La marina en la antigua Roma

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A pesar de desempeñar un papel decisivo en la expansión romana por el mar Mediterráneo, la marina romana nunca tuvo el prestigio de las legiones.

Los romanos fueron un pueblo esencialmente terrestre, y dejaron los temas del mar en manos de pueblos más familiarizados con ellos, como los griegos y los egipcios para navegar. La marina romana nunca fue totalmente abrazada por el Estado Romano, y se consideraba no romana. 

Las armadas y las flotas comerciales no tenían la autonomía logística en la antigüedad. La armada romana, incluso en su apogeo, no existió de forma autónoma, sino que operó como un ente adjunto del ejército. 

Los socii navales eran aliados o mercenarios, generalmente de Sicilia y Grecia, que aportaban barcos y tripulaciones. Eso se quedó insuficiente al estallar la Iª Guerra Púnica, por lo que se cambiaron los conceptos para construir una flota mucho más potente. 

Durante la primera época republicana allá por el siglo IV a. C. habían combatido a los piratas etruscos de Antium y los romanos construyeron el primer puerto de Ostia. Crearon dos cargos de duoviri navales que serán los encargados de equipar y dirigir las reparaciones de las naves de sus aliados costeros y que disponían de al menos diez naves cada uno para combatir la piratería etrusca.

Roma tuvo una guerra contra la colonia griega de Tarento en el año 282 a. C., frente a cuyas naves de guerra sufrieron los romanos su primera derrota naval, aunque finalmente vencieron a los tarentinos por tierra.

El primer enfrentamiento con la que era la primera potencia naval del Mediterráneo, que era Cartago, fue cuando los romanos se decidieron a construir una flota de guerra propia para hacer frente a la poderosa escuadra cartaginesa y proteger los suministros y los envíos de tropas entre la península Itálica y la isla de Sicilia.

“Aquella armada, y especialmente la de los Karabisianoi, que era una escuadra permanente creada en la segunda mitad del siglo VII, logró sostener al imperio, bien luchando, bien aprovisionando”

La marina romana se expandió de forma muy importante en el transcurso de la Iª Guerra Púnica y jugó un papel vital en la victoria romana y en la ascensión de la República romana con la hegemonía en el mar Mediterráneo. 

Se forma, en el año 260 a. C., la primera flota romana importante, compuesta por cerca de 150 quinquerremes y trirremes, la cual actuaba cerca del estrecho de Mesina entre Sicilia y la península Itálica.

Roma se esforzó por anular la ventaja marítima cartaginesa, equipando a sus naves con el corvus, que era un nuevo invento que constaba de un gran tablón de madera con un garfio con el que se enganchaban a las naves enemigas. 

Esto permitía a los romanos enviar a los soldados a modo de pasarela al asalto de la nave enemiga, evitando así las tradicionales tácticas de la batalla de abordaje embistiendo los cascos con el rostrum, en las cuales inicialmente eran mucho menos experimentados.

Aunque la primera acción llevada a cabo en el mar, fue la batalla de las islas Lipari en el año 260 a. C., terminó en una derrota para Roma, las fuerzas implicadas eran relativamente pequeñas. 

La nueva marina romana logró su primera victoria naval importante en ese mismo año en la batalla de Milas. Con el curso de la guerra, Roma continuó ganando batallas en el mar y adquiriendo experiencia naval. Su cadena de éxitos permitió que Roma expandiera su teatro de operaciones en el mar, alcanzando la misma Cartago.

A comienzos de la IIª Guerra Púnica entre los años 218 al 202 a C., la hegemonía naval en el mar Mediterráneo occidental había pasado ya de Cartago a Roma. Esto hizo que Aníbal, el gran general cartaginés, cambiara de estrategia, llevando la guerra a la península Itálica.

Durante la primera mitad del siglo II a. C., Roma destruyó Cartago y dominó los reinos helenísticos del este del Mediterráneo, logrando el dominio completo de todas las orillas de este mar. 

Las flotas romanas volvieron a desempeñar un papel preponderante en el siglo I a. C. en las guerras contra los piratas y en las guerras civiles que provocaron la caída de la República, cuyas campañas se extendieron a lo largo del Mediterráneo. 

Roma organizaría periódicamente expediciones para enfrentarse a los piratas. Pompeyo organizó una fuerza naval en el año 67 a. C que libró eficazmente la piratería de este mar durante un tiempo.

Mientras en la República romana se desataba la guerra civil, los diferentes ejércitos crearon de nuevo sus propias fuerzas navales. Sexto Pompeyo que era, hijo menor del anterior, en su guerra con Octavio Augusto reunió una importante flota que operaba con un gran radio de acción para amenazar Sicilia, la fuente vital de grano de Roma, lo que produjo el pánico en la ciudad por el aumento de su precio.

Un birreme del siglo II a.C. representado en un relieve procedente del templo de Fortuna Primigenia

Octavio Augusto, con la ayuda de Marco Agripa, construyó una flota en Forum Iulii y derrotó a Sexto en la batalla de Nauloco en el año 36 a. C., terminando con toda la resistencia pompeyana. 

La marina de Octavio Augusto fue puesta una vez más a prueba al luchar contra las flotas combinadas de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Actium en el año 31 a. C. 

Esta última batalla naval de la República romana permitió establecerse definitivamente a Octavio Augusto como único Emperador en Roma y puso fin a las guerras civiles que sufría Roma con la victoria final de Octavio César, que significa el fin de la República romana. 

Durante el período imperial, el mar Mediterráneo fue un pacífico lago romano por la ausencia de un rival marítimo, y la marina quedó reducida mayormente a patrullaje y tareas de transporte.

Sin embargo, la participación de la marina romana aumentó en las fronteras del Imperio, en las nuevas conquistas y cada vez más, en la defensa contra las invasiones bárbaras, la marina estuvo plenamente participativa. 

El declive del Imperio en el siglo III d. C., hizo que la marina quedara reducida a la sombra de sí misma, tanto en tamaño como en capacidad de combate. En las sucesivas oleadas de los pueblos bárbaros contra las fronteras del Imperio, la armada solo pudo desempeñar un papel secundario. 

A comienzos del siglo V d. C., las fronteras del imperio fueron superadas y aparecieron reinos bárbaros en las orillas del mar Mediterráneo occidental. Uno de ellos, los vándalos crearon su propia flota que atacaba las costas del Mediterráneo, incluso llegó a saquear Roma, mientras las disminuidas flotas romanas fueron incapaces de ofrecer resistencia.

LOS BARCOS ROMANOS

Según Polibio, los romanos tomaron como modelo de diseño una nave cartaginesa naufragada, debido a la falta de tradición marinera. Esa carencia, que es tanto como decir inexperiencia, se siguió también con buques y hubo que tirar de imaginación, introduciendo una novedad que daría tiempo para equilibrar las cosas.

Se trataba del corvus, una especie de puente levadizo con un garfio en el extremo para clavarse en la cubierta del buque enemigo y facilitar su abordaje a los legionarios embarcados, minimizando así las superiores técnicas navales púnicas. 

Como sabemos, la victoria final fue para los romanos, que al término de la última guerra y ya dueños del Mediterráneo occidental, extendieron su dominio a la zona oriental del mar Mediterráneo, tras derrotar también a ilirios y pónticos. 

Al no haber ya una potencia que rivalizase con ellos, habían retornado al sistema de socii navales disolviendo temerariamente la flota, de ahí que fuera necesario formar otra nueva flota.

Gracias a los poderes especiales concedidos por el Senado, Pompeyo consiguió poner fin a la piratería, que se había convertido en un serio peligro para la economía. Además, empezaba una nueva era de expansión de la mano de Julio César, y le vino muy bien para acometer la conquista de las Galias primero y Britania después. 

Más tarde estallaron las guerras civiles y esos barcos se usaron para dirimir quién gobernaría en Roma. El episodio final de aquel conflicto fratricida lo protagonizaron Octavio y Marco Antonio, siendo precisamente una batalla en el mar, la de Actium como ya hemos visto, la que inclinó la balanza para el primero en el año 31 a.C.

Roma deja atrás la etapa republicana para entrar en la época imperial, que dio sus primeros pasos con una reforma militar integral, diseñada por Marco Vipsanio Agripa y financiada por el Aerarium militare, con la finalidad de profesionalizar el ejército y la marina. 

La marina romana situó la base principal en Ostia, pasando luego a Forum Iulii, la actual Fréjus francesa. Posteriormente, se optó por dividir la armada en dos flotas pretorianas que pudieran cubrir todo el mar Mediterráneo: 

– La primera flota romana era la Classis Misenensis llamada así por operar desde Misenum, en Nápoles, siendo su misión controlar el Mediterráneo occidental. Disponía de medio centenar de barcos y unos diez mil hombres, si se incluye a los legionarios adscritos, muchos de ellos reclutados en Egipto. 

Al igual que las legiones, las flotas solían intervenir en la política y miembros de la Misenensis lo hicieron a favor de Nerón, Septimio Severo o Constantino.

– La segunda flota debía ocuparse del Mediterráneo oriental, era la Classis Ravennatis. Ese nombre deriva de su base en Rávena, donde había un complejo portuario con astilleros y capacidad para doscientas cincuenta naves. 

Muchos marinos residían en Roma, en el Castra Ravennatium, adiestrándose a menudo mediante naumaquias en las aguas del río Tíber. El personal de estas flotas era el encargado de desplegar el velarium que cubría el Anfiteatro Flavio, el Coliseo.

Distribución de las flotas romanas y sus principales bases durante el principado de Octavio

Cada una estaba al mando de un praefectus classis, extraído del estrato superior de la clase ecuestre, teniendo mayor rango el de la Misenensis. Les ayudaban sendos sub praefecti, a su vez auxiliados por varios oficiales, el navarchus princeps dirigía uno o varios escuadrones de naves.

Individualmente, los barcos eran capitaneados por un trierarca, equivalente a un centurión, a cuyas órdenes había marineros, soldados y remeros, todos considerados milites.

El servicio militar en la marina resultaba más largo que en tierra, puesto que tenía duración de veintiséis años, que serían dos más a partir del siglo III d.C. Al licenciarse recibían un pago, la ciudadanía, una parcela de tierra y permiso para casarse, que tenían prohibido hasta entonces.

La classis se componía fundamentalmente de:

– Trirremes, en cada uno de los cuales embarcaban ciento veinte legionarios, marineros aparte. 

– Quinquerremes con doscientos legionarios.

– Liburnas birremes y monorremes, muy ligeros y rápidos.

– Había más tipos de barco, incluyendo algún hexarreme, pero con el tiempo se tendió a reducir el tamaño de las naves. 

A cada barco se le bautizaba con nombres y normalmente operaban en primavera y verano, quedando el resto del año en sus puertos. Las flotas solían subdividirse en destacamentos secundarios distribuidos por muchos puertos diferentes.

Birremes de una flota del Danubio durante las Guerras Dacias (Columna Trajana)

A esas dos grandes flotas pretorianas se sumaban otras provinciales más pequeñas, a veces creadas específicamente para campañas concretas. 

Parece ser también que algunas legiones contaban con sus propios escuadrones marinos, caso de la Legio XXII Primigenia en el río Rin, la Legio X Fretensis en el río Jordán y otras en el río Danubio.

Hubo muchas más flotas desgajadas de las anteriores con el paso del tiempo y durante el período Bajo Imperial se destinaron fundamentalmente a controlar zonas específicas de la costa mediterránea. 

Las flotas Classis Pannonica y la Classis Moesica se atomizaron en escuadrones fluviales menores denominados Classis Histrica, que se dejaban al mando de los duces fronterizos y se extendían por diversos puertos del río Danubio que hacia frontera con los territorios bárbaros.

El emperador Constantino traslado la Classis Ravennatis a Constantinopla, debido al hundimiento progresivo del terreno en Ravena debido a los numerosos lodos del río Po. 

La armada romana fue perdiendo protagonismo en la misma medida que el imperio veía reducido su poder. En cambio, en el Imperio Romano de Oriente constituyó una fuerza fundamental para el mantenimiento de su hegemonía.

Su gran novedad fue el dromon [1], un buque de tres mástiles con velamen latino y dos filas de remos que se considera el predecesor de la galera italiana. Tenía un tamaño considerable con cincuenta metros de eslora y era acompañado de otros modelos de nave, como el panfil [2] o la kelandia [3].

La flota bizantina, y más concretamente los dromones, iban armados con balistas y otras máquinas bélicas, tal cual se habían hecho los siglos anteriores. El corvus había caído en desuso hacía ya mucho tiempo. 

Esta flota contaba con el famoso y temible fuego griego que se trataba de una mezcla de agua, nafta, azufre, resina, óxido de calcio y salitre que se disparaba mediante un sifón de bronce instalado en el castillo de proa, con resultados similares a los de un gran lanzallamas.

Aquella armada, y especialmente la de los Karabisianoi, que era una escuadra permanente creada en la segunda mitad del siglo VII, logró sostener al imperio, bien luchando, bien aprovisionando o ambas cosas. A veces hasta ayudando al imperio de occidente ante enemigos como los vándalos, ostrogodos, sasánidas, eslavos y árabes, hasta su caída definitiva en el año 1.453.


[1] Un dromon fue un tipo de galera y el barco de guerra más importante de la armada de Bizancio entre los siglos V y XII, cuando fueron sucedidos por las galeras de estilo italiano. Fue desarrollado a partir de la antigua liburna, que fue la principal nave de la armada romada durante el imperio. Era un buque de tres velas latinas de forma triangulares y dos filas de remeros, lo que le daba gran velocidad. Podía albergar entre 150 y 200 hombres, entre remeros, soldados y marineros. Estos barcos estaban armados con balistas y máquinas pesadas que proyectaban dardos de hierro, además del famoso fuego griego, así como catapultas para dispararlo, otra muestra del Imperio bizantino.

[2] El panfil era un barco de remos, de la familia de la galera, no demasiado grande, pero con una borda más alta que el uixer. La embarcación estaba destinada al comercio. Poseía una sola cubierta, no tenía castillos ni a proa, ni a popa e iba equipado con unos cien remos. Los pamphylos de la época bizantina eran una versión menor de los dromon. 

[3] Chelandion era el nombre de un tipo de galera bizantina, variante del dromon, que se usaba como buque de guerra y como buque de carga. Compartían las características generales del dromon siendo ambas galeras birreme con dos filas de remos, a pesar de que también presentaban una o dos velas latinas. Era controladas por dos timones en la popa y podían ser equipado con sifones para proyectar el temido fuego griego, arma secreta de la marina bizantina.

Imagen de portada: Lienzo del National Maritime Museum.

FUENTE RESPONSABLE: nuevatribuna.es Por Edmundo Fayanás Escuer. 10 de septiembre 2022.

Sociedad y Cultura/República/Roma/Marina/Historia.

 

 

Cómo echar a perder el futuro eligiendo humanidades.

Contaba Ernest Rutherford, premio Nobel de Química, que un día recibió una llamada de un colega docente. Le hablaba éste de un alumno que iba a suspender por errar en un problema de Física; sin embargo, el muchacho reclamaba la revisión del examen, tarea para la que sería designado Rutherford

El enunciado del problema era: «Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con un barómetro». El joven respondió que bastaba con subir a la azotea, lanzar una cuerda atada a un barómetro y marcar el límite al tocar el suelo: esa era la longitud. Cuando Rutherford le preguntó por otras soluciones, aplicó otras igualmente disparatadas, e igualmente válidas.

Conocía todas las fórmulas habidas, pero las aplicaba con un talante cotidiano que asustaba. Al reclamar un diez para el joven, Rutherford le preguntó por el método tan humano que usaba. El chico respondió: «No se puede ser científico sin ser humanista». El joven se llamaba Niels Bohr, y ganó el Nobel de Física años después.

A medida que uno echa la vista más atrás, se topa más claramente con el hecho de que los seres brillantes que nos ha dado la humanidad estudiaban igualmente ciencias o letras, de manera indistinta basaban un razonamiento en el otro. 

Mariano José de Larra, por poner un ejemplo, estudió Matemáticas y Medicina antes de ser uno de los mejores escritores de nuestra lengua. 

Los neoclásicos alternaban las leyes con la física y la filosofía, tanto da, ahí tenemos a Jovellanos. No hablemos ya del hombre renacentista, o de los clásicos grecolatinos, todoterrenos del conocimiento. Sin embargo, en el mundo de hoy se ven denostadas las humanidades en favor de las carreras más técnicas, como si se pudiese caminar por el mundo obviando a las primeras. 

«¿Cómo vas a echar a perder tu futuro estudiando humanidades?», me dijo a mí una vez una profesora. Como yo, tantos otros fueron reprendidos por esta elección.

Sin embargo, leo en el diario que el chaval que ha sacado la nota más alta de Selectividad este año ha elegido cursar Filología Clásica

Dan ganas de llorar de alegría: ¿cómo osa desafiar el chico brillante este sistema productivo donde Grecia y Roma son catálogos de Halcón Viajes, el Latín una forma de perreo y Séneca una beca de la universidad? ¿Cómo se atreve a no elegir una carrera que le asegure un sueldo desde el que poder pagar la gasofa y el alquiler? ¿Cómo se atreve a no ser parte del engranaje mercantilista que todo sistema educativo de hoy pretende potenciar? 

La realidad es que basta con leer cuatro palabras de la entrevista que le hacen al muchacho para entender que puede alcanzar el éxito en el momento que quiera, principalmente porque «éxito» es un concepto que él mismo va a ser capaz de moldear. Es entonces cuando pienso en Niels Bohr, y quiero pensar que este muchacho podrá llegar a cualquier sitio siendo, en primer lugar, en sus cimientos, un humanista. Salve.

Imagen de portada: Gentileza de Zenda

FUENTE RESPONSABLE: Zenda. Apuntes, Libros y Cía. Por Carlos Mayoral. 14 de julio 2022.

Grecia/Humanidades/Roma.

La Roma que miró Pasolini.

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Una ruta por los barrios romanos de Pigneto, Testaccio y EUR y el litoral de Ostia tras las huellas del cineasta italiano

El pasado 5 de marzo Pier Paolo Pasolini habría cumplido cien años. Como romano de adopción —se instaló en la capital italiana en 1950, huyendo de su padre alcohólico al que dejó en la región de Friuli—, el escritor y cineasta italiano miraba la ciudad con más fascinación que aquellos que habían nacido allí. Por eso, si alguien tiene pensado viajar a Roma puede homenajearlo haciendo una ruta totalmente pasoliniana.

Palazzo della Civilta Italiana, en el barrio del EUR (Esposizione Universale Roma). CAVAN ALAMY

El autor fue de los primeros en introducir la Roma intensa y difícil de los años cincuenta y sesenta del siglo XX en sus escritos y primeras películas, como Accattone (1961) y Mamma Roma (1962). Entre los escenarios vitales y artísticos de Pasolini se encuentran los barrios de Pigneto, Testaccio y EUR (Esposizione Universale Roma), y el litoral de Ostia, todos ellos distritos que habían ido surgiendo alrededor de la Roma histórica. Él los sacó de su anonimato para que los visitantes, fascinados por la ciudad bella y domesticada de la Piazza del Popolo y alrededores, reparasen por fin en ellos.

Un fotograma de la película ‘Mamma Roma’, dirigida en 1962 por Pier Paolo Pasolini. ETTORE GAROLFO GETTY IMAGES

Para ayudarnos a buscar las huellas de Pasolini por la ciudad, el Ayuntamiento de Roma ha publicado un mapa de lo más pintón que reparte gratuitamente en los diversos puntos de información turística (disponible también en su web). Tomarlo como guía lleva al viajero principalmente a los lugares ficcionales en los que los personajes de sus películas comieron o vivieron. Un buen ejemplo es el barrio del Pigneto, por donde el joven Accattone de la película homónima se movía a sus anchas. Así evocaba Pasolini en sus escritos aquel lugar olvidado, hoy de nuevo en boca de muchos: “La Via Fanfulla da Lodi, en medio del Pigneto, con las chabolas bajas, los muros agrietados, era de una grumosa grandeza en su extrema pequeñez; una pobre, humilde, desconocida callecita, perdida bajo el sol, en una Roma que no era Roma”.

Interior del restaurante romano Necci dal 1924.

Interior del restaurante romano Necci dal 1924. ALAMY

Pasolini recorrió el distrito junto a su coguionista, Sergio Citti, en busca de localizaciones para la película. Hoy el Pigneto se considera mucho menos periférico que antes y se ha convertido en un barrio animado muy apreciado por la gente joven, a pesar de la mala fama que tuvo hace décadas. Su calle más concurrida, por ser peatonal, es la Via del Pigneto, y la sorpresa para quienes recorran sus alrededores es que el bar Necci dal 1924 sigue abierto en la calle perpendicular (Via Fanfulla da Lodi, 28). 

El local es uno de los lugares esenciales para Accattone, pues en él comía el equipo de rodaje, además de ser una de las localizaciones del filme. Fundado en 1924, como indica su nombre, hoy lo frecuentan tanto mitómanos pasolinianos como romanos en busca de un ambiente simpático, pues su terraza y apuesta gastronómica a cargo del chef británico Ben Hirst —aunque siempre con recetas italianas— atraen como un imán a los comensales.

Terraza en la Via del Pigneto de Roma.

Terraza en la Via del Pigneto de la capital italiana. VINCENZO NUZZOLESE GETTY IMAGES.

Los vecinos de Pigneto también se muestran orgullosos de su arte urbano, encarnado en sus numerosos murales urbanos. Tres de ellos están dedicados a Pasolini: el titulado Io so i nomi está en la Via Fanfulla da Lodi, y su autor es el artista Omni 71. 

Pocos metros más adelante se nos aparece el ojo de Pasolini, a cargo del artista Maupal, y al otro lado de la calle sale al paso el rostro de la actriz Margherita Caruso en su papel de María en El evangelio según San Mateo, tal como la vio el artista romano Mr. Klevra. Asimismo, el Nuovo Cinema Aquila de Pigneto, reabierto en 2008 tras ser confiscado a la mafia, dedica una de sus salas al director que tanto amó este barrio del sureste de la ciudad.

Pirámide de Cayo Cestio en el cementerio Acattolico del barrio del Testaccio.

Pirámide de Cayo Cestio en el cementerio Acattolico del barrio del Testaccio. ALAMY.

Para escribir su poemario Las cenizas de Gramsci (1957), dedicado al pensador comunista italiano, Pasolini frecuentó un lugar más cerca de la Roma monumental: el Cementerio Acattolico del barrio del Testaccio. En él descansan, además de Antonio Gramsci, multitud de extranjeros no católicos y gran cantidad de pesos pesados de la cultura, como el poeta John Keats o el narrador Carlo Emilio Gadda. 

Todos ellos, casi 4.000 almas, reposan junto a la pirámide construida como mausoleo para Cayo Cestio en un paisaje rodeado de cipreses, pero también de los omnipresentes pinos romanos y de arbustos de rosas y camelias.

Mercato di Porta Portese, en el distrito de Trastévere.

Mercato di Porta Portese, en el distrito de Trastévere. JANI-MARKUS HÄSÄ / ALAMY

Cualquiera que se acerque a visitarlo haría bien en pasarse a comer un plato de pasta en Perilli, una trattoria de barrio que presume ante todo de su receta de carbonara. Y muy cerca de allí, los domingos, funciona el mercadillo de Porta Portese, el Rastro romano por excelencia. En él transcurren algunas escenas de Mamma Roma en las que el actor Ettore Garofolo, que interpreta al joven Ettore, hijo de Anna Magnani en la ficción, vende los discos con los que su madre aprendió a bailar.

Atardecer en la playa del Lido de Ostia, el antiguo puerto de Roma.

Atardecer en la playa del Lido de Ostia, el antiguo puerto de Roma. EQUATORE ALAMY

A pesar de su influencia cristiana, inevitable en los italianos de su generación y presente en su obra, Pasolini detestaba el Vaticano: “La plaza de San Pedro es espantosa. Como gusanos domésticos y útiles, como bancos de niebla, las procesiones la surcan”, llegó a escribir. La paradoja es que Pier Paolo pasó sus últimos años de vida cerca de otra basílica de tintes vaticanos: la de sus tocayos San Pedro y San Pablo (Piazzale dei Santi Pietro e Paolo), construida en 1955 por el arquitecto Arnaldo Foschini y su equipo en la parte más elevada del distrito del EUR, el proyecto arquitectónico de Mussolini cuya estética grandiosamente fascista sigue sorprendiendo a quienes lo visitan.

Pasolini eligió ese extraño barrio, repleto de construcciones de estilo racionalista, para pasar allí sus últimos años de vida porque la zona estaba todavía a medio hacer cuando se instaló con su madre y su prima en el número 3 de la calle Eufrate. Como el cineasta buscaba una casa con jardín, allí, en ese espacio urbano en plena transformación donde podía costearse, la encontró.

La mesa del restaurante Al Biondo Tevere de Ostia donde Pasolini cenó antes de ser asesinado en 1975.

La mesa del restaurante Al Biondo Tevere de Ostia donde Pasolini cenó antes de ser asesinado en 1975. MATTEO NARDONE ALAMY

Su final trágico lo conocemos: fue asesinado durante la noche del 2 de noviembre de 1975 en la playa de Ostia, no lejos del parque arqueológico de igual nombre. Hay una trattoria romana tradicional que tiene un valor poderosísimo para el cine: se trata de Al Biondo Tevere (Via Ostiense, 178).

Inaugurada en 1915, el magnetismo de esta trattoria no solo se debe a que en ella se filmó una escena de Bellissima de Luchino Visconti, en la que Ana Magnani, tan expresiva como de costumbre, come con su familia. El motivo principal de su fama, además de las frecuentes visitas de Elsa Morante o Alberto Moravia, es que allí cenó por última vez Pasolini la noche de su muerte. Acudió con el joven Pino Pelosi, el único condenado por su asesinato. Para homenajear al cineasta y escritor, podemos pedir en el local el fritto misto, una fritura de pescados especialidad de la casa, y comerla en la terraza cubierta con vistas al río.

Imagen de portada: Fotografías de Pier Paolo Pasolini en el barrio de Monteverde de Roma. MATTEO NARDONE/PACIFIC PRESS ALAMY

FUENTE RESPONSABLE: El País. España. Por Mercedes Cebrián. 26 de junio 2022.

Roma; Italia/Pier Paolo Pasolini/Sociedad y Cultura.

¿Cómo era el humor en la antigua Roma?

Aunque no podamos saber cómo se reían, si sabemos que existía el humor en la antigüedad. Un claro ejemplo de ello, son los chistes griegos y romanos, que se han conservado principalmente gracias a los escritores antiguos.

Aunque parezca un chiste, “el humor” es un tema bastante complicado de estudiar para los historiadores, lo que lo hace intrigante, especial, esclarecedor y muy valioso. Y es que, el humor del pasado, aún más que el del presente, siempre resistirá nuestros intentos de sistematizarlo, controlarlo o incluso describirlo

Cuando Keith Thomas dijo, en una conferencia en 1976, que quería “seguir leyendo (fuentes históricas) hasta que pudiera escuchar a la gente no solo hablando sino también riendo”. Esa declaración fue, por supuesto, una fantasía.

No obstante, aunque no podamos escuchar su forma de reír, si sabemos que existía el humor en la antigüedad

Un claro ejemplo de ello, y que podemos disfrutar hoy en día, son los chistes romanos, que se han conservado principalmente gracias a los escritores antiguos

Muchos de ellos nacieron de historias reales, las cuales fueron mencionadas por juristas, políticos, filósofos, escritores y oradores romanos, como Cicerón

Al cual, hace más de dos mil años, se le consideraba un bromista, un “cachondo”. Según Cicerón, la esencia del humor es que se basa en: “la ambigüedad, lo inesperado, los juegos de palabras, la subestimación, la ironía, el ridículo, la tontería y las trampas”. 

Los chistes se enfocaban en un tipo de personaje seleccionado, estereotipos, extranjeros y personajes famosos que eran conocidos en las comunidades. 

Uno de los chistes más antiguos, que se basó en una historia inventada, es el que cuenta Macrobio, un escritor romano de finales del siglo IV y V d.C., en su obra “Saturnalia”.

“Un provinciano ha venido a Roma, y andar por las calles estaba llamando la atención de todos, siendo un verdadero doble del emperador Augusto. El emperador, habiéndolo llevado al palacio, lo mira y luego pregunta: ‘Dime, joven, ¿tu madre vino a Roma en algún momento?’ La respuesta fue: ‘Ella nunca lo hizo. Pero mi padre estaba aquí con frecuencia”

La profesora Mary Beard, escritora del libro La risa en la antigua Roma”, catedrática en la Universidad de Cambridge, miembro del “Newnham College” y profesora de literatura antigua de la “Royal Academy of Arts”, dice que los romanos probablemente se reían como nosotros, con un “¡Ja, ja!”, aunque curiosamente no sonreían. 

Razón por la cual no encontraremos ninguna palabra en latín para una “sonrisa”, ya que este concepto apareció más tarde. 

La catedrática se basa en la afirmación del historiador francés Jacques le Goff de que la sonrisa se convirtió en un invento de la Edad Media.

Aunque según la profesora de literatura antigua, la costumbre de hacer bromas y contar chistes se debe a los antiguos griegos y romanos.

“Esas son las dos culturas que nos enseñaron a reír”, confiesa Beard. 

Y hay muchas de esas enseñanzas que perduran hasta nuestros días, en la antigua Roma, al igual que en la sociedad actual, no era apropiado burlarse de ciertos grupos sociales o expresar ciertas bromas. Por ejemplo, los romanos creían que no se debían burlar de una persona ciega.

Filogelos, el libro de chistes más antiguo del mundo.

Un detalle del llamado jarrón de Chigi, de origen protocorintiano, hallado en el Monte Aguzzo y en el que se presentan imágenes mitológicas y de guerras de la antigua Grecia

Un detalle del llamado jarrón de Chigi, de origen protocorintiano, hallado en el Monte Aguzzo y en el que se presentan imágenes mitológicas y de guerras de la antigua Grecia.

El libro de chistes más antiguo que se conserva es Filogelos (del griego “Gracioso”): una colección de 265 chistes divididos en campos específicos, por ejemplo: maestros y sabios, intelectuales y tontos o bromistas y borrachos

Asimismo, aunque el libro fue escrito en griego en el siglo IV d.C. por un autor anónimo, tuvo mucha influencia en la época romana tardía.

Algunos de sus chistes son:

  • Un filósofo, al caer enfermo, había prometido pagarle al médico si se recuperaba. Cuando su esposa lo regañó por beber vino mientras tenía fiebre, él dijo: “¿Quieres que me recupere y que me obliguen a pagarle al médico?”.
  • Cuando alguien le dijo a un filósofo: “Tu barba ahora está saliendo”, fue a la entrada trasera y esperó. Otro filósofo le preguntó que qué estaba haciendo, y una vez que escuchó toda la historia, dijo: “No me sorprende que la gente diga que nos falta sentido común. ¿Cómo sabes que no está entrando por la otra puerta?”.
  • Un astrólogo hizo el horóscopo de un niño enfermo. Después de prometer a la madre que el niño tenía muchos años por delante, exigió el pago. Cuando ella dijo: “Ven mañana y te pagaré”, él objetó: “Pero, ¿y si el niño muere durante la noche y pierdo mi dinero?”.
  • Un hombre, que acababa de regresar de un viaje al extranjero, acudió a un adivino para preguntar por su familia y el adivino respondió: “Todos están bien, especialmente tu padre”. Cuando el hombre objetó que su padre llevaba muerto diez años, la respuesta del adivino fue: “No tienes idea de quién es tu verdadero padre”.
  • Un astrólogo hizo el horóscopo de un niño y dijo: “Será abogado, luego funcionario de la ciudad y luego gobernador”. Pero cuando este niño murió, la madre fue a quejarse al astrólogo: “Está muerto, el que dijiste que iba a ser abogado, funcionario y gobernador”. “Por su santa memoria”, respondió el astrólogo, “si hubiera vivido, ¡habría sido todas esas cosas!”.
  • Un hombre estaba enfermo, a las puertas de la muerte, cuando su esposa le dijo: “Si te pasa algo malo, me ahorco”, él la miró y dijo: “Hazme el favor mientras esté vivo”.

  • Imagen de portada: «Romanos en la decadencia», pintura moralizante de Thomas Couture (1815-1879) que trataba de criticar la depravación y los excesos en la antigua Roma.

FUENTE RESPONSABLE: La Razón. Madrid. España. Por Jose Herrero. Abril 2022.

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