegó hasta Cabeza de Toro, una zona boscosa (también al este de dominicana). Desde allí zarparía junto con su hermana en una yola (bote de madera) hacia Puerto Rico.

«Para empezar, no era como que la yola estaba cerca [de la orilla] y te subías. Teníamos que tirarnos desde un precipicio de unos cuatro pisos sobre el mar, nadar y entonces subirte a la yola», cuenta.

«Cuando yo me tiré, apareció la Marina [de República Dominicana]. Arrestaron a mi hermana y desde arriba me tirotearon. Yo me agarré de la cola del barco, no me despegué nunca. Perdí tres uñas. Luego, los pocos que había en el bote me ayudaron a subir», sostiene.

El barco estaba «hecho a mano», con su madera pintada de azul y blanco, y dos motores. Otras 11 personas también cruzaron.

Imagen aérea de migrantes siendo rescatados en el Canal de la Mona.

FUENTE DE LA IMAGEN – GUARDIA COSTERA DE EE.UU. El 12 de mayo de 2022 una embarcación con cerca de 75 migrantes zozobró en el Canal de la Mona. 11 mujeres de nacionalidad haitiana murieron en el incidente.

Una vez en el canal, cuenta, el viento golpeaba con fuerza. «Las olas subían y bajaban, y hacían caer la yola».

«Viene agua de todos lados, si no se vira la yola es porque la embarcación es buena».

La parte más difícil del trayecto, que duró un día y medio, fue cuando se acercaron a la isla Desecheo, un cayo al norte del Canal de la Mona, ​​ubicado 21 km al oeste de Puerto Rico.

La isla Desecheo, ubicada a 19 kilómetros de la costa del pueblo de Rincón, en Puerto Rico, también es parte del Canal de la Mona.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La isla Desecheo, ubicada a 19 kilómetros de la costa del pueblo de Rincón, en Puerto Rico, también es parte del Canal de la Mona.

Es justo ahí uno de los puntos en donde confluyen las aguas del mar Caribe y el océano Atlántico. En esta zona murieron las 11 migrantes haitianas a principios de mayo de este año.

«Cuando ves las luces de Puerto Rico, aún te falta cruzar Desecheo», afirma Irisbel durante una videollamada con BBC Mundo. «[En esta área] no sabes para dónde va a coger la yola. Ahí todo el mundo entra en pánico. La mayoría de los viajes se pierden en Desecheo».

Justó allí el agua comenzó a entrar en la embarcación. «Sientes que es el último adiós», asegura.

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La yola llegó a la orilla porque todos hicieron un esfuerzo tremendo para sacar el agua mientras recorrían el último tramo. Cuando Irisbel desembarcó, el canal le mostró nuevamente cuán traicionero puede ser.

«Me bajé por el frente de la yola, y una ola la golpeó, y la yola me pasó por encima. Las hélices del motor me cortaron».

Nadó ensangrentada y llegó a tierra firme casi inconsciente.

Los peligros

Los vientos alisios, las corrientes, la falta de equipo y el desconocimiento sobre navegación hacen que el Canal de la Mona sea un lugar «impredecible» para los migrantes, afirma el capitán Gregory Magee.

«Algunos migrantes, mientras están navegando, pueden mirar y decir: ‘bueno, está tranquilo en este momento’. Pero no saben si va a cambiar o si en realidad podría estar difícil en alta mar. No pueden ver eso hasta que realmente están expuestos», explica.

Bote de madera con ropa y artículos de migrantes luego de ser detenido por la Guardia Costera de EE.UU.

FUENTE DE LA IMAGEN – GUARDIA COSTERA DE EE.UU.. Las débiles yolas, muchas veces de madera y construidas a mano, aumentan el peligro para los migrantes en el Canal de la Mona, un lugar descrito por las autoridades como «incierto» para navegar.

A esto se suman múltiples factores, como viajar sin chalecos salvavidas, radares o teléfonos celulares. También es un factor la sobrecarga de las débiles yolas, que aveces transportan a decenas de personas.

«Algunos contrabandistas de personas están más preocupados por evitar a las autoridades que por tomar rutas seguras», sostiene Magee.

Además de las características del canal, las personas que se lanzan en esta travesía sufren de muchos otros peligros, dice, por su parte, Romelinda Grullón, directora del Centro de la Mujer Dominicana en Puerto Rico.

La organización que dirige, que ofrece ayuda legal y psicológica a los migrantes, sobre todo a mujeres, ha atendido decenas de casos de personas que han sido abusados física y sexualmente durante el trayecto.

El capitán de la Guardia Costera de EE.UU. Gregory Magee

FUENTE DE LA IMAGEN – GUARDIA COSTERA DE EE.UU.. El capitán de la Guardia Costera de EE.UU. Gregory Magee, quien dirige la oficina de esa rama militar en Puerto Rico.

También a quienes quedan traumados por la ansiedad y estrés que les causa el viaje.

«Muchas de esas mujeres esperan en los campos antes de tomar una embarcación. Dentro de ese lapso de tiempo, que pueden ser varios días, algunas son violadas. Y cuando están en la embarcación, mientras más días pasan en alta mar, tienen más probabilidades de ser abusadas», señala Grullón, cuya entidad lleva 19 años ofreciendo servicios en Puerto Rico.

Hay quienes también han visto, agrega, cómo algunas personas son lanzadas por la borda mientras recorren el canal, por razones tan diversas como estar nerviosas en altamar o porque «les llegó su menstruación».

Estas dificultades no han hecho que los migrantes desistan de realizar el viaje. Durante la pandemia se registró un aumento en la cantidad de personas que cruzaron el canal.

La isla de Mona, ubicada en el centro del Canal de la Mona, está a 75 millas al suroeste de la ciudad boricua de Mayagüez

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La isla de Mona, ubicada en el centro del Canal de la Mona, está a 75 millas al suroeste de la ciudad boricua de Mayagüez.

De acuerdo con la Guardia Costera, en 2020 llegaron a Puerto Rico a través del pasaje 1.122 personas, mientras que en 2019 la cifra fue de 1.041.

En 2021 el número se redujo a 707. Las nacionalidades más comunes son dominicanos y haitianos, pero también hubo venezolanos, cubanos, turcos y brasileños.

Un trauma después del trauma

Muchos migrantes ven sus sueños desvanecerse cuando tocan tierra estadounidense, continúa Romelinda Grullón.

Mientras enfrentan la burocracia gubernamental para conseguir un estatus permanente, deben trabajar de forma irregular, muchas veces en condiciones inseguras, por poca paga y sin prestaciones sociales.

También enfrentan discriminación y son, una vez más, propensos a abusos que temen denunciar por miedo a ser deportados.

Irisbel Herrera

FUENTE DE LA IMAGEN – IRISBEL HERRERA. Irisbel, luego de llegar ensangrentada a una playa de Aguadilla, un municipio al oeste de Puerto Rico, comenzó a trabajar de forma irregular, de ordinario en restaurantes, para enviar dinero a los dos hijos que había dejado en República Dominicana.

En el territorio estadounidense, afirma, sufrió abuso sexual y físico por parte de una pareja, con quien tuvo un tercer hijo.

«Me amenazaba para que no trabajara, algo que yo hacía por mis hijos. Me decía que si lo hacía, me enviaría a inmigración al trabajo», cuenta Irisbel, quien no esconde las lágrimas mientras habla.

En el Centro de la Mujer Dominicana recibió ayuda psicológica para trabajar sus traumas. Recibió también apoyo legal y recién en 2021 logró su residencia permanente.

Imagen aérea de una embarcación con migrantes en el Canal de la Mona

FUENTE DE LA IMAGEN – GUARDIA COSTERA DE EE.UU. Mientras gestionaba sus documentos migratorios, uno de sus hijos en República Dominicana falleció y no pudo asistir a su funeral. Ahora su meta es lograr que la hija que le queda en ese país se mude a Puerto Rico.

Pese a la necesidad y las dificultades económicas, subirse a una yola y cruzar el Canal de la Mona «es algo que no se lo aconsejo a nadie», dice convencida.

Imagen de portada: GUARDIA COSTERA EEUU. El islote Monito en el Canal de la Mona cerca del cual muchas veces quedan varados los migrantes. Mide unos 5 kilómetros y es inaccesible por mar.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Ronald Ávila-Claudio. 29 de junio 2022.

América Latina/EE.UU./Caribe/Migraciones/Puerto Rico/República Dominicana/Derechos humanos/Separación de integrantes de familias.

Los colonos de Sosúa, los judíos acogidos por República Dominicana durante la Segunda Guerra Mundial.

«Nosotros como niños éramos totalmente libres, no había peligro de nada».

Joachim Benjamin recuerda cómo en Sosúa los adultos pasaban todo el día trabajando la tierra y en su tiempo libre, por las tardes, se reunían a comer pastel o, de ser un típico día soleado, visitaban las hermosas playas del Atlántico.

Hasta 1940 ni él ni sus vecinos, todos judíos europeos, habían oído hablar de aquel municipio del norte de República Dominicana que acababa de volverse su nuevo hogar.

Llegaron allí como refugiados, con la Segunda Guerra Mundial ya comenzada, huyendo de la persecución del gobierno nazi.

Y empezaron su nueva vida en una comunidad abandonada en lo que había sido una próspera plantación de bananos que tuvieron que levantar con sus propias manos.

El plan de Trujillo

Ese destino se decidió dos años antes y a miles de kilómetros, en Évian-les-Bains.

En aquella ciudad balneario francesa se reunieron del 6 al 15 de julio de 1938, convocados por el entonces presidente de Estados Unidos Franklin Roosevelt, delegaciones de 32 países y representantes de una serie de organizaciones privadas.

El objetivo de la Conferencia de Evian, tal como se le llamaría a la cumbre, era abordar el tema de los refugiados judíos que huían del nazismo.

Adolf Hitler

FUENTE DE LA IMAGEN -GETTY IMAGES. Con la llegada al poder del Hitler en Alemania comenzó la persecución de judíos.

Y el jefe militar dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina se destacó como el único líder mundial dispuesto a darles asilo.

Lo que parecía un gesto humanitario, sin embargo, escondía otras motivaciones, coinciden los historiadores.

Trujillo había mandado a matar a decenas de miles de haitianos durante un conflicto de seis días en octubre de 1937, lo que se conoció como la «Masacre del Perejil» o «El Corte», mientras que los haitianos la recuerdan como Kout Kout-a («el apuñalamiento»).

Independientemente del nombre, fue un experimento del mismo tipo de limpieza étnica que estaba ocurriendo en Europa, y Trujillo necesitaba una buena estrategia de relaciones públicas.

A ello apunta Allen Wells en su libro «Sion Tropical: el general Trujillo, Franklin Roosevelt y los judíos de Sosúa», publicado en 2014 por la Academia Dominicana de la Historia.

Además, Trujillo, obsesionado con la blancura, vio el éxodo de los judíos de Europa del Este, en los tiempos del ascenso de Adolf Hitler al poder y el cierre de fronteras, como una oportunidad para promover su agenda racial: los judíos europeos podrían procrearse con las mujeres dominicanas, quienes darían a luz a bebés de piel más clara.

Asimismo, Juan Daniel Balcácer, presidente de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias de República Dominicana, le dice a BBC Mundo que también fue un intento de Trujillo de demostrarle a Estados Unidos que él era un aliado incondicional.

Rafael Trujillo

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Rafael Leónidas Trujillo Molina estaba obsesionado con la blancura.

«Y tal actitud de colaboración con los Estados Unidos, cuando muchos países simplemente eludieron comprometerse aceptando migrantes judíos en sus respectivos territorios, le garantizaba —al menos él y sus asesores estaban convencidos de ello— un mayor apoyo económico, militar y político por parte de los estadounidenses», añade Balcácer.

En una carta de septiembre de 1942, el «generalísimo» escribió que sus lazos de amistad con Estados Unidos eran entonces más sólidos que al inicio de su gobierno en 1930. «Y han sido más fructíferos desde que me relaciono con su excelencia el presidente Franklin D. Roosevelt y el secretario de Estado Cordel Hull».

Así, Trujillo se comprometió a acoger a 100.000 judíos, tal como señala el historiador Herbert Stern en su libro de este año «Hechos y documentos sobre la presencia judía en República Dominicana».

Comunidad agraria

No fue hasta 1940, con la Segunda Guerra Mundial ya en marcha, que el gobierno dominicano firmó el acuerdo con la Asociación de Asentamientos de República Dominicana (DORSA, por sus siglas en inglés), un programa del Comité Judío Americano de Distribución Conjunta.

Y el 10 de mayo llegó el primer barco.

Colonia judía

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Una pareja de refugiados judíos en Sosúa.

Los 47 refugiados que desembarcaron fueron recibidos por representantes de la DORSA en Ciudad Trujillo, actual Santo Domingo, y llevados a su nuevo destino: Sosúa.

Desde principios del siglo XX hasta 1916 la United Fruit Company había tenido allí una plantación de plátano, que prosperó e hizo florecer a la región.

Pero la caída de las exportaciones trajo el cierre de las operaciones bananeras. Y atrás quedaron, no solo los campos, también unas 20 casas y varios barrancones al igual que instalaciones de un pequeño hotel.

Aquella propiedad de unos 105 kilómetros cuadrados la compró Trujillo en 1938 y se la donó a la DORSA, para que los judíos pudieran asentarse allí y la convirtieran en un boyante rancho ganadero y una vibrante comunidad.

De ella formó parte Herta Wellisch, hija de un matrimonio de origen checoslovaco que vivía en Austria.

Llegó el 29 de septiembre de 1940, junto a otras 20 jóvenes de entre 16 y 19 años, procedente de Inglaterra, donde se había refugiado tras el estallido de la guerra. En Londres, buscando trabajo en agencias judías, le contaron de la posibilidad de irse a República Dominicana.

«Yo no sabía absolutamente nada sobre este país, pero firmé de inmediato», le contó a su nieta, Juli Wellisch, quien luego incluiría el relato en su libro de 2016 «Sosúa: páginas contra el olvido».

Tenía 18 años cuando llegó, tras haber hecho escala en Glasgow, Escocia, y en Nueva York.

Un año después arribaron sus padres, Emil y Selma Wellisch, y su hermano Kurt. «Cuando por fin pudimos abrazar a nuestras familias, todos llorábamos pues pensábamos que ese día no iba a llegar nunca».

Refugiados judíos

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE YULI WELLISCH. Los hermanos Kurt y Herta Wellisch a inicios de la década de 1940 en Sosúa.

Como el objetivo era convertir aquella propiedad de Sosúa en un próspero rancho, muchos de los refugiados tuvieron que dejar atrás sus oficios y aprender de agricultura. Fue el caso de Emil Wellisch, quien había sido contable de la empresa de ferrocarriles de Viena.

Los colonos fueron instruidos por expertos en el cultivo de frutos subtropicales y recibieron 33 hectáreas de terreno y al menos 10 vacas. Una más si tenían esposa, y dos extra por cada hijo.

Además la DORSA les prestaba US$10.000 dólares que, una vez empezaban a cobrar por su trabajo como agricultores y ganaderos, debían devolver.

A pesar del acceso a los recursos, para muchos vivir en lo que parecía un paraíso caribeño no fue fácil.

El español, un idioma que no dominaban, fue el reto inicial. Luego empezaron a llegar las enfermedades.

A inicios de 1940 hubo un brote de malaria en la costa norte de República Dominicana que afectó de inmediato a los refugiados, por lo que la DORSA construyó un hospital a las afueras de Sosúa para tratar a los enfermos.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

Al poco tiempo los judíos crearon una sinagoga, restaurantes y una biblioteca para compartir.

La falta de tuberías y la inexistencia de electricidad tampoco facilitó las cosas, pues los nuevos habitantes tenían que cargar cubos de agua, cocinar con leña y limpiar precariamente.

Pero fueron haciendo mejoras poco a poco y al tiempo ya habían vuelto el asentamiento un lugar más agradable, con la apertura de una pequeña biblioteca, un comedor y una sinagoga en la que reunirse.

De Shanghái a Sosúa

Joachim Benjamin, quien ahora tiene 80 años, recuerda para BBC Mundo sus primeros días en el Caribe.

Mi padre, Erich Benjamin, estaba en el campo de concentración de Buchenwald, en Alemania. Pero mi mamá, Erna Geppert, pudo conseguir documentos y ambos se mudaron a Shanghái en 1939.

Alemania Nazi

FUENTE DE LA IMAGEN -CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

Erich Benjamin, en 1939, al salir del campo de concentración de Buchenwald, en Alemania.

Yo nací en Shanghái en 1941 y mi hermana, Jeanette, un año después.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, mi padre, quien era ebanista, vio en un periódico que República Dominicana estaba buscando a judíos para darles refugio.

Él dijo que no sabía para dónde iba, pero aseguró «para allá voy».

Yo estaba muy pequeño y casi no recuerdo bien, pero fue un viaje largo: de dos meses.

Nos pasó a buscar un barco militar estadounidense que llevaba pasajeros desde Shanghái hasta San Francisco (Estados Unidos), un viaje que tomó 10 días.

Refugiados judíos

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

Erna Geppert, madre de Joachim, en la carta de identificación de Shanghái.

Desde San Francisco fuimos en tren a Miami y tardamos una semana. Y de allí volamos a Ciudad Trujillo, como se llamaba entonces la capital dominicana.

Al vuelo de cuatro horas le siguieron ocho por carretera hasta Sosúa.

Llegamos al país en marzo de 1947.

Para ese tiempo la colonia judía ya estaba establecida y aunque en un principio quisimos hacer negocios, mi papá se dedicó a la ganadería, a la producción de leche y carne.

Vivimos primero en una comunidad un poco alejada del centro,a unos 9 kilómetros del batey —como se conocía al conjunto de edificaciones que dejó la United Fruit Company—. Pero dos años después nos mudamos más cerca.

A mi papá le entregaron una finca con 10 vacas, y aunque no había trabajado en una, se hizo finquero. No tenía título universitario pero como a él le gustaba leer aprendió todo sobre fincas.

Mi padre también aprendió español, no perfecto, pero se manejaba bien. También sabía inglés, porque llegó a trabajar para Inglaterra.

Para mi mamá la adaptación fue más difícil. No consiguió dominar el español a pesar de vivir allá por 40 años.

También es posible que la guerra la hubiera dejado traumatizada, pero la verdad es que nunca se adaptó al ambiente.

Mi juventud fue maravillosa, porque no había ningún peligro. Sosúa era un pueblo aislado y nosotros, como niños, éramos totalmente libres.

Íbamos a la escuela de 8:00 de la mañana hasta el mediodía y el resto del tiempo era de nosotros y nadie se preocupaba porque no había ningún riesgo.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

Joachim y su hermana, Jeanette, en Sosúa (1947)

En el asentamiento prácticamente todo el mundo hablaba alemán, pero en la escuela Cristóbal Colón se impartía todo en español.

Éramos 60 alumnos, la mayoría judíos. Y solo daban clases hasta el octavo grado, porque era una escuela primaria.

En el pueblo había dos restaurantes, y la gente se reunía en la tarde a comer bizcocho o a jugar boliche.

Y aunque no había conciertos en vivo, teníamos un tocadiscos y dos veces al mes nos juntábamos a escuchar ópera y un hombre nos explicaba de qué iba.

Familia judía en Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JOACHIM BENJAMIN

La familia Benjamin en la década de 1950. De izquierda a derecha (Joachim, Erich, Erna y Jeanette)

Ya Sosúa no es una comunidad judía

Aunque Trujillo se comprometió a dar asilo a 100.000 judíos europeos, por problemas para su traslado, las tensiones políticas y cierta incertidumbre acerca de su ubicación terminaron asentándose 757.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

A pesar de las adversidades, los colonos de Sosúa eran felices.

«Solo la desventurada circunstancia de que no existan medios de transporte no ha permitido que esta cifra haya sido cubierta hasta ahora», se justificó el mandatario militar en una carta en 1942.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 muchos judíos buscaron oportunidades en Estados Unidos, también algunos de Sosúa, especialmente aquellos que querían estudiar.

Fue el caso de Herta y, por un tiempo, el de Joachim.

Para 1947 en Sosúa solo quedaban 386 refugiados. Y cuando murió Trujillo, en 1961, había 155.

Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

Fotografía de uno de los «batey» de Sosúa.

38 años después de haberse establecido el asentamiento había más enterrados en el cementerio judío que sobrevivientes. De acuerdo con los reportes de la época, eran en total 23 familias.

Pero seguía siendo una comunidad muy unida y conformaron una cooperativa.

La comunidad judía en República Dominicana hoy.

Playa de Sosúa

FUENTE DE LA IMAGEN – ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN

Con el pasar de las décadas la industria hotelera de Sosúa se desarrolló y, poco a poco, se fueron perdiendo las costumbres judías.

Sosúa, de 276 kilómetros cuadrados, es uno de los ocho municipios de la provincia Puerto Plata, en el norte de República Dominicana.

Allí siguen de pie hoy, más de 80 años después de la llegada de los primeros refugiados, algunas de las empresas lácteas y cárnicas que estos fundaron.

El incremento del turismo en la zona y el mestizaje han hecho que, con los años, hayan ido desapareciendo las costumbres judías que estuvieron en su día muy arraigadas.

Gracias a su abuela, Juli Wellisch aprendió alemán y sabe más del judaísmo que del catolicismo, religión mayoritaria en el país caribeño.

«Aunque los ortodoxos no me consideran judía», dice Juli, haciendo referencia al mestizaje de sus padres.

Pareja

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA DE JULI WELLISCH

Los padres de Juli Wellisch, Kurt Wellisch y Tatica Miller de Wellisch.

La única sinagoga del pueblo no ofrece servicios regulares por la falta de un rabino.

Pero se siguen celebrando las principales festividades judías, como el Yom Kipur o el Día de la Expiación, el Janucá o la Fiesta de las Luces, y el Rosh Hashaná o Año Nuevo judío.

La pequeña escuela donde estudiaron cientos de niños, incluida también Juli, sigue funcionando bajo el nombre de Luis Hess, en honor a un maestro que trabajó en ese centro durante 34 años.

También existe un museo que alberga fotografías y artículos sobre la comunidad judía de Sosúa, pero está cerrado temporalmente.

«En 75 años nunca experimenté antisemitismo. Los dominicanos no son prejuiciados contra judíos. Muy al contrario siempre fuimos tratados bien», comenta Joachim.

Imagen de portada: ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. Después de trabajar, los refugiados se reunían en el restaurante del pueblo.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Carolina Pichardo. Abril 2022.

Sociedad y Cultura/Alemania nazi/Holocausto/República Dominicana

La tragedia de las hermanas Mirabal: cómo el asesinato de 3 mujeres dominicanas dio origen al día mundial de la No violencia contra la mujer.

Las hermanas Mirabal se convirtieron en símbolo de la causa contra la violencia de género.

«Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte».

Con esta frase, la activista dominicana Minerva Mirabal respondía a principios de la década de los 60 a quienes le advertían de lo que entonces parecía un secreto a voces: el régimen del presidente Rafael Leónidas Trujillo (1930-1961) iba a matarla.

El 25 de noviembre de 1960, su cuerpo apareció destrozado en el fondo de un barranco, en el interior de un jeep junto con dos de sus hermanas, Patria y María Teresa, y el conductor del vehículo, Rufino de la Cruz.

Más de medio siglo después, la promesa de Minerva parece haberse cumplido: su muerte y la de sus hermanas en manos de la policía secreta dominicana es considerada por muchos uno de los principales factores que llevó al fin del régimen trujillista.

Y el nombre de las Mirabal se ha convertido en el símbolo mundial de la lucha de la mujer.

Este jueves, como cada 25 de noviembre, la fuerza de Minerva, Patria y María Teresa se hará sentir especialmente con motivo del Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer, que fue declarado por la ONU en honor a las hermanas dominicanas.

La «gota que colmó la copa»

Conocidas como «Las Mariposas», estas mujeres nacidas en una familia acomodada en la provincia dominicana de Salcedo (hoy Hermanas Mirabal), con carreras universitarias, casadas y con hijos, contaban en el momento de su muerte con cerca de una década de activismo político.

Rafael Leónidas Trujillo.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

La policía secreta asesinó a las hermanas Mirabal por orden de Rafael Leónidas Trujillo.

Dos de ellas, Minerva y María Teresa, ya habían pasado por la cárcel en varias ocasiones. Una cuarta hermana, Bélgica Adela «Dedé» Mirabal, quien murió este año, tenía un papel menos activo en la disidencia y logró salvarse.

«Tenían una trayectoria larga de conspiración y resistencia, y mucha gente las conocía», le explica a BBC Mundo Luisa de Peña Díaz, directora del Museo Memorial de la Resistencia Dominicana (MMRD).

Ese fatídico 25 de noviembre funcionarios de la policía secreta interceptaron el automóvil en el que se trasladaban las hermanas en una carretera en la provincia de Salcedo, en el centro norte del país.

Las mujeres fueron ahorcadas y luego apaleadas para que, al ser lanzadas dentro del vehículo por un precipicio, se interpretara que habían fallecido en un accidente automovilístico.

En el momento de morir tenían entre 26 y 36 años, y cinco hijos en total.

«Fue un día terrible, porque aunque lo sabíamos, no pensábamos que se iba a actualizar el crimen», dice Ángela Bélgica «Dedé» Mirabal en el documental «Las Mariposas: Las Hermanas Mirabal».

«Había unos policías y yo les agarraba y les decía: convénzase que no fue un accidente, que las asesinaron», contó Dedé.

Dede Mirabal

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

El asesinato marcó la vida de Dedé Mirabal (que aparece en la foto) y la historia del país.

La popularidad de las tres mujeres, unido al aumento de los crímenes, las torturas y las desapariciones de quienes se atrevían a oponerse al régimen de Trujillo, hizo que este asesinato marcase la historia dominicana.

«Fue tan horroroso el crimen que la gente empezó a sentirse total y completamente insegura, aun los allegados al régimen; porque secuestrar a tres mujeres, matarlas a palos y tirarlas por un barranco para hacerlo parecer un accidente es horroroso», explica De Peña Díaz.

En palabras de Julia Álvarez, escritora estadounidense de origen dominicano, la clave para explicar por qué la historia de las Mirabal es tan emblemática radica en que le pusieron un rostro humano a la tragedia generada por un régimen violento que no aceptaba disidencia y que llevaba tres décadas de asesinatos en el país.

«Esta historia cansó a los dominicanos, que dijeron: cuando nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras esposas, nuestras novias no están seguras, ¿de qué sirve todo esto?», afirma Álvarez, autora de la novela ‘El tiempo de las mariposas’, basado en la historia de las hermanas Mirabal que inspiró una película del mismo nombre.

En ese sentido, la directora del MMRD señala que todos los implicados en el «ajusticiamiento», como se conoce en República Dominicana a la muerte de Trujillo a tiros en una carretera el 30 de mayo de 1961 cuando iba con su chófer a visitar a una joven amante, «citan sin excepción el crimen de las Mirabal como la gota que colmó la copa».

El poder de las mariposas

«Las Mirabal sacaron sus brazos de la tumba de forma fuerte», indica Peña Díaz.

Y pese a que los homenajes a estas hermanas tardaron en llegar por miedo, hoy Minerva, Patria y María Teresa son un símbolo de la República Dominicana.

En el país caribeño además de una provincia con su nombre, les han dedicado, por ejemplo, un monumento en una céntrica vía de Santo Domingo y un museo en su honor que cada 25 de noviembre se convierte en lugar de peregrinaje de muchas personas.

Además, desde 1981 la fecha de su muerte se convirtió en un día señalado en Latinoamérica para marcar la lucha de las mujeres contra la violencia, realizándose el primer Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, en Bogotá (Colombia).

En dicho encuentro las mujeres denunciaron los abusos de género que sufren en el nivel doméstico, así como la violación y el acoso sexual por parte de los Estados, incluyendo la tortura y la prisión por razones políticas.

En 1999 la ONU lo convirtió en un día internacional.

Imagen de portada: Gentileza de Casa Museo Hermanas Mirabal

FUENTE RESPONSABLE: BBC Mundo. Por Lorena Arroyo. Noviembre 2021

América Latina/República Dominicana/Maltrato domestico/Mujeres