Así de majestuoso era el tesoro de Tutankamón, el Faraón más joven del Antiguo Egipto.

El tesoro de Tutankamón estuvo perdido por milenios. Ahora, Egipto revela piezas inéditas que se encontraron en la tumba del rey niño.

Fiona Herbert, la octava condesa de Carnarvon, pasa las hojas de un libro de visitas encuadernado en piel, y señala las firmas de los invitados ilustres que frecuentaban su casa hace un siglo. Estamos en lo alto del castillo de Highclere, la mansión a unos 90 kilómetros al oeste de Londres que en años recientes se convirtió en el escenario del popular drama de época Downton Abbey.

Hoy día, todas las mesas, sillas y gran parte del suelo del pequeño estudio de lady Carnarvon están atestados de libros y  documentos de los años veinte del siglo XX: cartas, diarios y fotografías amarillentas montadas en álbumes o enrolladas como papiros antiguos. El registro de asistentes contiene los personajes de un libro que lady Carnarvon escribe sobre el antepasado de su marido, George Edward Stanhope Molyneux Herbert.

A la busca del tesoro de Tutankamón: ¿quién patrocinó los viajes de exploración?

“El Quinto Conde”, como se refiere a él, fue famoso por patrocinar al arqueólogo británico Howard Carter en su búsqueda tenaz de la tumba perdida del rey Tutankamón. Lord Carnarvon también organizó fiestas lujosas en Highclere que reunieron una mezcla ecléctica de exploradores, diplomáticos, miembros de la alta sociedad y –algo sorprendente para un aristócrata inglés– líderes del movimiento independentista egipcio.

Lady Carnarvon se detiene en el 3 de julio de 1920, y presenta a los invitados:

“Está Howard Carter, por supuesto, quien pasaba semanas enteras aquí cada verano para planear las excavaciones con el Quinto Conde… el Alto Comisionado británico lord Allenby… Alfred Duff Cooper y su bella esposa lady Diana Cooper”.

Señala a un noble que firma solo con un nombre: Carisbrooke, nieto de la reina Victoria, “un integrante de la familia real para dar a la reunión un poco de crédito social”, comparte.

Crédito: Egyptian Expedition / Department of Egyptian Art (TAA371).

Señala una serie de firmas, algunas en caligrafía árabe. “Y mira ahí… Saad Zagloul, Adly Yeghen y otros padres del Estado egipcio moderno”. Zagloul, un héroe nacional en Egipto, había sido arrestado y exiliado por oponerse a la ocupación británica. Sin embargo, aquí estaba, codeándose con los mandamases ingleses.

“Puedo ver lo que hacía, porque yo hago lo mismo –dice lady Carnarvon–. El Quinto Conde reunía a la gente de manera informal para desarrollar cierta confianza, quizá incluso amistad, antes de negociar un tratado o resolver una crisis política”.

Saad Zagloul firmó con su nombre junto al de Howard Carter, y me pregunto si conversaron sobre el destino de los tesoros de Egipto. Zagloul condenaba el control extranjero de las antigüedades egipcias como una forma perniciosa de colonialismo, un tema por el que pronto se enfrentaría a Carter y a su benefactor de sangre azul.

Inviernos junto al Nilo

A partir de 1903, lord Carnarvon pasó los inviernos en el Nilo por consejo de su médico. Padecía de mala salud congénita agravada por un accidente en coche casi mortal que le dejó los pulmones dañados. La suerte de Carter dio un vuelco en 1905, después de lo que él denominó una “mala pelea” con un grupo de turistas franceses (estaban ebrios y se comportaban de manera abusiva, afirmó, aunque más tarde admitió que tenía un “carácter irascible”).

Para evitar un incidente diplomático, su superior le dijo que expresara su arrepentimiento. Él se negó, y como pensó que su única opción honorable era renunciar, lo hizo meses después.

Crédito: Egyptian Expedition / Department of Egyptian Art (TAA371).

Carter se ganaba la vida con la venta de acuarelas a turistas adinerados cuando le presentaron a lord Carnarvon dos años más tarde. Ambos estaban muy alejados en la jerarquía social, pero compartían su pasión por el Egipto antiguo.

La colaboración conduciría al descubrimiento de un rey niño poco conocido, que había sido enterrado con una cantidad asombrosa de tesoros olvidados durante más de 3 mil años. El hallazgo fue uno de los mayores triunfos de la arqueología, ofreció al mundo una visión deslumbrante de la antigua vida en el Nilo e infundió en los egipcios modernos un sentimiento de orgullo nacional y autodeterminación.

Cuando el Valle de los Reyes «se agotó»

En la primera década del siglo XX se revelaron pistas importantes sobre el paradero de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, un conjunto de cañones escarpados al otro lado del Nilo desde la moderna Luxor, lugar de la antigua capital egipcia de Tebas. A diferencia de los faraones anteriores, que fueron enterrados en pirámides elevadas que se convirtieron en objetivos fáciles para los saqueadores, a los miembros de la realeza tebana se les sepultó en tumbas excavadas en las profundidades de las laderas rocosas del valle aislado.

Vista del Valle de los Reyes, donde se encontraron los tesoros de Tutankamón. | Crédito: Archives of the Egyptian Expedition, Department of Egyptian Art (TAA9).

A principios del siglo XX, la necrópolis tebana era el yacimiento arqueológico más productivo y apreciado de Egipto. Las excavaciones patrocinadas por Theodore Davis, un empresario de Estados Unidos, produjeron una serie de descubrimientos importantes. Entre ellos, algunos artefactos que llevaban el nombre del misterioso Tutankamón.

Carter desarrolló un conocimiento profundo del Valle de los Reyes durante sus años como inspector jefe. Sin embargo, antes de que él y lord Carnarvon excavaran allí, tenían que adquirir un permiso llamado concesión, que Davis guardaba con recelo.

Los arqueólogos y buscadores de tesoros habían excavado en el valle por décadas, y muchos creían que el apogeo de los descubrimientos ya había pasado. Tras años de financiar exploraciones exitosas, Davis llegó a la misma conclusión: “Me temo que el Valle de las Tumbas está agotado”, escribió en 1912. Cuando renunció a su concesión, lord Carnarvon, a instancias de Carter, la adquirió en junio de 1914.

Una labor dura, polvorienta y sofocante.

Ese mes, el asesinato de un archiduque austro-húngaro sumió a Europa y a Oriente Medio en la Primera Guerra Mundial, lo que retrasó la búsqueda de la tumba de Tutankamón hasta otoño de 1917, cuando la mejoría de las condiciones bélicas permitió reanudar las excavaciones. Durante los cinco años siguientes, Carter y un equipo de trabajadores egipcios movieron la asombrosa cantidad de entre 150 mil y 200 mil toneladas de escombros. Bajo el sol del desierto, la labor fue dura, polvorienta y sofocante.

Ese lustro de dolor generó pocas ganancias, y el benefactor de Carter se desilusionaba. Tal vez el valle estaba, en efecto, agotado en su totalidad. En junio de 1922, lord Carnarvon convocó a Carter en Highclere: le anunció que abandonaba el valle. Carter suplicó una temporada más de excavación –incluso se ofreció a pagarla–, y el Quinto Conde aceptó con renuencia. Cuando Howard regresó a Luxor el 28 de octubre de 1922, el reloj estaba en marcha. Siete días después, un descubrimiento fortuito le devolvió las esperanzas y puso su mundo de cabeza.

El 4 de noviembre, un integrante del equipo de Carter –cuyo nombre se perdió en la historia– tropezó con una piedra tallada, la cima de una escalera enterrada. En su diario de bolsillo, Howard escribió solo seis palabras: “Primeros escalones de la tumba encontrados”.

La puerta de la tumba de Tutankamón. | Crédito: Archives of the Egyptian Expedition, Department of Egyptian Art (TAA616).

Al día siguiente, el equipo descubrió 12 escalones y descendió hasta una puerta que había sido recubierta con yeso y estampada con sellos faraónicos. Estos eran demasiado imprecisos para ser leídos, pero no estaban rotos.

Convencido de haber descubierto una tumba intacta, Carter envió un telegrama a lord Carnarvon en Inglaterra: “Por fin descubrí algo maravilloso en el valle; una tumba magnífica con los sellos intactos… enhorabuena”.

La apertura de la tumba

La noticia del descubrimiento se difundió rápido, y los periodistas corrieron al valle para presenciar la apertura de la tumba. Lord Carnarvon llegó el 23 de noviembre. Para el 24, Carter y su equipo habían dejado al descubierto toda la entrada y encontrado sellos más fáciles de leer. Varios de ellos contenían el tan buscado “Nebkheperure”, el nombre de trono de Tutankamón.

Carter y sus compañeros estaban eufóricos, pero un segundo descubrimiento ensombreció la celebración: la puerta había sido forzada. Alguien estuvo allí antes que ellos.

Cortaron la entrada, lo que reveló no un sepulcro lleno de tesoros, sino un pasaje inclinado repleto de escombros. Dos días más de excavación los llevaron a la tumba, a unos siete metros bajo tierra. Otra puerta enyesada mostraba más sellos con el nombre de Tutankamón. Carter hizo un agujero pequeño en la mampostería, levantó una vela y miró dentro. En lo que se convertiría en uno de los diálogos más famosos en los anales de la arqueología, un impaciente lord Carnarvon preguntó: “¿Puede ver algo?”, a lo que Carter respondió: “Sí. Es maravilloso”.

Los tesoros de Tutankamón estaban amontonados

Tesoros amontonados de Tutankamón. | Crédito: Archives of the Egyptian Expedition, Department of Egyptian Art (TAA9).

Los objetos que vislumbró eran maravillosos: camas doradas, efigies de guardianes de tamaño natural, carrozas, un trono ornamentado, todo amontonado. Carter escribió después:

“Al principio no podía ver nada: el aire caliente que se escapaba de la cámara hacía que la llama de la vela parpadeara, pero enseguida, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, surgieron de entre la niebla detalles de la habitación interior, animales extraños, estatuas y oro, en todas partes el brillo del oro”.

La tumba de Tutankamón, como Howard supo después, constaba de cuatro habitaciones, ahora conocidas como la antecámara, el anexo, el tesoro y la cámara funeraria. La fosa era demasiado pequeña para un faraón, pero las habitaciones estaban repletas de todo lo que podría necesitar para vivir como un rey por la eternidad: unos 5 mil 400 objetos.

La ‘pesadilla’ de un arqueólogo

Era el sueño –y la pesadilla– de un arqueólogo. Desembalar, catalogar, preservar y trasladar los objetos –muchos dañados y frágiles– llevaría una década de trabajo meticuloso e involucraría a un equipo interdisciplinario de especialistas: conservadores, arquitectos, lingüistas, historiadores, expertos en botánica y textiles, y otros. El proyecto marcó una nueva era de rigor científico en la egiptología.

El ingeniero Arthur “Pecky” Callender, amigo de Carter, construyó un sistema de poleas para levantar objetos pesados, instaló luces eléctricas y, cuando fue necesario, se sentó a la entrada de la tumba con un arma cargada para ahuyentar a los intrusos.

Crédito: Paolo Verzone

Alfred Lucas, químico y experto forense, analizó la tumba como escena del crimen, y concluyó que hubo dos robos en la antigüedad, poco después de que Tutankamón fue enterrado. Los ladrones saquearon algunas habitaciones, pero solo consiguieron llevarse objetos pequeños y portátiles (hoy día, los estudiosos creen que extrajeron más de la mitad de las joyas).

Harry Burton, que al igual que Carter había sido un joven campirano inglés de origen modesto, era reconocido como el fotógrafo arqueológico más importante del planeta en 1922. Instaló un cuarto oscuro improvisado en una tumba cercana; sus imágenes evocadoras ayudaron a convertir el descubrimiento y la excavación en un acontecimiento mediático mundial.

El ‘hechizo’ egipcio

Egipto había hechizado a sus invasores desde que las legiones romanas conquistaron el Nilo y arrastraron obeliscos, jeroglíficos y deidades egipcias a la Ciudad Eterna. Sin embargo, el nuevo poder de los medios de comunicación en un mundo desesperado por entretenimiento después de los horrores de la Primera Guerra Mundial desató una ola moderna de egiptomanía que convirtió al rey niño en una celebridad de la cultura pop.

Pronto aparecieron limones del rey Tutankamón en California, estampas de cigarrillos, latas de galletas e incluso un juego de mesa llamado Tutoom, en el que pequeños arqueólogos de metal montados en burros buscaban tesoros. Canciones como “Old King Tut” se convirtieron en éxitos de la era del jazz que bailaban las jóvenes con tocados de cobra y ojos de Horus delineados con kohl. Los símbolos egipcios se incorporaron al art déco, mientras que los jeroglíficos y cartuchos invadieron el papel tapiz y la ropa.

En ningún sitio fue la tutmanía más poderosa que en la patria del faraón. Los egipcios acudieron en masa al Valle de los Reyes para ver la excavación. Los niños representaron obras de teatro en las escuelas para celebrar al joven faraón, con accesorios inspirados en las fotografías de Burton.

Tutankamón: de momia perdida a héroe nacional

Los líderes políticos y los poetas saludaron a Tutankamón como un héroe nacional.

“Les recuerda su grandeza pasada», afirma la historiadora Christina Riggs, «y lo que su nueva nación, que unos meses antes había ganado su independencia de Gran Bretaña, puede lograr en el futuro”.

Los egipcios no solo reclamaban la soberanía sobre sus leyes y economía, también sobre sus antigüedades. La arqueología y el imperio estaban relacionados desde hacía mucho tiempo, con grandes excavaciones financiadas por museos europeos y norteamericanos, universidades y coleccionistas ricos como lord Carnarvon. A cambio, los inversionistas esperaban recibir hasta la mitad de las antigüedades descubiertas, de acuerdo con una tradición de décadas conocida como partage, del francés partager, “compartir”.

No obstante, los nuevos dirigentes egipcios pronto insistirían en que todos los tesoros del rey niño eran parte del patrimonio nacional y permanecerían en Egipto.

“La decisión del nuevo gobierno de mantener toda la colección de Tutankamón en el territorio fue una importante declaración de independencia cultural, «explica la egiptóloga Monica Hanna. «Fue la primera vez que los egipcios empezamos a tener de verdad la potestad sobre nuestra cultura”.

La supuesta ‘maldición de la momia’

Hubo un segundo gran descubrimiento en febrero de 1923. Carter abrió un agujero en la pared de la cámara funeraria de Tutankamón, iluminó con una linterna y miró a través de este. “Una vista asombrosa se reveló con su luz«, escribió más tarde, «una pared sólida de oro”. El muro dorado era, de hecho, parte de una gran caja o altar funerario en cuyo interior había tres santuarios más y un sarcófago de cuarcita. Dentro del sarcófago, descubriría Carter más tarde, había tres ataúdes con forma de momia, unos dentro de otros.

Lord Carnarvon se unió a Carter en la tumba para la tan esperada apertura de la cámara funeraria. Menos de dos meses después, el Quinto Conde murió a causa de una picadura de mosquito que se infectó y que le provocó sepsis y neumonía. Su fallecimiento repentino dio lugar a rumores –y a muchos artículos periodísticos imaginativos– sobre la maldición de la momia, que traía la muerte o la desgracia a quienes perturbaran el lugar de descanso del faraón.

Impertérrito, Howard Carter siguió con la excavación, ahora con el apoyo de la condesa viuda Almina Carnarvon. Sin embargo, cuando las autoridades egipcias empezaron a tomar un papel más activo en los trabajos, Carter los interrumpió en señal de protesta, lo que provocó que sus nuevos supervisores le prohibieran el acceso a la tumba. Tardó casi un año en entrar, y solo después de que él y su patrocinadora renunciaran a los bienes funerarios de Tutankamón.

Los restos del rey niño

Cuando se reanudaron los trabajos en 1925, Howard se centró en desmontar los ataúdes superpuestos, una tarea hercúlea que requería una ingeniería inteligente. El ataúd más interno estaba hecho con oro macizo y pesaba 110 kilogramos. En su interior yacían los restos momificados de Tutankamón, con una impresionante máscara de oro que cubría su cabeza y hombros, un objeto ostentoso destinado a convertirse en el símbolo del orgulloso pasado de Egipto. Sin embargo, el hombre detrás de la máscara tardaría en revelar sus secretos.

Una serie de necropsias, radiografías, tomografías computarizadas y pruebas de ADN realizadas durante el último siglo buscan arrojar luz sobre el linaje, la vida y la muerte del rey niño. Sin embargo, las pruebas apuntan en varias direcciones, una y otra vez, y quedan abiertas a la interpretación.

El padre de Tutankamón –probablemente el rey Akenatón– y su madre (cuya identidad aún se debate) eran hermanos, lo que hace que sus hijos fueran vulnerables a defectos genéticos. En el caso del joven faraón, un pie deformado pudo ser el legado del incesto real, una práctica común en su tiempo y lugar.

Su nombre de nacimiento no era Tutankamón, sino Tutanjatón (“imagen viva de Atón”). Su presunto padre –al que a menudo se hace referencia como el “faraón hereje”– había rechazado el panteón tradicional de dioses egipcios, entre los que se encontraba Amón el supremo, y adoraba a una única deidad conocida como Atón, el disco del sol. Akenatón, “siervo de Atón”, cerró los templos, se hizo con el poder y la riqueza de los sacerdotes y se elevó a sí mismo a la categoría de dios viviente.

Conclusiones contradictorias sobre su vida.

Tras la muerte de su padre radical, Tutanjatón ascendió al trono a los ocho o nueve años. Más tarde supervisará la restauración de las antiguas costumbres bajo la dirección de consejeros y sacerdotes deseosos de recuperar su autoridad. Su nombre pasó a ser Tutankamón, “imagen viva de Amón”, y se casó con una hija de Akenatón y la reina Nefertiti llamada Anjesenamón (presumiblemente su media hermana). Se cree que los dos fetos momificados descubiertos en la tumba del rey niño fueron sus hijas no nacidas.

Los objetos de la tumba de Tutankamón han llevado a los estudiosos a conclusiones contradictorias sobre su corta vida. Al observar las numerosas lanzas y carrozas, algunos expertos afirman que el joven faraón llevaba una vida activa de caza y guerra. Otros observadores, al señalar el número de bastones y su pie deforme, lo imaginan como un inválido.

Crédito: Paolo Verzone

Las causas de la muerte del rey propuestas con el paso de los años han sido un accidente de carro, un ataque de hipopótamo, malaria y asesinato. Algo es claro: el fallecimiento del joven gobernante fue repentino e inesperado. Sus funcionarios tuvieron que apropiarse de la tumba de un cortesano, estrecha e inacabada, y reunir un amplio suministro de artículos funerarios, algunos de los cuales parecen haber sido hechos para otras figuras reales.

Los sucesores intentarían borrar de la historia casi todo rastro del hereje Akenatón y sus asociados, incluido el nombre de nacimiento Tutankatón. Por eso, para Carter y otros, buscar al rey niño fue como perseguir a un fantasma. “El misterio de su vida aún se nos escapa», escribió Howard. «Las sombras se mueven, pero la oscuridad nunca desaparece del todo”.

Imagen de portada: MOMIA DE UN NIÑO NO IDENTIFICADO EN LA TUMBA DE AMENHOTEP II. | CRÉDITO: PAOLO VERZONE

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic en Español. 22 de octubre 2022.

Antiguo Egipto/Colonialismo/Historia Antigua/Tutankamón.

Los egipcios, eternos olvidados en el hallazgo de la tumba de Tutankamón.

Al Qurna (Egipto), (EFE).- Hace cien años, el arqueólogo británico Howard Carter tocó la gloria con el hallazgo de la tumba del ‘faraón niño’ Tutankamón, un histórico descubrimiento en cuyo relato, aún incompleto, la participación de los egipcios quedó en el olvido en el contexto de una colonización europea que premiaba la figura del hombre blanco.

Desde su restaurante en Lúxor, pegado al templo de Tutmosis III y decorado con recortes de prensa del día en el que Tutankamón emergió a la superficie, Nubi Abdelrasul explica con orgullo a EFE cómo su familia, que se dedicaba a las excavaciones y a la agricultura, «empeñó un papel destacado en los descubrimientos de esta zona» repleta de tesoros.

Su padre y su abuelo fueron los encargados de las excavaciones en la zona de Al Qurna, en la antigua Tebas, en la que se ocultaban la mayoría de las reliquias descubiertas a finales del siglo XIX.

En una época marcada por la colonización de Egipto, las misiones arqueológicas inglesas, francesas y alemanas pidieron a la familia de Abdelrasul que les ayudaran a desenterrar los secretos de Lúxor, puesto que el clan era uno de los más numerosos del pueblo de Qurna.

UN HALLAZGO CON FORTUNA

Según Nubi Abdelrasul, la relación de su clan con Carter empezó cuando la Autoridad de Antigüedades de Egipto le aconsejó que designara a su familia para labores de excavación.

«Mi abuelo, Mohamed Abdelrasul reclutó a los trabajadores en la familia y a otros de un pueblo cercano, ya que en aquella época no había tanta población», explica.

De acuerdo con el relato de la familia, Hassan Abdelrasul, padre de Mohamed, con tan solo 12 años, ayudaba a su abuelo trajinando agua a lomos de un asno para saciar la sed de los trabajadores hasta que un día uno de los botijos cayó al suelo y formó un pequeño hoyo.

Los trabajadores empezaron a cavar en la zona donde se filtró el agua y descubrieron el primer escalón de la entrada de la tumba.

«Carter empezó a correr y alzó al niño gritando: ‘¡Hoy es el día de los días!’, explica Nubi, sobre cómo la torpeza de su progenitor fue el motivo de uno de los descubrimientos más importantes de la historia.

Ese mismo niño sería luego inmortalizado en un retrato que tomó Carter, posando con el collar de oro del faraón.

UNA HISTORIA INCOMPLETA

Daniela Rosenow, egiptóloga e investigadora en el archivo del descubrimiento de Tutankamón de la Universidad de Oxford, asegura a EFE que a pesar de que la foto del niño con el collar del faraón más célebre del Antiguo Egipto sea real, desconoce la verdadera identidad del menor.

«Para ser honesta, no creo que el niño del collar sea Hassan Abdelrasul. Hablo desde el punto de vista de nuestros archivos, ya que nadie escribió su nombre», asevera la experta en una entrevista.

Rosenow advierte que Carter no mencionó la anécdota del jarrón de agua en su diario, en el que escribía meticulosamente todos los detalles de su misión.

Más allá de esta anécdota, sí está claro que Carter reclutó a cientos de trabajadores, muchos menores de edad, algo que en aquella época «era normal», según Rosenow, para ayudarle a desenterrar la tumba, ya que los excavadores egipcios tenían mucho conocimiento y experiencia sobre el terreno.

En esto también coincide el presidente del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto, Francisco J. Martín, quien aseguró a EFE que más allá de la existencia de algún tipo de evidencia física, la relación de Carter, que mantenía excelentes lazos con la población local y que a diferencia de muchos de sus exploradores coetáneos hablaba árabe, fue esencial para el descubrimiento.

«Creo que Carter tenía una idea de la existencia de una tumba por los excavadores que se dedicaban a trabajar en la zona por muchos años, ya que esta gente conoce el terreno bien y le guiaron por donde buscar», aseveró el egiptólogo español.

Carter era también, según Martin, un hombre visto con rechazo y envidia por la comunidad egiptóloga británica, muy clasista, pues él no tenía formación académica, y eso también le pudo llevar a tener mejor trato con los trabajadores locales.

Como resume Rosenow: «Carter nada hubiera hecho sin egipcios».

GRANDES OLVIDADOS

Tan solo se conocen a través de los archivos del arqueólogo, donados por su sobrina a la Universidad de Oxford, los nombres de cuatro de los capataces que sacaron al faraón de las arenas del desierto.

Estos documentos, incluidas las fotos, muestran «un lado de la historia», la del «siglo de oro de los descubrimientos, que fueron contados por la colonización» británica.

La egiptóloga reveló a EFE que ahora está trabajando, junto con otros compañeros egipcios, en crear «la otra» versión del hallazgo -desde el punto de vista de los egipcios-, puesto que la historia de Carter fue contada como «un espectáculo individual» del europeo.

«Toda la historia de la arqueología fue creada profundamente desde la visión de la colonización, por eso ahora es importante de poner un dedo sobre esto, para que la gente sea consciente», concluyó.

Shady Roshdy

Imagen de portada:Tutankamón (National Geographic)

FUENTE RESPONSABLE: Agencia EFE. 3 de noviembre 2022

Sociedad y Cultura/Antiguo Egipto/Arqueología/Tutankamón/Anónimos.

 

 

 

Chris Naunton: “El misterio de la muerte de Tutankamón se debe a que murió joven”

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Con motivo de Hijas del Nilo, el Grupo Eulen celebra una serie de conferencias sobre egiptología entre las que se encuentra Tutankhamon: life, death and very interesting times, del doctor Chris Naunton. Además de ser una autoridad en la figura del joven faraón, Naunton es  director de la Egypt Exploration Society y presidente de la Thames Valley Ancient Egypt Society (TVAES). Asimismo, destaca su papel como divulgador, pues ha dirigido y participado en numerosos documentales del National Geographic. Aprovechamos que este año se celebra el primer centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamón para conversar con el historiador sobre este hallazgo y sobre los cambios que se están produciendo en el mundo de la egiptología.

*¿Qué opina de la gestión del gobierno egipcio sobre su patrimonio y sobre sus museos?

*Creo que han cambiado enormemente en los últimos 20 años. El más importante es el Museo del Cairo, que va a ser tan grande que ni siquiera podemos imaginarnos… Eso demuestra que Egipto tiene mucho más material del que realmente sabemos. Lo que no me queda claro todavía es qué va a ocurrir con el anterior museo; algunos de sus conservadores me han contado que se están llevando a cabo renovaciones, sobre todo en cuanto a la disposición de las piezas y la iluminación de ciertas zonas. Ellos confían en que los cambios afecten a todo el museo, algo que sería maravilloso, pero me temo que para eso se necesitaría mucho dinero.

*Bueno, se está invirtiendo mucho en esos centros.

*Desde luego. Hace unos años las piezas que se encontraban en el país se mostraban en el Museo del Cairo y eso era todo. No había otros lugares que realmente pudieras visitar, o eran demasiado pequeños o estaban anticuados. Ahora en cambio se están construyendo muchos museos en Malawi, Marsa Matruh, Zagazig y otra sitios. Esto significa que hay una gran cantidad de piezas moviéndose todo el tiempo y que todavía no se sabe cuál será su situación final. Lo importante es que ahora puedes ver piezas geniales en multitud de museos.

*¿Qué opina sobre las piezas que Egipto reclama para sí y que se encuentran en capitales europeas?

*Todo eso es muy complicado. Creo que es justo que vuelvan porque muchas de ellas salieron del país en un momento en el que nadie tenía consideración con los egipcios y ellos no tenían ningún control sobre su patrimonio. Sin embargo, también pienso que al final sería bueno que hubiera alguna representación de ese patrimonio fuera del país. Así que supongo que la pregunta sería “¿qué piezas deben permanecer en Egipto y cuáles deben salir?”

Fotografía cedida por el doctor Chris Naunton.

*¿Y cuál sería su respuesta?

*También es una cuestión difícil. Puedo entender perfectamente porqué el gobierno egipcio o cualquier persona del país quiere que vuelva la Piedra Rosetta o el busto de Nefertiti, ya que no abandonaron Egipto de un buen modo. Por otro lado, aunque no trabajo en un museo, también comprendo porqué estas entidades no quieren que las piezas salgan de sus colecciones. Debería haber una negociación, a lo mejor podría haber objetos que pudiesen viajar, aunque pertenecieran a Egipto. Esa sería una posible solución.

*¿Qué cree usted que ocurrirá finalmente?

*Yo siento que, al final, estas piezas regresarán a su lugar de origen, aunque no estoy seguro porque hay mucha política en esto. Realmente de lo que me alegro es de no tener que ser yo quien tome estas decisiones [risas]. De lo que sí estoy seguro es de que los museos egipcios son ahora mismo mejores de lo que lo han sido nunca.

*Los egipcios también reclaman su papel en la egiptología y el descubrimiento de sus piezas, ¿cree que se está avanzando en este sentido?

*Ahora la situación está cambiando. Hay más historiadores y arqueólogos egipcios que nunca, están tan preparados y son tan buenos como cualquier otro, y pueden hacer todos y cada uno de los trabajos que se desempeñan en un yacimiento: el director de excavación, el experto en cerámica… Así que no hay necesidad de que haya tantos extranjeros como había antes, eso era hace 100 años.

PIEZAS RECLAMADAS. “Debería haber una negociación, a lo mejor podría haber objetos que pudiesen viajar, aunque pertenecieran a Egipto. Esa sería una posible solución”

*¿Qué papel tenían entonces los egipcios en las investigaciones?

*La labor propiamente dicha de excavar siempre era llevada a cabo por egipcios. Los que se dedicaban a ello eran especialmente hábiles, así que deberíamos reconocer su trabajo. Hay varias formas de contar sus historias, aunque resulta difícil porque con frecuencia hasta sus nombres se han perdido. Se conservan decenas de libros de egiptología de británicos, franceses y alemanes, pero no egipcios, así que tenemos que buscar otras formas de hablar de ellos.

*En su conferencia ha dicho que no se conoce realmente la causa de la muerte de Tutankamón, ¿esto es normal en el estudio de momias, o con frecuencia se sabe el motivo del fallecimiento?

*No, habitualmente no lo sabemos. Lo que me parece fascinante de la egiptología es que, mientras que en el resto de la Historia sabemos dónde están enterrados los personajes como Enrique VIII, seguramente si quisiéramos podríamos abrir la tumba ni desenterrarlo, no se ven cuerpos; al contrario que en nuestro caso. Tutankamón vivió hace más de 3.000 años y tenemos su cuerpo justo ahí, podemos ver perfectamente su morfología. Hay veces que estas momias sí revelan algún tipo de enfermedad o lesión, pero no es lo normal. El misterio de la muerte de Tutankamón se debe principalmente a que murió joven, lo cual es extraño, pero si hubiera tenido, por ejemplo, leucemia o sufrido un ataque al corazón, su momia no podría revelárnoslo.

*Hablemos sobre la momia de Nefertiti y su descubrimiento, que Hawass espera anunciar el mes de octubre, ¿qué le parece?

Naunton junto a la momia de Tutankhamon Fotografía: Sean Smith © Blink Films.

*A veces me ocurre que al leer un titular parece que alguien ha hecho un gran descubrimiento, pero luego, cuando lees toda la información, dices “vale no, no está tan claro”. Una de las cosas en las que el doctor Zahi es muy bueno es en analizar momias, fue quien identificó la de Hatshepsut. Creo que él sí que se piensa que ha descubierto la momia de Nefertiti, pero…

*No es tan sencillo, ¿no?

*No. No creo que puedas estar tan seguro de ello. La única cosa que realmente nos revela el ADN extraído de las momias es la relación de parentesco que pueden tener unas con otras. Si tienes dos momias puedes saber que son, por ejemplo, padre e hija; si sabes quién es el padre y sabes también que solo tuvo una hija, puedes afirmar que la has identificado, sino no. Muchas veces lo único que descubres y que puedes confirmar es que se trata de la posible momia de Nefertiti, para mí en eso está lo emocionante, en que exista la posibilidad. Sofía Guardiola.

Imagen de portada: Gentileza de ARS Magazine.

FUENTE RESPONSABLE: ARS Magazine. 29 de septiembre 2022.

Antiguo Egipto/Arqueología/Tutankamón/Grupo Eulen/ Egiptología/ Entrevista/Chris Naunton

 

Los enigmáticos guardianes de la tumba de Tutankamón.

Cuando Howard Carter penetró en la antecámara de la tumba del faraón en el Valle de los Reyes quedó anonadado por la enorme cantidad de objetos que observó en la antecámara. Aunque lo que llamó poderosamente su atención fueron las dos figuras que representaban al faraón y que a modo de centinelas flanqueaban la entrada sellada de la cámara funeraria del rey.

Entre la ingente cantidad de objetos de todo tipo que abarrotaban la antecámara de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, un asombrado Carter, el afortunado egiptólogo británico que descubrió la tumba en 1922, no pudo evitar fijarse en dos estatuas de tamaño algo mayor del natural que flanqueaban uno de los muros de la estancia, que parecía una puerta sellada. 

«Dos estatuas reclamaron y obtuvieron nuestra atención: dos figuras negras de tamaño natural de un rey, una frente a la otra como centinelas, con faldellín y sandalias de oro, armados con un mazo y un báculo y llevando sobre la frente la cobra sagrada como protección […]. Eran figuras extrañas e impresionantes, incluso como las vimos nosotros, medio escondidas por los objetos que las rodeaban», las describió Carter.

Estas figuras, que tanto intrigaron a los arqueólogos cuando las vieron por vez primera, representaban al propietario de la tumba, el faraón Tutankamón, y su función parecía, sin lugar a dudas, la de centinelas de la cámara funeraria del monarca, que se ocultaba tras aquel muro sellado. Las estatuas estaban hechas de madera cubierta con escayola pintada en negro y con elementos dorados. Ambas son muy parecidas ya que se representan de pie, con la pierna izquierda avanzada en la típica postura masculina de caminar y sujetando un báculo de papiro con la mano izquierda y una maza con la derecha. Pero, aunque a primera vista son muy parecidas, en realidad presentan diferencias sustanciales entre ellas.

Las estatuas guardianas tal como se hallaron dispuestas en la entrada de la cámara funeraria de Tutankamón.Foto: Cordon Press

SIMILITUDES Y DIFERENCIAS

Antes de analizar las diferencias entre ambas estatuas tal vez deberíamos hacer hincapié en algunas de sus semejanzas. 

De hecho, las dos muestran al faraón luciendo un collar ancho sobre el pecho rematado con una cadena ancha decorada con un escarabajo alado. Portan asimismo muñequeras y brazaletes, van vestidas con un elaborado faldellín hasta las rodillas con el frontal almidonado en forma trapezoidal y van calzadas con unas sencillas sandalias. Los ojos están hechos de obsidiana y piedra caliza cristalina, y ciñen en su frente el ureo o cobra protectora de la realeza. El negro de la piel posiblemente representa, según los estudiosos, el limo que deja el Nilo tras la inundación, una referencia a la fertilidad y el renacimiento.

Las dos estatuas de Tutankamón van vestidas con un elaborado faldellín hasta las rodillas con el frontal almidonado en forma trapezoidal y van calzadas con unas sencillas sandalias.

Y ¿en qué se diferencian entonces? Pues la diferencia principal entre las dos estatuas del faraón radica en sus respectivos tocados. Una de ellas lleva el típico pañuelo nemes, un tejido de franjas que caía sobre los hombros y se ataba con una trenza en la espalda. A lo largo de la historia egipcia muchas estatuas de faraones se han representado con este tocado ceremonial, asociado al dios solar Re en su acepción de Khepri, el escarabajo que representa el Sol del amanecer. También se cree que identifica al rey con el dios halcón Horus, hijo de Osiris, el señor del inframundo.

Estatua tocada con el nemes a punto de ser embalada rumbo a Londres para ser exhibida.Foto: Cordon Press

La otra estatua, por su parte, va tocada con el afnet o khat, una peluca en forma de «bolsa», una corona que tiene un significado típicamente funerario (solo se ha documentado en este tipo de contextos) y que al parecer está relacionada con la noche y el viaje del difunto al más allá. 

Los expertos consideran que la presencia de estos tocados en ambas estatuas podría representar el viaje nocturno del dios del Sol Re (simbolizado por el tocado khat), que renace de nuevo cada amanecer (lo que está simbolizado por el tocado nemes).

Estatua khat de Tutankamón en su vitrina del Museo Egipcio de El Cairo. Foto: Marie Thérèse Hébert & Jean Robert Thibault / CC-BY-SA-2.0

EL FARAÓN Y LOS DIOSES

Asimismo, las dos estatuas presentan unos textos inscritos en ellas. La estatua tocada con el khat lleva una inscripción en el faldellín que la identifica como «el ka de Horakhty, el Osiris, rey, señor de las Dos Tierras, Nebhkheperure, de voz verdadera». 

Al rey difunto se le identificaba siempre con el dios Osiris, y el epíteto «de voz verdadera» o «justificado» hacía referencia a los muertos. Así, esta estatua sería una representación del ka (uno de los cinco componentes del espíritu humano, posiblemente el más importante) del faraón fallecido.

Howard Carter y su equipo embalan una de las estatuas de Tutankamón para su traslado. Foto: Cordon Press

Por su parte, la inscripción de la estatua tocada con el nemes real la identifica como «el buen dios Nebkheperure, hijo de Re, Tutankamón, gobernador del Iunu meridional, dotado de vida eterna, como Re, durante todos los días». Todas estas referencias, incluida la de «Iunu meridional», nombre con el que se conocía la ciudad de Heliópolis, sede del gran templo dedicado al dios Re, tienen una connotación solar.

«POR TODAS PARTES EL BRILLO DEL ORO»

En cuanto al baño dorado (el color del Sol y de la carne de los dioses) que presentan ambas estatuas en los faldellines, las sandalias, los tocados, los pectorales, los brazaletes, las mazas, los báculos y el perfil de ojos y cejas, los expertos creen que acentúa la conexión de Tutankamón con el dios solar Re mientras vigila con celo la entrada de la cámara funeraria, el lugar más importante y sagrado de la tumba.

Aunque no son estas las únicas estatuas de este tipo localizadas en tumbas reales son, con mucho, las mejor conservadas y las más completas.

Arthur Mace y Alfred Lucas, colaboradores de Howard Carter, examinan una de las estatuas de la tumba de Tutankamón. Foto: Cordon Press

Aunque no son estas las únicas estatuas con dichas características localizadas en tumbas reales sí que son, con mucho, las mejor conservadas y las más completas. También son las únicas de su tipo que presentan un baño de oro tan intenso. 

De hecho, esto sucede con mucha frecuencia en otras estatuas rituales de Tutankamón y en gran cantidad de objetos hallados en la tumba. Este uso extensivo del oro resultó deslumbrador para los descubridores de la tumba del faraón, como describe el propio Carter en su libro sobre el sensacional hallazgo: «Al principio no pude ver nada ya que el aire caliente que salía de la cámara hacía titilar la llama de la vela, pero luego, cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, los detalles del interior de la habitación emergieron lentamente de las tinieblas: animales extraños, estatuas y oro, por todas partes el brillo del oro…».

Imagen de portada: Estatua de Tutankamón tocada con el pañuelo nemes ceremonial. La pieza formó parte de una exposición sobre el tesoro del faraón llevada a cabo en Londres en 2019.Foto: Cordon Press

FUENTE RESPONSABLE; National Geographic en Español. Por Carme Mayans, Redactora. 4 de septiembre 2022.

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