Las maravillas arquitectónicas del milenario Manhattan del desierto.

Pasar por la Bab-al-Yaman, la enorme puerta que permite acceder a la antigua ciudad amurallada de Saná en Yemen, es como atravesar un portal hacia otro mundo.

Ves gran cantidad de edificios altos y delgados amontonados en estrechos callejones que conectan exuberantes jardines de frutas y verduras con el antiguo zoco (mercado) donde todavía se venden burros.

Vi cerrajeros remendando enormes llaves de metal que abren imponentes puertas de madera; un vendedor que ofrece tunas con una carreta, y el panadero local que saca pan fresco de un ardiente agujero en el suelo.

En una pieza diminuta, un camello caminaba en círculos impulsando una piedra de molino que machacaba semillas de sésamo.

Pero pese a todo aquel estímulo visual, era sin duda la arquitectura lo que dominaba la escena.

Saná está llena de edificios que son diferentes a los que puedes encontrar en cualquier otro lugar del mundo.

En la calle, donde la monotonía de las paredes de adobe solo es interrumpida por grandes puertas de madera, a menudo no había mucho que ver.

Pero al mirar hacia arriba, me di cuenta de que estos esbeltos edificios, algunos con solo una o dos habitaciones por piso, se elevan hacia el cielo.

Mientras que los pisos inferiores, a nivel de calle, no tenían ventanas debido a su uso como refugio de animales o espacios de trabajo, las ventanas ornamentadas más arriba estaban cubiertas por vidrieras o por delicadas pantallas de mashrabiya que protegen la privacidad de las mujeres en el interior.

Edificios que datan de hace más de 300 años

Los marcos de las ventanas y los frisos entre los pisos estaban marcados con una intrincada cal blanca para contrastar el fondo de color barro, creando un efecto de casa de pan de jengibre.

Calle en Yemen.

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A nivel de la calle, los edificios a menudo no tienen ventanas debido a que se usan como refugios para animales o espacios de trabajo.

Muchos tenían terrazas en la azotea, que se utilizan como espacios de entretenimiento, así como dormitorios al aire libre para las noches cálidas.

La magnificencia de los edificios, junto con su simple practicidad, da lugar a un inspirador panorama arquitectónico.

Desde los callejones era prácticamente imposible apreciar la verdadera altura de estos edificios, pero cuando llegué al zoco, pude ver que algunos tenían hasta siete pisos de altura.

Subí a una azotea en el séptimo piso que había sido convertida en un café; el casco antiguo estaba abajo, pero los edificios alrededor eran en su mayoría tan altos como en el que yo estaba, y evocaban la extraña sensación de estar rodeado de rascacielos.

Casi podría haberme sentido en Dubái o Nueva York, solo que estas construcciones tenían entre 300 y 500 años y estaban hechas de barro.

Algunos de los rascacielos de Yemen pueden alcanzar hasta los 30 metros de altura. Los primeros rascacielos modernos que se construyeron en Chicago eran solo un par de metros más altos que estos.

«El Manhattan del desierto»

Yemen está lleno de construcciones altísimas parecidas a estas. Se encuentran tanto en las poblaciones más pequeñas como en las más grandes, como en la famosa ciudad de Shibam, que fue apodada en la década de 1930 «el Manhattan del desierto» por la exploradora anglo-italiana Dame Freya Stark.

Otro ejemplo es el exquisitamente decorado palacio de Dar-al-Hajar, el «Palacio de Roca».

El estilo arquitectónico de los rascacielos yemeníes es tan único que las ciudades de Zabid, Shibam y la ciudad vieja de Saná han sido reconocidas como Patrimonio Mundial de la Unesco.

El monumental palacio de Dar-al-Hajar.

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El monumental palacio de Dar-al-Hajar.

La tradición se remonta al menos a los siglos VIII y IX, según Trevor Marchand, profesor de antropología social en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres (SOAS) y autor de Architectural Heritage of Yemen – Buildings That Fill My Eye.

La datación exacta de las estructuras es casi imposible de conocer, ya que estos edificios de adobe necesitan ser reparados o restaurados constantemente para evitar que sucumban.

Pero Marchand explica que algunas fuentes medievales nos dicen que el Palacio Ghumdam en Saná fue construido en el siglo III a.C., fue sede de los antiguos gobernantes sabaeanos de Yemen, contaba con 20 pisos de altura y estaba elaboradamente decorado.

Todavía en uso

Lo que hace que los rascacielos yemeníes sean tan únicos es que todavía están en uso, tal como lo estaban hace cientos de años.

En el casco antiguo de Saná, por ejemplo, aunque algunos se han convertido en hoteles y cafés, la mayoría todavía se utiliza como residencias privadas.

«De niños, jugábamos fútbol en los estrechos callejones y de adolescentes bebíamos café detrás de las brillantes vidrieras», asegura Arwa Mokdad, defensora de la paz de la Fundación Yemen Relief and Reconstruction.

Mientras viajaba por el país, maravillándome con sus ciudades llenas de rascacielos, no pude evitar preguntarme por qué los yemeníes construyeron así, considerando que el país cuenta con vastas extensiones desérticas.

Salma Samar Damluji, arquitecta y autora de un libro sobre la arquitectura de Yemen y su reconstrucción, me explicó que la construcción de edificios tradicionalmente estaba restringida a pequeños sitios, lo que obligaba a construir verticalmente.

«Los pueblos y ciudades tenían un muro exterior, llamado Sur, y otro límite en el desierto».

La arquitecta también me contó que el muro y el desierto circundante no solo representaban una barrera para cualquier desarrollo urbano, sino que también se consideraba que cualquier espacio agrícolamente viable era muy valioso para llenarlo de edificios.

Shibam.

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Conocida como «el Manhattan del desierto», la ciudad amurallada de Shibam fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982.

Por eso construir hacia arriba, en estrechos clústeres, era la opción preferida.

Para protegerse de fuerzas invasoras

También estaba la necesidad de protegerse, que hizo que los asentamientos de Yemen se concentraran en ciertos sitios en lugar de extenderse por todo el territorio.

Los planificadores urbanos consideraron que, viviendo en un desierto inhóspito, era bueno contar con la capacidad de mirar a lo largo de las tierras para identificar enemigos cuando se acercaran y de poder cerrar las puertas de las ciudades en la noche.

«Un factor importante que contribuyó al desarrollo en Yemen de ‘casas-torre’ fue la necesidad de estar seguros frente a fuerzas invasoras, así como en tiempos de disputas tribales locales o de guerra civil», detalla Marchand.

Construidos con materiales naturales, los rascacielos yemeníes son sostenibles y se adaptan perfectamente al clima cálido y seco del desierto árabe.

Las terrazas en las azoteas funcionan como dormitorios al aire libre, mientras que las pantallas en las ventanas invitan incluso a la más breve brisa a entrar en la casa, y al mismo tiempo permiten que entre la luz pero no demasiado calor.

«El adobe es una masa térmica excepcional», añade Ronald Rael, profesor de arquitectura de la Universidad de California en Berkeley y especialista en edificios hechos de barro.

Rael, quien vive en una casa de adobe de su bisabuelo en el sur de Colorado, Estados Unidos, explica que este material «absorbe y libera calor lentamente».

«Durante el día, cuando el sol golpea la pared, el calor del sol es absorbido lentamente por la pared. A medida que cae la noche, ese calor se libera lentamente (ayudando) a que los edificios de tierra mantengan una temperatura agradable», prosigue.

Este simple efecto natural ha hecho que la construcción de adobe siga siendo popular hoy en día y justifica que las estructuras de barro en Yemen aún resistan.

Una forma de construir casi extinta

Increíblemente, los constructores de manera general no usaban andamios.

Los maestros constructores comenzaban con una base de piedra, a menudo de unos 2 metros de profundidad, sobre la cual colocaban ladrillos de barro en un enlace continuo.

Luego construían lentamente hacia arriba, colocando vigas de madera para aportar mayor resistencia y agregando pisos de madera y materiales de palma a medida que subían.

Los andamios solo comenzaban a usarse posteriormente, una vez que la casa estaba terminada y necesitaba una restauración.

Sin embargo, según Damluji, estas formas de construcción están al borde de la extinción.

«Queremos estructuras que puedan resistir hasta 300 años y más. Edificios de seis y siete pisos construidos con ladrillos de barro secados al sol es una manera de construcción que ningún arquitecto contemporáneo puede utilizar hoy en día».

Para evitar que se pierda este conocimiento, Damluji trabaja en estrecha colaboración con la fundación Dawan, que se esfuerza por preservar estos métodos de construcción, fomentando el uso de materiales y métodos tradicionales por encima de los modernos.

La existencia de estos históricos edificios también está amenazada por la constante erosión eólica, la guerra y las luchas económicas que impiden que las familias cuiden adecuadamente sus frágiles hogares.

En 2020, la Unesco examinó alrededor de 8.000 de estas maravillas arquitectónicas y restauró 78 que estaban al borde del colapso.

La Unesco está haciendo lo que puede por salvar el mayor número de edificios posible, pero es difícil en las circunstancias actuales.

«Es una experiencia desgarradora presenciar cómo la historia se convierte en escombros», lamenta Mokdad.

«Esta destrucción es una pérdida para toda la humanidad».

«En cualquier otro lugar, estos edificios serían piezas de museo, pero en Yemen siguen siendo hogares. No puedo describir el orgullo de vivir en un hogar preservado por generaciones de antepasados. Son nuestra conexión con el pasado», concluye.

Imagen de portada: Gentileza de GETTY IMAGES. Casco Antigua de Saná.

FUENTE RESPONSABLE: BBC Travel. Por Ulrike Lemmin Woolfrey. Octubre 2021

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La ingeniosa forma de los antiguos persas para mantenerse frescos (y cuya tecnología podría volver a usarse).

Los «captadores de vientos» refrescaban sin necesidad de electricidad.

La ciudad de Yazd, en el desierto de Irán, fue durante mucho tiempo cuna del ingenio creativo.

Alberga antiguas maravillas de la ingeniería que incluyen una estructura de refrigeración subterránea llamadayakhchal, un sistema de riego subterráneo llamado qanat; e incluso una red de mensajería llamada pirradazisque tiene 2.000 años más que el servicio postal estadounidense.

Y entre estas antiguas tecnologías se encuentran también los badgi, también llamados»captadores de viento» o «atrapavientos».

Es común ver estas estructuras sobre los tejados de la ciudad. Son a menudo unas torres rectangulares, aunque también pueden ser circulares, cuadradas, octogonales o tener otras formas ornamentadas.

Se dice que Yazd tiene la mayor cantidad de atrapavientos del mundo, aunque es posible que se hubieran originado en el antiguo Egipto.

Pero en Yazd pronto resultaron indispensables, volviendo habitable esa parte de la cálida y árida meseta iraní.

Aunque muchas de estas estructuras hayan caído en desuso, están atrayendo a académicos, arquitectos e ingenieros de la ciudad del desierto para ver si pueden servirnos hoy para mantenernos frescos en un mundo que va calentándose.

Las aberturas de las torres enfrentan el viento predominante, atrapándolo y canalizándolo hacia el interior de abajo.

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Las aberturas de las torres enfrentan el viento predominante, atrapándolo y canalizándolo hacia el interior de abajo.

Como no requieren electricidad para funcionar, es una forma de enfriamiento rentable y ecológica.

Dado que la ventilación mecánica convencional ya representa una quinta parte del consumo total de electricidad a nivel mundial, las alternativas antiguas como el captador de viento se están convirtiendo en una opción cada vez más atractiva.

Cómo funciona

Hay dos fuerzas principales que impulsan el aire a través de la estructura y hacia el interior del edificio: el viento entrante y el cambio en la flotabilidad del aire según la temperatura(el aire más cálido se sitúa encima del aire más frío y denso).

El aire accede por las aberturas del captador de viento y se canaliza hacia la vivienda, depositando arena o escombros al pie de la torre. Y fluye por el interior del edificio, a veces a través de depósitos de agua que lo enfrían aún más.

Ello hace que el aire caliente del interior se eleve y saldrá del edificio a través de la torre, ayudado por la presión dentro del edificio.

El diseño de la casa, la forma de la torre, su dirección, el número de aberturas, su configuración de palas internas fijas, canales y altura están finamente ajustados para mejorar su capacidad para llevar el viento a la viviendas.

El uso del aire para enfriar edificios se remonta a los tiempos en los que se empezaron a poblar los entornos desérticos.Algunas de las primeras tecnologías de captura de viento provienen del Egipto de hace 3.300 años, según los investigadores Chris Soelberg y Julie Rich, de la Universidad Estatal de Weber en Utah, Estados Unidos.

El sistema en aquel entonces lo constituían unos edificios con paredes gruesas, pocas ventanas que daban al sol, aberturas en el lado en el que solía pegar el viento y un respiradero de salida en el otro, conocido como malq af.

Aunque algunos aseguran que el lugar de nacimiento del captador de viento fue el propio Irán.

Dondequiera que se inventaran, se generalizaron en Medio Oriente y el norte de África.

Se pueden encontrar variantes de la tecnología en varios países, como los barjeel de Qatar y Bahrein, el malqaf de Egipto, el mungh de Pakistán, señala Fatemeh Jomehzadeh de la Universidad Tecnológica de Malasia.

Debido al largo desuso, muchos de los atrapavientos de Irán no se encuentran en buen estado. Pero a algunos investigadores les gustaría verlos restaurados para que funcionen correctamente.

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Muchos captadores de vientos están deteriorados por el desuso, pero los expertos los quieren restaurar.

Sin embargo, es ampliamente considerado que la civilización persa alteró la estructura para que enfriara mejor, combinándolo por ejemplo con un sistema de riego.

Con el clima cálido estas estructuras pronto se volvieron populares en Yazd, que se llenó de altísimas torres ornamentadas.

Fue reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2017, en parte por la proliferación de captadores de viento.

Además de cumplir con el propósito funcional de enfriar las casas, las torres también tenían un fuerte significado cultural y se destacan tanto en el horizonte como el Templo del Fuego de Zoroastro y la Torre del Silencio.

El captador de viento de Dowlatabad, del que con sus 33 metros se dice es el más alto del mundo, es uno de los pocos que sigue funcionando. Ubicado sobre un edificio octogonal, tiene vistas a una fuente que se extiende más allá de las hileras de pinos.

Futuro potencial

Por su capacidad de enfriar sin generar emisiones, hay investigadores que insisten en que deberíamos reconsiderar su uso.

Parham Kheirkhah Sangdeh, de la Universidad de Ilam en Irán, los ha estudiado ámpliamente.

Y explica que algunos de los inconvenientes, como las plagas que ingresan a los conductos y la acumulación de polvo y escombros del desierto, ha hecho que caigan en desuso.

Hoy se usan sistemas de ventilación mecánicos o aire acondicionado, alternativas que con frecuencia funcionan con combustibles fósiles y utilizan refrigerantes que actúan como potentes gases de efecto invernadero si se liberan a la atmósfera.

Los cazadores de viento de Irán han inspirado diseños modernos en Europa, Estados Unidos y otros lugares, a medida que los arquitectos recurren a formas pasivas de enfriamiento.

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Los cazadores de viento de Irán han inspirado diseños modernos en Europa, Estados Unidos y otros lugares, a medida que los arquitectos recurren a formas pasivas de enfriamiento.

La llegada de las tecnologías de refrigeración modernas fue la culpable del deterioro de los métodos tradicionales en Irán, escribió la historiadora de la arquitectura iraní Elizabeth Beazley en 1977.

Sin un mantenimiento constante, el duro clima de la meseta iraní fue desgastando muchas estructuras, desde colectores de viento hasta casas de hielo.

Kheirkhah Sangdeh también considera que su desuso se debe en parte a una tendencia a preferir las tecnologías occidentales.

«Para que vuelvan a usarse es necesario que haya cambios en las perspectivas culturales. La gente debe mirar al pasado y comprender por qué la conservación de energía es importante», dice Kheirkhah Sangdeh.

Kheirkhah Sangdeh espera que los captadores de viento de Irán se puedan actualizar y sirvan como método energéticamente eficiente para refrescar edificios. Pero se ha encontrado con muchas barreras, desde las tensiones internacionales en curso, pasando por la pandemia de coronavirus hasta la escasez de agua.

«Las cosas están tan mal en Irán que (la gente) mira el día a día», dice.

Se dice que Yazd tiene la mayor cantidad de captadores de viento de cualquier ciudad del mundo

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Se dice que Yazd tiene la mayor cantidad de captadores de viento del mundo.

Puede que en algún momento haya un renacimiento de los métodos de enfriamiento sin combustibles fósiles y sorprendentemente tamién existen en muchos países occidentales (aunque menos majestuosos que los de viento de Irán).

En Reino Unido entre 1979 y 1994 se instalaron unas 7.000 variaciones de colectores de viento en edificios públicos. Los tienen edificios como el Royal Chelsea Hospital de Londres hasta supermercados en Mánchester, una ciudad del norte de Inglaterra.

Se parecen poco a las imponentes estructuras de Irán.

En un edificio de tres pisos en una calle muy transitada en el norte de Londres, pequeñas torres de ventilación de color rosa intenso permiten la ventilación pasiva. En lo alto de un centro comercial en la zona de Dartford, las torres de ventilación cónica giran para atrapar la brisa con la ayuda de un alerón.

EE.UU. también ha adoptado con entusiasmo diseños inspirados en los cazadores de viento. Un ejemplo de ello está en el centro de visitantes del Parque Nacional Zion en el sur de Utah.

El parque se encuentra en una alta meseta desértica, comparable a Yazd en clima y topografía; y el uso de tecnologías de enfriamiento pasivo, incluido el captador de viento, casi eliminó la necesidad de aire acondicionado mecánico.

Estas estructuras pueden tener distintas formas, pero su función es siempre la misma.

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Estas estructuras pueden tener distintas formas, pero su función es siempre la misma.

Los científicos han registrado una diferencia de temperatura de unos 16ºC entre el exterior y el interior del centro de visitantes.

Y en unos momentos en los que se buscan alternativas sostenibles frente al calentamiento global, hay margen para que estas tecnologías sigan expandiéndose.

En Palermo, Italia, los investigadores han descubierto que por su clima y condiciones de viento predominantes es un lugar propicio para invertir en el desarrollo de captadores de vientos iraníes.

El pasado octubre el atrapavientos tuvo un lugar destacado en la Feria Internacional de Dubái, como parte de una red de edificios cónicos del pabellón austríaco. El estudio de arquitectura austríaco Querkraft se inspiró en la arquitectura árabe a la hora de diseñarlo.

Si bien investigadores como Kheirkhah Sangdeh argumentan que el receptor de viento tiene mucho más que ofrecer para enfriar hogares sin combustibles fósiles, esta ingeniosa tecnología ya ha migrado más allá de lo que podría imaginar.

La próxima vez que veas una torre alta con ventilación en la parte superior de un supermercado, un rascacielos o una escuela, observa con atención: es posible que estés ante el legado de los magníficos captadores de viento de Irán.

Imagen de portada: Gentileza de Alamy

FUENTE RESPONSABLE: BBC Future. Por Kimiya Shokoohi. Noviembre 2021

Viajes/Arquitectura/Cambio Climático/Irán/Ciencia

El particular libro de memorias, sobre un viaje de Jorge Luis Borges en Escocia, se acaba de publicar por Emecé.

«Borges y yo» de Jay Parini

En 1971 un joven norteamericano, Jay Parini, estaba en Escocia: entre otras cosas, escapaba del reclutamiento para ir a Vietnam. Gracias a un periodista de The New Yorker que también se encontraba en el país supo que pronto llegaría Jorge Luis Borges, a quien no había leído. Pero terminó siendo su compañero: Parini conducía un Morris Minor del ’57 y pasó una semana de chofer del escritor, hablando de literatura, leyendas, Stevenson, Twain, la tirria contra Girondo y también mujeres; Parini le describía esos paisajes que Borges amaba y no podía ver. 

El libro que escribió sobre el viaje, Borges y yo (Emecé) se subtitula «La novela de un encuentro» porque Parini reconoce que trabajar con la memoria es resbaloso, que son demasiados los años, que él no tenía un grabador y que en este caso, la intervención del recuerdo tiene algo de «experimental»: por lo pronto, a María Kodama no le gustó y hay muchos episodios cuestionados pero el encanto de la reinvención es apasionante, innegable y delicioso. 

Como un Quijote montado en su Rocinante ahí va Borges por los caminos de Escocia, entusiasmado por recorrer las Tierras Altas. La historia transcurre en 1971 y su hipotético escudero es quien narra, un estadounidense de 22 años llamado Jay Parini, que se ha refugiado en Saint Andrews para escapar de la guerra de Vietnam, con la excusa/argumento de hacer una tesis universitaria sobre el poeta George Mackay Brown. El muchacho anda en un Morris Minor del ’57 un tanto cachuzo: el Rocinante. 

Y Borges, ya con más de setenta, ciego, quiere sentirse por unos días “libre como el viento del oeste”: se ha separado hace poco de Elsa (Astete), un matrimonio que fue un error, dice, y también que está enamorado de María Kodama. Para provisoriamente en lo de uno de sus traductores, el poeta Alastair Reid, al que una urgencia le impide seguir de anfitrión: ¿podrá hacerse cargo Parini? Enseguida, en un impulso, Borges le propone la aventura: “Descubriremos juntos este país de las maravillas. Conozco los puntos del mapa: Perth, Aviemore, Inverness. ¡El lago Ness y su monstruo, Grendel! ¡El campo donde se peleó la batalla de Culloden! Mirar un mapa de las Tierras Altas es como recitar poesía”.

Novela de un encuentro, rutera, de iniciación, de referencias literarias: de eso va Borges y yo, la historia que a cincuenta años de aquello narra Parini, profesor de literatura inglesa en Vermont, colaborador de The Guardian, novelista, biógrafo de John Steinbeck, Faulkner, Gore Vidal, a quien le gusta hablar para referirse a su libro de “memoria novelada”, cuyas peripecias de transformación cuenta en el epílogo: “Huelga decir que yo no tenía un grabador en el bolsillo cuando me sentaba a comer con Alastair en su cocina, ni cuando manejaba mi auto, acarreando a Borges, ni tampoco cuando caminaba por las calles de Stromness con George Mackay Brown –escribe-. 

La memoria es hijastra de la imaginación, y las conversaciones de la presente obra reproducen fielmente las voces que llevo más de medio siglo oyendo en mi cabeza”. El relato se lanza desde la madrugada del 14 de junio de 1986, cuando Parini escucha por la radio de la BBC que Borges ha muerto en Ginebra: el sacudón le recuerda la semana que compartió con él, la forma en que aquel encuentro lo reconfiguró. 

En aquel muchacho que por entonces se largaba hacia Escocia lo que predominaba, cuenta, era la ansiedad y el miedo, cierta culpa por no alistarse para la guerra mientras cruza correspondencia con algún amigo que está en el frente, y a la vez la esperanza de encontrar a qué abrazarse, y a quién también. Iniciaciones. En Saint Andrews le presentan a Alastair Reid, que ha estado en la Guerra del Pacífico, que escribe en The New Yorker, que le cuenta de la temporada que vivió con Robert Graves en Mallorca, que le echa un ojo a sus primeros poemas. Que le convida unos porros y le comenta que en breve caerá de visita Borges. 

¿Quién? Parini no lo conoce, y tampoco ha leído a Stevenson: cuando llegue, Borges le dirá que Stevenson es el más grande de los escritores de lengua inglesa, que hubiera matado a alguien para escribir los versos de “Réquiem”. 

Unos brownies condimentados con hachís que preparó su traductor desembocan en una marea de citas, historias, ideas, “un espectáculo literario unipersonal”, escribe Parini, y Borges, entusiasmadisimo, bastón en mano, pide salir a caminar hasta la orilla y ahí se pone a recitar el poema «El marino» en el anglosajón original, los brazos alzados al cielo: “Puedo hacer de mí un hijo fiel/ contarte de mis viajes/ y de los días de lucha por los que pasé”.

Jay Parini

Son versos que podría hacer suyos Parini a lo largo del tiempo, porque quienes se cruzan por el camino a menudo pensarán que Borges es su padre, y el viaje empieza casi por compromiso, algo que puede venirle bien pero lo distraerá de sus intereses inmediatos, y qué sabe él de cuidar a un viejo ciego al que prácticamente acaba de conocer, aunque tenga la pinta de ser un fuera de serie. 

Entre el autorretrato (del joven que fue) como un tanto pajarito y la composición de un Borges que no para de hablar –algo que refiere el amigo Adolfo Bioy Casares en sus memorias de esa época-, la pareja despareja está a punto para las peripecias humorísticas. A veces casi que bandea a la caricatura, con un Borges casi siempre glotón, desaliñado, la corbata cargada de manchas de comida, ansioso por tomar cerveza, urgido por unas ganas de mear que alivia a menudo contra un árbol, o contra el auto, donde se pueda. “¡Pero si a él no le gustaba la cerveza!”, se indignó Kodama cuando se asomó a la novela; ella acompañó a Borges en ese viaje de 1971, y no lo registra a Parini. Tras la ruidosa demanda legal (que perdió) contra Pablo Katchadjian y El Aleph engordado, Kodama dijo que esperaba que Emecé, que publicó su obra durante tanto tiempo, no lo pusiera a circular aquí. 

“Es una cosa escatológica, es espantoso –evaluó en La Nación, y explicó que a esa altura él ya no tomaba alcohol-. Todo eso es una infamia. Ni hablar cuando cuenta que Borges se hizo amigo de la dueña de la pensión y dicen que los respectivos padres habían muerto en el inodoro. Es una locura. Este hombre, o no está bien de la cabeza, o es como tantas personas, que a mí me dan pena en realidad, porque tratan de trepar al nombre de Borges para tener un momento de esplendor”. Desde Emecé señalan que no fue interpuesto ningún recurso judicial.

De continuo en la novela aparecen las opiniones literarias de Borges, sus reparos con Lorca y Neruda, su pasión por La Divina Comedia y El Quijote, sus observaciones sobre Poe, Twain, Shakespeare, Whitman. En algunos picos de entusiasmo ante algún lugar emblemático se le escapa y entonces llegan los sobresaltos, los porrazos, los pasos de comedia: la madrastra imaginación también los hace desembocar en algún pueblo en el que solo hay una pensión con una única cama a compartir. 

En medio de las conversaciones brotan las ideas de Borges sobre la crueldad, los monstruos, la belleza, los sueños, la poesía, su relación con las mujeres, de cómo su padre lo condujo a un prostíbulo cuando cumplió 19. Otra vertiente son los sucesos o personajes que se ponen en relación con algunos de sus relatos clásicos, como cuando se cruza con una médica de apellido Brodie que tendrá que ver con “El informe de Brodie”, alusiones a jardines que se bifurcan y a extravíos, a lo abominable de los espejos y la cópula, a “El sur”, a “Funes el memorioso”, a “La biblioteca de Babel”, a “Pierre Menard, autor del Quijote”.

Y cada tanto aparece la tirria contra Oliverio Girondo, ese escritorzuelo de segunda, sinvergüenza, que no escribió una página que valga la pena, dice Borges, que despotrica contra él porque a él lo eligió Norah Lange, la mujer de la que estuvo enamorado toda la vida, dice. 

Las diatribas contra Girondo proliferan, por ejemplo, en las memorias sobre Borges que escribió Bioy Casares, pero el metejón con Norah es desmentido por varias fuentes; Borges correteaba, más bien, a la hermana de Nora, Haydée, que lo rechazó. Hay aquí y allá elementos de esa naturaleza que descarrilan, como que en el libro afirme que la expresión “Don Borges” sea “perfecta en castellano” cuando la rechazaba explícitamente, o lo referido por Kodama sobre el escabio, en fin. 

Es una novela: se alumbra esto, se ciega aquello, se condensa o se troca esto otro en función de narrar una historia. Por ahí exclama demasiado seguido, Borges, pongamos. En algún momento del camino Parini se encuentra con el poeta Mackay Brown, que le recomienda leer “Borges y yo”, un texto breve y precioso publicado en El Hacedor, que le funciona como salvoconducto y entrevera al escritor con el hombre. “Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. 

Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar”.

Algunas señales de eso entrega Parini en el epílogo; también cuenta cómo fue evolucionando el texto, que fue escribiendo algunas narraciones con estos materiales ya desde mediados de los ‘70. En alguna entrevista ha dicho que hay una película en camino, que la historia le interesó al productor Andy Patterson. 

“La memoria es un género muy complicado y creo que este libro es bastante experimental al respecto –ha dicho Parini en una entrevista-. Aunque todos los personajes son reales, de algún modo los estoy recreando. Siento como que en muchos sentidos estoy reinventando a Borges, reescribiendo; y aunque el estilo en la novela no es el suyo, uso muchos de sus tropos y temas”. Al muchacho que fue medio siglo atrás también tuvo que reinventarlo: “No se trata de recordar cómo era a los 22: no era posible llegar a nada parecido al que yo siento dentro de mí sin usar todo el humo y los espejos de la ficción”.

Por los caminos de las Tierras Altas el pibe le va contando al viejo ciego lo que ve, paisajes y construcciones, luces y sombras, lo que eso le produce, pero a veces le resulta muy difícil ponerlo en palabras.

-Esa es la labor que nos ocupa, mi estimado amigo, siempre –dice Borges-. La de encontrar el lenguaje apropiado para lo que se nos revela. Me alegra que usted lo haya entendido.

Imagen de portada: Gentileza de Página 12

FUENTE RESPONSABLE: Página 12 por Ángel Berlanga

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