Cómo fue el brutal viaje de Magallanes y Elcano en el que solo sobrevivieron 18 de los 250 tripulantes.

Cuando la expedición comandada por Fernando de Magallanes partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519, tenía un objetivo: llegar a las islas de las especias. Sin embargo, el destino convirtió este viaje en una aventura para la historia.

Las peripecias que tuvieron que pasar aquellos marineros van desde el duro invierno, con motín incluido, en la Patagonia argentina, hasta las terribles hambrunas en mitad del Pacífico sin apenas tocar tierra.

Un sinfín de dificultades que, sin embargo, no impidieron que tres años después, el 8 de septiembre de 1522, la nao Victoria se convirtiera en la primera nave en dar una vuelta completa alrededor del mundo al llegar de vuelta a Sevilla.

En este video te contamos cómo fue aquel viaje y cuáles fueron los eventos más importantes que pusieron en riesgo esta hazaña.

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El brutal viaje de Magallanes y Elcano en el que solo sobrevivieron 18 de los 250 tripulantes

Imagen de portada: Infografía

FUENTE RESPONSABLE: Redacción BBC Mundo. 8 de septiembre 2022.

Historia/Filipinas/España/Viajes/América Latina/Indonesia/Portugal.

 

 

 

 

 

 

 

El país donde durante décadas solo los ricos podían obtener pasaportes.

En 1967, el Tribunal Supremo de India sentenció que tener un pasaporte y viajar al extranjero era un derecho fundamental de todo ciudadano de ese país.

Fue una decisión histórica porque hasta ese momento este documento se consideraba como un privilegio que sólo se concedía a quienes eran lo suficientemente «respetables» o «dignos» de representar al país y «defender su honor en el exterior».

Durante mucho tiempo, el pasaporte se consideraba una «credencial civil» destinada únicamente a los indios con «medios económicos, educación y posición», explicó Radhika Singha, historiadora de la Universidad Jawaharlal Nehru de Delhi.

Esta interpretación explica por qué no tenían pasaportes quienes trabajaron en las colonias de Malasia Británica, Ceilán (actual Sri Lanka) y Birmania (actual Myanmar) ni los llamados «coolies», que formaban parte de más de un millón de indios que emigraron a todos los rincones del entonces imperio británico para realizar trabajos en régimen de servidumbre.

GETTY IMAGES. Durante décadas las autoridades indias mantuvieron una política discriminatoria de entrega de pasaportes.

No apto para cualquiera

El criterio para adjudicar los pasaportes convirtió a sus titulares en representantes deseables de India, avalados por el Estado, en oposición al «indeseable coolie, una narrativa que continuó dando forma al régimen de pasaportes de la India después de 1947», aseguró Kalathmika Natarajan, historiadora de la Universidad de Exeter.

Natarajan buscó en los archivos para averiguar más sobre el discriminatorio sistema de concesión de pasaportes en India.

La liberación de la dominación británica no cambió las cosas: el nuevo Estado poscolonial, siguió tratando a «una cierta categoría de sus propios ciudadanos como ‘indeseables’ con una óptica muy similar a la del Estado colonial, jerárquica y discriminatoria».

Esta segregación, apuntó la experta, estaba profundamente arraigada en la mentalidad de que viajar al extranjero implicaba «el respeto a sí mismo y el ‘izzat’ (honor) de India y sólo podían hacerlo quienes poseyeran el ‘pedacito de India’ adecuado, por así decirlo».

Así que el gobierno pidió a los funcionarios que identificaran a los ciudadanos que no «avergonzarían» al país en el extranjero.

El hecho de que los gobiernos estatales fueran los encargados de expedir los pasaportes hasta 1954 ayudó a impulsar esta política, pues ellos negaron los pasaportes a la mayoría de los solicitantes. El fin de las autoridades indias era construir una diáspora «deseable».

Aprobado por la antigua metrópolis

Estudiosos como Natarajan han descubierto que esta política discriminatoria se puso en marcha en connivencia con funcionarios británicos, quienes querían impedir la movilidad de los ciudadanos de castas y clases bajas que querían emigrar a Reino Unido después de 1947, año en que India consiguió su independencia de Londres.

Dos niñas indias en una escuela británica.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. La política de los primeros gobiernos de la India independiente buscaron limitar la emigración de analfabetas y pobres, reveló una investigadora.

La Ley de Nacionalidad Británica de 1948 permitió a los emigrantes indios entrar libremente al Reino Unido después de la secesión del país. ¿La razón? Según la ley, los residentes indios dentro y fuera de India eran súbditos británicos.

Los funcionarios de ambos países construyeron una categoría de indios que eran considerados -en distintos grados, por ambas partes- como «indeseables» para emigrar a las islas británicas.

Ambos países ganaban con la política. Para el gobierno indio, esto significaba ahogar la movilidad de los ciudadanos «inadecuados» de casta inferior y más pobres que probablemente «avergonzarían a la India en Occidente».

Por su parte, para Reino Unido esto ayudaría a frenar la marea de «inmigrantes de color» y la «clase de los vendedores ambulantes» de indios en particular, según Natarajan.

En un informe fechado en 1958 las autoridades británicas advertían de los «problemas» derivados de la afluencia de inmigrantes de color y exponía las diferencias con los inmigrantes de las Indias Occidentales.

«Son en su mayoría de buen tipo y encajan con bastante facilidad en la sociedad británica». Así se refería el reporte a los inmigrantes del Caribe anglófono, mientras que de los indios y pakistaníes decía que «están muy perjudicados por su incapacidad para hablar inglés y su falta de cualquier tipo de habilidad».

El edificio Parlamento británico

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. Los investigadores encontraron que la política discriminatoria india se puso en marcha en connivencia con funcionarios británicos.

El origen de clase de los inmigrantes que «en su mayoría simples campesinos sin cualificación que no sabían inglés» parecían «siniestros» para los británicos, dijo Natarajan.

Un funcionario británico de la Oficina de Relaciones con la Mancomunidad de Naciones a principios de la década de 1950, afirmó en una carta que los funcionarios indios habían «expresado un indisimulado placer» por el hecho de que el Ministerio británico del Interior «considerara posible rechazar a ciertos emigrantes».

Los más pobres, lo más perjudicados

A las comunidades más marginadas -como las castas «registradas» o dalits, que representan más de 230 millones de los 1.400 millones de habitantes actuales de India- se les negó el pasaporte junto a los políticos «indeseables», como los miembros del Partido Comunista, según los estudiosos.

En la década de 1960 se incumplieron las directrices para proporcionar pasaportes a diputados y concejales sin importar sus bienes ni su ideología, por lo cual se le negó el documento a miembros de una serie de partidos regionales anteriormente secesionistas, como el Dravida Munnetra Kazhagam (DMK).

Había muchas formas de restringir los pasaportes. Los solicitantes debían someterse a pruebas de alfabetización -e inglés-, tener suficiente dinero y cumplir las normas de salud pública.

El escritor británico de origen indio Dilip Hiro relató que en 1957 tardó seis meses en conseguir un pasaporte en India «a pesar de tener buenas calificaciones académicas y referencias financieras».

El primer ministro indio Narendra Modi

FUENTE DE LA IMAGEN -GETTY IMAGES. Hace cuatro años el gobierno del nacionalista Narendra Modi intentó crear un pasaporte para «pobres», idea que debió ser desechada por la controversia y las protestas que provocó.

Este control opresivo tuvo consecuencias imprevistas: muchos indios adquirieron pasaportes falsos.

A raíz de este escándalo, los «indios analfabetos o semianalfabetos» que no sabían inglés fueron inhabilitados brevemente para obtener un pasaporte entre 1959 y 1960.

Durante casi dos décadas, el sistema de pasaportes de India siguió siendo excluyente.

En 2018 el gobierno del actual primer ministro Narendra Modi pretendió desenterrar la política al anunciar una nueva categoría de pasaportes «naranja» -en contraposición a los azul marino vigentes- para indios no calificados y con educación limitada «con miras a ayudarlos y asistirlos de manera prioritaria».

Las protestas provocaron que el gobierno desechara la propuesta. Según Natarajan, este plan no hacía más que reflejar la «antigua visión de lo internacional como un espacio para los indios de casta y clase alta».

Imagen de portada: PRINT COLLECTOR/GETTY IMAGES

FUENTE RESPONSABLE: Soutik Biswas BBC News, corresponsal en India. 27 de agosto 2022.

Sociedad y Cultura/India/Historia/Viajes/Derechos Humanos.

 

 

 

El pueblo español de 600 habitantes donde vivir una «aventura épica», según ‘National Geographic’

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La publicación ha seleccionado seis localidades europeas donde hacer rutas a través de la historia.

Madrid. 

National Geographic selecciona a menudo lugares para hacer distintos tipos de planes. Sus listados son seguidos por miles de viajeros en todo el mundo, que se animan a visitar uno u otro lugar en función de sus prioridades. En esta ocasión, la publicación ha elaborado una lista sobre dónde encontrar aventuras épicas en pequeños pueblos europeos y, concretamente, cita seis, uno de ellos español. Se trata de Deià, en Mallorca, una localidad que tiene poco más de 600 habitantes censados que es perfecto para hacer «ciclismo de montaña a través de un paraíso natural».

El artículo recuerda que Deià «ha atraído durante mucho tiempo a personas creativas» como el poeta británico Robert Graves, que está enterrado allí. «Hoy en día, la belleza natural del pueblo inspira no solo a escritores y pintores, sino también a los buscadores de aventuras. 

Desde esta tranquila aldea, los ciclistas pueden pedalear por una red de senderos a través de esta región montañosa. Los alojamientos aptos para bicicletas salpican las rutas y ofrecen almacenamiento y tapas para recargar energías para salidas particularmente extenuantes», señala National Geographic sobre este pueblo construido sobre «un afloramiento rocoso entre la imponente Serra de Tramuntana y el resplandeciente Mediterráneo». 

Tras la ruta en bici por la empinada subida que lleva hasta el cementerio, el autor de este artículo recomienda bajar hasta Cala Deià, «considerada la mejor playa de cantos rodados de Mallorca, sus aguas cristalinas son ideales para aliviar los dolores musculares con un relajante snorkel». Así que el plan es completo: ruta en bici con parada para tapear y acabar con un baño en la playa.

Este será el primer verano de plena normalidad tras la pandemia, pero muchos seguirán optando por planes al aire libre, evitando todo tipo de aglomeraciones. Además, como dice esta publicación «los pueblos pequeños pueden ser la mejor manera de vislumbrar el alma, la belleza y el sentido de la aventura de un país». 

Además de Deià, National Geographic ha escogido Vernazza (en Italia) por sus impresionantes vistas costeras, Mürren (en Suiza) por sus aventuras de escalada, Sloten (en Holanda) por sus canales panorámicos, Chipping Campden (en Inglaterra) por sus rutas de senderismo en la campiña y Braemar (en Escocia), por sus excursiones, sus castillos históricos y los baños en ríos resplandecientes.

Imagen de portada: Panorámica de Deià, en Mallorca / Ellen @ ebodegom.nl

FUENTE RESPONSABLE: Redacción Ser Sociedad. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/National Geographic/Deiá/Viajes.

EL RESURGIR CREATIVO DE REIKIAVIK: QUÉ VER EN LA IGNORADA CAPITAL DE ISLANDIA.

BAJO EL SOL DE MEDIANOCHE

Más allá de ser un centro logístico y político, esta ciudad se está convirtiendo en un polo de arte efervescente que combina con la naturaleza exuberante de su entorno.

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Desde los primeros vikingos en el siglo IX, hasta su independencia en 1944 bajo el liderazgo de Jón Sigurðsson, el fuego de los volcanes, el hielo de las tormentas y el hambre de los largos días en que solo se comía pescado controlaron la sociedad islandesa. 

El país sigue con recursos naturales escasos, pero a lo largo de los años aprendió a utilizar sus abundantes fuentes de energía hidroeléctrica y geotérmica. Con la república y la creación de un estado de bienestar social, el nivel de vida fue creciendo e Islandia fue capaz de hacer frente a la crisis financiera de 2008. El país, que fue el primero de los europeos en elegir una mujer presidenta, sigue disruptivo y centrado en los derechos humanos y en la regulación de las desigualdades. Un espíritu que se manifiesta en su capital, cada vez más despojada de los tópicos que la catalogaban como una urbe fría, como un mal menor en todo viaje al país. Hoy en día, la cocina, la arquitectura y el entorno de Reikiavik conforman un caleidoscopio muy colorido de planes y propuestas para no dejarla a un lado. 

1 / 10. HALLGRÍMSKIRKJA, LA IGLESIA LUTERANA

La luterana Hallgrímskirkja es la iglesia más emblemática del país. Pero su forma no es un capricho. El arquitecto Guðjón Samúelsson la diseño con la intención de simbolizar el paisaje natural de Islandia. Las columnas laterales de la fachada episcopal están inspiradas en las columnas de lava de basalto de la costa islandesa. 

Situada en la parte superior de la calle Skólavörðurholt, a sus pies esta elevación es una anécdota. Su torre, que se eleva a 74 metros es el hogar de un coro propio con 40 miembros, conciertos de invierno y un notable órgano de quince metros que recibe músicos internacionales para poner a prueba su calidad, su variada selección de voces y la acústica de la iglesia. El casi escondido ascensor a la izquierda de la entrada principal conduce al campanario, que ofrece una vista panorámica, como ninguna otra torre, de las coloridas casas de hierro ondulado de Reikiavik. 

FOTO: ISTOCK. 2 / 10 SÓLFAR, EL VIAJERO DEL SOL EN LA TIERRA DEL HIELO

Con la filosofía de que todo acabará bien «þetta reddast», los islandeses atraviesan sus largos y oscuros inviernos con la sabiduría de que el sol siempre llega. El sol también es el guía de los viajeros y sus barcos para que regresen a las tierras islandesas después de cruzar océanos.

El escultor islandés Jón Gunnar Árnason ganó el concurso de conmemoración de los 200 años de la ciudad de Reikiavik con el diseño de Sólfar, una escultura al aire libre en la Bahía Faxaflói que se inauguró en 1990. Su concepto de barco de los sueños es, por supuesto, una oda al sol.

Sus modernas formas de acero inoxidable sobre losas de granito contrastan de manera sorprendente con la exuberancia de las montañas en el horizonte. Representando una búsqueda de esperanza, progreso, libertad y territorios por descubrir, el barco que parece flotar en el aire es uno de los puntos imprescindibles para visitar en la capital. 

FOTO: ISTOCK. 3 / 10 EL HARPA, HOGAR DE LA ORQUESTA SINFÓNICA DE ISLANDIA.

El Harpa es un edificio futurista con una fachada hexagonal de cristal que cambia de aspecto a lo largo del día. Según la posición del sol, se crea un juego de reflejos entre la tierra y el mar del distrito de Miðborg, en la parte occidental de la ciudad. Este centro de conciertos y conferencias recibió, entre otros, el Premio de Arquitectura Contemporánea Mies van der Rohe en 2012. 

Desde su inauguración en 2011, el hogar de la Orquesta Sinfónica y de la Ópera de Islandia ha sido visitado por millones de viajeros. La flauta mágica de Mozart, fue uno de los primeros conciertos en el Harpa, mientras simultáneamente en otra sala se interpretaba Biophilia de Björk, influyente cantante y compositora islandesa. El arquitecto Henning Larsen y el artista Olafur Eliasson participaron en este diseño, que junto al proyecto acústico ejecutado por Artec Consultants se ha convertido en una de las atracciones turísticas más importantes de Reikiavik.

FOTO: ISTOCK. 4 / 10 – EL CAMINO HASTA LA REYKJAVÍK 101

Más allá de estos iconos, la oferta cultural y natural se expande por la ciudad y su entorno. De hecho, no hay que sumergirse demasiado en su idiosincrasia para entender cómo son los islandeses. Y es que la resistencia de todo un pueblo ante los designios de unas latitudes tan extremas está marcada en las casas acorazadas de hormigón y hierro ondulado, común en el uso industrial. Son construcciones rudas, preparadas para sobrevivir a terribles terremotos, pero que no renuncian a la calidez y, sobre todo, al color. 

Estas casas y otras curiosidades se encuentran en el distrito hipster Reykjavík 101, entre Laugavegur, Skólavördustígur y otras calles del centro. En estos pocos bloques se encuentra la mayor densidad de museos, universidades y tiendas de discos del país. 

El 101 en contexto significa, también, un tipo intelectual y artístico que se pierde por los cafés-librerías, por el día y en los bares, por las noches islandesas, bajo el sol de medianoche.

FOTO: RAQUEL CINTRA PRYZANT. 5 / 10- UN MUSEO PARA TRES ARTISTAS

El Museo de Arte de Reikiavik es en realidad tres. Sus obras están divididas entre la Islandia contemporánea en Hafnarhús, los misterios de la naturaleza en Kjarvalsstadir y enormes esculturas en los jardines de Ásmundarsafn.

En el primer museo, el más central de la ciudad, es posible visitar el acervo permanente del islandés Erró, nombre artístico de Guðmundur Guðmundsson, quien nació en 1932. Su nombre y su carácter poco ortodoxo es conocido en todo el país por el hecho de ser uno de los pocos artistas islandeses en el panorama artístico internacional. Como una de las figuras más prominentes del avant-garde europeo en los años 60, vivió en Oslo, París y gran parte de su vida en la isla de Formentera. 

Además de sus obras que transformaron las narrativas con collage-paintings, Erró también está asociado a movimientos experimentales en el cine. El trabajo del artista se conecta con el surrealismo y el Pop Art, pero no se puede reducir a ninguno de ellos. Además de a Erró, el Hafnarhús exhibe también a los nuevos artistas rebeldes.

El segundo museo, Kjarvalsstadir, fue la casa de Jóhannes S. Kjaval (1885-1972), artista encantado por la naturaleza y lo invisible de Islandia en el folclore y el misticismo. Las esculturas de la colección de A. Sveinsson (1893-1982) están en la tercera ubicación de Museo de Arte, el Ásmundarsafn, tres artistas que representan a los islandeses en distintos aspectos. En un solo día en la capital, es posible visitar todas estas exposiciones. 

FOTO: RAQUEL CINTRA PRYZANT. 6 / 10 – ARI SIGVALDASON, EL FOTÓGRAFO DE REIKIAVIK

En la emblemática calle Skólavörðurholt, una pequeña galería con un tendedero de las fotos más interesantes o polémicas del fotógrafo Ari Sigvaldason llama la atención de los transeúntes. Los que se detienen unos segundos ante las coloridas imágenes, a veces seguidas de una pequeña sonrisa, tienen grande probabilidad de entrar por la estrecha puerta. 

El sociólogo y político Ari Sigvaldason es fotógrafo desde hace más de 30 años, y sigue fotografiando casi todos los días, antes, o después de las cortas 4 horas diarias en las que abre la galería. Nacido en el oeste de Islandia, ha pasado la mayor parte de su vida en Reikiavik, y sus fotos más populares están tomadas en las calles laterales de la ciudad, o en el campo:

«En menos de 30 minutos conduciendo ya es posible ver temas interesantes, incluso a través de la ventanilla del coche», comenta el fotógrafo. 

Como alguien que ha estado en diferentes partes de Islandia, Ari comenta que una de las cosas que más le fascinan son las diferencias de los paisajes a lo largo del tiempo y el arte de sacar las ventajas de cada estación del año

En junio, con el famoso sol de medianoche, la gente está más abierta y el clima es más agradable. En cambio, en noviembre, con pocas horas de luz, se necesitan otras ideas para fotografiar. Según él, los mejores lugares para fotografiar en Reikiavik son el campanario de la iglesia Hallgrímskirkja, la parte izquierda del puerto y las pequeñas calles paralelas a las avenidas principales.

FOTO: ISTOCK. 7 / 10-PISCINAS GEOTÉRMICAS AL AIRE LIBRE

Las más de cien piscinas distribuidas alrededor del país corroboran la cultura islandesa centenaria de bañarse en aguas calientes al aire libre. Independiente de la temperatura exterior, tener el cuerpo sumergido entre 35 y 40 grados es una de las principales actividades locales. Las lagunas se convirtieron en lugar de encuentro, como un parque o un bar, para los habitantes de Reikiavik. 

Desde hace treinta años, islandeses y turistas se relajan juntos en las lechosas aguas de la Blue Lagoon. Las propiedades curativas están en el agua, rica en minerales, en el blanco sílice, utilizado para tratamientos de la piel y en el hecho de estar inmerso en un paisaje volcánico. La laguna está cerca del aeropuerto de Keflavík, a una hora en transporte del centro de la ciudad. La recomendación es reservar con antelación. 

El pequeño pueblo de Flúðir guarda un secreto geotermal. Gamla Laugin, o la Secret Lagoon, es la piscina termal más antigua de toda Islandia. Su ubicación forma parte del famoso Golden Circle, lo que hace posible combinar la experiencia con otros atractivos naturales. Las aguas termales más jóvenes de la ciudad están en la Sky Lagoon, que destaca por su sauna de cristal, con una vista espectacular a la Bahía Skerjafjörður. A esta se puede acceder fácilmente desde el centro de Reikiavik. 

8 / 10 OBSERVACIÓN DE BALLENAS EN LA BAHÍA FAXAFLÓI

Avistamiento de ballenas en Islandia

Reikiavik es una de las pocas capitales del mundo que ofrece la posibilidad de avistar ballenas tan cerca de la costa. Esto sucede, también, porque la bahía de Faxaflói es un importante punto de alimentación para diferentes especies de cetáceos que acuden en busca de la alta cantidad de nutrientes

Con la identificación de estos individuos por imágenes a lo largo de los años, fue posible concluir que algunas de las mismas ballenas y delfines vienen cada año a la ciudad. Tras alimentarse en la bahía islandesa, las ballenas emigran a los trópicos para aparearse y tener sus crías. 

«Tenemos cuatro especies principales que vienen aquí cada verano. La Humpback Whale (ballena jorobada), los delfines de hocico blanco –endémicos del Atlántico Norte– las Minke Whales, y también la más pequeña de ellas, la Harbour Porpoise», explica la bióloga marina Milla Brandão a Viajes National Geographic. 

Empresas como Elding, una de las primeras de Reikiavik, ofrecen recorridos de más de tres horas para observar a los animales en su hábitat natural. Los guías de los whale watching tours se comunican entre sí, lo que aumenta la posibilidad de avistar una ballena o un delfín. 

Con responsabilidad ambiental, los barcos se acercan y los disparos de las cámaras comienzan.

FOTO: ISTOCK. 9 / 10 – EL CÍRCULO DORADO: GEYSIR, GULLFOSS Y THINGVELLIR

El Golden Circle (círculo dorado) es un recorrido que parte de Reikiavik e incluye tres principales atractivos naturales del país. La primera parada es el Parque Nacional Thingvellir, de gran importancia histórica y geológica. Allí se construyó la primera iglesia cristiana del país y, a día de hoy, este parque alberga la casa de campo del Primer Ministro. También merece la pena una visita por la curiosidad geológica, ya que se puede ver un cañón formado por la separación de las placas tectónicas de América y Eurasia –que se sigue separando unos centímetros cada año. 

Las dos siguientes paradas del recorrido son la majestuosa cascada de Gullfoss, conocida como la cascada dorada, y la zona de los géiseres activos, que asombran a los viajeros que presencian la erupción con nada más de unos minutos de paciencia.

En los caminos que conectan Reikiavik a las atracciones del Golden Circle, es posible observar los famosos caballos islandeses, y montañas cubiertas por una flor morada, llamada Lupin. La resistente planta fue traída de Alaska con el intuido de desarrollar el suelo, pero su gran triunfo a la intemperie la hizo poblar todo el territorio generando conflictos de biodiversidad.

FOTO: MONKEYS REYKJAVÍK. 10 / 10 – LA COCINA DE FUSIÓN ISLANDESA

La gastronomía de Reikiavik es, como en otras capitales, una mezcla entre los productos locales e influencias de otros países. En una misma calle es posible comer un Phở vietnamita, tapas españolas y el bacalao fresco, las sopas de cordero y el nutritivo queso skyr con textura de yogur de Islandia. 

Algunos restaurantes locales con menús elaborados se han convertido en verdaderos maestros de la cocina de fusión, aportando lo mejor de los productos locales con preparaciones importadas de todo el mundo. En el caso del restaurante Monkeys, el chef Snorri Sigfusson añade ingredientes islandeses a la conocida cocina Nikkei, que une técnicas japonesas centenarias con la variada gastronomía peruana. Entre los platos principales de un menú hecho para compartir entre toda la mesa están el ceviche picante de trucha arcoíris y el bacalao isleño en miso dulce. 

En un edificio histórico que se ha convertido en restaurante, Héðinn ofrece también menús enfocados en la cocina islandesa, pero con las técnicas de la alta gastronomía. El menú, elaborado por Sindri Guðbrand Sigurðsson, se define como ‘emocionante pero relajado’.  Los cocteles están entre las grandes sorpresas de la casa. La bebida «the sexy one», hecha con maracuyá, pisco, aperol, clara de huevo y sorbete de champagne servido en copas pompadour hace justicia a su nombre.

Imagen de portada: Istock

FUENTE RESPONSABLE: Viajes National Geographic. Por Raquel Cintra Pryzant. 28 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Islandia/Viajes

La familia argentina que recorrió el mundo durante 22 años en un auto de 1928.

Salieron dos y regresaron seis, tras visitar 102 países en cinco continentes, con unas ganas irreprimibles de contar que lo más lindo que encontraron fue la gente, y de decirle al mundo que por más imposible que parezca un sueño no sólo se puede sino que se debe cumplir.

El de Herman y Candelaria Zapp era un sueño de larga data que habían aplazado por años, hasta que se tornó en «una locura», pues una cosa es que un par de adolescentes se vayan de mochileros a viajar un rato, y otra que una pareja casada de alrededor de 30 años, con trabajos estables y una casa recién construída, sencillamente empaque y se vaya.

«A Cande la conozco desde que tenía 8 años y cuando cumplió 14 nos hicimos novios, y siempre nos imaginábamos viajando. Nos propusimos que dos años después de casados nos iríamos ¡Pero tú sabes cómo es la vida! Las excusas, los miedos… todo iba posponiendo el sueño», le contó Herman a BBC Mundo.

Tras seis años de casados, lo que estaba en el horizonte eran hijos pero, aunque los querían, la perspectiva encendió alarmas: «Si los tenemos nunca vamos a poder viajar porque con hijos no se puede», pensaron.

Así que hicieron «lo mejor que pudimos haber hecho: ponerle fecha al viaje. El 25 de enero de 2000».

Inicialmente era un viaje al otro lado del mundo, que para los australes argentinos significaba llegar a la boreal Alaska.

Aunque nada estaba planeado con exactitud, calcularon que les tomaría 6 meses durante los que, valiéndose de diversos medios de transporte, recorrerían América de punta a punta.

«Muy, muy loco»

Herman y Candelaria

FUENTE DE LA IMAGEN, CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Salieron dos…

«Hablar de ir a cumplir tu sueño en el 2000 no era lo mismo que en 2020; los sueños eran algo para soñar. No había redes sociales mostrándote otros viajeros o comunicándote con gente de otros países, entonces a la gente le parecía que lo que planeábamos era muy, muy loco».

Llegó un momento -cuenta Herman- en el que dejaron de contarle a la familia los detalles porque, encima de que se iban a embarcar en esa aventura sin ninguna experiencia ni el dinero suficiente, tomaron una decisión aparentemente ridícula.

Esa decisión tienen nombre, apellido y hasta pasaporte: Macondo Cambalache, una mezcla de realismo mágico con tango.

Es un compañero de viaje inesperado que se les unió tres meses antes de partir: un automóvil clásico marca Graham-Paige fabricado en Detroit en 1928 del que Herman se enamoró.

Ellos dos y el auto

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Lo trajo a casa en una grúa, pues ni siquiera arrancaba, y le anunció a Candelaria: «Cambio de planes: nos vamos en auto».

Aunque parecía no prometer mucho más que problemas, recorrió 362.000 kilómetros a su ritmo pausado, «arrancándole sonrisas a quienes lo veían pasar».

«Momento trágico»

Su estilo de viajar siempre fue aquel conocido como «Ahí vamos viendo», que la mayoría del tiempo dio resultados excelentes.

Pero cuando se les acabó el dinero por primera vez «fue un momento trágico… desesperante», recordó Herman.

«Estábamos en Ecuador, donde la situación económica era muy mala. Habían pasado del sucre al dólar. Un buen sueldo era máximo US$60, así que jamás lograríamos ahorrar para seguir viajando».

Los seis.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Los seis.

Candelaria se puso a pintar -«unos cuadros muy lindos de pájaros… realmente tiene un don maravilloso»- y Herman los enmarcaba y vendía.

«Nos fue muy bien en Ecuador, lo que nos dio fuerza.

«Después Colombia, un señor que tenía una imprenta nos hizo la típica pregunta de ¿cómo se financian? Le dijimos que con las pinturas, pero que necesitabamos algo más pequeño.

«Se llevó unas fotos de nuestro viaje y nos trajo 500 postales y unas libretitas cuyas tapas eran las fotos.

«La idea era que la gente escribiera en ellas sus sueños, pero nos decían que querían leer sobre los nuestros, así que los empezamos a escribir».

Pronto publicaron el primero de varios libros que a lo largo de los años les ayudarían a costear su periplo.

Pero también fueron aprendiendo que había otra fuente de riqueza enorme: la buena voluntad de la gente.

Cruzando el Amazonas

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Cruzando el Amazonas.

Cuando necesitaron transporte marítimo para llevar a Macondo Cambalache del Colombia a Panamá, «fuimos a Barranquilla y hablamos con el gerente, y nos respondió: ‘Les vamos a hacer esa vuelta’ -como dicen allá-.

«Nos consiguió no una sino tres empresas de barcos que querían llevarlo gratis. Escogí una y el dueño de otra que no escogí me dijo: ‘Al menos déjenme que les pague su viaje en avión'».

«Al principio fue algo difícil, pero al poco tiempo nos dimos cuenta que fue lo mejor del viaje es lo que haces sin dinero».

El primer bebé

Tras casi dos años de viaje, sintieron que «realmente algo faltaba».

«Además, la hermana de Candelaria no había podido tener hijos y se estaba haciendo todos los tratamientos posibles entonces pensamos que si teníamos el mismo problema era mejor empezar antes de que se nos pasaran los años.

La familia Zapp

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

«Y, bueno, ese famoso 11 de septiembre (de 2001) nos abrazamos un poquito más fuerte».

En Belice confirmaron que Candelaria estaba embarazada y entraron en pánico.

«Sí, pánico, porque una cosa es tener la idea de ser papá y otra cosa es saber que lo vas a ser. No teníamos muchas posibilidades de hacer dinero, ni ahorrar… no estábamos tan listos».

Para manejar la situación, pusieron fechas.

«15 días en Belice, dos meses en México, tres en EE.UU., dos en Canadá y así llegabamos justo para que naciera el bebé en Alaska».

Pero una comunidad Amish menonita los invitó a pasar dos semanas con ellos -«y le digo: ‘Candi, cuándo vamos a tener la posibilidad de estar con menonitas'»-, y cuando estaban en Cancún, los invitaron a Cuba -«y le digo: ‘Candi, cuándo vamos a tener la posibilidad de estar en Cuba 15 días’-«…

Lavando ropa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Lavando ropa

Al final, Pampa nació en 2002 en Greensboro, Carolina del Norte, donde los habían invitado a una reunión de autos antiguos Graham-Paige.

«Fue mágico».

«Le pedimos ayuda al gobierno, porque yo nací en EE.UU., pero me la negaron por no ser residente; fuimos al hospital, y nos dijeron que era una empresa privada así que cobraban (más de US$12.000), así que nos fuimos al diario a pedirle ayuda a la gente», recordó Herman.

«Hicieron una nota muy linda sobre nuestro viaje, nuestro sueño, nuestro destino, pero también nuestra situación, y decía que si nos querían ayudar, podían llamar al teléfono de la familia que nos había acogido.

«El teléfono no dejó de sonar durante 4 días».

En el desierto Wadi Ram, Jordania

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. En el desierto Wadi Ram, Jordania.

Desde una abuela que les quería mandar un suéter que le estaba tejiendo a su nieto, hasta doctores y enfermeras que se ofrecían a no cobrar si estaban de turno en el momento del parto.

Diferentes iglesias organizaron eventos para recaudar fondos, mientras que les llegaban hortalizas y frutas y les compraban libros y pinturas.

«Al final pagamos nada más lo hotelería del hospital. Fue realmente lindo que no hubiéramos tenido dinero porque ahora tenemos una familia en Carolina del Norte».

¿Y Alaska?

«No llegamos en seis meses Alaska… llegamos en tres años y 9 meses. Hubo un pequeño error de cálculo».

Pero antes de alcanzar su sueño, ocurrió algo peculiar.

El auto en un atardecer

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

«Cuando faltaban 30 km para llegar a Alaska (y un cartel lo decía), y Cande me dice:

-‘No quiero llegar’

-‘¿Cómo que no querés llegar a Alaska?’

-‘Es que si llegamos se termina el sueño, y lo lindo de un sueño no es cumplirlo, es vivirlo, estar en él’.

«Entonces tuvimos que parar para ver qué encontrábamos para llegar contentos.

«Y encontramos que Alaska era el final de un sueño pero también, el principio de otro.

Llegando a Alaska

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

«Nos pusimos la meta de seguir viajando».

Pero tuvieron que volver a Argentina.

Un jardín gigante

La madre de Candelaria estaba enferma.

5 días después de regresar, nació su segundo hijo, Tahue, en Capilla del Señor, en 2005. A los 13 días de nacido, volvieron a emprender camino.

Con la llegada de Tahue, y el deseo de tener más hijos, se dieron cuenta de que Macondo Cambalache se iba a quedar chico.

Como «uno no se tiene que adaptar a las cosas, sino que las cosas se tienen que adaptar a uno», lo cortaron por la mitad para poner una fila más de asientos.

Los Zapp

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Así, los niños podían dormir en una tienda de campaña que llevaba en el techo, y los padres, abajo, en las sillas que se transformaban en camas.

En la «habitación» de arriba, se fueron sumando Paloma, quien nació en 2007 en Vancouver, Canadá, y Wallaby, nacido en Australia en 2009, así como el perro Timón y Hakuna, el gato.

«¡La cantidad de cosas que hay que sacar para hacerles lugar! Necesitan sillas del auto, cunas, pañales… Cuando nacieron todos nos quedamos sin nada, pero ¡qué bueno cambiar cosas por niños!».

La cocina estaba en el baúl original de madera.

«Una casa chica con un jardín gigante, que aún no han terminado de conocer», en la que pasaron innumerables noches frente al mar, lagos, ríos, islas, montañas y desiertos.

Al punto de partida

La familia Zapp volvió definitivamente a Argentina (por ahora) en febrero de 2022.

Paloma en Africa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Los niños ya no lo son tanto: Pampa tiene 20 años, Tehue, 17, Paloma, casi 15 y Wallaby, 13.

Regresaron con una educación envidiable.

«Aprendieron geografía recorriéndola; idiomas, jugando con otros niños; ciencias sociales, compartiendo con gente de todos los estratos sociales y culturas, y vieron que había miles de formas de rezar, de vivir, de comer.

«Vieron la cadena alimenticia en acción en África, cuando una chita se comía a un venado que estaba comiendo pasto y un leopardo le robaba la presa a la chita, y aprendieron biología buceando en el mar…

«Tuvieron la mejor aula y la más linda».

Sentados con su mesa y elefantes

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Ahora se tienen que acostumbrar a lo común para que puedan escoger cuál tipo de vida querrán tener.

Herman y Candelaria están conscientes de que, aunque «les pudimos regalar el mundo», el viaje privó a los niños de compartir el día a día con abuelos, tíos y primos, o amigos siempre presentes.

«Ahora están experimentando estar en una sola casa, con un horario, esperar las vacaciones… así después podrán decidir que prefieren, porque si nunca pruebas el chocolate, no sabes si es rico».

Sus padres, entre tanto, siguen recorriendo caminos, aunque a lugares más cercanos.

«Lo que más queremos hacer ahora es ayudar a cumplir sueños y estamos recorriendo pueblo por pueblo llevando la noticia de que, a pesar de la política, la economía, la situación mundial, la guerra, el virus, uno sí puede crear su propia realidad.

De vuelta en Argentina

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. De vuelta en Argentina.

«Además uno no está solo. ¡Estamos entre 7.000 millones de amigos!

«Necesité muchísimos barcos y siempre apareció el señor o la empresa que se ofreció, y no a cambio de una publicidad, sino a cambio de ser parte. Y fueron más de 2.000 hogares que abrieron las puertas a recibir a una familia que no conocían.

«Y así mil cosas que demuestran que es un mundo maravilloso que le encanta ser parte de sueño y que lo único que uno tiene que hacer es compartir. No vinimos a estar solos. Las cosas son más ricas y más sabrosas cuando las compartimos, no?».

Pero eso no quiere decir que se van a quedar quietos: el próximo año planean darle la vuelta al mundo en un barco de vela como en el que cruzaron el Atlántico.

«¡Era más viejo que Macondo Cambalache, de 1908… hermoso!».

Y, con toda su experiencia, ¿qué es indispensable llevar?

«Sólo dos cosas: toallitas húmedas y ganas, porque si tenés ganas, ¿quién te para?».

Imagen de portada:CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Mapa del periplo.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Dalia Ventura. 25 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Viajes

 

Viajes científicos con Julio Verne en la memoria. (3)

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Gotinga y Berlín

Aunque este viaje mío es de turismo «imaginario y cultural», también pienso en él como para cumplir con algunas cuestiones profesionales. Así, en lugar de ir directamente a Inglaterra y Escocia, como he planeado, me dirijo antes a Berlín, y de camino me detengo en Gotinga. Además de recordar vivencias pasadas, es también un modo de celebrar a Julio Verne. 

Allí, en la Geismar Landstrasse 11, se encuentra uno de los observatorios astronómicos más importantes del siglo XIX. Construido entre 1803 y 1816, el gran Carl Friedrich Gauss fue, a partir de 1807, su primer director. Como en tantos observatorios erigidos en ciudades, en el de Gotinga ya no se realizan observaciones, pero todavía se conservan en él viejos instrumentos. Recomiendo intentar visitar el gabinete de Gauss —la Gauss-Zimmer—, en el que se pueden admirar varios telescopios, un astrolabio, así como reliquias de los experimentos telegráficos llevados a cabo en 1833 por Gauss y Wilhelm Weber (un trozo del cable que emplearon, transcripciones de los mensajes originales, una réplica del instrumento para enviar las señales electromagnéticas). La transmisión la realizaron entre el viejo Instituto de Física (situado cerca de la Pauliner Kirche) y el Observatorio, separados por un kilómetro. De hecho, no lejos del Observatorio hay una magnífica escultura, erigida para conmemorar aquella transmisión. Inaugurada en 1899, en ella aparecen Gauss y Weber. Astronomía y telegrafía, dos mundos científicos y tecnológicos especialmente apreciados por Verne, se ven así hermanados.

Cumplidas estas visitas, y tras asomarme un momento al célebre Instituto de Matemáticas, en el que trabajaron luminarias como David Hilbert, Felix Klein, Hermann Minkowski, Hermann Weyl y Emmy Noether, abandono Gotinga camino de Berlín, una ciudad esta también generosa con el recuerdo de científicos: en la zona central se pueden encontrar placas conmemorativas de, por ejemplo, Albert Einstein (Unter den Linden 8), Leonhard Euler (Behrenstrasse 21), James Frank (Wilhelmstrasse 66), Otto Hahn y Lise Meitner (Hessische Strasse 1-2), Max Planck (Unter den Linden 6 y Wilhelmstrasse 66) y Alfred Wegener (Wallstrasse 43).

Como apunté, en Berlín tengo algún asunto profesional del que ocuparme. Es en el Max-Planck-Institut für Wissenschaftsgeschichte (Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia), situado en una calle cuyo nombre alegra el corazón de un físico: Boltzmannstrasse 22. El lugar en el que se encuentra, Dahlem, permite, no obstante, tener a Verne en la memoria. Dahlem es ahora lo que podríamos denominar un barrio residencial de Berlín, pero uno en el que además de residencias particulares (espléndidos y señoriales chalets) se halla la Freie Universität (Universidad Libre) de Berlín (fundada en 1948) y un buen número de institutos de la Max-Planck-Gesellschaft (Sociedad Max Planck), una institución pública dedicada al fomento de la investigación en ciencias y humanidades.

En realidad, la Max-Planck-Gesellschaft es heredera de una institución creada mucho antes, en 1911: la Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft zur Förderung der Wissenschaften (Sociedad Káiser Guillermo para el Avance de la Ciencia). En uno de los institutos creados y mantenidos por aquella Sociedad, en el Instituto de Química (situado en Thielallee 63, muy cerca del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia) Otto Hahn y Fritz Strassmann descubrieron en diciembre de 1938 la fisión nuclear, utilizando uranio. Afortunadamente, el edificio sobrevivió a la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. En una placa se lee: In diesem Hause dem damaligen Kaiser-Wilhelm-Institut für Chemie entdeckten 1938 Otto Hahn und Fritz Strassmann die Uran-Spaltung («En esta casa, en el por entonces Instituto de Química Káiser Guillermo, en 1938 Otto Hahn y Fritz Strassmann descubrieron la fisión del uranio»). Aquel descubrimiento, que tanto ha influido en la historia mundial, llegó después del tiempo de Verne, pero está unido a su nombre a través del primer submarino propulsado por energía nuclear, el Nautilus, de la Marina de Estados Unidos, que comenzó de manera oficial su vida el 21 de enero de 1954.

Terminados mis asuntos en Dahlem, tomo el S-Bahn en la estación Lichterfelde West hasta Brandenburger Tor, la parada de la Puerta de Brandenburgo. Salgo directamente a la famosa y maravillosa avenida Unter den Linden (Bajo los tilos). Dejo tras de mí la famosa Puerta y camino hacia mi destino verniano: la Humboldt-Universität (Unter den Linden 6), muy próxima a la «Isla de los Museos», con el extraordinario Museo Pergamon. Fundada en 1810 como Universität zu Berlin por Wilhelm von Humboldt, en 1828 recibió el nombre de Friedrich-Wilhelm-Universität, que cambió en 1949 por el actual de Humboldt-Universität.

Delante de la puerta principal de esta Universidad hay tres estatuas. En la central aparece el médico (especializado en fisiología), físico y matemático Hermann von Helmhotz, uno de los gigantes de la ciencia del siglo XIX: a él se debe la formulación más general del principio de conservación de la energía (1847) y el descubrimiento del oftalmoscopio. A los dos lados están las de los hermanos Humboldt. A la izquierda, según se mira a la fachada, Wilhelm, y a la derecha Alexander, el gran explorador. «Al segundo descubridor de Cuba, la Universidad de La Habana, 1959», se lee, escrito en español, en el pedestal de la estatua de Alexander. Verne, otro gran explorador, pero con la imaginación, mencionó a Alexander von Humboldt en alguna de sus novelas. En, por ejemplo, el capítulo 30 de Viaje al centro de la Tierra, se refirió a uno de los viajes de Humboldt por Colombia. Me imagino, pues, contemplando la fachada de la Universidad en compañía de Verne.

Aunque queda fuera de mis propósitos vernianos, entro en la Universidad. Y me encuentro con la gran escalinata en la que se lee la famosa frase de Karl Marx (la Universidad perteneció a la República Democrática Alemana hasta la reunificación de 1989-1990), la tesis número 11 de Tesis sobre Feuerbach (1845): Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kömmt darauf an, sie zu verändern («Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»). Aprovecho para subir al primer piso, un ejercicio interesante pero a la vez deprimente, porque pienso en las universidades de mi país, España. En ese primer piso se encuentran las fotografías de aquellos que enseñaron allí y que obtuvieron un Premio Nobel: 29. Entre ellos figuran nombres señeros de la física, la química y las ciencias biomédicas como Wilhelm Wien, Max Planck, Albert Einstein, Max Born, James Franck, Max von Laue, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger, Emil Fischer, Jacobus van’t Hoff, Fritz Haber, Richard Willstätter, Walther Nernst, Peter Debye, Otto Hahn, Robert Koch, Otto Warburg, Paul Ehrlich, Hans Krebs, y también dos premios nobel de literatura, Paul Heyse y Theodor Mommsen.

Esta vez no tengo tiempo, pero recomiendo acercarse al Astrophysikalisches Observatorium de Postdam. Además de ver los espléndidos domos astronómicos con los restos (solo las carcasas y pilares, no las lentes), memorias fantasmales de épocas ya pasadas, de los en su tiempo poderosos telescopios, allí se encuentra la futurista Torre Einstein, del arquitecto Erich Mendelsohn. Construida a comienzos de la década de 1920 para intentar comprobar una de las predicciones de la teoría de la relatividad general (1915) de Einstein, la del desplazamiento gravitacional hacia el rojo de las líneas espectrales, estoy seguro que la vista de esta torre habría hecho saltar de gozo a Verne, despertando en él alguna idea futurista.

Imagen de portada: Thierry Ehrmann.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Manuel Sánchez Ron.

Ciencia/Historia/Julio Verne/Tecnología/Viajes.

Viajes científicos con Julio Verne en la memoria. (2)

Viene de la primera parte…

París, la «capital del mundo»

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Tratándose de Julio Verne y de la ciencia, no hay mejor lugar por el que empezar que por París, en tiempos «la capital del mundo», o una de sus capitales (del mundo y de la ciencia), la ciudad en la que Verne, que nació en Nantes, se instaló por primera vez en 1847 y en la que vivió la mayor parte del tiempo hasta que en 1872 se marchó a Amiens, donde había nacido su esposa. París, la ciudad que le ha honrado dando su nombre a una calle, la rue Jules Verne, la ciudad en la que todavía se pueden visitar algunas librerías especializadas en primeras ediciones de sus libros (mi favorita es la Librairie Monte Cristo, en el 5, rue de l’Odéon). París, la ciudad en la que trabajaron algunos de mis científicos más queridos: Lavoisier, Laplace, Claude Bernard, Louis Pasteur —cuyo Instituto y maravillosa tumba en uno de los sótanos no visitaré esta vez—, Henri Poincaré o los Curie.

No hay, por supuesto, imagen más asociada a París que la Torre Eiffel. Es su símbolo. En mi viaje imaginario con Verne en la memoria, la visitó una vez más. En esta ocasión hago lo que antes no hice: subir al segundo piso, donde he reservado una mesa para comer en el restaurante «Jules Verne». Mientras como, pienso si Verne viajaría de Amiens a París para estar presente el día, el 31 de marzo de 1889, que se inauguró aquel mastodonte de 330 metros, construido para la Exposición Universal que se celebró aquel año, una exposición planeada para celebrar el centenario de la Revolución francesa. ¿Sería, al menos, uno de los 32 millones de personas que la visitaron? ¿Conocería al ingeniero Gustave Eiffel que ideó la torre? De lo que estoy seguro es de que, si la visitó alguna vez, se debió emocionar cuando descubriera, grabados en los pretiles de la primera línea de balcones, justo encima del primer arco, 72 nombres de científicos (18 por fachada), entre los que figuran algunos a los que, supongo, respetó especialmente: Lavoisier, Laplace, Lagrange, Cauchy, Coulomb, Coriolis, Arago, Le Verrier, Foucault o Gay-Lussac.

Mientras permanezco en el Campo de Marte, la zona donde está ubicada la Torre Eiffel, recuerdo un acontecimiento al que sin duda Verne, el autor de Cinco semanas en globo, habría deseado asistir, uno que tuvo lugar el 27 de agosto de 1783. Aquel día, imitando pruebas anteriores realizadas por los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Étienne Montgolfier, un profesor de Física, Jacques Césare Charles, soltó un globo relleno de hidrógeno, sin ningún pasajero. Entre los espectadores que asistieron a aquella demostración se encontraba nada más y nada menos que uno de los cinco hombres que, en 1776, habían redactado la Declaración de Independencia, de la que nació Estados Unidos: Benjamin Franklin.

Una vez preparada la Declaración de Independencia, el polifacético Franklin (fue impresor, editor, político, diplomático, inventor y muy notable científico) se trasladó a París —donde permaneció hasta 1785— como una especie de embajador de la nueva nación en ciernes; de lo que se trataba era de obtener el apoyo francés, sin el cual era difícil pensar que pudieran prosperar los deseos revolucionarios de las colonias inglesas norteamericanas. Unos meses después de haber presenciado la prueba de Charles, el 6 de noviembre, Franklin escribió una carta al presidente de la Royal Society de Londres el botánico sir Joseph Banks, dándole cuenta de lo que había visto:

El miércoles 27, el Sr. Charles, profesor de Filosofía Experimental en París, repitió el nuevo experimento aerostático, inventado por los Sres. Montgolfier de Annonay.

Con lo que en Inglaterra se llama seda aceitosa, y aquí Tafetán gommée, se formó un globo hueco de 12 de pies de diámetro, habiendo sido impregnada la seda con una solución de goma elástica en, como se dice, aceite de linaza. Las partes se pegaron con la goma mientras estaban húmedas, y parte de esta se pasó después por las junturas, para hacer que fuese lo más hermético posible.

Después se lo rellenó con gas inflamable que se produjo echando aceite de vitriolo sobre limaduras de hierro, hasta que se vio que tenía una tendencia a ascender tan fuerte como para poder levantar un peso de 39 libras, además de su propio peso, que era de 25 libras y del peso del aire que contenía.

Se le llevó temprano por la mañana al Campo de Marte, un lugar en el que a veces se realizan revistas militares, en la parte que se halla entre la Escuela Militar y el río. Allí se le mantuvo abajo sujetándolo con una cuerda, hasta las 4 de la tarde, cuando se dejó que se elevase, pero manteniéndolo aún atado a tierra. Antes de esa hora, se tuvo cuidado de reemplazar la parte de gas inflamable, o de su fuerza, que se había perdido, inyectando más.

Se supone que se reunieron no menos de 50.000 personas para ver el experimento. El Campo de Marte estaba rodeado de multitudes y había un gran número de personas en el lado opuesto del río.

A las 5 en punto se avisó a los espectadores disparando dos cañones, y se cortó la cuerda. Y se vio al globo elevarse. Hacía un poco de viento, pero no era muy fuerte. Lo había mojado algo de lluvia, de manera que relucía, dándole una apariencia agradable. Disminuyó en su tamaño aparente según iba elevándose, hasta que penetró en las nubes, cuando me pareció apenas mayor que una naranja, y pronto se hizo invisible, al ocultarlo las nubes.

La multitud de disgregó, todos muy satisfechos y muy felices con el éxito del experimento, y entreteniéndose con conversaciones sobre las posibles aplicaciones que se le puede dar, algunas de las cuales eran muy extravagantes. Pero posiblemente abra el camino a algunos descubrimientos en filosofía natural que ahora no imaginamos.

Abandono el Campo de Marte y me dirijo a uno de mis lugares favoritos en París, aunque, después de la profunda remodelación que sufrió en la década de 1990, ya no lo es tanto, no importa que ahora sea más «didáctico» y esté más ordenado: el viejo Conservatoire des Arts et Métiers (Conservatorio de Artes y Oficios), hoy Musée des Arts et Métiers. Fundado a iniciativa del abad constitucional Henri Grégoire, que logró que la Convención decidiera el 10 de octubre de 1794 crear un «depósito público de maquinas, modelos, utensilios, diseños, descripciones y libros de todas las clases de artes y oficios», se escogió como sede el antiguo priorato benedictino de Saint-Martin-des-Champs. No me extrañaría que Verne hubiera pasado muchas horas y días en este Conservatoire, deteniéndose, por supuesto, en su famoso péndulo de Foucault, que cuelga de la bóveda y sirve para demostrar la rotación de la Tierra, pero dedicándose sobre todo a estudiar la maravillosa y apelotonada colección de instrumentos y aparatos científicos y tecnológicos (en torno a 80.000), con la idea de que alimentasen su imaginación. El laboratorio de Lavoisier, el gabinete del abad Nollet, el aparato fotográfico de Daguerre, los relojes marinos de Ferdinand Berthoud, astrolabios, máquinas de vapor, autómatas y mil artilugios más, coparían la atención y el tiempo de Verne.

Del Conservatoire-Musée, atravesando el Sena por la isla de la Cité y contemplando una vez más la impresionante fachada de la catedral de Notre Dame, mientras subo por el boulevard Saint-Michel, paso delante de la Sorbona. Pero no es ese mi destino, sino el Panthéon. En otro tiempo iglesia de Sainte-Geneviève, en 1791 la Asamblea Constituyente la convirtió en un monumento destinado a «recibir a los grandes hombres de la libertad francesa», destino que inauguró aquel mismo año Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeau, quien no obstante su condición aristócrata fue un revolucionario, aunque no tan puro como parecía: en 1794 su cuerpo fue retirado del Panthéon cuando se descubrieron los papeles del armario de hierro de Luis XVI, que probaban la familiaridad de Mirabeau con los reyes y que había percibido una pensión del soberano.

En cualquier caso, no le duró mucho al Panthéon el estatus que planearon los revolucionarios, ya que en 1806 Napoleón, el gran traidor de la Revolución francesa, lo devolvió al culto católico. Finalmente, en 1885, con ocasión del funeral de Victor Hugo el antiguo templo recuperó la función que le había sido asignada en 1793, ahora enunciada como aux grandes hommes la Patrie reconnaissante («la patria en reconocimiento a los grandes hombres»). Supongo que Verne visitaría este templo civil y laico, y que se detendría ante las tumba de Lagrange, el único científico que en su tiempo reposaba allí. Le habría agradado saber que ahora hay más, que la ciencia que él amó está representada por Marcellin Berthelot, Paul Painlevé, Paul Langevin, Jean Perrin, Gaspar Monge, Condorcet y el matrimonio Pierre y Marie Curie. Debió saber, asimismo, que aprovechando la altura del domo del edificio, en 1851 Leon Foucault hizo una demostración con su péndulo (un cable de 67 metros de longitud, del que colgaba una bola de hierro de 28 kilogramos).

Animado tras contemplar la tumba de Marie Curie, la única mujer enterrada entre «los grandes hombres de la patria», me dirijo al Institut Curie, situado muy cerca, en el 26 de la rue d’Ulm. Establecido en 1970, a partir de la fusión de dos organismos creados en vida de Marie Curie, el Instituto del Radio y la Fundación Curie, en él aún es posible visitar las salas en las que vivió y trabajó Marie. No recuerdo que Verne hablase de la radiactividad en alguna de sus novelas, y sin embargo, debió saber que Henri Becquerel la había descubierto en 1896, en París, y también que dos años después Marie y Pierre Curie encontraron dos nuevos elementos radiactivos a sumar al uranio, el polonio y el radio. Cuando en 1903, Becquerel y los Curie recibieron el Premio Nobel de Física, la radiactividad llegó a los periódicos: «No conocemos a nuestros científicos», se escribía en La Liberté del 15 de noviembre, «son los extranjeros los que nos los descubren».

Seguramente fue entonces cuando Verne descubrió la radiactividad y a los Curie, pero ya era un hombre mayor: falleció pronto, el 24 de marzo de 1904, con 76 años. Es una pena que no pudiese incorporar el hallazgo de la radiactividad a sus historias, que no la utilizase, por ejemplo, como medio de propulsión para el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino (1871) y de La isla misteriosa (1875), donde, por cierto, el submarino terminó sus días, en una cueva de la isla Lincoln, enterrado junto al capitán Nemo como consecuencia de la tremenda explosión volcánica que destruyó la isla.

Por cierto, aquellos que deseen profundizar en la historia de la radiactividad, visitando al mismo tiempo centros científicos parisinos, pueden ir al magnífico Muséum National d’Histoire Naturelle, ubicado en el Jardin des Plantes (Jardín Botánico), 36 rue Geoffroy Saint-Hilaire. Becquerel, como su padre y su abuelo, ocupaba una de las cátedras del Muséum y allí, en la dependencia que en el pasado había ocupado el gran naturalista Georges Cuvier, a la que se accede por la rue Cuvier, descubrió la radiactividad.

Debería, lo sé, continuar visitando otros lugares de París: por ejemplo, el Palais de la Découverte, creado para popularizar la ciencia por Jean Perrin, entonces secretario de Estado para la Investigación, que abrió sus puertas para la Exposición Universal de 1937, y también, claro, el Observatoire (entre la avenida Denfert-Rochereau, el bulevar Arago y los calles Cassini y Faubourg Saint-Jacques), el hogar parisino de la astronomía, la ciencia que tanto amó y utilizó Verne. Al menos, debería pasear por algunas de las innumerables calles dedicadas a científicos (no hay en el mundo ciudad más generosa con la ciencia que París); por las calles Descartes, Galileo, Newton, Huygens, Bernoulli, Euler, Fermat, d’Alembert, Lavoisier, Saint-Hilaire, Laplace, Lagrange, Buffon, Cuvier, Volta, Ampère, Gay-Lussac, Faraday, Darwin, Cauchy, Poincaré o Maurice y Louis de Broglie, por los bulevares Arago o Pasteur, por la avenida Edison, por la plaza Jean Perrin. Son tantos los lugares que avivan la memoria y el corazón del amante de la ciencia, que es imposible cumplir con siquiera una mínima parte. No hay tiempo para tanto.

Antes de abandonar esta vieja y maravillosa capital del mundo y de la ciencia, me paro a pensar —lo hago siempre que vengo aquí— cuántos medallones Arago he visto en esta visita. Los «medallones Arago», de bronce y 12 centímetros de diámetro, se extienden por el suelo de París siguiendo la traza del meridiano que pasa por el centro del Observatorio  y que determina el eje de simetría del edificio, atravesando toda Francia, desde Dunkerque a Perpignan. Hasta que en 1884 fue destronado por el de Greenwich (Londres), para marinos, geógrafos y viajeros el meridiano de París constituyó el origen para establecer las longitudes. Su determinación, obra de los astrónomos Jean Picard y de los Cassini, padre (Jean-Dominique) e hijo (Jacques), comenzó en 1669 y terminó en 1718, siendo ampliada, por orden de la Convención, a partir de 1792 por Jean Baptiste Joseph Delambre y Pierre Méchain, con nuevas medidas entre Dunkerque y Barcelona, y posteriormente, 1806, por François Arago y Jean Baptiste Biot, encargados de prolongar el meridiano hasta las islas Baleares. Lo que la Convención quería era establecer, como medio de evitar abusos, un sistema universal de medidas, definir, en particular, el metro.

A iniciativa de la Asociación Arago, y con el apoyo del Estado y de la Villa de París, se decidió honrar la memoria de François Arago (1786-1853). Fue el artista neerlandés Jan Dibbets quien concibió un «monumento imaginario realizado sobre la traza de una línea imaginaria». La idea de este «monumento imaginario» se concretó en 1994 con una serie de medallones que se fijarían en diversos lugares del suelo de París a lo largo de la línea de su meridiano, cada uno con el nombre «ARAGO», una «N» señalando el norte y una «S» marcando el sur. Existen 120 de estos medallones. Es entretenido, e instructivo, buscarlos. En el Jardín de Luxemburgo, por ejemplo, entre la rue Auguste Comte y el Senado, hay diez; en diversos lugares de la avenida del Observatoire (en el número 4 está la Facultad de Farmacia) se hallan tres; en el Boulevard Saint Germain, delante de los números 125-127 y 152, se pueden encontrar dos; apropiadamente, en el pedestal de la estatua de Arago, en la esquina del Boulevard Arago y la plaza de l’Île.de-Sein, hay seis; y en la Cité Universitaire (donde está el colegio de España) se instalaron diez. Desgraciadamente, como he dicho la idea y su materialización son posteriores a Verne. Si hubieran existido en su tiempo, tal vez habría disfrutado paseando por París en su búsqueda. Entre otras razones porque alguna relación tuvo Julio con la familia Arago: Jacques Arago, explorador y hermano de François, le ayudó en sus estudios de astronomía, física, química y transportes.

(Continua)

Imagen de portada: Thierry Ehrmann.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Manuel Sánchez Ron.

Ciencia/Historia/Julio Verne/Tecnología/Viajes.

Viajes científicos con Julio Verne en la memoria. (1)

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Viajamos con el cuerpo pero también, acaso las más de las veces, con el pensamiento. Y cuando imaginamos viajar, podemos elegir con quién nos gustaría hacerlo, con personas de hoy o de ayer. La ciencia, sobre todo su historia, esto es, su pasado, aunque sin olvidar su presente, ha dominado una parte importante de mi vida. No es sorprendente, por tanto, que en mis viajes haya procurado buscar rastros del pasado científico. Sucede —es una señal inequívoca de que envejezco— que en los últimos tiempos a veces me paro a pensar cómo será el futuro científico, cuáles las novedades, las posibles revoluciones futuras. Y cuando me sumerjo en semejantes elucubraciones, no tarda en venirme a la mente el gran «imaginador» del futuro científico: Jules Verne (1828-1905), o mejor, como siempre me referí a él, Julio Verne.

Pienso en él con admiración, no importa que hoy, cuando vuelvo a leer algunas de sus novelas —por ejemplo, De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna—, las emociones que me producen ahora no sean las de antaño. Fue Verne, sin duda, un visionario científico, pero un visionario que no creaba sus ideas de la nada, sino de la posesión de buenos conocimientos de la ciencia de su época; suplió la falta de una educación científica (estudió Derecho), frecuentando la Bibliothèque Nationale de París donde leyó obras de matemáticas, física y geología. Así que ¿por qué no elegirle a él como compañero de viaje cuando se visitan ciudades que ocupan un lugar destacado en la historia de la ciencia? ¿Puede existir mejor compañero de viaje que el autor de la serie Voyages extraordinaires?

Ciudadano de un nuevo mundo científico

Antes de emprender ese viaje imaginario, es conveniente recordar que Verne vivió en una época en la que abundaron las grandes novedades científicas y tecnológicas. Así, tres años después de su nacimiento, Charles Darwin se embarcaba en el Beagle, en el que viajaría durante cinco años por todo el mundo, experiencia que le resultaría vital para el libro que publicó en 1859, The Origin of Species (El origen de las especies), del que sin duda Verne supo, si es que no lo leyó (la primera traducción al francés de este libro de Darwin apareció en 1862).

Asistió, asimismo, al desarrollo de la telegrafía que cambió el mundo. Especialmente una vez que, en 1866, se consiguió unir telegráficamente Europa y Norteamérica (volveré a esta cuestión más adelante), el planeta se pobló de todo tipo de redes telegráficas, terrestres y submarinas. Y también llegarían, en aquel siglo extraordinario para el electromagnetismo, el siglo de Michael Faraday y de James Clerk Maxwell (que unificó en su teoría del campo electromagnético electricidad, magnetismo y óptica), el teléfono (Graham Bell, 1876), que al parecer Verne utilizó por primera vez en 1894, la bombilla de Thomas Alva Edison (1879) —y muchas otras que iluminarían como nunca antes se había podido hacer hogares y calles—, o la «telegrafía sin hilos» de Guglielmo Marconi. En aquel mundo de maravillas eléctricas no era extraño que alguien —en este caso, William Edward Ayrton, un catedrático de Física de Londres— pronunciase palabras como las siguientes (1897):

No hay duda de que llegará el día en el que probablemente tanto yo como Vds. habremos sido olvidados, en el que los cables de cobre, el hierro y la gutapercha que los recubre serán relegados al museo de antigüedades. Entonces cuando una persona quiera telegrafiar a un amigo, incluso sin saber dónde pueda estar, llamará con una voz electromagnética que será escuchada por aquel que tenga el oído electromagnético, pero que permanecerá silenciosa para todos los demás. Dirá «¿dónde estás?», y la respuesta llegará audible a la persona con el oído electromagnético: «Estoy en el fondo de una mina de carbón, o cruzando los Andes, o en el medio del Pacífico».

En una época como la presente, poblada de teléfonos móviles (o celulares) suena familiar, ¿no?

Y en matemáticas, su centuria fue la de las geometrías no euclidianas de los Bolyai, Lobatschewski y Riemann, y la de los conjuntos transfinitos de Cantor.

Vivió también Verne en el siglo en el que comenzaron aquellas espectaculares ferias de, sobre todo, la ciencia y la tecnología que fueron las Exposiciones Universales. La primera, la famosa de 1851 en Londres, a la que siguieron las de Dublín (1853) y Nueva York (1853-1854), que precedieron a la de París (1855), ciudad que volvería a acoger una en 1878 y una tercera en 1889, que enseguida volveré a mencionar.

El siglo XIX fue, asimismo, la centuria de Louis Pasteur y de Robert Koch, con la teoría microbiana de la enfermedad, de Joseph Lister y los primeros procedimientos para combatir las infecciones, de los que más que probablemente se benefició el propio Verne cuando fue intervenido quirúrgicamente después de que su sobrino favorito, Gastón, sufriese un ataque de locura y le disparase, el 9 de marzo de 1886, dos tiros que le convertirían en un inválido. Fue también el ochocientos el siglo en el que Kirchhoff y Bunsen fundaron (1860) la astrofísica, frente a la mera astronomía, que nada podía decir de la composición de los cuerpos celestes; el de la tabla periódica de los elementos (Mendeleiev, 1869), del descubrimiento de los rayos X (Röntgen, 1895), la radiactividad (Becquerel, 1896) y los cuantos (Planck, 1900). ¿Sorprenderá que en una entrevista Verne manifestase que «una de las cosas con las que más disfruto es la lectura de cualquier reseña sobre un nuevo descubrimiento o experimento en los mundos de la ciencia, la astronomía, la meteorología o la fisiología», y que su obra dependa tanto de la ciencia?

La astronomía fue uno de sus grandes temas. Observatorios astronómicos, telescopios, astrónomos, fuerzas gravitacionales y de escape (la necesaria para vencer la atracción de la Tierra y marchar hacia el cosmos) aparecen constantemente en De la Tierra a la Luna (1865) y en su secuela, Alrededor de la Luna (1870). Incluso podemos encontrar alguna expresión matemática, como sucede en Alrededor de la Luna, en donde aparecen (en el capítulo IV) dos complicadas fórmulas que Impey Barbicane (el presidente del Gun-Club, el círculo de artilleros que había tenido la idea de viajar a la Luna utilizando una bala de cañón) expone a sus compañeros: una, explicaba, es la integral de la ecuación de las fuerzas vivas, que sirve para calcular la velocidad del cohete en cualquier momento, y otra la que muestra la velocidad del proyectil al salir de la atmósfera. 

Y si hablamos de cálculos y expresiones matemáticas, hay que decir que Verne apenas dio cabida a la ciencia de Euclides. Fue precisamente uno de los personajes que aparecían en De la Tierra a la Luna, un matemático norteamericano llamado J. T. Maston el que subsanó algo tal limitación. En Sans dessus dessous (1889), un novela menor de los Voyages extraordinarios, vertida al español con el título de El secreto de Maston, volvió a aparecer este miembro del Gun-Club, ahora un hombre maduro de 58 años. La trama de la novela gira en torno a la idea del Club de explotar los recursos naturales que encierra el Polo Norte. El problema al que se enfrentan es cómo librarse de la profunda capa de hielo que cubre la superficie de las tierras polares. La solución a la que llegan los miembros del Gun-Club es la de modificar el eje de rotación de la Tierra, y por tanto el clima terrestre, mediante una detonación producida por un cañón gigante. Y ahí entraba Maston, que debía resolver tremendos problemas matemáticos, ante los que no se arredraba ya que dominaba los cálculos diferencial, integral y de variaciones, de tal manera que era capaz de «elevarse hasta los últimos escalones de las altas matemáticas».

En otra de sus novelas más célebres, Cinco semanas en globo (1863), Verne mostraba también el papel que la ciencia —la real, no la que podía imaginar llegaría en el futuro— desempeñó en su obra. Se detenía en sencillas y atractivas explicaciones acerca de la física y la química que permitían elevarse y mantenerse en el aire a los globos aerostáticos, que tanto interés atrajeron durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, y que culminaron con aquellos gigantes del aire y prodigios de la técnica llamados zepelines. Mientras navegaban en el Audaz, camino de la isla de Kumbeni, en donde el doctor Fergusson, su criado, Joe, y Dick Kennedy, el cazador que les acompañaba, subirían al globo, el Victoria, con el que pretendían atravesar África, Joe explicaba a miembros de la tripulación del barco los planes últimos que albergaban, transmitiéndoles todo su entusiasmo, el entusiasmo, la inocencia, de un tiempo, ahora ya perdido, en el que la fe en la ciencia y el interés que suscitaban sus conquistas no tenía límites:

—Entonces iréis a la Luna —exclamó uno de sus oyentes, maravillado.

—¿A la Luna? —replicó Joe—. No, eso es demasiado vulgar; a la Luna va todo el mundo; además, allí no hay agua y tiene uno que llevar una enorme cantidad de víveres y hasta aire en ampollas para poder respirar… no; nada de Luna; pero nos pasearemos por las bellas estrellas, por los encantadores planetas de los que mi amo me ha hablado tantas veces. De modo que empezaremos por visitar Saturno…

—¿Y después de Saturno? —preguntó uno de los más impacientes del auditorio.

—¿Después de Saturno? Pues bien, visitaremos Júpiter, que es un lugar bien raro, donde los días son solo de nueve horas y media, cosa muy cómoda para los perezosos y donde los años, por ejemplo, duran doce años, lo cual es ventajoso para las personas a las que solo quedan seis meses de vida; esto prolonga un poco su existencia…

Y todos se reían, pero le creían a medias; les hablaba de Neptuno, donde los marineros son muy bien recibidos; de Marte, donde a los militares les ponen por las nubes, lo que acaba por ser molesto…

Esta era la visión optimista del humilde Joe, el criado, del que, por cierto, en la novela se dice que «poseía algún barniz de ciencia a su modo (…) Entre otras cualidades poseía un golpe de vista extraordinario; compartía con Maestlin, el profesor de Kepler, la rara facultad de distinguir sin anteojos los satélites de Júpiter y de contar en el grupo de las Pléyades las catorce estrellas, de las cuales las últimas son de la novena dimensión». Y los Joe de entonces, al igual que los de ahora son, es preciso recordarlo una y otra vez, los verdaderos objetivos de la difusión de la ciencia, quienes más necesitados están de comprender que la ciencia y la tecnología, la tecnociencia, que les rodea y de la que se sirven, acaso sin que se den cuenta, no es su enemigo, sino un maravilloso instrumento de conocimiento y de liberación. Los que deben comprender que si la ciencia y la tecnología se convierten en sus enemigos, no es por su culpa sino debido al uso que de ellas hacen muchos de sus hermanos de especie, homo sapiens como ellos.

Pero se acerca el momento de comenzar mi viaje imaginario con Julio Verne en la memoria.

(Continúa)

Imagen de portada: Thierry Ehrmann.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Manuel Sánchez Ron.

Ciencia/Historia/Julio Verne/Tecnología/Viajes.

Así se vive en Oymyakon, el lugar habitado más frío de todo el mundo.

Con apenas 920 habitantes, en Oymyakon las mañanas amanecen a -50ºC casi todos los días de invierno. Así es la vida en el pueblo más frío del mundo.

Si deseas profundizar sobre esta entrada; cliquea por favor donde se encuentra escrito en azul. Muchas gracias.

En Oymyakon, ni siquiera los rayos del Sol a medio día son suficientes para calentar a las personas en invierno. Al este de Siberia, la región más fría de todo Rusia, las bajas temperaturas típicas de este poblado llegan a congelar las lágrimas y pestañas de sus habitantes.

«Todo lo que no esté cubierto«, explica la Oficina de Turismo local, corre peligro de quedar cubierto de hielo. Esto también incluye a los animales y a las personas que, si no observan las medidas básicas de seguridad en invierno, pueden morir de frío en poco tiempo.

En el corazón congelado de Siberia

Durante los meses más crudos de invierno, los habitantes de Oymyakon deben de tener cuidado hasta con el papel de baño. De no mantener sus hogares a una temperatura adecuada, incluso estos suministros básicos de higiene quedan completamente congelados, según reportan los habitantes.

Para evitar que los motores de los coches queden inservibles, los habitantes tuvieron que adaptar espacios con calefacción especial. Esto es así porque, al llegar a los -20ºC, el corazón de los vehículos se detiene. Por ello, deben de resguardarse en un entorno controlado artificialmente, así como los electrodomésticos y otras herramientas de uso diario.

Aún a pesar de los climas extremos, Oymyakon atrae un volumen considerable de turismo a esta región helada de Rusia. En los alrededores, donde típicamente irían los camposantos en cualquier otro lado del país, los pobladores no pueden cavar tumbas, porque el suelo ha quedado macizo por el hielo.

«SI ALGUIEN FALLECE, PRIMERO TIENEN QUE HACER HOGUERAS PARA PODER DERRETIR EL HIELO ANTES DE METER EL PICO Y LA PALA», EXPLICA GLORIA RODRÍGUEZ-PIÑA, CORRESPONSAL INTERNACIONAL DE VERNE.

A lo largo de 5 meses, los pobladores de esta ciudad en Siberia sólo tienen luz solar durante 6 horas al día. Según los registros de The Weather Channel, el peor invierno se vivió en 1924, con un récord de -72ºC. En verano, sin embargo, las temperaturas pueden elevarse hasta los 34ºC.

Un pueblo minero en Siberia

Wikimedia Commons

Los habitantes de Oymyakon se sostienen, en su amplia mayoría, de la minería de oro y antimonio. Como un bien escaso a nivel mundial, gran parte de la economía de los pueblos aledaños está basada en la extracción de este metal raro, utilizado para la creación de energías renovables.

A inicios del siglo XX, esta región de Siberia seguía habitada principalmente por nómadas. Para terminar con esta dinámica, la Unión Soviética optó por anclar a los grupos humanos presentes ahí con este tipo de actividades económicas. Por lo cual, de ser grupos de cazadores montados en renos, los pobladores se convirtieron en mineros.

Incluso a pesar de la crisis climática global, Oymyakon ostenta el título del pueblo más frío de todo el mundo.

Imagen de portada:Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic en Español. Por Andrea Fischer. Junio 2022

El Mundo/Rusia/Clima extremo/Turismo/Viajes

El Alerzal Milenario

Por fin!! Se concreto una de las excursiones más maravillosas de El Parque Nacional Los Alerces, área protegida que se encuentra a 50 km de la ciudad de Esquel, Argentina. Ya había realizado la previa hasta el Puerto Chucao, pero dada la distancia es una experiencia que lleva todo el día, lo que no hizo posible navegar por el verde esmeralda del río Menendez, para llegar hasta el «abuelo» de todos los Alerces de nuestro país (Fitzroya cupressoides), conocido también como lahuán, que en lengua mapuche significa «abuelo, el que guarda toda la sabiduría»

Luego de que el transporte de traslado pasara por el hotel, me convertí en el sexto pasajero que se encontraría con esa maravilla de la naturaleza.

Cruzamos el puente peatonal suspendido sobre el río Arrayanes, abordando el catamarán que realiza la travesía en Puerto Chucao. Navegamos hasta la rama norte del lago Menéndez y comenzamos una caminata en el impresionante bosque, casi sin tocar por los humanos y la contaminación.

Aprendimos sobre la flora y la fauna, incluidos los árboles de Alerce. Disfrute de los tranquilos alrededores del bosque prístino en el Parque Nacional Los Alceres. Pero creo que a todos nos emocionaba el estar frente al alerce milenario, con sus 2.600 años y más de 3 metros de diámetro, que como relate en algún momento es más antiguo que cuando los griegos fundaron Atenas.