La familia argentina que recorrió el mundo durante 22 años en un auto de 1928.

Salieron dos y regresaron seis, tras visitar 102 países en cinco continentes, con unas ganas irreprimibles de contar que lo más lindo que encontraron fue la gente, y de decirle al mundo que por más imposible que parezca un sueño no sólo se puede sino que se debe cumplir.

El de Herman y Candelaria Zapp era un sueño de larga data que habían aplazado por años, hasta que se tornó en «una locura», pues una cosa es que un par de adolescentes se vayan de mochileros a viajar un rato, y otra que una pareja casada de alrededor de 30 años, con trabajos estables y una casa recién construída, sencillamente empaque y se vaya.

«A Cande la conozco desde que tenía 8 años y cuando cumplió 14 nos hicimos novios, y siempre nos imaginábamos viajando. Nos propusimos que dos años después de casados nos iríamos ¡Pero tú sabes cómo es la vida! Las excusas, los miedos… todo iba posponiendo el sueño», le contó Herman a BBC Mundo.

Tras seis años de casados, lo que estaba en el horizonte eran hijos pero, aunque los querían, la perspectiva encendió alarmas: «Si los tenemos nunca vamos a poder viajar porque con hijos no se puede», pensaron.

Así que hicieron «lo mejor que pudimos haber hecho: ponerle fecha al viaje. El 25 de enero de 2000».

Inicialmente era un viaje al otro lado del mundo, que para los australes argentinos significaba llegar a la boreal Alaska.

Aunque nada estaba planeado con exactitud, calcularon que les tomaría 6 meses durante los que, valiéndose de diversos medios de transporte, recorrerían América de punta a punta.

«Muy, muy loco»

Herman y Candelaria

FUENTE DE LA IMAGEN, CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Salieron dos…

«Hablar de ir a cumplir tu sueño en el 2000 no era lo mismo que en 2020; los sueños eran algo para soñar. No había redes sociales mostrándote otros viajeros o comunicándote con gente de otros países, entonces a la gente le parecía que lo que planeábamos era muy, muy loco».

Llegó un momento -cuenta Herman- en el que dejaron de contarle a la familia los detalles porque, encima de que se iban a embarcar en esa aventura sin ninguna experiencia ni el dinero suficiente, tomaron una decisión aparentemente ridícula.

Esa decisión tienen nombre, apellido y hasta pasaporte: Macondo Cambalache, una mezcla de realismo mágico con tango.

Es un compañero de viaje inesperado que se les unió tres meses antes de partir: un automóvil clásico marca Graham-Paige fabricado en Detroit en 1928 del que Herman se enamoró.

Ellos dos y el auto

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Lo trajo a casa en una grúa, pues ni siquiera arrancaba, y le anunció a Candelaria: «Cambio de planes: nos vamos en auto».

Aunque parecía no prometer mucho más que problemas, recorrió 362.000 kilómetros a su ritmo pausado, «arrancándole sonrisas a quienes lo veían pasar».

«Momento trágico»

Su estilo de viajar siempre fue aquel conocido como «Ahí vamos viendo», que la mayoría del tiempo dio resultados excelentes.

Pero cuando se les acabó el dinero por primera vez «fue un momento trágico… desesperante», recordó Herman.

«Estábamos en Ecuador, donde la situación económica era muy mala. Habían pasado del sucre al dólar. Un buen sueldo era máximo US$60, así que jamás lograríamos ahorrar para seguir viajando».

Los seis.

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Los seis.

Candelaria se puso a pintar -«unos cuadros muy lindos de pájaros… realmente tiene un don maravilloso»- y Herman los enmarcaba y vendía.

«Nos fue muy bien en Ecuador, lo que nos dio fuerza.

«Después Colombia, un señor que tenía una imprenta nos hizo la típica pregunta de ¿cómo se financian? Le dijimos que con las pinturas, pero que necesitabamos algo más pequeño.

«Se llevó unas fotos de nuestro viaje y nos trajo 500 postales y unas libretitas cuyas tapas eran las fotos.

«La idea era que la gente escribiera en ellas sus sueños, pero nos decían que querían leer sobre los nuestros, así que los empezamos a escribir».

Pronto publicaron el primero de varios libros que a lo largo de los años les ayudarían a costear su periplo.

Pero también fueron aprendiendo que había otra fuente de riqueza enorme: la buena voluntad de la gente.

Cruzando el Amazonas

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Cruzando el Amazonas.

Cuando necesitaron transporte marítimo para llevar a Macondo Cambalache del Colombia a Panamá, «fuimos a Barranquilla y hablamos con el gerente, y nos respondió: ‘Les vamos a hacer esa vuelta’ -como dicen allá-.

«Nos consiguió no una sino tres empresas de barcos que querían llevarlo gratis. Escogí una y el dueño de otra que no escogí me dijo: ‘Al menos déjenme que les pague su viaje en avión'».

«Al principio fue algo difícil, pero al poco tiempo nos dimos cuenta que fue lo mejor del viaje es lo que haces sin dinero».

El primer bebé

Tras casi dos años de viaje, sintieron que «realmente algo faltaba».

«Además, la hermana de Candelaria no había podido tener hijos y se estaba haciendo todos los tratamientos posibles entonces pensamos que si teníamos el mismo problema era mejor empezar antes de que se nos pasaran los años.

La familia Zapp

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

«Y, bueno, ese famoso 11 de septiembre (de 2001) nos abrazamos un poquito más fuerte».

En Belice confirmaron que Candelaria estaba embarazada y entraron en pánico.

«Sí, pánico, porque una cosa es tener la idea de ser papá y otra cosa es saber que lo vas a ser. No teníamos muchas posibilidades de hacer dinero, ni ahorrar… no estábamos tan listos».

Para manejar la situación, pusieron fechas.

«15 días en Belice, dos meses en México, tres en EE.UU., dos en Canadá y así llegabamos justo para que naciera el bebé en Alaska».

Pero una comunidad Amish menonita los invitó a pasar dos semanas con ellos -«y le digo: ‘Candi, cuándo vamos a tener la posibilidad de estar con menonitas'»-, y cuando estaban en Cancún, los invitaron a Cuba -«y le digo: ‘Candi, cuándo vamos a tener la posibilidad de estar en Cuba 15 días’-«…

Lavando ropa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Lavando ropa

Al final, Pampa nació en 2002 en Greensboro, Carolina del Norte, donde los habían invitado a una reunión de autos antiguos Graham-Paige.

«Fue mágico».

«Le pedimos ayuda al gobierno, porque yo nací en EE.UU., pero me la negaron por no ser residente; fuimos al hospital, y nos dijeron que era una empresa privada así que cobraban (más de US$12.000), así que nos fuimos al diario a pedirle ayuda a la gente», recordó Herman.

«Hicieron una nota muy linda sobre nuestro viaje, nuestro sueño, nuestro destino, pero también nuestra situación, y decía que si nos querían ayudar, podían llamar al teléfono de la familia que nos había acogido.

«El teléfono no dejó de sonar durante 4 días».

En el desierto Wadi Ram, Jordania

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP. En el desierto Wadi Ram, Jordania.

Desde una abuela que les quería mandar un suéter que le estaba tejiendo a su nieto, hasta doctores y enfermeras que se ofrecían a no cobrar si estaban de turno en el momento del parto.

Diferentes iglesias organizaron eventos para recaudar fondos, mientras que les llegaban hortalizas y frutas y les compraban libros y pinturas.

«Al final pagamos nada más lo hotelería del hospital. Fue realmente lindo que no hubiéramos tenido dinero porque ahora tenemos una familia en Carolina del Norte».

¿Y Alaska?

«No llegamos en seis meses Alaska… llegamos en tres años y 9 meses. Hubo un pequeño error de cálculo».

Pero antes de alcanzar su sueño, ocurrió algo peculiar.

El auto en un atardecer

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

«Cuando faltaban 30 km para llegar a Alaska (y un cartel lo decía), y Cande me dice:

-‘No quiero llegar’

-‘¿Cómo que no querés llegar a Alaska?’

-‘Es que si llegamos se termina el sueño, y lo lindo de un sueño no es cumplirlo, es vivirlo, estar en él’.

«Entonces tuvimos que parar para ver qué encontrábamos para llegar contentos.

«Y encontramos que Alaska era el final de un sueño pero también, el principio de otro.

Llegando a Alaska

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

«Nos pusimos la meta de seguir viajando».

Pero tuvieron que volver a Argentina.

Un jardín gigante

La madre de Candelaria estaba enferma.

5 días después de regresar, nació su segundo hijo, Tahue, en Capilla del Señor, en 2005. A los 13 días de nacido, volvieron a emprender camino.

Con la llegada de Tahue, y el deseo de tener más hijos, se dieron cuenta de que Macondo Cambalache se iba a quedar chico.

Como «uno no se tiene que adaptar a las cosas, sino que las cosas se tienen que adaptar a uno», lo cortaron por la mitad para poner una fila más de asientos.

Los Zapp

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

Así, los niños podían dormir en una tienda de campaña que llevaba en el techo, y los padres, abajo, en las sillas que se transformaban en camas.

En la «habitación» de arriba, se fueron sumando Paloma, quien nació en 2007 en Vancouver, Canadá, y Wallaby, nacido en Australia en 2009, así como el perro Timón y Hakuna, el gato.

«¡La cantidad de cosas que hay que sacar para hacerles lugar! Necesitan sillas del auto, cunas, pañales… Cuando nacieron todos nos quedamos sin nada, pero ¡qué bueno cambiar cosas por niños!».

La cocina estaba en el baúl original de madera.

«Una casa chica con un jardín gigante, que aún no han terminado de conocer», en la que pasaron innumerables noches frente al mar, lagos, ríos, islas, montañas y desiertos.

Al punto de partida

La familia Zapp volvió definitivamente a Argentina (por ahora) en febrero de 2022.

Paloma en Africa

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Los niños ya no lo son tanto: Pampa tiene 20 años, Tehue, 17, Paloma, casi 15 y Wallaby, 13.

Regresaron con una educación envidiable.

«Aprendieron geografía recorriéndola; idiomas, jugando con otros niños; ciencias sociales, compartiendo con gente de todos los estratos sociales y culturas, y vieron que había miles de formas de rezar, de vivir, de comer.

«Vieron la cadena alimenticia en acción en África, cuando una chita se comía a un venado que estaba comiendo pasto y un leopardo le robaba la presa a la chita, y aprendieron biología buceando en el mar…

«Tuvieron la mejor aula y la más linda».

Sentados con su mesa y elefantes

FUENTE DE LA IMAGEN – CORTESÍA: FLIA. ZAPP

Ahora se tienen que acostumbrar a lo común para que puedan escoger cuál tipo de vida querrán tener.

Herman y Candelaria están conscientes de que, aunque «les pudimos regalar el mundo», el viaje privó a los niños de compartir el día a día con abuelos, tíos y primos, o amigos siempre presentes.

«Ahora están experimentando estar en una sola casa, con un horario, esperar las vacaciones… así después podrán decidir que prefieren, porque si nunca pruebas el chocolate, no sabes si es rico».

Sus padres, entre tanto, siguen recorriendo caminos, aunque a lugares más cercanos.

«Lo que más queremos hacer ahora es ayudar a cumplir sueños y estamos recorriendo pueblo por pueblo llevando la noticia de que, a pesar de la política, la economía, la situación mundial, la guerra, el virus, uno sí puede crear su propia realidad.

De vuelta en Argentina

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES. De vuelta en Argentina.

«Además uno no está solo. ¡Estamos entre 7.000 millones de amigos!

«Necesité muchísimos barcos y siempre apareció el señor o la empresa que se ofreció, y no a cambio de una publicidad, sino a cambio de ser parte. Y fueron más de 2.000 hogares que abrieron las puertas a recibir a una familia que no conocían.

«Y así mil cosas que demuestran que es un mundo maravilloso que le encanta ser parte de sueño y que lo único que uno tiene que hacer es compartir. No vinimos a estar solos. Las cosas son más ricas y más sabrosas cuando las compartimos, no?».

Pero eso no quiere decir que se van a quedar quietos: el próximo año planean darle la vuelta al mundo en un barco de vela como en el que cruzaron el Atlántico.

«¡Era más viejo que Macondo Cambalache, de 1908… hermoso!».

Y, con toda su experiencia, ¿qué es indispensable llevar?

«Sólo dos cosas: toallitas húmedas y ganas, porque si tenés ganas, ¿quién te para?».

Imagen de portada:CORTESÍA: FLIA. ZAPP. Mapa del periplo.

FUENTE RESPONSABLE: BBC News Mundo. Por Dalia Ventura. 25 de junio 2022.

Sociedad y Cultura/Viajes

 

Viajes científicos con Julio Verne en la memoria. (3)

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Gotinga y Berlín

Aunque este viaje mío es de turismo «imaginario y cultural», también pienso en él como para cumplir con algunas cuestiones profesionales. Así, en lugar de ir directamente a Inglaterra y Escocia, como he planeado, me dirijo antes a Berlín, y de camino me detengo en Gotinga. Además de recordar vivencias pasadas, es también un modo de celebrar a Julio Verne. 

Allí, en la Geismar Landstrasse 11, se encuentra uno de los observatorios astronómicos más importantes del siglo XIX. Construido entre 1803 y 1816, el gran Carl Friedrich Gauss fue, a partir de 1807, su primer director. Como en tantos observatorios erigidos en ciudades, en el de Gotinga ya no se realizan observaciones, pero todavía se conservan en él viejos instrumentos. Recomiendo intentar visitar el gabinete de Gauss —la Gauss-Zimmer—, en el que se pueden admirar varios telescopios, un astrolabio, así como reliquias de los experimentos telegráficos llevados a cabo en 1833 por Gauss y Wilhelm Weber (un trozo del cable que emplearon, transcripciones de los mensajes originales, una réplica del instrumento para enviar las señales electromagnéticas). La transmisión la realizaron entre el viejo Instituto de Física (situado cerca de la Pauliner Kirche) y el Observatorio, separados por un kilómetro. De hecho, no lejos del Observatorio hay una magnífica escultura, erigida para conmemorar aquella transmisión. Inaugurada en 1899, en ella aparecen Gauss y Weber. Astronomía y telegrafía, dos mundos científicos y tecnológicos especialmente apreciados por Verne, se ven así hermanados.

Cumplidas estas visitas, y tras asomarme un momento al célebre Instituto de Matemáticas, en el que trabajaron luminarias como David Hilbert, Felix Klein, Hermann Minkowski, Hermann Weyl y Emmy Noether, abandono Gotinga camino de Berlín, una ciudad esta también generosa con el recuerdo de científicos: en la zona central se pueden encontrar placas conmemorativas de, por ejemplo, Albert Einstein (Unter den Linden 8), Leonhard Euler (Behrenstrasse 21), James Frank (Wilhelmstrasse 66), Otto Hahn y Lise Meitner (Hessische Strasse 1-2), Max Planck (Unter den Linden 6 y Wilhelmstrasse 66) y Alfred Wegener (Wallstrasse 43).

Como apunté, en Berlín tengo algún asunto profesional del que ocuparme. Es en el Max-Planck-Institut für Wissenschaftsgeschichte (Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia), situado en una calle cuyo nombre alegra el corazón de un físico: Boltzmannstrasse 22. El lugar en el que se encuentra, Dahlem, permite, no obstante, tener a Verne en la memoria. Dahlem es ahora lo que podríamos denominar un barrio residencial de Berlín, pero uno en el que además de residencias particulares (espléndidos y señoriales chalets) se halla la Freie Universität (Universidad Libre) de Berlín (fundada en 1948) y un buen número de institutos de la Max-Planck-Gesellschaft (Sociedad Max Planck), una institución pública dedicada al fomento de la investigación en ciencias y humanidades.

En realidad, la Max-Planck-Gesellschaft es heredera de una institución creada mucho antes, en 1911: la Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft zur Förderung der Wissenschaften (Sociedad Káiser Guillermo para el Avance de la Ciencia). En uno de los institutos creados y mantenidos por aquella Sociedad, en el Instituto de Química (situado en Thielallee 63, muy cerca del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia) Otto Hahn y Fritz Strassmann descubrieron en diciembre de 1938 la fisión nuclear, utilizando uranio. Afortunadamente, el edificio sobrevivió a la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. En una placa se lee: In diesem Hause dem damaligen Kaiser-Wilhelm-Institut für Chemie entdeckten 1938 Otto Hahn und Fritz Strassmann die Uran-Spaltung («En esta casa, en el por entonces Instituto de Química Káiser Guillermo, en 1938 Otto Hahn y Fritz Strassmann descubrieron la fisión del uranio»). Aquel descubrimiento, que tanto ha influido en la historia mundial, llegó después del tiempo de Verne, pero está unido a su nombre a través del primer submarino propulsado por energía nuclear, el Nautilus, de la Marina de Estados Unidos, que comenzó de manera oficial su vida el 21 de enero de 1954.

Terminados mis asuntos en Dahlem, tomo el S-Bahn en la estación Lichterfelde West hasta Brandenburger Tor, la parada de la Puerta de Brandenburgo. Salgo directamente a la famosa y maravillosa avenida Unter den Linden (Bajo los tilos). Dejo tras de mí la famosa Puerta y camino hacia mi destino verniano: la Humboldt-Universität (Unter den Linden 6), muy próxima a la «Isla de los Museos», con el extraordinario Museo Pergamon. Fundada en 1810 como Universität zu Berlin por Wilhelm von Humboldt, en 1828 recibió el nombre de Friedrich-Wilhelm-Universität, que cambió en 1949 por el actual de Humboldt-Universität.

Delante de la puerta principal de esta Universidad hay tres estatuas. En la central aparece el médico (especializado en fisiología), físico y matemático Hermann von Helmhotz, uno de los gigantes de la ciencia del siglo XIX: a él se debe la formulación más general del principio de conservación de la energía (1847) y el descubrimiento del oftalmoscopio. A los dos lados están las de los hermanos Humboldt. A la izquierda, según se mira a la fachada, Wilhelm, y a la derecha Alexander, el gran explorador. «Al segundo descubridor de Cuba, la Universidad de La Habana, 1959», se lee, escrito en español, en el pedestal de la estatua de Alexander. Verne, otro gran explorador, pero con la imaginación, mencionó a Alexander von Humboldt en alguna de sus novelas. En, por ejemplo, el capítulo 30 de Viaje al centro de la Tierra, se refirió a uno de los viajes de Humboldt por Colombia. Me imagino, pues, contemplando la fachada de la Universidad en compañía de Verne.

Aunque queda fuera de mis propósitos vernianos, entro en la Universidad. Y me encuentro con la gran escalinata en la que se lee la famosa frase de Karl Marx (la Universidad perteneció a la República Democrática Alemana hasta la reunificación de 1989-1990), la tesis número 11 de Tesis sobre Feuerbach (1845): Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kömmt darauf an, sie zu verändern («Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»). Aprovecho para subir al primer piso, un ejercicio interesante pero a la vez deprimente, porque pienso en las universidades de mi país, España. En ese primer piso se encuentran las fotografías de aquellos que enseñaron allí y que obtuvieron un Premio Nobel: 29. Entre ellos figuran nombres señeros de la física, la química y las ciencias biomédicas como Wilhelm Wien, Max Planck, Albert Einstein, Max Born, James Franck, Max von Laue, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger, Emil Fischer, Jacobus van’t Hoff, Fritz Haber, Richard Willstätter, Walther Nernst, Peter Debye, Otto Hahn, Robert Koch, Otto Warburg, Paul Ehrlich, Hans Krebs, y también dos premios nobel de literatura, Paul Heyse y Theodor Mommsen.

Esta vez no tengo tiempo, pero recomiendo acercarse al Astrophysikalisches Observatorium de Postdam. Además de ver los espléndidos domos astronómicos con los restos (solo las carcasas y pilares, no las lentes), memorias fantasmales de épocas ya pasadas, de los en su tiempo poderosos telescopios, allí se encuentra la futurista Torre Einstein, del arquitecto Erich Mendelsohn. Construida a comienzos de la década de 1920 para intentar comprobar una de las predicciones de la teoría de la relatividad general (1915) de Einstein, la del desplazamiento gravitacional hacia el rojo de las líneas espectrales, estoy seguro que la vista de esta torre habría hecho saltar de gozo a Verne, despertando en él alguna idea futurista.

Imagen de portada: Thierry Ehrmann.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Manuel Sánchez Ron.

Ciencia/Historia/Julio Verne/Tecnología/Viajes.

Viajes científicos con Julio Verne en la memoria. (2)

Viene de la primera parte…

París, la «capital del mundo»

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Tratándose de Julio Verne y de la ciencia, no hay mejor lugar por el que empezar que por París, en tiempos «la capital del mundo», o una de sus capitales (del mundo y de la ciencia), la ciudad en la que Verne, que nació en Nantes, se instaló por primera vez en 1847 y en la que vivió la mayor parte del tiempo hasta que en 1872 se marchó a Amiens, donde había nacido su esposa. París, la ciudad que le ha honrado dando su nombre a una calle, la rue Jules Verne, la ciudad en la que todavía se pueden visitar algunas librerías especializadas en primeras ediciones de sus libros (mi favorita es la Librairie Monte Cristo, en el 5, rue de l’Odéon). París, la ciudad en la que trabajaron algunos de mis científicos más queridos: Lavoisier, Laplace, Claude Bernard, Louis Pasteur —cuyo Instituto y maravillosa tumba en uno de los sótanos no visitaré esta vez—, Henri Poincaré o los Curie.

No hay, por supuesto, imagen más asociada a París que la Torre Eiffel. Es su símbolo. En mi viaje imaginario con Verne en la memoria, la visitó una vez más. En esta ocasión hago lo que antes no hice: subir al segundo piso, donde he reservado una mesa para comer en el restaurante «Jules Verne». Mientras como, pienso si Verne viajaría de Amiens a París para estar presente el día, el 31 de marzo de 1889, que se inauguró aquel mastodonte de 330 metros, construido para la Exposición Universal que se celebró aquel año, una exposición planeada para celebrar el centenario de la Revolución francesa. ¿Sería, al menos, uno de los 32 millones de personas que la visitaron? ¿Conocería al ingeniero Gustave Eiffel que ideó la torre? De lo que estoy seguro es de que, si la visitó alguna vez, se debió emocionar cuando descubriera, grabados en los pretiles de la primera línea de balcones, justo encima del primer arco, 72 nombres de científicos (18 por fachada), entre los que figuran algunos a los que, supongo, respetó especialmente: Lavoisier, Laplace, Lagrange, Cauchy, Coulomb, Coriolis, Arago, Le Verrier, Foucault o Gay-Lussac.

Mientras permanezco en el Campo de Marte, la zona donde está ubicada la Torre Eiffel, recuerdo un acontecimiento al que sin duda Verne, el autor de Cinco semanas en globo, habría deseado asistir, uno que tuvo lugar el 27 de agosto de 1783. Aquel día, imitando pruebas anteriores realizadas por los hermanos Joseph-Michel y Jacques-Étienne Montgolfier, un profesor de Física, Jacques Césare Charles, soltó un globo relleno de hidrógeno, sin ningún pasajero. Entre los espectadores que asistieron a aquella demostración se encontraba nada más y nada menos que uno de los cinco hombres que, en 1776, habían redactado la Declaración de Independencia, de la que nació Estados Unidos: Benjamin Franklin.

Una vez preparada la Declaración de Independencia, el polifacético Franklin (fue impresor, editor, político, diplomático, inventor y muy notable científico) se trasladó a París —donde permaneció hasta 1785— como una especie de embajador de la nueva nación en ciernes; de lo que se trataba era de obtener el apoyo francés, sin el cual era difícil pensar que pudieran prosperar los deseos revolucionarios de las colonias inglesas norteamericanas. Unos meses después de haber presenciado la prueba de Charles, el 6 de noviembre, Franklin escribió una carta al presidente de la Royal Society de Londres el botánico sir Joseph Banks, dándole cuenta de lo que había visto:

El miércoles 27, el Sr. Charles, profesor de Filosofía Experimental en París, repitió el nuevo experimento aerostático, inventado por los Sres. Montgolfier de Annonay.

Con lo que en Inglaterra se llama seda aceitosa, y aquí Tafetán gommée, se formó un globo hueco de 12 de pies de diámetro, habiendo sido impregnada la seda con una solución de goma elástica en, como se dice, aceite de linaza. Las partes se pegaron con la goma mientras estaban húmedas, y parte de esta se pasó después por las junturas, para hacer que fuese lo más hermético posible.

Después se lo rellenó con gas inflamable que se produjo echando aceite de vitriolo sobre limaduras de hierro, hasta que se vio que tenía una tendencia a ascender tan fuerte como para poder levantar un peso de 39 libras, además de su propio peso, que era de 25 libras y del peso del aire que contenía.

Se le llevó temprano por la mañana al Campo de Marte, un lugar en el que a veces se realizan revistas militares, en la parte que se halla entre la Escuela Militar y el río. Allí se le mantuvo abajo sujetándolo con una cuerda, hasta las 4 de la tarde, cuando se dejó que se elevase, pero manteniéndolo aún atado a tierra. Antes de esa hora, se tuvo cuidado de reemplazar la parte de gas inflamable, o de su fuerza, que se había perdido, inyectando más.

Se supone que se reunieron no menos de 50.000 personas para ver el experimento. El Campo de Marte estaba rodeado de multitudes y había un gran número de personas en el lado opuesto del río.

A las 5 en punto se avisó a los espectadores disparando dos cañones, y se cortó la cuerda. Y se vio al globo elevarse. Hacía un poco de viento, pero no era muy fuerte. Lo había mojado algo de lluvia, de manera que relucía, dándole una apariencia agradable. Disminuyó en su tamaño aparente según iba elevándose, hasta que penetró en las nubes, cuando me pareció apenas mayor que una naranja, y pronto se hizo invisible, al ocultarlo las nubes.

La multitud de disgregó, todos muy satisfechos y muy felices con el éxito del experimento, y entreteniéndose con conversaciones sobre las posibles aplicaciones que se le puede dar, algunas de las cuales eran muy extravagantes. Pero posiblemente abra el camino a algunos descubrimientos en filosofía natural que ahora no imaginamos.

Abandono el Campo de Marte y me dirijo a uno de mis lugares favoritos en París, aunque, después de la profunda remodelación que sufrió en la década de 1990, ya no lo es tanto, no importa que ahora sea más «didáctico» y esté más ordenado: el viejo Conservatoire des Arts et Métiers (Conservatorio de Artes y Oficios), hoy Musée des Arts et Métiers. Fundado a iniciativa del abad constitucional Henri Grégoire, que logró que la Convención decidiera el 10 de octubre de 1794 crear un «depósito público de maquinas, modelos, utensilios, diseños, descripciones y libros de todas las clases de artes y oficios», se escogió como sede el antiguo priorato benedictino de Saint-Martin-des-Champs. No me extrañaría que Verne hubiera pasado muchas horas y días en este Conservatoire, deteniéndose, por supuesto, en su famoso péndulo de Foucault, que cuelga de la bóveda y sirve para demostrar la rotación de la Tierra, pero dedicándose sobre todo a estudiar la maravillosa y apelotonada colección de instrumentos y aparatos científicos y tecnológicos (en torno a 80.000), con la idea de que alimentasen su imaginación. El laboratorio de Lavoisier, el gabinete del abad Nollet, el aparato fotográfico de Daguerre, los relojes marinos de Ferdinand Berthoud, astrolabios, máquinas de vapor, autómatas y mil artilugios más, coparían la atención y el tiempo de Verne.

Del Conservatoire-Musée, atravesando el Sena por la isla de la Cité y contemplando una vez más la impresionante fachada de la catedral de Notre Dame, mientras subo por el boulevard Saint-Michel, paso delante de la Sorbona. Pero no es ese mi destino, sino el Panthéon. En otro tiempo iglesia de Sainte-Geneviève, en 1791 la Asamblea Constituyente la convirtió en un monumento destinado a «recibir a los grandes hombres de la libertad francesa», destino que inauguró aquel mismo año Honoré Gabriel Riquetti, conde de Mirabeau, quien no obstante su condición aristócrata fue un revolucionario, aunque no tan puro como parecía: en 1794 su cuerpo fue retirado del Panthéon cuando se descubrieron los papeles del armario de hierro de Luis XVI, que probaban la familiaridad de Mirabeau con los reyes y que había percibido una pensión del soberano.

En cualquier caso, no le duró mucho al Panthéon el estatus que planearon los revolucionarios, ya que en 1806 Napoleón, el gran traidor de la Revolución francesa, lo devolvió al culto católico. Finalmente, en 1885, con ocasión del funeral de Victor Hugo el antiguo templo recuperó la función que le había sido asignada en 1793, ahora enunciada como aux grandes hommes la Patrie reconnaissante («la patria en reconocimiento a los grandes hombres»). Supongo que Verne visitaría este templo civil y laico, y que se detendría ante las tumba de Lagrange, el único científico que en su tiempo reposaba allí. Le habría agradado saber que ahora hay más, que la ciencia que él amó está representada por Marcellin Berthelot, Paul Painlevé, Paul Langevin, Jean Perrin, Gaspar Monge, Condorcet y el matrimonio Pierre y Marie Curie. Debió saber, asimismo, que aprovechando la altura del domo del edificio, en 1851 Leon Foucault hizo una demostración con su péndulo (un cable de 67 metros de longitud, del que colgaba una bola de hierro de 28 kilogramos).

Animado tras contemplar la tumba de Marie Curie, la única mujer enterrada entre «los grandes hombres de la patria», me dirijo al Institut Curie, situado muy cerca, en el 26 de la rue d’Ulm. Establecido en 1970, a partir de la fusión de dos organismos creados en vida de Marie Curie, el Instituto del Radio y la Fundación Curie, en él aún es posible visitar las salas en las que vivió y trabajó Marie. No recuerdo que Verne hablase de la radiactividad en alguna de sus novelas, y sin embargo, debió saber que Henri Becquerel la había descubierto en 1896, en París, y también que dos años después Marie y Pierre Curie encontraron dos nuevos elementos radiactivos a sumar al uranio, el polonio y el radio. Cuando en 1903, Becquerel y los Curie recibieron el Premio Nobel de Física, la radiactividad llegó a los periódicos: «No conocemos a nuestros científicos», se escribía en La Liberté del 15 de noviembre, «son los extranjeros los que nos los descubren».

Seguramente fue entonces cuando Verne descubrió la radiactividad y a los Curie, pero ya era un hombre mayor: falleció pronto, el 24 de marzo de 1904, con 76 años. Es una pena que no pudiese incorporar el hallazgo de la radiactividad a sus historias, que no la utilizase, por ejemplo, como medio de propulsión para el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino (1871) y de La isla misteriosa (1875), donde, por cierto, el submarino terminó sus días, en una cueva de la isla Lincoln, enterrado junto al capitán Nemo como consecuencia de la tremenda explosión volcánica que destruyó la isla.

Por cierto, aquellos que deseen profundizar en la historia de la radiactividad, visitando al mismo tiempo centros científicos parisinos, pueden ir al magnífico Muséum National d’Histoire Naturelle, ubicado en el Jardin des Plantes (Jardín Botánico), 36 rue Geoffroy Saint-Hilaire. Becquerel, como su padre y su abuelo, ocupaba una de las cátedras del Muséum y allí, en la dependencia que en el pasado había ocupado el gran naturalista Georges Cuvier, a la que se accede por la rue Cuvier, descubrió la radiactividad.

Debería, lo sé, continuar visitando otros lugares de París: por ejemplo, el Palais de la Découverte, creado para popularizar la ciencia por Jean Perrin, entonces secretario de Estado para la Investigación, que abrió sus puertas para la Exposición Universal de 1937, y también, claro, el Observatoire (entre la avenida Denfert-Rochereau, el bulevar Arago y los calles Cassini y Faubourg Saint-Jacques), el hogar parisino de la astronomía, la ciencia que tanto amó y utilizó Verne. Al menos, debería pasear por algunas de las innumerables calles dedicadas a científicos (no hay en el mundo ciudad más generosa con la ciencia que París); por las calles Descartes, Galileo, Newton, Huygens, Bernoulli, Euler, Fermat, d’Alembert, Lavoisier, Saint-Hilaire, Laplace, Lagrange, Buffon, Cuvier, Volta, Ampère, Gay-Lussac, Faraday, Darwin, Cauchy, Poincaré o Maurice y Louis de Broglie, por los bulevares Arago o Pasteur, por la avenida Edison, por la plaza Jean Perrin. Son tantos los lugares que avivan la memoria y el corazón del amante de la ciencia, que es imposible cumplir con siquiera una mínima parte. No hay tiempo para tanto.

Antes de abandonar esta vieja y maravillosa capital del mundo y de la ciencia, me paro a pensar —lo hago siempre que vengo aquí— cuántos medallones Arago he visto en esta visita. Los «medallones Arago», de bronce y 12 centímetros de diámetro, se extienden por el suelo de París siguiendo la traza del meridiano que pasa por el centro del Observatorio  y que determina el eje de simetría del edificio, atravesando toda Francia, desde Dunkerque a Perpignan. Hasta que en 1884 fue destronado por el de Greenwich (Londres), para marinos, geógrafos y viajeros el meridiano de París constituyó el origen para establecer las longitudes. Su determinación, obra de los astrónomos Jean Picard y de los Cassini, padre (Jean-Dominique) e hijo (Jacques), comenzó en 1669 y terminó en 1718, siendo ampliada, por orden de la Convención, a partir de 1792 por Jean Baptiste Joseph Delambre y Pierre Méchain, con nuevas medidas entre Dunkerque y Barcelona, y posteriormente, 1806, por François Arago y Jean Baptiste Biot, encargados de prolongar el meridiano hasta las islas Baleares. Lo que la Convención quería era establecer, como medio de evitar abusos, un sistema universal de medidas, definir, en particular, el metro.

A iniciativa de la Asociación Arago, y con el apoyo del Estado y de la Villa de París, se decidió honrar la memoria de François Arago (1786-1853). Fue el artista neerlandés Jan Dibbets quien concibió un «monumento imaginario realizado sobre la traza de una línea imaginaria». La idea de este «monumento imaginario» se concretó en 1994 con una serie de medallones que se fijarían en diversos lugares del suelo de París a lo largo de la línea de su meridiano, cada uno con el nombre «ARAGO», una «N» señalando el norte y una «S» marcando el sur. Existen 120 de estos medallones. Es entretenido, e instructivo, buscarlos. En el Jardín de Luxemburgo, por ejemplo, entre la rue Auguste Comte y el Senado, hay diez; en diversos lugares de la avenida del Observatoire (en el número 4 está la Facultad de Farmacia) se hallan tres; en el Boulevard Saint Germain, delante de los números 125-127 y 152, se pueden encontrar dos; apropiadamente, en el pedestal de la estatua de Arago, en la esquina del Boulevard Arago y la plaza de l’Île.de-Sein, hay seis; y en la Cité Universitaire (donde está el colegio de España) se instalaron diez. Desgraciadamente, como he dicho la idea y su materialización son posteriores a Verne. Si hubieran existido en su tiempo, tal vez habría disfrutado paseando por París en su búsqueda. Entre otras razones porque alguna relación tuvo Julio con la familia Arago: Jacques Arago, explorador y hermano de François, le ayudó en sus estudios de astronomía, física, química y transportes.

(Continua)

Imagen de portada: Thierry Ehrmann.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Manuel Sánchez Ron.

Ciencia/Historia/Julio Verne/Tecnología/Viajes.

Viajes científicos con Julio Verne en la memoria. (1)

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Viajamos con el cuerpo pero también, acaso las más de las veces, con el pensamiento. Y cuando imaginamos viajar, podemos elegir con quién nos gustaría hacerlo, con personas de hoy o de ayer. La ciencia, sobre todo su historia, esto es, su pasado, aunque sin olvidar su presente, ha dominado una parte importante de mi vida. No es sorprendente, por tanto, que en mis viajes haya procurado buscar rastros del pasado científico. Sucede —es una señal inequívoca de que envejezco— que en los últimos tiempos a veces me paro a pensar cómo será el futuro científico, cuáles las novedades, las posibles revoluciones futuras. Y cuando me sumerjo en semejantes elucubraciones, no tarda en venirme a la mente el gran «imaginador» del futuro científico: Jules Verne (1828-1905), o mejor, como siempre me referí a él, Julio Verne.

Pienso en él con admiración, no importa que hoy, cuando vuelvo a leer algunas de sus novelas —por ejemplo, De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna—, las emociones que me producen ahora no sean las de antaño. Fue Verne, sin duda, un visionario científico, pero un visionario que no creaba sus ideas de la nada, sino de la posesión de buenos conocimientos de la ciencia de su época; suplió la falta de una educación científica (estudió Derecho), frecuentando la Bibliothèque Nationale de París donde leyó obras de matemáticas, física y geología. Así que ¿por qué no elegirle a él como compañero de viaje cuando se visitan ciudades que ocupan un lugar destacado en la historia de la ciencia? ¿Puede existir mejor compañero de viaje que el autor de la serie Voyages extraordinaires?

Ciudadano de un nuevo mundo científico

Antes de emprender ese viaje imaginario, es conveniente recordar que Verne vivió en una época en la que abundaron las grandes novedades científicas y tecnológicas. Así, tres años después de su nacimiento, Charles Darwin se embarcaba en el Beagle, en el que viajaría durante cinco años por todo el mundo, experiencia que le resultaría vital para el libro que publicó en 1859, The Origin of Species (El origen de las especies), del que sin duda Verne supo, si es que no lo leyó (la primera traducción al francés de este libro de Darwin apareció en 1862).

Asistió, asimismo, al desarrollo de la telegrafía que cambió el mundo. Especialmente una vez que, en 1866, se consiguió unir telegráficamente Europa y Norteamérica (volveré a esta cuestión más adelante), el planeta se pobló de todo tipo de redes telegráficas, terrestres y submarinas. Y también llegarían, en aquel siglo extraordinario para el electromagnetismo, el siglo de Michael Faraday y de James Clerk Maxwell (que unificó en su teoría del campo electromagnético electricidad, magnetismo y óptica), el teléfono (Graham Bell, 1876), que al parecer Verne utilizó por primera vez en 1894, la bombilla de Thomas Alva Edison (1879) —y muchas otras que iluminarían como nunca antes se había podido hacer hogares y calles—, o la «telegrafía sin hilos» de Guglielmo Marconi. En aquel mundo de maravillas eléctricas no era extraño que alguien —en este caso, William Edward Ayrton, un catedrático de Física de Londres— pronunciase palabras como las siguientes (1897):

No hay duda de que llegará el día en el que probablemente tanto yo como Vds. habremos sido olvidados, en el que los cables de cobre, el hierro y la gutapercha que los recubre serán relegados al museo de antigüedades. Entonces cuando una persona quiera telegrafiar a un amigo, incluso sin saber dónde pueda estar, llamará con una voz electromagnética que será escuchada por aquel que tenga el oído electromagnético, pero que permanecerá silenciosa para todos los demás. Dirá «¿dónde estás?», y la respuesta llegará audible a la persona con el oído electromagnético: «Estoy en el fondo de una mina de carbón, o cruzando los Andes, o en el medio del Pacífico».

En una época como la presente, poblada de teléfonos móviles (o celulares) suena familiar, ¿no?

Y en matemáticas, su centuria fue la de las geometrías no euclidianas de los Bolyai, Lobatschewski y Riemann, y la de los conjuntos transfinitos de Cantor.

Vivió también Verne en el siglo en el que comenzaron aquellas espectaculares ferias de, sobre todo, la ciencia y la tecnología que fueron las Exposiciones Universales. La primera, la famosa de 1851 en Londres, a la que siguieron las de Dublín (1853) y Nueva York (1853-1854), que precedieron a la de París (1855), ciudad que volvería a acoger una en 1878 y una tercera en 1889, que enseguida volveré a mencionar.

El siglo XIX fue, asimismo, la centuria de Louis Pasteur y de Robert Koch, con la teoría microbiana de la enfermedad, de Joseph Lister y los primeros procedimientos para combatir las infecciones, de los que más que probablemente se benefició el propio Verne cuando fue intervenido quirúrgicamente después de que su sobrino favorito, Gastón, sufriese un ataque de locura y le disparase, el 9 de marzo de 1886, dos tiros que le convertirían en un inválido. Fue también el ochocientos el siglo en el que Kirchhoff y Bunsen fundaron (1860) la astrofísica, frente a la mera astronomía, que nada podía decir de la composición de los cuerpos celestes; el de la tabla periódica de los elementos (Mendeleiev, 1869), del descubrimiento de los rayos X (Röntgen, 1895), la radiactividad (Becquerel, 1896) y los cuantos (Planck, 1900). ¿Sorprenderá que en una entrevista Verne manifestase que «una de las cosas con las que más disfruto es la lectura de cualquier reseña sobre un nuevo descubrimiento o experimento en los mundos de la ciencia, la astronomía, la meteorología o la fisiología», y que su obra dependa tanto de la ciencia?

La astronomía fue uno de sus grandes temas. Observatorios astronómicos, telescopios, astrónomos, fuerzas gravitacionales y de escape (la necesaria para vencer la atracción de la Tierra y marchar hacia el cosmos) aparecen constantemente en De la Tierra a la Luna (1865) y en su secuela, Alrededor de la Luna (1870). Incluso podemos encontrar alguna expresión matemática, como sucede en Alrededor de la Luna, en donde aparecen (en el capítulo IV) dos complicadas fórmulas que Impey Barbicane (el presidente del Gun-Club, el círculo de artilleros que había tenido la idea de viajar a la Luna utilizando una bala de cañón) expone a sus compañeros: una, explicaba, es la integral de la ecuación de las fuerzas vivas, que sirve para calcular la velocidad del cohete en cualquier momento, y otra la que muestra la velocidad del proyectil al salir de la atmósfera. 

Y si hablamos de cálculos y expresiones matemáticas, hay que decir que Verne apenas dio cabida a la ciencia de Euclides. Fue precisamente uno de los personajes que aparecían en De la Tierra a la Luna, un matemático norteamericano llamado J. T. Maston el que subsanó algo tal limitación. En Sans dessus dessous (1889), un novela menor de los Voyages extraordinarios, vertida al español con el título de El secreto de Maston, volvió a aparecer este miembro del Gun-Club, ahora un hombre maduro de 58 años. La trama de la novela gira en torno a la idea del Club de explotar los recursos naturales que encierra el Polo Norte. El problema al que se enfrentan es cómo librarse de la profunda capa de hielo que cubre la superficie de las tierras polares. La solución a la que llegan los miembros del Gun-Club es la de modificar el eje de rotación de la Tierra, y por tanto el clima terrestre, mediante una detonación producida por un cañón gigante. Y ahí entraba Maston, que debía resolver tremendos problemas matemáticos, ante los que no se arredraba ya que dominaba los cálculos diferencial, integral y de variaciones, de tal manera que era capaz de «elevarse hasta los últimos escalones de las altas matemáticas».

En otra de sus novelas más célebres, Cinco semanas en globo (1863), Verne mostraba también el papel que la ciencia —la real, no la que podía imaginar llegaría en el futuro— desempeñó en su obra. Se detenía en sencillas y atractivas explicaciones acerca de la física y la química que permitían elevarse y mantenerse en el aire a los globos aerostáticos, que tanto interés atrajeron durante las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, y que culminaron con aquellos gigantes del aire y prodigios de la técnica llamados zepelines. Mientras navegaban en el Audaz, camino de la isla de Kumbeni, en donde el doctor Fergusson, su criado, Joe, y Dick Kennedy, el cazador que les acompañaba, subirían al globo, el Victoria, con el que pretendían atravesar África, Joe explicaba a miembros de la tripulación del barco los planes últimos que albergaban, transmitiéndoles todo su entusiasmo, el entusiasmo, la inocencia, de un tiempo, ahora ya perdido, en el que la fe en la ciencia y el interés que suscitaban sus conquistas no tenía límites:

—Entonces iréis a la Luna —exclamó uno de sus oyentes, maravillado.

—¿A la Luna? —replicó Joe—. No, eso es demasiado vulgar; a la Luna va todo el mundo; además, allí no hay agua y tiene uno que llevar una enorme cantidad de víveres y hasta aire en ampollas para poder respirar… no; nada de Luna; pero nos pasearemos por las bellas estrellas, por los encantadores planetas de los que mi amo me ha hablado tantas veces. De modo que empezaremos por visitar Saturno…

—¿Y después de Saturno? —preguntó uno de los más impacientes del auditorio.

—¿Después de Saturno? Pues bien, visitaremos Júpiter, que es un lugar bien raro, donde los días son solo de nueve horas y media, cosa muy cómoda para los perezosos y donde los años, por ejemplo, duran doce años, lo cual es ventajoso para las personas a las que solo quedan seis meses de vida; esto prolonga un poco su existencia…

Y todos se reían, pero le creían a medias; les hablaba de Neptuno, donde los marineros son muy bien recibidos; de Marte, donde a los militares les ponen por las nubes, lo que acaba por ser molesto…

Esta era la visión optimista del humilde Joe, el criado, del que, por cierto, en la novela se dice que «poseía algún barniz de ciencia a su modo (…) Entre otras cualidades poseía un golpe de vista extraordinario; compartía con Maestlin, el profesor de Kepler, la rara facultad de distinguir sin anteojos los satélites de Júpiter y de contar en el grupo de las Pléyades las catorce estrellas, de las cuales las últimas son de la novena dimensión». Y los Joe de entonces, al igual que los de ahora son, es preciso recordarlo una y otra vez, los verdaderos objetivos de la difusión de la ciencia, quienes más necesitados están de comprender que la ciencia y la tecnología, la tecnociencia, que les rodea y de la que se sirven, acaso sin que se den cuenta, no es su enemigo, sino un maravilloso instrumento de conocimiento y de liberación. Los que deben comprender que si la ciencia y la tecnología se convierten en sus enemigos, no es por su culpa sino debido al uso que de ellas hacen muchos de sus hermanos de especie, homo sapiens como ellos.

Pero se acerca el momento de comenzar mi viaje imaginario con Julio Verne en la memoria.

(Continúa)

Imagen de portada: Thierry Ehrmann.

FUENTE RESPONSABLE: Jot Down Contemporary Culture Magazine. Por José Manuel Sánchez Ron.

Ciencia/Historia/Julio Verne/Tecnología/Viajes.

Así se vive en Oymyakon, el lugar habitado más frío de todo el mundo.

Con apenas 920 habitantes, en Oymyakon las mañanas amanecen a -50ºC casi todos los días de invierno. Así es la vida en el pueblo más frío del mundo.

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En Oymyakon, ni siquiera los rayos del Sol a medio día son suficientes para calentar a las personas en invierno. Al este de Siberia, la región más fría de todo Rusia, las bajas temperaturas típicas de este poblado llegan a congelar las lágrimas y pestañas de sus habitantes.

«Todo lo que no esté cubierto«, explica la Oficina de Turismo local, corre peligro de quedar cubierto de hielo. Esto también incluye a los animales y a las personas que, si no observan las medidas básicas de seguridad en invierno, pueden morir de frío en poco tiempo.

En el corazón congelado de Siberia

Durante los meses más crudos de invierno, los habitantes de Oymyakon deben de tener cuidado hasta con el papel de baño. De no mantener sus hogares a una temperatura adecuada, incluso estos suministros básicos de higiene quedan completamente congelados, según reportan los habitantes.

Para evitar que los motores de los coches queden inservibles, los habitantes tuvieron que adaptar espacios con calefacción especial. Esto es así porque, al llegar a los -20ºC, el corazón de los vehículos se detiene. Por ello, deben de resguardarse en un entorno controlado artificialmente, así como los electrodomésticos y otras herramientas de uso diario.

Aún a pesar de los climas extremos, Oymyakon atrae un volumen considerable de turismo a esta región helada de Rusia. En los alrededores, donde típicamente irían los camposantos en cualquier otro lado del país, los pobladores no pueden cavar tumbas, porque el suelo ha quedado macizo por el hielo.

«SI ALGUIEN FALLECE, PRIMERO TIENEN QUE HACER HOGUERAS PARA PODER DERRETIR EL HIELO ANTES DE METER EL PICO Y LA PALA», EXPLICA GLORIA RODRÍGUEZ-PIÑA, CORRESPONSAL INTERNACIONAL DE VERNE.

A lo largo de 5 meses, los pobladores de esta ciudad en Siberia sólo tienen luz solar durante 6 horas al día. Según los registros de The Weather Channel, el peor invierno se vivió en 1924, con un récord de -72ºC. En verano, sin embargo, las temperaturas pueden elevarse hasta los 34ºC.

Un pueblo minero en Siberia

Wikimedia Commons

Los habitantes de Oymyakon se sostienen, en su amplia mayoría, de la minería de oro y antimonio. Como un bien escaso a nivel mundial, gran parte de la economía de los pueblos aledaños está basada en la extracción de este metal raro, utilizado para la creación de energías renovables.

A inicios del siglo XX, esta región de Siberia seguía habitada principalmente por nómadas. Para terminar con esta dinámica, la Unión Soviética optó por anclar a los grupos humanos presentes ahí con este tipo de actividades económicas. Por lo cual, de ser grupos de cazadores montados en renos, los pobladores se convirtieron en mineros.

Incluso a pesar de la crisis climática global, Oymyakon ostenta el título del pueblo más frío de todo el mundo.

Imagen de portada:Wikimedia Commons

FUENTE RESPONSABLE: National Geographic en Español. Por Andrea Fischer. Junio 2022

El Mundo/Rusia/Clima extremo/Turismo/Viajes

El Alerzal Milenario

Por fin!! Se concreto una de las excursiones más maravillosas de El Parque Nacional Los Alerces, área protegida que se encuentra a 50 km de la ciudad de Esquel, Argentina. Ya había realizado la previa hasta el Puerto Chucao, pero dada la distancia es una experiencia que lleva todo el día, lo que no hizo posible navegar por el verde esmeralda del río Menendez, para llegar hasta el «abuelo» de todos los Alerces de nuestro país (Fitzroya cupressoides), conocido también como lahuán, que en lengua mapuche significa «abuelo, el que guarda toda la sabiduría»

Luego de que el transporte de traslado pasara por el hotel, me convertí en el sexto pasajero que se encontraría con esa maravilla de la naturaleza.

Cruzamos el puente peatonal suspendido sobre el río Arrayanes, abordando el catamarán que realiza la travesía en Puerto Chucao. Navegamos hasta la rama norte del lago Menéndez y comenzamos una caminata en el impresionante bosque, casi sin tocar por los humanos y la contaminación.

Aprendimos sobre la flora y la fauna, incluidos los árboles de Alerce. Disfrute de los tranquilos alrededores del bosque prístino en el Parque Nacional Los Alceres. Pero creo que a todos nos emocionaba el estar frente al alerce milenario, con sus 2.600 años y más de 3 metros de diámetro, que como relate en algún momento es más antiguo que cuando los griegos fundaron Atenas.

Viajando por la Patagonia.

Un manto blanco cubrió los cerros alrededor de la Ciudad de Esquel, durante la noche. Debo decirles que no resulta raro ello en verano, como tampoco el endiablado viento patagonico que me ha impedido por 2 días consecutivos, visitar el Alerce Milenario.

El título; deja de lado las palabras.

Lago Amuti Quimei, y como fondo un sorpresivo arco iris y el cordón nevado.
Lago Amuti Quimei
Lago Futalaufquen
Cascada o Salto Largo
Río Arrayanes
Almacen de Ramos Generales, a principios del Siglo XX. Inmigrantes galeses que deseaban la libertad de Inglaterra y sufrían discriminación, llegaron en 1882 quedando impresionados del bello valle, al que denominaron Trevelin. De origen galés Tre=Molino y Velin= del pueblo
Almacen de amos generales (1920)
El único molino que quedó de los más de 300 que existían, para recordar historias de vida y esfuerzos. Se encuentra solo para su visita y conocer el mecanismo de molienda. ¿No es verdadera ecológia del siglo 21? Además el agua recircula, por lo que nada se pierde. Del grano del trigo; harina, salvado en compartimentos diferentes. Su cáscara en otro (esto se producía porque previamente al trigo se lo humedecia).

Planta de Piscicultura. Truchas
Alevinos de truchas arco iris
Truchas arco iris en crecimiento

El Punto Nemo: el lugar más inaccesible de la Tierra donde los humanos más cercanos son los astronautas.

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Una versión anterior de este artículo se publicó en 2016.

Pese a su aparente dominio de los mares y las tierras, el ser humano  tiende a vivir cada vez más concentrado. En rigor, ocupamos un  porcentaje diminuto del territorio total del planeta Tierra,  aunque consumamos sus recursos de forma generalizada e intensa. De modo  que hay un montón de lugares en el mundo, ya sean terrestres,  habitados, deshabitados o marítimos, a los que tenemos un limitado o casi inexistente acceso.

El fenómeno es fascinante y se puede agrupar bajo la categoría «polos de inaccesibilidad«  de la Tierra, lugares tan remotos cuya mera existencia torna en  imaginación para la mayoría de los seres humanos que han habitado jamás  el planeta. Pero de entre todos ellos, algunos célebres y bien  documentados, destaca uno por encima de los demás: el Punto Nemo, un lugar tan lejos de todo que los seres humanos más cercanos a él son los tripulantes de la Estación Espacial Internacional cuando eventualmente lo orbitan.

No es una exageración: mientras la ISS se pasea por la superficie  terrestre a 400 kilómetros de altura, el Punto Nemo está a más de 2.600 kilómetros del punto terrestre más cercano. Es una nada gigantesca repleta de  agua. Pero el dato sobre los astronautas tiene cierto truco: muchos de  los polos también cuentan a astronautas entre sus viajeros más  regulares, dado que sobre plano, en la superficie, están a miles de  kilómetros del punto más habitado.

Un cementerio espacial y el hogar de Chtulhu

¿Es relevante? No demasiado. Medido en distancia, el espacio no está tan lejos. Como acuñó célebremente el astrónomo Fred Hoyle, el espacio no es tan remoto: sólo son un par de horas al volante de un coche.

Eso sí, el Punto Nemo sí tiene una relación especial con los objetos  espaciales: dado que está de espaldas a la civilización y nadie suele  tener el más mínimo interés en circular por allí, se utiliza como  cementerio espacial, y muchos de los satélites de las agencias  espaciales, especialmente de la NASA, terminan sus días hábiles sumergidos en sus profundidades marinas.

La Tierra, aunque no lo parezca.

Dejando a un lado el espacio (la cuestión no es cómo de lejos está  sino cuánto tiempo puedes quedarte allí y, ante todo, cómo llegar allí),  lo cierto es que el Punto Nemo es el absoluto vacío del planeta.  Situado sobre la Antártida, en aisladísimo punto del Pacífico Sur, el  Punto Nemo ha sido hollado en algunas ocasiones por aventureros a lomos  de alguna embarcación por el mero placer de contar el reto. Porque ninguna ruta comercial o turística cruza el punto.

Una imagen vale más que mil palabras. Esto que vemos debajo de estas  líneas es, aunque no lo parezca, nuestro planeta. En concreto, el vasto  Océano Pacífico, la masa de agua continua más grande que existe. El  Punto Nemo se halla marcado en rojo. Yup, es abrumador.

Tierra punto

Está tan lejos, es tan misterioso que H. P. Lovecraft utilizó una  localización muy aproximada para imaginar el hogar de Chtulhu, R’lyeh.

(No) hay vida más allá del océano

Los océanos están repletos de lugares tan lejanos de cualquier costa  que requerirían días e incluso semanas (quince días se pierden en el  calendario para llegar al Punto Nemo, y ese es el récord más veloz),  pero también los continentes. Cada uno tiene el suyo. El de Eurasia,  por ejemplo, está en China, cerca de la frontera de Kazajistán (una  frase que es una fiesta de gozo y alegría en sí misma). En África, está  en la República Centroafricana, cerca de Sudán del Sur.

Pero ambos son lugares comunes para los seres humanos. Están  habitados, tienen pueblos o ciudades cerca. Sólo son remotos en los  mapas, nada más, pero se puede llegar a ellos de forma razonable y breve.

Tierra.

¿Qué hay de los lugares realmente alejados del resto de almas humanas  a los que llegar se antoja una odisea alucinante? El más espectacular  de todos los habitados también está en medio del océano. En concreto, en  el Atlántico, y se llama Tristan da Cunha, una diminuta isla aún englobada bajo los territorios de ultramar del Reino Unido y disfrutada en su virginidad por apenas 300 habitantes. Su vecino más cercano, a 2.000 kilómetros, es la isla de Santa Elena (la de Napoleón), que a su vez está a 1.950 kilómetros de Namibia.

Es, literalmente, el culo del mundo.

Del mundo conocido y disfrutado por el ser humano. Hay numerosas  islas semejantes repartidas por los océanos, pero casi todas son  relativamente accesibles. La peculiaridad de Tristan da Cunha reside en  que no tiene aeropuerto y en que sólo se puede llegar a través de una  línea comercial marítima cuya frecuencia es de una decena de veces al año. Es decir, si llegas, ten claro que es para no salir en mucho (mucho) tiempo.

La isla Bouvet.

La isla Bouvet, vista a 200 kilómetros de altura. La nada le rodea: es el punto de tierra firme, habitado o sin habitar, más aislado y remoto del mundo (y de Noruega).

Europa.

Algo de perspectiva: esto es Europa a 200 kilómetros de altura, exactamente la altura a la que ha sido capturada la imagen anterior de la isla Bouvet.

¿Pero qué hay de esos otros lugares del mundo en los que podemos  poner pie y que están lejos de cualquier ser humano? Si quisiéramos  buscar un lugar donde montar una cabaña para estar en la más absoluta de  las soledades, tendríamos que trasladarnos hasta la isla Bouvet, un peñasco cubierto de nieve y hielo diminuto e imperceptible y reclamado, en pleno Atlántico Sur, por la simpática nación de Noruega (primera en llegar al Polo Sur).

La isla Bouvet está a 2.400 kilómetros del continente africano y a 1.700 por encima de la Antártida. Tendrías que navegar la distancia  equivalente entre Madrid y Londres para llegar al continente más  deshabitado de todos, y la distancia que separa a Barcelona de Varsovia  para llegar… A Tristan da Cunha, a su vez el lugar habitado más remoto  e inaccesible del mundo, cuyo aeropuerto más cercano está a 7 días en  barco (privado) y su costa continental más accesible a un incierta línea  de ridícula frecuencia en dirección Sudáfrica.

Visita a Lenin en lo más remoto de la Antártida

Pero en términos continentales, parece razonable plantearse que sea en la Antártida donde se encuentre el punto terrestre y no rodeado enteramente por agua  donde podamos vivir en paz, por fin, lejos de toda humanidad. Pues  bien, malas noticias: no es el Polo Sur. Allí se llegó a principios del  siglo XX y decidimos quedarnos. Hay gente viviendo de forma permanente,  de modo que tendríamos que andar toda la absoluta nada antártica para  encontrarnos con el punto de inaccesibilidad del Polo Sur: una estatua  de Lenin.

La más absoluta de las nadas: el punto de inaccesibilidad de la Antártida.

La más absoluta de las nadas: el punto de inaccesibilidad de la Antártida.

Sí, hay un busto de Lenin ahí.

Sí, hay un busto de Lenin ahí.

Los soviéticos también se animaron a explorar el continente helado en los cincuenta, y fueron los primeros en llegar al punto más alejado del mar dentro de la Antártida. Está a unos 800 kilómetros del Polo Sur y hay un refugio, ya cubierto por la nieve,  sobre el que sobresale un busto de Lenin, colocado allí para rememorar  la hazaña. Desde entonces, sólo un puñado de expediciones más han vuelto  al lugar de los hechos (la última en 2011), contándose entre ellas una impresionante aventura polar española en 2005.

Por último, merece la pena hablar del Ártico, el que parece el océano  más pequeño. Al fin y al cabo las costas de dos continentes están  cercas, ¿verdad? Sólo en los deformes mapas: la realidad es que en medio del océano se puede llegar a estar a más de 1.000 kilómetros (de hielo, de vacío existencial y físico) de la costa más cercana). Y se cree que nunca, nadie, lo ha pisado jamás.

Imagen de portada: Gentileza de MAGNET

FUENTE RESPONSABLE: Magnet. Por M.Ohorte. Noviembre 2021

Un mundo fascinante/Viajes/Mundo/Antartida/Punto Nemo

Las maravillas arquitectónicas del milenario Manhattan del desierto.

Pasar por la Bab-al-Yaman, la enorme puerta que permite acceder a la antigua ciudad amurallada de Saná en Yemen, es como atravesar un portal hacia otro mundo.

Ves gran cantidad de edificios altos y delgados amontonados en estrechos callejones que conectan exuberantes jardines de frutas y verduras con el antiguo zoco (mercado) donde todavía se venden burros.

Vi cerrajeros remendando enormes llaves de metal que abren imponentes puertas de madera; un vendedor que ofrece tunas con una carreta, y el panadero local que saca pan fresco de un ardiente agujero en el suelo.

En una pieza diminuta, un camello caminaba en círculos impulsando una piedra de molino que machacaba semillas de sésamo.

Pero pese a todo aquel estímulo visual, era sin duda la arquitectura lo que dominaba la escena.

Saná está llena de edificios que son diferentes a los que puedes encontrar en cualquier otro lugar del mundo.

En la calle, donde la monotonía de las paredes de adobe solo es interrumpida por grandes puertas de madera, a menudo no había mucho que ver.

Pero al mirar hacia arriba, me di cuenta de que estos esbeltos edificios, algunos con solo una o dos habitaciones por piso, se elevan hacia el cielo.

Mientras que los pisos inferiores, a nivel de calle, no tenían ventanas debido a su uso como refugio de animales o espacios de trabajo, las ventanas ornamentadas más arriba estaban cubiertas por vidrieras o por delicadas pantallas de mashrabiya que protegen la privacidad de las mujeres en el interior.

Edificios que datan de hace más de 300 años

Los marcos de las ventanas y los frisos entre los pisos estaban marcados con una intrincada cal blanca para contrastar el fondo de color barro, creando un efecto de casa de pan de jengibre.

Calle en Yemen.

FUENTE DE LA IMAGEN – GETTY IMAGES

A nivel de la calle, los edificios a menudo no tienen ventanas debido a que se usan como refugios para animales o espacios de trabajo.

Muchos tenían terrazas en la azotea, que se utilizan como espacios de entretenimiento, así como dormitorios al aire libre para las noches cálidas.

La magnificencia de los edificios, junto con su simple practicidad, da lugar a un inspirador panorama arquitectónico.

Desde los callejones era prácticamente imposible apreciar la verdadera altura de estos edificios, pero cuando llegué al zoco, pude ver que algunos tenían hasta siete pisos de altura.

Subí a una azotea en el séptimo piso que había sido convertida en un café; el casco antiguo estaba abajo, pero los edificios alrededor eran en su mayoría tan altos como en el que yo estaba, y evocaban la extraña sensación de estar rodeado de rascacielos.

Casi podría haberme sentido en Dubái o Nueva York, solo que estas construcciones tenían entre 300 y 500 años y estaban hechas de barro.

Algunos de los rascacielos de Yemen pueden alcanzar hasta los 30 metros de altura. Los primeros rascacielos modernos que se construyeron en Chicago eran solo un par de metros más altos que estos.

«El Manhattan del desierto»

Yemen está lleno de construcciones altísimas parecidas a estas. Se encuentran tanto en las poblaciones más pequeñas como en las más grandes, como en la famosa ciudad de Shibam, que fue apodada en la década de 1930 «el Manhattan del desierto» por la exploradora anglo-italiana Dame Freya Stark.

Otro ejemplo es el exquisitamente decorado palacio de Dar-al-Hajar, el «Palacio de Roca».

El estilo arquitectónico de los rascacielos yemeníes es tan único que las ciudades de Zabid, Shibam y la ciudad vieja de Saná han sido reconocidas como Patrimonio Mundial de la Unesco.

El monumental palacio de Dar-al-Hajar.

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El monumental palacio de Dar-al-Hajar.

La tradición se remonta al menos a los siglos VIII y IX, según Trevor Marchand, profesor de antropología social en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS) y autor de Architectural Heritage of Yemen – Buildings That Fill My Eye.

La datación exacta de las estructuras es casi imposible de conocer, ya que estos edificios de adobe necesitan ser reparados o restaurados constantemente para evitar que sucumban.

Pero Marchand explica que algunas fuentes medievales nos dicen que el Palacio Ghumdam en Saná fue construido en el siglo III a.C., fue sede de los antiguos gobernantes sabaeanos de Yemen, contaba con 20 pisos de altura y estaba elaboradamente decorado.

Todavía en uso

Lo que hace que los rascacielos yemeníes sean tan únicos es que todavía están en uso, tal como lo estaban hace cientos de años.

En el casco antiguo de Saná, por ejemplo, aunque algunos se han convertido en hoteles y cafés, la mayoría todavía se utiliza como residencias privadas.

«De niños, jugábamos fútbol en los estrechos callejones y de adolescentes bebíamos café detrás de las brillantes vidrieras», asegura Arwa Mokdad, defensora de la paz de la Fundación Yemen Relief and Reconstruction.

Mientras viajaba por el país, maravillándome con sus ciudades llenas de rascacielos, no pude evitar preguntarme por qué los yemeníes construyeron así, considerando que el país cuenta con vastas extensiones desérticas.

Salma Samar Damluji, arquitecta y autora de un libro sobre la arquitectura de Yemen y su reconstrucción, me explicó que la construcción de edificios tradicionalmente estaba restringida a pequeños sitios, lo que obligaba a construir verticalmente.

«Los pueblos y ciudades tenían un muro exterior, llamado Sur, y otro límite en el desierto».

La arquitecta también me contó que el muro y el desierto circundante no solo representaban una barrera para cualquier desarrollo urbano, sino que también se consideraba que cualquier espacio agrícolamente viable era muy valioso para llenarlo de edificios.

Shibam.

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Conocida como «el Manhattan del desierto», la ciudad amurallada de Shibam fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982.

Por eso construir hacia arriba, en estrechos clústeres, era la opción preferida.

Para protegerse de fuerzas invasoras

También estaba la necesidad de protegerse, que hizo que los asentamientos de Yemen se concentraran en ciertos sitios en lugar de extenderse por todo el territorio.

Los planificadores urbanos consideraron que, viviendo en un desierto inhóspito, era bueno contar con la capacidad de mirar a lo largo de las tierras para identificar enemigos cuando se acercaran y de poder cerrar las puertas de las ciudades en la noche.

«Un factor importante que contribuyó al desarrollo en Yemen de ‘casas-torre’ fue la necesidad de estar seguros frente a fuerzas invasoras, así como en tiempos de disputas tribales locales o de guerra civil», detalla Marchand.

Construidos con materiales naturales, los rascacielos yemeníes son sostenibles y se adaptan perfectamente al clima cálido y seco del desierto árabe.

Las terrazas en las azoteas funcionan como dormitorios al aire libre, mientras que las pantallas en las ventanas invitan incluso a la más breve brisa a entrar en la casa, y al mismo tiempo permiten que entre la luz pero no demasiado calor.

«El adobe es una masa térmica excepcional», añade Ronald Rael, profesor de arquitectura de la Universidad de California en Berkeley y especialista en edificios hechos de barro.

Rael, quien vive en una casa de adobe de su bisabuelo en el sur de Colorado, Estados Unidos, explica que este material «absorbe y libera calor lentamente».

«Durante el día, cuando el sol golpea la pared, el calor del sol es absorbido lentamente por la pared. A medida que cae la noche, ese calor se libera lentamente (ayudando) a que los edificios de tierra mantengan una temperatura agradable», prosigue.

Este simple efecto natural ha hecho que la construcción de adobe siga siendo popular hoy en día y justifica que las estructuras de barro en Yemen aún resistan.

Una forma de construir casi extinta

Increíblemente, los constructores de manera general no usaban andamios.

Los maestros constructores comenzaban con una base de piedra, a menudo de unos 2 metros de profundidad, sobre la cual colocaban ladrillos de barro en un enlace continuo.

Luego construían lentamente hacia arriba, colocando vigas de madera para aportar mayor resistencia y agregando pisos de madera y materiales de palma a medida que subían.

Los andamios solo comenzaban a usarse posteriormente, una vez que la casa estaba terminada y necesitaba una restauración.

Sin embargo, según Damluji, estas formas de construcción están al borde de la extinción.

«Queremos estructuras que puedan resistir hasta 300 años y más. Edificios de seis y siete pisos construidos con ladrillos de barro secados al sol es una manera de construcción que ningún arquitecto contemporáneo puede utilizar hoy en día».

Para evitar que se pierda este conocimiento, Damluji trabaja en estrecha colaboración con la fundación Dawan, que se esfuerza por preservar estos métodos de construcción, fomentando el uso de materiales y métodos tradicionales por encima de los modernos.

La existencia de estos históricos edificios también está amenazada por la constante erosión eólica, la guerra y las luchas económicas que impiden que las familias cuiden adecuadamente sus frágiles hogares.

En 2020, la Unesco examinó alrededor de 8.000 de estas maravillas arquitectónicas y restauró 78 que estaban al borde del colapso.

La Unesco está haciendo lo que puede por salvar el mayor número de edificios posible, pero es difícil en las circunstancias actuales.

«Es una experiencia desgarradora presenciar cómo la historia se convierte en escombros», lamenta Mokdad.

«Esta destrucción es una pérdida para toda la humanidad».

«En cualquier otro lugar, estos edificios serían piezas de museo, pero en Yemen siguen siendo hogares. No puedo describir el orgullo de vivir en un hogar preservado por generaciones de antepasados. Son nuestra conexión con el pasado», concluye.

Imagen de portada: Gentileza de GETTY IMAGES. Casco Antigua de Saná.

FUENTE RESPONSABLE: BBC Travel. Por Ulrike Lemmin Woolfrey. Octubre 2021

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La ingeniosa forma de los antiguos persas para mantenerse frescos (y cuya tecnología podría volver a usarse).

Los «captadores de vientos» refrescaban sin necesidad de electricidad.

La ciudad de Yazd, en el desierto de Irán, fue durante mucho tiempo cuna del ingenio creativo.

Alberga antiguas maravillas de la ingeniería que incluyen una estructura de refrigeración subterránea llamadayakhchal, un sistema de riego subterráneo llamado qanat; e incluso una red de mensajería llamada pirradazisque tiene 2.000 años más que el servicio postal estadounidense.

Y entre estas antiguas tecnologías se encuentran también los badgi, también llamados»captadores de viento» o «atrapavientos».

Es común ver estas estructuras sobre los tejados de la ciudad. Son a menudo unas torres rectangulares, aunque también pueden ser circulares, cuadradas, octogonales o tener otras formas ornamentadas.

Se dice que Yazd tiene la mayor cantidad de atrapavientos del mundo, aunque es posible que se hubieran originado en el antiguo Egipto.

Pero en Yazd pronto resultaron indispensables, volviendo habitable esa parte de la cálida y árida meseta iraní.

Aunque muchas de estas estructuras hayan caído en desuso, están atrayendo a académicos, arquitectos e ingenieros de la ciudad del desierto para ver si pueden servirnos hoy para mantenernos frescos en un mundo que va calentándose.

Las aberturas de las torres enfrentan el viento predominante, atrapándolo y canalizándolo hacia el interior de abajo.

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Las aberturas de las torres enfrentan el viento predominante, atrapándolo y canalizándolo hacia el interior de abajo.

Como no requieren electricidad para funcionar, es una forma de enfriamiento rentable y ecológica.

Dado que la ventilación mecánica convencional ya representa una quinta parte del consumo total de electricidad a nivel mundial, las alternativas antiguas como el captador de viento se están convirtiendo en una opción cada vez más atractiva.

Cómo funciona

Hay dos fuerzas principales que impulsan el aire a través de la estructura y hacia el interior del edificio: el viento entrante y el cambio en la flotabilidad del aire según la temperatura(el aire más cálido se sitúa encima del aire más frío y denso).

El aire accede por las aberturas del captador de viento y se canaliza hacia la vivienda, depositando arena o escombros al pie de la torre. Y fluye por el interior del edificio, a veces a través de depósitos de agua que lo enfrían aún más.

Ello hace que el aire caliente del interior se eleve y saldrá del edificio a través de la torre, ayudado por la presión dentro del edificio.

El diseño de la casa, la forma de la torre, su dirección, el número de aberturas, su configuración de palas internas fijas, canales y altura están finamente ajustados para mejorar su capacidad para llevar el viento a la viviendas.

El uso del aire para enfriar edificios se remonta a los tiempos en los que se empezaron a poblar los entornos desérticos.Algunas de las primeras tecnologías de captura de viento provienen del Egipto de hace 3.300 años, según los investigadores Chris Soelberg y Julie Rich, de la Universidad Estatal de Weber en Utah, Estados Unidos.

El sistema en aquel entonces lo constituían unos edificios con paredes gruesas, pocas ventanas que daban al sol, aberturas en el lado en el que solía pegar el viento y un respiradero de salida en el otro, conocido como malq af.

Aunque algunos aseguran que el lugar de nacimiento del captador de viento fue el propio Irán.

Dondequiera que se inventaran, se generalizaron en Medio Oriente y el norte de África.

Se pueden encontrar variantes de la tecnología en varios países, como los barjeel de Qatar y Bahrein, el malqaf de Egipto, el mungh de Pakistán, señala Fatemeh Jomehzadeh de la Universidad Tecnológica de Malasia.

Debido al largo desuso, muchos de los atrapavientos de Irán no se encuentran en buen estado. Pero a algunos investigadores les gustaría verlos restaurados para que funcionen correctamente.

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Muchos captadores de vientos están deteriorados por el desuso, pero los expertos los quieren restaurar.

Sin embargo, es ampliamente considerado que la civilización persa alteró la estructura para que enfriara mejor, combinándolo por ejemplo con un sistema de riego.

Con el clima cálido estas estructuras pronto se volvieron populares en Yazd, que se llenó de altísimas torres ornamentadas.

Fue reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2017, en parte por la proliferación de captadores de viento.

Además de cumplir con el propósito funcional de enfriar las casas, las torres también tenían un fuerte significado cultural y se destacan tanto en el horizonte como el Templo del Fuego de Zoroastro y la Torre del Silencio.

El captador de viento de Dowlatabad, del que con sus 33 metros se dice es el más alto del mundo, es uno de los pocos que sigue funcionando. Ubicado sobre un edificio octogonal, tiene vistas a una fuente que se extiende más allá de las hileras de pinos.

Futuro potencial

Por su capacidad de enfriar sin generar emisiones, hay investigadores que insisten en que deberíamos reconsiderar su uso.

Parham Kheirkhah Sangdeh, de la Universidad de Ilam en Irán, los ha estudiado ámpliamente.

Y explica que algunos de los inconvenientes, como las plagas que ingresan a los conductos y la acumulación de polvo y escombros del desierto, ha hecho que caigan en desuso.

Hoy se usan sistemas de ventilación mecánicos o aire acondicionado, alternativas que con frecuencia funcionan con combustibles fósiles y utilizan refrigerantes que actúan como potentes gases de efecto invernadero si se liberan a la atmósfera.

Los cazadores de viento de Irán han inspirado diseños modernos en Europa, Estados Unidos y otros lugares, a medida que los arquitectos recurren a formas pasivas de enfriamiento.

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Los cazadores de viento de Irán han inspirado diseños modernos en Europa, Estados Unidos y otros lugares, a medida que los arquitectos recurren a formas pasivas de enfriamiento.

La llegada de las tecnologías de refrigeración modernas fue la culpable del deterioro de los métodos tradicionales en Irán, escribió la historiadora de la arquitectura iraní Elizabeth Beazley en 1977.

Sin un mantenimiento constante, el duro clima de la meseta iraní fue desgastando muchas estructuras, desde colectores de viento hasta casas de hielo.

Kheirkhah Sangdeh también considera que su desuso se debe en parte a una tendencia a preferir las tecnologías occidentales.

«Para que vuelvan a usarse es necesario que haya cambios en las perspectivas culturales. La gente debe mirar al pasado y comprender por qué la conservación de energía es importante», dice Kheirkhah Sangdeh.

Kheirkhah Sangdeh espera que los captadores de viento de Irán se puedan actualizar y sirvan como método energéticamente eficiente para refrescar edificios. Pero se ha encontrado con muchas barreras, desde las tensiones internacionales en curso, pasando por la pandemia de coronavirus hasta la escasez de agua.

«Las cosas están tan mal en Irán que (la gente) mira el día a día», dice.

Se dice que Yazd tiene la mayor cantidad de captadores de viento de cualquier ciudad del mundo

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Se dice que Yazd tiene la mayor cantidad de captadores de viento del mundo.

Puede que en algún momento haya un renacimiento de los métodos de enfriamiento sin combustibles fósiles y sorprendentemente tamién existen en muchos países occidentales (aunque menos majestuosos que los de viento de Irán).

En Reino Unido entre 1979 y 1994 se instalaron unas 7.000 variaciones de colectores de viento en edificios públicos. Los tienen edificios como el Royal Chelsea Hospital de Londres hasta supermercados en Mánchester, una ciudad del norte de Inglaterra.

Se parecen poco a las imponentes estructuras de Irán.

En un edificio de tres pisos en una calle muy transitada en el norte de Londres, pequeñas torres de ventilación de color rosa intenso permiten la ventilación pasiva. En lo alto de un centro comercial en la zona de Dartford, las torres de ventilación cónica giran para atrapar la brisa con la ayuda de un alerón.

EE.UU. también ha adoptado con entusiasmo diseños inspirados en los cazadores de viento. Un ejemplo de ello está en el centro de visitantes del Parque Nacional Zion en el sur de Utah.

El parque se encuentra en una alta meseta desértica, comparable a Yazd en clima y topografía; y el uso de tecnologías de enfriamiento pasivo, incluido el captador de viento, casi eliminó la necesidad de aire acondicionado mecánico.

Estas estructuras pueden tener distintas formas, pero su función es siempre la misma.

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Estas estructuras pueden tener distintas formas, pero su función es siempre la misma.

Los científicos han registrado una diferencia de temperatura de unos 16ºC entre el exterior y el interior del centro de visitantes.

Y en unos momentos en los que se buscan alternativas sostenibles frente al calentamiento global, hay margen para que estas tecnologías sigan expandiéndose.

En Palermo, Italia, los investigadores han descubierto que por su clima y condiciones de viento predominantes es un lugar propicio para invertir en el desarrollo de captadores de vientos iraníes.

El pasado octubre el atrapavientos tuvo un lugar destacado en la Feria Internacional de Dubái, como parte de una red de edificios cónicos del pabellón austríaco. El estudio de arquitectura austríaco Querkraft se inspiró en la arquitectura árabe a la hora de diseñarlo.

Si bien investigadores como Kheirkhah Sangdeh argumentan que el receptor de viento tiene mucho más que ofrecer para enfriar hogares sin combustibles fósiles, esta ingeniosa tecnología ya ha migrado más allá de lo que podría imaginar.

La próxima vez que veas una torre alta con ventilación en la parte superior de un supermercado, un rascacielos o una escuela, observa con atención: es posible que estés ante el legado de los magníficos captadores de viento de Irán.

Imagen de portada: Gentileza de Alamy

FUENTE RESPONSABLE: BBC Future. Por Kimiya Shokoohi. Noviembre 2021

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