Tronie, el tipo de retrato caricaturesco inventado por los pintores del Siglo de Oro holandés.

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Siglo de Oro es una expresión recurrente para referirse a un período de esplendor, siendo especialmente conocida su aplicación al de las artes y las letras de la España Moderna, pero hay más ejemplos y el más obvio es el Siglo de Oro neerlandés. Este último, que curiosamente coincidió con la Edad de Oro de la piratería caribeña en el XVII, fue fruto del florecimiento de la cultura, la ciencia y el comercio experimentado en los Países Bajos tras independizarse y convertirse en potencia marítima.

Rembrandt, Vermeer y Hals son algunos de sus mejores representantes y, junto a los demás, hay que adjudicarles la autoría de un característico y peculiar género pictórico: un tipo de retrato hiper expresivo -caricaturesco incluso- y descontextualizado que recibe el nombre de tronie.

De hecho la palabra tronie es un galicismo (de trogne) empleado en el middle nederlands (holandés medio, el que se hablaba entre los siglos XIII y XVI) que significa rostro, aunque en realidad no se trata de retratos propiamente dichos (a los que por entonces se denominaba con otro término, conterfeytsel) porque no pretendían reproducir la faz de un personaje necesariamente ni se hacían por encargo.

El bebedor alegre, de Frans Hals/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se trataba más bien de estudios artísticos, ensayos para captar determinadas luces, claroscuros, efectos, tonos cromáticos y, sobre todo, gestos forzados. Con todo ello, el artista hacía un alarde de maestría con los pinceles y mostraba su capacidad para reflejar, mediante muecas y expresiones, conceptos tan abstractos como fuerza, sabiduría, locura, impetuosidad, piedad y similares.

En cierta forma, los tronies pueden considerarse bocetos para cuadros mayores -sus pinceladas son menos precisas, similares a las impresionistas-, a menudo de temática histórica (Frans Floris de Vriendt, por ejemplo, creó una colección con ese objetivo específico), razón por la que no pocas veces se muestra a los personajes vistiendo atuendos de otros tiempos o exóticos, cuando no se refleja en concreto a alguno mitológico o bíblico. Sin embargo, algunos casos trascendieron su objetivo primigenio para terminar pasando a ser curiosas obras de arte en sí mismas; al fin y al cabo, a todos nos suenan ese rostro lunático de El fumador que pintó Joos van Craesbeeck -prácticamente un arquetipo de lo que es un tronie– o El bebedor alegre de Frans Hals.

Este peculiar género -o subgénero- nació en la segunda mitad del siglo XVI con precedentes obvios en las obras de Peter Brueghel el Viejo, El Bosco y Alberto Durero, quienes a su vez probablemente se inspiraron en los dibujos de visi monstruosi, las grotescas cabezas enfrentadas -para muchos el inicio del caricaturismo- con las que Leonardo da Vinci trató de representar los cuatro temperamentos (sanguíneo, colérico, melancólico y flemático), además de los vicios, las pasiones, la degeneración física por envejecimiento, etc.

Saladino sosteniendo cautivo al rey Guy de Lusignan, de Jan Lievens/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Que en las varias decenas de grabados realizados por los hermanos Joannes y Lucas van Doetecum entre 1564 y 1565, basándose en ilustraciones previas de Brueghel, aparezcan los rostros emparejados es otro indicativo del ascendiente del maestro italiano, que caló tanto como para que lo continuaran los pintores del siglo siguiente, caso de Jacob Jordaens o Jan van de Venne. No obstante, los tronies se generalizaron lo suficiente como para ampliar ese esquema y, así, la mayoría son figuras únicas (y, a veces, bastante cercanas al retrato convencional) sobre fondo generalmente neutro.

Es más, pasaron a ser toda una moda y los coleccionistas de arte empezaron a aprovechar su bajo precio para adquirirlos, dándoles así un valor intrínseco que dejaba atrás el sentido meramente utilitario que habían tenido hasta entonces, ya como bosquejos para obras más ambiciosas a priori, ya como material didáctico de los talleres para las prácticas de sus estudiantes. En esa nueva faceta, Amberes tomó la delantera de la mano del citado Floris, (Retrato de una dama anciana, su autorretrato mismo) y Lucas Franchoys (que en realidad era de Malinas pero se estableció allí, presuntamente como discípulo de Rubens), si bien no tardaron en unirse otras ciudades.

Una de ellas fue Leiden, cuna del precoz genio Jan Lievens, quien viendo la creciente demanda se lanzó a la producción de tronies inspirándose en los estudios artísticos de cabezas que habían realizado maestros flamencos. Trabajó en la corte inglesa y luego regresó para establecerse en Amberes, recibiendo numerosos encargos de autoridades y notables. Lievens compartió estudio con Rembrandt, por eso a veces es difícil determinar la autoría de sus respectivas obras. Sin embargo, el estilo del primero es mucho más caricaturesco, dotando a todos sus cuadros de un tono claramente tronie: se aprecia en sus Demócrito y Heraclito (que aparecen uno riendo y otro llorando), Magdalena meditando, Saladino sosteniendo cautivo al rey Guy de Lusignan…

Hombre quitándose yeso, de Lucas Franchoys/Imagen: wellcomeimages.org en Wikimedia Commons

También Harlem destacó, de la mano de Frans Hals, Adriaen van Ostade, Jan de Bray, Pieter de Grebber y Franchoys Elaut. Del primero es especialmente célebre La gitanilla, dándose el caso de que fue maestro del segundo, de quien casi todos los cuadros presentan tipos populares que rezuman un tono abiertamente caricaturesco (Campesino con gorra roja sosteniendo un cántaro, Hombre cantando, El granjero alegre); en eso contrastaba con De Bray, quien ponía a aristócratas como personajes mitológicos en sus pinturas. Por su parte, De Grebber alternó pinturas religiosas con retratos muy expresivos (Retrato de un caballero, Retrato de un joven) y de Elaut tenemos una pieza tan señalada como Retrato de un anciano desconocido.

Los pintores de Flandes a que nos referíamos antes eran de primera línea: Peter Paul Rubens, su aprendiz Anton Van Dyck y Jacob Jordaens, que, a decir de algunos expertos, habrían sido los verdaderos precursores del género antes de que Rembrandt lo creara como tal con los retratos, autorretratos y alegorías que hizo durante su estancia en Leiden. No es difícil encontrar rasgos troníes en los cuadros, de esos autores, sobre todo en los de Jordaens, como Tres músicos y El rey bebe.

Otro flamenco, ya reseñado, fue Lucas Franchoys, del que hay que destacar Hombre quitándose yeso, un probable autorretrato satírico que presentó como metáfora del sentido del tacto. Franchoys, decíamos antes, vivió y trabajó en Amberes, en las Provincias Unidas (actual Holanda), que fue donde el género hizo eclosión. Allí pasaron también buena parte de su vida profesional otros pintores flamencos.

La poción amarga, de Adriaen Brouwer/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue el caso de Adriaen Bower, que aprendió con Frans Hals y, consecuentemente, sus personajes suelen ser truhanes pícaros, bebedores, como él mismo al fin y al cabo; tiene un tronie titulado La poción amarga que, entroncando con el Hombre quitándose yeso de Francois, simboliza el sentido del gusto (tiene una serie sobre los sentidos), aunque primando la forma sobre el fondo, lo explícito sobre lo implícito.

Otro reseñable, Michael Sweerts, muestra un estilo muy diferente, más contenido y elegante, con jóvenes de ambos sexos como modelos. Muchacho con turbante y un ramillete de flores es una de sus obras más características en esa línea; al respecto, hay que decir que el orientalismo, por influjo del Imperio Otomano, es otro elemento identificativo frecuente en los tronies y lo encontramos también en Lievens (Niño con capa y turbante), Dou (Retrato de un moro), Van de Veen (Cabezas de un anciano y una anciana), Hals (El juerguista alegre), Van Bijlert (Moro), Rubens (Moro con turbante) y otros.

Se cree que fue precisamente Sweerts quien, en la segunda mitad del siglo XVII, revitalizó la pintura de tronies, que había decaído. Al parecer, pudo influir en la nueva generación de artistas que encabezaban el amberino David Teniers el Joven, cuyo estilo quizá no sea el más relevante pero que tiene la peculiaridad de que solía incluir tronies como detalles de sus cuadros, tal como se puede observar en las paredes de Fumadores y bebedores, Escena de taberna con autorretrato o Sala de guardia con autorretrato del artista.

La joven de la perla, de Johannes Vermeer/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A esa nueva oleada de pintores se adscribe también el citado Johannes Vermeer, el más importante representante de aquella Escuela de Delft iniciada por Carel Fabritius y Nicolaes Maes y de la que formaron parte asimismo Pieter de Hooch, Gerard Houckgeest, Emanuel de Witte y Hendrick Corneliszoon van Vliet.

Acorde a la temática básicamente costumbrista e historicista de dicha escuela, Vermeer no practicó mucho el tronie ni se le puede considerar el representante más significativo, por eso resulta curioso que su obra más conocida pertenezca a ese género.

Hablamos, claro está, de La joven de la perla, donde la protagonista aparece inusitadamente retratada en primer plano, sin contexto y con fondo neutro, en medio de una serenidad semitenebrista. Cabe añadir que el inventario que se hizo en 1695 para la subasta de la colección de Jacob Dissius, impresor y coleccionista, describe como tronies ésa y otras dos pinturas de Vermeer que eran de su propiedad, Retrato de una mujer joven y Muchacha con sombrero rojo (más otra de Rembrandt).

Fuentes: Hans Belting, Faces. Una historia del rostro | John Michael Montias, Art at auction in 17th century Amsterdam | Wayne Franits, The Ashgate Research Companion to Dutch Art of the Seventeenth Century | Wikipedia

Imagen de portada: El fumador, de Joos va Craesbeeck/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: La Brújula Verde. Magazine Cultural Independiente. Por Jorge Alvarez. 14 de junio 2022.

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